The Project Gutenberg EBook of Ranchos, by Javier De Viana

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Title: Ranchos
       Costumbres del Campo

Author: Javier De Viana

Release Date: December 24, 2016 [EBook #53798]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK RANCHOS ***




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                            JAVIER DE VIANA


                                RANCHOS

                        (COSTUMBRES DEL CAMPO)


                 [Ilustracin: LA BOLSA DE LOS LIBROS
                              MONTEVIDEO]


                                EDITOR
                            CLAUDIO GARCIA
                             SARAND, 441
                                 1920




OBRAS DE JAVIER DE VIANA


  GAUCHA (novela)                          $ 0.50
  YUYOS (cuentos camperos)                 " 0.50
  MACACHINES (cuentos breves)              " 0.50
  CARDOS (cuentos del campo)               " 0.50
  ABROJOS (escenas del campo)              " 0.50
  SOBRE EL RECADO (cuentos del campo)      " 0.50
  CON DIVISA BLANCA                        " 0.40
  RANCHOS (costumbres del campo)           " 0.50
  LEA SECA (4. edicin)                  " 0.50


Nuevas obras a editarse por esta casa

  DEL CAMPO A LA CIUDAD
  POTROS, TOROS Y APERIASES
  PAISANAS
  GURI y otras novelas (3. edicin)
  TARDES DEL FOGON
  CAMPO (3. edicin)
  LA BIBLIA GAUCHA




EL ALMA DEL PADRE


Por la nica puerta de la cocina,--una puerta de tablas bastas, sin
machimbres, llena de hendijas, anchas de una pulgada, el viento en
rfagas, violentas y caprichosas, se colaba a ratos, silbaba al
pasar entre los labios del maderamen, y soplando con furia el hogar
dormitante en medio de la pieza, aventaba en grsea nube las cenizas,
y haca emerger del recio trashoguero, ancha, larga y roja llama que
enargentaba, fugitivamente, los rostros broncneos de los contertulios
del fogn y el brillador azabache de los muros esmaltados de ollin.

Y de cuando en cuando, la habitacin apareca como sbitamente
incendiada por los rayos y las centellas que el borrascoso cielo
desparramaba a puados sobre el campo.

El lvido resplandor cuajaba la voz en las gargantas y los gestos en
los rostros, sin que enviara para nada la lgica reflexin de don
Matas,--expresada despus de pasado el susto.

--Con los rayos acontece lo mesmo que con las balas; la que omos
silbar es porque pasa de largo sin tocarnos; y con el rejucilo igual:
el que nos ha'e partir no nos da tiempo pa santiguarnos...

Y no hay para qu decir que en todas las ocasiones, era el primero
en santiguarse; an cuando rescatara de inmediato la momentnea
debilidad, con uno de sus habituales gracejos de que posea tan
inagotable caudal como de agua fresca y pura, la cachimba del
bajo,--pupila azul entre los grisceos prpados de piedra, que tenan
un perfumado festn de hierbas por pestaas.

El tallaba con el mate y con la palabra, afanndose en ahuyentar
el sueo que morda a sus jvenes compaeros, a fuerza de cimarrn
y a fuerza de historias, pintorescas narraciones y extraordinarias
aventuras, gruesas mentiras idealizadas por su imaginacin potica.

--Mi acuerdo una vez,--empez el viejo, mientras llevaba el mate, la
cabeza inclinada hacia abajo y hacia un lado, cerrado un ojo y buscando
con el otro la lucecita roja de un tizn para no desparramar...--mi
acuerdo una vez...

En ese propio instante pas dentro de la cocina algo as como el brillo
de un mandoble de una daga formidable--Dios ensayando Juan Moreira,--y
la pieza se llen de olor de azufre y de seguido explot un trueno tan
formidable como si hubiese reventado la panza del cielo.

--Jess Mara!--exclam el viejo dejando caer la pava y el mate sobre
el rescoldo...

Y de inmediato, recogiendo de entre las brasas sus prestigio, exclam:

--Asina ju que dijo Lino Rojas, en una noche igualita qu'sta, que
Dios nos libre y guarde, en que machazas nubes picazas iban corcobiando
por el cielo, jineteadas por rayos y centellas... Hablan del delubio...
qu'el delubio!... Nosotros habiamo desensillao en un altito'e mala
muerte... supngase como... como la chiquisuela' e una pata'e
and!... Pa'este lao de ac, el arroyo 'e los Cordales fufaba echando
espumas; pa'este otro lao, la Caada Brava rezongaba como sargento
qu'el comesario ausente ha dejao a cargo'el distrito. Pu'aqu y
pu'all, las ovejas pasaban boyando, con las patas p'arriba y los ojos
duros... esos ojos asina como ponen las ovejas y los cristianos cuando
se ugan... Los truenos roncaban furiosos y los relmpagos y los rayos,
se cruzaban, se misturaban, formando como rollos de vboras blancas y
jediondas...

--Y ju entonces que Lino Rojas dijo?...--interrumpi uno de la
tertulia...

--Jess Mara!--continu el narrador... Pero el agua y el viento y
las centellas le metan cada vez ms juerte. Pa sujetar los caballos
qu'enloquecidos, bufaban amenazando arrancar las estacas y dejarnos
a pie en aquel infierno, tuvimo que levantarnos y asujetarlos del
maniador. Los recaos se hicieron sopa y como los ponchos, en vez de
servirnos, nos embolsaban, levantaos pu'el ventarrn, tuvimos que
sacarlos y tirarlos.

Entonces Lino Rojas, qu'era muy rabioso y muy boca sucia, encomenz a
tirarle a Dios con las palabras ms fieras. Y dispus sigui con los
santos y luego con la Virgen, ponindolas como basurero...

--Sosegate, le aconsej yo: pero l no m'hizo caso; y en una de esa,
con un rejucilo grande, el mancarrn peg una sentada y lo volti en un
charco. Rabioso de un todo y viendo que ni Dios, ni los santos, ni la
Virgen le hacan caso, grit, abriendo la boca:

--Me ca... igo en la perra madre que m'ech al mundo!...

El no dijo perra, dijo otra palabra ms fiera... Y en el mesmo
instante, hermanitos! un rayo grueso como una vbora 'e la cruz, le
dentro por la boca y le dej seco!...

--Al da siguiente, cuando yo lo revis...

--Estaba muerto?

--Dejuro!... Pero sanito; pareca dormido... Como tena la boca
abierta, mir y vide...

--Y vido?...

--Vide, hermanitos!... qu no tena lengua!... No tena en la boca
ms que un montn de ceniza negra!... Pa mi aquel rayo era el alma del
dijunto su padre!...




AVES DE PRESA


Julio Linarez era uno de esos hombres en los cuales el observador ms
experto no habra podido notar la rotunda contradiccin existente entre
su fsico y su moral.

Frisaba los treinta; era de mediana estatura, bien formado, robusto; su
rostro redondo, de un trigueo sonrosado, su boca de labios ni gruesos
ni finos, su nariz regular, sus ojos grandes, negros, lmpidos, si algo
indicaban, era salud y bondad, alegra y franqueza.

Sin embargo, Julio Linarez tena un alma que pareca hecha con el fango
del estero, adobado con la mezcla de las ponzoas de todos los reptiles
que moran en la infecta obscuridad de los pajonales.

Su mirada era suave, su voz clida, y armoniosa, su frase mesurada, sin
atildamientos, sin humillaciones y sin soberbias.

Pero ya no engaaba a nadie en el pago, donde su artera perversidad era
asaz conocida, bien que no se atreviesen a proclamarlo en pblico, por
la doble razn de que se le tema y de que su habilidad supo ponerlo
siempre a salvo de la pena. Sus fechoras dejaron rastro suficiente
para el convencimiento, pero no para la prueba.

Era prudente, fro, calculador.

En la comarca, grandes y chicos, todos conocan la famosa escena con
Ana Mara, la hija del rico hacendado Sandalio Pintos, en la noche de
un gran baile dado en la estancia festejando el santo del patrn.

Ana Mara senta por Julio aversin y miedo, lo cual no obstaba a que
l la persiguiera con fra tenacidad. En la noche de la referencia,
ni una sola vez la invit a bailar, aparentando no preocuparse
absolutamente de ella.

Sin embargo, ya cerca de la madrugada, en un momento en que Ana Mara,
saliendo de la sala atravesaba el gran patio de la estancia, yendo
hacia la cocina a dar rdenes para que sirvieran el chocolate, Julio le
sali al paso y la detuvo.

--Qu quiere?... Djem!... Ya sabe qu'es intil que me persiga!...
Lleve por otro lao su cario!...--exclam con violencia.

Y l, tranquilo, sereno:

--Una palabra, slo una palabra tengo que decirle.

--Bueno, hable de una vez.

--Sigue decidida a no quererme?

--S!

--Y yo sigo decidido a quererla; y debo decirle, y disculpe la
comparancia, que bagual que codiseo, ms tarde o ms temprano lo
agarro. Por ms que arisque, por ms que juya, yo sigo campindolo, y
a bola, a lazo o a bala lo hago mo!...

--Eso ser con baguales orejanos; yo tengo dueo.

--Que no ha marcao entuava.

--Marcar.

--No, Ana Mara! Y esto es lo que deseaba decirle: ni este novio que
tiene, ni cien que tenga, se casarn con usted. Ya est advertida,
puede seguir no ms.

Al da siguiente, Daro Luna, el novio de Ana Mara, apareci ahogado
en un arroyito de morondanga, que corra a pocas cuadras de la estancia.

En el intervalo de cinco aos, Ana Mara tuvo tres novios ms, y los
tres sucumbieron en forma trgica y misteriosa.

En la conciencia pblica, Julio Linrez era el autor de las muertes.
Pero Julio Linrez, correcto, impecable, altanero, no se di nunca por
aludido y prosigui sereno y razonablemente su propsito.

Ana Mara se rindi al fin, y la noche de la boda todos los dems
se rindieron tambin ante el triunfador acallando odios y ocultando
envidias.

Todos menos Jacinta Lpez, la hija del principal almacenero del pago,
a quien Julio sedujo y abandon despus. Los padres la expulsaron
ignominiosamente de la casa y ella se vi obligada a conchabarse de
peona en la estancia de Pintos, para ganar su sustento y el de su
gachito.

Ella no olvidaba, ella no perdonaba, ella no claudicaba. En el momento
culminante de la fiesta Jacinta, desgreada con el delantal manchado
de grasa, con las manos sucias de carbn, penetr en la sala y con el
orgullo de quien se sabe superior, exclam dirigindose a la novia:

--Por cobarda te vas a casar con este canalla... Matate antes, que
ms vale ser difunto bajo tierra que difunto sobre la tierra! Y eso es
lo que te espera a t!...

Julio, a pesar de su sangre fra, empalideci y respondi violentamente:

--Quin es ust pa meterse en este asunto?

Y ella rabiosa, rojos los ojos:

--Y quin eres t, miserable? Quin eres t, daina ave de presa?...

Linrez, serenndose y sonriendo sarcsticamente respondi:

--Vale ms ser ave de presa que ave de gallinero.

--S! Cuando el ave de presa es guila o cndor, cuando lucha y mata
o es muerto!... Pero t eres cuervo, carancho, chimango, que te cebas
en las carnizas de los animales que otros han muerto!... Vos mats
como los estancieros matan los zorros y los caranchos, envenenando con
estricnina trozos de carne, pero no mats a tiros y a pualadas frente
a frente, cuerpo a cuerpo, cara a cara!...

Y al decir esto, sac de debajo del delantal una gran cuchilla y se
avalanz sobre Julio, pero la concurrencia, solcita, la detuvo,
la amarr, le arranc el arma. La condujeron a una pieza donde la
encerraron para entregarla al da siguiente al comisario.

--Est loca.

Y todos se apresuraron a rodear a Linrez, futuro dueo de la opulenta
estancia de Pintos, prodigndole frases de aprecio y simpata.




EL CONSEJO DEL TIO


An no haba aclarado del todo, cuando Albino estaba en la enramada
ensillando con sus pilchas miserables, su mancarrn tubiano, flaco,
abatido, tan miserable y ruinoso como el apero.

Don Tiburcio, el capataz, extraado de aquel inslito madrugn de
Albino, le pregunt:

--Pande ests de viaje?

--Pa los Campos del Diablo--respondi el mozo con voz compungida.

--Y por qu te vas, muchacho?...

--Yo no me voy, m'echan!...

--Quin te echa?

--Mi to Pancho... Anoche me dijo: Maana mesmo me ensills tu sotreta
y te mands mudar. Si cuando yo me levante t'encuentro tuava aqu, te
vi a untar los costillares con ungento e tala.

--Y el patrn es muy capaz de hacerlo!--asinti riendo el viejo.

--Ya lo creo qu'es capaz!... Es un bruto, mi to Pancho!...--respondi
Albino, al mismo tiempo de apretarle tan rudamente la cincha al tubiano
esculido, que este encorv el cuello y le tir un tarascn, como
dicindole: No seas bruto, vos tambin!.

--Y a todo eso--gimi el muchacho--porque tengo una enfermedad, la e
ser un poco chupista.

--Y bastante haragn; son dos enfermedades.

--No, es una mesma. Cuando me chupo un poco no tengo juerza pa
trabajar, y entonces me da rabia y chupo ms... y claro! tengo menos
juerza...

--Y ms ganas de chupar.

--Dejuro. Adis don Tiburcio.

Y se march, rumbo a los Campos del Diablo, vale decir a lo ignoto,
al azar de la existencia bagabunda.

Transcurri ms de un ao sin que se tuvieran noticias suyas. En una
cruel maana de invierno cay a la estancia. Pero en qu estado!...
A los estragos producidos por el vicio se unan los causados por las
penurias, los de hambre, las noches de intemperie o de forzada vigilia.
Apenas haba, cumplido veinte aos y su rostro enflaquecido, arrugado,
de color terroso, sus labios plcidos, sus ojos parpajudos acusaban
completa decrepitud.

Don Pancho lo mir con pena y con rabia, preguntndole con acritud.

--Qu vens a hacer aqu?

--Vea, mi to--respondi con voz enronquecida por el alcohol;--estoy
decidido a abandonar este vicio maldito, culpa de toda mi desgracia...

--Me parece bien---contestle el viejo en tono de duda.

--S, mi to... Vea mi to, all, en la costa el Batov, hay un negro
entendido, que se compromete a curarme con el cocimiento de unos yuyos
qu'el slo conoce...

--Y qu hacs que no enderezs pa la costa'el Batov?

--Vea mi to... es qu'el negro me cobra veinte pesos pu'el remedio... y
como yo ando medio cortao...

--Vens a pedrmelos?... No conts con ellos; pero en cambio te vi'a
dar un consejo que vale ms de veinte pesos... Mir... ah atrs de las
casas est atado a soga mi parejero alazn, que aunque ya p'al camino
no sirve, pa trotiar no tiene fin... Te lo doy. Ensillalo y and buscar
la vergenza... Campiala bien. No te preocups del tiempo que pase, ni
del precio que cueste, porque me comprometo a pagarla, cueste lo que
cueste...

--Est bien, mi to--respondi el mozo, y de seguida se fu en busca
del viejo parejero, lo ensill, se despidi y parti de nuevo para los
Campos del Diablo.

Al verlo alejarse, Don Tiburcio--exclam melanclicamente:

--Pobre alazn!... Ande lo ir a convertir en caa ese desalmao!...

--Quien sabe--sentenci don Pedro--nunca perdi una carrera; pueda ser
que gane esta tambin...

Al cabo de un par de meses regres Albino a la estancia. Iba ms
miserable, ms despreciable que nunca. Con dificultad se ape de la
yegua tica y con paso inseguro avanz hasta la enramada desde donde
el to Pancho lo observaba con el ms profundo disgusto. Rechazando la
mano que el mozo le tenda, increplo violentamente:

--A qu has venido, si no trais la vergenza?...

Y l humilde como un perro castigado, murmur sollozando:

--Vea mi to... yo la busqu... Cans el parejero alazn buscndola...
y no la pude encontrar... Pa mi, que ya no queda ni semilla de esa
planta!...




Y A MI EL RABICANO


Con un cielo luminoso, brillante como plata bruida, llova, llova
copiosa, incesantemente. Las caadas desbordaban, empujando las guas
hacia afuera, hacia el campo, convertido en superficie de laguna.

Ni un relmpago, ni un trueno. No haca fro. Era la delicia del otoo,
sereno, tibio, plcido, prdigo de luz.

En la cocina, donde arda un fogn enorme, el patrn, en rueda con
los peones, aprovechaba el obligado descanso, en alegre tertulia. Era
un continuo cambiarle de cebaduras al mate y, para la china Dominga,
un inacabable tragn de amasar y freir tortas mientras se contaban
cuentos, simples como las almas de los gauchos,--interrumpidos a cada
instante por comentarios ms o menos ocurrentes.

El patrn no desdeaba entrar en liza, pero tampoco escapaba, por ser
patrn, de las interrupciones y de las crticas. Su relato sobre las
aventuras de Jesucristo, no tuvo xito, debido, ms quiz que a falta
de inters en la narracin, a las observaciones hostiles del viejo
Romualdo, el famoso contador de cuentos, que esa tarde se haba negado
obstinadamente a complacer al auditorio.

Don Omualdo restaba furioso porque el patrn no haba querido regalarle
el nico potrillo rabicano de la marcacin del ao.

--Eleg otro,--haba dicho don Juan.

--Ya aligi ese yo.

--Ese es pa la chiquilina. Agarr otro cualquiera.

--Rabicano no ms.

--Rabicano no. Dispus, cualquiera.

--Dispus, denguno.

Y no eligi.

Qued tan rabioso que casi no hablaba; l, que cuando no tena con
quien hablar, hablaba con los perros, con los gatos, con las gallinas
o, en ltimo extremo, consigo mismo.

--Jesucristo estaba con su partida en el monte de los
Olivos...--contaba el patrn, y don Rumualdo le interrumpi:

--Ande est el monte 'e los Olivos?... Yo no conozco ningn monte
d'ese apelativo, y pa que yo no conozca . . .

--Es all por las Uropas, pasando Bolivia.

--Ah!... Di hi no soy baquiano... Nunca ju ms p'all del
Pilcomayo...

--Geno,--sigui el patrn;--Jesucristo estaba all echndole una
proclama a su gente, cuando de golpe se present la poleca de Poncio
Pilatos.

--Pilatos?... Es pariente de Manuel Pilatos, aquel indio de la Cruz
que supo ser puestero de o Tiburcio Rodrguez?...

--Qu ha de ser!... Si d'esto que cuento hace aares!

--Y di hi?... Tambin hace aares qu'estn pariendo las vacas y las
ovejas y entuava hay yaguaneses que dejuro tienen el apelativo de los
padres del tiempo de antes.

--Ser asina, pero me dejs enhebrar l'auja?

--Cuando lleg la polica, Jesucristo, en lugar de juir, s'entreg no
ms.

--Sin peliar?

--Dejuro.

--Y sin tratar de juir?

--P'ande?

--P'al monte. Nu estaba en el monte?

--S, pero no era baquiano.

--Claro, era gringo ese don Jesucristo!... En medio 'el monte se deja
sorprender por la poleca y rodiao de tuita su gente, no atina a juir
ni a peliar... Gringo maula!... Y qu l'hicieron?...

--Lo yebaron p'al pueblo y lo pusieron a desposecin del juez, donde
un procurador dijo qu'era un hombre malo porque quera que tuitos los
hombres juesen genos...

--Macana!

--...que cuando a uno le dieran una cachetada de un lao...

--Le sumiese la daga en el mondongo al atrevido?

--...le pusiera el otro lao de la cara...

--Macana!...

--Y porque deca que deba drsele a cada uno lo suyo.

--Eso est bien: pa m el potrillo rabicano.

--...y porque afirm qu'l curaba con palabras

--Eso es verd: denme un picao de vbora y si yo no lo curo
vencindolo, que me corten...

--Qu le van a cortar a ust?--interrumpi un pen.

--Lo que tengo... de sobra--respondi el viejo.

--Y tan de sobra!--mascull otro.

El patrn, un tanto amostazado, continu:

--Adems, le dijeron que quera ser rey de la repblica.

--Y si el potrillo daba pa botas!... Pa mandar cualquiera sirve; lo
difcil es encontrar quien haga...

--Y l dijo que no quera ser rey. Que su estancia estaba en el cielo...

--En el cielo?... Lindo campo pa invernar chingolos!... Bien se
ve qu'era gringo don Jesucristo!... Y qu le hicieron?... Lo
afusilaron?...

--No, lo rusificaron.

--Lo qu?...

--Hicieron una cruz de palo y lo estaquiaron como cuero fresco.

--Qu brbaros!...

--Era la costumbre oriental.

--Pucha que son brbaros los orientales! Degollar, tuava, pero
estaquiar un cristiano vivo!... Vea patrn: si quiere que hagamos las
paces, deme las lonjas del potrillo rabicano... Ust dice qu'es pa la
chiquilina, yo digo qu'es pa m; le sumo el cuchillo en el tragadero y
se acab.

El patrn, harto de las interrupciones del viejo, exclam:

--Agarrate el rabicano, vivo o muerto!...

--Vivo,--respondi--vivo y le pongo mi marca,--una cruz patas abajo...
Ese don Jesucristo dej algo bueno: a cada cual lo suyo, y a m el
rabicano.




UN SANTO VARON


Don Cupertino Denis y don Braulio Salaverry no eran personas estimadas
en el pago.

Y sin embargo eran dos viejos vecinos--pisaban los setenta--estancieros
ricos, jefes de numerosa y respetable familia.

Muy trabajadores, muy econmicos, quiz demasiado econmicos, eran
adems excelentes cristianos: jams dejaban pasar un domingo, aunque
tronase, aunque lloviera, aunque amenazara desplomarse el cielo, sin
levantarse al alba y trotar las doce leguas que mediaban entre sus
estancias y el pueblo, para concurrir a la iglesia para escuchar una o
dos misas.

Es verdad que en la casa de don Cupertino, como en la de don Braulio,
las perradas daban lstima, de lo flacas que estaban.

Pero, vamos a ver. Para qu son los perros?

Para defensa de la casa.

Para que esa defensa sea efectiva es necesario que los perros sean
malos.

Ahora bien: el psiclogo menos perspicaz sabe que los perros, lo mismo
que los hombres, no son nunca malos cuando tienen la barriga llena. Es
decir, pueden seguir siendo malos pero tienen pereza de hacer dao.

Tanto don Cupertino como don Braulio haban tenido oportunidad de
constatar que todos los curas son mansos.

Tambin se acusa al primero--y al segundo--de estos honrados
estancieros, de dar a los peones comida escasa y mala. Era cierto;
pero no lo hacan por tacaera, sino porque la experiencia les haba
demostrado que lo que se gana en alimentacin se pierde en tiempo, y
como es axioma que el trabajo dignifica al hombre, el corolario es que
ser ms digno el que trabaje ms. Y era a impulsos de ese piadoso
concepto que don Cupertino y su colega mezquinaban la comida a sus
peones y les hacan echar los bofes trabajando... Qu importan las
penas corporales cuando con ellas se hacen mritos ante el Seor?

Se le hacan, adems, otros cargos a don Cupertino. Se le reprochaba,
por ejemplo, que con frecuencia no eran de su marca las vacas, ni de su
seal las ovejas que se carneaban en su casa.

Tal vez fuese calumnia, o quiz fuese cierto. Pero en el ltimo caso,
la causa estara en que don Cupertino tena ya poca vista y no era
extrao que se confundiese. Adems la culpa era de los linderos que
no cuidaban sus haciendas y mantenan en mal estado los alambrados
medianeros. El lo haba dicho varias veces, sobre todo cuando las
majadas linderas tenan sarna o cuando su campo estaba mejor empastado
que los vecinos:

--Por qu no componen los alambrados? Vamos a ver! Por qu no
componen?

Es claro por qu no componan?

El, don Cupertino, llevaba la bondad hasta hacerlo componer por su
propia cuenta... cuando haba sarna en las majadas linderas, cuando su
campo estaba en mejor estado que los vecinos.

Se deca tambin que don Cupertino en sus frecuentes rondas nocturnas,
robaba corderos orejanos a los vecinos y los sealaba sobre el pucho.

Pero deberan ser calumnias, envidias, porque ninguno era capaz del
sacrificio que l se impona para vigilar su bien.

       *       *       *       *       *

Como antes dijimos, don Cupertino y don Braulio no perdan jams la
misa del domingo. Y ni uno ni otro dejaban de llevar a los tientos
el corderito destinado a don Tadeo, un cura napolitano, cabeza de
meln, mofletes de nodriza gallega, cuello de toro y vientre de perra
en fin de embarazo. El buen cura adoraba los corderitos asados, casi
tanto como las libras esterlinas,--de las cuales era entusiasta
coleccionista--y por lo tanto adoraba a aquellos dos santos varones;
pero ms a don Cupertino, quien con frecuencia una al cordero
infaltable, una gallina gorda, un canasto de huevos frescos, una
maletada de duraznos, y, en ocasiones, una lechiguana gorda, que era
una de las debilidades del virtuoso prroco.

