The Project Gutenberg EBook of Cuentos de poeta, by Rufino Blanco Fombona

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Title: Cuentos de poeta

Author: Rufino Blanco Fombona

Release Date: September 28, 2019 [EBook #60376]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUENTOS DE POETA ***




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  pblico




CUENTOS DE POETA




DEL MISMO AUTOR:


1895.--PATRIA (poema laureado.)

1899.--TROVADORES Y TROVAS.




                         RUFINO BLANCO FOMBONA


                           CUENTOS DE POETA


                             [Ilustracin]


                               MARACAIBO
                          IMPRENTA AMERICANA
                                 1900




                         CARTA A FABIO FIALLO




                                              Maracaibo: abril de 1900.

  _Seor Fabio Fiallo._

                                                         Santo Domingo.

  Mi querido poeta.

Un da rfagas de adversidad me llevaron  esa noble patria tuya.
Bajaba del Norte, quizs un poco enamorado. Triste, de la tristeza
generosa de los amantes y de los proscritos; llena todava mi alma
con la suave msica de suaves palabras de amor; en los odos el eco
lastimoso de la patria, atormentada, puesta en cruz; enfermo del alma
y del cuerpo, llegu en busca del piadoso pen antillano, donde poder
enterrar ntimas pesadumbres, la vista en el horizonte, hacia la patria
imposible y amada.

Entonces fue cuando me abriste, oh poeta, las puertas de tu hogar y de
tu corazn.

Y despus,  la hora en que un falso patriotismo, vidrioso 
impertinente, lapidaba mi nombre;  la hora en que tantos apedreaban
con censuras y protestas al gobierno liberal, por el hecho de haberme
honrado ms all de todos mis anhelos, galardonando quizs mi amor 
Santo Domingo, fue tu pluma viril, tu pluma de diarista y de poeta, la
que yo vi indignarse y coronar de rosas mi nombre.

Mi corazn es tuyo, poeta.

Acje esos pobrecitos _Cuentos_ que se me han salido toscamente de la
pluma. Yo los viv casi todos;  los he cojido al vuelo, mirando sufrir
 los dems hombres.

_Historia de un dolor_, es una historia de veras. Aquel hombre que
agoniza es mi padre. Yo viva en Holanda en 1896 y al rescoldo de
mis recuerdos de hogar, escrib, y entonces publiqu, si bien algo
variada, esa pgina ntima.

_Juanito_, ya t lo conoces, me vali un laurel. Pobre _Juanito_!
_Carta de amor_ no es literatura. Cuanto  _Molinos de maz_, baste
decirte que mi padre fue propietario de tahona, en una poblacioncita de
Venezuela, y te juro no ser mi pobre padre, el Redil de mi cuento.

De _Filosofas truncas_, que no es apenas cuento, pudieran decirte
mejor que nadie Csar Zumeta y el autor de _Flor del Fango_  _Ibis_.
Los discutidores somos los tres: ellos y yo, que vivamos juntos en
Nueva York, el ao pasado. El cuento, que repito no es tal, ni por
tal lo tengo yo, se reduce  una charla que sostuvimos cierta noche en
que hube yo de indignarme contra el cruel lapidario de _Escrituras y
Lecturas_.

Recuerdo con placer indecible muchas de esas veladas.

Vargas Vila es, como nadie lo ignora, un admirable conversador. El
epigrama es flor de su predio. Clava un chiste como un pual. Blande
las palabras con soltura sorprendente; y la movilidad y destreza de su
espritu corren parejas con su verbosidad oportuna y de buen tono.

Zumeta es alma cambiante y compleja. Es bueno y malo. Su irona es
malvada; y se re, cuando habla, de un modo siniestro. Pertenece  los
buenos das en que se obsequiaba  un husped, en una copa labrada, con
un tsigo. Sus flores estn sutilmente envenenadas. Desvalija falsas
reputaciones, en dos minutos, con una habilidad calabresa. Pero hay una
cosa indiscutible: que la compaa de Zumeta es siempre interesante.

Si _Alma enferma_, te parece lnguido, chale toda la culpa al
seor Herrera Irigoyen. El nos paga por cuartillas. Sus larguezas
corresponden  la longitud de nuestros escritos. Por eso jams le he
querido vender mis versos.

Ms no te hablo de mis cuentos.

Tengo que explicarte, sin embargo, por qu les digo _Cuentos de
poeta_. Porque son, en resumen, historias que yo te conversara si
estuvisemos juntos, historias desnudas de mayor inters, historias de
esas que se hablan dos poetas en un banco de plaza pblica,  la media
noche, cuando el cielo est azul, paramentado con temblorosos hilos de
estrellas.

                                        RUFINO BLANCO FOMBONA.




                           EL DOLOR DE PEDRO


Era la media noche. Pedro acababa de matar la luz de su lmpara. Los
cuadros, las efigies galantes, adorno de las paredes; la buja de
cera roja del velador; el mrmol resplandeciente del aguamanil; los
volmenes, de tafilete bruido y lustroso; cuanto era sonrisa de la
luz, en la estancia, cuanto devolva el beso de oro de la lmpara en
nota luminosa, entraba en la obscuridad. La habitacin, paramentada
de sombra, yaca en la mudez. La luz no cant ms su canto de notas
risueas. En el centro del dormitorio, Pedro, en pie, pareca una
estatua cubierta de un pao fnebre.

Y el joven entr en el lecho, y se arrebuj en las frazadas, gustoso de
respirar aquel ambiente de soledad bienhechora.

Apenas reclinaba la frente, satisfecho de s mismo, aquella noche
consagrada al estudio, apenas oreaba sus prpados el ala del sueo,
cuando escuch un ruidecillo. Se puso  or: el ruidecillo era como
de patas de mosca sobre una cuartilla de papel; como de un vuelo
susurrante de cnife; como de enjambre de hormigas arrastrando un ala
de mariposa.

Y desde el propio lecho acech el sitio del rumoreo. En una pata del
escritorio que simula una garra de len, mir lucir una chispa como de
astro, intensa, de luz amable y generosa.

Pedro crey ver un brillante, rico regalo de algn duende; pens
que alguna hada munfica le haca, por manera curiosa, aquel gentil
presente. Pero el diamante comenz  titilar como un Vspero, al pie
del escritorio, y temblante, mova su luz bajo la zarpa de caoba.

Pedro comprendi que mal poda ser un diamante la lucecilla vivaz y
mvil. Y encendi la buja de cera encarnada.

Entonces pudo ver una cosa pica. En una red de araa, de tenue
urdimbre gris, un gusano de luz, un cocuyo, se debata prisionero,
acometido por inmunda cucaracha.

Pedro se llen de piedad y de ira.

De piedad hacia el pobre animalito luminoso; de ira por el bicho
repugnante, nauseabundo y traidor.

Al momento ide redimir de aquella trampa gris, y salvar de aquella
sabandija, al msero en prisin; ms, primero, quiso matar el insecto
ascoso, y lo persigui por todo el cuarto con una rabia carnicera. La
cucaracha, medrosa, corra y corra, hasta perderse quin sabe en cul
rincn de la pieza.

Fatigado de una vana persecucin, Pedro se restituy  la tarea de
salvar la luz, presa en la red gris de la araa. Tom de sobre el
pupitre una plegadera de marfil, y, con dulce piedad, lleno de ternura,
redimi al insecto infeliz, al pobre animalito luminoso.

En la punta de la plegadera de marfil, ya en salvo, el cocuyo daba su
claridad, como una sonrisa fulgurante de gratitud.

Y sucedi que en un aleteo, acaso en una vibracin de regocijo, el
insecto, resbalndose, cay sobre la pierna desnuda de Pedro. Este, en
un movimiento de nerviosismo, sacudi la pierna, rozada con aspereza
por las alas y patas del cocuyo; el cocuyo rod por la alfombra, y
Pedro, de sbito puesto en pie, impensadamente lo aplast con su planta.

Mientras tanto, la sabandija inmunda, la perseguida cucaracha, mirara
la escena, de fijo, desde algn rincn de la pieza, vibrando las alas,
oblondas y parduscas, en explosin de contento.

Vctima de una tristeza irracional y profunda, esa noche, Pedro no pudo
conciliar el sueo. Las horas pasaban. Pedro vio las primeras tintas
de la aurora entrar en orlas de luz por las rendijas de la ventana.
Abri un postigo. Y entonces fue, despus del triunfo del dolor, el
triunfo del color. Los cuadros, las efigies galantes, adorno de las
paredes; la buja de cera roja del velador; el mrmol resplandeciente
del aguamanil; los volmenes, de tafilete bruido y lustroso; cuanto
era encanto de la luz, devolva en notas risueas el beso del alba.




                             CUENTO FILIAL


Aquella noche la pobre anciana enferma se mora. Pronta  extinguirse,
al menor soplo, oscilaba en su cuerpecillo endeble la llama de la
existencia. No bast  darle vida,  su naturaleza extenuada, humano
auxilio; los consuelos de la religin no la consolaban de su muerte. La
vieja se aferraba  la vida. Estrechando las manos de sus hijos, que
la rodeaban, deca gemebunda:

--No; no quiero morirme.

Aquella lucha de la anciana con la muerte llevaba treinta horas.

--Los viejos son as, expresaban concienzudamente los mdicos; y
contaban en presencia de los deudos ms animosos  ms indiferentes
historias de moribundos septuagenarios que, en lugar de consumirse
de un tirn, como la plvora al fuego, se chamuscaban poco  poco, 
manera de torcida.

De entre los hijos de la anciana el inconsolable era Jos. La vieja,
achacosa y manitica desde haca algunos aos, dio en la flor de no
permitir que cuidase de ella sino Jos. Este, de ndole suave, casera y
femenil, se amold  los caprichos de la anciana. Los dems hermanos,
las hembras inclusive, le cedieron generosamente el pusto en el
corazn y la vida de la vejezuela, por donde vino l  ofrendar muchos
de los mejores aos de la juventud al cario materno.

Para no distraerse de tan noble ocupacin, aplazaba su dicha, no
desposndose con Celina, hermosa mujercita  quien amaba.

Jos permaneca en un rincn, sollozante como un nio. De cuando en
cuando abrazndose  un hermano de l, murmuraba:

--Se nos va; se nos va.

Y las lgrimas empapaban su voz.

La anciana lo llamaba  menudo.

--Jos, Jos: agua, dame agua.

O bien deca llorosa:

--Hijo mo, yo me muero; slvame, hijo mo.

El dolor hunda todos sus puales en el alma del pobre Jos. Por
centsima vez interrogaba  los mdicos.

--No hay esperanza, doctores; no hay esperanza?

La ciencia nada poda. Los mdicos no lo engaaban. Jos, alma
profundamente religiosa, sollozaba por lo bajo:

--Virgen Mara, snala t.

Y el buen hijo formulaba, mentalmente, mil locas promesas.

Por fin la anciana como que se resignaba  morirse. Desde la tarde
yaca en un quietismo cadavrico. Antes de hundirse en aquel letargo
agnico hubo una escena dolorosa. La anciana llam  su hijo predilecto
y  Celina, la prometida esposa de Jos. Los mir, les junt las
manos, y se dispuso  hablar; pero la palabra se neg  salir de
su boca plida, sus labios, fros, se plegaron, y de aquellos ojos
turbios corrieron lgrimas silenciosas. Las lgrimas de la moribunda
conmovieron profundamente; aquellos labios movindose en una mueca
trgica fueron de una elocuencia inaudita: Jos y Celina se abrazaron
gimiendo sobre el cuerpo inanimado de la anciana; todos se miraban
enternecidos; de los rincones partan sollozos; se respiraba en el
aposento un aire de dolor.

Ya era muy entrada la noche. La noche era una tristeza ms. Slo
una vela, tras pantalla color de rosa, esparca plida luz en la
habitacin;  esa temblorosa claridad las cosas tomaban relieves
fantsticos, y las personas, al andar, parecan espectros. El rostro de
la moribunda se perfilaba entre las almohadas. No haba en l esa dulce
resignacin de cristiana absuelta, pronta  comparecer sin mcula ante
el Dios de su fe; sino una como rebelda, algo como terror, extraa
expresin de pena.

De remedios ya nadie hablaba. Ahora para nada servan. Los frascos, las
cucharas, las botellas, all estaban, testigos inmviles, silenciosos,
de la prxima separacin. Sobre la piedra del lavabo un reloj de oro,
abierto, que indic poco antes la hora del medicamento, slo marcaba
minutos de angustia. Cada movimiento de agujas arrollaba los hilos
ltimos de aquella existencia. Junto al reloj, en negro estuche de
caucho, estaba el termmetro; y por all sala, de entre un papel
blanco de seda, la punta amarillenta de la vela del alma.

Una hija de la anciana empapaba, de cuando en cuando, con un
algodoncillo hmedo, los labios resecos de la enferma. Tambin, de
cuando en cuando, partan sollozos vibrantes como flechas.

Y en medio de aquella tenebrosidad de muerte y de noche las almas,
llenas de pesadumbre, geman, los ojos se nublaban en llanto, las
cosas tomaban relieves fantsticos, y las personas, al andar, parecan
espectros.

       *       *       *       *       *

Jos, perdida toda esperanza de salvacin, aguardaba por momentos la
muerte de su madre.

De pronto dej el asiento,  la cabecera de la enferma, mir la hora
de la media noche en el reloj abierto sobre el aguamanil, y en la punta
de los pies sali de la pieza, exclamando  media voz:

--Dios mo, Dios mo.

En el patio se detuvo. El aire fresco de la noche ore su frente. En
la habitacin de la anciana, la atmsfera arda como un horno. Jos
experiment alivio al respirar la brisa nocturna, perfumada con el
azahar de los naranjos, ornamento y orgullo del jardn solariego. Los
jazmines blanqueaban en la sombra, y la sutil esencia de las rosas
produjo en Jos extraa sensacin de voluptuosidad. Un momento pens en
lo bien que estara durmiendo, en un lecho blanco y muelle. Abri las
fauces, bostezando, y se desperez como un ebrio. De repente la idea
de la moribunda embarg su alma otra vez, y  la vista de tnta sombra,
sintiendo un vago estremecimiento de horror y pensando en el martirio
de la anciana, repiti:

--Dios mo, Dios mo.

Quizo rezar  instintivamente camin hacia un ngulo del patio, sitio
del oratorio. A medida que andaba fue observando ms distintamente
las cosas. De la capilla, abierta, sala un dbil chorro de luz. Pudo
distinguir  Celina, arrodillada, en el centro del oratorio. La pobre
nia, radiante de belleza y dolor, hermosa y plida, como una camelia,
la frente hundida en la siniestra mano, y deshecha en lgrimas, peda
consuelo  Dios para el alma pura del hijo, y la salud eterna para el
alma limpia de la anciana. El joven, desde el umbral, miraba y admiraba
 Celina. Todo all era caro  Jos: el altarito resplandeciente, en
cuyo centro agonizaba un Cristo de marfil; aquella atmsfera mstica,
ambiente de su alma religiosa; los reclinatorios de bano sembrados de
cojines de prpura; la alfombra misma en la cual tntas veces abism l
los ojos, cuando el sacrificio del altar, meditando en la formidable
grandeza del Todopoderoso, y en el misterio sacratsimo de la Redencin.

Entre las flores del altar, cuasi frescas, apenas si empezaban 
marchitarse las rosas, al calor de los candelabros ardientes. Para las
flores del Seor siempre haba tiempo, aun en medio de las mayores
tribulaciones. Manojitos de heliotropos odorantes, blancos y azules,
espiraban rico aroma. En un jarrn, se apiaban en desordenado
ramillete, campanillas, nardos pursimos, margaritas de plata,
corazones de un rojo plido, y espigas verdes, muy verdes.

En el centro se abra, perfumando, un varillaje de lirios. Por
dondequiera rosas, muchas rosas.

Y en medio de la capilla, arrodillada, Celina, radiante de belleza
y dolor, hermosa y plida como una camelia, la frente hundida en la
siniestra mano, y desecha en lgrimas, pidiendo consuelo  Dios para el
alma pura del hijo, y la salud eterna para el alma limpia de la anciana.

Jos, en transporte de amor y gratitud se lleg  Celina, y
silenciosamente estamp un beso casto, un beso tmido, en la nuca
de la bella, blanca y mrbida, entre rizos de oro. Celina se volvi,
llena de mansedumbre, como si hubiese presentido aquella caricia, y
sin desplegar los labios le dio las gracias  su novio. Jos tambin
se comprendi deudor de aquella hermosura que buscaba la sombra para
derramar lgrimas y pedir al cielo un lenitivo  los dolores de su alma
filial, rota  la vista de la madre muriente. Y la volvi  besar...
Ella se puso en pie y devolvi la caricia. Por un espacio permanecieron
abrazados, vertiendo amargo lloro. Se sentaron, mudos, pero dicindose
muchas cosas tristes con la mirada. Jos la apart de s suavemente,
puso las manos en los hombros de ella, mir como en xtasis beatfico
el rostro de la hermosura, ya sereno, y estamp un beso hondo, muy
hondo, en la boca, deliciosamente encendida, de la bella adorada.

Corrieron los instantes. El alisaba con afecto los bucles alborotados
de Celina; y concluy por besarla nuevamente. Celina dej caer su
cabecita rubia en el hombro de Jos, abandonndose en los brazos
queridos de su novio. El junt las manos de la nia y las acarici
largo tiempo con dulzura. Despus la bes en la frente. Ella, inclinada
sobre el hombro de Jos, puso los labios en la nuca del joven. Entonces
l la tom entre sus brazos y la bes una, dos, tres, muchas veces,
primero poco  poco, en seguida con calor, lugo furiosa, locamente.
Ella devolva las caricias, sintindose como arropada por una onda
creciente de calor purpreo. Y en medio  aquella tempestad de caricias
no esperadas, en aquel frenes, rodaron por la alfombra, l en brazos
de ella, ella en brazos de l, las bocas juntas, las carnes trmulas.

El cuello de la camisa saltado en la lucha amorosa de los brazos, la
corbata por cima del chaleco, los puos fuera de las mangas, rojo de
besos, Jos estaba magnfico de horror  los ojos de Celina. El deseo,
un deseo violento, fulminante, haba encendido flgidas llamaradas en
los ojos del joven. El cuello nervioso y fuerte se lo estaba mirando
Celina, merced  la camisa desgarrada; y senta, con placer inefable,
en las delicadas formas, la mano de su amador, ruda y nerviosa. Jos
tuvo la osada suprema: se permiti atentar contra aquella virginidad
temblorosa bajo el ala de los besos. Ella opuso reparos. Entonces l,
enloquecido, rugi algo entre dientes.

Y rodaron por el suelo, luchando, en presencia del Cristo de marfil;
en medio de aquella atmsfera mstica, ambiente del alma de Jos; por
entre los reclinatorios de bano, sembrados de cojines de prpuras;
sobre la alfombra misma en la cual tntas veces abism l los ojos,
cuando el sacrificio del altar, meditando en la formidable grandeza del
Todopoderoso, y en el misterio sacratsimo de la Redencin.

