The Project Gutenberg EBook of Carlos Broschi, by Eugne Scribe

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Title: Carlos Broschi

Author: Eugne Scribe

Translator: G. Nez de Prado

Release Date: March 20, 2010 [EBook #31707]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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BIBLIOTECA de LA NACIN

EUGENIO SCRIBE

CARLOS BROSCHI

TRADUCCIN DE

G. NEZ DE PRADO

BUENOS AIRES

1912

Derechos reservados.

Imp. de LA NACIN.--Buenos Aires




CARLOS BROSCHI




I


Entr en el saln una joven y detvose ante el sof, donde dorma
Juanita con un sueo penoso y agitado. Haca un calor asfixiante, y la
joven abri con precaucin las ventanas del aposento. Desde stas
divisbase la ciudad de Granada y su incomparable vega. A la derecha, y
sobre las ruinas de una mezquita, se elevaba la iglesia de santa Elena,
frente a la cual un parque a la francesa extenda sus simtricas calles;
magnficas fuentes octgonas dejaban or el murmullo de sus aguas en los
sitios donde se ostentaban en otros tiempos los bellos jardines del
Generalife, y en cuyos alminares haba flotado el estandarte de los
Abencerrajes. A la sazn, el viejo palacio de los reyes moros serva de
morada de retiro, y bien pronto, quiz, de tumba a una joven que dorma,
plida y fatigada, sobre su lecho de dolor.

Juanita, condesa de Ppoli, apenas contaba veinticinco aos, y su
belleza, clebre en las cortes de Npoles y de Espaa, hizo que los
pintores de aquel tiempo le dieran el sobrenombre de _la Venus
napolitana_. Nunca ttulo alguno haba sido tan merecido; porque, a una
fisonoma encantadora, reuna una sonrisa tan graciosa, que nada poda
resistir a ese encanto indefinible que procede del alma: celestial
belleza que los sufrimientos no haban podido alterar ni el tiempo
destruir.

En la poca en que el pueblo de Npoles hizo esfuerzos intiles para
sacudir el yugo de Espaa, el conde y la condesa de Ppoli vironse muy
comprometidos, y esta joven, tan dbil en apariencia, hzose admirar por
su energa y su valor. Poco despus qued viuda, duea de su mano y de
una inmensa fortuna; rodebanla los ms solcitos homenajes, y slo ella
pareca ignorar las riquezas que posea y la belleza que tanto la haca
brillar. Nadie, en efecto, habra podido pasar sin estos dones tan bien
como ella, pues no los necesitaba para hacerse amar.

En el momento en que la conocemos, un ligero sudor cubra su frente
tersa y pura como la de un ngel; su pecho oprimido se elevaba con pena;
su boca murmuraba un nombre ininteligible, y de sus ojos, cerrados por
el sueo, se escapaba una lgrima que rodaba por sus mejillas, plidas y
nacaradas.

La joven que hemos visto entrar en el saln dio un grito y se precipit
de rodillas junto al canap donde reposaba Juanita. Esta despert, y
echando a su derredor una mirada llena de bondad, tendi la mano a su
joven hermana dicindole:

--Qu deseas?

--Ah!--exclam Isabel.--Sufres, Juanita!

--S, siempre; pero, qu importa! se trata de ti... Qu quieres?

--No lo s... quisiera hablarte... Despus, cuando te he visto as...
todo lo he olvidado... hasta a mi futuro, a Fernando; es por l por
quin vengo... est aqu y quiere despedirse de ti.

--Se marcha!...--dijo Juanita incorporndose sobre su
asiento.--Precisamente deba hoy mismo hablar con el duque de Carvajal,
sobre el matrimonio de ustedes. Por qu se va?

--Ah!--exclam Isabel con un suspiro;--no se le puede vituperar su
marcha, porque era el mejor partido que poda tomar.

--Cmo! Le amas por ventura?

--S... es decir, poco hasta aqu, porque mi sola pasin eres t,
hermana ma! bien lo sabes. Pero conozco, a pesar de todo, que Fernando
es un noble joven, tiene un excelente corazn... y creo que le amo.

--Desde cundo?