--Ah, la lichidiguana!... Come mi gusta la lichidiguana!...

Don Cupertino, hombre sobrio, esclavo del deber, era siempre el primero
en llegar a la sacrista. Sin embargo, ocurri una vez en que,
llegando a la hora habitual, se encontr con que su vecino le haba
precedido.

--Lu dun Brulio l'ha che ganatu il terone ista volta,--djole el cura.

Sorprendido, presintiendo una trastada, don Cupertino pregunt:

--Y ande est?

--Ande quiere qu'estase?... A liglesia, rodillao devanti San Jenaro,
gulpi qui gulpi lo picho!...

Don Cupertino tuvo una idea:

--Si usted quiere, padre, yo mesmo vi a desollar el cordero, porqu'es
muy gordo y lo va echar a perder su cocinera maturranga.

--Cume ta parezca, don Cupertini... Venise pe lu patio.

Fueron ambos. El estanciero colg y desoll concienzudamente el borrego.

--Madona!... Cume e gordo!...

--Rigularcito--respondi con modestia don Cupertino; y mientras
arreglaba el cuero, pregunt observando uno recin estirado.

--Y este, padre?

--Es el de don Brulio.

--Canalla!--exclam en el colmo de la indignacin.

--Cume canalla?...

--Pero s, padre!... No ve las orejas?...

--Sicuro!... Tiene orecas come tudos los corderos...

--Pero no ve la seal?... Punta e' lanza en la izquierda, sarcillo de
arriba en la derecha!... !Mi seal!...

El fraile qued asombrado.

--Ma si cuesto e vero, e propio un canalla!...

El cura continu manifestando su indignacin, mientras don Cupertino
observaba uno por uno los cueros apilados. Haba cincuenta y ocho: tres
de su seal, veintiseis de distintas seales de linderos y veintinueve
seal de don Braulio. Porque l, don Cupertino, slo le robaba a don
Braulio. Qued satisfecho, y cuando el cura le dijo:

--Que hay qui denunciarle a la justicia a cuesto porcaccione--l
contest humildemente:

--No padre. Por tan poca cosa! Cristo manda perdonar, yo perdono!...

Don Tadeo mir el cordero gordo, se le hizo agua la boca y exclam
emocionado:

--Qui santo varone!...




TRIPLE DRAMA


Estaba obscureciendo cuando don Fidel regres de su gira por el campo.
Los peones que mateaban en el galpn y lo vieron acercarse al lento
tranco de su tordillo viejo,--ya casi blanco de puro viejo,--observaron
primero el balanceo de las gruesas piernas, luego la inclinacin de la
cabeza sobre el pecho, y, conocindolo a fondo, presagiaron borrasca.

--Pa m que v'a llover--anunci uno.

--Pa m que v'a tronar,--contest otro; y Sandalio, el capataz, muy
serio, con aire preocupado, agreg:

--Y no ser difcil que caigan rayos.

Casi todos ellos, nacidos y criados en el establecimiento, casi
todos ellos hijos y nietos de servidores de los Moyano, conocan
perfectamente a don Fidel.

Grandote, panzudo, barbudo, tena el aspecto de un animal potente,
inofensivo para quien no le agrediera, temible para quien se permitiese
fastidiarlo.

Fu siempre liso como badana y lmpido cual agua de manantial.
Habitualmente, recias carcajadas hacan estremecer el intrincado bosque
de sus barbas, como se estremecen alegres los pajonales, cuando en el
bochorno estival, la fresca brisa vespertina, mojada en agua del ro,
hace cimbrar con su risa las lanzas enhiestas, enclavadas en el cieno
del baado.

Empero, al llegar a la cincuentena, cuando muri su mujer de una manera
trgica y algo misteriosa, el carcter de don Fidel cambi en forma
sensible.

Normalmente era el mismo de antes, bondadoso y justo, severo, pero
ecunime; mas, de tiempo en tiempo y sin causa aparente, tornbase
irascible, violento y atrabiliario, lanzando reproches infundados y
sosteniendo ideas absurdas, al solo objeto de que los inculpados se
defendiesen, o los interpelados le contradijeran, para exacerbarse,
montar en clera y desatarse en denuestos y amenazas.

Pasada la crisis, volva a ser el hombre bueno, ms suave que maneador
bien sobado y bien engrasado con sebo de rionada.

Las gentes de la estacin lo conocan bien; y dado que, aparte de
quererlo y respetarlo y temerlo, encontraban mucha ventaja en su
servicio, saban hacer el perro--callar y agacharse,--cuando tronaba
en lo alto.

Don Fidel descendi del caballo dentro de la enramada, y al volverse se
encontr con Felisa, su sobrina y ahijada, quien, juntando las manos,
implor humildemente:

--La bendicin, padrino?...

El la mir; trat de corregir la aspereza de su semblante y dijo:

--Dios l'haga una santa.

Entre estas dos frases rpidas, un pen haba acudido y tomado la
rienda del caballo, mientras otro, no menos solcito, desprenda la
sobrecincha y se apresuraba a desensillar.

Don Fidel rabi con aquella solicitud que le impeda estallar en
reproches; pero se contuvo, y entregando a Felisa la escopeta que
llevaba en la mano, le dijo:

--Llev p'al cuarto; y ten cuidao qu'est cargada con bala.

Ella tom el arma, di vuelta, anduvo un paso y volvindose interrog
con voz de inocencia:

--Los dos caos estn cargaos con bala?

--Los dos!--respondi con aspereza el viejo; y luego, por natural
sentimiento de bondad, agreg dulcificando el acento:

--Ten cuidao...

Ella se fu hacia las habitaciones de la estancia, y don Fidel penetr
en el galpn. Un pen le ofert de inmediato un amargo que el
estanciero, con el gaote seco, acept. Tomando un banquito, se sent,
en la rueda, cerca del fogn. Y mientras chupaba el mate, dijo:

--Anduve recorriendo... En el baao de las cruces encontr una vaca
bragada, muerta y medio podrida, sin sacarle el cuero...

--Yo la vide, patrn,--respondi el capataz;--muri de grano malo y por
eso no mand cueriarla...

El estanciero, sin dignarse mirar ni responder al descargo de su
subalterno, continu:

--En la majada del Bajo Chico vide sinnmero de ovejas seal horqueta
del vasco Ismendi.

Pacficamente, el capataz explic:

---Ju un entrevero causao por la lluvia el domingo, que volti un
lienzo 'e alambrao y pa fin de apartar yo le he dao rodeo a Ismendi
maana a las cinco 'e la maana...

Don Fidel hizo como si no hubiera odo el descargo de su administrador,
por quien experimentaba una hostilidad que en vano intentaba disimular.
Y dijo con sequedad:

--Deba haber empezao por componer el alambrao!

Generalmente, el viejo mayordomo dejaba sin rplica las acusaciones del
patrn; pero aquella tarde pareca tener empeo en avivar su mal humor
contradicindole.

--No compuse, patrn, porque el bajo, como habr visto, est lleno de
agua; y no se puede estirar alambre con postes plantaos en el agua...

Humillado con la lgica del capataz, don Fidel cogi la limeta y apur
un grueso sorbo de caa.

El viejo Sandalio sonri irnicamente, dejando ver a travs de las
hebras escasas y speras de sus bigotes griseos, las negras encas,
desprovistas de dientes. Pocas veces beba el patrn, pero cuando haba
pegado un trago, era insaciable. Satisfecho, el capataz aprovech la
coyuntura de que don Fidel la emprendiera violentamente con uno de los
peones, para escurrirse en silencio.

Sigilosamente cruz el patio, rode las casas y se fu hasta la barra
de eucaliptus que defendan de los vientos bravos del este y del sud,
la cabecera de la huerta de frutales.

All, vuelto detrs del membrillar que crecan entre los eucaliptos, se
encontr a Virginio Moyano, su sobrino.

Ahorrando frases intiles, el viejo pregunt secamente:

--Ests pronto?

--S,--respondi el mozo--; tengo ensillao, pa m, el tordillo negro
qu'es capaz de galopiar treinta leguas de un tirn, y pa ella el bayo
batea, que no se cansa nunca y de un andar qu'es como hamacarse en un
silln.

--Geno. Estn alpiste y cuando sints un tiro, monten a caballo y
claven la ua... Adis!...

--Adis, to!

Se abrazaron y el viejo empez a andar hacia el galpn. Iba contento.
Chita, la hija de don Fidel, y Virginio, su sobrino, se amaban. Pero el
patrn, a quien se le haba puesto entre ceja y ceja que Chita no era
hija suya sino de Sandalio, no slo haba espantado a Virginio, sino
que se haba dispuesto a cazarlo; y para eso sala todas las tardes
con la escopeta cargada a bala, sabiendo que el mozo rondaba por las
inmediaciones.

Don Fidel odiaba a Sandalio, su viejo amigo, y compaero, su eficaz
cooperador en la construccin de su fortuna; y lo odiaba tanto ms,
cuanto que, convencido de su infidelidad, careca en absoluto de
pruebas materiales de su traicin y evitaba la querella por miedo al
ridculo.

Enterado de todo, el capataz, resolvi salvar a los jvenes
proporcionndoles la fuga. Despus... lo que Dios quisiera!... Su
accin era justa, bien que la empaase una pequea nube: Virginio
haba seducido a Felisa, la sobrina del patrn, abandonndola con un
hijito en los brazos, la deshonra en el rostro y la desesperacin en el
alma... Pero... la vida es as. Las yerbas que mueren dan alimento a
las yerbas que nacen. Cuando un cario se seca, nadie puede obligar a
la tierra que permanezca estril, que no germine otra semilla, que no
cre otra planta, que no expanda otra flor...

Y cuando el capataz entr en el galpn y se acerc al fogn, pudo
observar con contento, que la botella de caa estaba casi vaca y que
los ojos de don Fidel brillaban excesivamente.

Incorporado a la rueda, le alcanzaron un mate; pero apenas haba
chupado un sorbo, cuando lo arroj, y levantndose bruscamente, exclam:

--Ju pucha!... La comadreja ladrona e gallinas!...

Desenfund el revlver que llevaba al cinto e inclinado el cuerpo
avanz con precauciones hacia el fondo obscuro del galpn, donde
estaban amontonados cajones vacos, tiles de labranza, cachivaches de
toda clase.

--Ah est--grit el viejo haciendo fuego sobre un sujeto imaginario.

Los tertulianos, con el patrn a la cabeza, se acercaron.

--Peg?

--Seguro que pegu!... Puay no ms debe estar...

--Ni plumas de comadreja!... Sandalio ya no tiene ni vista ni
puntera!--expres irnicamente don Fidel.

Y Sandalio, con irona:

--Pasencia!... Cuando se tiran dos tiros al mesmo tiempo, no se pueden
acertar los dos...

En ese mismo momento lleg hasta el galpn el estampido de un tiro que
pareca venir de la valla de eucaliptus. Todos corrieron hacia all y
se encontraron con un cuadro tan inesperado como desconcertante.

Virginio, hincada en tierra una rodilla, sostena entre sus brazos el
cuerpo inanimado de Chita, todo baado en sangre. A unos pasos de all,
recostada a un eucaliptu, Felisa, cuyo rostro expresaba contento feroz,
tena en su mano la escopeta, humeante an.

Don Fidel y Sandalio se abalanzaron al mismo tiempo sobre la joven
moribunda. Pero el capataz lleg primero y la arranc de los brazos de
Virginio, y besndola frenticamente, exclam:

--Hija ma!... Adorada hija ma!...

El estanciero detuvo el movimiento de sus brazos. Se repleg sobre s
mismo y con una voz tan amarga cual si le hubiesen reventado en la
garganta una vejiga de hiel, djole:

--Ah! Tu hija!... Te denuncis al final, traidor de amigos, ladrn
de honras?...

Y con un gesto rpido, sac el revlver, lo aplic a la frente de
Sandalio y le hizo saltar los sesos.




FLOR DE BASURERO


Ana y el viejo cuzco Cachila hallbanse de tal modo habituados a
insultos y aporreos, que cuando stos escaseaban sentanse inquietos
temiendo alguna crueldad extraordinaria.

Ana, hija de una de esas almas de fango del suburbio aldeano, haba
sido recogida por la familia del estanciero don Andrs Aldama y
fu a aumentar el nmero de los numerosos gachos criados en el
establecimiento.

Como los durazneros, producto de carozos que germinan en los basureros
donde fueron arrojados junto con los dems desperdicios de cosas que
causaron placer, como esos hijos del desprecio engendrados al azar, Ana
hubiera crecido en medio de la indiferencia de todos.

Y as fu durante ocho o diez aos. Baja, flacucha, de cara menuda y
siempre plida, creca igual que las plantas aludidas, sufriendo la
ausencia de todo cultivo, nutrindose con los escasos jugos que les
deja la voracidad de los yuyos.

Esa carencia de encantos, unida a la constante adustez de su fisonoma,
su parquedad de palabra, su actitud siempre huraa y recelosa,
justificaban el menosprecio general de la poblacin de la estancia.

--A ms de flaca y fiera, en tuava es ms arisca que aguar,--decan
de ella los peones; y en injusto castigo por defectos de que no era
culpable, la acosaban con stiras mordaces y con bromas de una grosera
brutal casi siempre.

Pero ocurri que con la llegada de una precoz pubertad se oper en su
fsico una repentina y radical transformacin.

Las piernas de tero y los brazos de alfeique y el pecho plano
adquirieron en pocos tiempos redondeces impresentidas. Y el
rostro, aun cuando se conserv flacucho y menudo, se embelleci
extraordinariamente, sin perder, al contrario, acentundose, la
expresin, huraa y agresiva.

--Con la pelechada de primavera, la guacha se ha puesto cuasi
linda,--expres un pen.

--Pero sigue siendo dura de boca,--dijo otro.

Con la transformacin, en vez de mejorar empeor la suerte de la
muchacha. Los mozos, altamente desdeados en sus galanteos, redoblaron
las groseras de sus injurias; las compaeras que antes la martirizaban
por fea y por dbil, unieron la envidia al haz de la malquerencia.

Para colmo de las adversidades, doa Sabina, la patrona, se puso a la
cabeza de la conjura. Dicha seora, orgullosa, irascible, gobernaba
despticamente en la estancia y todas las voluntades se rendan ante
la suya, porque todas saban que aquella alma egosta y cruel, era
inaccesible, no slo a la piedad, sino tambin a las reclamaciones de
estricta justicia.

Ana mereci que la patrona la distinguiera con mayor dosis de acritud;
y cuando el patrn interpona, tmidamente, su escasa influencia en
favor suyo, la seora se contentaba con aumentar la violencia del
pellizco o del tirn de las mechas.

Empero, al convertirse en moza apetecible la insignificante chiquilla,
la iracunda seora no admiti ya la bondadosa intervencin de su dbil
esposo. Diez aos mayor que ste, doa Sabina lo tena brutalmente
esclavizado con sus celos, hasta el punto que el pobre hombre no se
atreva a levantar la vista delante de ninguna mujer, joven o vieja,
linda o fea. Y an as no escapaba al diario diluvio de violentas
recriminaciones y de improperios con que lo azotara su consorte.

Desde entonces la ms leve falta cometida por Ana era castigada con
inaudita severidad y en medio de los ms rudos apstrofes.

--Sin vergenza, arrastrada, flor de basurero!... And pedirle ayuda
a tu protector, el puerco de mi marido!...

El marido no solamente no volvi a interceder en favor de Ana, sino
que esquivaba su presencia y rarsima vez le diriga la palabra.
Precauciones que, por otra parte, en nada hicieron disminuir la furia
celosa de su mujer.

El cambio no impresion,--en apariencia, al menos,--a la hurfana.
Su resignacin y su humildad se mantuvieron iguales que antes. En
apariencia, porque un observador sagaz hubiera advertido en sus ojos
ciertos fugitivos destellos de rencor concentrado y de voluntad
disimulada.

Una maana, a raz de formidable rabieta, doa Sabina cay fulminada.
Su muerte produjo en todos los seres del establecimiento una impresin
de alivio, de liberacin. La alegra, prescripta durante la tirnica
dominacin de la harpa, reapareci en la estancia. Hubieron de nuevo
cantos y risas y expansiones. Hasta don Andrs sintise rejuvenecido
de diez aos. Tras veinte aos de esclavitud, experimentaba imperiosa
necesidad de amor, de afectos, de caricias. Sus consideraciones y
simpatas por Ana se extremaban da a da, hasta el punto de que una
vez el viejo capataz don Sandalio le observ respetuosamente:

--Tenga cuidao, patrn!... Las piedras de arroyo son refalosas...

El no pudo impedir el rubor y respondi intentando justificarse:

--Lo que yo hago por esa muchacha es de lstima y tambin porque me
remuerde la consensia no haber tenido coraje pa defenderla de las
injusticias de la finada.

--Tenga cuidao, patrn!--volvi a advertir el viejo.--Las flores de
basuras tuitas son venenosas.

Pocas semanas despus, el capataz deca en rueda de fogn:

--Maliseo que no v'a pasar un ao sin que tengamos nueva patrona; y
esta v'a ser pa nosotros diez veces pior que la dijunta, a quien Dios
haiga perdonao...

Y as fu. La despreciada y aporreada gachita se instal en la casa
como patrona. Sin violencias, sin gritos, sonriendo siempre, impuso
tales vejmenes y tal abrumador recargo de trabajo a todo el personal
de la casa, que uno tras otro tuvieron que marcharse. El patrn,
enceguecido por un amor casi senil, justificaba aquella dictadura
mansa y suave, para l infinitamente ms soportable que la dictadura
brutal del sargentn fallecido. Todo lo disculpaba y perdonaba, hasta
las continuas infidelidades de su esposa, realizadas sin recato alguno.
Con ruegos, con splicas humillantes, haba conseguido salvar a
Sandalio, su viejo y honesto servidor. Pero lleg el momento en que la
dominadora orden su sacrificio. Don Andrs tuvo que ir a comunicarle
la sentencia, dicindole, con los ojos llenos de lgrimas:

--Mi pobre viejo...

--No diga ms patrn,--interrumpi don Sandalio;--hace tiempo tengo
prontas las maletas y si antes no me ju, ju por no dejarlo a ust de
un modo abandonao...

--Quin haba'e decirme,--gimi don Andrs,--que tuitas mis bondades
haban de tener ese pago!...

--Yo se lo dije, patrn y ust no quiso oirme: los duraznos nacidos en
el basurero tienen flor linda, pero el fruto siempre es agrio...




P' HACERLO RABIAR AL OTRO


--Me vi' a dir.

--P' ande?

Pa cualisquier pago que tenga arroyos ande uno pueda arrojarse...

--Tens ganas de augarte?

--...o campos fieros, con serranas o cangrejales que permitan
quebrarse el pescuezo de una rodada!...

--La pucha!... Sabe aparcero qu' est ms fnebre que cajn de
difunto?... Qu le acontece?.. Carni a lo gringo y cort la vegiga
de la yel?...

--Cuasi asina!... De la res qu'he carniao, tuitas las tripas me
resultan tripas amargas!...

--Y d' ah?... El remedio est acollarao con la enfermed: deje las
achuras pa los perros y meriende los costillares y la pulpa...

--Si la res que carni no tiene ms que achuras!...

Esta ltima frase la pronunci Trifn con tal acento de amargura y de
descorazonamiento, que su amigo Silverio, condolido, cambi de tono y
exclam afectuosamente:

--Ests desagerando, muchacho... Por ruin que sea la lonja, ningn lazo
se rompe de la primera enlazada... Qu te pasa para ponerte blandito
asina?...

--Que m' ha de pasar!... Ust lo sabe bien.

--Carculo no ms... Yo no he dentrao al rancho 'e tu alma pa saber si
la cama est renga.

--No carece dentrar al agua pa saber qu' el arroyo est de nado.

--S; cuando se tiene sea. En el paso chico del Auspon, pu' ejemplo,
yo s que cuando l' agua llega al primer udo del sauce viejo de
la derecha, moja las verijas del mancarrn, y cuando sube hasta
la horqueta, baa el lomo... Eso s, porque lo vide sinfinidad de
ocasiones... Pero en tu caso...

--Mi caso es ms claro entuava,--respondi violentamente Trifn. Y
echndose sobre los ojos el chambergo, se fu de la enramada.

Silverio, gaucho maduro ya, lo mir partir con lstima, sacudi la
cabeza, sac la tabaquera y mientras armaba un cigarrillo, exclam:

--La gran mucha!... Parece mentira que unas nguas maneen ms que
unas boleadoras!... Es bicho zonzo el hombre!... Geno... a sign.
Lo qu' es a m, cualquier da mi hacen dentrar en corral de ovejas
mariandom con jarabe 'e pico... Mucho tiene que llover pa que gote
el techo de mi rancho!...

Tras el soliloquio, tom el mate, le di vuelta a la cebadura, quit
los palos, enciel un poco y se puso a cimarronear solo. Siempre
haba estado solo, l. Por qu?... No lo buscaba, pero siempre ocurra
as. A la hora de la comida, o llegaba antes que los otros o llegaba
despus que los otros, y tena que comer solo. A la hora del mate
pasaba lo mismo. En los trabajos de campo, en las recorridas o en las
recogidas, siempre ocurra lo mismo: a l le tocaba quedar solo.

Pero como era muy bueno y muy simple, jams se preocup por ello,
ni encontr motivo de amarguras. Por lo nico que hubiera podido
disgustarse era por su aficin a pensiar; pero por eso mismo lo
subsanaba hablando solo continuamente en voz alta lo que le haba
valido el apodo de el loco Silverio.

Y a Silverio no le importaba un fsforo todo eso. En realidad, nada le
importaba. Para l, lo mismo era una picana de vaquillona que un cogote
de novillo, igual un flete escarceador que un matungo tropezador, de
esos que van arrancando macachines y que a lo mejor se vuelcan como
carreta en ladera. Beba lo mismo el agua cristalina de la laguna,
que el agua pestilencial del estero. Lo nico que le repugnaba un
poco, eran las mujeres. Pero hay que advertir que l nunca se acerc a
ninguna mujer, y menos an ninguna mujer a l.

Esa tarde, mientras mateaba y vena cayendo la noche, deca:

Que pavada 'e muchacho!... Andar de esa laya, tuito descangallao,
porque la piona Liberia le dijo que lo quera y aura le dice que no
lo quiere!... Me haba 'e pasar a m! Geno, es verd que a m las
mujeres m' empalagan mesmo que miel de camoat...

En ese mismo momento se acerc sigilosamente Liberia, una chinita cuyo
cuerpo y cuyo rostro eran la suprema expresin de la lujuria. Con voz
dulce dijo:

--Siempre solito, Silverio?

--Siempre, m'hijita.

Ella hizo un mohn.

--No me llame m'hijita!... Ust no es un viejo.

Ante aquella frase, dicha cariosamente, Silverio experiment una
sensacin extraa.

--Viejo, no;--dijo--pero ya medio tordillo.

--Salga de hi!... Si usted supiera...

Y la chica suspir, baj los ojos y se acerc ms al gaucho.

Este se puso de pie, extraado, cohibido.

--Si yo supiera, qu?

--Qu... pero me quiere hacer decir lo que no debo decir?... No ve
que... que desde hace tiempo lo quiero?...

Y al decir esto, muy despacito, como si la frase hubiese salido contra
su voluntad, dej caer la cabeza sobre el hombro de Silverio en
adorable abandono amoroso...

--Caramba!--dijo l, estrechndole la cintura.--Y Trifn?

--Qu me importa de Trifn?... Si vos me quers...

--Y... yo dentrara... a la verd... soy chambn pa este juego, pero...

Con acento sonriente y quemndole la mejilla con los labios, ella
exclam:

--Quereme!

Incapaz de reflexin, sbitamente despertado el instinto, Silverio la
abraz con fuerza, exclamando:

--S, ya t'estuy queriendo!...

En ese mismo momento apareci Trifn. Al ver el cuadro se detuvo
indeciso. Luego escupi en el suelo.

--Cochina!--dijo y di media vuelta.

Cuando el otro hubo desaparecido, Liberia se desasi de los brazos del
gaucho y ri con estrpito.

El, tartamudeante, rog:

--Nos veremos luego?...

Ella, despreciativa, contest:

--Pa qu?... Si piensa que suy clavel del aire pa vivir pegada a un
palo viejo?

--Y por qu has hecho esto?,--balbuce desconcertado Silverio.

--Y no se da cuenta?... P' hacerlo rabiar al otro!...




EN EL ARROYO


El verano encenda el campo con sus reverberaciones de fuego, brillaban
las lomas en el tapiz de doradas flechillas, y en el verde de los
bajos cien flores diversas de cien hierbas distintas, bordaban un
manto multicolor y aromatizaban el aire que ascenda hacia el ardiente
toldo azul.