En la capilla comenzaron  orse grandes voces, empapadas en llanto:

--Se muere; se muere.

--Jos; Jos.

Celina se estremeci. Quizo arrojar de sobre s al mozo, que
la abrumaba con su peso, y temerosa de que alguien penetrase
repentinamente en el oratorio, le dijo, la angustia en la voz:

--Oye, Jos: tu madre; se est muriendo tu madre; mira que nos
encuentran. Por Dios.

Los llantos se escuchaban claramente, y las voces proseguan:

--Jos, Jos.

Pero Jos, sordo, feroz, magullando  la pobre nia, rugi:

--Djenme.

Y la bes de nuevo.

--Por Dios Jos, tu madre...

--No importa; djame.

       *       *       *       *       *

La historia de Jos corri de boca en boca. Se propona  todos como
un modelo. Nunca la admiracin que inspira una conducta noble subi
ms alta, ni lleg ms lejos. A todos se deca cmo despus de haber
consagrado el mejor lustro de la juventud  la enfermedad y los
caprichos seniles de su madre, Jos, la noche en que muri la anciana,
fue encontrado en el jardn, como un loco, la cabellera en desorden,
el traje descompuesto, dndose puadas, mesndose los cabellos,
inconsolable, y exclamando, al pie de un naranjero en flor:

--Me desprecio profundamente. Perdname, Dios mo.




                           EL AMOR DE LUZBEL


Cuando Zantigua franque la entrada en el gabinete, daba cima  un
poema galante Luzbel, adorable poeta cuyas estrofas vuelan como
irisadas mariposas; poeta gentil que cincela serventesios  modo de
joyas; poeta cuyos cantos, llenos de juventud, rebosantes de vida,
empapados de sentimiento, vibran como cuerdas de arpa, enternecen
como caricias de mujer, fulguran como perlas de rub, como zafiros
luminosos.

Zantigua avanz hasta el poeta. Luzbel, sumergido en xtasis beatfico
en la contemplacin de su obra, llena todava el alma con la msica de
sus versos, no advirti la presencia de su amigo. Este puso la diestra
en el hombro del poeta. Luzbel se volvi un poco sobresaltado.

--Oh, t! Sintate.

Pero Zantigua no obedeci; antes bien, plantndose enfrente de su
amigo, mirndolo al rostro con fijeza, una sonrisa maliciosa en los
labios y en los ojos, le dijo:

--Poeta, vengo  rerme de t!

--Conmigo, dirs.

--No, mi querido poeta, vengo  rerme de t.

Esta resolucin del leal compaero de juventud fue tan peregrina al
bardo; era tan burlesca la mirada de Zantigua, que Luzbel de sbito se
sinti presa de un acceso de hilaridad; acceso que contagi al otro,
de suerte que por espacio de unos momentos ambos se desternillaron de
risa. Se rean con una risa estpida de muchachos  de locos; risa que
era en el escritor, asombro, burla en Zantigua.

Cuando hubo concludo aquella tempestad de buen humor, cuando aquel
simoun violento de alegra pas, y los rostros se serenaron, el recin
llegado interrog maliciosamente  su amigo:

--Desde cundo no ves  Carmen?

La pregunta, fulminada sin prembulos, no extraaba al poeta; de seguro
nada inaudito tena para l.

Carmen era una antigua amada del poeta. Cuando ste la conoci era
ella una muchacha llena de hermosura, blanca como un mrmol, cariosa
como un nio. En otro tiempo Luzbel la quiso mucho, mucho. Zantigua no
ignoraba la historia de aquellos amores.

Carmen, hurfana de padre y madre, encontr, en medio de su infortunio,
pusto en una lavandera. All se la explotaba con cinismo:  trueque
de un mendrugo se pona  contribucin toda su infantil actividad; pero
al menos en la lavandera no hubiera perecido en las manos descarnadas
y trgicas del Hambre. El instinto alzaba en el pecho de la joven mudas
voces de gratitud.

Luzbel la encontr, la vez primera, en casa de una cmica, por cuyas
ropas iba Carmen todos los lunes, para restiturlas lugo, el sbado,
deslumbrantes de blancura.

Conocerla Luzbel y prendarse de la hermosa abandonada fue todo uno.
Carmen contara  la sazn catorce  quince primaveras; su belleza
comenzaba  entreabrirse como una rosa; el botn de carne, rompiendo la
clausura de la niez, comenzaba  deslumbrar con el esplendor de sus
matices; matices de azul hondo y trmulo en la pupila, de oro plido en
la cabellera, de rojo de frambuesa en los labios, de blancura de jazmn
en las manos y en la frente.

Lunes y sbado se vean el poeta y la muchacha.

Carmen llevaba y reparta las ropas del lavado en una carretilla, 
cuyo peso se cimbraba la joven, como una palmera al soplo del viento;
pero Carmen sonrea de felicidad en su faena, porque bajo el plomizo
cielo de otoo, pisando el lodo de la calzada, recibiendo trompicones,
por entre los coches disparados como flechas, por entre los mnibus
torpes como elefantes, al travs de la populosa capital, Luzbel,
enamorado, junto  ella, iba dicindole ternuras, cantndole en los
odos un lisonjero canto de amor.

Un buen espacio de tiempo se amaron mucho. Ella se dio al poeta
ingenua, pura, enamorada. Y en medio del naufragio de su existencia, el
bardo la condujo  las queridas playas de Citeres.

En el fondo de su alma comprendi Carmen que adoraba  Luzbel porque
era dulce, joven y bueno, porque se consagr  ella en un delirio de
amor.

El respiraba unas como brisas bienhechoras. Amor lustral, puro cuanto
caba serlo, aquel amor limpiaba su alma, poco  poco, de negros y
desolantes pesimismos.

Pero no transcurri mucho tiempo sin que nubes amenazadoras empaaran
la brillantez de aquel claro cielo azul. Se encapot el horizonte.
Centelle el espacio. La tempestad se desat en los corazones.

Ella, la enamorada, lo enga; lo enga con un msico, artista
extranjero, bohemio errante. La hija del montn, nostlgica de
aventuras; la gitana, acaso la artista, se despert en Carmen, y ya no
hubo para la bella alondra fascinada, sino el soar con placenteras
noches azules, en lejanos pases, entre un coro de admiradores
deslumbrados por su belleza, ebrios de champaa y de amor.

El, al principio, tuvo tentaciones de pegarle. Pero no poda ser.
Reaccion. Carmen, hija del lodo, en el lodo se despeaba. Vctima, sin
saberlo, de una dolorosa herencia de infamia; renuevo annimo, espuma
de la hez, era una flor de la hampa, plido nelumbo abierto en el
lgamo.

Luzbel record las dolientes historias que supo, en noches de amor,
en horas confidenciales, bajo el ala de los besos, de la misma boca
de Carmen. Padre, jams lo tuvo. A su madre la vio morir, en msera
buharda; ms de inanicin que de mal alguno conocido, como no fuera de
la gran tristeza de vivir ahogndose en la onda amarga de todas las
miserias.

El poeta crea escuchar en la sombra una voz que razonaba de esta
suerte:

--Luzbel, Luzbel, qu derechos tienes t sobre Carmen? No debes nada,
por ventura, ni siquiera la libertad,  la bella cautiva?

Ella te consagr las primicias de su amor y de su juventud. T, el
primero, te has embriagado en las copas blancas de sus blancos senos.
Qu resta en esos clices perfumados, para los futuros amadores, sino
la hez? No debieras indignarte contra la pobre nia, prdiga de su
hermosura, porque brinde las nevadas copas de su cuerpo  otros labios
sitibundos, para que escancien, llenos de regocijo y gratitud, residuos
de savia, fras sobras de amor.

Lugo de una violenta lucha consigo mismo concluy el poeta por
separarse de su querida. Ella se fue  vivir con el msico. Poco tiempo
despus abandon al artista; y entonces fue cuando comenz para ella la
dolorosa romera de los amores, el repugnante comercio de sonrisas, el
tanto por ciento del afecto; entonces fue cuando ella conoci la usura
de los comerciantes de amor, el forzoso despilfarro del placer en las
mujeres de su oficio, la miseria profunda y degradante de una vida de
alquiler.

Como un cazador sigue el rastro de la pieza al travs de los marjales,
y por el intrincado laberinto del bosque, as el poeta sigui las
huellas de Carmen por entre las aventuras de una vida errante; y vio 
la pobre muchacha hundirse, poco  poco, en el vicio.

Un da no supo ms de ella. Se haba empequeecido tanto la pobre nia,
que el enamorado hubiera menester de un microscopio, para percibir el
msero corpsculo, pegado all, en lo ms negro de la ms negra capa
social.

Pronto empez  brillar nuevamente como lucero que, velado en nubes,
rompe  fuerza de irradiaciones cortinajes de sombra, y en el cielo, ya
claro, fulgura, brillante de oro en la cima de encantada cabellera azul.

Lleg hasta el triunfo supremo; triunfo consistente para una mujer
galante en que extraa leyenda la corone, en que su vida d pbulo  la
pblica admiracin.

Corran diversas versiones tocantes  esta mujer.

--Es hija de un millonario extranjero, decan. Y expresaban que, muerto
el padre, en posesin la muchacha de cuantiosa fortuna, se haba dado 
la ms novelesca y desordenada vida.

Pocos se resignaban  creer que Carmen fuese, sencillamente, una
cortesana en auge.

Pero el crculo de admiradores fue mermando, mermando; el aura
dulcsima de la celebridad no jug ms con su riza cabellera de oro;
nuevas emperatrices de la hermosura destronaban  Carmen; de sus manos
caa el cetro de la moda.

La belleza es uno como astro mgico. Primero, en su plenitud,
deslumbra,  manera de sol; lugo se transforma en plida luna de
ncar; despus en remota estrella de oro, en chispa de diamante, en
polvo de luz, en nada.

Carmen apenas era ya, sino melanclica, blanca luna, perdida en un
rincn de cielo azul.

Zantigua, ntimo del poeta, saba todo esto mejor que persona alguna;
saba tambin cmo Luzbel conservaba siempre en el fondo del alma un
rescoldo de cario, de la que fue un tiempo llama de amor, rescoldo 
cuyo tibio aliento se calentaba la memoria de Carmen.

Tampoco ignoraba Zantigua que Luzbel, en varias ocasiones, con
detrimento de su orgullo, consinti en recibir  Carmen, bien para
satisfacer alguna exigencia de la antigua amada,  solamente como
remembracin de felices horas muertas, corridas juntas, en medio de
caricias embriagantes, bajo el ala de la ventura.

Zantigua ridiculizaba  menudo aquel sentimiento que en el alma del
poeta se abrasaba, como terrn de mirra, esparciendo mstico perfume.
Algunas veces deca  Luzbel, aludiendo  Carmen:

--Deja  esa pobre Margarita callejera, candidata del hospital.

Y en otras ocasiones:

--No quieras ser Redentor porque puedes morir en cruz.

El poeta procuraba defenderse sonriendo.

Hoy Zantigua volva  las andadas. No bien hubo entrado en la
habitacin; apenas hizo promesa de burla, y lanz francas risotadas,
como anticipo de la mofa, cuando comprendi Luzbel que estaba  punto
de ser vctima de un interrogatorio, acaso de severa reprimenda.

Bien pronto vino  confirmar sus sospechas la pregunta de Zantigua:

--Desde cundo no ves  Carmen?

--Desde hace poco tiempo, contest.

--Y con qu motivo, puede saberse?

--S, seor, puede saberse: con motivo de una desgracia que le ha
ocurrido.

Zantigua se amostaz. Cmo crea Luzbel en patraas.

--Conque una desgracia! Pues, escucha: yo la he visto anoche, en un
caf, entre mozos, bebiendo y comiendo.

El poeta expres que nada de particular tena el que una mujer galante
se divirtiese en un caf, entre amigos.

Zantigua grit:

--Es verdad; lo que s tiene de particular, lo que tiene mucho de
ridculo, es que esos amigos se ran de t, se diviertan  tu costa.

--No te comprendo, querido.

Entonces Zantigua cont una escena de la noche precedente. Medio
borracho uno de los comensales derram la salsera en el traje de
Carmen, un precioso traje color de fresa. Otro de los conviviales dijo,
en tono guasn:

--Esto es un bautismo de salsa.

Alguno refiriendo el percance  la parte econmica, y apostrofando al
causante de la malaventura, exclam:

--Judo, quieres arruinar  Carmen.

A tales voces, ella, radiante de jbilo y de vino, refiri cmo era
posesora de rico ajuar, regalo de un amigo poeta. Y tu nombre, el
nombre de Luzbel, comenz  rodar mezclado con frases llenas de mala
intencin, frases cortadoras como navajas de afeitar.

Zantigua, indignado contra el poeta, le reprendi estas liberalidades.
Pero ste  la sazn ms filsofo que no poeta, haca maldito el caso
de las vociferaciones de su amigo.

--Dme, pecador, es cierto que has regalado  Carmen esas ropas?

--S, padre.

--Y crees por ventura en la fidelidad de una ramera?

--No, padre; ni lo creo, ni lo intento.

--Entonces, por qu derrochas en Carmen tu dinero y tu tiempo? Por
qu?

Zantigua haba permanecido en pie, nervioso y colrico, durante la
conversacin; pero al llegar aqu, como en espera de una respuesta,
jadeante y refrescndose con el pauelo la frente sudorosa, se dej
caer en una mecedora de bejuco, regalo de la pereza.

Entonces Luzbel se puso  defenderse, como ante numeroso auditorio, con
mucha calma, casi con majestad.

--Una maana, al principio del mes que hoy concluye, dijo, se present
Carmen en esta misma habitacin. Llegaba despavorida. Me refiri
cmo un incendio, ocurrido en su casa la noche anterior, acababa de
empobrecerla. Las joyas, sus muebles, sus trajes, cuanto constitua su
lujo, su tesoro, ardi entre las llamas. De repente se encontraba 
bordo de ese buque nufrago, cuyo nombre es la Miseria, buque espectral
que navega en aguas betuminosas, siniestro buque tripulado por plidos
y horrendos fantasmas.

Zantigua interrumpi al poeta, bruscamente.

--Por qu no solicit amparo entre sus constantes amigos de
francachela? Por qu vino  t, gemebunda, en la desgracia, la que te
abandon contenta, feliz? Y t, por qu pagas sus perfidias con dinero?

Se hubiera credo que Luzbel no escuchaba las razones de su amigo. En
su hablar numeroso y pausado, prosigui:

--Vi al borde del dolor  la que un tiempo am, y le tend la mano.
No me arrepiento. Yo quise mucho  esa mujer. La felicidad la conoc
un poco de cerca junto  Carmen. Carmen ilumin mi juventud con el
resplandor de su belleza. Si estrellas irradiaron en mi sombra  sus
ojos lo debo. Si una rfaga de felicidad ore mi frente  su cario lo
debo. Esa mujer es mi acreedora. Un da me traicion, es verdad; yo
no pude seguir pagando en besos mi deuda de amor. El antiguo afecto,
casi muriente, renace hoy trocado en lstima, ante la ignominia de esa
vida. Menesterosa de amparo viene  m la pobre mujer en desgracia.
Tme, tme dinero; cmpre vistosos trajes; vista sedas; vyase por ah
enamorando  los hombres. Yo me dir feliz con tal de que esos trajes,
esos mseros trajes de seda, puedan proporcionarle horas de triunfo,
dulces conquistas, instantes de placer; as al menos retribuyo  Carmen
siquiera un poco de la ventura con que un tiempo me colm.

Zantigua extraado, casi vencido por aquel anlisis piadoso, ante la
franca exposicin de aquella alma lacerada y melanclica, apenas pudo
murmurar, en tono de reconvencin y cario:

--Poeta, poeta!

Y sucedi que el bardo, orgulloso de su triunfo, con la misma voz
pausada y melodiosa, empez  recitar, en obsequio de su amigo, el
poema recin concluso; poema cincelado  manera de florentina joya;
poema cuyas estrofas, llenas de juventud, rebosantes de vida, empapadas
de sentimiento, vibran como cuerdas de arpa, enternecen como caricias
de mujer, fulguran como perlas de rub, como zafiros luminosos.




                            MOLINOS DE MAIZ


El pueblo, blanco y pequeito, al pie de la montaa, entre los rboles,
es un huevo de paloma; aparece como ninfa desnuda, deslumbrante de
blancor, adormecida en el valle,  la sombra.

Desde el camino, el viandante, al mirar la aldehuela, bajo las ceibas
florecidas, piensa ver una perla al travs de una esmeralda.

Aquello es paradisiaco. Las casucas no trepidan al paso de los trenes;
ni turban el silencio de la comarca las rpidas locomotoras.

El pueblecito, como olvidado en el repuesto valle,  la falda del
monte, qu haba de conocer luchas de grandes intereses, ecos de
industrias, rumoreos de ciudad populosa! A manera de eremita, ignora
de las cosas del mundo. Hasta su recinto slo llegan el canto matinal
de azulejos y turpiales; el chirrido de guacamayos multicolores; las
estridentes voces de alguna banda de pericos, que vuela hacia los
maizales,  picar en el oro de las mazorcas, y raya el cielo azul del
poblacho como una cinta verde, como nube de esmeralda.

El pueblo es dulce; pero montono. All no hay otro espectculo sino el
de la naturaleza, siempre nuevo, siempre hermoso, grato siempre  la
vista del hombre.

A trechos, en la montaa, los conucos florecen; en los claros del monte
las rozas humean; y plantaciones de caf, pequeitas, desaparecen
cubiertas de nevados jazmines,  la sombra bienhechora de los bucares,
que se extienden, como quitasoles de prpura, bajo el cielo azul.

Fue en este pueblo arcdico donde instal D. Sergio, vecino del lugar,
una molienda de maz.

       *       *       *       *       *

La industria de D. Sergio prosperaba. Desde mucho antes del
advenimiento de la aurora el molino herva en gente.

El pueblo, agricultor, se levantaba con el alba  cultivar el campo
que floreca como un opimo cuerno de la abundancia; y al abrir ojos lo
esperaba sobre la mesa, en el copioso desayuno, la _arepa_ calientita,
provocante y dorada.

Viendo el molino rebosante de personas, y  D. Sergio atareado, feliz
en la faena, los madrugadores empedernidos, al pasar, lo saludaban con
una sonrisa.

--Mucho trabajo, D. Sergio? preguntaban algunos, lisonjeando de
propsito la vanidad del molinero.

El responda con miradas de satisfaccin, que pudieran traducirse de
esta suerte:

--Comprendo que admiris mi labor. Gracias.

El xito de su negocio era para D. Sergio cosa grave, punto de honor,
orgullo de su existencia, satisfaccin la ms cumplida de su vejez.

Cunto no le costaba el implantamiento del molino! Qu lucha contra
un pueblo, contra un pueblo ntegro, y sobre todo, qu triunfo! Los
detractores ms empecinados de su proyecto eran hoy propagandistas de
su obra. La lucha fue horrible.