--Desde esta maana... despus que ha rehusado mi mano!

Isabel dijo esto con un aire de satisfaccin que asombr a Juanita, la
cual no se poda dar cuenta de lo que pasaba.

Un momento despus entr Fernando. Era un joven y hermoso caballero en
la flor de su edad; sus cabellos estaban naturalmente rizados, y llevaba
con mucha gracia una capa de pao azul y una espada con empuadura de
oro ricamente cincelada. En sus expresivos ojos reflejbase el valor
espaol, templado por la gracia y el abandono de la juventud. El duque
de Carvajal, su padre, era uno de los primeros seores de la provincia
de Granada. Las intrigas de la corte y la privanza de Ensenada, ministro
de Fernando VI, tenanle, haca mucho tiempo, ausente de Madrid y
postergado en su carrera poltica. No pudiendo ser hombre poltico,
anhelaba ser rico, y la avaricia haba sucedido a la ambicin. Una
pasin consuela a otra. El duque soaba para su hijo nico un matrimonio
opulento, e Isabel pareca el mejor partido de Granada: a l, porque la
joven era rica, y a Fernando, porque la amaba.

Isabel distaba mucho de ser tan bella como su hermana; las mujeres no
queran concederle el que fuese linda, pero a una gracia encantadora,
reuna una viva y ardiente imaginacin, impresionable y fcil de
exaltar; cualidades o defectos que su educacin haba desarrollado de
una manera notable, porque casi toda su vida haba transcurrido en un
convento. Y en el silencio de la soledad nacen las ilusiones y las ideas
fantsticas, que el mundo y la experiencia destruyen y disipan.

Como todas las jvenes de aquel tiempo, pertenecientes a familias
ilustres, Isabel sali del claustro para casarse, y haba acogido con
alegra los homenajes de Fernando, porque, habindole dicho ste que
descenda por su madre del Cid, pensaba que con tal origen, la historia
de su vida deba encerrar, forzosamente, algunas aventuras interesantes.
Pero cuando vio que el descendiente del Cid se limitaba a adorarla con
todo su corazn y a decrselo en alta voz, y a pedir su mano a su
hermana con el consentimiento de su padre, sus pensamientos romnticos
disminuyeron considerablemente. Cuando el matrimonio estuvo convenido
por ambas partes sin obstculos, la joven se imagin que todo esto no
haba pasado regularmente y que la historia de su vida no estaba
completa, que le haban cercenado el primero y ms interesante de sus
volmenes; y haciendo justicia a las buenas cualidades de Fernando, vea
aproximarse tranquilamente una dicha que nada le haba costado.

Pero no suceda lo mismo por parte de Fernando. Parecale que el da de
su felicidad no llegara tan pronto como deseaba, y la idea de una
dilacin le pona fuera de s; sin la enfermedad de Juanita y su estado
casi desesperado, ya se hubiera verificado el matrimonio. Este mismo
hombre, tan apasionado e impaciente, renunciaba a todas sus esperanzas y
vena a despedirse de su prometida. En vano Juanita quiso conocer la
causa de tan brusca marcha.

--Te ruego que calles--lo dijo Isabel;--te conservar mi amor a este
precio. Te amo, no amar ms que a ti; te ser fiel, te esperar toda mi
vida si es necesario, pero nada digas a mi hermana; ste es mi deseo.

--Y yo deseo que hable--dijo Juanita con dulce voz, reteniendo por la
mano a su futuro hermano, que sufra al verse detenido.

Plido y turbado, Fernando fij en la enferma una mirada suplicante,
oprimido como estaba por un tirnico amor a quien no quera ofender. Se
dispona a marchar con su secreto, cuando este misterio fatal e
impenetrable fue descifrado y descubierto, contrariando a Isabel, de la
manera ms natural.

De pronto, presentose en la puerta del saln, como no atrevindose a
entrar, un hombre vestido con una ropilla negra. Este hombre era el
seor Manuel Perico, notario real de la ciudad de Granada, y apoderado
del duque de Carvajal. Llevaba a la condesa de Ppoli el contrato de
matrimonio.