En el recodo de un arroyuelo, sobre un pequeo cerro, veanse unos
ranchos de adobe y paja brava, circundados de rboles. El amplio patio
no tena ms adornos que un gran omb en el medio y en las lindes unos
tiestos con margaritas, romeros y claveles. El prolijo alambrado que lo
cercaba tena tres aberturas, de donde partan tres senderos: uno que
iba al corral de las ovejas, otro que conduca al campo de pastoreo, y
el tercero, ms ancho y muy trillado, iba a morir a la vera del arroyo,
distante all un centenar de metros.

El arroyo aquel es un portento; no es hondo, ni ruge; sobre su lecho
arenoso la linfa se acuesta y corre sin rumores, fresca como los
camalotes que bordan sus riberas y pura como el ocano azul del
firmamento. No hay en las mrgenes palmas enhiestas representando el
orgullo florestal, ni secas coronillas, smbolo de fuerza, ni ramosos
guayabos, ni virars corpulentos. En cambio, en muchos trechos vense
hundir en el agua con melanclica pereza las largas, finas y flexibles
ramas de los sauces, o extenderse como culebras que se baan, los
pardos sarandes. Tras esta primera lnea de vegetacin vienen los
sacos, el arag, el guayacn, la arnera sombra, los ceibos gallardos,
y aqu y all, encaramndose por todos los troncos, multitud de
enredaderas que, una vez en la altura, dejan perder sus ramas como
desnudos brazos de bacante que duerme en una hamaca.

Los rboles no se oprimen, y, a pesar de sus opulentas frondescencias,
caen a sus plantas, en franja de luz, ardientes rayos solares que besan
la hierba y arrancan reflejos diamantinos al montn de hojas secas. Hay
all sitio para todos; entre el csped corren alegres las lagartijas;
en el boscaje centenares de pjaros inspiran amores en la puerta del
nido; las mariposas de sutiles alas policromas vuelan libando flores,
y all, en la cinta de agua que parece un esmalte de ncar sobre el
verde del bosque, saltan las mojarras de reluciente escama, cruzan,
serpenteando veloces culebrillas rojas parecidas a movibles trozos de
coral, y, de cuando en cuando, con rpido vuelo sigiloso un martn
pescador proyecta su sombra, rompe el cristal con su largo pico y se
eleva conduciendo una presa.

En una clida maana de diciembre, una joven, en cuclillas junto al
agua, lavaba afanosamente. De tiempo en tiempo cesaba de refregar,
sacuda las manos y se las pasaba por la frente a fin de quitar el
sudor o volver a su sitio una mecha rebelde. Concludo el trabajo, la
joven se puso de pie, hizo un lo con las piezas lavadas y se escurri
por un sendero hasta llegar a un playo, donde extendi las ropas,
cantando bajito unas coplas maliciosas.

Luego qued un rato indecisa, y al fin ech a andar hacia el fondo del
patiecito. Cuando lleg a la arboleda arranc una flor de ceibo, que
puso entre sus labios tan rojos como la flor, y recostada en el rbol
detvose pensativa.

Oyse a poco un crujir de ramas, y de sbito apareci en el playo
un mocetn fornido, de tez morena, de simptico rostro. Iba con el
sombrero en la mano, sujeto del barboquejo a manera de canasta, pues
lo haba llenado de frutos de _angapir_, cubiertos por un gran ramo
de margaritas. Ya cerca de la joven, tendi torpemente el brazo,
ofrecindole el ramo.

--Tom.

Ella lo tom y respondi contenta:

--Qu lindas!... gracias...

Y despus, mirando el sombrero:

--Qu trais ah?

Y sin darle tiempo para responder, meti la mano traviesa y tom un
puado de frutas que llev golosamente a la boca.

--Pitarigas!... Qu lindas! Dnde las ajuntastes?...

El mocetn, con el labio pndulo y la mirada embobada, se qued
mirndola.

--No me das esa flor?--dijo de pronto, refirindose a la de ceibo que
la nia haba dejado caer al suelo.

--Esa no!--contest ella con viveza.--Es muy ordinaria!... Tom
sta!--y le ofreci un clavel blanco que llevaba en el pelo. El lo tom
con mano trmula y abrazndola con la mirada suspir:

--De verd me quers, Clota?

Ella lo mir fijamente, dando una expresin severa a su linda cara
morocha y, lanzando una sonora carcajada, dijo:

--Qu cara de ternero enfermo que tens!...

Palideci el gauchito; honda pena anubl su semblante, y entonces ella,
acercndose, le ech los brazos al cuello y le di un beso mordindole
el labio hasta hacer brotar la sangre...




UN DESHONESTO


Haca calor, sent sed y me introduje en el primer bar que se ofreci a
mi paso.

Era aquello una cueva larga, estrecha, obscura.

En los muros laterales, encerrados en marcos de color terroso parecan
dormitar Thiers y Gambetta, Grevy y Carnot, con los rostros maculados
por la indecencia de las moscas. Al fondo, remando sobre la anaquelera
indigente que se encontraba detrs del mostrador, un espejo oval luca
su luna turbia protegida por un tul amarillo.

Me sent, ped un chopp, y mientras beba el inmundo brebaje, observaba
el recinto.

En el fondo, cerca del despacho, estaba sentado un parroquiano.
Aparentaba ms de cuarenta aos; la vestimenta, trabajada; la barba,
canosa y sin aseo; el rostro, con residuos de inteligencia ocracio y
demacrado.

Tena por delante una copa de licor casi intacta, y entre sus dedos
enflaquecidos, azulados, sostena en alto un peridico. Simulaba leer.
La mirada, turbia y vaga, pareca un riacho helado.

Aquel hombre me atrajo, quiz por su visible tristeza, quiz por su
evidente penuria moral. No recuerdo con qu pretexto entablamos
conversacin.

Hablamos, es decir, l habl, contndome su historia. En la
incoherencia del relato, en el ilogismo de algunos episodios, en la
inverosimilitud de ciertos hechos, advert que menta, que menta a
cada instante, con la obstinacin de un manitico, con la indisciplina
mental de un beodo. Pero, en realidad, no menta: inventaba para
explicar con dolorosa sinceridad, las tribulaciones, las cadas y la
bancarrota de su ser moral.

Ms o menos suprimidas las digresiones, me dijo lo siguiente:

--Yo era hurfano y dispona de una fortunita. Era dbil, necesitaba un
apoyo, un sostn. Hall una mujer que me gust; ella gust de m: nos
casamos. Modestos y econmicos los dos, vivamos muy bien con la escasa
renta de mis bienes. A seguir siempre as hubiramos sido felices. Pero
los parientes de mi mujer, que eran ricos, comerciantes, se indignaron
de que yo, siendo joven y fuerte, dejase transcurrir los meses y los
aos sin otra ocupacin que cuidar mi jardn, vigilar las aves, jugar
con los chicos y leer los folletines de los diarios. Al fin llegaron
a convencernos--a mi esposa primero, a m despus,--que aquella
existencia era indecorosa, que deba trabajar en algo.

Debo advertir que yo no era haragn, no; no era haragn; pero era un
intil, sin iniciativa, sin energas, sin voluntad. Esa es la palabra,
sin voluntad.

As se lo expliqu a mi esposa, agregando que me pareca cosa
temeraria aventurar nuestro bienestar; pero ella me convenci de lo
contrario, dicindome que sus parientes encontraban deshonesto mi modo
de vivir, y que deban tener razn, siendo personas serias.

Me decid. Realic mi capitalito y fu a pedir consejos a mis avisados
parientes. El ms competente de entre ellos--el ms rico,--se expres
de este modo:

--La ciencia del comercio puede concretarse en cinco preceptos: 1.
No tener ningn vicio ostensible; 2. No dejarse engaar por el
vendedor; 3. Engaar siempre al comprador; 4. Pagar derechos de
aduana solamente por la tercera parte de las mercaderas importadas;
5. Explotar a los empleados pagndoles lo mnimum y exigindoles el
mximum de trabajo posible.

Ms sencillo no poda ser. Pero yo era decididamente muy bruto. Cre
en la sinceridad y en la honestidad comercial de los vendedores. No
supe engaar al cliente; me repugn el contrabando, pagu con largueza
a mis empleados y... claro!... me fund.

Me fund!... Mis parientes le dijeron a mi esposa:

--Es natural! No sirve para nada.

Y efectivamente, yo ya no serva para nada. La miseria invadi mi
casa; las deudas me estrangularon. En esa situacin, los honorables
parientes vinieron a mi auxilio: recogieron a mi mujer y a mis hijos.
Fueron buenos, no hay que negarlo. Mi mujer zurce los calcetines del
marido, arregla los vestidos de su esposa, cuida de los chicos, vigila
la servidumbre. Mis hijos... a mis hijos se les cuida para utilizarlos
ms tarde, conforme al quinto precepto del xito comercial.

Dolorido, preguntle:

--Y usted?

--Yo?--respondi amargamente.--Yo soy un intil.

Bebi de un sorbo la copa de licor y mirndome con ojos vidriosos, con
una mirada opaca de agonizante, agreg:

--Cre usted que si yo fuera algo, si hubiera en m un resto de
voluntad, si no me sintiera una pulpa muerta, habra aceptado la
sangrienta caridad de mis verdugos?... Yo soy un deshonesto!...

Al decir esto, sus ojos brillaron con rojos resplandores de fiera
cautiva; y luego, agobiado por el esfuerzo, dej caer la cabeza sobre
el pecho...

Viejo conocedor de miseria, aprovech su ensimismamiento para alejarme,
que colmadas de tristezas propias hllanse mis alforjas.




UN CUENTO


--Don Eulalio, cuente un cuento.

--Para qu?... Ya tuitos los que yo s, los he contao. La bolsa est
vacida.

--Invente. No es pa ofenderlo, pero siempre me ha parecido que la mit
de sus rilaciones son cosas que nunca jueron, porque por muchos aos
que lleve en las maletas y muchas cosas que haiga visto y ido, me
parece a m qu'en ninguna cabeza 'e cristiano se pueda apilar tanta
historia.

--Te parece a vos?

--Me parece que la calavera es un corral chiquito en el que, ni
apeuscadas, caben tantas ovejas.

--Potranco mamn!... No te has dao cuenta de que la cabeza de una
persona no es un corral, como vos decs, sino un potrero. All se
cran, engordan y paren las ideas. Unas se van muriendo y se las
sepulta: son los recuerdos, como quien dice los dijuntos. En los sesos
pasa lo mesmo qu'en la tierra: arriba caben pocos, abajo no s'enllena
nunca.

--Y los recuerdos retoan.

--Como l'albaca...

--Arranque un gajo, viejo, pa perfumarnos esta noche qu'est ms
desabrida que asao de paleta...

--Ya dije: son cuentas del mesmo rosario.

--No importa: el rosario no aburre cuando tienen habilid los dedos
p'acortar los padrenuestros...

--Contar entonces... Pueda ser qu'escarbando en la memoria encuentre
un grano olvidao.

--Quiere un trago 'e giniebra pa facilitar el trabajo?

--Alcance. Siempre s'escarba mejor la tierra ricin mojada... Es
juerte esta giniebra!

--Marca Chancho.

--Como chancho se queda, dejuro, el que se zambulla hasta el fondo el
porrn...

--Pero ust es nadador...

--Como nutria!... En una ocasin m'echaron en un bocoy de caa y qued
boyando tres das...

--Y al cuarto da?

--Hice pie; se haba secao el bocoy.

--Ust es capaz de secar el Ro de la Plata!...

--Eso no, m'hijito!... Si juese de caa u de giniebra, no digo; pero,
el agua me hace mal... Pucha, si por una casualid llego a tomar un
trago de agua, me corcovea en las tripas y p'asujetarlo tengo que
hacerlo ginetear por un ginebrn marca...

--Chancho?...

--Cualquiera que tenga garrones juertes... Alcanz el porrn...

--Trag agua?

--No; pero al mentarla noms se me ladea el recao.

--Bueno y va largar?

--Esperate!... Vos no sabs que a parejero viejo hay que calentarlo
en partidas pa desentumirle las tabas?... Qu vas a saber!... Los
muchachos de ura parece que nacieran casaos, con suegra y todo y son
ms inorantes que un dotor de la ciud... All en el tiempo de antes,
cuando yo encomenzaba a echar los cormillos... Che vos, Ataasio, vos
te debs di acordar?

--Hum!

--Vos debs ser del ao... De qu ao sos vos?

--Hum!... No... mi... a... cuerdo...

--Dejuro! Es negro Ataasio: los negros son igual que los yatays; como
nadie los planta no pueden saber cundo nacieron ni cuntos aos tienen.

--Nunca contastes los aos que tens?

--Hum... Nunca no cont, no...

--Correntino bagual!...

--Por qu?... Los aos que uno ha vivido y las deudas que ha hecho,
nunca se deben contar. Pa qu?... Contndolos, ni los aos ni las
deudas se borran...

--Y ust, don Eulalio nunca cuenta sus aos?

--Pa qu?... Ni siquiera he contao nunca la plata que siempre se ju
de mi bolsillo al cajn del pulpero.

--Y las deudas?...

--Avis!... Qu paisano es capaz de contar las estrellas?...

--Tiene muchas?

--Como mucho!... Si cada una juese un novillo, no caberan en los
campos que supieron tener los Anchorenas... Alcanz el porrn!... Se
apag el candil!...

--Y el cuento?

--Qu cuento?

--El que iba a contar.

--No lo cont pero lo hice. Tom el porrn; esta noche v'hacer fro;
lo enllens de agua caliente y se lo pons a tu mujer en los pieses...
Asina puede que te deje dormir tranquilo!...




POR CULPA DE LA FRANQUEZA


Era la trastienda de la pulpera una amplia habitacin con los muros
bordeados hasta el techo por estiba de pipas y cuarterolas, barricas de
yerba y sacos de harina, faria y galleta.

En medio haba una larga mesa de pino blanco y, a su contorno,
supliendo sillas, cuatro bancos sin respaldos. Una lmpara a kerosene,
con el tubo ennegrecido y descabezado, echaba discreta claridad sobre
la jerga atrigada, que serva de carpeta. Una botella de caa, seis
vasos, un plato sopero y un mazo de naipes sin abrir, esperaban a la
habitual concurrencia de la tertulia del almacn.

Esta estaba constituda por el pulpero, Don Benito,--jugador famoso
delante del Seor,--y cuatro o cinco hacendados del contorno, que yendo
a pretexto de recibir su correspondencias,--porque la Pulpera del Abra
era a la vez posta de diligencias y oficina de correos,--quedaban a
cenar y luego a meterle al monte, hasta que el da dijera basta.

Y la reunin de aquella noche era excepcional, pues a los piernas
habituales, se haban reunido tres mocitos cajetillas bien
empilchados, que venan de Paran y haban tenido que hacer noche
en el Abra, a causa de un peludo difcil de cavar, encontrado en el
camino por la diligencia del rengo Demetrio.

Convidados para el trimifuquen, discretamente, don Bonifacio, viejo
cachafaz que deca: Todo lo que debo lo he ganado en el juego--y
no filosofaba mal;--dos de los forasteros miraron al tercero, el ms
joven, una personita que pareca no ser nada, pero que pareca ser ms
que ellos, por tener ms dinero. El asinti.

Se sentaron. Don Bonifacio tom la banca.

--Dos diez pa principio... Es poco?... Primero se enciende el juego
con charamusca; dispus s'echan los andubayses...

--Poca pulpa, pa tanto hambriento,--objet uno de los presentes; y el
viejo, revolviendo el naipe, respondi:

--No te apurs, muchacho; es el churrasco p'abrir l'apetito; en dispus
vendrn los costillares. Qu le parece don?--agreg dirigindose al
forastero.

--Me parece que el churrasco es ruin.

Y como en ese momento el viejo haba dado vuelta un tres y un siete:

--Copo al siete,--dijo.

--Me doy gelta por el siete... y con mucho cuidao, porque le tomo mal
olor al apunte... Sota... Un cuatro bagual... De qu'es su siete? De
oro?... Aqu viene un martillo... Y pinta raya corrida... Si se rumpe
la achura!... Se le rompi aparcero!... El tres de copas!...

--Est bien,--respondi sereno el mozo y puso los siete pesos de la
apuesta. Don Bonifacio sigui mezclando las cartas.

--Vicio, don?... Si agrand la nidada. Est'es churrasco 'e bofe:
cuanti ms se cocina ms s'infla.

--Pero al cortarlo se gelve nada.

--Y quin lo corta?... Un sais y un rey. A cual le meten?... Meta no
ms sin miedo, don...

--Copo al rey...

Claro! Siendo 'e la ciud le pagan al ray!... Pero en tiempo 'el
durazno, me... rio 'e la pera, y en pas de repblica los reyes no
dentran ni plac, siquiera... Vea... Una, dos, tres... abajo este
cinco, el sais... Ah est el sais!... S' hicieron ochenta. Va
creciendo el arroyo.

Durante una hora la partida continu, siendo constantes perdedores los
tres forasteros. A las tres de la madrugada se hizo un alto para comer
el puchero de gallina que haba hecho preparar el dueo de casa.

En el intervalo, don Bonifacio cont la ganancia. Haba ochocientos
noventa pesos.

--Ochenta y nueve pa las velas,--dijo don Benito; y apart la suma.

--Y cuatrocientos pa mi,--dijo un seor hosco y barbudo que todo el
tiempo se lo haba pasado mirando jugar y bebiendo caa.

--Genas cuentas, genos amigos,--habl el tallador distribuyendo el
dinero.

Y entonces el joven forastero, que no pareca afectado por la prdida,
pregunt:

--No tienen miedo de que la autoridad los sorprenda?

El viejo se ech a reir.

--Que vamo tener miedo!... L'autorid es gena... El seor--y design
al hombre de la pera negra,--es el comisario y nos deja divertirnos...

--Ah! Usted es el comisario de la seccin?

--Ya lo creo, qu'es el comisario!--respondi don Bonifacio; y el otro,
altivo:

--Soy el comisario, soy... Qu le duele?...

--Usted es el comisario?

--Claro qu'es el comisario! intervino con violencia el viejo.--Y si
no juese el comisario, iba a cobrar la coima?... Y ust quin es, pa
priguntar como maistro?...

--Soy el nuevo jefe poltico,--respondi tranquilamente el joven.

Y don Bonifacio, empalideciendo sbitamente se ech al buche un trago
de caa y exclam hipando:

--Aura si que la... embarr!... Metete a ensillar ajeno sin averiguar
la marca!...




LA LIBERTAD DEL CIMARRN


Floro Niz regresaba a su ranchito en la tibiedad adorable de un sereno
crepsculo otoal.

Su ranchito de paja y totora, semioculto entre un grupo de talas
espinosos, a orillas de un plcido arroyuelo, ostentaba al frente
un gran ceibo que en las primaveras tendan sobre la puertecita de
entrada, regio cortinado escarlata.

Era un nido agreste, digna morada de Floro Niz, el gauchito trovero,
calandria humana que iba de pago en pago y de rancho en rancho
desgranando las notas sentimentales de sus cantos.

Mientras l afectaba sus giras triunfales de rapsoda ablandando hasta
los pechos de pedernal con las lgrimas clidas de sus canciones,
cuidaba el nido Beb, su linda compaera, de piel de bronce, de
cabellera negro-azulada como el plumaje del moraj, de ojos ms oscuros
que el fondo de una cachimba, de labios que parecan teidos con la
sangre del fruto del angapir, de dientes menudos y blancos como el
ncar de las escamas de las mojarras.

Era Beb una estatuita tallada en cerno de coronilla; y su alma era
buena como la torcaz, sensible como la caicob, y al mismo tiempo
altiva como el cardenal de la selva y el chaja de los esteros.

Era tan buena que hasta los yuyos la queran: alrededor de la casita,
el trbol y la gramilla se emulaban en formar una mullida alfombra y
se estremecan de gozo cuando al alba, los piececitos desnudos de la
morocha, ms que hollarlos, les producan la voluptuosa sensacin de
una caricia...

Era en un encantador atardecer de otoo. Al descender del caballo,
Floro fu recibido en los brazos de su amada, quien lo bes
frenticamente en la boca y en los ojos.

--Te ju bien, mi pajarito?

--Me ju lindo, mi chingola...

Penetraron en el rancho. El puso sobre la mesa sus maletas y empez a
vaciarlas.

--Mir, prenda: te truje este corte 'e vestido... Te gusta? ...

--Es precioso!... Sabs lo que parece?... Las flores del camalote
reflejadas en la laguna... Qu lindo!... Dame un beso, pajarito!

--Tom.

--Dame otro!...

--Tom...

--Dame un montn tuitos juntos!

--Ests pedigea!

--Dejuro... hace ms de un mes que no como _almibara_!...

--Chup, que tuito el camuat es tuyo...

--Contame cmo te ju.

--Lindazo... Mejor que nunca. Fijate que anoche, cuando estaba cantando
en la pulpera de Fernndez aquel estilo que a vos te gusta tanto:
Ser muy linda la Uropa,--ser muy sabia su gente un paisano viejo,
con los ojos llenitos de agua, se abri cancha entre el gentero pa
venir a abrazarme, tuvo la disgracia de darle un pisotn al sargento,
y el sargento le acomod un mangazo por la cabeza y lo larg contra el
suelo.

--Qu bruto!...

--Eso mismo dije yo y le sum la daga en la panza del indino.

--Ay, Floro, lo que has hecho!...

--Una gena asin.

--Pero te van a prender!

--Por qu? Yo no tengo delito. Sera geno que lo metiesen en la
crcel a quien apualea un perro que lo agarra a tarascones a un pobre
viejo!... Hice mal?...

--Hiciste bien!--exclam ella colgndose del cuello.--Dame un beso!...

--Tom tuitos los que quieras, mi Beb querida!... Pa vos, mi boca es
un manantial de besos y no tengs miedo de que se agote...

En ese momento, y como asocindose al banquete amoroso, un cimarrn,
encerrado en pequesima jaula, rompi en un redoble orgulloso.

--Mi Chich!--exclam conmovido el trovador.--Traemel, prenda...
Tanto te quiero a vos que me olvid del pajarito a quien quiero
tanto!...

La cena iniciada alegremente fu interrumpida por la llegada bulliciosa
de la polica...

       *       *       *       *       *

Con cuatro aos de crcel tuvo que pagar Floro su noble gesto de
justiciero. Al regreso encontr que todo estaba igual: el nido, los
claveles del aire que vivan en los talas y los fraganciosos claveles
que Beb cuidaba con esmero en los tiestos, bajo el alero del rancho.

Todo estaba igual, hasta Beb, idntica en su cario, aunque algo
ofendida la tersura del rostro y el brillo de los ojos, por tanto
sufrir y tanto llorar.

Todo estaba igual; el cimarroncito, dorado como una pepita de oro,
rompi a cantar, ms armonioso y sentido, cual si en la ausencia del
buen amo se hubiese empeado en perfeccionar su arte.

--Mi pobrecito amigo!--exclam el trovador, sacando de la jaula
diminuta a su mulo. Lo bes en la cabecita, en los ojos inteligentes,
en el piquito sonoro, y luego, abriendo la mano exclam:

--Andate, queridito, andate!... Yo he probado la crcel con menos
delito que t, y las amarguras sufridas me hacen comprender las
tuyas!... Andate, pajarito querido! Andate, recupera tu libertad!...




DE CUERO CRUDO


Tarde de otoo, cielo gris, ambiente tibio, fina, intermitente gara.

La peonada, sin trabajo, est reunida en el galpn. Cuatro, rodeando un
cajn que tiene por carpeta una jerga, juegan al solo, por fsforos.

El chico Terutero ceba y acarrea incansablemente el amargo.

En otro grupo, el viejo Serafn, Santurio y dos o tres peones ms,
iniciando cada uno relatos que moran al nacer porque no interesaban a
nadie.

--Con este tiempo malo,--dijo el viejo--m'est doliendo la estilla
izquierda... Me la quebraron de un balazo cuando la regolucin del
finao Lpez Jordn y...

Uno interrumpi:

--Ya lo sabemo!... Puchero recocido, ese!...

Call el viejo, cohibido, y Paulino intent meter baza:

--Ayer vide en la pulpera del gallego Rodrguez un poncho atrigao,
medio parecido al que lleva el comesario, y m'estoy tentado de
comprarlo A que no saben con cunto se apunta el gallego?... Se deja
cir con...

--Y a los otros qu se los importa, si no los vamo a tapar con
l?--sofren Federico.

Algo alejado del grupo, Juan Jos tocaba un estilo en la guitarra.

La mujer que a m me quiera Ha de ser con condicin...

--La mujer que a vos te quiera,--interrumpi Santurio,--ha de ser loca
de remate.

--Ha de encontrarse cansada de andar con el freno en la mano sin
encontrar un mancarrn qu'enfrenar...

--Vieja, flaca y desdentada...

--Y negra... noche l'espera!...