--Este hombre est loco, manifestaban algunos; quiere turbar las sanas
costumbres de nuestro pueblo.

El prroco formulaba argumentos poderosos.

--Eso va directamente contra lo estatudo por la Escritura, deca. La
decantada novedad es, en resumen, la remisin del trabajo, como que
hoy muelen  la mano el maz, y el trabajo es impuesto del Seor,
castigo de la primera culpa.

Todos convenan en ello. Muchos aventuraban que sera peligroso
provocar los sentimientos del pueblo. Este, muy bien hayado sin
molinos, repugnaba innovaciones que pudieran aportar fatales
consecuencias.

El grito de guerra repercuti en los corazones. D. Sergio se propona
llevar  trmino una obra contra el tenor expreso de los Libros Santos;
 interrumpa bruscamente sanas prcticas establecidas de antao.
Aquello, pues, era inmoral. El pueblo luchara con el innovador
irrespetuoso.

Los unos, llenos de ardor blico exclamaban:

--Primero sucumbir.

Otros, poco afectos  las decisiones de la fuerza, se lamentaban de que
un padre de familia, un hombre honorable, diera albergue en su alma 
tales propsitos.

A pesar de todo venci D. Sergio. Ya su obra era no solamente mirada
sin ojeriza, sino que mereci la sancin del nuevo cura del lugar.
Cuanto al antiguo, ni al tiempo de cambiar feligresa consinti en
absolver al molinero.

       *       *       *       *       *

Una maana corri el pueblo la noticia de que el seor Justo Redil,
acaudalado mercader, pensaba en el establecimiento de otro molino.

Cuando lo supo, D. Sergio se indign. Cmo! Haba l luchado slo
contra viento y marea para lugo de obtenido el xito, venir 
compartirlo con nadie? Eso, jams. El  el otro. El pueblo sera el
juez. Y como interesado en el litigio se abstuvo de opinar.

A las preguntas contestaba con una irona.

--Ya veremos, seores; todos los barcos caben en el mar; sino que
algunos naufragan.

Pero D. Sergio, en lo ntimo de su corazn, protestaba contra aquel
pueblo espectante, que esperaba la lucha cuasi alegre. A D. Sergio el
solo intento de Redil le pareca una estafa.

En la poblacin se formaron partidos. El uno celebraba sesiones en el
molino, y vociferaba contra D. Justo. Aquello era arrebatar el bocado 
un padre de familia.

--No podemos presenciar esta lucha impasibles, gritaban.

--D. Sergio sucumbe.

--No, no.

--S, seores, ese D. Justo est podrido de dinero; bien puede echar un
chorro de monedas por la ventana.

--Es una brega de tigre con asno.

--Eso no, caballeros, interrumpa D. Sergio, indignado ante la afrenta
de la comparacin. Quien luch contra un pueblo, sin salir maltrecho,
bien puede atreverse con un capitalista.

Otro crculo, partidario de D. Justo, se congregaba en la botica. El
farmaceuta era el alma de la reunin. Recin llegado al lugarejo,
farmaceuta titular, bachiller, joven como de treinta aos, Remigio,
vstago nico y heredero del antiguo boticario, respiraba entre los
mozos del pueblo, sus amigos, atmsfera de respeto, cuasi de sumisin.
Todos deferan  sus opiniones. No en balde discurren cinco aos de
vida en una lejana capital de provincia, en la Universidad, entre
estudiantes.

El prestigio del farmaceuta era muy justo, mxime porque Remigio
se esmeraba en consolidarlo con su _fablar polido_, exento de
provincialismos. La sociedad femenina, con donosura, lo apodaba de
_banano_. Remigio nunca quiso decir al pltano _cambur_, como las
gentes del lugar, sino banano, segn el nombre castizo de la fruta.

_Banano_, pues, defenda el propsito de D. Justo Redil en nombre del
Progreso.

--Es imposible permanecer estacionarios, deca; el carro del Progreso
pasar por cima de nosotros. No seamos los indios de ese Jagrenata del
Occidente que se llama la Civilizacin.

Su discurso haca eco. Por todas partes, en la reunin, se levantaban
voces aprobatorias.

--Tiene razn Remigio.

--S, s, adonde iramos  parar.

Y corri el tiempo en estas luchas de crculos, entre disparos de
envidias, dardeos de vanidades, gritos de pasiones, ecos de la
estupidez.

       *       *       *       *       *

Por fin qued instalado el nuevo molino. Las piedras, de granito azul,
brillaban, al moler el grano de oro, en una rotacin vertiginosa. El
motor, en nada parecido al caballejo desmedrado de D. Sergio, era un
coquetn vaporcito ingls, vertical, resplandeciente, como pavonado de
obscuro. Pareca un africano corpulento de msculos poderosos; negrazo
enorme por cuya garganta, el humero, brotaba aliento de nubes; suerte
de monstruo etope que al recibir el alimento de carbn y lea, dejaba
ver, palpitantes, las entraas de fuego.

La mera comparacin de los molinos constitua una injuria al pobre D.
Sergio.

Las molenderas hablaban de la antigua maquinaria con desdn insufrible.

--Las piedras estn cascadas, decan.

Algunas almas sin piedad hacan mofa del caballito, parangonndolo
cruelmente con el vapor de D. Justo.

--Cualquier da revienta de rabia ese potro cerril, expresaban.

--De veras, responda alguien, es tan soberbio el animalucho que  las
veces dice  no andar, as lo fustiguen.

La acerbidad de la antigua clientela constitua fuente inagotable de
tristeza para el pobre D. Sergio.

El cont siempre con que una parte de aquellas malas pcoras le sera
fiel. El se imaginaba, en justicia, acreedor de algunos agasajos, de
algunos miramientos, de algn cario. Cuntas veces lo sorprendi la
media noche en la tarea de escribir y repasar los nombres de muchas de
llas, imaginando que no lo abandonaran!

Form su lista.

--Fulana no se me va, pensaba; de Zutana no estoy seguro.

Pero cunta perfidia! La lista mermaba de diario. Todas las maanas
era menester testar un nombre.

Ya D. Sergio apenas si poda mantener con Redil la competencia.

Echaba clculos. D. Justo perda, es verdad; pero l, D. Sergio, se iba
poco  poco arruinando. D. Justo era capitalista; l no. Al uno nada le
importaba perder en el negocio; tena qu. Al fin, quedando solo, se
resarcira con creces. Entre tanto, cmo viva l sin ganar? Ya casi
estaban moliendo de balde. Los ingresos apenas cubran los gastos.

Pero l odiaba tanto  su competidor, tanto mal le produjo Redil, tan
profundamente hiri su honra de industrial, por modo tan cruel deshizo
el patrimonio de sus hijos, la dulzura de su hogar, la paz de sus aos,
que D. Sergio, encontrando fuerzas en s propio, compaa en su rabia,
sostn en su encono, luchaba y luchaba sin esperanza, por el orgullo de
su nombre, por el amor de su casa, por el odio de su enemigo.

Uno  uno los amigos lo abandonaban.

--D. Sergio no sea usted caprichoso, le decan. Por qu no cede?

D. Sergio se indignaba  tales propuestas. Y entonces las filas de los
afectos clareaban, como las filas de los clientes.

      _Dios mo, qu solos
    se quedan los muertos._

En cambio D. Justo, maldecido al implantar su empresa, ahora era imn
de simpatas.

--D. Justo s es hombre de negocios, expresaban los parciales de Redil.

Los pocos fieles  D. Sergio manifestaban que Redil, cuando menos, era
oportuno. No breg como D. Sergio y obtuvo mejores resultados.

Algunos decan:

--Es ahora cuando nuestro pueblo es apto para molinos.

Era necesario convenir en que D. Sergio se aventur prematuramente.

D. Sergio ya no pudo ms. El molino, una madrugada, estaba desierto.

El molinero, meditabundo, se asomaba  la puerta de cuando en cuando.

La obscuridad, muy densa, no permita ver sino una impenetrable
aglomeracin de sombras.

D. Sergio oa el silencio.

Su camarada de fatigas, Pedrito, mozalvete como de cuatro  cinco
lustros, dorma arrinconado, adentro, bajo un farol de luz muriente.
El farol arrojaba en las baldosas del pavimento una dbil claridad.
Pedrito dorma en un charco de luz.

El molinero, siempre meditabundo, pasebase, las manos en los
bolsillos, la barba hundida en el pecho, arrebujado en su cobija de
pao azul.

Corrieron una, dos horas. Pedrito permaneca inmvil, en su rincn; el
caballo no pestaaba; el molino, silencioso, deca cosas tristes.

No llegaba nadie, sino la aurora. El cielo, clareante, se comenz
 franjar con lneas de un verde extrao que fue, poco  poco,
transformndose en violeta y opalizando el horizonte.

Las lneas de color, ensanchadas, se hicieron bandas, cintas, gasas,
que cean el cielo de oriente. Y desde el cielo comenzaron  caer
rosas, muchas rosas de luz, todas las rosas de la maana.

D. Sergio se detuvo de pronto,  la puerta, por donde entraba toda el
alba riendo. La claridad caa en su rostro, plido de angustia.

Su tez blanca, su barba blanca, sus cabellos blancos tambin,
resplandecientes  la luz matutina, daban al viejo un aspecto marmreo.
Detenido en el umbral, frente  la aurora, pareca una severa estatua
de guerrero, pico mrmol olvidado en el fondo de una floresta
virgiliana, y cubierto de campanillas color de cielo.

Nadie llegaba. D. Sergio pens que su molino,  estas horas, ya herva
en gente. Record su lucha, su triunfo. Despus se vio vencido por un
rival afortunado y poderoso.

Sus ahorros del molino, primero, despus su pequea plantacin de caf,
patrimonio de sus hijos, todo lo consumi la hoguera santa de aquel
odio, la llama de aquel doloroso deber.

D. Sergio se apoy contra su molino, se llev la mano  las sienes y
por su rostro de mrmol corrieron abundantes hilos de lgrimas.

Por su frente pas un relmpago, una nube de sangre.

Pens en matar, se dispuso  matar, corri  matar. Pero un momento,
transido de dolor, se reclin nuevamente sobre las piedras del molino,
de aquel molino amado, orgullo de su nombre, amor de su vejez y causa
de su ruina; se reclin, y vertiendo amargo lloro,  la luz de la
maana, en un apstrofe murmur el pobre viejo:

--Dios mo, qu injusticia!




                         HISTORIA DE UN DOLOR


Eran los cuatro pensionistas, cuatro bohemios unidos por el amor al
laurel y por el capricho de una juventud gitana. Fraternizados por el
ideal, que era uno mismo en todos, y por la primavera, que en todos
floreca, se juntaron como palomas viajeras en la rama de un rbol del
camino.

Esa maana, la charla de sobremesa rod sobre cosas ntimas, pginas
de hogar; y uno, el ms joven, amable hijo del Sur, deca la historia
de un dolor.

--Aun veo, expresaba, aun veo con extraa fijeza de alucinado,  mi
padre en su lecho mortuorio, enflaquecido por la enfermedad, plido,
respirando ya el aliento fatdico de la Muerte, la azabachada cabellera
riza sobre la almohada muelle y nvea.

A un lado del lecho veo  mi pobre madre, desolada, y discurriendo en
la sombra, los ojos enrojecidos, los rostros pvidos, espectrales,
 mis hermanos pequeuelos, para quienes todos tenan una mirada de
compasin, mseros nios que, como las fieras del bosque, presentan la
tempestad, sin comprenderla.

Cun dolorosa fue aquella despedida! De los rincones salan
enmaraadas cabecitas rubias. Las tmidas voces empapadas de llanto,
alguien las extingua, piadosamente,  besos.

Todos bamos  comulgar. El altarito se alzara en la propia estancia
del enfermo. Quizs Dios obrara un milagro; y por qu no? Haba
hecho tantos! Pero la Muerte camin muy de prisa,  impidi celebrar
aquel ltimo banquete. Sbito el enfermo llam  mi madre, volvi el
rostro hacia ella, la mir con una mirada dulce y profunda, y comenz 
morirse.

Yo nunca haba visto expirar  nadie. Cuando mir la palidez de aquel
rostro querido; cuando o aquellas preces interrumpidas por sollozos,
y la voz trmula de mi madre que imploraba para que llevasen al seor
Cura; cuando sopl el viento de ultratumba en la alcoba donde mi padre
se mora, tembl un momento con temblor extrao, y desalado, medio
loco, ech  correr, calle afuera.

Llegu instintivamente  la Catedral: vi  un sacerdote.

--Seor Cura, seor Cura, le dije, corra usted conmigo; venga 
auxiliar  un moribundo.

Algo murmur el levita en sn de excusa: no le era posible.

--Seor, seor; venga usted, por Dios; y le bes la mano, all, en el
prtico de la iglesia.

Me seal el Seminario, al lado del templo: poda ser que ah
encontrase algn sacerdote. Y vol al Seminario. Un Cura se paseaba
tranquilamente; me acerqu  l, trmulo.

--Seor Cura, mi padre se muere; auxilie  mi padre.

El buen Cura me hizo saber que no poda abandonar el Seminario.

Algo pas en mi alma, algo muy doloroso. Me imaginaba yo que todo el
mundo debiera estar triste: mi padre se mora. Aquel hielo me hel!
As muri mi fe, de muerte violenta, asesinada por los Ministros de
Jess.

El joven call. Su alma, paloma enferma y nostlgica, volaba  cernerse
con voluptuosidad melanclica sobre el deshecho hogar paterno, y
volva, en el pico el recuerdo, como bendita rama de boj.

Y cuando concluy de hablar el joven del Sur, una llama de indignacin
arda en todas las miradas, llama  cuyo fuego se evaporaron muchas
lgrimas, prontas  humedecer los ojos.




                                JUANITO


                                  I.

La casa, una antigua construccin espaola, de muros eminentes,
pesadas puertas, ventanas guarnecidas por balaustres de fierro, tena
aspecto monacal; aires como de mansin  cuya sombra paseaban frentes
meditabundas cubiertas de nveas tocas; pies descalzos, hechos  correr
tras la cruz; almas blancas, cuna y albergue de las melancolas. Pero
no; all no habitaba la santidad sino la industria. Aquella no era casa
de oracin: de sus techos slo surga el himno del trabajo.

El casern haca esquina: por la una calle dos grandes puertas daban
acceso  un detal de jabones; por la otra una verja, antes dorada,
siempre de par en par y cuyos barrotes festoneaba una enredadera de
cundeamor, permita la entrada en la mansin del jabonero.

En el pueblo la casa no se nombraba de otra suerte sino la jabonera.
Su dueo y habitante era un industrial enriquecido que abasteca con su
comercio de jabones los pueblos comarcanos.

Una noche,  cosa de las nueve, estaban en la sala de la jabonera dos
personas: la una, viejecita de cabello nevado, rostro plcido, manos
y piernas rgidas, sobre una silla giratoria y rodante, en un rincn
de la pieza, dormitaba. Lea la otra persona  la luz de una lmpara,
en el centro del saln. Era un hombre todava joven, de complexin
robusta, tez mate, ojos y barba negros, cabello ensortijado, aspecto
burgus. Vesta blusa y pantalones de dril obscuro; los pies, metidos
en pantuflos de grana, fulguraban con el oro de los bordados.

Todo en aquel hombre estaba diciendo cmo era l un rico de provincia.
La propia sala llena de baratijas, adornos del peor gusto, mostraba ser
el bcaro de aquella flor silvestre, flor de estambres dorados pero sin
aroma.

De pronto la anciana somnolente abri los ojos, y moviendo la boca un
poco torcida de suyo, articul un sonido extrao  intraducible, mitad
grito salvaje de esos que la fantasa escucha en los campos,  media
noche, mitad inflexin de humana garganta.

El leyente impresionado pregunt:

--Qu tiene, madre? Quiere usted irse  dormir? Y sin esperar
respuesta cerr el libro marcando la pgina cuidadosamente con una tira
de papel, se fue  la anciana, puso en la frente de ella un beso, y
comenz  mover la silla rodante hacia las piezas interiores, mientras
exclamaba en voz alta:

--Mara, vn Mara: es menester acostar  mam.

Al cabo de una media hora entraba de nuevo en la sala el hijo de la
invlida, esta vez seguido de Mara; Mara, la hermana mayor, la
primognita de la anciana, suerte de providencia domstica. Ella
era el alma del hogar. Cuanto al hogar deca relacin estaba ella
acostumbrada  resolverlo por s y ante s. Dcil  tan blando yugo,
el dueo de la casa slo tena para ella gratitud, por cuanto la vida
de esta buena seora era una continua ofrenda en aras del cario  los
suyos. Ella renunci al amor por el hogar. Ella no haba sido esposa
por ser hija; y prefiri  ser madre ser hermana.

Lugo de sentarse dijo  su compaero de sala:

--Bien, Juan, esa carta de nuestro querido Juanito es cosa muy extraa.
Llamarte  la carrera, sin motivo. El, tan juicioso siempre....
Enfermedad no es. No hubiera podido escribir. Adems, el Director....

Don Juan convena con su hermana en que algo extraordinario pasaba 
Juanito, y se dispona  partir, rumbo  la gran ciudad donde el nio
estudiaba.

La carta era lacnica: Tu visita mensual,--deca--tan querida para
m, por primera vez en un ao ha dejado de ser peridica. Por qu, mi
adorado pap?

En este tono de afecto continuaba. En resumen le peda que fuese 
verlo.

Este dulce reclamo del amor filial hizo honda impresin en los
sencillos moradores de la jabonera. La queja justsima de Juanito se
coment largamente en las veladas de los buenos provinciales.

Juanito era la adoracin de aquel hogar. Hijo nico de D. Juan, crecido
al calor de aquellos seres, era astro de sus noches, alegra de su
alma.

Hasta los quince aos tuvo profesores en la propia casa; lugo fue
necesario que estudiase las matemticas, carrera del joven, en un buen
colegio. D. Juan ech un nudo  su corazn y Juanito parti para una
lejana y bella ciudad, magnfico centro docente.

--Yo tengo mis ideas, haba dicho D. Juan  su hermana, cuando el
cario egosta de la buena seora negaba la conveniencia de aquel
viaje; yo tengo mis ideas; mi hijo ser lo que yo no he podido ser. Yo
no tuve un padre, que si no....

Y en los ojos de D. Juan se pintaba la tristeza. D. Juan tena la
conciencia de que l era vctima de su primera humilde condicin.
Espritu despierto, hombre de natural inteligencia, fantasa llena de
novelones y dramas imposibles, en medio de su bienestar, de su riqueza,
encontraba uno como vaco; vaco que su previsin de padre iba  colmar
con el estudio en la existencia de Juanito.