Isabel se estremeci. Fernando se aproxim al notario y quiso
arrebatarle los papeles que presentaba a la Condesa; pero sta se haba
apoderado de ellos y se apresur a ojearlos.

--Est bien!--dijo despus de leerlos;--stos son los artculos en que
habamos convenido con el seor Duque... El dote que yo aseguro a mi
hermana... Ah!--dijo la Condesa sorprendida, y un ligero carmn cubri
sus mejillas, ordinariamente tan plidas.--He aqu unas condiciones que
nunca se me haban impuesto! Las conoce usted, Fernando?

--S, seora!--repuso el noble joven con voz balbuciente;--mi padre me
haba rogado que hablase a usted de ellas. He rehusado; y como sta es
la condicin que pone a su consentimiento, he renunciado al matrimonio.
Vengo, pues, a pedirle que dispense a mi padre, y a despedirme de usted.

Al acabar de decir estas palabras, extinguiose su voz; Isabel le tendi
la mano con ternura, y Fernando se apresur a enjugar las lgrimas que
no haba podido contener.

Entretanto, el seor Perico permaneca de pie con una pluma en la mano y
sin atreverse a hablar. Juanita concluy tranquilamente la lectura del
contrato.

Era generalmente admitido en la ciudad el rumor de que la condesa de
Ppoli estaba enferma del pecho desde haca mucho tiempo. Slo ella sin
duda lo ignoraba, porque miraba con indiferencia todo lo que pudiese
prolongar su existencia. Sin su consentimiento, y casi a pesar suyo, su
joven hermana le prestaba los ms asiduos cuidados sin que la Condesa
sospechase la causa, queriendo aqulla al menos, si no poda salvarla,
ocultarle hasta el ltimo momento el golpe fatal que la amenazaba;
porque los mdicos de Granada, que pretendan no engaarse, haban
anunciado que la Condesa no sobrevivira al otoo, y corra a la sazn
el mes de septiembre. El duque de Carvajal, que era un hombre prctico,
haba aadido al contrato las dos clusulas siguientes: primera, que la
Condesa se obligaba a no volver a casarse; y segunda, que, en caso de
muerte, todos sus bienes, tanto de Espaa como del reino de Naples,
pasaran a ser propiedad de su hermana.

--No admitimos semejantes condiciones--dijeron a la vez los prometidos
esposos.

--Tales condiciones son absurdas e imposibles!--continu Isabel.--Por
qu coartar tu libertad de ese modo? Eres joven; debes volver a casarte
y dar al hombre que elijas largos aos de ventura. En cuanto a tu
sucesin--continu haciendo un esfuerzo por sonrer,--t eres la
primognita, y por poco que vivamos, espero que moriremos juntas.

Dicho esto, arranc el contrato de las manos de su hermana, lo alarg a
Fernando, el que lo hizo pedazos y los arroj sobre el tapiz.

Juanita contempl a los jvenes con una dulce sonrisa, tendi hacia
ellos sus manos, y dijo al notario con acento melodioso:

--Seor Perico, tenga usted la bondad de rehacer el contrato como
estaba, y trigamelo maana... Ahora, djenos: quiero estar sola con
ellos.

El notario sali, y los prometidos esposos cayeron de rodillas a los
pies de Juanita.

--Escchenme--les dijo, despus de hacerles levantar;--el matrimonio de
ustedes se llevar a cabo, y no me den las gracias--agreg
vivamente.--Las condiciones que se me imponen, nada me cuestan. Hace
mucho tiempo que me he prometido a m misma y he jurado a Dios no volver
a casarme; cumplir este juramento. En cuanto a mis bienes, todos
aquellos de que yo puedo disponer, los cedo como dote a mi hermana; pero
los dems, que son los ms considerables, no estoy segura de que me
pertenezcan.

Los jvenes hicieron un gesto de sorpresa, y Juanita continu lentamente
y con voz temblorosa, a causa de la emocin:

--Si se presentase una persona que busco y que no he podido volver a
ver, y a quien pertenece toda esta fortuna, aun despus de mi muerte,
Fernando, ser preciso devolverla... Me lo jura? Fo en su honor. Pero
si esa persona no apareciese, todos esos bienes sern suyos y de mi
hermana.