Juan Jos, impasible, continu su canto:

    A la china ms bonita
    del pago del Abrojal,
    le puse ayer con mis labios
    un amoroso bozal...

--Miente... nao... no vino tuava...--dijo maliciosamente el viejo
Serafn.

Juan Jos, amoscado, apoy la guitarra en el muslo, y encarndose con
los del grupo, interrog:

--Pa qu rir?... Unos porque entuava no han emplumao, y otros porque
ya de viejos se les cin las plumas, coligen que yo no he de encontrar
rbol ande rascarme... Pues geno: sepan que me via'casar.

--De los pelos... del chancho no se hacen ms que cepillos,--replic
Federico.

Juan Jos sofren un impulso de acometer con frase ruda, y cambiando
de ritmo enton una vidalita:

    Ayer me dijiste:
      Vidalita,
    Todo concluy!
    Desde hoy no existe
      Vidalita,
    Nada entre los dos!...
    Pero te ha engaado,
      Vidalita,
    Tu hbito falaz:
    Beso que yo he dado
      Vidalita,
    No se borra ms!...

--Eso est lindo,--dijo don Serafn.

--Siendo verd es lindo, siendo mentira es gozo,--complet Santurio.

--Lo lindo siempre es mentira--replic Federico.

--Y como la mentira siempre es fiera,--razon el viejo,--viene a cir
que lo lindo es fiero... Sos animal!...

Federico sonri con indulgencia y dirigindose a Juan Jos:

--Y con quin te penss casar, hermano?...

--Con Luisa,--respondi serenamente el mozo.

El otro ri:

--Con mi novia?

--La mesma.

Con voz que se esforzaba en aparecer tranquila, Federico replic:

--Para enebrar esa auja, carecen dos sercustancias: una, que yo te la
d; otra, qu'ella te quiera, y dispus del poco caso qu't'hizo ayer
abrazndome en tu presencia debs estar albertido...

--Sos vos, quien deba estar albertido, si conocieras ms mejor las
arteras de las mujeres. Que te prefiera para marido, aceto; pero, si
entuava no l'estuviese quemando la boca la marca de mis besos, no
habra hecho eso, que no es ms que desimulo pa embobarte mejor... Y la
prueba es que una hora dispus se me vino refregando como perra mimosa
y me ofreci los labios...

Intensamente plido, fulgurantes los ojos, Federico se irgui,
interrogando con voz trmula:

--Es verd, eso, hermano?

Y Juan Jos, solemne, tendiendo la mano:

--Es verd--respondi;--yo no miento nunca, vos lo sabs.

Federico empalideci ms todava y dijo amargamente:

--Te creo... Guardatel!...

Entonces, Juan Jos le puso la mano en el hombro y exclam con acento
de fraternal ternura:

--No, hermano!... Yo la he redomoniao y he visto que no hay medio de
sacarla gena. Lo que t'he contao, te lo he contao como hermano, pa
evitarte una rodada, y sabiendo que le hablo a un hombre de cuero crudo.

--Gracias, hermano,--respondi simplemente Federico. Y le tendi la
mano.




LA RECADA


Don Silvestre era un cuarentn fornido, un tanto obeso y de rostro
constantemente congestionado. Hijo de una de las ms distinguidas y
opulentas familias entrerrianas, curs sus estudios secundarios en
Concepcin del Uruguay, y adquiri luego su ttulo de ingeniero en la
Universidad de Buenos Aires.

Joven, rico, lleno de prestigios, abiertas delante suyo todas las
puertas y expeditos todos los caminos, su vida se cristaliz en el
alfa del abecedario sentimental. Am con la difana sinceridad de las
almas simples y buenas, y fu,--como infaliblemente corresponde a ese
caso,--vctima del engao y del escarnio.

No busc desquite. Era sabiamente prudente, como todos los hombres
gordos. Se fu a la estancia, renunciando a la lucha dentro de su
medio--le ech llave y cerrojo al corazn, buscando la felicidad en
las satisfacciones del sensualismo animal, sin ninguna intervencin
cerebral ni sentimental.

Buena cocina, buena bodega, el mayor confort posible; y en aquella vida
sedentaria, despreocupada, hurfana de ideales, empez a engordar. Y
como la grasa es el mejor sedativo para los nervios, lleg a ser, a
los cuarenta y siete aos, un hombre casi completamente feliz.

Ninguna preocupacin pecuniaria: su vasto establecimiento ganadero,
manejado por sus mayordomos y sus capataces, le produca una renta que
dejaba todos los aos un superavit en su presupuesto.

Ninguna ambicin poltica, ni social, ni intelectual. Sentase
completamente feliz, porque en la limitacin de sus aspiraciones, le
era dable satisfacer todos sus caprichos.

Su alma, un tanto femenina, le hizo apasionarse por las plantas, los
pjaros, los perros y los gatos.

Su parque de eucaliptus y su bosque de naranjos, se enriquecan todos
los aos con centenares de ejemplares. Sus jardines eran inmensos.
En verano, las rosas y los claveles ardan en ramas rojas por todas
partes, quemando con su aliento amoroso a las plidas camelias, a los
tmidos lirios y a los congestionados tulpanes; mientras en amplias
pajareras, con sus finos muros de alambre tapizados con madreselvas,
jazmines y gladiolas, vibraban en sones doscordantes, cual de una
orquesta de locos, los cantos del sabi y la calandria, el cardenal y
mirlo, el chingolo y el jilguero, el suave canario y la melanclica
viudita.

Muy rara vez, y slo por compromiso, y siempre a disgusto, abandonaba
su casa, que era cueva y nido a la vez, digna de l, que gustaba
clasificarse como ave troglodita.

Y le lleg uno de esos sacrificios. Se casaba Berta, su ahijada, nico
vstago de su amigo el doctor Castillendo, hacendado vecino, y otro
misntropo como l, quien haba exigido al novio, un abogadito porteo,
que la boda se celebrase en la estancia, con la prodigalidad de un gran
seor gaucho, pero sin maneas de etiqueta cortesana.

Silvestre tuvo que ir; y fu resignado a aburrirse durante dos o tres
das.

--No ser tanto, patrn,--observ el capataz;--en la estancia del
doctor siempre hay, pa'esta poca, seoras y muchachas de la capital,
que le harn pasar lindamente el tiempo.

--Ese es el tropiezo. He perdido el hbito de los salones y t no
te imaginas cmo resulta penoso tener que sonreir y tratar de ser
espiritual cuando las mujeres con quienes hablamos nos son del todo
indiferentes y cuando estamos echando de menos la buena siesta, sobre
el catre pelado, en el silencio de la estancia...

       *       *       *       *       *

Dos horas despus de haber llegado a la casa de su compadre, Silvestre
sintise transformado. Pareca que le hubieran sacado de encima los
veinte aos de vida semianimal, desierta de emociones y de ideales,
transcurridos desde la fecha de su desastre amoroso. En un repentino
reverdecimiento de todo su ser, su corazn se expanda en mgica
florescencia.

La aurora del milagro fu la pequea Lisa, sobrinita del doctor
Castillendo, que pasaba las vacaciones en la estancia. Desde el primer
momento le atrajo con su mirada y su voz acariciadoras.

--Por qu est usted siempre triste?--le pregunt, fijndole los ojos
con ternura, mientras paseaba del brazo por el parque.

El sonri:

--Yo no estoy triste; es que no soy alegre.

--Escolstica?...--musit ella.

--No; franca verdad. Muchas veces, para muchas personas, se presenta un
estado de esttica anmica... perdn por el pedantismo!...--en el cual
no hay razn para estar alegre ni para estar triste; se es...

--Indiferente?... Muchas gracias!...

Fingiendo enojo, baj la cabeza y anduvo un trecho en silencio,
marchando lentamente, levantando las piedrecillas del camino con la
punta del pie. El, presa de extraa emocin, no atinaba a hablar. Lisa
se irgui bruscamente. Sus rubios y desordenados cabellos rozaron
el rostro de Silvestre y los labios incitantes de la muchacha se
inmovilizaron a un centmetro de sus propios labios...

Oh, aquel beso!... Y luego las ininterrumpidas ternuras, las delicadas
atenciones, las atrevidas ostentaciones de su encariamiento,
trastornaron por completo al pobre soltern que se vanagloriaba de
haber cerrado con doble llave y cerrojo la puerta del amor.

Esa noche fu para l de delicioso insomnio. Senta el cuerpo y el alma
impregnados del perfume de Lisa y en sus labios persista la quemante
sensacin del primer beso.

--Podra ser?... Y por qu no!...

Y al amparo de esta duda, aureolada de esperanzas, se durmi al fin en
un dulce sueo.

A pesar de las pocas horas de sueo, las ansias de volver a ver a Lisa
le hicieron despertar relativamente temprano. Mientras se haca una
prolija y coqueta toilette, monologaba:

--Yo tengo cuarenta y siete aos; ella tiene veinte... Es mucha la
diferencia!... Bueno, pero yo de mis cuarenta y siete, veinte no los he
vivido, no los he gastado, de modo... no hay duda que ella me ama, o
por lo menos, que simpatiza conmigo.

Se dirigi al jardn, gan el parque y ech a andar, a andar, tratando
de enhebrar ideas que se le enredaban a cada momento. Varias veces sac
un cigarrillo, pero al ir a encenderlo, lo estrujaba y lo arrojaba;
daba por seguro volver a besar los divinos labios de Lisa y no quera
ofenderlos con el sabor acre del tabaco.

Anduvo mucho tiempo. Al fin, fatigado, regres y se dej caer sobre un
banco rstico, junto a un bosquecillo de palmas ndicas. De inmediato
le sorprendi una charla femenina que parta del lado opuesto del
boscaje y reconoci las voces de Berta y de Lisa.

--Eres una perversa,--deca Berta.

--Por qu?--argua Lisa.--Apostamos a que yo era capaz de enamorar a
tu viejo soltern de padrino, y lo he conseguido.

--Demasiado!... Es una maldad tuya, porque de seguro no lo quieres y
dentro de un par de das todo habr concluido.

Lisa ri alegremente.

--Dentro de un par de das?... No!... Desde anoche. Hoy tengo que
consagrarme a Fernando...

--Te repito que eres una perversa!

--Que no!... Yo le he proporcionado a don Silvestre varias horas de
una felicidad que nunca so... Le he hecho un gran servicio y debe
agradecrmelo!...

Don Silvestre no pudo soportar ms. Muy plido, pero sereno, la sonrisa
en los labios, se present ante las jvenes, salud afablemente y dijo:

--Y se lo agradezco, seorita. Me ha hecho usted, en efecto, un enorme
servicio, demostrndome que si enamorarse a los veinte aos es una
tontera, enamorarse cuando se est por cumplir medio siglo, es una
imbecilidad. Mil gracias!...




EL NEGRITO DE MELITN


Era en el Paraguay, en la poca trgica de las revoluciones y los
motines cuarteleros que tuvieron sometido al noble pas hermano a
continuos sobresaltos y a perpetuas torturas.

Gobernaba a la sazn, con poderes discrecionales, el famoso coronel
Fortunato Jara, encaramado al poder por un audaz golpe de mano y
convertido en dictador. Dictador de la peor especie, por cuanto
no lo guiaba otro mvil que la satisfaccin de los apetitos de su
desenfrenado libertinaje.

La soldadesca, alentada por el ejemplo de los superiores y segura de la
impunidad, cometa todo gnero de violencias y de atentados contra la
propiedad y las personas.

Los milicos vivan ms en las tabernas y la ranchera del suburbio que
en los cuarteles.

Ebrios la mayor parte del da, recorran las calles de la ciudad,
gritando, cantando, promoviendo escndalos.

No haba peligro de reprimendas ni castigos: los oficiales, por
su parte, cuando no junto con ellos, cometan idnticos excesos,
explicables,--ya que de ningn modo disculpables,--por el estado de
completa anarqua y el relajamiento de la disciplina, fomentados en
primer trmino por el jefe supremo con su conducta sin precedentes.

Tan lejos estaba a su nimo el deseo de tomar medidas moralizadoras
de severa represin, que era el primero en reir y festejar las
travesuras de sus subalternos.

--Los muchachos tambin tienen derecho a divertirse!...--deca riendo.

--Y nada no pueden icir los otros,--conformaba algn adulador.

De fijo que nada podan decir los otros; pero no por faltarles
derecho para la protesta, sino porque, bajo el rgimen del terror,
la ms elemental prudencia aconsejaba mascar en silencio el amargo
del agravio, ahorrando reclamaciones, cuyas consecuencias inevitables
seran acentuar la persecucin de parte de los forajidos.

Los mayores delitos pasaban inadvertidos por la justicia; y eso que los
hubo de la magnitud del que va a leerse.

Melitn Manzanares era un chino correntino, petizo, grueso, fornido y
de ancha cara cobriza y barbilampia.

No haca mucho que haba cado a la Asuncin, cuyas continuas
revueltas ofrecan campo propicio a los tipos de su calaa, y tambin,
probablemente por andar en malas relaciones con las autoridades de su
pas.

El sola decir, con una sonrisa que pona de manifiesto su formidable
dentadura de yacar:

--Las autoridades de Caacat estaban tan encamotadas conmigo que i mi
tinan empalagao... Siempre andaba detrs mo algn sargento con recao
del comisario pa que juese a yerbiar con l, y de puro fastidiao, alc
el vuelo pa estos pagos...

--Ust es mesmito que i,--dijo un compinche;--nada no apetesco la
amist de los polecas.

Melitn, que haba sentado plaza en las milicias irregulares,
conjuntamente con otros forajidos de igual ralea, encontrbase all
como pescado en el agua.

Farras, chupandinas, jugarretas y amplia libertad de accin en la
holgazanera cuartelera, constituan el ideal de un sujeto de su clase
y de sus hbitos.

Sus camaradas lo tenan en gran estima por su constante buen humor, su
parla dicharachera, su audacia y su absoluta carencia de escrpulos.

Admirando esta cualidad, dijo una vez entusiasmado un compinche:

--Amigo Melitn, estmago igualito a and: hasta vidrios digiere!...

Sin embargo hubo un momento en que empez a ponerse meditativo y
silencioso.

Interrogado por las causas de aquel cambio de carcter, dijo:

--La verd, estoy triste porque ha venido un antojo.

--Y vaia diciendo.

---Velay: mi han contao que en este pas no hay diversin ms linda
qu'el velorio de un negrito.

--No lo engaaron, no. Si arman unos candombes que duran das y qu'es
un viva la patria!

--Lo malo es que va p'al ao que moro aqu y entuava no ha muerto
ningn negrito.

--Van quedando pocos.

Melitn medit unos segundos, y luego propuso:

--Por qu no matamo uno?

--No sea brbaro, compaero! Matar un cristiano p'al puro gusto 'e
divertirse, es mucha hereja.

--Y quien ha dicho que los negros son cristianos?... No saben que
tienen el mate muy duro y el agua bendita nunca les dentra a los
sesos?...

Melitn sigui preocupado con la idea de aquella farra original y magna.

Una vez, a eso de media noche, regresaba al cuartel, dando bordadas,
apoyndose con frecuencia en los muros de las casas para no dar de
bruces sobre la acera y recuperar un tanto el equilibrio y la fuerza de
sus piernas ablandadas y descoyuntadas por el alcohol.

En uno de esos ziszaes fu a dar contra un portal, a cuyo pi vi
un bulto obscuro. Toclo con la punta del pi y notando blandura de
carnes, agachse, con muchas precauciones y grandes esfuerzos, hasta
poder palparlo. Zamarreado con violencia, un quejido lastimoso escap
del bulto obscuro, y el soldado descubri, envuelto en unos harapos, un
negrito de cinco o seis aos de edad.

--Qu hacs aqu?--pregunt speramente.

Y el negrito, asustado, respondi gimoteando:

--Me peld...

--Dnde est tu casa?

--No s, me peld...

--Quines son tus padres?...

--Padres no tengo... Amita me mand llamar el mdico para amito
enfermo... y me peld... ay!... ay!... ay!... ay!

Una idea infernal cruz por la mente del bandido.

--Io le via ievar,--dijo; y cogiendo al chico de ambos pies, lo
revolote y le destroz la cabeza contra un poste de piedra que haba
junto al portal.

El negrito lanz un grito horrible, uno solo y enmudeci para siempre...

El criminal ocult el cuerpo de la vctima bajo el poncho patrio y,
dando traspis, lleg al cuartel. Al penetrar en el cuerpo de guardia,
donde los soldados ebrios jugaban al naipe, el oficial, ms ebrio an
que sus subalternos, lo interrog alegremente:

--Qu tris debajo' el poncho?... Chivito o borrego?

Ri Melitn y dijo:

--Borrego... Un borrego negro...

Y tirando en medio de la pieza el ensangrentado cadver, agreg con
feroz impudicia:

--Ya tenemos p'al candombe: yo pongo el difunto; pongan ustedes las
velas y la caa...




LA CADENA


El reloj de pared son las diez con una lenta y cascada voz de viejo.

A esa voz, don Manuel levantse sobresaltado de la silla en que se
haba quedado dormido. Su vista vaga, indecisa, pasese por el saln,
desconocindolo.

La vieja lmpara que penda del techo, derrababa una luz amarillenta y
triste sobre las anaqueleras atascadas de artculos diversos, sobre el
hule descascarado que tapizaba el mostrador y sobre las botellas y los
vasos alineados sobre el zinc del despacho de bebidas.

En lo alto de los muros blanqueados, proyectaban sombras raras los
objetos suspendidos de las vigas del techo: frenos, tazas, cinchas,
cazuelas, riendas y maneas, jarros y guitarras, una disparatada
poblacin de bric-a-brac.

Don Manuel observaba el lugar con creciente sorpresa. Mir la armazn
de enfrente, la mayor, en cuyos estantes se apilaban las piezas de
tela, las blancas cajas de cartn conteniendo festones y puntillas, las
verdes cajas guardando medias y calcetines, todo parecile extrao,
desconocido.

Y sin embargo, todo all, todo, en conjunto, y en detalles, le era
familiar. Probablemente no exista en la casa un solo objeto que
no hubiese pasado por sus manos; un solo artculo cuya colocacin,
calidad, precio de costo y de venta, ignorase, y eso que los haba
en cantidad respetable y en mescolanza original, dado que la casa
era: almacn, tienda y ferretera, con el aditamento de librera
y farmacia, ms el obligado apndice de acopio de frutos del pas:
trigo, maz, lana, cueros, cerda, aspas, etc., y la yapa de agencia
de correos y venta de papel sellado y timbres; un Louvre o un Bon
March en plena Pampa.

Miraba ejecutando prodigiosos esfuerzos para despertar la memoria.
Cerca del ventanillo de la glorieta estaba el anaquel de las
conservas donde dorman las latas de sardinas, de atn, de congrio, de
merluza, de calamares y de ostras, entre bocales de ciruelas, frascos
de aceitunas y cajas de pasas de higo. El estrecho lienzo de pared que
mediaba entre la estantera y la reja, estaba a la altura del hombro
totalmente ennegrecido con inscripciones, cifras y diseos de marcas
trazadas a lpiz. Don Manuel reconoci su propia escritura entre otras
escrituras.

Continu observando. En la puerta del mostrador, una gran balanza
mostraba el abultado vientre de su platillo de bronce y el cuerpo
plano y negro, dormitando bajo la custodia de media docena de pesas,
pentagonales, trozos de hierro ennegrecido. En el puesto extremo de la
larga mesa, junto a la pila de zarazas, ronroaba un gato barcino; por
el centro, al lado de una palmatoria de metal amarillo, vease un mazo
de naipes viejos, sucios, encrespados como plumaje de gallina clueca;
inmediato a los naipes un puadito de garbanzos, dos groseros vasos de
vidrio, una botella vaca, ceniza y colillas de cigarrillos.

--Curioso, curioso!--deca mentalmente don Manuel, desconcertado ante
aquella complicacin psquica, tan ajena a la simplicidad ordinaria de
su existencia, por medio de la cual los objetos le eran al mismo tiempo
familiares y desconocidos...

Desorientado, torn a sentarse en la misma silla, junto al mostrador,
cerca de la candela. Inconscientemente comenz a dibujar el trazado
de su vida. Tena doce aos al llegar de Espaa. Era entonces un
galleguito ignorante y vivaracho, dotado de una extraordinaria
energa, seguro de llegar a la fortuna ms tarde o ms temprano. Casi
sin transicin pas del barco que le trajo a la casa de comercio de su
paisano don Jos Rodrguez, donde fu ascendiendo, de sirviente a pen,
de pen a dependiente, de dependiente a socio y a dueo por fin.

Todo eso all, en esa misma casa, en aquella pulpera de campaa
identificada en su persona. All pen, all luch, all conquist la
fortuna, que fu la nica novia de sus sueos.

Novia inconstante. Los aos malos trajeron una situacin difcil,
viendose obligado a buscar un socio para salvarla. No salv nada, la
suerte le haba dado la espalda y fu necesario vender, vender todo,
abandonar aquella casa. La vspera haba firmado la escritura, al da
siguiente deba hacer entrega del negocio y partir...

Partir!... El derrumbe de su fortuna no impresionaba mayormente a
don Manuel: tena cerca de cincuenta aos, era solo, era sobrio y con
lo salvado le alcanzara para pasar la vida; pero salir de all,
abandonar aquella casa, en cscara!... Eso era insoportable...

Pensando, pensando, una idea naci en su cerebro. Al principio la
encontr absurda; luego le agrad. Le agrad tanto, que disipando
instantneamente sus tristezas, volvi a reconocer el saln y los
objetos familiares. Bajo esa impresin fu a su cuarto, se acost y
durmi tranquilo.

Al da siguiente, despus de haber hecho formal entrega del
establecimiento al nuevo dueo--su socio don Pedro,--ste qued pasmado
al oir lo siguiente:

--Quiere tomarme de dependiente?

--Pero don Manuel!... Es chacota?...

--Es serio.

--Francamente... no comprendo...

--No comprende que yo no podr vivir separado de estos cachivaches,
privado de mis hbitos de casi cuarenta aos, libertado de la cadena
que de nio me soldaron al taquillo?...

       *       *       *       *       *

Confesaba don Manuel que nunca haba sido tan feliz como entonces,
diestro y activo dependiente de cabellos grises, en la casa en que
haba sido patrn a los 30 aos y dependiente a los 15.




LOS DBILES


Las negras agujas del viejo reloj marcaban las nueve de la noche y la
campana las contaba con voz lenta y pausada.

Marcelina, que agobiada por las doce horas de incesante trajn se
haba quedado dormida sobre el banquillo junto al hogar, despert
sobresaltada.

Y en ese mismo momento abrise la puerta de calle y penetr Servando,
con el sombrero echado a la nuca, el busto erguido y taconeando recio.
Esa actitud, unida a la brillantez de los ojos y el arrebolado del
rostro bast a Marcelina para convencerse de que su esposo haba
castigado fuerte en el caf.

Bien que apenada, como siempre en casos anlogos, por desgracia
frecuentes, hall consuelo notando que en vez del habitual gesto adusto
y atormentado, la fisonoma de Servando expresaba contento y jovialidad.

--Qu tarde!--dijo sin reproche,--la sopa estar fra y el asado seco.

--No importa, viejita! respondi l, abrazndola y besndola
efusivamente. Me demor en el bar por complacer a los muchachos, ms
bien dicho, por satisfacer a Paulino Salvatierra... sabs?... el hijo
del ricacho mendocino don Tiburcio Salvatierra... Haca tiempo que no
nos veamos y...

--Espera un momento, que voy a servir la sopa.

A su regreso, Servando, sin hacer caso de la comida, prosigui:

--Empezamos a charlar, recordando aventuras de muchachos, y entre
cocktail y cocktail, entramos en el terreno de las confidencias. El
me cont que haba recibido la parte de la madre,--un Tupungato de
moneda!... y que se iba a pasar cuatro o cinco aos en Europa.--El
viejo,--me dijo,--quera que abriese estudio, pero a m me repugna el
papel sellado, y adems, hermano, este Buenos Aires se est poniendo
ms aburridor que La Plata... Y eso es verdad, sabs?... Hoy no hay
en todo Buenos Aires un sitio donde divertirse...

--Tom la sopa que se enfra,--insinu Marcelina.

El empuj el plato diciendo:

--Dejate de sopa de hospital!... Recin me acuerdo que traigo una caja
de pat de foie gras... Ah! tom un cartucho de marrons glacs
para t y dos de bombones finos para los chicos. Estn durmiendo ya?...

--Seguramente... Pero para qu has gastado en esas golosinas cuando
nos estn haciendo falta tantas cosas?... Hoy vino furioso el
almacenero...

--Que se vaya al infierno el almacenero!... Ya se le pagar... que
espere; y si no quiere esperar, se busca otro: no faltan almacenes en
Buenos Aires!...

Ella, humilde, guard silencio, y l prosigui:

--Pues, como te deca, Paulino, despus de contarme su situacin y sus
proyectos, me pregunt:--Y vos, siempre en las mismas taperas, siempre
amojosndote en el periodismo!...