Don Juan nunca fue esposo. A las veces, pensando en su hijo, recordaba
cmo haba gustado besos exticos en la boca lindamente roja de la
bohemia que dio el ser  Juanito. La amada peregrina, una de esas
mujeres en las cuales se mezcla  la hermosura todo el encanto de lo
desconocido, lleg hasta el ignorado rincn de aquella provincia, como
una rfaga llena de extraos perfumes; como una brisa que cruz azules
mares, verdes cumbres, y bosques de laureles y de rosas.

D. Juan, entonces mozo de cuatro  cinco lustros, lleno de fuego el
corazn, am  la linda aventurera que llevaba consigo en sn de venta
rosarios de mbar, rosas de Jeric, fragmentos de la propia cruz
donde fue victimado el Cristo, objetos falsos de su msera industria
ambulante.

D. Juan am en ella la morbidez de las formas no injuriadas por el
continuo andar; el dulcsimo rostro, acanelado por los besos del sol;
el negro profundo de la cabellera; los brazos llenos de caracteres
intraducibles, corazones flechados, crculos llameantes; todo aquel
encanto extico de una mujer helena por el perfil, espaola por la
mirada, y por naturaleza del amado pas de Bohemia.

Juanito fue fruto de aquel amor del criollo  la extranjera; amor
alborotado como un torbellino, rpido y devorante como un incendio.

Deshecha del hijo, sin nada pedir ni aceptar nada, una bella noche
primaveral prosigui la aventurera su interrumpido viaje, anhelante de
correr por cuantos son pueblos y climas; acaso para gustar en otras
latitudes nuevos amores; acaso para concebir otros hijos y sembrarlos,
como simiente de dolor, en los surcos por donde va la triste romera.

Entre D. Juan y su hermana hubo un instante de silencio. Los dos
pensaban en el querido ausente. La seora se volvi hacia D. Juan. Este
se haba puesto repentinamente en pie y encendiendo un cigarrillo en el
tubo de la lmpara, dijo:

--Mara, prepara esta noche mi equipaje: maana parto.


                                  II.

Juanito fue desde su entrada en el colegio uno de los mejores
estudiantes; los primeros pustos eran los suyos, tanto en la clase de
lgebra como en la de filosofa. De inteligencia clara, alma anhelosa
de saber, corazn rebosante de orgullo, carcter serio, espritu
soador, era retrado, afecto al estudio; gustaba de ese como pugilato
de las inteligencias, que entre condiscpulos se lleva  cabo y pone 
prueba el vigor intelectual de los contrincantes.

Pronto fue distinguido por los profesores; esto le granje la ojeriza
de sus camaradas. Adems, l de suyo un poquillo rencoroso, guardaba
contra varios de sus compaeros, sealadamente contra uno, sentimientos
no nada cristianos, antes bien confines con el odio y con la ms
ponzoosa antipata.

Tuvo esto origen en una escena ocurrida  su ingreso en el plantel;
escena dolorosa que nunca olvidaba Juanito, y en la cual haba sido por
desgracia protagonista.

Fue una maana  cosa de las ocho. El haca su primera entrada en el
amplio saln del colegio. Todos los muchachos estaban reunidos. El
Director del instituto presida.

Provincial tmido, con aire azorado y maneras torpes, Juanito entra
en la sala, crzala silencioso y desconcertado entre dos coros de
alumnos, se dirige atolondradamente al Director y sin ms prembulo le
tiende la mano. El maestro por hacer una mala pasada al pobre mozo, no
estrecha la mano de Juanito, y ste queda en el centro del saln, mudo,
chasqueado, rojo de vergenza, en medio de la risa del profesor y la
rechifla sangrienta de los alumnos.

Entonces sucedi algo ms doloroso para l.

--Sintese usted, le dijo el Director, sealndole un pusto vaco. El
obedeci. El asiento destinado  recibirlo era un banco en el cual slo
estaban dos alumnos.

Los muchachos comenzaron  hacer despiadadas observaciones.

--Tiene nariz de olerlo todo, exclam uno  media voz, ni tan alto
que escuchase el maestro, ni tan bajo que no produjese hilaridad en el
auditorio.

--Qu ojos de basilisco!

--Este naci para astrnomo.

--Qu pies!

--Qu manos!

--Parece un sietemesino.

Entre tanto los dos jvenes que ocupaban el banco junto con Juanito se
deslizaron cautelosos hasta un extremo, precisamente la punta opuesta 
la que serva de asiento al provincial.

Juanito, ya cambiado el estupor en clera, se prepara  responder  las
injurias cuando los mozos de su lado,  una seal, se ponen de pie. El
provincial gravita solo en un extremo del banco, rompe el equilibrio, y
rueda bajo el asiento que le cae encima.

Lleno de polvo y de vergenza, ciego de dolor y de ira, cierra Juanito
contra uno de los causantes de su malaventura y le asesta en el rostro
una tremenda bofetada. El Director interviene; la mofa cede el pusto
al asombro; y  partir de la ocurrencia ya saben  qu atenerse con
Juanito sus camaradas de colegio.

Sin embargo, las jugarretas menudearon. Se supo que el padre de Juanito
era propietario de una jabonera, y ya no llamaron al joven sino el
jabonero. Por todas las paredes corran versos alusivos  la industria
de D. Juan. Una ocasin en la mesa al comer el pan, Juanito tuvo
nuseas. Los muchachos le haban ingeniosamente aderezado la hogaza; la
miga no era de harina sino de jabn.

Entre l y sus compaeras hubo siempre algo infranqueable: el carcter
de Juanito.

Discurri un ao. Ellos duros con l. El duro con ellos. Intimidad tuvo
con muy pocos; odio, slo para uno. Quien inspiraba en Juanito este
invencible sentimiento de repulsin era un mozo alto, delgaducho, de
grandes piernas, ojos zarcos, pelirubio, lleno de prejuicios de raza 
pesar de lo democrtico de su figura y de su nombre.

Este era el mismo joven  quien Juanito abofete cuando la ocurrencia
del banco. Se llamaba Gil Prez. Los muchachos, jugando con las letras
del nombre, lo apodaban _Perejil_.

Perejil y Juanito se abominaban mutua y cordialmente. Una maana corri
entre los alumnos la nueva de que los dos jvenes se haban desafiado
para el jardn,  las cinco, despus de las clases.

Todo el colegio se dispuso  presenciar un espectculo extraordinario.

Perejil era lenguaraz, insolente; orgulloso de que antepasados de l
haban muerto en defensa de la Patria, deca  menudo:

--Por mis venas corre sangre de hroes.

Taciturno, austero, Juanito inspiraba en sus camaradas un sentimiento
indefinible, extraa mezcla de antipata y respeto.

El tema palpitante eran Perejil y Juanito. A la hora del almuerzo, en
los corredores, en las habitaciones, por todas partes se entablaban
dilogos.

--Hoy le bajan el gallo al jabonero.

--No sabemos, chico; ese Juanito no es tonto. Recurda su estreno en el
colegio.

--Aquello fue una casualidad. Perejil nunca quiso arreglarle cuentas.
Pero ya ves;  cada cochino se le llega su San Martn.

En otras conversaciones sala peor librado el pobre Juanito. Una y otra
parte le eran adversas. En un grupo decan:

--Es un presuntuoso.

--Y un cobarde.

--Me alegrar de que Perejil lo medio mate.

--Y yo.

--Y yo.

En ese momento ingres Perejil al crculo, muy satisfecho de contar en
su favor los sufragios de la mayora.

--Saben ustedes una cosa, dijo: me contentar con zambullir en el
estanque  ese mal nacido. Qu historia la de l, queridos; qu
historia! Me la ha referido esta maana el nuevo cartero. Son del mismo
lugar.

Todos interrogaron  Perejil con la mirada y con la voz.

--Cuntanos, chico, cuntanos.

Pero Perejil no crey caballeresco expresar lo que saba acerca de
Juanito.

En un instante corrieron mil versiones: Juanito era esto; Juanito era
lo otro.

El da pasaba. Perejil, muy animado y decidor, secretebase con los
vecinos en la clase y lanzaba  todo el mundo miradas de perdn.

Sonaron las cinco. Los muchachos ya libres, como bandadas de palomas
volaron al jardn.

En el centro de un grupo, orillas del estanque, Perejil se quit la
blusa, arremangse la camisa, y aludiendo  Juanito que aun no llegaba,
dijo:

--Esperemos  ese cobarde.

No esper mucho. Juanito entr en el jardn. Todas las bocas callaron.
Los ojos llameaban; los corazones latan con presura. En presencia de
los adversarios el concurso se conmovi.

Juanito vesta de blanco; el blanco de su ropa contrastaba con el negro
profundo de sus ojos, y la obscuridad brillante de la cabellera riza.

Pequeo de estatura, corto de cuello, atltico de complexin, todo en
el joven Hrcules respiraba energa.

Con una imperturbabilidad desconcertante se dirigi al grupo que
rodeaba  su enemigo, y encarndose con Prez exclam:

--Perejil, estoy  tus rdenes.

Perejil avanz nervioso, plido de coraje, digno de sus abuelos.
Instintivamente Juanito cerr las manos; su nariz se infl; de sus ojos
profundos brotaron centellas.

Perejil se detuvo. El hielo del pavor lo haba tocado de sbito. Pero
pens en su honor, en su nombre, en su prestigio personal, en su
orgullo de raza, y altivamente exclam:

--Jabonero; vengo  decirte que yo no puedo pelear contigo; t eres
hijo de una perdida; t no tienes madr...

La ltima frase no pudo conclurla. El puo de Juanito la haba apagado
en los propios labios de Perejil.

La clera del jabonero rayaba en delirio. Cay sobre Perejil; lo
abofete, lo mordi, lo escupi, lo derrib, y cuando el pobre enemigo
exnime se revolcaba en el polvo, la cara tinta en sangre, Juanito se
puso en pie y una, dos, tres, y ms veces, lleno de furia, pate la
boca maldiciente del cado.

Juanito, reprendido con dureza, fue puesto en reclusin. Nada de
domingos libres. Nada de horas de asueto. Recreo, no para l. Del
cuarto de dormir  la clase, y de la clase al cuarto de dormir. Preso,
vigilado cuidadosamente, su encierro durara hasta _nueva orden_ del
Director.


                                 III.

T no tienes madre.

Esta frase lo persegua, lo hostigaba. A su recuerdo, uno como puado
sutilsito de agujas hincaba con crueldad en los ojos, en la frente,
en las mejillas, en todo el rostro del pobre jabonero. Senta Juan en
la nuca un poderoso brazo, invisible, que le doblaba la cerviz, antes
tan altiva. Sus rodillas tendan  flaquear; y todo l,  un influjo
extrao y malhechor, era vctima de hondo desconcierto fsico.

T no tienes madre.

Juanito senta necesidad inmediata de un sr tangible  quien poder
llamar con ese nombre dulcsimo. Hasta entonces l nunca haba echado
de menos  su madre. Criado al calor de la excelente Doa Mara con
todas las ternezas de que fuera capaz la madre ms apasionada; vstago
nico de un hombre para su hijo todo amor; jams tuvo Juanito cmo
sentir la ausencia del cario materno. Caricias, mimos, ternuras,
agasajos, fueron la atmsfera de su infancia. El pequeuelo llenaba el
hogar. De su amor vivan los corazones. Sus travesuras eran causa de
fiesta. Su capricho era ley.

Por la mente de Juanito pasaba aquella infancia feliz cuya memoria
agregaba otra aguja ms cruel, ms dolorosa, ms punzante,  las muchas
que heran su rostro. No se perdonaba el no haber preguntado nunca por
su madre. Tena una necesidad profunda de llanto. Dos noches pas en
una meditacin llena de lgrimas.

Pensando en su hogar distante, en su buena ta, en la anciana
paraltica, record que D. Juan, contra la costumbre, no lo haba
visitado en todo el mes. Lo enterneci la idea de perder el cario
de su padre. Experiment una necesidad violenta de ver, de abrazar
al autor de sus das. Entonces escribi una carta; carta nerviosa 
imposible que hubo de romper. Se puso de nuevo y obstinadamente  la
tarea; garrapate uno, dos, tres pliegos de papel; pero ninguna de las
misivas quedaba  su gusto.

--Lo dejar para maana, se dijo.

Al da siguiente  escondidas del Director, y valindose de alguno de
los pocos amigos que contaba, envi la epstola.

Poco tiempo despus D. Juan se presentaba en el colegio. Antes de ver
al hijo amado, por medio del Director lo supo todo. Mientras escuchaba
la relacin, de los ojos de D. Juan brotaron chispas; chispas de
orgullo por la viril conducta del hijo.

La primera entrevista de Juanito con su padre fue celebrada en el
gabinete del Director.

--Pap.

--Hijo mo.

Y cayeron en brazos uno de otro.

Cuando Juanito se alz tena los ojos arrasados en lgrimas.

--Lo s todo, hijo mo. No te condeno, deca D. Juan, muy contento
de verse  solas con Juanito. Juanito le hizo conocer la rotunda
resolucin de abandonar el colegio.

--Lo dejars, hijo, lo dejars. Buscaremos otro que sea de tu agrado.

--No, papato llveme con usted. No quiero ya ser ingeniero.

Esta salida desconsert un poco  D. Juan. Tanto como eso no. El tena
sus ideas. Ir por ver  la familia y la tierruca, santo y bueno; pero
para volver.

--Desengate, hijo, en esto no te complazco. Yo tengo mis ideas.
Quiero hacer de t una gran cosa; lo que yo no he podido ser. Si yo
hubiera tenido un padre....

Y D. Juan inundaba  su hijo en una mirada llena de ternura.

Juanito abandon el colegio; se fue  vivir en el hotel con su padre,
lejos del ojo avizor de los profesores, y de la malquerencia de los
alumnos. Se fue abominando de Legendre y de la filosofa escolstica;
se fue  vivir en plena libertad, bajo el ala sedea y perfumada del
amor paterno.

Los das pasaban; das de una existencia deliberadamente llena de
holganza y diversiones. D. Juan deseaba distraer  su hijo, porque la
melancola teji su nido de tristezas en el alma del joven.

A las veces Juanito senta impulsos de interrogar  D. Juan, de
gritarle:

--Dnde est mi madre?--Qu ha hecho usted de mi madre?--Por qu no
me habla usted de ella; por qu no me dice cmo es, ni adonde est?

Pero el respeto lo reduca  desesperante mutismo. Pensaba que D. Juan
poda anonadarlo respondindole:

--No he sido yo para t padre, madre, todo....?

Una noche, al regreso del teatro, expres D. Juan  su hijo el deseo de
restiturse al terruo nativo.

--No te parece bien, Juanito? Mi pobre hermana est sola con mam. La
anciana necesita cuidados de todos; y Mara reclama un amparo.

Juanito convena de buena gana. Entonces D. Juan toc nuevamente el
punto delicado. Al cabo de algn tiempo, cuando por ambas partes se
creyese oportuno, Juanito regresara  un colegio.

--Pap, yo no quiero seguir estudios; yo preferira vivir con usted,
siempre con usted, sin abandonarlo nunca.

Adems, aada el joven, que la abuelita no estaba bien, que....

Nada, sino que no transiga D. Juan. El tena sus ideas. Malhumorado
por la contrariedad y plantndose en el centro del cuarto, exclam:

--Y bien, qu es lo que t deseas? A qu aspiras? Has pensado en tu
porvenir?

Juanito, la cabeza baja, no responda. El otro prosigui:

--Me empeo en hacerte gente y lo rehusas. Sacrifico en tu obsequio
mi ternura de padre, y no me lo agradeces. Qu es lo que t deseas?
Respnde, Juan.

Juanito callaba;  media voz dijo:

--Pap....

--Pap, grit D. Juan exasperado; t no me complaces en lo que yo te
pido. En cambio, te he negado yo algo? No tienes t lo que todos
tienen? Qu te hace falta, dmelo?

Juanito alz los ojos; quiso hablar, pero el dolor le ech un nudo al
cuello.

D. Juan continuaba:

--Cuntos, cuntos quisieran lo que  t te sobra! Qu te hace falta,
dmelo?

Juanito, tambin puesto en pie, los ojos hmedos de lgrimas y la voz
temblante, repuso:

--Mi madre; me hace falta mi madre.

D. Juan lo esperaba todo menos tal respuesta. Un escopetazo en el
rostro lo habra impresionado menos. Cay en una poltrona, sollozando
como un nio, el rostro cubierto con las manos. Entonces Juanito,
llorando tambin, se abalanz  su padre y lo abraz, lo bes con
frenes.

       *       *       *       *       *

Una sombra se haba proyectado en aquellas dos almas: la sombra de la
bella errante  quien D. Juan am un tiempo; la sombra de la linda
aventurera que mercaba rosarios de mbar, rosas de Jeric, fragmentos
de la propia cruz donde fue supliciado el Cristo; la sombra de la
amada bohemia que huy en una fresca noche primaveral, anhelante
de correr por cuantos son pueblos y climas, acaso para gustar en
otras latitudes nuevos amores, acaso para concebir otros hijos y
sembrarlos,--como simiente de dolor,--en los surcos por donde va la
triste romera.




                             CARTA DE AMOR


Aunque escribo esta carta pensando en t, mujer, no es para que tus
queridos ojos claros la desfloren, ni para que tu corazn apresure su
latir oyendo la confesin del mo.

Me dirijo  t, en pensamiento. No eres t quien est lejos de m,
sino tu corazn. No exento de triste voluptuosidad me abro  t, de
fantasa, como remedo pesaroso del tiempo, aun cercano y tan dulce, en
que hablbamos de amores, las cabezas muy juntas, mis ojos en tus ojos,
tus manos en las mas.

Sin embargo, vers estos renglones. Despus de todo, tienes derecho 
mirar por la rendija de luz que abrieron tus ojos en mi alma. Ahora no
ser, sino algn da, cuando yo me aleje ms de tu memoria; y de t no
quede en el corazn del bardo errante ms que un recuerdo, terrn de
mirra, de esos que aroman la juventud.

Lo ms dulce de nuestro amor fue su gnesis: el espacio del primer
saludo al primer beso; lo ms noble su plenitud: el parntesis de
felicidad; lo ms inquietante su ocaso, que, como toda agona, es un
dolor.

Hoy es sbado. Algunas semanas atrs este da era para nosotros de
encanto. Nos complacamos, por una extraa convencin, en adornarlo
con las rosas florecidas en esta maana de juventud. Lo imaginaste un
da propicio; y era en efecto un da de locura. Aunque,  la verdad, tu
capricho no lo comprendo ahora; para nosotros cul da no era sbado?

Hoy, cun distinto! nos separmos, huyndonos. T corrers  tus
amigas,  al parque,  al vrtigo de la avenida; yo me encierro
voluntario en estos muros, abro la jaula  mis tristezas y las miro
batir las alas de sombra.

Vuelan tus horas tranquilas? Nunca me consagras tu pensamiento? Es
verdad tu ficcin? Nada turba tus noches? Tu mscara es de impasible.
No revelas sino harmona y bienaventuranza.