--Hganos el favor de explicarnos eso--dijo Fernando.

--Ah! Es un grande y terrible secreto, que slo ustedes conocern...
Pero s, es necesario... es necesario que sea antes de mi muerte, y
sta est muy prxima!... No me interrumpan, pues--dijo la Condesa
notando la emocin de su hermana.--Es muy largo de contar, e ignoro si
mis fuerzas bastarn. Pero cuando tenga necesidad de descanso, lo
dir... e interrumpir mi relato.

Y haciendo que los dos jvenes se sentaran junto a ella, la Condesa
comenz en esta forma:




II


Mi hermana y yo nacimos en el reino de Npoles, que en aquel tiempo era
una provincia de Espaa. Siendo muy jvenes an, perdimos a nuestros
padres y quedamos bajo la tutela de nuestro to, el duque de Arcos, del
que no pretendo hacer el retrato, porque fue muy conocido. En su
juventud, haba sido virrey de Npoles, y su dureza e inflexible rigor
causaron la desgracia del pueblo, a quien trataba como esclavo,
conducindole de este modo a la desesperacin, a la rebelda. Bajo su
gobierno ocurri aquella famosa revolucin de una semana, durante la
cual el pescador Masaniello fue aclamado rey por el pueblo y asesinado
despus por el mismo pueblo que le haba aclamado. El duque de Arcos, al
volver al poder, no fue ni ms hbil ni ms clemente; redobl sus
rigores, a los que l denominaba _rigores saludables_. Este era todo su
sistema poltico; no conoca otro. El clamor pblico oblig, por ltimo,
al rey de Espaa a darle un sucesor, retirndose el Duque murmurando de
la debilidad de un soberano que no le dejaba concluir la gloriosa obra
a que haba dado principio. Y aunque le seguan las maldiciones del
pueblo, no obstante conservaba en su tranquila conciencia la
satisfaccin interior y el convencimiento ntimo del bien que haba
realizado.

En la poca en que nos llev consigo, nuestro to tena cerca de
ochenta aos, y era siempre el mismo. Sus opiniones y su carcter no
haban cambiado en nada. No haba perdonado an a mi padre, que se haba
casado sin su consentimiento, y mi madre muri sin que consintiese en
verla. En aquellos momentos estaba solo y sin familia, y lo que era ms
sensible, sin nadie en quien ejercer su tirana; y no teniendo a quien
dominar, por puro egosmo se propuso educarnos. Al vernos, se obstin en
que Isabel, que contaba a la sazn tres o cuatro aos, deba tener
vocacin religiosa, y la puso en el convento _della Piet_. Yo tena
algunos aos ms que mi hermana, y me dej en su casa con el propsito
de establecerme un da a su capricho.

Relatar brevemente cuanto sucedi durante mis primeros aos. Separada
de mi hermana, a quien no vea nunca, y encerrada en un lgubre pero
magnfico castillo cuyo circuito no poda traspasar, fui criada en el
temor de Dios y de mi to, cuyo aspecto y cuya voz me hacan temblar. El
Duque vea siempre con una especie de satisfaccin ntima el respeto que
me inspiraba. El miedo era la nica lisonja que le agradaba. Era el
mejor medio de hacerle la corte, y sin quererlo, yo satisfaca su gusto.

No tena, por mi parte, otra satisfaccin que la de ver a mi maestro de
msica, un hbil organista, un napolitano de unos cincuenta aos de
edad, cuyo entusiasmo, cuyos gestos, y sobre todo, cuya peluca me hacan
rer; stos eran los nicos momentos que tena de distraccin en tan
sombra morada.

Gerardo Broschi, que as se llamaba, era un verdadero artista que no
careca de talento, ni tampoco de amor propio. Pero el amor a su arte le
haba trastornado; nunca hablaba ms que de msica; siempre llegaba
cantando, y a veces contestaba a mi to con un recitado. Hablador
incansable, tena siempre en sus labios historias inverosmiles que
contarnos sobre sus aventuras en las cortes de Europa, en las que
figuraban grandes seoras a quienes ense su arte. Haba descuidado su
fortuna por dedicarse a sus galanteos, y despus de una larga carrera,
el pobre anciano no tena otros bienes que su buen humor, sus cavatinas,
su vestido negro y aquella prodigiosa peluca que me diverta
extraordinariamente.