--Siempre,--le respond.--Qu quieres que haga?

--Buscar otra cosa, moverte salir de la ciudad en busca de un porvenir,
utilizar tu inteligencia en provecho propio en vez de hacerlo en
provecho de los dems,--me aconsej.

--Lo comprendo, respond; pero cmo? en qu?

--Mira,--me dijo;--la fortuna est en la campaa. Si tanto bruto
analfabeto amontona millones en pocos aos, cmo no podr enriquecerse
un hombre inteligente e ilustrado como vos, decime?...

--S, pero...

Se interrumpi Servando para servirse vino y al encontrar vaca la
botella, exclam con desagrado:

--No hay ms vino?

--No; compr medio litro y te lo has bebido...

--Siempre la mana de comprar por medio litro!... dentro de poco
compraremos por bordalesas... Lo dudas?... Escucha: Cuando yo dije
eso, Salvatierra me interrumpi para exclamar:

--Ya s lo que has de decirme!... Que se necesita capital,
relaciones, crdito, etc., etc!... Bueno; vos sabs, hermano, que el
amigo y el caballo son pa las ocasiones, y aqu estoy yo para darte una
manito. Mir, entre los bienes que me correspondieron por herencia de
la finada mam, hay una estanzuela, un soberbio valle en Uspallata...
Yo no lo conozco, ni s bien dnde est, pero me han dicho que es
de lo mejor y puede producir un platal... Te lo doy en sociedad y
te adelantar unos cuatro o cinco mil pesos para los gastos!... Te
conviene?...

--Cmo no me va a convenir, hermano!--exclam.

--Bueno. Maana a la una te espero aqu; tomaremos los aperitivos,
almorzaremos juntos y arreglaremos todo... Por lo pronto, tom un
canario, para festejar el acontecimiento...

--Qu te parece, viejita?... Ese es un amigo!... Fijate a ver si est
la chiquilina de al lado, que vaya a traer un litro de vino.

El amigo cumpli la promesa y poco despus la familia parti para
Mendoza. Iba Servando rebosando de entusiasmo, mas no as su compaera,
quien estaba habituada a tales entusiasmos, siempre fugitivos.

En la estanzuela--un vallecito enclavado en la montaa--no haba nada
ms que una casucha de adobones y media docena de chivas semisalvajes.
Pero el flamante cultivador, muy orgulloso de su traje, su gorra y
sus botas de alpinista, no se amilan por eso: el abundante surtido
de conservas que haba llevado consigo aseguraba por varios meses
exquisito comestible.

Psose a la obra inmediatamente. Lo primero fu planear un jardincito;
mientras el pen preparaba la tierra, l se engolfaba en la lectura del
ms reciente tratado de floricultura venido de Pars. Luego sigui la
formacin de una pequea huerta de hortalizas y un plantel de frutales;
todo lo cual daba pretexto a frecuentes viajes a la ciudad en procura
de semillas, plantas y tiles. Al principio demoraba el regreso un par
de das, pero despus las estadas prolongbanse por una semana y aun
ms, ocasionando considerables dispendios.

Y mientras el ex periodista derrochaba el tiempo y el dinero en viajes,
en diversiones y en fantsticos planes de explotacin agropecuaria,
lleg el invierno con sus nieves y turbonadas y fros atroces. El
jardn y la huerta--absurdamente y descuidadamente cultivados--se
agostaron bien pronto; y los rboles que no derribaron los vientos,
perecieron por inadaptacin al clima.

Terminadas las conservas, fu necesario surtirse de vveres, a gran
costo, en la capital de la provincia. Todos los chivatos y casi todas
las chivas fueron muertos a tiros por Servando, que no encontr otro
medio de utilizar su copioso material cinegtico. Frecuentemente
bloqueado por el mal tiempo, y abandonado el propsito de consagrar los
ocios al cultivo de la alta literatura, el joven se consolaba abusando
ms que nunca de los alcoholes.

Por otra parte, los cinco mil pesos estaban a punto de agotarse; y un
buen da, el pioneer, desilusionado y aburrido, empez a maldecir la
tierra ingrata, la campaa que envejece, empobrece y embrutece, segn
dice el adagio.

Y no tard en decirse:

--La campaa--dijo--est hecha para los animales. Volvamos a Buenos
Aires!...

Marcelina, sumisa, dcil, sin voluntad, acept con indiferencia y sin
un reproche el nuevo fracaso, preparndose para el venidero.




EL ABRAZO DE MARCULINA


En invierno, un da opaco, un cielo brumoso, de sombra, de quietud,
de silencio, uno de esos atardeceres capaces de entristecer a los
chingolos.

A las seis era casi noche y hubo que suspender la jugada de truco en la
trastienda de la pulpera.

El patrn ofreci encender una vela; pero los tertulianos no aceptaron:
jugaban por divertirse y todos se aburran.

Pidieron otro litro de vino, encendieron los cigarrillos y hubo un
silencio largo, que fu roto por el viejo Pantalen, quien mirando
fijamente a Secundino, habl as:

--Qu muerte triste la de mi sobrino Estanislao!... El, qu'era ms
nadador que una tararira, augarse en una caada que se vandea de un
resuello!...

--Qu quiere viejo!--intervino Julio--si est de Dios es capaz de
augarse uno lavndose la cara en una palangana.

--Ser, pero pa mi gusto el finao mi sobrino se hundi a causa de las
libras de chumbos con que le haban cargao el alma... Qu penss vos,
Secundino?...

Apostrofado indirectamente, el mozo alz la cabeza con altanera y
dijo con voz firme y serena:

--Ya me tienen cansao esas alusiones que se arrastran entre los yuyos
buscando morder los talones del que lo'encuentra descuidao...

--S que hay ms de uno que me acumula esa muerte, pero tuitos lo dicen
a escondidas, o lo dan a entender sin decirlo...

--Ser porque te tienen miedo--observ don Pantalen.

--S: porque tienen miedo de arrostrarle a un hombre un crimen sin ms
fundamento que chismes de mujeres o comentarios de pulpera!... Yo
haba resuelto aguantar y callarme, pero ya me fastidea demasiado el
mangang y no me resino a seguir mascando el freno por ms tiempo!...

Van a saber ustedes cmo pasaron las cosas, la verd desnuda como un
recin nacido. Dispus, vayan y desparramenl por tuito el pago...

--Habl!--exclamaron varios a un tiempo; y Secundino comenz de este
modo.

--Tuitos ustedes saben que Marculina, la mujer de Estanislao, era...

--S, ya sabemos lo qu'era: segu no ms--interrumpi don Pantalen.

--Sigo. El finao difunto estaba tan quemao de los celos que desconfiaba
hasta 'e su propia sombra, y como no permita que ningn hombre pusiera
los pieses en sus ranchos, haba rompido con tuitos sus amigos. Esto lo
supe yo a mi gelta 'el Brasil, ande, como a ustedes les costa, desoll
una punta de aos.

Los encontramos en esta mesma pulpera y nos relinchamos contentasos...
Dejuro!... si nos habamos criao como chanchos, como quien dice,
comiendo juntos en la mesma batea!

--Ande penss hacer noche?--me pregunt dispus de mucho prosiar.

--Ac noms--respond.

El qued cavilando y yo vide que le haba cambiao la cara, quedndose
como empacao y con el entrecejo fruncido. Dispus arranc de un golpe:

--No puede ser: ven a quedarte en casa!

--Si no es incomodo...--dije yo, por decir no ms, porque, a qu santo
me ib'hacer rogar, no hayan?...

Geno, el caso fu que la mujer del finao me recibi tuita fruncida y
si yo no le hablaba, ella no me hablaba y era pa contestar con sis y
nos, ms secos que aln de and.

Al otro da era pior. En varias ocasiones la i a Marculina rezongando
con el finao al propsito mo. Una gelta i que dijo con mucha rabia:

--Te penss qu'esto es fonda y que yo vi'astar cocinando pa los
entrusos que vos tris a los tientos pa entretenerte dispus de cena,
chupando caa y mintiendo y gastando velas?...

Yo no dije nada, pero esa mesma tarde le dije a Estanislao que me
marchaba. Pero l s'encaprich en que no.

--Pande vas a dir?... tuava no tens colocacin; quedate conmigo, me
tens compaa y me ayuds a estirar la lnea de alambrao de la costa.

Entonces dije:

--Yo por vos me quedara, pero veo que tu patrona no es gustosa.

--Rite 'e la patrona!--dijo l;--vos sos mi mejor amigo, sos mi
hermano, puede decirse, y no vas a dormir a campo mientras tu hermano
tenga rancho!

Afloj, qu iba hacer?...

--Y te aquerenciastes--intercal don Pantalen.

--A la juerza. Estanislao estaba loco 'e contento, y cuando la mujer
me deca alguna cosa grosera, l se raiba de contento. Y la indina me
trataba mal, mesmo. En la mesa me serva los pedazos que deban quedar
pa los perros; si le peda una cebadura 'e yerba me la daba como pa
tomar en una cscara de nuez; si le traiban alguna golosina de regalo,
la esconda delante mis ojos, como pa mostrarme poco caso.

Y cuanti ms abrojo era ella pa conmigo, ms alegre se pona l, de lo
cual me comenz a dentrar desconfianza y me puse a escarbar despacito
pa fin de llegar a la olla de aquel hormiguero.

Prontito supe que dende ricin casao mi amigo estaba encendido por
los celos como un gran trafoguero de coronilla, que arde hasta que
se consume. Marculina no poda ver un hombre, juese viejo, juese una
criatura, juese lindo o fiero sin encomenzar a tirarle piales con la
mirada y la sonrisa. Que hubiera faltao, naides daba testimonio, pero
con aquello no ms le sobraba al marido pa llevar una vida de perro
sarnoso. Descuidaba su trabajo, porque si haba cido algn mozo de
visita, no se atreva a dir al campo dejndolo solo con ella: y cuando
sala se le ocurra pensar que quin sabe si fulano o mengano no
estaran en el rancho aprovechando su ausencia; y en seguida montaba a
caballo y volva a las casas, dejando el trabajo a medio hacer.

Nunca pudo sorprenderla; pero eso en vez de sacarle la mana le
recalentaba ms los sesos.

Cuando yo ju a su casa y vido la mala gana con que me recibi su
mujer, tuvo un alegrn, porque, dejuro habera sido lo pior de lo pior
verse obligao a celarla con quier era cuasi como hermano.

Dispus que pas una semana y vido que Marculina me mostraba cada vez
ms entepata, le dentr lstima por m y varias geltas l'atropell
pidiendol no juese tan corsaria conmigo, pero no consigui nada; con
lo cual el pobre finao no saba si llorar o bailar, pero la cosa es que
el hombre andaba alegre dende la maana a la noche, como si hubiese
escapao a una enfermed muy mala...

Sin embargo, yo le haba descubierto el juego a aquella china artera.
En ms de una ocasin, a riz de decirme una grosera, me tiraba, a
espaldas del marido, el anzuelo de una mirada querendona. Yo me haca
el desentendido, pero sucedi una vez d'esta laya: dbamos a salir
decampo; Estanislao marchaba adelante, dispu yo y detrs mo, cuasi
pegada, Marculina; tan pegada que me haba echao un brazo sobre la
paleta y llevaba la cara juntita con la ma. Yo no tuve coraje pa hacer
un ademn, de piedad por mi amigo, que si la alberta no iba a creer
en mi inocencia. Esperaba qu'ella tuviera un respiro 'e juicio y me
soltara... y en eso se vino el rancho abajo!... Pantalen di gelta
la cabeza de golpe y vido tuito... Se puso blanco como cuajada, se le
redondearon los ojos mesmo que si juesen de and, di tres o cuatro
geltas redondas, como perro que intenta morderse el rabo, y luego juy
p'al arroyo...

Yo no quise seguirlo; mont a caballo y enderez ni s p'adonde,
juyendol al recuerdo de aquel ocurrido en que me toc aparecer como
traidor canalla al amigo que ms he querido...

Eso ju. Lo dems ustedes lo saben. Por denuncias de la arrastrada
Marculina, me prendieron. Seis meses estuve en la crcel hasta que
tuvieron que soltarme porque de ningn lao me aprobaron delito.

--Y Marculina?--interrog don Pantalen.

--En tuava no la vide, pero como pa eso no ms he dao la gelta al
pago, la he'encontrar unos d'estos das pa retribuirle su abrazo...




LOS INSERVIBLES


Alto, flaco, cargado de espaldas, la cara ancha, larga, color ocre,
el labio inferior perezosamente cado, los grandes ojos pardos llenos
de inteligencia, solitario y silencioso de costumbre, sin duda porque
sus frases eran ideas, y desdeaba echarlas--_margaritas a los
puerco_--a la multitud ignara a que hallbase mezclado, constitua uno
de los tantos exticos, pieza sin objeto, elemento intil, en aquella
efervescencia pasional colectiva, donde ni su corazn ni su cerebro
conseguan armonizar.

En un atardecer hermoso llegse a mi carpa y mesndose los largos
cabellos lacios con sus dedos afilados, en un gesto habitual, me
pregunt con su voz extraa, que tena un timbre varonil aterciopelado
por un yo no s qu de femenino:

--Hermano, no te han trado pulpa?

--No, respond; s que carnearon y he visto varios fogones donde los
asados se chamuscan, pero para nosotros...

--Nosotros somos los _maporras_!--interrumpi con una sonrisa
amarga;--tenemos derecho a comer lo que sobra, como los perros!...

Y sentndose en el suelo, sobre el pasto, agreg:

--Alcanzame un amargo: para regenerar el pas hay que alimentarse de
alguna manera, aun cuando ms no sea con agua sucia...

Tosi. Volvi a sacudir con sus finos dedos de tuberculoso la negra
melena y dijo con agria irona:

--De esta vez lo regeneramos. La indiada se pone panzona y puede
quedarse quieta un ao; despus del ao, si hay vacas gordas...

En ese momento se present el doctor X., mdico ilustre, patriota
insigne, descollante, personalidad del partido.

--Tiene carne?--pregunt.

--No, y ustedes?

--Tampoco. Parece que nosotros no tenemos derecho a comer.

--Para lo que servimos!--replic con su amarga sonrisa el hombre alto,
flaco, cargado de espaldas.

--Ni siquiera nos desviamos cargando uno de esos aparatos que parecen
fusiles y que no sirve ni para hacer fuego.

--El chiste es malo--contest un exquisito poeta que llegaba,
hambriento, como todos nosotros,--pero te lo perdono en mrito a las
circunstancias: tres das de tranquear largo, dos noches sin dormir
y ms de cuarenta y ocho horas sin comer, no pueden considerarse
excitantes para la funcin cerebral...

--Para lo que tienen que hacer aqu los cerebros!...--respondi el
hombre alto, extendindose largo a largo sobre el pasto.--A nosotros
nos dan los matungos que no caminan, los fusiles descompuestos...
y la carne que sobra... Vean qu rico olor de asado viene hasta
aqu!...--hacen bien: somos los _inservibles_.

--Verdad--confirm el poeta;--en ciertos momentos y en ciertos medios,
las flores valen poco.

--Y en todos los momentos y en todos los medios, los zonzos no valen
nada--concluy sentenciosamente el muchacho flaco y largo.

       *       *       *       *       *

Concluda la guerra de mala manera, los revolucionarios salieron, sin
embargo, con _pulpa entre los dientes_. Los ases revolucionarios, se
entiende.

Acto contnuo se resolvi no desperdiciar los puestos legislativos
que la ley dejaba a disposicin de la minora vencida militarmente.
Hubo quien propuso una diputacin para el hombre alto, flaco, etc...,
pero la masa declarlo inservible para el cargo, dado que slo tena
talento...

Unos aos despus, hallbanse reunidos en Buenos Aires varios de
aquellos _inservibles_. En una noche memorable una sala repleta y
selecta aplauda frenticamente una obra en que el autor primerizo se
revelaba, no slo un literato superior, sino un psiclogo profundo, un
admirable analista de almas, cuya clarovidencia lo indicaba como faro,
gua y conductor de muchedumbres, sanas pero ciegas...

Triunf, triunf estruendosamente el muchacho alto, flaco, cargado de
espaldas, y desde entonces, lleno de laureles, coma cada dos das uno,
y sigui siendo un _inservible_, tan inservible que su gloria pas
inadvertida para sus compaeros de lucha cvica, aun hoy convencidos
de que era injusto darle un caballo que caminase y un pedazo de pulpa
para saciarle el hambre, mejor empleados en servicio de un gaucho vago,
haragn, asesino y bruto...

       *       *       *       *       *

Un grupo reducido de _inservibles_ orientales, consternse al recibir
la breve noticia telegrfica: Ha fallecido en Italia Florencio
Snchez.




LOS MISIONEROS


Punteaba el da cuando el teniente Hormign mont a caballo y abandon
el festn, en cumplimiento de la orden recibida.

Iban, a la cabeza, l y Carac, el sargento Carac, correntino
veterano, indio fiero, agalludo, ms temido que la lepra, el lagarto,
la raya y la palometa juntos--haciendo caso omiso de los tigres, de los
chanchos y de los mosquitos,--que son los bichos ms temibles del Chaco.

Adems, Carac era un baqueano insuperable. Conoca la selva casi tan
bien como los tobas y los chiriguanos, porque la haba recorrido en
casi todos sus recovecos unas veces persiguiendo a los indios, en su
carcter de polica, y otras veces persiguiendo a las policas en su
papel accidental de rerubich toba o chiriguano.

Despus de todo, buen gaucho. Carac; guapo y alegre, ligero para el
cuchillo, para el trago y para la ua y ni aun lo de la ua era
ofensivo, en el medio.

Durante la primera media hora de tramo mulero, el teniente Hormign
se mantuvo dignamente silencioso, guardando la orgullosa altivez que
corresponde a un oficial de caballera. Pero pasada aquella, la
juventud triunf y no pudo resistir al deseo de entablar conversacin
con su subalterno. Al penetrar un rizado amplio que formaba una
estanzuela bastante bien poblada, pregunt:

--De quin es este campo?

--De quin es aura no s, seor,--respondi maliciosamente el
sargento:--Un tiempo fu del guaicur Aabe, que se lo rob al gallego
Rodrguez; y dispus ju del comisario Pintos, que se lo rob al
indio Aabe; y cuando Pintos dej de ser comisario, se lo robaron los
alemanes del obraje grande... Aura no s quin lo habr robao, aura...

El teniente guard silencio y siguieron andando. El sol, invisible,
se iba trepando por los quebrachos, y cuando se subi a la punta de
los ms altos, escupi fuego. El teniente Hormign, sintiendo sed, se
tante el flanco, buscando la cantimplora con cognac de la habana, e
hizo un gesto de disgusto al notar que la haba olvidado. Carac, sin
perder un detalle, haba observado, y sonri.

El teniente Hormign, un mozo alto, flacucho, de ojos vivos, de nariz
fina, de labios insolentes, era, en forma innata, muy de caballera,
pero le faltaba la prctica del oficio y deba, como todos, pagar la
chapetonada.

Carac, despus de sonreir, destap su chifle y ofrecilo diciendo:

--Mi teniente, si usted est queriendo pegarle un trago...

Bebi el teniente y bebi el sargento. Y despus el sargento pregunt:

--Se puede saber p'ande vamos, teniente?

--Para la misin.

--Cula?

--Me parece que del fortn para dentro, en la costa del Pilcomayo no
hay ms que una: la de los franciscanos.

--Disculpe, mi teniente; aqu en el Chaco hay muchas misiones...
prendal otro buche... Tuitos tenemos nuestra misin. La polica
tiene la misin de guardar el orden, prendiendo a los indios que
s'escapan por no trabajar pa los alemanes, que pagan la polica. Los
jueces de paz tienen la misin de hacer justicia a quien los pague
mejor... Y claro que nunca es el hijo el pis el que paga mejor... Los
franciscanos tienen la misin de cevilizar a los indios, deslomndolos
a trabajo.

--Y civilizan,--arguy el teniente.

--Dejuro, mi jefe!... Asign los comentos, la Obrajera del Chaco tiene
ms de siete millones de pesos ingleses de capital y los franciscanos,
arrimadito. Calcule lo que se puede cevilizar con tuita esa moneda!...
Geno; pero sabe una cosa, mi teniente?

--Qu cosa?

--Que pa mi gusto, cuando se haiga lograo la completa civilizacin de
los indios...

--Qu?

--No v'haber ya ningn indio. Nos los habremos comido tuitos, salvajes,
a medio cevilizar o cevilizaos, como quien dice: crudos, chamuscaos o
asaos a punto!... Velay, teniente... Es la misin!...

Instruyndose en el camino, y despus de andar cincuenta leguas por las
boscosas pampas chaqueas, el teniente y sus hombres llegaron a la
misin franciscana, cerca del Pilcomayo.

All le suministraron los datos necesarios para el cumplimiento de su
comisin, que consista en adquirir veinte bueyes para el destacamento.

No fu tarea fcil, y el teniente debi emplear en ella cinco das
de fatigosas marchas; pero consigui veinte bueyes, grandes, gordos,
mansos.

Y esa noche durmi tranquilo y satisfecho.

Y al da siguiente, cuando despert, el desayuno que le sirvi su
asistente fu la noticia de que le haban robado los siete bueyes.

--No deben andar lejos,--dijo, y se puso al campearlos. Tarea intil:
en el Chaco no se vuelve a encontrar nada de lo que se pierde. Al fin,
desesperado, envi al jefe una carta narrando lo ocurrido y rogando la
remisin del dinero necesario para adquirir otros veinte bueyes, dinero
que l se comprometa a pagar.

Pocos das despus regresaba al chasque con la respuesta. El mayor,
sabiendo que Hormign perteneca a una familia muy rica no tuvo
inconveniente en mandarle el dinero, aunque, advirtindole que no lo
crea necesario. En un pas de tantos recursos como aqul, slo un
maturrango o un recluta no saba acomodarse.

Medit el teniente, ley veinte veces la carta y como al fin, aunque
novicio, tena una alma muy de caballera, comprendi. Poco despus
mandaba al jefe otro chasque con esta lacnica misiva:

Seor jefe:

De los veinte bueyes que nos robaron, ya hemos conseguido veintiocho;
los dems los andamos campeando.




LA SINGULAR AVENTURA DEL DR. MANZZI


Era el Dr. Atilio Manzzi un original; pero no en el sentido que el
vulgo acostumbra dar al vocablo, es decir, extravagante y atrabiliario,
un ser mediocre que a falta de mritos positivos que lo eleven sobre el
comn de sus coterrneos, se singularizan por los excesos capilares, el
arcasmo de su indumentaria y su decir paradojal.

No era de esos el Dr. Atilio.

Si con frecuencia llevaba largo el cabello y descuidada la barba y
el traje siempre en disonancia con la moda, nada de ello era en l
estudiado descuido.

Hombre joven an,--pues apenas trasmontaba la cuarentena,--viva
por completo consagrado al ejercicio de su profesin de mdico y al
estudio. Las tertulias del caf,--el billar y el naipe,--casi exclusivo
entretenimiento de los pueblitos,--no le ofrecan ningn aliciente; y
las pueriles vanalidades de la vida social, menos an.

Su pasin era los libros; y al final de cada lectura gustbale
abstraerse, para extraer, a travs del filtro del anlisis crtico, la
esencia de lo ledo. Era, en fin, un temperamento de sabio.

Entusiasmbanle las ciencias sociales. Las miserias, fsicas y morales
observadas a diario en su consultorio, entristecan su alma generosa,
impulsndole a poner en contribucin su voluntad y su cerebro al ideal
nobilsimo de plasmar una humanidad ms buena y ms justa.

Cuntos de aquellos infelices que imploraban el auxilio de su ciencia
curativa, llevaban sus organismos corrodos por las deficiencias de
alimentacin, de higiene y de educacin, al par que por un trabajo
excesivo y ejecutado en psimas condiciones!...

Cuntas veces haba comprobado la ineficacia de su humanitarismo!...
El no se ahorraba, en efecto, ninguna molestia, ninguna fatiga, para
asistir gratuita y solcitamente a los menesterosos; pero de qu
servan sus desvelos y sus prescripciones, si las ms de las veces
el paciente careca de medios para adquirir las drogas prescriptas,
de ropas para abrigarse y de lo necesario para seguir el rgimen
alimenticio ordenado,--en la mayor parte de los casos base fundamental
de la curacin?...

Su despreocupacin de las prcticas sociales y su predileccin por los
humildes, mortificaba a la aristocracia lugarea, y, sobre todo, a las
nias casaderas que desde el arribo del doctor al pueblo rivalizaban en
amabilidades por conquistar aquel partido excepcional.

Empero nadie manifestaba abiertamente un juicio severo, por la doble
razn de que Manzzi era el nico mdico con que contaba la localidad, y
de que las chicas no desesperaban de encadenar al oso.