Pero dudo que indiferente vayas, hoy mismo, adonde yo sola
acompaarte, sitios que este sbado tal vez andars sola.--Nada te
dir la mudez elocuente de las cosas; de esas mismas cosas cuyo acento
silencioso interpretabas ayer por favorable  nuestro amor?

Si conocieras hoy la curiosidad de mi pluma y de mi espritu, radiante
de jbilo me creeras enamorado. Y de veras te digo: nunca me
despertaste ms inters que ahora, cuando te pierdo.

Yo te he visto junto  m, delirante de pasin. Yo he sentido rodeado
mi cuello de tus brazos, blancas serpientes de amor; y tus caricias me
han envuelto en fogosa nube. Yo he odo tus confesiones, entre besos.
Yo vi el oriente puro de todas las perlas de tu alma. Tu cuerpo y tu
corazn fueron mos. Y nunca te am como ahora! Te amo con el amor
piadoso de lo que se va: como ama el jardinero la planta que un da
cultiv, y ve deshojndose; como ama el padre, entre sollozos, al hijo
que se muere.

Tus primeras caricias me fueron dulces, muy dulces, doblemente dulces;
representaban una conquista sobre tu corazn y un robo  tu marido. T
eras la fruta del cercado ajeno. Eras manzana de oro de un jardn
hesprido, guardado celosamente; y tu conquista vala por un trabajo
hercleo. Eras, en ilusin, la Elena  cuyo rapto ardera Troya.

Adems, vi tu hermosura intrpida, casi desdeosa, afrontar la
granizada de lisonjas, que llova sobre tus primaveras, aun en flor; y
tuve por valerosa la empresa de rendirte, en lid galante.

Roto el hielo, enfrenado tu indiferentismo, siendo ya ma por cpula
ideal, me produjo tu amor dulces horas de dicha, tan dulces, ay, como
fugaces. Pase tu gentileza de mi brazo, por entre los disparos de
la envidia, frente  rivales sin fortuna, bajo miradas rabiosas. Mi
vanidad se adorn con tu hermosura. Te luc como una joya.

Y cuando tu cario se cristaliz en besos, cuando florecieron las
ternuras, estuve lleno de alegra y de vanidad pensando cmo desterr
de tu corazn  tu esposo. Entonces fue cuando una gran orquesta rompi
en dulzuras lricas, all adentro en mi alma. Algo cantaba en mi
corazn; pero en voz de sirena, suave y prfida.

Supe un da, con detalles que arrancan gritos de angustia, toda tu
historia. Con tu marido no eras feliz. La mujer frgil, de alma tierna,
no se compadeca con el obeso patn. El marrano de tu esposo no te
mereca. Las pezuas del cerdo no eran para tus formas delicadas.
Cuanto  tus amadores, eran tan insulsos! Fui yo el primero, me
dijiste, cuya necedad no te acidulaba los galanteos. Por eso fueron
para m tus ms zalameras coqueteras. Por eso me amaste.

No bien supe de tu boca estas miserias ntimas, cuando comenz 
suceder en m una cosa extraa; algo semejante  lo que debe de
ocurrir al espectador, si lugo de seducido por el encanto de
las decoraciones, entra en el escenario. All ver las aureolas
desvanecerse. All ver que la magia es obra del tramoyista; cmo las
lgrimas las dicta el apuntador.

De tus confesiones mi vanidad de amante sala maltrecha. Tus
confidencias mataban mi ilusin. Cul era mi triunfo? Sobre quin
venca? Sobre tu esposo? No lo amabas. Sobre tus pretendientes? No
los apreciabas. Sobre tu corazn? Tu corazn era, ahora lo vea, una
presa fcil. Ya no me envanec de tu afecto.

T, entretanto, me queras ms. La flor de tu alma, rociada por vez
primera con blando roco de amor, abra sus ptalos, rosados y llenos
de perfume. Por eso padeciste de veras, en tu orgullo y en tu amor,
cuando empezaste  advertir la tibieza  el cambio de mi afecto.

Qu pas por tu alma? Casi me atrevera  decrtelo. Pensaste primero,
que era ficcin de enamorado feliz; lugo fue cuando comprendiste que
una como racha de invierno penetraba en mi pecho, marchitando queridas
y verdes ilusiones. All en tus mientes no me juzgas con generosidad;
me supones ms cruel que infeliz. Y cundo ser que te perdones el
haberme amado?

Sin embargo, sbe que soy la vctima, en esta novela sentimental;
vctima de una idea, de una preocupacin, de una locura, de algo ms
fuerte que mi voluntad, de algo que tuerce el cuello  una dulzura
dentro de mi alma.

Perdindote se apaga un sol de mi cielo. Te distancio de mi corazn,
 mi pesar;  t, en cambio, te separa del mo el orgullo. Te dices
ofendida con mi proceder. El sacrificio de tu amor es el tributo que
pagas  tu vanidad.

Ave de paso, yo volar lejos, muy lejos, ms all de los horizontes.
Padecer la nostalgia de tus caricias; y los besos nacidos en mi boca,
para tu boca, los besos que nunca te d, me abrasarn.

Pero correr el tiempo. Cultivaremos nuestras almas; y otra cosecha
de amores, acaso ms rica, un da colmar nuestra ventura. Cuando se
abran las nuevas rosas, y sus ptalos nos llenen otra vez de fragancia,
recordaremos con melancola el viejo amor.

Este amor, que es ahora un dolor, ser maana una memoria dulce. El
alma nunca se arrepiente de haber querido; y con ms ternura guarda, en
el estuche de los recuerdos, la memoria de un amor desgraciado, que la
de un amor feliz.




                           CUENTO DE ITALIA


                                   I

Lucio, el zapatero de viejo, es un joven. Sus primaveras brillan al
sol de la tarde. La luz entra en el tabuco, besa el lomo de un angora,
perezoso como un viejo poeta, y en la frente  la madre de Lucio,
suerte de Margarita anciana, vejezuela adorable, de blancura risuea y
sonrisa de amor.

La viejecita hace calceta; el gato suea un poema de ratones, mientras
recibe un bao de sol; Lucio trabaja, junto  la puerta, encapotado el
ceo y en la boca un gesto de amargura. De hito en hito, echa ojeadas
fuera,  la calle.

Discurren gentes,  las cuales ve el zapatero sin mirarlas. Una mujer,
flor de la plebe, gentil de persona, muy maja, cruza rozando su
faldelln, de exprofeso, con el quicio de Lucio; y lanza adentro una
mirada, insolente como una provocacin. El zapatero fulmina su martillo
sobre la suela. Al golpe violento la viejecita, asustada, lo reprocha:

--Caramba, Lucio.

Pero nada advierte la anciana. Desde su mullido sitial del fondo, y el
pensamiento muy distante, no mira qu pasa en la calle,  su puerta.

La mujer de mirada atrevida como una provocacin, repasa. Lucio finge
no verla; y asume un aire distrado. La provocadora cruza una vez ms;
sta con un hombre. A la mirada y sonrisa de la hembra, el zapatero
responde cantando:

      _La donna  mobile
    qual piuma al vento_....

La vejezuela escucha, regocijada,  su hijo. Del corazn de la anciana,
como de un nido, salen volando recuerdos. Y no penetra la blanca
viejecita cunto es dolorosa la figura de aquel joven, la pena en el
alma, y en los labios una cancin fingida.

En alas de aquel canto, el pensamiento de la anciana debi de volar
mucho, mucho; porque  la postre volva como una paloma, trayndose
en el pico de rosa, y en las plumas como jazmines, memorias del hijo
ausente, memorias de Genaro, el hijo menor, que hace la guerra en el
pas de Abissinia. Todos los pensamientos de la anciana ahora se iban,
temprano  tarde, al Africa remota, hacia las regiones insalubres
donde Genaro, su querido Genaro, padece hambre, se abrasa de sol, y se
afronta con Menelick.

En el alma de la vieja se debaten la madre y la patriota. Italia y
Genaro, despus de Lucio, su debilidad, su chochera, constituyen sus
amores. Ama  la patria aquella anciana con amor antiguo. Fue una
garibaldina feroz. El culto del hroe lo guarda ella en su corazn.
Cmo olvidar que su esposo haba muerto besando la camisa roja del
General patriota, cuando la _Puerta Pa_!

De repente la anciana interroga  su hijo:

--Qu dicen los peridicos, qu dicen de la guerra, Lucio?

El zapatero sigue malhumorado, y le responde  su madre, casi con
acritud, el pensamiento fijo en la provocadora, que por unos instantes
no cruza ms:

--Las ltimas noticias son tristes para el ejrcito. Nada bueno debe de
haber, madre. Hace cosa de una semana guardan silencio los peridicos.
Y cuando el Gobierno y los papeles no dicen nada....

La viejecita lo interrumpi.

--Han derrotado al cuarto batalln, Lucio; al batalln donde sirve
Genaro.

--No madre, que yo sepa, repone Lucio, arrepintindose de haber dicho
la verdad  la viejecita.

--Me alegro. Mejor se venga sin combatir el cuarto batalln, antes que
lo derroten. Ay, hijo, cmo sufro con la fulana guerra! Sufro por
Genaro, que est en peligro, y por el ejrcito, que est en ridculo.
Dejarse derrotar por Menelick! Eso da vergenza. En mi tiempo era otra
cosa, hijo.

Y era lo cierto: el can de Mentana la arrull un da. Garibaldi
apareca siempre triunfador, puesta la camisa roja, ladeada la cachucha
militar, entre banderas.

La viejecita recuerda  su esposo; recuerda  Genaro, y prosigue
diciendo:

--Tu padre fue un hroe, Lucio. Cay junto  Garibaldi. Otros tiempos.
Qu das! Pero Genaro es hijo de guerrero; l no dar la espalda  los
negros del Africa; mientras los oficiales corran, l, pobre soldado,
sabr morir.

La anciana empieza  emocionarse. A sus pupilas asoma la ternura. Su
ardor patritico, su fiereza militar, la memoria de su marido, el
afecto de Genaro, todo el semillero de sentimiento, corre por sus
mejillas en ola de lgrimas.

Lucio no ignora el dao que tales conmociones producen  su pobre
vieja. Como se repetan  menudo, en el carcter nervioso de la
anciana, el mdico previno al joven, dicindole:

--Tenga cuidado por su viejecita. Esas excitaciones le son muy
perjudiciales.

Lucio intenta calmarla. Varias veces le repite:

--No piense ms en eso, mam.

Y se dice  s propio:

--Porque estoy de mal genio hago sufrir  mi madre. Qu buen bicho!

La vieja no se tranquiliza. De cuando en cuando pronuncia, entre
sollozos:

--Pobre Genaro; pobre hijo mo!

El entrecejo de Lucio encaptase ms; su boca muequea una mueca
trgica; su mirada se torna lgubre.

De nuevo principia  cruzar, rozando su faldelln con el quicio del
joven, una figura de mujer, muy conocida. Otra vez cae sobre Lucio la
mirada insolente como una provocacin.


                                  II.

All viene Paolo, el pregonero de diarios, calle arriba. El sombrerito,
casi en la nuca, deja al sol la frente. Corre Paolo de prisa, y con el
haz de peridicos al brazo, vocifera:

--_L'Araldo! Ultime notizie dell' Abissinia. L'esercito in rotta.
Morte del generale Vicini._

La multitud lo asedia. Hormiguean los curiosos,  los gritos. Todo
el mundo sale  comprar el peridico, anhelante de saber cul suerte
cabe al ejrcito en la remota Abissinia. Los centavos llueven en la
bolsa de Paolo. El no se para un punto; abrindose camino por entre
los lectores, que empiezan  formarse en corrillos, se escurre, calle
arriba, corriendo, y gritando:

--_L'Araldo: L'esercito in rotta. Morte del Generale Vicini_.

Los centavos diluvian. El rostro del pregonero se hace radiante; su voz
asume sonoridades de clarn. Aquella derrota es su triunfo.

Qu diferencia de los das anteriores! No aconteca nada. La semana
fue mortal para l. No sucedan cosas de sensacin, ni llegaban
noticias de Africa. El pueblo comenzaba  olvidarse de su aventura de
Abissinia.

Cuntas noches lleg Paolo  su desvn con una miseria en el bolsillo,
extenuado de correr, ronco de gritar, vencido por el cansancio, y
triste!

Su madre lo saludaba con un beso, que era casi un reproche. Una lmpara
daba su resplandor muriente en el zaquizam, iluminndolo  medias.
A esa luz adverta Paolo las figuras quimricas de sus hermanitos,
moribundos de inanicin. Y  esa luz, le pareca ms siniestro el dolor
en la faz de su madrecita; ms punzadora el hambre de sus hermanos; ms
espectral aquella casa de miseria.

El no olvidara la escena de algunas noches antes. Su madre, al entrar
l, le pregunt:

--Qu traes?--hijo.

--Esto, repuso Paolo, ensendole una palma de mano.

Y sucedi que la msera se puso  llorar, abrazndose con l; Paolo
tambin rompi  gemir, mientras los chicos, en la penumbra,
contagiados por el grupo doliente, estallaron asimismo en lgrimas. En
la atmsfera flotaba el dolor. El candil alumbraba con sus claridades
equvocas aquella angustia.

Paolo, de sbito, se deshizo de los brazos maternos.

--Oye, madre, le dijo, yo traer dinero.

--De dnde, hijo, de dnde?--preguntaba la temerosa, la desconfiada.

Entonces l la tranquiliz.

--No pienses nada malo, por Dios. Tomar mis peridicos, saldr 
la calle, y anunciar noticias, muchas noticias, grandes noticias,
noticias estupendas. Yo las pensar, yo las inventar. T vers, madre;
t vers.

Paolo haba convencido  su madre. Esta le deca acaricindolo:

--Bueno, hijo, crre; invnta muchas noticias.

Horas despus entraba Paolo triunfante en el zaquizam.

Esa noche se comi; esa noche se devoraron, en forma de queso y pan,
las noticias falsas de Paolo.

Desde entonces, todas las tardes, al salir el pregonero  su pregn, la
buena mujer le hace esta invariable encomienda:

--Invnta muchas noticias, Paolo.

En todo esto viene pensando el pregonero, calle arriba, mientras
vocea y reparte su peridico. Entre uno y otro grito habla consigo
mentalmente. Y al pensar cmo granizan ahora los cuartos, en la faz se
le dibuja la alegra, y sus ojos dicen cosas risueas.

Hoy, apenas hubo recibido el diario con las noticias de Africa, malas
noticias, para l buenas nuevas, corri  todo correr, camino de su
barrio.

Por uno como orgullo de campanario quera l que en su parroquia
supiesen, los primeros, las cosas de Abissinia. Adems, el barrio era
populoso, y aunque humilde,  toda la vecindad le sobra manera de
comprar un peridico, siempre que haya noticias de sensacin.

El pregonero llega  la plaza de la parroquia. De donde quiera salen
caras que le sonren. Algunos lo interrogan familiarmente:

--Qu embuste dice tu papel, Paolo?

Todos los vecinos en el barrio conocen al pregonero; y l conoce  todo
el mundo: desde la recin bautizada hija del genovs marmolista, que
es la ms joven, hasta la madre de Lucio, el zapatero, que es la ms
viejecita.

Rpido Mercurio, Paolo vuela, echando  los aires su grito sonoro:

--_L'Araldo: Ultime notizie dell' Abissinia, L'esercito in rotta. Morte
del Generale Vicini_.

De los zaguanes, de la confitera, del restaurante, de todas partes
salen gentes  comprar el peridico. Los transentes, el farmacutico,
el licorista, hasta las mujeres, hasta los muchachos, todo el mundo
quiere tener noticias, todo el mundo anhela ver por sus propios ojos,
la verdad, la ignominia del ejrcito; todo el mundo rabia por saber
cmo han hudo las huestes de Italia, ante las tropas de Menelick.

Lucio, el zapatero, al mirar cmo la gente corre y se arremolina, sale
 su puerta. En ese instante se percibe clara, rotunda, la voz del
pregonero:

--_L'Araldo: Ultime notizie del Abissinia, L'esercito in rotta. Morte
del Generale Vicini_.

El zapatero se demuda. Aquel maldito gritn pasara un momento despus,
 la puerta de su tenducho. La viejecita oira aquellas voces de
reclamo; y la angustia, como una serpiente, se enroscara en el alma de
la madre y de la patriota.

El pregonero corre, calle arriba.

Y Lucio oye  su madre que le pregunta:

--Hijo qu pasa? Escucho voces. Me parece que corren.

--Nada, madre; no es nada.

Y se percibe de nuevo el grito de Paolo.

Las manos de Lucio se crispan. Est nervioso. Los pesares de su madre,
la infidencia de su querida, los recuerdos de su hermano, la ignominia
de sus compatriotas, todo sube aquel momento  sus labios, todo se
traduce en este rugido sordo:

--Maldito sea!

Entre tanto Paolo ha llegado junto al zapatero, y echa al aire su
regocijo, en miradas y en voces:

--_L'Araldo: Ultime notizie dell' Abissinia. L'esercito in rotta. Morte
del Generale Vicini_.

La viejecita da un brinco en su acolchado asiento. Ahora s escuch
bien distintamente. Lucio la ve desde el umbral, plido y mudo.

La vejezuela grita:

--Cmpra el peridico, Lucio.

Y prosigue monologando:

--Ay, Dios, qu nueva desgracia. Por qu no me llevas del mundo? Qu
ser de mi hijo, de mi Genaro, Virgen Santsima!

A la vista del zapatero se le ocurre  Paolo una mentira sensacional.
Nadie ignora por all que Genaro pertenece al cuarto batalln. A todos,
en el barrio, se los ha dicho la viejecita. La costumbre de fingir y
contrahacer noticias trae  las mientes de Paolo una mentira estupenda;
y all, en las propias barbas de Lucio, prorumpe en voz vibrante:

--_L'esercito in rotta. Il quarto bataglione..._

Pero no puede conclur. Los ojos y la mano de Lucio lo detienen.

--Dme un peridico, ruje por lo bajo el zapatero, asiendo  Paolo de
la blusa.

Y nervioso, colrico, empieza  ojear el diario. Paolo intenta zafarse
y correr  su pregn; pero Lucio lo detiene. Los espectantes no
comprenden qu pasa. Paolo enmudece y palidece de susto.

En el interior del tabuco, la vejezuela, mirando la gente mariposear
 su puerta, y angustiada por las voces del pregonero, trata de
levantarse, y rueda  los pies de la silla, por el suelo. Al grito y al
golpe de la anciana, Lucio vuelve los ojos, y ve  su madre, cada, la
frente rota, y la nieve de los cabellos roja de sangre.

Entonces mudo, siniestro, en un instante,  la vista de todos, Lucio
agarra  Paolo por el cuello, lo atrae  s, toma el cuchillo de
zapatera y lo encaja furibundo en el vientre del muchacho.

Corre un instante de asombro, de mudez, de estupefaccin. Cuando la
multitud se echa encima de Lucio, ya l ha corrido  su madre, y
besndola, murmura:

--Madre ma!