Cierto da entr en su habitacin, contra su costumbre, sin cantar. Yo
le mir con inquietud.

--Est usted malo, Gerardo?--le dije.

--No, seora; pero me sucede una gran desgracia: me ofrecen un puesto
distinguido, dignidades, honores... no podr sobrevivir a semejante
suceso... y me es imposible rehusar.

--Qu le acontece, pues? Alguna gran seora que le protege?

--Ms que eso, un rey, un emperador!

Entonces Gerardo me cont que el czar Pedro el Grande reclutaba
artesanos en todos los pases de Europa y artistas en Italia, con el
propsito de formar una banda de msica para sus regimientos y una
orquesta para su capilla, y se le haban hecho a Gerardo, antes que a
nadie, proposiciones ventajosas para ir a Rusia.

Yo no poda calcular entonces de dnde procedan su tristeza y mal
humor. Pens que sera, sin duda, el disgusto de abandonarme; pero
Gerardo era demasiado franco para dejarme en un error. Tena un hijo que
constitua su nica pasin... despus de la msica... Un joven
encantador que, luego de haber odo la relacin de Gerardo, cre que
sera el hijo de alguna gran seora o alguna princesa a quien l haba
dado sus lecciones de msica.

Lo nico que en todas mis hiptesis haba de cierto, es que Gerardo era
un buen padre, que adoraba a su pequeo Carlos, a su hijo, y que se
privara de todo, hasta de su guitarra, por proporcionarle un juguete o
un vestido nuevo. El pobre nio estaba enfermo, sufra mucho, y el sol
de Npoles era casi su existencia; a esto debase la inquietud de
Gerardo. Poner a Carlos bajo la influencia del helado cielo de la Rusia
era matarle, y sin separarse de l, era imposible evitar lo que tema...
A quin haba de confiarlo? quin tendra cuidado de l? qu sera de
este nio?... Lloraba Gerardo, y yo tambin lloraba al ver las lgrimas
en aquella fisonoma que ordinariamente causaba tanto regocijo.

Ese da, por fortuna, era el santo del duque de Arcos; y aquella tarde,
todava me acuerdo, aunque apenas tena doce aos, mi to me dijo con
aquella voz terrible que me llenaba de espanto:

--Vamos, Juanita! divirteme! Canta una barcarola!

--S, seora!--exclam vivamente Gerardo, a quien la msica le haca
olvidarlo todo.--Cante usted el aire de Prpora: _O pescator felice._

Mi to frunci su entrecejo; porque despus de la revolucin de
Masaniello, no poda or tranquilamente la palabra _pescador_. No
obstante, como en la cavatina de Prpora el _pescator felice_ concluye
por naufragar, este desenlace, ms sin duda que el modo con que yo
cant, causaron tanto placer a mi to, que exclam:

--Bravo! bravo! Pide lo que quieras, te lo concedo por el da que
celebramos!

Yo me arroj a sus pies y le supliqu que hiciese traer y educar en el
castillo al pequeo Carlos, que era de mi edad, prximamente. Esperando
su contestacin, Gerardo no respiraba; y yo, plida y conmovida,
temblaba de pies a cabeza.

Agradablemente sorprendido, sin duda, mi to contest con una dulzura
poco acostumbrada en l:

--Un noble espaol no tiene ms que una palabra; sostendr la que te he
dado. En lo sucesivo, Carlos ser de la casa; ser un paje que estar a
tu servicio.

Me es imposible pintar a ustedes la alegra y el reconocimiento del
pobre Gerardo. Parti dichoso y tranquilo, y durante tres aos nos dio
noticias suyas con bastante frecuencia. Tuvo su viaje un resultado feliz
y alcanz gran xito en la corte de Rusia. La esposa de Pedro el Grande,
la emperatriz Catalina, le nombr su maestro de capilla. Al cuarto ao
ces de escribirnos. Haba sucumbido al rigor del clima? El amor que
por todas partes segua su fortuna le haba hecho robar alguna princesa
rusa? No lo pudimos averiguar, y hasta mucho tiempo despus no tuvimos
noticias suyas, ni omos hablar ms del pobre Gerardo, de mi maestro de
msica.