Diariamente reciba ste obsequios de dulces caseros hechos
por Fulanita, pasteles y otras golosinas que le enviaba Zutanita,
excusndose de que no le haban salido muy bien y grandes ramos de
flores que Fulanita, Zutanita y Menganita haban arrancado ellas
mismas, esa maana en sus respectivos jardines.

Atilio, gran amante de las golosinas y de las flores, saboreaba las
unas y adornaba con las otras todas las habitaciones de su casa, sin
sospechar siquiera que aquellas atenciones llevaran en s la intencin
de discretas y delicadas insinuaciones.

El buen doctor, gourmand y gourmet, saboreaba las golosinas del
mismo modo que admiraba los diversos ramos de flores, en conjunto,
haciendo caso omiso de las tarjetas que ostentaban los nombres de las
obsequiantes.

Su existencia transcurra de ese modo, plcidamente montona, cuando un
incidente vulgar introdujo en ella un elemento perturbador.

Cierta tarde ocurri a su consultorio una joven de delicada belleza y
cuyos modales y expresiones denotaban una cultura muy superior a la que
pudiera atribursele por su indumentaria, reveladora de muy humilde
clase.

Manzzi, advirtiendo ese contraste, le pregunt despus de haberla
examinado y recetado:

--Usted es de ac?... Yo conozco a casi todos los habitantes del
pueblo, y no recuerdo haberla visto nunca...

Recin hace tres meses que vine. Yo soy de Pampa Chica.

--Su familia vive all?

--Viva,--respondi la muchacha con voz aflictiva;--mi padre muri
hace cinco aos...

--De qu se ocupaba?

--Era maestro de escuela y periodista.

--Bravo!... Dos profesiones extremadamente lucrativas!... Apuesto a
que al morir no les dej un palacio, ni auto, ni rentas siquiera?

--Qu nos iba a dejar!... El pobrecito abrevi su existencia
consumindose en el trabajo y apenas obtena lo indispensable al
sostenimiento de nuestro modestsimo hogar. A su fallecimiento,
endeudados con los gastos de la enfermedad y entierro, quedamos en la
indigencia. Yo tena apenas nueve aos y la pobre mam, muy delicada
de salud, trabajaba da y noche para conseguir el sustento, no pudo
resistir y hace seis meses tambin rindi su alma a Dios...

Haba pronunciado estas palabras, ahogndose en llanto, y Atilio
necesit dejar transcurrir unos segundos para dominar su emocin.

--Y ahora trabaja aqu?--pregunt luego.

--S, seor: en casa de la viuda de don Atanasio Bacigalupe.

--Gente muy rica?...

--As dicen.

--Creo que hay varias muchachas...

--Tres.

--Y usted est de institutriz?

Amarga sonrisa contrajo los labios de la joven, que respondi con voz
ms amarga an:

--De sirvienta...

Enmudeci el doctor. Con violento esfuerzo hizo que el profesional
recuperara la plaza momentneamente ocupada por el sentimental, y dijo,
cambiando de tono:

--Es una bronquitis que desaparecer en breve. Siga el tratamiento
indicado y vuelva el jueves prximo.

El Dr. Manzzi sintise extraamente subyugado por el recuerdo de
aquella encantadora fregatriz, hija de intelectuales e intelectual ella
misma. A cada instante su gallarda silueta, enlutada por prematura
tristeza y aureolada por sin igual valenta, distraalo a sus
cavilaciones cientficas. Tanta satisfaccin experimentaba en verla y
en platicar con ella, que prolong indebidamente la asistencia. Pero
lleg el da en que su honradez profesional le oblig a darla de alta.

Pasaron dos semanas sin verla y aquello le produca una desazn que l
no se preocupaba de explicrsela ni de justificarla.

Y fu as que inconscientemente, sin propsito premeditado, comenz
a ir todas las tardes a estacionarse en un banco de la plaza, frente
a los balcones de la viuda de Bacigalupe. Leyendo a ratos, y con
frecuencia simulando leer, atisbaba continuamente, esperando ver salir
a la sirvientita.

Su persistencia lleg a ser advertida y a motivar el comentario. De
pronto era alguno de los viejos rentistas y desocupados que abundaban
en el pueblo, quien se detena un momento y decale, acompaando la
frase con una guiada significativa:

--Muy bien, doctor, muy bien!... Ha tenido buen ojo, lo felicito!...

Y antes de que Manzzi hubiera tenido tiempo de formular una demanda
explicativa, el otro prosegua su paseo, diciendo con aire de sutileza:

--Me voy; no quiero interrumpirlo: todos hemos pasado por ese trance.

Escenas semejantes se sucedan cada vez con mayor frecuencia,
intrigando al mdico, convencido de que aquel hbito no encerraba otro
propsito que el manifiesto: el solaz de la lectura en la placidez
estival, bajo la sombra refrescante de los aosos parasos de la plaza.

Haba advertido que su instalacin en el banco habitual coincida con
la presencia en el balcn de enfrente, de las tres hijas de la viuda?

S; pero sin sorprenderle la coincidencia. Qu cosa ms natural que
las chicas del pueblo exhibindose en los balcones o en las puertas de
las casas en los clidos atardeceres estivales?

As transcurrieron los das hasta una noche en que, recin comenzada la
cena, fu sorprendido por estrepitoso sonar de la campanilla elctrica.

--Es la sirvienta de Bacigalupe que desea hablarle urgentemente.

Sin perder un segundo, el doctor se encamin al consultorio.

--Qu le pasa, Servanda?--exclam cogiendo la mano de la joven, a
quien la distincin hizo enrojecer y bajar la vista.

--A m, nada, doctor; la seora me mand a buscarlo porque a una de las
nias le ha dado un ataque.

Manzzi, que ante el deber profesional pospona todo inters personal,
se encasquet el chambergo y con un breve:

--Vamos!--sali dando zancadas.

A su llegada qued sorprendido ante el aspecto que ofreca la sala y
sus ocupantes: se dira que all se habra librado una batalla. Se vea
que los muebles haban sido arreglados precipitadamente; al pie de un
pedestal dorado haban quedado trozos del jarrn que soportara; en un
ngulo, una silla tumbada y encima del piano un almohadn floreado,
hecho jiba, pareca haber sido utilizado como proyectil. Extendida
sobre el sof, la cabeza reposada en un edredn y la frente cubierta
por un pauelo que heda a agua Colonia, estaba Elisa, la menor de las
Bacigalupe.

La viuda, al igual de sus otras dos hijas, sin duda empolvadas a
obscuras y a prisa, ofrecan, con sus expresiones aflictivas, un
aspecto clownesco.

--Hay, doctor, qu desgracia! A esta chica le ha dado un ataque
horrible!--exclam la viuda haciendo aspavientos; y Manzzi pudo
observar que las fisonomas de las otras dos chicas se contraan
simultneamente en un rictus irnico.

Sin responder, observ a la enferma y dijo:

--No es nada. Acustela, dele un poco de tilo y pasar enseguida.

Al retirarse, la viuda lo llev hasta el fondo del zagun, y en voz
baja, con aire misterioso y al mismo tiempo meloso, suplic:

--Estimado doctor, decdase de una vez!...

--Que me decida?... a qu?--interrog sorprendido el mdico.

--Vamos, vamos!... Todo el pueblo sabe que usted corteja a una de mis
chicas, pero ignoramos a cul... Cada una de ellas se considera la
preferida, y naturalmente, rien entre ellas... Por favor, doctor,
decdase por una u otra!...

Manzzi lanz una estruendosa carcajada y respondi:

--Pero, seora, si yo no tengo inters por ninguna de sus hijas!

La viuda enmudeci de asombro, y luego expres con agriedad:

--Conque a ninguna?... Entonces me quiere explicar, caballerito, cmo
ha estado usted durante tres meses, plantado las horas muertas frente a
nuestros balcones, comprometiendo as a las nias?...

--S!... Por qu?--gritaron a coro las dos muchachas que haban
estado escuchando detrs de la puerta.

--Eso es una infamia!--exclam a su vez la enferma, que apareci en el
zagun agitando los brazos en actitud amenazante...

--Hacernos tal desaire!...

--Semejante papeln!...

El violento ataque desconcert al doctor, tmido e inexperto en lances
de esa naturaleza.

--Pero, seora... vean, seoritas... yo...--balbuceaba intentando
justificarse; mas sin xito, pues el enemigo no le daba alce.

--Vamos a ver: cmo explica su insistencia en festejar pblicamente a
las nias?--interroga la viuda.

--S, s!... Desde el banco de la plaza!...--agreg la mayor de las
nias.

Al fin la hosca sinceridad del retrado hombre de ciencia, estall en
forma brutal:

--Bueno, acabemos con este sainete! Yo no me intereso por ninguna de
ustedes.

--Y lo del banco y su continuo mirarnos?

--No era a ustedes a quien miraba, sino a Servanda!...

--A la sirvienta!... Jess, Dios mo!

--Ay, qu asco!

--Bien les haba dicho yo,--exclam colrica la mam,--que esa
mosquita muerta, cada al pueblo como una perra gaucha, deba ser
alguna lagarta!... Ah, pero no estar en casa ni un minuto ms!... Ni
un minuto ms!... Servanda!

La pobre chica acudi toda llorosa y confundida.

--Inmediatamente, pero inmediatamente, agarra usted sus trapos y se
manda mudar, grandsima sinvergenza!...

--S, s, en seguida, que se vaya en seguida, esta hipcrita
desvergonzada!--corearon las chicas.

--Pero, seora!--implor la muchacha--A dnde quiere que vaya ahora,
de noche?

--A la calle!... Las perras viven bien en la calle!

El doctor se irgui y dijo con imperio:

--A la calle no. Venga usted a mi casa.

Y tras un seco Buenas noches, tom del braso a Servanda y sali sin
volver la cabeza.

       *       *       *       *       *

Quince das despus la aristocracia lugarea recibi indignada la
noticia del casamiento del doctor Atilio Manzzi con la ex sirvienta de
las Bacigalupe.




LA MEJOR HISTORIA


Cuando el temporal se instala es como visita de vieja chismosa que
llega a una estancia y no se marcha hasta haber agotado el repertorio
de las murmuraciones. Eso puede durar una semana, diez das, quince,
quiz un mes, segn las actividades y la facultad de inventiva de la
cuentera. Cuando la duea de casa comienza a desinteresarse de sus
chismes, ha llegado el momento de marcharse, y se marcha en busca de
otro auditorio, como hacen las compaas de cmicos que vagan por
los escenarios lugariegos ajustando la duracin de cada estada al
termmetro de la taquilla.

Los temporales obran de parecida manera. Rugen, castigan, devastan
y mientras ven angustiados a los hombres y a las bestias, persisten
en su obra perversa. Empero llega el da en que bestias y hombres se
habitan al azote y no hacen ya caso de l; entonces, imitan a la vieja
murmuradora y a los cmicos trashumantes: cierra sus grifos, la sus
odres y se marcha.

Mas en tanto que los vientos braman y los aguaceros latiguean los
campos e inflan los vientos de los arroyos, quedan paralizadas las
faenas camperas.

Picar lea y pisar mazamorra dentro del galpn no constituan
entretenimiento verdadero; y componer o confeccionar garras, era
imposible, pues slo un maturrango ignora que no se pueden cortar
tientos ni trabajar en guascas en das de humedad.

Fuerza es holgar, pegarle al cimarrn y contar cuentos, haciendo
rabiar de despecho al temporal.

Cierto invierno se desencaden uno de stos--all por el litoral
uruguayo de Corrientes--tan singularmente obstinado, que la peonada
numerosa de la estancia del Urunday, en Monte Caseros, haba agotado
el repertorio; y ya ahitos de agua verde, maz asado y tortas fritas,
se aburran, bostezando hasta descoyuntarse las quijadas, cuando don
Ponciano propuso:

--Que cada uno 'e nosotros cuente su propia historia.

--Linda idea!--apoy uno; y Juan Jos adhiri diciendo:

--Me gusta!... y si permiten, punteo yo.

--Dale guasca, no ms.

--Geno--comenz el narrador;--aunque no tengo ms que veinticinco
aos...

--Sin contar los que mamaste y anduviste a gatas--interrumpi Toribio,
motivando una rplica violenta de Juan Jos:

--Si quieren oir, oigan! y si no, que enfrene y largue otro, que ni el
mejor parejero corre cuando se l'enrieda un cuzco en las manos...

--Tens razn: segu viaje.

--V'a ser corto. Mi han contao que yo nac en una madrugada escura en
que los rejucilos s'enredaban como pelota 'e gusanos, y era, pa mejor,
un viernes santo, que cay en 13...

--La ocurrencia, tambin, de la finata tu mama!...

--...y dejuramente eso me puso la marca 'e la desgracia, condenandom a
dir trompezando en tuito el camino 'e la vida.

--Flojo 'e tabas...

--No les v'ia contar tuitas las rodadas que he pegao...

--Hacs bien.

--...ni tuitas las disgracias que se ma han ido clavando en el alma
hasta dejarmel de un todo tullida; pero la ltima ju la que me di
contra el suelo.

--Dejuro!... siempre es la ltima copa la qu'emborracha...

--Pal trabajo...

--O contar que habas jurao matarlo al que lo invent, ande quiera que
lo encontrases...

--...nunca tuve suerte, y pal juego menos entuava. Pa lnico que ju
afortunado ju pa las mujeres. En los bailes se me solan amontonar
las novias como tropilla, y en ms de una ocasin me vide negro pa
desenredarme en el entrevero...

--Vamos mintiendo!...

--...Pero de tuitas, a la nica que quise de verd ju a Marculina Paz
y se muri cinco das antes del sealao pal casorio...

--Qui en paz descanse!...

--Y dende ese da...

El narrador continu enhebrando lstimas, y cuando hubo terminado,
otro entr en liza, y luego otro, hasta quedar solamente Yacar, un
correntino taciturno,--ms que taciturno, impasible,--capaz de pasarse
dos das sin desplegar los labios, de los cuales nunca nadie oy una
expresin de alegra ni de pena, de contento ni de desagrado.

Y como no diese indicios de tomar parte en el torneo, don Ponciano lo
espoloen:

--A ver, Yacar, cont vos tambin tu historia!...

Tras varios minutos de silencio, el correntino, con la vista baja,
siguiendo las lneas de las arabescas que dibujaba en la ceniza el dedo
gordo de su pie derecho, respondi:

--Io no tengo historia.

--Quines fueron tus padres?

--Io no s.

--Dnde nacistes?

--Tampoco s.

--No has tenido novia?

--Nunca novia no tuve, no.

--Pero alguna cosa te ha de haber pasao en la vida!...

--Nada nunca me pas.

--Y qu has hecho durante los aos que has vivido?

--Y qu hi di hacer?... Lo mismito qui har hasta qui muera: trabajar,
pitar, comer, dormir... Nada ms nunca no hice...

Callaron todos; y tras prolongado silencio, sentenci don Ponciano:

--Esa si qu'es la mejor historia!




CON LA CRUZ EN LA PUNTA


Era alto, fuerte, flaco, y feo. La cabeza chica, la cara grande. La
frente tan estrecha que no haba sitio para correr una carrera de tres
ideas juntas. Los ojos de un aterciopelado color de piel de lodo de
ro, expresaban bondad, mansedumbre; lo mismo que la nariz slida,
gruesa, aguilea, con dos aberturas amplias que aseguraban una perfecta
ventilacin pulmonar.

Pero, por debajo, de la nariz se abra, en tajo sombro, una boca
que era una verdadera boca de abismo, unos labios granticos, fros,
rgidos, que se alivianaban cansados de suspirar e incapaces de vibrar
en otras articulaciones sonoras que las expresivas de stira o injuria.

A las mujeres malas se les secan los senos; a los hombres infelices se
les acecinan los labios; razonable correlacin psicofisiolgica.

Esto dara motivo para una larga disertacin filosfica; pero volvamos
a Hermann, el hombre grande, fuerte y feo de que bamos ocupndonos.

Hermann, cuya verdadera nacionalidad--y cuyo verdadero nombre--nadie
conoca, podra tener treinta aos. Fu pen de chacra, pen de
estancia, puestero ms tarde, dedicndose a la cra de cerdos y de
aves y a las pequeas industrias derivadas.

Le fu mal.

Creyendo que la adversa suerte provena de la falta de una
mujer,--aparato regulador--se cas con una criolla que le dijo:
Quiero cuando l deca Envido.

Y le fu mucho peor, todava.

En poco tiempo desaparecieron los animalitos, los tiles de labranza.
Despus desapareci la chacra y casi en seguida la mujer, cuyo
cario,--si alguna vez lo tuvo--se haba ido mucho antes.

Desde entonces Hermann se despreocup del maana y no pens ms
en hacer casa ni en plantar rboles, esas cosas destinadas a
sobrevivirnos; sobrevenirnos con y para el hijo que tenemos o esperamos
tener.

--Yo no estuvo buenos a piliar felicidad--deca.

Y sentado en la glorieta de la pulpera, solo, la pipa entre los
dientes, el vaso de gim al costado, los ojos de Hermann, sus pupilas
color caramelo inmovilizaban la visin en lo infinito del horizonte
campesino, como en ansias de trasponer los mares de investigar la
remota tierra nativa, donde quiz hubiera an alguna ramita de afecto,
capaz de prosperar, de crecer, de hacerse rbol, cuidada y regada.

Pero, de vez en cuando, el solitario sala de su embebecimiento,
sacuda la cabeza y murmuraba en su media lengua:

--Yo nunca estuvo bueno domar pingo la suerte.

Y quitando la pipa de los labios--que entonces se cerraban formando
una larga y fina lnea crdena, semejando el cuello de un individuo
degollado despus de muerto--apuraba el vaso de gim sin hacer un gesto.

--Dios te conserve el tragadero, gringo--dijo un gaucho,--qui ha 'e ser
como papel de lija.

--Y a vos la lengua que ha estar igual escoba amontonar basura.

--No te da vergenza emborracharte asina, solo sin envitar a naides?

--Qu le va dar vergenza a este guampudo!--agreg otro mofador. Y l,
sin quitarse la pipa de los labios y otra vez perdida la mirada en las
lejanas del otero:

--Yo nada no tengo vergenza. Yo no importa palabras que dicen... Yo
estoy como ro: todo qu' echan dentro lleva fuera...

Cuando estall en el Uruguay la revolucin de 1904 fu uno de los
primeros en alistarse en las filas insurrectas.

--Vos sos blanco?--le preguntaron.

--Qu estn blancos?... Yo estoy gringo.

--Pero sos enemigo del gobierno?

--Quin est gobierno?... Yo quiere no ms ir guerra, matar hombres,
todos hombres pueda matar... Todos biches malos, hombres.

Y fu un formidable guerrillero. No tiraba muchos tiros, pero cada
disparo suyo era casi seguro que haca una vctima, porque apuntaba
largamente, amorosamente, a fin de que su bala fuese eficaz.

Concludas las peleas, volva a su aislamiento, a fumar su pipa, a
beber su gim,--del cual nunca le faltaba provisin, sin importrsele un
comino de si haban vencido o haban sido vencidos.

Una tarde, despus de una lucha singularmente trgica,
extraordinariamente sangrienta, Hermann se reposaba, fumando su pipa
y bebiendo su ginebra, cuando se le acerc un indiecito, conocido por
Rejucilo y en cuyo rostro estaban dibujados todos los estigmas de la
perversidad. Durante las cuatro horas que haba durado la carnicera,
Rejucilo estuvo junto a Hermann y haba admirado, no su valor, sino su
ferocidad, su pasin de matar.

Al acercarse al extranjero, que lo recibi, como a todo el mundo, fosco
y prevenido, dijo:

--Lo felicito, hermano.

--Yo no tengo hermano, yo no precisa felicitacin--fu la respuesta de
Hermann.

Rejucilo, sin desconcertarse.

--No importa. Lu he visto peliar. Se que pelea por puro gusto 'e matar
gente, lo mesmo que yo peleo, pa ver si se puede concluir con tuita la
gente, y di' ah mi simpata... Nu'es pa pedirle nada, es pa ofertarle,
es pa convidarlo que haga como yo... vea...

Y sacando de la cartuchera una bala de mauser cuya punta haba sido
tallada en cruz, repiti:

--Vea.

--Y qu?--pregunt el extranjero, despus de observar la bala.

--Y qu?... Que asina, con cruz en la punta, hace ms dao. Al dentrar
en el cuerpo y trompezar con un gueso, se abre como rosa y destroza
mesmo que rayo. Nu hay cristiano que aguante un chumbo d'esta laya.

Hermann, observ detenidamente la bala,--una dum-dum, al fin;--medit,
y luego tom la botella de gim y le ofreci un trago a Rejucilo. Era
la primera vez que haca aquello.

En seguida, desenvain el cuchillo, volc en el suelo la cartuchera y
se puso a tallar en cruz la camisa de niquel de los proyectiles.

--Gracias--dijo el indio, devolviendo el porrn.

--Nada... Vos ests amigo mo. Oijal peliamos maana!...




LOS GRINGOS


La estancia de los Horcones, despus de extenderse por varias leguas
en el oeste de la provincia, se ha ido desparramando en otras varias
leguas, por la pampa lindera.

Las primeras se debieron al esfuerzo consecutivo de tres generaciones
de Salazar de Villarica. Don Martn el fundador, fu un vasco recio
y animoso que se instal en el entonces semidesierto, con un rebao
de ovejas y cuya energa logr triunfar en la lucha incesante con la
indiada, con los malevos, con las policas, con los alcaldes y las
calamidades menores de las sequias torturantes y de las inundaciones
desvastadoras.

El segundo Salazar de Villarica, don Carlos, hered de su padre un
vasto y prspero establecimiento, que l agrand y perfeccion mediante
un esfuerzo y una tenacidad dignas del herico antecesor.

Contribuy no poco a sus xitos, Lino Colombo, robusto y activo mocetn
genovs, que empez por sembrar unas cuantas hortalizas y plantar una
docena de frutales.

Y dos aos despus, ya no era una docena, sino una centena de
durazneros, perales, manzanos, que formaba alegre festn al antes
desnudo y triste casern de la estancia.

La peonada gaucha mir al principio con adversin al innovador.

--Ah viene el loco 'e los rboles--deca despreciativamente uno, al
verlo regresar, siempre a pie, las herramientas al hombro, en mangas de
camisa, la cabeza eternamente descubierta.

--Ah est el dueo de la hacienda verde--mofaba otro, no pudiendo
comprender que el campo pudiese ser ocupado en otra cosa que en la cra
de vacas, caballos y ovejas.

Empero, como el gaucho es por naturaleza goloso, cuando lleg la
produccin, cuando pudieron hartarse de duraznos, de peras, de
manzanas, de membrillos, cesaron las hostilidades, aunque no las puyas,
hacia el ganadero de la hacienda verde, a quien, por otra parte, don
Carlos dispensaba la mayor confianza, alentndolo en sus plantaciones.

--Dejenl tranquilo a mi gringo. El trabaja lo mismo que nosotros,
para nosotros para los que vengan. Cada uno tenemos nuestra misin en
la vida, y la cosa es cumplirla bien. Los caballos no sirven para el
matadero, ni los bueyes para correr carreras.

Y los gauchos se iban acostumbrando; pero ocurri que una vez, al
regresar el patrn de un viaje a la ciudad, trajo una bolsita de
semillas que Gino recibi con manifiesta expresin de jbilo.

Desde la madrugada del da siguiente, se puso a preparar un
gran rectngulo de tierra elegida. La prepar animosa, prolija,
cariosamente, y cuando al fin esparci sobre ella la diminuta semilla
del saquito trado por el patrn, su rostro bello y enrgico expresaba
la alegra de un gran acto triunfal.

--Qu yuyo es ese?

--Espera, espera...

--Se come?

--No se come, ma da de comer.

Los gauchos se encogieron de hombros, considerando con desprecio
aquellos centenares de plantitas de un verde de plata, que crecan
rpidamente, estirando sus tallitos endebles...

Quince aos ms tarde, diez mil eucaliptus, unos colosos ya, otros
de mediana altura, formaban un delicioso parque, recreo de la vista,
generador de salud, fuente preciada de riqueza en todo sentido...

A la muerte de don Carlos, Pedro, el tercer Salazar de Villarica,
se encontr poseedor de una inmensa fortuna. Acababa de regresar de
Europa, donde fuera en viaje de recreo y de instruccin, al terminar su
carrera de abogado.

Hombre de ciudad, no descuid, sin embargo, sus intereses, y sigui
la tradicin, administrando y explotando personalmente sus estancias,
contando siempre con la eficaz ayuda del fiel genovs, quien no
obstante haberse enriquecido, comprando tierras con sus economas, y
a pesar de tener varios hijos y muchos nietos, todos propietarios,
continu prestando su mayor atencin y sus ltimas energas al cuidado
de los bienes de sus patrones.

Y con tanto mayor motivo, cuanto que los cinco hijos del tercer Salazar
de Villarica--dos mujeres y tres hombres--se haban despreocupado por
completo, consagrados a la ociosidad fastuosa, viviendo la mayor parte
del ao en Europa, desparramando monedas con esplendidez de nababs.