En la acera, Paolo agoniza. Tambin da un beso  su madre; pero l
la besa desde la tumba, con el pensamiento. Y entre tanto la colma 
besos, el pobre nio cree or la voz de su madre, que le dice:

--Invnta muchas noticias, Paolo.




                             ALMA ENFERMA


                                  I.

Toda la tarde estuvo Eudoro, la cabeza entre las manos, los ojos
perdidos en no s cul lejana de ensueo, muy lejos de s mismo, en
una escapada melanclica al pas de los recuerdos.

Estaba triste, muy triste. Por la primera vez amaba de veras, y su
amor era la causa de su pena. Ese amor no poda vivir. Lo mataba la
inopia. Y el pensamiento del joven, adolorido, se fue  los buenos
tiempos de la infancia.

El recuerdo es amargo y embriagador como el ajenjo. La memoria de las
cosas pasadas, de los amores muertos, de las viejas alegras, es de
una voluptuosidad dolorosa. Eudoro pens en su padre, en el gallardo
militar muerto de cara al enemigo, en pro de su bandera. Tuvo envidia
de aquella desaparicin luminosa. El hijo del hroe sinti la nostalgia
de la gloria. Senta vagas aspiraciones hacia esa dulce quimera. Retoo
de una aristcrata, que despreci siempre las clases bajas, y de un
soldado, que despreci siempre la vida, Eudoro senta cmo se alzaban
en su corazn desdenes atvicos, cumbres de orgullo, doradas nieblas
de vanidad. Estas nieblas, ahora rompidas por la miseria, no eran sino
trgicos girones; estas cumbres, fulminadas por el dolor, ardan; estos
orgullos, enfrenados, se encabritaban como potros cerriles.

Nacido en cuna de oro, criado en la opulencia, gozando una primera
juventud color de rosa, Eudoro, como la Porcia de Musset, vivi:

      _Ignorant le besoin, et jamais, sur la terre,
    Sinon pour l'adoucir, n'ayant vu de misre._

Sumido en el pasado, Eudoro vea surgir del fondo del tiempo aquellos
das risueos, colmados de bienestar, aquellas noches de fiesta
presididas por su madre, joven y hermosa. Despus vino la muerte
del padre, el abandono de los mejores amigos, la indiferencia de los
ulicos de la vspera. Los das radiantes pasaron primero,  los ojos
de su espritu, como una dulce teora de vrgenes blancas y soadoras.
Pronto vio interrumpida la procesin de frescas hermosuras por una
cfila de eumnides de rostros espantables y cabelleras en desorden.
Eran los das negros, las horas de miseria y pesar.

Su padre, despus de todo un poco bohemio, era un despilfarrado. La
muerte lo sorprendi en la bancarrota. Su vida, lujosa y dorada,
era algo teatral. Cado el teln pudo verse que el brillo era de
lentejuelas; el oro oropel; la majestad apariencia; la riqueza ruina; y
que sobre aquellos hombros la prpura encubra la desnudez.

El hurfano fue padre. Se encontr,  los cinco lustros de su edad,
jefe de una familia de mujeres. Con una educacin superficial,
educacin de diletante que todo lo desflora sin profundizar en nada,
con hbitos de lujo, inhbil para otro ejercicio que no fuera el amor,
la galantera, aquel joven cortesano, hecho de pronto gladiador en la
lucha por la vida, entr en el circo mal armado, y reg la arena con
sangre, y abri surcos con su cuerpo y marc huellas de lgrimas.

Bello como un San Jorge, dulce por temperamento, fino por educacin,
este enamorado, lirio de los salones, languideca al golpe violento del
huracn. Su tallo se cimbraba, pronto  partirse; su corola de nieve,
abatida, besaba el polvo.

Eudoro meditaba en todo esto. Se comprenda dbil sin querer
confesrselo  s mismo. Su ensayo de hombre fuerte fue un fracaso. Sin
darse cuenta de ello, Eudoro era una vctima: vctima de sus abuelos
ociosos, galantes y soadores; vctima de su educacin; vctima de
su medio. Del espritu emprendedor, marcial y aventurero de su padre
no tena Eudoro. Era ms bien como uno de sus antepasados maternos:
hermoso, enamorado; poeta cuya mejor cancin era su propia juventud;
espritu contemplativo; incapaz para el combate, apto para el placer.

Eudoro sufra mucho esta tarde. Su ltimo dolor le rompa el alma.
Amaba, amaba de veras, como nunca am. Aquello no era un amor, sino el
amor. El padre de la hermosa adorada no transiga con Eudoro; mataba
el sentimiento en el corazn de la nia; la distanciaba del gentil
mancebo; y haca de su voluntad, dique, para que aquella pasin no
rodara sus crecientes linfas en el seno de la beldad.

Eudoro comprenda que su indigencia era su perdicin. Por eso pens en
su padre, en los buenos das dorados, en su infancia risuea y feliz.

De sbito se incorpor, y dirigindose como  un interlocutor
invisible, dijo rabiosamente:

--Me hubiera muerto nio.

Se responda con esto  una pregunta esbozada en su nimo,  una plida
aspiracin de aniquilamiento.

Recordando al padre de la nia, rugi:

--Qu infame! Rechazarme por pobre!

Y prosigui monologando mentalmente:

--Por pobre! Nada valen mi nombre, mi juventud, mi amor? Mi padre no
ilustr su apellido para que un cartagins, un vampiro de la banca, un
avaro, lo afrentase, rechazndolo. Mi juventud reciba un puntapi de
Harpagn. Ese hombre no sabe que un mozo es una mina. En el fondo de un
corazn juvenil acaso duerma, como el oro en el yacimiento, la virtud
de la intelectualidad poderosa, la perla del herosmo, el genio en
embrin. De la juventud puede esperarse todo porque  todo se atreve:
huella todos los caminos, invade todos los campos, cruza todos los
espacios, salva todos los abismos, ama todas las ideas, persigue todos
los ideales. La juventud es interesante como que puede ser el alba del
prodigio. Cuanto sale de ella es puro como el agua del manantial. Ella
es el amanecer del porvenir; la fianza del futuro. Acaso el oro es la
felicidad? Un rayo de amor no deslumbra ms que el brillo del dinero?
Qu moneda sino el beso paga el suspiro de un corazn enamorado?
Miserable Eugenio Grandet, te abomino! Pero vers cmo lucho con tu
avaricia; cmo venzo de tu crueldad, anciano terrible. Tu cara es de
Tersites, tus ademanes de Cartouche, tus procederes de Loyola. Tienes
aspecto de espectro. Gaviln, yo arrebatar de tus garras el ave del
paraso!

Fatigado el pensamiento de Eudoro, se detuvo al recordar  su amada;
se detuvo en ella, en la memoria de ella, como una paloma anhelante en
la cima de un limonero en flor.

De nuevo ech  volar, torciendo el rumbo. Y Eudoro se dijo:

--No; yo no debo denigrar de ese hombre. En el fondo procede bien. Su
conducta es inspirada en el amor. Ese padre quiere  su nia. Espera
para ella los blancos palacios de mrmol, las libreas galonadas de
los lacayos, el oro de los candelabros, las sedas, en una palabra, la
dulzura de la vida tal como puede concebirla su cabeza de negociante.
Despus de todo est en lo cierto: fuera del dinero no hay salvacin.
Un pobre no tiene derecho al amor; no puede pagarse ese lujo. El amor
entre dos pobres es una conspiracin contra la sociedad. Un pobre
enamorado de una rica es sencillamente un hombre sin pundonor, un
cnico. Yo no aspiro  ese dictado. Cllate, corazn! Escnde tu
lepra. Tu amor es tu ignominia.

Quin sabe, por otra parte, cuntas noches de insomnio le cuesta mi
pasin  ese infeliz! Qu derecho tengo yo para hacer desgraciado 
un hombre por el solo crimen de ser padre de una mujer hermosa? Cmo
podra, sin ser un criminal, ceir de angustia esa cabeza blanca, echar
el dolor, como un dogal, al corazn de ese padre?

Yo la amo, y en nombre de mi amor la hago sufrir, ensombreciendo
el alma de ese anciano! Otro le dar tambin su amor sin que ese
amor cueste ni una lgrima. Ese viejo que me odia tiene un punto de
contacto conmigo: su hija: ambos la queremos. El cario de esa mujer
nos une. Debo estar agradecido al bienhechor de mi amada.

Con una sonrisa de tragedia en los labios y una mirada maldita en los
ojos, el enfermo, el pobre enfermo de amor, se puso en pie.

Su alma, levantada tambin de un nido de recuerdos, sacuda las negras
alas.

A lo lejos, hacia el fondo de la casuca, se escuchaba, fresca
y vibrante, la voz de una hermanita del soador que lo llamaba
cariosamente:

--Eudoro, Eudoro.


                                  II

Es una noche azul y transparente, noche del trpico, tibia y fragante
como lecho de recin casados. La multitud llena las calles. Los
letreros de gas fulguran, temblorosos, como araas trmulas que
escalan los muros. El traqueteo de los coches, el chasquido de las
fustas, la voz de los pregoneros, la charla de los enamorados, la risa
de los alegres, los pasos de la turba, la respiracin de la ciudad,
constituyen el estrpito vagneriano, la extraa sinfona de la prima
noche.

El parque rebosa en gente. Una banda militar suena los cobres, de cuyas
gargantas metlicas surgen notas vibrantes como centellas, suaves como
caricias, dolorosas como lamentos, como cintarazos rudos. La multitud
la rodea. La banda toca y toca. Aquellos msicos de uniforme, aquellos
como soldados artistas, al final de cada partitura se embriagan con el
aplauso, y  las veces repiten la tocata con furia lrica, llenos de un
ardor marcial.

Al rededor del parque la gente se pasea. Algunos novios, dulces
enemigos, se reconcilian en la penumbra, bajo el follaje; otros abren
su alma, rico estuche de afectos, donde fulgura el amor, ese diamante,
como una chispa de sol.

En la sombra, al pie de un frondoso rbol, en un banco de piedra,
estrecho y rstico, se percibe la figura de Eudoro. Est solo; medita;
y una como negra nube de dolor oscurece su frente.

La banda rompe de nuevo, despus de unos minutos de silencio, con una
armona blica. Es una marcha militar. Un instante, Eudoro, fuera de su
meditacin, mira como pasaba y repasaba un hombre, marcando el comps.
El individuo se devolva de un farol  otro, en un espacio de veinte y
cinco metros, casi en la sombra. Se diverta el buen sujeto sin creerse
observado.

De pronto un grupo de jvenes, estudiantes acaso, lo advirti. El
racimo humano de mozalvetes lanz una sonora carcajada y prosigui  su
vez la marcha, marcando el comps. Una pareja de novios, dos muchachos,
que vena detrs, del bracero, contagiada, imit  los estudiantes;
alguien imit  su vez  los novios, y por un momento fue la plaza
batalln alegre y revoltoso que marchaba al comps de la msica.

Eudoro se sonri melanclicamente  la vista de aquella multitud
danzante y risuea:

--Qu barato compran algunos la felicidad, exclam.

Ante la alegra de los dems Eudoro comprendi la profundidad de su
tristeza.

Nada de lo que divierte  los otros, me satisface ni me gusta, se dijo.
Yo me siento muy distante de esa multitud. Parodiando al Cristo, yo
pudiera exclamar:

--Pueblo, qu hay de comn entre t y yo?

Y prosigui monologando, engolfado mentalmente en una desolada
filosofa.

--Yo me alejo de la turba: la temo; me contagia su estupidez. Mi
piedad para ella se resuelve en cleras.

La msica haba terminado. La gente, poco  poco, abandon la plaza.
Apenas restaban grupitos, al pie de los faroles. De los cafs vecinos
salan carcajadas. De cuando en cuando atravesaba, el paso menudo,
recogido el enfaldo, aromando el ambiente, alguna devota de Afrodita.
El cielo pareca un cofre en cuyo fondo azul centelleaban topacios. Los
globos de luz elctrica, plidas lunas, iluminaban con su blanco fulgor
de perla.

Un ebrio pas haciendo eses y gritando:

--Viva la Repblica!

Eudoro pensaba: la lucha es estril. Qu beneficiamos de ella? Cmo
consagrarle nuestra juventud, nuestras ideas, nuestras energas  una
sociedad que nos abandona! Lo nico amable es el amor. La juventud es
de l, como la primavera es de las rosas. La poesa de la existencia
consiste en el dolor de amar. Y cuando un hombre no puede darse al amor
se debe dar  la muerte.

El soador volva al suicidio, como siempre que el Dolor lo acosaba;
volva al suicidio, con anhelo de refugiarse en la tumba.

Eudoro se deca: un suicida es un valiente. La nica puerta por donde
puede salir la dignidad, del mundo, sin doblegarse, es la del suicidio.
Un hombre que se mata  conciencia es un hroe. Todas sus culpas, todas
sus flaquezas, todas sus ignominias, si las tuvo, deben ser olvidadas.
Ese se ha redimido. La muerte as es un crisol. S; el que se aventura
 lo desconocido, el que da un puntapi  la existencia, el que se
embarca en la barca negra, rumbo  lo ignoto, no teme cuanto existe
de ms temible: el misterio, la tumba, el olvido, en una palabra, la
sombra.

Eudoro haba cultivado en su alma la idea de la muerte voluntaria, como
una flor, y ya la flor daba su aroma fnebre.

Ya era tarde, y en el silencio nocturno, Eudoro oa su propio
pensamiento. Un rayo de luna, filtrndose al travs del follaje verde,
acariciaba como un beso de plata aquel rostro. A esa luz se podan ver
las centellas de aquellos ojos hmedos y claros como algas.

Muy cerca del banco rstico de donde surga, de cuando en cuando, la
voz de Eudoro, en aquel sordo monologar del enamorado, el fauno de
bronce de una fuente vomitaba un chorro de agua refrescante. Casi todo
el mundo haba desaparecido. Un polizonte, de lejos, observaba la
actitud sospechosa y escuchaba el lenguaje entrecortado y alarmador de
aquel extrao platicante de la media noche.

Por fin se parti. El polica lo mir alejarse. El fauno de la fuente
con su faz grotesca y empapada de agua se sonrea al verlo pasar; y
alguno que conociese el lenguaje de los bronces tradujera la pcara
sonrisa, el guio de ojos del fauno, en un reproche por aquel abandono,
en un presentimiento de tragedia, en un adis melanclico.


                                  III

Eudoro entr en su casa. El perro, el viejo Sultn, lo desconoci y
gru; pero pronto vino hacia su amo, meneando la cola.

La casa dorma. Eudoro entr en su cuarto  hizo luz.

La lmpara, una lmpara con pantalla verde, esparce un fulgor de
esmeralda. A esa plida claridad resplandece una pequea habitacin de
soltero. En un rincn, el lecho, de albura inmaculada; al otro extremo,
el escritorio de palisandro, mueble antiguo, reliquia del hogar, resto
de esplendor salvado milagrosamente.

Exornan las paredes algunos cuadros: una caza de Diana, un Caronte
feroz y un grupo de Vestales.

Sobre el escritorio lucen dos grabados, muy modernos.

Es el primero un oficial francs, cado en el campo de batalla, la
espada rota, sin kepi, desfalleciente. Ha pasado el combate; un mdico
de la Cruz Roja con cara de angustia pide un trago de aguardiente 
un paisano. Este empieza  escanciarlo de su bota en un vasito, poco
 poco, casi con indiferencia. El mdico tiende la mano y la vista al
frasco generoso, mientras el oficial, muy parecido  Rochefort, parece
morirse.

El otro cuadro es mucho ms risueo. Es la tarde. Un msero anciano
trabajador restitudo al hogar de su faena del da, toma asiento en una
carretilla y empieza  encender su pipa. Su netezuelo, nio hermoso
 ingenuo, lo mira, deja el trompo, y corre  sentarse, lleno de
curiosidad, junto al anciano. A lo lejos, hacia el fondo de la casa y
del cuadro, cruza una mujer llevando un perol en la mano. Acaso sea la
hija del viejo, la madre del muchacho, que vaya  preparar en la cocina
el puchero de la tarde.

Eudoro, sentado al escritorio, desde que entr, hunde la frente en
el pupitre, y, los dedos enclavijados sobre la nuca, yace en una
inmovilidad de ataraxia.

Lentamente alza el joven la plida cabeza y murmura como si desgarrase
el dolor con los dientes.

--S; debo matarme. Hace tiempo aguardo el valor que me acompaa en
este momento.

Tena hundidos los ojos, plido el color, demacrado el semblante. Dos
violetas, muy parecidas  las violetas de la muerte, tean de morado
sus prpados. Los labios hacan una mueca trgica. Abri una gaveta
y sac dos retratos: el uno era de su padre en uniforme de rigurosa
gala, de su madre el otro. Los mir mucho espacio de tiempo, los bes
repetidas veces, los puso contra su corazn como la imagen de una
novia, los bes nuevamente, y ante aquellas efigies adoradas rompi 
llorar.

Al cabo de unos momentos se recobr. Resta sus lgrimas y convino
consigo mismo en que deba proceder. Diferir ms su intento era
exponerlo  fracasar. Meditarlo era no realizarlo.

Crey bueno escribir, razonar su locura, disculparse; pero comprendi
que necesitara escribir una obra, no una carta. Tuvo un secreto pudor
de su pena. Le repugnaban esos muertos charlatanes. Sin embargo, cmo
no decir el ltimo adis  su pobre madre,  su madre querida,  su
madre infeliz,  quien suma de nuevo en el dolor; cmo no impetrar
perdn de aquella madre  quien abandonaba msera y viuda?

Por fin escribi un pliego baado en lgrimas. Aquello no era carta
sino elega.

No bien hubo concludo tom una tarjeta, puso dos lneas, y escribi en
la cubierta, en gruesos caracteres, el nombre de su amada.

Se levant y se mir al espejo. Estaba plido, muy plido; su rostro,
fino y melanclico, pareca la cara de mrmol de un dios.

Con mucha calma empez  cambiarse de ropa. Se amortajaba  s mismo.
La franela limpia que se puso, muy ceida, dibujaba aquel cuerpo
delgaducho y gentil de caballo rabe. Se lav la cara y las manos;
cepill sus dientes y sus uas; y se volvi  mirar en el espejo. Con
una extraa coquetera de buen mozo ensay una sonrisa que result una
mueca macabra; y comenz  peinarse cuidadosamente. Se haca la ltima
toilette.

Abri la ventana. Una rfaga de brisa y de noche ore su frente. El
cielo, clareante, manchado de nubes, pareca una piel de jaguar, azul y
fantstica. De algn corral vecino trajo un soplo de viento el canto
varonil y vibrador de un gallo. Eudoro se estremeci. En el silencio
de la hora le pareci siniestro aquel canto. Cerr las maderas de la
ventana, y tembloroso an se pregunt:

--Tendr miedo?