Durante este tiempo, Carlos, su hijo, se criaba y educaba en la casa de
mi to; yo estaba encantada de mi joven paje. Su salud delicada se haba
robustecido, su cuerpo habase desarrollado; y aunque demasiado joven
todava, sus facciones ofrecan tanta nobleza y regularidad, que mi
maestro de dibujo, el seor Lasca, pintor de talento, le tomaba por
modelo de todas las figuras de ngeles y querubines con que decoraba el
saln de mi to; y el pobre joven se vea obligado a pasar horas enteras
delante del artista, en vez de ir a jugar o correr por el parque.

Por lo dems, desde el duque de Arcos hasta el ltimo criado del
castillo, todos, excepto yo, lo hacan rudamente sentir la posicin en
que se encontraba. Modesto y resignado, guardaba silencio, no se quejaba
nunca... ni aun a m, y no derramaba una lgrima; pero con frecuencia
haba en sus negros ojos, cuando los levantaba hacia el cielo, una
expresin de dolor y de dulzura indefinibles.

Habitaba otra persona en el castillo, de la que necesito hablar a
ustedes. Esta era el secretario de mi to, Teobaldo Cuchi, un joven de
corazn y de mrito, digno desde entonces del elevado puesto que lleg a
ocupar ms tarde. Hijo de un paisano calabrs, las escasas lecciones de
teologa que haba recibido del cura de su aldea despertaron en l el
deseo de instruirse. Dotado de una voluntad firme e inalterable,
religioso por carcter, y confiando en la Providencia, dej la cabaa de
su madre, yndose a pie a Npoles, donde se hizo _lazzaroni_ y bracero;
y el dinero que ganaba durante el da en esta ocupacin, lo empleaba por
la noche en pagar a los maestros que le educaban. Pasaba la noche
inclinado sobre sus libros, abusando as de sus fuerzas y de su salud.

Plido, delgado, la tez morena, la frente arrugada, Teobaldo, que
apenas contaba veinte aos, pareca rayar ya en los cuarenta; pero en
cambio era de los hombres ms instruidos de Italia en historia y en
teologa, y conoca a la perfeccin muchas lenguas. A pesar de su grande
instruccin, era desconocido en Npoles, donde apenas ganaba lo
suficiente para sus ms precisas necesidades, y se vio obligado a
aceptar la plaza de secretario del duque de Arcos, que un amigo le haba
proporcionado. Envi entonces a su madre todos sus ahorros, que
ascendan a doscientos ducados, y se sepult en el viejo castillo, donde
no tena otras ocupaciones que escribir lo que mi to le dictaba y darme
lecciones de francs y alemn: el resto del da lo pasaba estudiando en
la biblioteca del castillo.

Sombro y severo, pero dotado de una slida y verdadera piedad, posea
un gran fondo de inteligencia: slo l hablaba con inters y bondad a
Carlos, a quien todos trataban como a un sirviente y cuyas funciones, no
obstante, eran las de paje de una gran casa. En la mesa permaneca cerca
de m, me serva de beber, y una vez terminada la comida, me presentaba
el aguamanil y el jarro de cristal.

Por la maana ordenaba mis libros y mis papeles, y mientras que
Teobaldo me daba leccin, mantenase a mis espaldas, atento y
silencioso, esperando mis rdenes.

Dulce y tmido, no se atreva a exponerme su reconocimiento, pero sus
acciones me lo manifestaban. Apresurbase a satisfacer mis caprichos,
llevaba mis labores, mis libros, mis guantes, mi abanico, y en los
grandes das, la cola de mi manto. Gracias a sus cuidados, las ms
bellas flores del parque adornaban mi chimenea o pendan de mi cintura.

Mi to, con sus veinte criados, no estaba tan bien servido como yo por
mi lindo y joven paje.