Y como los derroches eran idnticos en el ciclo de las siete vacas
flacas que en el de las siete vacas gordas, la mina empez a disminuir
su cosecha de oro.

Y recin cuando frente al pedido de una fuerte suma de dinero, Gino
respondi manifestando la imposibilidad de conseguirlo sin recurrir a
operaciones onerosas, Julio, el mayor de la familia, resolvi ir a la
estancia.

--Dejenm no ms, que yo les voy a arreglar las cuentas a esos gringos
ladrones!--manifest al partir.

Todas las explicaciones de Gino fueron intiles. Grandes extensiones
de tierra estaban desiertas porque las haciendas propias se haban
malbaratado para satisfacer el incesante pedido de sumas cuantiosas...

--Y los arrendamientos?

--Ya no hay arrendatarios, patrn. La poca es mala, el precio caro;
quien arriende se muere de hambre.

--Lo que hay--exclam violentamente el mozo,--es que ustedes se
aprovechan con la confianza que les damos; lo que hay es que ustedes
los gringos nos van tragando poco a poco!...

El viejo servidor no pudo permanecer impasible ante el insulto tan
supremamente injusto. De un brusco manotn se arranc el chambergo
que tir con rabia al suelo, y sacudiendo la larga, espesa melena
nevada, grit, golpeando el pecho con las manos encallecidas en ms de
cincuenta aos de labor sin treguas ni fallecimientos:

--Los gringos!... Ma los gringos aqu son ostedes, ostedes que se
pasan en la Uropa, gastando la plata en divertirse, sin trabacar, sin
hacer nada per so tierra!... E in cambio, o, gringo, vivo aqu,
pegao a la tietro que beso y riego con mi sodor, haciandola cada vez
ms rica!... Y yo tengo once hicos, que son arquentinos, que trabacan
la tierra y la quieren, y tengo trentaun nietos arquentinos y todos
tenemo las races del alma metidas inta la tierra arquentina como los
ucalitos, esos d'all, todos esos, que yo plant cuando!...

Y luego, presa de un acceso de lgrimas, dijo, sacudiendo la nevada
cabeza:

--No! no me dica esto, don Culio!... Y sabe, no es por ofensa, pero,
en verit, aqu los nicos gringos sos ostedes, ostedes que tienen
vergenza de so tierra, que ni meno la conocen, e que porque no la
conocen no la quieren...




DESAGRADECIDOS


Luca una soberbia maana de otoo, de luminosidad enceguecedora, de un
ambiente fresco, que alegraba el espritu y despertaba energas: un
da como pa domingo,--segn la frase de Caraciolo.

La recorrida del campo fu un agradable paseo matinal, sin trabajo
alguno: los alambrados se encontraban en perfecto estado: con las
pasturas en flor, la hacienda estaba inmejorable y en las majadas an
no haba dado comienzo la paricin.

Sandalio, Felipe y Caraciolo retornaban a las casas, al tranquito,
charlando, aspirando con fruicin el aire puro, embalsamado con las
yerbas olorosas que alfombraban las colinas.

Estando an a cinco o seis cuadras del galpn, el negro Sandalio
levant la cabeza, olfate con fruicin y dijo:

--Estoy sintiendo el olor del asao... Vamos apurando un poco, porque ya
saben que a ese seor si lo hacen esperar se pone todo fruncido.

Felipe haciendo pantalla con la mano y tras ligera observacin exclam:

--En la enramada hay dos caballos ensillados: y si no me equivoco, uno
es el zaino del comisario Morales.

--Eh!...--exclam Caraciolo con expresin de disgusto; pues, por lo
general la visita de la polica nunca llevaba a los moradores de los
ranchos otra cosa que incomodidades e inquietudes.

Llegaron. Felipe no se haba equivocado: en el galpn, al lado del
fogn, haciendo rueda al costillar que se doraba en el asador, estaban
el comisario y el sargento, hacindole honor al amargo que cebaba el
viejo Leandro.

Al respetuoso saludo de los peones, el comisario respondi con
amabilidad inusitada:

--Qu tal, juvent, como les va diendo?... Rejuntando solsito pal
invierno?... Sientens no ms, por m, no hagan cumplimientos.

Y luego, dirigindose al viejo Pancho, el comisario continu el relato
interrumpido por la llegada de los peones.

--Pues, como les iba diciendo, los diareros de la capital, chiyaron
tanto que el menistro no tuvo ms remedio que mandarme atracar un
sumario.

El jefe, al notificarme me dijo:--No te asusts y and campiar genos
testigos y que los traigan bien sobaos no sea que dispus s'enrieden y
te comprometan a vos y me comprometan a m...

Miedo, pa decir verd, nunca tuve, ya soy veterano en eso'e los
sumarios; con un poco de habelid siempre se sale bien y lo pior
que puede suceder es que lo cambeen a uno pa otra sesin o pa otro
departamento; pero da rabia que lo incomoden a uno por un savandija...

--Ju Natalio Surez, no?--pregunt don Pancho.

--S... a quien uno se ve obligao en las ocasiones a atracarle unos
palos.

--Pero Natalio muri.

--Muri por culpa de el mesmo. Yo le sacud de plano,--naides me puede
tildar de hereje y de lastimar un hombre sin necesidad,--pero en un
viaje se me ju de acha, a cualesquiera le puede pasar,--y medio le
baj una oreja... El animal se hizo trir un puao de bosta y se lo
puso en la herida; le dentr pasmo y estir la pata. De ah vino el
barullo y cuasi me amuelan. Por fortuna que los testigos y el juez de
paz y el mdico de poleca se portaron muy decentes, y que de arriba
trabajaron juerte, que sino me la iba ver fiero.

--He ido decir,--habl el viejo,--qu'el deputao Menchaca la peliaron
lindo.

--Y el deputao Mendieta, entonces, que hasta sali a los diarios
p'hacer mi defensa?... Y aura, digam ust, amigazo, cmo no va uno a
serles fiel a hombres que lo sirven a uno de ese modo?... Lo qu'es yo,
ms fcil es que me olvide del nombre 'e mi madre que de un servicio
recibido... Ansina, tanto el dotor Mendieta como el dotor Menchaca
pueden estar seguros de que en las que vienen yo los gelvo a sacar
deputaos...

--Llenando las urnas con gatos!--exclam riendo Sandalio.

--Y aunque sean con aperiases, si los gatos no alcanzan!--exclam
Morales, con expresin de la mayor sinceridad.

Y luego, con entonacin solemne:

--Sepa amiguito que el hombre que no es honrao es ms despreciable que
un escuerzo; y que un desagradecido nunca puede llamarse honrao...
Pongo por caso ustedes; ni yo ni mi poleca los hemos incomodao
nunca... es verd o no es verd?

--Es verd.

--Ustedes van a las reuniones, a las carreras, andan puande quieren y a
pesar de que sabemos que son del otro pelo, nunca se les ha dicho nada
ni se les ha hecho nada... Es cierto o no es cierto?

--Es cierto... hasta ura gracias a Dios...

--Ah est!... Ustedes reconocen que mi poleca los ha tratado siempre
bien y que con otras quien sabe lo que les hubiera podido acontecer...
Geno, ura diganm no seran ustedes unos mal agradecidos si se
negaran a entregarme sus boletas, alegando que son del otro lao?

Callaron los mozos y el comisario concluy sentenciosamente:

--No, a mi no me vengan con desagradecidos!... A esos no les tengo
lstima, palabra que no; y ms tarde o ms temprano, me las tienen que
pagar!

--Ya est el asao,--avis don Pancho; y el comisario Morales, dando a
su rostro la expresin alegre y bondadosa de momentos antes, exclam:

--A la carga muchachos, que p'asao gordo no hay hombre malo!...




LA ABSURDA IMPRUDENCIA


Don Eufrodio Villamoros posea una esplndida plantacin de naranjos a
espaldas de Bella Vista, la coqueta ciudad correntina recatada detrs
de las altsimas barrancas que, en aquel paraje guarecen la ribera del
Paran.

A la entrada del naranjal se alzaba la poblacin, sencillo y alegre
edificio, sobre cuyos muros muy blancos y sobre cuyos muy rojos
cabrillea el sol casi todas las horas de casi todos los das del ao.
Del lado del sud, tres cambanambs las defienden contra los vientos
malos del invierno. Un valladar de duelas, totalmente cubiertas por las
exhuberantes vegetaciones de las madreselvas y los rosales silvestres
le forman una discreta cintura verde, siempre verde y florida siempre.

Sobre el patio, la casa tiene, como la mayor parte de las casas
correntinas, un amplio corredor, fresca terraza desde donde, se
divisa, hasta perdida de vista, el inmenso mar, verde e inmvil de las
plantaciones.

Don Eufrodio pasa all, en unin de su esposa, Misia Micaela, y de su
hija Ubaldina, la mayor parte del ao; sobre todo, despus que esta
ltima hubo terminado sus estudios en la capital de la provincia.

La nia--que a la reinstalacin de la familia en la casa solariega,
contaba apenas quince aos,--amaba apasionadamente aquella existencia,
donde pareca reinar inquebrantable silencio, no obstante el contnuo
clamoreo de las aves y el cantar sin ms tregua que las sombras
nocturnas, de los pjaros, que, entre cautivos y libres, sumaban
mriadas. Silencio engaador y tan aparente como el aspecto de quietud
y de inercia que ofreca aquella activsima colmena.

Cada vez que, era indispensable--por razones particulares o de
obligacin social, hacer un viaje a la ciudad--veinticinco minutos
de trote perezoso del viejo tronco tordillo,--Ubaldina lo haca
contrariada y se esforzaba en apresurar el regreso a la tibiedad
perfumada de su nido.

No era, sin embargo, un espritu esquivo y agreste. Haba recibido una
educacin esmerada, y posea, como casi todas las nias correntinas,
intensa aficin por las artes, desde la msica y la literatura hasta
los prodigiosos primores de la aguja.

Era s, un temperamento sensitivo, delicado, casi enfermizo.

Menudo, ms que delgado, su rostro de rasgos finos y armoniosos, tena
un color trigueo extremadamente, palidez que haca resaltar la negrura
de sus grandes ojos en perfecta forma de almendra.

Su alegra silenciosa no haba sido nunca alterada por ningn capricho,
por ningn deseo extravagante. El amor no haba an hablado a su
corazn juvenil, y como estaba de un todo desprovista de coquetera,
los piropos y las frases galantes le pasaban inadvertidos.

Sin embargo, el despertar estaba prximo. Un verano fu a pasar las
vacaciones en la finca; su primo Rmulo, gallardo mancebo que estaba
terminando sus estudios de ingeniera en Buenos Aires.

El mozo logr intimar muy pronto con ella. Su conversacin frvola y
voluble la entretena como el incesante, y bullicioso revolotear de los
gorriones. Sus dislates y sus bromas infantiles la hacan reir.

El tambin rea, burlndose de la seriedad de Mamita, como la haba
apodado. Despus de la cena, en las esplndidas noches de triunfo
lunar, charlaban largamente bajo la glorieta embalsamada con el perfume
capitoso de los azahares. Muchas veces, mientras l hablaba, picoteando
todos los temas, Ubaldina sola quemar silenciosa, inmvil, el bello
rostro de virgen morocha, fija la mirada de sus ojos profundos en la
fronda espesa y obscura del naranjal. Una vez l le dijo:

--Le ha puesto candado a la boca, Mamita?

--S; y he perdido la llave--respondi ella sonriendo.

--Yo s dnde est--replic el mozo.

--Dnde?

--Dentro de su corazn; y si usted me lo permite yo entrara a sacarla.

Ruborizse Ubaldina y respondi con visible emocin:

--No s cmo iba a entrar...

--De la nica manera como se entra en un corazn de mujer: con la
ganza del amor...

Rmulo tambin habase sentido emocionado extraamente, cual si
advirtiera recin que la frvola camaradera se hubiese transformado
en un sentimiento ms hondo...

       *       *       *       *       *

Despus de un ao de ausencia en el obligado, viaje a Europa, el joven
matrimonio regres al terruo, con gran contentamiento de Ubaldina,
en cuyo espritu las maravillas del viejo mundo no lograron entibiar
el cario a la casita rstica, a los camanambes, que parecan tres
formidables esclavos etipicos, al cerco florido y al ocano verde del
planto, a las aves y los pjaros familiares, y, sobre todo ello, a los
viejos genitores.

Rmulo, en cambio, experiment bien pronto la nostalgia de las
bulliciosas capitales; y al mes de permanencia en la chacra, pretext
urgentes asuntos y se march a la capital.

Era a la entrada del verano. Poco despus la ciudad paranense se sinti
flagelada por terrible epidemia de viruela, y Ubaldina fu de las
primeras en trasladarse con su madre al foco epidmico y en prodigar
sus cuidados y sus auxilios a los infelices indigentes, carne preferida
del implacable mal.

Ubaldo escribi condenando la tremenda imprudencia de su esposa y
ordenando que regresara a la finca.

La orden ay! lleg demasiado tarde. El flagelo, como si quisiera
vengarse de aquella abnegada criatura, merced a cuya intrpida
solicitud se le haban escapado de las uas ponzoosas decenas de
vctimas, hizo presa en ella, mordindola con atroz ferocidad.

Rmulo, venciendo su egosmo miedoso, no tuvo ms remedio que acudir
al llamado de la familia, pero se neg rotundamente a penetrar en la
habitacin de la paciente.

--No puedo!, no puedo!--alegaba;--me partira el corazn verla en
ese estado!...

Y ella, la madrecita santamente buena, enterada de su presencia, aprob
su conducta, diciendo:

--S; s; hace bien; yo no quiero que pueda contagiarse... Con saber
que est ac me siento feliz...

La mayor parte del da y una buena parte de la noche, pasbalas Rmulo
paseando por el naranjal y tomando todo gnero de precauciones para
esquivar la contaminacin.

--Qu macana!, pero qu macana!--monologaba--Qu necesidad tena
esta mujer de ir a agarrar esa asquerosa enfermedad por servir a
desconocidos, gentes miserables, a quienes la muerte les hace un
servicio?... Qu los hubiera auxiliado con dinero, santo y bueno; pero
exponerse as, no tiene nombre!...

Debi pensar en m; pero, todas las mujeres son iguales, del ltimo
que se acuerdan es del marido!... Por un capricho bobo, por un
sentimiento estpido, le arruinan a uno lo mejor de la existencia...
Yo que estaba preparando para este invierno un macanudo viaje por
Italia!... Viaje de placer; pero, sobre todo, de estudio, que es
necesario, que sin salir de aqu, uno no es nunca ms que Juan de los
Palotes, por ms talento que tenga... Ahora, aunque se salve, cmo me
voy yo a presentar a mis relaciones con una mujer desfigurada, fea,
ridculamente picada por la viruela... Qu macana!... qu macana!...

Haca rato que haba cado la noche cuando regres a la casa. Al
penetrar en la glorieta not algo inslito que le hizo presumir
la catstrofe: voces apagadas, murmullos, sollozos, las luces sin
encender...

Detvose conturbado. Esper.

Misia Micaela, advertida de su esposo, fu hacia l, y anegada en
lgrimas, balbuce:

--La pobrecita!...

--S!... acaba de morir!... Sus ltimas palabras fueron para usted,
pidindole que la perdone!...

Y como la pobre madre, anonadada por la pena, hiciera ademn de
tenderle los brazos, l retrocedi bruscamente, experimentando un
escalofro de miedo, y sin poder refrenar su brutal egosmo, exclam
con rabia:

--Qu macana!... qu macana!

Y luego guard silencio, pensando, sin duda, en su proyecto de viaje a
Italia, malogrado por la absurda imprudencia de su esposa...




POR CORTAR CAMPO


--Cortando campo se acorta el camino--exclam con violencia Sebastin.

Y Carlos, calmoso, respondi:

--No siempre; pa cortar campo hay que cortar alambraos...

--Bah!... Son alambrao de ricos; poco les cuesta recomponerlos!

---Eso no es razn; el mesmo respeto merece la propied del pobre y del
rico... Pero quera decirte que en ocasiones, por ahorrarse un par de
leguas de trote, se espone uno a un viaje al pueblo y a varios meses de
crcel.

--Y di'ai?... La crcel se ha hecho pa los hombres!...

---Cuase siempre pa los hombres que no tienen o que han perdido la
vergenza.

--Es provocacin?...

--No, es consejo.

--Los consejos son como las esponjas: mucho bulto, y al apretarlas no
hay nada. Dispus que uno se ha deslomao de una rodada, los amigos,
p'aliviarle el dolor, sin duda, encomienzan a zumbarle en los odos:
No te lo haba dicho: no se debe galopiar ande hay aujeros!... La
culpa'e la disgracia la tens vos mesmo, por imprudente... Y d'esa
laya y sin cambiar de tono, fastidiando los mosquitos...

--Hac tu gusto en vida--contest Carlos;--pero dispus no salgs
escupiendo maldiciones a Dios y al diablo.

       *       *       *       *       *

Hace un fro terrible y el cielo est ms negro que holln de cocina
vieja.

De rato en rato, viborea en el horizonte, casi al ras de la tierra; un
finsimo relmpago, y llega hasta las casas el eco sordo, apagado, de
un trueno que revent en lo remoto del cielo.

Las moles de los eucaliptus centenarios tienen, de tiempo en tiempo,
como estremecimientos nerviosos, previendo la inminencia de una batalla
formidable.

Las gallinas, inquietas, se estrujan, forcejeando por refugiarse en el
interior del omb.

Los perros, malhumorados, interrumpen frecuentemente su sueo,
olfatean, ambulan y no encuentran sitio donde echarse a gusto...

El portoncito del patio se abre sin ruido, y Carmelita, precedida
por la parda Julia, lo trasponen y se encaminan rpidamente hacia el
higueral del fondo. Sus pies, calzados con alpargatas, no producen
ruido alguno al avanzar sobre la hierba hmeda.

Sin embargo, Vigilante, el gran mastn azabache, las sinti e inici
un ladrido que Carmelita logr apagar acaricindole la gruesa testa.
Gru, disgustado, sin duda, ante aquella intempestiva incursin
nocturna, pero en su respeto a la patroncita torn a echarse, dejando
libre el paso.

Las fugitivas, luego de pasar, por entre los hilos, el alambrado de la
huerta, encontrronse en pleno campo. Carmelita detvose aterrorizada.

--Tengo miedo!--exclam.

--Miedo a qu?...--respondi la parda con un dejo despreciativo.

--Miedo a todo! Mucho miedo!...

--Me hace rir, nia!... Tener miedo cuando Sebastin la espera en
sus brazos!... Qu daga es capaz de sacarle chispas a la daga de
Sebastin?...

--Tengo miedo a Dios!...

--Salga di'ai, nia!... Primero, que Dios est muy ocupao pa meterse
en esas cosas; y segundo, que si Dios es justo, no le ha de acumular
delito. Sebastin la quiere a ust; ust lo quiere a Sebastin, y
no han de hacer su gusto porque su tata s'emperre en casarla con ese
dotorcito pelao, con vidrios en los ojos y ms fiero que pichn de
venteveo... Salga d'iai!

--No s... ser... tengo miedo!...

       *       *       *       *       *

Despus de la conversacin tenida con Sebastin, Carlos se abism en
cavilaciones. Sabedor del propsito de su amigo, de raptar a Carmelita,
su conciencia de hombre honrado encontrnbase en doloroso conflicto.
Sebastin era su mejor amigo, su hermano; pero el padre de la
muchacha, don Sandalio, era su padrino y su protector. Qu hacer?...
Poner a ste en conocimiento de resolucin tomada por los novios
ante su obstinada negativa? No; hubiese sido indigno de su nobleza
oficiar de delator; obrara por su propia cuenta, por ms que reconoca
temeraria tal determinacin.

Al obscurecer ensill; churrasque a prisa y con desgano y se encamin
a la portada del alto grande, donde su amigo, segn se lo haba
comunicado, deba esperar a Carmelita, conducida por la parda Julia.

A pesar de la profunda obscuridad de la noche, Carlos advirti, junto
al alambrado, como a media cuadra de la portera, un jinete desmontado,
y no cabindole duda de que fuese Sebastin, se encamin hacia l.
Pronto se reconocieron.

--Qu ands haciendo, cuidndome?... Soy bastante crecido para poder
andar sin ladero!--exclam agriamente el galn.

--A las veces los hombres se vuelven criaturas y carece acompaarlas
pa evitar que se disgraceen en alguna travesura--respondi, tranquilo
siempre, el amigo.

--Yo no preciso; gracias, y andate.

       *       *       *       *       *

--P'uac, nia... tenga valor, caray!... ya estamos cerquita...

--No, Julia, no; vamos para casa!... Volvamos, no quiero, no
quiero!... Pobre tata, se morira de pena y de vergenza!...

Sebastin haba odo el dilogo; at a un poste del alambrado a su
caballo, y, pasando por entre los hilos, fu al encuentro de su prenda.

Carlos lo sigui, e interponindose entre l y Carmelita, exclam con
expresin autoritaria, dirigindose a sta:

--Vulvase en seguida pa las casas!...

--Es lo que le estoy pidiendo a Julia!--gimi la moza.

--Y a usted, quin le da vela en este entierro?--profiri con
insolencia la parda.

--Lo que yo s es quin te v'aplastar las motas a talerazos!...

Con voz ronca, amenazante, Sebastin dijo:

--Soy yo el que pregunta... qu vens a hacer aqu?

--A salvar al viejo, a Carmelita y a vos...

--No necesito ni quiero salvadores!... Dame lao, o me via olvidar de
que somos amigos...

--No--respondi Carlos con imperturbable serenidad.

Sebastin, furioso, desenvain la daga; pero su amigo, con un rpido y
recio golpe de rebenque en la mueca, le hizo volar el arma.

Enceguecido con la humillacin, Sebastin sac la pistola, apunt e
hizo fuego.

A la detonacin sigui un grito angustioso de Carmelita, que herida en
medio del pecho, se desplom sobre la hierba blanda y hmeda del campo.

Tras una pausa impresionante, Carlos avanz, puso la diestra sobre el
hombro de su amigo aterrado y dijo con expresin de inmensa pena:

--No te albert que cuasi siempre cortar campo es alargar el
camino?...




POR QU BASILIO MAT UN FRAILE


Al sentir la detonacin del escopetazo y ver caer del caballo al padre
Jacinto con la cabeza deshecha, Alfonso, horrorizado, talone al
matungo, le afloj la rienda, cruz a galope el vado y sigui a escape
por el camino real, sin direccin y sin propsito.

Iba huyendo, simplemente. Iba huyendo de la espantosa escena
presenciada. En los tres aos que llevaba al servicio del padre
Jacinto, haba tenido oportunidad de ver muchos muertos, y de ver
morir; pero nunca haba visto matar a nadie.

Al pasar, disparando por frente a la comisara rural, un milico que lo
vi y supuso iba con el caballo desbocado, mont, sali a su encuentro
y lo detuvo.

El chico sinti crecer su espanto, porque para la mentalidad
objetivadora de las sencillas almas campesinas, un crimen es un
tringulo con tres vrtices igualmente aguzados y peligrosos: el
delincuente, la polica y el juez.

La turbacin del muchacho, infundi sospechas. Se le someti a un
interrogatorio y l respondi contando lo que saba y lo que haba
visto. Su declaracin deca textualmente as:

El jueves cinco salimos de la villa San Pedro, el padre Jacinto y
yo para hacer una gira por la campaa. El padre Jacinto era un cura
jovencito, recientemente nombrado teniente en la parroquia. Pareca muy
pobre, y el prroco, que era viejo y achacoso, le cedi la oportunidad
de ganarse muchos pesos, casando y cristianando en excursin campera.

Haban andado ocho das con resultado bastante halageno. Realizaron
muchos casamientos y la mar de bautizos, lo que import una buena suma
de dinero y con muy escasos gastos, porque el alojamiento siempre era
gratuito y an no se haba consumido una tercera parte de la damajuana
de agua bendita que Alfonso llen en la cachimba del fondo de la
iglesia.

El negocio iba muy bien. El padre Jacinto estaba contentsimo. Tanto,
que habiendo encontrado en el camino un buhonero rabe, le compr el
mejor par de caravanas que llevaba, sin duda para ofrendrselas, a la
vuelta, a Mara Santsima, u otra tan virgen como Mara.

Todo marchaba muy bien, cuando en el caer de una tarde, iban
acercndose a un arroyito, traspuesto el cual, y andadas un par de
leguas, deban llegar a la estancia de un viejo muy viejo, muy pecador
y muy miedoso, candidato seguro, por esas tres circunstancias, a
recompensar generosamente la accin purificadora del joven y santo
varn, que iba por los campos con la sagrada encomienda de desinfectar
las almas contaminadas con el pecado ambiente.