Pero no; no era miedo. Para llegar  esta resolucin extrema, cuntas
noches de insomnio, cuntos das de dolor. En el alma de Eudoro se
haba cumplido un proceso. Ya no le quedaba sino ejecutar lo que tanto
medit, lo que haba resuelto en su corazn, de tiempo atrs. Pronto se
repuso y prosigui llevando  trmino su obra de destruccin con una
tranquilidad aterradora.

--Despachemos, se dijo; ya es muy tarde.

Sac el reloj del bolsillo del chaleco, vio cmo eran las cuatro, y lo
puso abierto sobre el escritorio. Despus tom su revlver, lo llev
 la luz, hizo girar la masa, y como en un ensayo lo acerc  las
sienes. El fro del can hel su cuerpo. Un calofro culebre por su
espina dorsal. De nuevo lo vio,  hizo ademn de morderlo. El acero,
destemplando sus dientes, lo oblig  castaetearlos.

Pero todo esto era apenas una burla  la muerte, una engaifa  la
tumba. El tena su plan. Se acost; se amortaj en la ropa blanca del
lecho; envolvi el revlver en una frasada para que la detonacin fuera
sorda, para que el ruido muriese ahogado en la cobija; se tante el
sitio del corazn; alz la franela; se apoy el revlver en el pecho,
y dispar.

La sangre comenz  brotar. Las manchas rojas sobre la albura del lecho
parecan camelias de prpura en la escarcha. A la luz verde de la
lmpara el rostro del moribundo apareca ms plido y siniestro.

Poco despus, de la herida ya no brotaba la sangre  borbotones, sino
en una mansa corriente de arroyo, como un cordn de prpura. Ay! en
ese arroyo bermejo se estaba ahogando una juventud; ese hilo rojo ataba
una vida  la tumba.




                   FILOSOFIAS TRUNCAS


De esas raras equivocaciones tiene el destino. Aquella dama, nacida
para musa  para novia de poeta, no viva en las estrofas de alguna
gentil cancin, viva, gran seora, en un mundo del cual ella no
amaba sino la pompa; y esa dulce desterrada de los poemas, consolaba
su ostracismo reuniendo en su torno, msicos, novelistas, poetas,
espritus enamorados de la gloria, almas que deslumbra la verde visin
de una hoja de laurel.

Esa noche parloteaban alegremente los invitados, en el saloncito
carmes. Eran hasta cinco personas: la seora, tres escritores y un
viajero, recomendado de un amigo distante, y que vena de pases muy
remotos.

Se hablaba de todo. Se narraron sensaciones de libros y de viajes. Se
pic en las ideas, como colibres en clices de flores.

La dama presida. Su gentileza dejaba caer sonrisas, rosas de sus
labios; y reparta miradas, besos de luz. Y eran, miradas y sonrisas,
lauro lisonjero de aquella como justa.

Los escritores,  las veces, no se entendan. Baados en el resplandor
de una estrella, se tropezaban al buscar, los ojos en el cielo, la
misma luz bienhechora.

Se habl de vanidad.

El novelista no negaba la suya.

--Mi vanidad es sonora como un rgano, deca.

El crtico, alma escptica, se comparaba con Leonardo de Vinci, con
Miguel Angel, con los ms hermosos genios latinos y conclua porque
nada que l hiciese valdra la pena.

El escptico no se daba cuenta de su yerro. En su confesin de humilde
haba un rayo cegador de vanidad. El no se comparaba con los mediocres,
ni siquiera con los buenos; se comparaba con los mejores y negaba la
luz de su ingenio porque no arda como un sol.

El crtico exclamaba:

--Yo desprecio  la multitud. Me preocupa slo la opinin que de m
tengan algunos cuantos. Si alguno de esos pocos, cuyo concepto me
es caro, saliese diciendo que yo era un imbcil, me entristecera
profundamente.

El novelista no comparta esta opinin.

--Si algn escritor notable, ruga, dijese que yo carezco de talento,
creera al punto que ese hombre se haba vuelto loco. Mi concepto de m
propio no puede cambiarlo nadie. Que no lo merezco? No importa; es
mo! Que no es una virtud la vanidad? Mejor! El valor de las propias
virtudes no es un mrito; lo es el valor de los defectos. Y ese lo
tengo yo.

El viajero se figur que no deba tomar aquello al pie de la letra; y
para no darla de cndido, dijo, creyendo hacer una frase galante:

--No se calumnie, seor.

Los otros se rieron con los ojos. Bastante se conocan para saber hasta
dnde era sincero lo expresado.

La seora callaba. Terci amablemente  fin de dar la razn  su nuevo
amigo el viajero; pero se la quitaba,  los ojos de los dems, con una
sonrisa.

El viajero, despus de todo, concluy por comprender qu ms deba or
que hablar. El poeta tambin callaba.

En punto  vanidad no arrojaba de s el calor de llamas del uno, ni el
falso hlito de tumba del otro. Y pensaba:

--Esos dos desdeosos me han hecho el tributo de su alabanza. Ese
novelador, ese Hrcules, me ha tendido la mano; y cuanto al crtico,
todo su escepticismo  un lado, se ha puesto  gritarme: arriba!
sube! E interiormente y silencioso l tambin alzaba un himno  la
vanidad.

Para ambos tena el poeta admiracin y aun ternura. Fraternizado con
esas inteligencias por el paralelismo de ideales, y admirador de esos
ingenios brillantes, l, confundiendo al escritor con el hombre,
envolva, en cada uno, al doble sr con el mismo manto de aprecio.
Grande error! Puede apreciarse mucho la inteligencia del mismo 
quien se abomine como ente social. Por fortuna esto no ocurra all,
entre personas calificadas; pero es bueno, de todas suertes, hacer el
desdoble del escritor y el hombre.

La conversacin fue  parar  la crtica.

El poeta, en ese punto, estaba de acuerdo con el novelista, y en contra
del hombre atacado en su profesin. El novelador no aceptaba crtica,
por lo menos de sus amigos. Su amigo no tena derecho de decirle
verdades desagradables. Y si quera tenerlo lo compraba al precio de la
amistad.

El hombre de profesin deca:

--Y el arte! Y el noble amor de la verdad! La verdad est por cima de
todo sentimiento. Y el arte por cima de todos los amigos.

El poeta confesaba ingenuamente:

--Me escoce la piel la crtica, sobre todo esa juiciosa, sabia, amante
del trmino medio, que no se entusiasma sin razonar, y desmenuza y
profana.

El crtico se defenda, argumentando. Dialctico, de suyo poderoso, sin
grande esfuerzo prob la necesidad del anlisis, as sea  no literario.

El novelista y el poeta, apandillados, no respondan de exprofeso sino
con chistes y epigramas. Este compadrazgo burlador desazonaba un poco
al escptico.

--Los crticos, como los cuervos, deca el novelador, se alimentan de
detritus.

Y el poeta:

--El crtico es al poeta lo que el beso al gusano: el beso genera; el
gusano devora.

Y, volvindose  la dama, que rea con una risa de complacencia, bajo
el abanico de marfil y plumas, la interrog:

--A quin prefiere usted, seora,  los poetas   los crticos?

Ella repuso:

--Usted sabe que mi afecto es para los msicos y para los poetas.
Cuando oigo una romanza  una cancin vibra todo mi sr; si es triste
me entristece, si es vivaz me alegra, esa cancin  esa romanza. En
pocas palabras: yo siento el arte sin ponerme  razonarlo; siento como
una mujer, entregndome  una voluptuosidad dulce,  una languidez
de ensueo, que no quiero analizar. Ahora, mi querido poeta, le
dir que me inspiran mucha admiracin esas naturalezas pacientes 
investigadoras, que educan en uno el sentimiento, y lo dirigen; que
nos revelan hasta los ms tenues _matices de sensaciones_; que nos
ensean cuanto vibra en nuestro sr; y nos descubren lo ms ntimo,
lo ms recndito de nuestra alma; y nos enriquecen, generosamente, con
el tesoro de nuestra propia mina. Ya ve usted cmo, seor poeta, puedo
amar  los trovadores y  los msicos, sin querer mal  los crticos,
ms, amndolos, si bien con otro amor.

--Seora, dijo el escptico, usted me hace creer en los ngeles.

El viajero crey de su deber seguir la galantera religiosa, y agreg:

--Habla usted como un serafn.

--Un serafn, murmur ella sonreda, debe de hablar muy amablemente.
Supngase usted que es paje,  cosa as, en una gran corte, en la mejor
de las cortes, en la corte celestial.

--Pero seora, interrumpi el novelista, no necesitarn los serafines
desplegar toda su elocuencia con los bienaventurados. Recuerde usted
cmo nuestra Santa Madre Iglesia ha dicho; bienaventurados los pobres
de espritu.

La conversacin fue rodando hasta caer en la tumba, es decir, en la
muerte. Se habl de las distintas maneras de morir. El escptico se
conformaba con una muerte dulce, tranquila. El poeta quera morir
gloriosamente.

Se trajo  cuenta el suicidio. El viajero cont la manera cmo, en
algunos pueblos, castigaban los conatos de suicidio. Y refiri dos
 tres suicidios raros. Al novelista le retozaba el deseo de dar al
viajero la noticia de un pueblo en donde ahorcan  los suicidas.

Los escritores, los tres, eran partidarios de la muerte voluntaria.
Pero partidarios de distinto modo. El escptico, aun con serlo, no
encontraba mala del todo la vida. El saba de dulzuras; pero afirm que
era llegada la hora cuando el hombre se imposibilitaba de llenar esta
funcin: amar.

El novelista, siempre concretndose  s propio, no deseaba an la
muerte. Quera vivir para su gloria, y para desesperacin de sus
enemigos. Cuanto al poeta, crea que mientras ms grande es un hombre
menos digno es el mundo de ese hombre. Y si la grandeza de alguno
consiste, antes de todo, en ser un delicado sensitivo, ese menos debe
vivir, seguro de que la ruindad humana, las asperezas del camino, lo
herirn ms profundamente.

--Yo estoy en este caso, prosigui; solo una cosa me sostiene: la
esperanza en mi obra, la fe en que mi planta prenda y mi huella sea
fecunda. Yo me hubiera muerto, si no. La vida es tan ma como mi
casaca. Yo la uso hasta que me cause. Que soy joven, que est flamante,
dirn algunos. S, pero est afeada por una mancha de tristeza
prematura. Ser un pretexto de mi cobarda darle un objeto  mi vida?
No lo s. De todas suertes ese pretexto no durar mucho tiempo, porque
mi mayor infamia no ser la de envejecer.

El novelista aprobaba. La seora sonrea tras el plumaje del abanico.
El abanico era el escudo de su prudencia, cuando no quera opinar. El
extranjero, para s propio, empezaba  decir desfavorablemente de
aquella seora, complacida en la sociedad de unos locos grotescos. El
escptico se puso en pie  las ltimas palabras del poeta.

--Ojal, le dijo, caminando hacia el joven, ojal conserve usted su
entusiasmo! Ojal no pierda la fe en s mismo!

Y prosigui, con una mirada mitad triste, mitad maligna:

--Hace aos, siendo yo bastante joven, conoc  un hombre del cual
se deca que era muy talentoso. Este hombre, ancho, robusto, con una
garganta por la cual se haban deslizado muchos vasos de cerveza, se
rea regocijadamente. Y ese hombre produjo en m, entonces, un pesar,
un gran dolor. Ese dolor fue como el primer redoble de una marcha
fnebre. El hombre inteligente, el hombre sano, dijo, delante de mis
primaveras en flor.

--A los veinticinco aos yo me crea un genio. As pasa generalmente 
todos los jvenes.

El poeta tambin puso en pie, de sbito. Se encar con su amigo.
El dardo sutil del escptico, la venganza del crtico, lo hera
dolorosamente.

--Ese hombre, dijo, el hombre que usted cita, fue una mediocridad.
Prob nunca lo contrario? Las primaveras de usted se deslumbraron con
una luz de candil. Negar el entusiasmo, el ideal, es una estupidez
burguesa. El entusiasmo es resorte de almas y caracteres. La fe salva.
Un alma sin ideal es un yermo: no florecer nunca. Yo s siento en mi
corazn la chispa sagrada: con slo esa chispa podra prender fuego 
todo su escepticismo.

El poeta se exaltaba. El otro quiso sosegarlo, temeroso de que una mala
interpretacin produjera en el joven un estallido.

Pero el joven no lo escuchaba; y prosigui diciendo:

--Cuanto  m, espero triunfar. Tengo compromiso con la victoria. Algo
me dice en lo interior que yo no nac para ser de la manada; yo sera
infiel  m mismo, si no alimentara mi ambicin.

La dama tom cartas en el asunto. Ella era el iris de paz. La alianza
la trajo su sonrisa y su palabra.

El crtico se comprenda vengado, en parte, de los epigramas de sus
compaeros.

Ya era muy entrada la noche. Con los ltimos fuegos del combate
sobrevino la dispersin; y pronto no quedaba en el saloncito carmes
otra persona sino la dama, nostlgica de un poco de msica, y con los
odos llenos de las disenciones de sus visitantes.

Aquella noche el extranjero, el viajador que vena de pueblos muy
remotos, pensaba cmo hombres de talento se haban puesto,  los
ojos de l, en pleno ridculo. Y al salir de la casa senta la misma
desagradable impresin que le produjo, tiempo atrs, una visita  un
manicomio.




               LA CONFESION DEL TULLIDO


As es Caracas.

Los hombres corren la ciudad en coche, de tarde, porque las tardes all
son dulces y doradas. A esa hora el sol poniente pincela de ureos
matices la frente de las montaas vecinas; el aire se transparenta ms,
el cielo viste su ms claro azul.

En ventanas y balcones se apian hermosuras, vidas de ver y de ser
vistas. Por entre las rejas salen volando,  veces, rfagas de msica.
La msica del pas es muelle, enamorada y voluptuosa; pero no tan
voluptuosa, tan enamorada, ni tan muelle como esa otra armona que
se desprende,  raudales, de los contornos del seno, de las caderas
lascivas, de los brazos y gargantas de las bellas hijas del pas.

Es la hora de los enamorados la tarde.

Y pasa el amador delante de la ventana de la hermosa, llevndose una
mirada recogida al trote del carruaje, mirada elocuente y que fascina,
mirada prometedora de dulzuras para la cercana prima noche, cuando l
se plante al pie de la reja misma  murmurar su amor.

Una mujer haba, la ms bella de todas, que encastillada en su
hermosura esplndida, no quiso rendir  nadie la fortaleza de su
corazn.

Admirarla era casi un deber. Un poeta hizo un tomo de madrigales para
ella: madrigales  sus ojos, madrigales  sus manos, madrigales  su
boca.

Sin nmero de amadores haca la ronda  su puerta;  pasaban de tarde
por frente  su ventana  rendirle, sumisos, tributo de admiracin.

Pero uno se distingua entre los fieles de la diosa.

Este no corra en carretela, ni pasaba gentilmente, sino que se
plantaba, en una silla rodante, en toda la esquina. Era un joven,
paraltico. Se deca de l, sin razn, que era fatuo; y ninguno
ignoraba el amor del infeliz.

Yo ard en deseos de saber qu pasaba en el corazn de aquel msero, 
quien el infortunio bald el cuerpo y no el alma.

El tullido, el pobre, tena el pudor de su afecto; mas,  la postre, un
da me abri su corazn.

--Es cierto, me dijo, estuve y creo que aun estoy enamorado. No es
ma la culpa. Ella es hermosa; y yo tengo alma, porque no soy, segn
han dado en la flor de creer y aun decir, un idiota. Mi crimen es mi
debilidad. Yo s que esto es algo ridculo; pero no puedo pasarme
sin verla. Aqu me mirar usted todas las tardes. Antes, ella no se
mostraba cruel; sino ms bien benvola conmigo. Yo le daba ramos de
rosas y jazmines; las mejores violetas que yo pudiera haber se las
traa; los lirios ms cndidos eran para ella. Ella aceptaba con
una sonrisa mis presentes; y yo empec  sentirme, en medio de mi
infortunio, algo feliz. Lugo supe que su bondad generosa fue mofada;
se hizo burla de su piedad y de mi amor. Yo no tengo la culpa. Yo no
dije que la amaba. Pero el amor es as, caballero: se sale por los
ojos. Al fin le prohibieron en su casa que aceptase mis flores. Cuando
me rechaz mi regalo, un macito de violetas, romp  llorar. Toda la
noche llor, y me compromet conmigo mismo  no verla nunca ms.

Pero  la tarde siguiente, no pude, seor, no pude y me hice arrastrar
hasta aqu. Las burlas siguieron. Ella dej de saludarme,  ms bien
dicho, de responder  mi saludo; pero yo siempre fiel, siempre atado
con una cadena invisible  su hermosura maldita. Una tarde, al yo
insistir en saludarla, me sac fura su lengua, en seal despectiva 
de clera.

Ese da no llor sino re; me re sin darme cuenta, me re mucho,
muchsimo; ella lo advirti y se puso muy enojada, tanto, que me volvi
la cara, y desde ese da ya no quiso ms sentarse sino de espaldas 
esta esquina donde me detengo. Su enojo se troc en malquerencia, y
decirle puedo  usted satisfecho que hoy me odia. Y vea usted, seor,
ahora es cuando soy menos infeliz. Ahora poseo algo muy sincero, muy
puro, del alma de esa mujer: poseo su odio. Yo he obtenido ms que
todos esos estpidos que la enamoran. Ninguno ha podido entrar en su
corazn. Yo, s. Qu importa por qu puerta? Yo me siento posesor
de algo que no se puede mentir. Soy casi feliz, seor; y me creo ms
afortunado que el hombre  quien ella ofrezca su mano y su corazn. Una
mujer tan vanidosa, tan pagada de s misma, amar siempre y por sobre
todo su hermosura. En cambio ella no puede odiarse  s propia, y mal
puede tener otro  quien odiar. Su odio, pues, es ntegro para m; y su
amor, en cambio, nunca ser completo para su esposo.

Tengo la mitad de su alma, por lo menos ahora quin pudiera decir
otro tanto?

Usted me ver todas las tardes aqu, seor, mirndole por detrs las
orejas, casi contento.

La fisonoma del paraltico se ilumin al llegar  este punto, con una
como luz siniestra. Hasta sus piernas de perltico parecan animarse.

Al fin dej al enfermo; y me fui calle arriba, taciturno, todava con
algo del vrtigo que me produjo el fondo obscuro de aquella alma,  la
cual quiso asomarse mi curiosidad enfermiza.




                                OPINION

                DE ALGUNOS ESCRITORES AMERICANOS SOBRE
                               EL LIBRO

                        "TROVADORES Y TROVAS,"

                           Y SOBRE SU AUTOR


No en este poeta de esos baladistas de liras perezosas, de esos eternos
rimadores de las eternas novelas de amor, largas y plidas, ni de esos
cantores del odio, ridculos y falsos, ni de esos trovadores de sus
vicios que manchan el ala de los versos. Adivino en este poeta, un
gentil poeta primaveral, un frvolo poeta del amor frvolo, coronada la
frente con las dulces rosas de Meleagro, y perfumados los labios con
el viejo vino lrico del viejo Anacreonte. Pero si de Anacreonte y de
Meleagro tiene la sensualidad, el refinamiento, el amor  la cancin
frgil y alada, esa perla del arte, no es repetidor servil de ningn
viejo hacedor de rimas. Este es un poeta extico entre los poetas de
su pas: por la inspiracin, que es original, y por la extraa manera
de sus versos, labrados al capricho de su musa rebelde, como flgidas
joyas florentinas.