Iban ya llegando al arroyo, cuando un hombre que estaba sentado bajo
un tala, con una escopeta en la mano y al parecer abstrado en la
contemplacin del pajonal inmediato, levant bruscamente la cabeza, se
ech el arma a la cara e hizo fuego.

El comisario y su escribiente se miraron.

Sera Basilio?

--Cmo era el hombre de la escopeta,--pregunt el comisario.

--No s,--respondi el chico.

--Huy despus del crimen?

--No s tampoco.

Mientras Antonio quedaba preventivamente detenido, el comisario mand
al sargento y dos soldados con orden de aprehender a Basilio.

Este no opuso la menor resistencia.

Esa noche durmi tranquilamente en el calabozo y con la misma
tranquilidad se present al otro da ante el comisario, quien,
conocindolo de largo tiempo atrs, sabiendo que era un mozo bueno, muy
trabajador, muy retrado, se asombraba de que hubiese cometido aquel
crimen alevoso. Es ms, se resista a creer en su culpabilidad. Por esa
razn, empez a interrogarlo bondadosamente.

--El sargento me dijo que vos te habas confesado autor de la muerte
del padre Jacinto, es verdad?

--Es verdad, si seor,--respondi Basilio con la mayor calma del mundo.

--Qu te haba hecho?

--Nada.

--Lo conocas?

--No.

--Por qu lo mataste, entonces?

--Porque era fraile.

El comisario Lpez, paisano vivaracho, que haba visto mucho en sus
cincuenta aos de vida, que conoca uno por uno a los hombres del pago,
se qued observando atentamente al criminal. Qu misterio entraaba
aquel crimen inexplicable?

Basilio era un excelente muchacho. A la muerte de su padre, haba
heredado la pequea propiedad, un campito, una majadita de ovejas, unos
matungos, cuatro yuntas de bueyes y unas pocas lecheras. Viva solo.
Slo cuidaba su hacienda, solo labraba su chacra. Muy rara vez se le
vea en la pulpera; no iba a carreras ni a bailes. No se le conocan
vicios, ni amigos. Tena fama comarcana de trabajador y honesto...

--Amigo Basilio,--insisti afectuosamente el comisario,--hbleme con
franqueza. Yo lo estimo y tratar de ayudarlo en lo posible... Usted
es un vecino serio, un hombre juicioso y algn motivo debe tener para
haber cometido ese delito... Por qu mat al padre Jacinto?

--Ya dije: porque era fraile.

--Ust enemigo de la religin?

--Yo?... No!... Hay unos que creen, hay otros que no creen: pa m es
lo mesmo.

--Pero usted no cr?

--Yo?... Yo no s!... Qu vi'a saber yo, que soy un bruto!...

--Pero les tiene odio a los frailes.

--Ah! Eso s!

--Por qu?...

Basilio se rasc la cabeza. Luego dijo:

--Vea, comisario. Yo ya voy diendo pa viejo. Dende muchacho he
trabajao y he visto que tuitos los hombres honraos y tuitos los
animales buenos, trabajan pa ganar lo que comen... Cuando yo era tuava
un mocoso, mi padre me di una soba'e lazo sin razn, y yo me ju de
casa... Anduve rodando y al fin ci al pueblo y me conchav con el
cura... Eramos dos muchachos y nos tena dende el amanecer trabajando
en la quinta... Nunca nos pag nada. La comida, y gracias. Y eso,
escasa, porque toda la comida era poca para l, y a cada rato nos
retaba y nos pegaba.

El no haca nada y no le faltaba nada. Los ricos le mandaban postres.
Los pobres, si cuadra, se quedaban sin comer pa traile una gallina o
una docena de gevos... pero si venan a pedirle que dijese una misa
por el alma de un finao, no haba caso sin pintar la moneda.

Don Antonio,--se llamaba don Antonio e fraile,--se muri de una
indigestin. Vino otro, don Genaro, y era lo mesmo. A ese lo sacaron
porque hizo unas cosas fieras, y dispus, trugeron un viejo gordo que
no haca ms que comer, chupar vino y dormir... Yo me cans y me ju...
Anduve rodando, trabajando y cuando muri el finao mi padre y me toc
el campito, me vine a trabajar, a cuidar los animales, a sembrar la
chacra...

Basilio se interrumpi, qued un momento pensativo y luego respondi:

--Yo les tena muchsima rabia a las cotorras que me coman el maz, y
a los zorros que me mataban los corderos... Les tena rabia, no tanto
por el mal que me hacan, sin porque son unos haraganes inservibles
que viven del trabajo ajeno... Ayer de maana me encontr que los
zorros me haban muerto cinco corderitos... De tardecita cargu la
escopeta y los ju a aguartiar en la orilla del pajonal... A la cuenta
me olieron, porque no sala ninguno del escondite... Llevaba dos horas
perdidas all, dos horas que me hacan falta pa desgranar unas fanegas
de maz... Y eso hizo que se m'emprease la rabia!... No apareca
ningn zorro... En eso pas un fraile y le prend juego!...

Basilio escupi, di vueltas al sombrero entre sus dedos callosos y,
mirando al comisario con sus grandes ojos, concluy:

-Ju asina no ms que mat al fraile.




LINDO PUEBLO!


Ivirapit es una aldea que se parece a los viejos: cada ao que
trascurre se achica algo ms.

Tiene muchas calles y pocas casas, un par de docenas de ranchos, a
lo sumo; cuentan que antes hubo ms; pero se fueron secando como los
parasos de la plaza.

Y a medida que disminuye la poblacin humana, aumenta la perruna.
Hay en el pueblo una enormidad de perros; pero como todos son perros
pobres, le temen a la polica y no se meten con las personas. De qu
viven, nadie lo sabe, lo mismo que nadie sabe de qu viven las tres
cuartas partes de los habitantes del pueblo. Don Macario--a quien
interrogamos al respecto--nos ilustr diciendo:

--En verano, de siesta, mate amargo y miz asao.

--Pero si yo no veo aqu ninguna planta de maz!

--No; pero a media legua, o tres cuartos de legua de aqu, hay
estancias que tienen chacras.

--Comprendo!... Y en invierno?...

--En invierno, es fcil agenciarse una o dos ovejas por semana.

--Cmo?

--Pues... carniando como los zorros, en las noches oscuras.

La siesta era, en efecto, algo as como un vicio en Ivirapit. Deban
dormir durante todo el da, pues aparte de algunos chicos haraposos y
de los perros famlicos, rara vez se vea un transeunte por la calle,
cuyas pasturas proporcionaban abundante alimento a los matungos de la
polica y a las mulas del pulpero, nico comerciante del pueblo.

All no haba iglesia, ni farmacia, ni panadera, ni carnicera, ni
mucho menos escuela; y en cuanto a la polica, estaba constituda
por un cabo y dos milicos, quienes, da y noche, lo pasaban en la
trastienda de la pulpera, chupando ginebra y jugando al truco.

--Parece mentira que ni gallinas se vean en este pueblo!--exclamamos.

--Antes haban muchas; pero se acabaron.

--Alguna peste?

--No. Como aqu ningn solar tiene muros, las gallinas se iban a la
calle y fulano se coma las de zutano, zutano las de mengano, y as
hasta que las concluyeron.

--Y la polica?...

--La poleca ayud bastante, hay que decirlo, comiendo de las de todos,
sin hacer preferencias ni enjusticias. El cabo Prez, lo mesmo que los
melicos, son muy genos, no incomodan a naides.

--Lindo pueblo!

--Lindazo.

--Y nunca vienen forasteros?

--All por la muerte un obispo suele cruzar alguno... Aqu hasta las
mangas de langosta pasan de largo, porque nos despresean y prefieren
galopiar tres leguas pu'el aire pa dir a los naranjales de o Facundo y
a los trigales del rengo Alfonso...

Ri el viejo evocando una escena que se le antojaba en extremo cmica:

--Una vez vinieron unos forasteros: un fraile, un sacristn y tres
manates. Diban p'hacer un casorio en una estancia del pago, y como
cayeron al escurecer, hicieron noche en la pulpera... Al otro da,
cuando diban a seguir viaje, el pulpero tuvo que prestarle sus mulas pa
prenderlas al breque...

--Se haban ido los caballos?

--S; se jueron junto con el poncho'el cochero y las valijas de los
manates...

--Y no descubrieron a los ladrones?

--Hast'aura, no.

--Y cundo fu eso?

--Va como pa diez aos.

--Entonces, para qu est la polica; para qu sirve la polica?...

El viejo gaucho nos mir con expresin de asombro y respondi sin asomo
de irona:

--Cmo pa qu sirve?... Y las votaciones quin las iba hacer?...

--Lindo pueblo!

--Lindazo; aqu tuitos viven y los que tienen habelid viven bien.

--Y usted de qu vive?

--Yo?... Yo tengo ms habelid que ninguno... sacando el pulpero, se
entiende...

--No comprendo qu negocios puede hacer el pulpero con gentes que no
tienen nada ni trabajan en nada.

--Que no tenemos nada, es verd; pero trabajar, trabajamos, y le
vendemos cueros, cerda, plumas de and y de cuando en cuando una
puntita'e ganao.

--Y de dnde sacan todo eso?

--De donde haiga, pues!... Pucha que haba sido lerdo!...




LANZA SECA


Profundamente abatido, Ponciano resisti an:

--No Nerea!... Eso no; pa qu comprometerme al udo?... Tens ganas
de comer una ternera gorda?... Yo tengo muchas en mi rodeo y no vi
dir a carniar la ternerita blanca del vasco Anselmo, exponindome a un
disgusto...

--Comprasel!

--Ya te dije que no quiere venderla.

--Robasel, entonces...

Y luego, con esa expresin de insolente fiereza que slo saben tener
las mujeres, exclam:

--No ha de ser el primer zorro que desolls!...

La bofetada hizo empurpurar sus flacas mejillas tostadas por todos los
soles estivales y por todas las heladas invernales. Pero la pasin, una
pasin casi senil, le mane la voluntad y el orgullo. Guard silencio.

Envalentonada, la china impuso:

--Ya sabs: el lunes que viene, de aqu cinco das, es mi santo, y yo
quiero festejarlo comiendo la ternerita blanca del vasco Anselmo.

Ponciano se despidi contristado, sin aventurar una respuesta. En el
momento de montar a caballo, ella insisti:

--Si el lunes no vens con la ternera, es al udo que vengs...

Era l un gaucho alto y flaco, que pareca ms alto y ms flaco debido
a la eterna vestimenta negra. Tena una cabeza perfectamente rabe;
denegridos el pelo, la barba y los ojos; aguilea y afilada la nariz;
salientes los pmulos, hundidas las quijadas, obscura la tez, finos los
labios, blanqusimos los dientes.

Su flacura le haba valido el mote generalizado de Lanza seca y
pasaba en el pago por un personaje misterioso.

Su oficio era el de acarreador de ganado para invernadas y saladeros, y
tena gran crdito debido a su pericia y a su honradez.

En los veinte aos que llevaba trabajando en el pago, nadie haba
tenido de l la ms mnima queja.

Empero existan varias circunstancias de su vida que obligaban al
comentario. Lanza seca haba cado al norte entrerriano sin ms haberes
que un buen flete, un apero plateado y algunos patacones en el cinto.

Todos ignoraban quin era y de dnde vena, y las averiguaciones en ese
sentido siempre fueron infructuosas.

Ponciano era un hombre callado y que rehua el trato con todos. Sin
embargo, cuando le hablaban, mostrbase siempre humilde.

Quitbase el sombrero, bajaba los ojos y responda, con una voz suave y
finita:

S, seor... No, seor.

Pero nada ms.

Por otra pare, en determinadas pocas del ao, cuando cesaba su
trabajo de tropero, desapareca. Nadie supo nunca dnde iba ni a qu
ocupaciones se dedicaba; pero es el caso que Lanza seca, el infeliz
Ponciano, lleg a ser propietario de dos leguas de campo pobladas con
hacienda flor, lo cual no le impidi continuar ejerciendo su oficio de
tropero y su misma vida modesta y misteriosa.

A pesar de ser un hombre a lo sumo de cuarenta y cinco aos, no se le
conoca una sola amistad femenina, del mismo modo que no se le conoca
ningn vicio. Era un ser sombro; uno de esos seres que parecen vivir
sin objeto.

La realidad era otra.

Por mucho tiempo, la existencia de Lanza seca tuvo por fin nico
enriquecerse. Con su humildad hipcrita, con su insignificancia
aparente, con su honradez visible, era en el fondo un taimado, un pillo
habilidoso sediento de placeres, pero dotado de una voluntad frrea que
le permita contenerse y disimular siempre sus vicios.

Sin embargo, lo inevitable lleg al fin. Nerea, una chinita de diez
y seis aos, hija de matreros, cuya choza se ocultaba entre los
andubaysales de Montiel, logr vencer su egosmo y convertirlo en su
esclavo. Si no se haba instalado en la estancia, si no se haba hecho
legalizar como esposa, es porque aquella alma chcara y aquel cuerpo
libertino, no podan decidirse al abandono del salvajismo montaraz y a
los fugitivos y ardientes amores de las fieras que pasan.

Ponciano haba rogado vanamente muchas veces:

--Ven; yo soy rico y tuito lo marcado con mi marca ser tuyo y vos
sers la reina del pago!...

Y ella responda:

--Cuando sea ms luego, y encomiense a desnudarse el da, and a la
orilla el arroyo y cantale ese estilo a la madre 'el agua...

--Yo ti aseguro que sers feliz, siendo slo ma...

--Pu'hi se quiebra el palo!... Chancho montars no engorda en
chiquero...

Siempre fu intil el ruego, y Lanza seca sentase, sin embargo, cada
vez ms esclavizado por la bella y perversa flor de la spera tierra de
los matreros.

Se someta a todo, pero aquel capricho era exhorbitante. No es que su
conciencia sintiese mayores escrpulos. Como lo haba dicho Nerea, no
sera el primer zorro que desollase. Pero sus cochineras las efectuaba
all, en el Paraguay, en el Uruguay, en el Brasil, donde no se llamaba
Ponciano Surez. Pero all, en Montiel, donde gozaba de envidiable
reputacin de honradez!... Y meterse con el vasco Anselmo que de
tiempo atrs lo vena sospechando!...

Lleg rabioso a su estancia. Lleg tarde. Desprendi del gancho una
paleta de oveja, aviv el fuego, la as y empez a comerla vorazmente
sin preocuparse de Can, su perro fiel, que lo miraba con unos ojos que
iban entristecindose a medida que se iba concluyendo la carne.

Ponciano puso la paletilla pelada sobre una alhacena, y ya con la
barriga llena se fu a dormir. Can qued solo en la cocina, solo y
con hambre de dos das. Reflexion largo rato, midiendo virtualmente
la altura de la alhacena calculando si valdra la pena exponerse a un
porrazo por un hueso pelado. El hambre pudo ms que la prudencia. Di
un brinco formidable y se encontr encima del mueble.

Sorpresa!... Desde all, su hocico alcanzaba sin dificultad al gancho
donde quedaba medio costillar de oveja.

--Suceda lo qu'el patrn quiera--pens Can y le mene diente al
costillar.

Y sucedi algo mucho peor de lo que esperaba el perro. Lanza seca,
que no haba podido dormir en toda la noche, se levant de madrugada,
cuando los peones dorman an, se fu a la cocina, hizo fuego y se
dispuso a desayunarse con el costillar de oveja.

Su rabia fu enorme. Mir en contorno. En un rincn vi los huesos
pelados; en otro rincn vi a Can, echado, la cola entre las piernas,
las orejas gachas, la mirada tmida: una manifiesta actitud de
delincuente.

La primera idea del tropero fu romperle la cabeza de un tizonazo; pero
Ponciano no era un impulsivo. Tranquila, sosegadamente, cogi a Can,
le puso una cadena y lo at a un palo del zarzo del parral, diciendo,
sin ira, con su frialdad de vbora:

--Ah vas a estar hasta que te pudrs de hambre!

El viernes, el sbado y el domingo, Can permaneci atado sin recibir
alimento alguno. Gracias que un pen le arroj a escondidas un hueso y
le puso un tacho con agua, de miedo de que rabiase.

Algunos de los peones sentan lstima. Pero el patrn haba ordenado
terminantemente que se dejase morir de hambre al perro; y como los
peones conocan bien el carcter vindicativo del patrn y como el alma
de los hombres es muy semejante al alma de los perros, ahogaron sus
sentimientos compasivos.

El domingo de noche, Lanza seca, vencido al fin por la pasin, se fu
al rodeo del vasco Anselmo, enlaz la vaquillona blanca, la degoll, la
vaci, la carg en ancas de su caballo y al amanecer la echaba a los
pies de la china en suprema ofrenda de amor.

Ella le recompens abrazndole frenticamente, hacindole sangre los
labios con un beso de vampiro y exclamando:

--Ansina me gustan los hombres, capaces de dormir en el baao con una
crucera por almohada y un puma por cobija!...

Prctico, prudente, a pesar de su excitacin amorosa, Ponciano desoll
l mismo la ternera y puso a buen recaudo el cuero. El cuero que en la
madrugada del da siguiente se llev bien oculto bajo los cojinillos.

Llegado a su casa antes de nacer el sol, busc una pala, fu al
fondo de la casa, cav un hoyo y sepult el cuero de la ternera
blanca. Regres a las casas, y como pasara junto a Can que maull
humildemente, sinti compasin. Lo desat; el perro empez a
acariciarle frenticamente, con esa bajeza casi humana de todos los
perros.

Lanza seca durmi ese da tranquila y largamente. Despert, es decir,
lo despertaron, cuando empezaba a grisear el crepsculo.

Era intempestiva visita del comisario, el juez de paz y el vasco
Anselmo. Este le acusaba de la muerte de la ternera blanca. Las
autoridades manifestaron que concurran por frmula, convencidos de
lo injusto de la sospecha.

Se hizo el registro de la casa. Es claro, no se encontr nada. Iba a
darse por terminada la investigacin, cuando el vasco advirti que en
el fondo de la casa, el perro Can devoraba una gran cosa blanca.

Fueron all. Al notar la presencia del amo, Can recul con el rabo
entre las piernas dejando a descubierto el cuero que su hambre haba
hecho desenterrar.

Plido, hecho un pulpa ante la evidencia del delito, Ponciano enmudeci.

El comisario, compadecido, djole:

--Vea, amigo, por un perro!

Y Lanza seca, recapacitando y siendo justo por primera vez en su vida,
exclam:

--No!... Por una yegua!...




INDICE




                                INDICE


                                           pg.

  El alma del padre                           5

  Aves de presa                               9

  El consejo del to                         13

  Y a mi el rabicano                         17

  Un santo varn                             21

  Triple drama                               27

  Flor de basurero                           35

  P'hacerlo rabiar al otro                   41

  En el arroyo                               47

  Un deshonesto                              51

  Un cuento                                  54

  Por culpa de la franqueza                  59

  La libertad del cimarrn                   63

  De cuero crudo                             67

  La Recada                                 71

  El negrito de Melitn                      77

  La cadena                                  83

  Los dbiles                                87

  El abrazo de Marculina                     93

  Los inservibles                            99

  Los misioneros                            103

  La singular aventura del Dr. Manzzi       107

  La mejor historia                         117

  Con la Cruz en la punta                   119

  Los Gringos                               127

  Desagradecidos                            133

  La absurda imprudencia                    137

  Por cortar campo                          143

  Por qu Basilio mat un fraile            149

  Lindo Pueblo!                            155

  Lanza Seca                                159




                INDICES de las obras de JAVIER DE VIANA


                               DE CARDOS

  La estancia de don Liborio
  Aojal
  Con tiento de alambre
  Lucha a muerte
  Mientras llueve
  Tapera humana
  Falsos hroes
  El tirador de Macario
  No hay que sestear los domingos
  Matapjaros
  Un viaje intil
  Sin palo ni piedra
  Sin segunda repetida
  Nabuco
  Vergenza de la familia
  Gloria de la familia
  Juan Pedro
  La caza del aguar
  Por robar sndias
  Pelea de perros
  Con la ayuda de Dios
  Un negocio interrumpido
  La hija del Chacarero
  El poncho de la conciencia
  Crimen del viejo Pedro
  La Vampira
  La Vidalita
  La Aruera y el Omb


                              DE ABROJOS

  Abrojo
  El Triunfo de las Flores
  La Leccin del Perro
  Por el nene
  Por un papelito
  Empate
  Ms oveja que la oveja
  Del bien y del mal
  Particin extraa
  Huevo guacho
  Inmolacin
  Cuando la lea es fuerte
  Patrn Elas
  Obra buena
  Captura imposible
  Lo que se escribe en pizarras
  Por el amor al truco
  Isto e una porquera
  Un despertar
  La salvacin de Niceto
  Mosca brava
  Las dos ramas de una horqueta
  Crtica autorizada
  La vuelta del cuervo
  Cuestin de carnadas
  Pa ser hay que ser
  Castigo de una injusticia
  Entre camaradas
  Se seca la glicina
  La inocencia de Calendario
  La injusticia de un justo
  Un sacrificio
  Realidades margas
  Crmenes gauchos


                          DE SOBRE EL RECADO

  La Ley del Amor
  El violn del grillo
  Yo no s como ju
  El puerto de Aang
  Igualito a m
  La Novia
  Come cola
  El pial
  Leyenda Andina
  La Navidad en la cocina
  Los muertos que matan
  Cachorra de tigre
  Primitivo
  Pedro Juan
  De Tarag
  Agua de cachimba
  El baul del pardo Alfredo
  Taba de chancho
  As obran los amigos
  Guerra de zapa
  Mal abrigo
  Un cuento que no es cuento
  Del tiempo maldito
  Chingolos
  El loco de las vejigas
  Sembrando fuera de tiempo
  El Comisario de Tucutuco
  El cuento de o Liborio
  La Tierra es chica
  La Vencedora
  Vida esttica
  Amrica hecha
  Como Martn gan un pleito
  El que mat a Faustino Daz
  Palabra de Aragons
  De la Biblia gaucha


                               DE YUYOS

  La caza del tigre
  El tiempo perdido
  Como un tiento a otro tiento
  Una carrera perdida
  Como se puede
  Cosas de negro
  A los tajos
  Ruptura
  El zonzo Malaquas
  Las tormentas
  Por la gloria
  Una achura
  Jugando al lobo
  Resureccin
  Carancho
  Compadres
  Triunfo amargo
  Clavel del aire
  La casa de los guachos
  Salga San Pedro!
  Crimen de amor
  Don Bruno el perverso
  En la orilla
  Por la petiza lobuna
  Voltiando palos
  La ltima tropa
  Aura
  Por no doblarse
  Cmo se vive
  Mi prima Ulogia
  Como en el tiempo de antes
  Las gentes del Abra Sucia
  La venganza del buey
  La vuelta a la aldea
  El baile de a Casiana
  La cerrazn


                            DE MACACHINES

  Soledad
  La tsica
  Como alpargata
  La rifa del pardo Abdn
  Charla gaucha
  Mendocina
  Conversando
  O cuando ella dijo
  Puesta de sol
  Miseria!
  No-ha-de
  Fin de enojo
  La carta de la suicida
  Por haraganera
  Se me ju la mano!
  Filosofando
  Imposible!
  Patroncito enfermo!
  Chaquea
  El viaje del perro
  Mam, aqu'est la ropa
  Hormiguita
  La baja
  Como la gente
  Rivales
  Pata blanca y Grandeeship
  Fiel
  Por tierra de Arachanes
  Chamam
  Una porquera
  El lobo!... El lobo!...
  De tigre a tigre
  Una sola flor
  Bichita
  Juicio de imprenta
  Como hace veinte aos
  El hombre malo
  Fin de ensueo
  Como y porque hizo Dios la R. O.
  Desempate
  Los agregados
  El tiempo borra
  Palabra dada
  Visin de oro
  Malos recuerdos
  Combate nocturno
  Simple historia





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paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
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electronic works. See paragraph 1.E below.

1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the
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of Project Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual
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States. If an individual work is unprotected by copyright law in the
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all references to Project Gutenberg are removed. Of course, we hope
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1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
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  most other parts of the world at no cost and with almost no
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  under the terms of the Project Gutenberg License included with this
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are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing
from both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and The
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trademark. Contact the Foundation as set forth in Section 3 below.

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effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
works not protected by U.S. copyright law in creating the Project
Gutenberg-tm collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm
electronic works, and the medium on which they may be stored, may
contain "Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate
or corrupt data, transcription errors, a copyright or other
intellectual property infringement, a defective or damaged disk or
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LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
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with your written explanation. The person or entity that provided you
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the second copy is also defective, you may demand a refund in writing
without further opportunities to fix the problem.

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in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO
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LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of
damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement
violates the law of the state applicable to this agreement, the
agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or
limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
remaining provisions.

1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in
accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm
electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
Defect you cause.

Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
www.gutenberg.org



Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
volunteers and employees are scattered throughout numerous
locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

    Dr. Gregory B. Newby
    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate

Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search
facility: www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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