Pues bien, este poeta encantador, este noble prosista, ha publicado un
libro muy bello. _Trovadores y Trovas_ se titula el libro. Y el libro
es una antologa de poetas y de versos.

                                          A. FERNNDEZ GARCA.

       *       *       *       *       *

_Trovadores y Trovas_ como indica su ttulo, est dividido en
dos partes, constituyendo la primera una serie de artculos
crtico-biogrficos en que el autor estudia y aplaude  sus bardos
predilectos, y siendo la segunda joyero de vibrantes y exquisitas
rimas, reveladoras de un verdadero poeta, inspirado y refinadsimo.

Prosa y verso, todo en el libro del seor Blanco Fombona es pulcro y
cincelado, en todo se ve la obra de un gran temperamento artstico, de
factura modernista.

                                           (_El Fgaro._--Habana.)

       *       *       *       *       *

                                       New York: 27 de febrero de 1899.

_Al seor Luis Berisso._

                                                       En Buenos Aires.

Seor y amigo distinguido:

Unidos de la mano traigo  usted dos artistas excelsos: Csar Zumeta y
Rufino Blanco Fombona: el artista cincelador y el artista cincelado.
Apolo en un camafeo de Dioscdoro.

Ninguno de los dos es un extrao para usted. Y no lo son ambos para la
Amrica.

La prosa tersa, impecable, del primero; su frase alta y serena,
de ondulaciones tenues, como un mrmol de Amariarna; mrbida sin
flacideces; seria siempre como un hijo de dioses, arrancado  los
flancos de una estatua, le ha dado pusto eminente en nuestra Amrica
toda; y lo tiene--cosa rara--muy alto en su patria misma.

Cuando usted lea esta carta, habr ya saciado sus ojos en el joyel
maravilloso con que Blanco Fombona, acaba de enriquecer el arte y de
desesperar la envidia: _Trovadores y Trovas_.

Extraa, triste y prodigiosa flor de nuestra raza, este trovador
delicado y bravo, este artista refinado y hosco, ha sido delineado,
esculpido, grabado, por el cincel maravilloso del artfice amigo.

Y, es este medalln, que tiene por el carcter tosquedades de
anaglifo, y tiene por la pureza de las lneas, relieves de algn cliz
de Cellini, el que envo  usted, hermano generoso de los poetas, alma
gemela de los artistas, cultivador y propagador del arte y de lo bello
en esa regin feliz, para que sea por sus manos--si usted lo quiere
as--que vea la luz del Plata, este poeta extrao, burilado por este
extrao prosador.

El retrato del Cantelmo, pintado por de Vinci: la obsecin de
d'Anunzzio, la _flor noble y vivaz de una raza_, cerca  la cual queda
bien el _Care adsum_, eso es el poeta soberbio, el soador desdeoso,
cuya efigie le acompao.

Y me retiro estrechando  usted la mano.

    Amigo suyo.

                                            J. M. VARGAS VILA.

(De la _Revue Ilustree du Rio de la Plata_.)

       *       *       *       *       *

Color y msica en la forma, predominando los colores frescos y las
melodas; en la arquitectura de la frase, el denuncio de la influencia
montalvina; en la idea, el romanticismo heroico, toda la generosa
prodigalidad de la juventud Americana: el culto al joven dios de la
lucha; la caballera andante por la justicia para los pueblos y para
los miserables; y all en lo ntimo, la voluptuosidad aristocrtica
del sensualismo pagano, y esa otra voluptuosidad moderna del culto
 la tristeza y al dolor: _Trovadores y Trovas_ es renuevo robusto
de esa planta extraa que, trasplantada  nuestro suelo y cultivada
sabiamente, promete dar bajo el cielo de Amrica desconocidas y
opulentas floraciones.

                                                 S. KEY AYALA.

Como incrustaciones de finsimas joyas, de encendido esmalte, lucen sus
originales trovas en torno del opulento cuadro en donde, con abundante
y bruida prosa de difano estilo, se ponen de relieve, en bustos
ureos, los trovadores favoritos del trovador del Avila.

Qu impolutas estrofas, como sartas de perlas, las de cada _trova_
ondulosa y cristalina! Qu verso el suyo, estrella  flor con alas, de
suave aroma cuando lirio, de intensa luz cuando estrella, todo poesa y
sin ajeno alio!

                                    FED. HENRQUEZ Y CARVAJAL.

(Santo Domingo.--_Letras y Ciencias._)

       *       *       *       *       *

Para la tribuna no es su prosa sino para el encanto del alma en las
pginas del libro.

La musa de Fombona es dama de viso, lleva turbante vaporoso, anda como
sobre el ter y tiene carnes rosadamente voluptuosas. Su beso no
quema pero adormece; su presencia no destroza pero cosquillea como con
vellones de plumas.

                                        GERNIMO MALDONADO, H.

       *       *       *       *       *

Circula en todas ellas, (las poesas), savia de novedad; la inspiracin
tiene vuelos osados, el ritmo flexibilidades de junco y sonoridades
sinfnicas; hay en la rima color y consistencia de rica pedrera; las
imgenes visten velo de novia  clmides de damasco antiguo, y las
ideas despiden resplandor astral.

                                               ANDRS A. MATA.

       *       *       *       *       *

A pesar de ser yo opuesto  la mezcla de verso y prosa en un mismo
libro,--quiz por una preocupacin infundada,--no dejo de reconocer
que en este caso la dualidad de la obra tiene la ventaja de exhibir
plenamente la individualidad literaria del autor; y esta individualidad
es tan digna de ser plenamente conocida que no puede menos que
aplaudirse el plan de la obra que la refleja.

                                    JOS ENRIQUE ROD.

(Uruguay.)

       *       *       *       *       *

Rufino es un poeta genial y originalsimo, un literato que cincela la
prosa, y una de las ms bellas esperanzas de Venezuela.

                                         (_Plumas._--Puerto Rico.)

       *       *       *       *       *

Aun conservo fresco el recuerdo de aquel da en que Rufino Blanco y yo
anduvimos por primera vez juntos en la capital del mundo civilizado.
Fue la vspera de entrar el Czar: la plaza de la gran pera estaba
obstruda, cerrada, amurallada de hombres, de mujeres, de vehculos de
todas clases, y nosotros tenamos, por fuerza, que atravesarla. Una
oleada de gente nos llev al lado opuesto y entonces mi compaero,
enfurecido como buen venezolano, me grit:

Vamos  abrirnos paso  palos por entre estos canallas, quieres?

Dos  tres de la compacta muchedumbre lo miraron fijamente y se rieron.
Crean que era un artista loco.

Tal es Rufino Blanco: un poeta original, un artista, con un carcter
irrefrenable.

                                         MIGUEL EDUARDO PARDO.

       *       *       *       *       *


RUFINO BLANCO FOMBONA

      Soador voluptuoso, cuando rima
    su dulce serenata,
    parece que algn silfo, all en el bosque,
    deshjase campnulas de plata.

      Mariposas de vvidos colores
    que surgen de praderas de claveles,
    emergen de su ctara los cantos
    y en aromas resulvense y en mieles....

      Galana pluma de oro
    en instante feliz le ofreci el genio;
    y bardo modernista, irguise altivo
    del arte patrio en el gentil proscenio!....

      Es el mago hechicero
    que sus rosas purpreas deposita,
    ante el azul santuario
    donde ostenta sus gracias Afrodita!.......

                           J. M. AGOSTO MNDEZ.

(Del libro _Siluetas Literarias_.)

Y bien, elegante y sentido poeta, _Trovadores y Trovas_ me ha sabido
 mieles, caso peregrino, pues yo tengo el gusto impertinente y soy
por naturaleza poco dado  los entusiasmos lricos, pero el encanto de
su prosa y la magia de sus ritmos rompieron el hielo de mi frialdad,
y tambin por qu ocultarlo? de mi escepticismo, y gust sus bien
perfiladas frases y sent la seduccin de sus versos, pudiendo
ahora por versos y frases felicitarlo calurosamente y sin asomos de
cortesana.

                                                    C. REYLES.

(Uruguay.)

       *       *       *       *       *

Tan altivo y gentil es su ditirambo, como sensual y exquisita la
palpitante estrofa rtmica de su estro. Pule y combina el verso como
el msico los sonidos, como el joyero el oro. Casal y Daro son sus
rivales.

Si en cada uno de sus trovadores esbozados va dejando raudales de
ingenio, en cada una de sus trovas deposita el sentimiento, la
melancola, lo que nos conmueve y nos encanta, lo que el poeta tiene
de raro y misterioso. Su lira tae las pesadumbres, los placeres y las
esperanzas. A veces el poeta arranca  las cuerdas gritos de indignado
atesmo...

                                       TOBAS ZIGA MONTFAR.

(_La Revista_, San Jos de Costa Rica.)

       *       *       *       *       *

Seis cantos en galana prosa  algunos trovadores queridos por el
autor y veintids poesas forman el volumen, en donde aparece la
ntima personalidad artstica de Blanco Fombona, original, nervioso,
independiente de las comunes frmulas. El brillante prlogo de
Daz Rodrguez, que en este nmero insertamos, dar  los lectores
completa idea de la obra y sentimientos de uno de los ms delicados
representantes de la escuela modernista en Amrica.

                                  (_El Cojo Ilustrado._--Caracas.)

       *       *       *       *       *

Admirablemente dotado de un harmonioso temperamento artstico, Rufino
Blanco Fombona, poeta, cuentista y crtico, ha educado la originalidad
y domeado la loca imaginacin. Es uno de esos espritus voluntariosos
para los cuales no hay cimas bastantes empinadas ni marea profunda, ni
desiertos dilatados; es una joven guila que recorre audaz el azur del
arte. Las musas le son propicias.

Naturalmente amanerado, sus versos y su prosa, tienen un aire de
refinada elegancia, de impecable dandysmo. Pule, abrillanta, macera
el estilo y se cura de la suma perfeccin de la forma, con la misma
acuciosidad febril y torturante de Flaubert, y padece la _fobia_ del
lugar comn, que caracteriza  los artistas raros como los Goncourt y
Huysmans. Su estilo es preciosista, constelado de arcasmos; complexo,
arquetipo, sutil y bello estilo bizantino.

En cuanto poeta, es magnfico; sus versos tienen sonoridades inauditas,
acarician suavemente como brazos femeniles  cortan como puales, y
se retuercen en el aire como lambrequines herldicos. El ritmo se
desenvuelve noble y heroico encerrado en el escudo de oro del verso.

                                             TULIO M. CESTERO.

(Del libro _Notas y Escorzos_.)

       *       *       *       *       *

Ms que un inspirado, Blanco Fombona es un orfebre de la rima. Sofoca
el grito interno para adaptarlo  una forma convencional, en vez de
dejarlo salir libre, _como chorro bullente de agua_, segn la bella
expresin del Duque Job. Sus impresiones no surgen directamente de la
naturaleza ni del corazn humano, proceden de la biblioteca. Siendo
sensitivo  impresionista en prosa, resulta cerebral, puramente
cerebral, en verso: pero me apresuro  hacer constar, en honor suyo,
que es de los pocos modernistas de verdad que existen en el continente;
que si sus alas no resisten  los grandes vuelos, ni sus estrofas son
relampagueantes como espadas, quedarn entre las mejores de su gnero,
por el buen gusto artstico y lo delicado de la cinceladura.

                                                 LUIS BERISSO.

(De _El Mercurio de Amrica_.--Rep. Argentina.)

       *       *       *       *       *

Enjambre del Atica  maraa de la cabellera de Medusa, la irona 
el reto surgen de sus versos en atrevidas sonoridades, en las que
se sienten vibrar enlazadas la ideas y la emocin, cual en el poema
obscuro cruzan por el aire encendido Paolo y la de Rmini.

                                                 CSAR ZUMETA.

Del libro _Escrituras y Lecturas_.

       *       *       *       *       *

En resumen, que cuando el autor de _Trovadores y Trovas_, corrija sus
desalios y sujete el desorden de su inspiracin, ser todo un poeta.
Por hoy sus defectos hacen que nada luzcan sus innegables cualidades.

En su prosa tiene ya Fombona toda una credencial de artista y sus
semblanzas de Jos Mart, de Prez Bonalde y de Alfredo de Musset, son
hermosas por ms de un concepto.

                                         (_El Nacional._--Mxico.)

       *       *       *       *       *

Nervioso, inquieto, sensual y triste, superiormente organizado para
el arte, en ste su primer libro, flor de juventud, se nos presenta
con las dos manos colmadas de primores, ya que de igual modo afina y
abrillanta el dardo de oro de su verso, como cincela--copas rebosantes
de perfume--los perodos de sus bellas prosas rtmicas.

                                            M. DAZ RODRGUEZ.

       *       *       *       *       *

Acabo de leer _Trovadores y Trovas_, de Rufino Blanco Fombona.

Est escrito por un alma de primavera. La primavera slo produce
flores. Ese libro, pues, es una flor, pero de hojas aterciopeladas y
perfume exquisito; extica, no vulgar; como que ha sido cultivada en el
jardn de un artista.

La prosa es una maravilla de factura: delicadeza y energa son sus
prendas ms salientes.

                                                EUGENIO ASTOL.

(_La Democracia._--Ponce.)

       *       *       *       *       *

Otros podrn decirle por qu el libro es bello y bueno. Yo no tengo
autoridad para esto, pues aun cuando yo supiese tanto como ellos me
llevaran siempre la ventaja aparente de no quererle como yo le quiero.
En la gloria que ya usted alcanza, hay algo mo: hay el vaticinio
cumplido, que pronunci en la adolescencia de su noble talento.
Yo no podra ser crtico de sus obras, porque le juzgara  usted
recrendome. Le pues, su libro, emocionado; veo los lauros sobre su
frente, y palpita de orgullo mi corazn.

Bajo esas impresiones es que le envo mis enhorabuenas. Usted recibe
diariamente muchas y muy valiosas; pero yo  todas ellas anticip las
mas, cuando en su frente no se haban desojado los laureles y apenas
rozbanla con sus castos besos las musas, aficionadas  los poetas que
nacen, como las abejas al botn que se abre.

                                              N. BOLET PERAZA.

       *       *       *       *       *


RUFINO BLANCO FOMBONA

    Oh trovador del Guaire!
    Si ya ces la popular tormenta,

      Y se escucha tan solo
    Con el himno triunfal de tu bandera
    El clarn de la paz, cantando glorias,

      Sacude el urea pola,
    Que  tu vuelo de cndor soberano,
    Para t se abrir la azul esfera.

                        V. A. DELGADO.

En efecto, nadie negar, sin faltar  la justicia, que el idioma es
para Blanco Fombona un instrumento que produce maravillosos sonidos.
A veces nos parece inarmnico; pero el defecto est ms que en la
composicin, en el auditor: el acento del artista aturde y  veces
molesta, por la excesiva tensin nerviosa que produce.

                                              JOS E. MACHADO.

       *       *       *       *       *

_Trovadores y Trovas_, hondamente sugestivo, por cuanto cada pgina
revela el entraable amor del artista  la expresin selecta,  la
escritura elegante y rtmica, est muy lejos de ser una _confesin
general_ del autor.

Falta all el temperamento, el carcter, el _yo de la vida_, como
escribi el psiclogo. No deploro esto; antes bien lo celebro. Imaginad
 este escritor implacablemente sincero, quiero decir, vencido del
natural impetuoso y soberbio que tanto lo distingue como hombre, en los
afanes y luchas de la vida; imaginad esto por un momento, y al punto,
como al poder de un conjuro, romperanse los dulces lazos que nos atan
 su ingenio y  la obra de su ingenio. Arrebatado por sus pasiones
nativas externara su intelectualidad y sus impresiones anmicas en una
tormenta de frases, deslumbrando con la hiprbole. Frente  Mart, por
ejemplo, tan slo habra dicho de los tiranos, de la libertad, de los
pueblos, de la fraternidad social, de los derechos humanos. Jams se le
habra ocurrido esa pgina que avalora el volumen, tan delicada, tan
bella, presea gloriosa del artista, digna del grande hombre.

                                           ANTONIO R. ALVAREZ.


A RUFINO BLANCO FOMBONA

      Aqu tambin la virgen primavera
    derrama su canfora de flores;
    y pueblan de armonas la pradera
    en bandadas, los pjaros cantores.

      Canta, poeta! En el solar querido,
    no tan slo el turpial se inspira y canta;
    bajo otro cielo, al fabricar el nido,
    lanza el ritmo que lleva en la garganta!

                        JESS MARA LEN O.

       *       *       *       *       *

No s porque extrao sentimiento mo, he querido al travs de la
distancia,  este poeta original y rebelde que hace ruido en la nueva
generacin venezolana.

Cariosamente he ledo sus versos clsicos y rimados con arte
exquisito.

Imaginacin exuberante la suya, produce flores de color subido, que
encierra en vasos de oro, tallados con primor.

Artista de la forma, pule con mano maestra sus estrofas hasta dejarlas
perfectas. Es el Benvenuto Cellini de la frase!

                                            J. I. VARGAS VILA.

(Del Libro _Bustos y Medallas_.)




                         INDICE


                                               PG.

    Carta  Fabio Fiallo                          V

    El dolor de Pedro                             1

    Cuento filial                                 9

    El amor de Luzbel                            29

    Molinos de maz                              53

    Historia de un dolor                         75

    Juanito                                      83

    Carta de amor                               117

    Cuento de Italia                            131

    Alma enferma                                153

    Filosofas truncas                          185

    La confesin del tullido                    205

    Opinin de algunos escritores americanos
    sobre el libro Trovadores y Trovas, y
    sobre su autor                              215



                         ERRATAS


         DONDE DICE:                    DEBE DECIR:

  Pg.

  XIII ... por qu le                } .... por qu les
       digo _Cuentos de              } digo _Cuentos de
       Poeta_.                       } Poeta_.


  Pg.

    22 Se sentaron, unidos,          } Se sentaron, mudos,

    26 Se propona  todas...        } Se propona  todos...

    47 ... le reprendi              } ... le reprendi
       estas severas liberalidades.  } estas liberalidades.

   142 Aquella derrota               } Aquella derrota es
       es un triunfo.                } su triunfo.

   146 Adems, el barrio             } Adems, el barrio
       populoso,                     } era populoso.

   213 ... tan pagada                } ... tan pagada
       de s mismo.                  }  de s misma.





End of Project Gutenberg's Cuentos de poeta, by Rufino Blanco Fombona

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUENTOS DE POETA ***

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Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

    Dr. Gregory B. Newby
    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate

Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search
facility: www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.