Sentame satisfecha y orgullosa; acostumbrada a obedecer, me complaca
en ejercer mi poder absoluto sobre Carlos, cuya dureza templaba mi edad,
porque frecuentemente le tomaba como compaero en mis juegos; y en las
horas de recreo, la seora y el paje olvidaban la distancia que los
separaba.

Un da, me acuerdo perfectamente, en el gran saln del castillo le
haba mandado que jugase conmigo una partida de volante, y avanzando
unas veces y retrocediendo otras, nos encontramos, sin advertirlo, cerca
de un gran jarrn de Bohemia de un trabajo admirable, en el que estaban
pintadas las armas de la casa de Arcos. Mi to lo tena en tal estima,
que no nos estaba permitido tocarlo, ni mirarlo siquiera. Pero un golpe
del volante, torpemente dado por m, hizo saltar en menudos pedazos
aquella admirable obra, cuyos fragmentos cayeron a nuestros pies.

Un rayo no me hubiera sobrecogido de tal modo. Dej caer mi volante y
me apoy en un silln, mientras Carlos recoga los pedazos del jarrn,
como si hubiese tenido el poder de volverlo a su primitivo estado. De
pronto, omos en la pieza inmediata la terrible voz de mi to, que
llegaba a mis odos como la trompeta del juicio final... No obstante,
tuve el valor suficiente para precipitarme hacia una puerta lateral.

--Vete! vete!--grit a Carlos.

Por mi parte, tuve buen cuidado al entrar en mi estancia de cerrar por
dentro y correr cuantos cerrojos tena la puerta, persuadindome que de
este modo evitara el que la clera de mi to llegase hasta m.

Carlos, menos gil que yo, no pudo seguirme, y permaneca en el saln
cuando, abriendo la puerta, entr el duque de Arcos, de gran uniforme,
con el sombrero convenientemente colocado y su bastn de puo de oro en
la mano.

Su vista se fij en seguida a las pruebas del crimen, que estaban
diseminadas por el pavimento. Carlos palideci, pero permaneci inmvil
viendo al Duque dirigirse hacia l.

--Quin ha roto este jarrn?

Carlos permaneci silencioso.

--Quin ha roto este jarrn?--repiti el Duque con voz imperiosa,
levantando el bastn.

--He sido yo!--repuso tmidamente el generoso Carlos.

Disponase el Duque a golpearle, cuando apareci Teobaldo. Este corri
a mi to, queriendo apaciguarle, y, a riesgo de que volviese contra l
su clera, le hizo presente que no deba descargar su rabia contra un
nio, y sin razn, probablemente.

A esta palabra, el furor de mi to no tuvo ya lmites.

--Si te despidiese de mi casa, si te arrojase de ella ahora
mismo?--grit el Duque amenazando a Teobaldo.

--Entonces sera usted doblemente injusto--replic ste framente.

Y diciendo estas palabras, tom respetuosamente el bastn de la
temblorosa mano del anciano, y lo arroj por la ventana.

La clera de m to haba llegado a su colmo. Sobrecogido por aquella
sangre fra, cay sobre un silln sin poder pronunciar una palabra; pero
llam a su mayordomo y le hizo sea de que se llevase a Carlos. Este, al
salir, dirigi a Teobaldo una mirada de gratitud.

Yo no me atreva a salir de la habitacin; no obstante, fue necesario
hacerlo cuando lleg la hora de comer. Mi to estaba solo en el comedor,
sombro y silencioso. A algunos pasos de l y a su espalda encontrbase
Carlos, plido y sin poder apenas sostenerse; al verme, su fisonoma
expres una gran satisfaccin. Cre entonces que todo haba pasado del
mejor modo posible, y que mi to nada saba. Cmo poda yo adivinar que
el pobre joven haba sido maltratado por el mayordomo, despojado de sus
vestidos y azotado hasta hacerle saltar la sangre, sin que el dolor le
hubiese arrancado ni una queja, ni una palabra! Cuando lo supe lanc un
grito de indignacin, y corr en busca suya queriendo orlo todo de sus
labios.

--Quiere usted excitar de nuevo la clera del seor Duque, que,
gracias al Cielo, ha pasado ya?--dijo Carlos, sonriendo con tristeza.

-- Carlos--le dije:--qu podr hacer para recompensarle el servicio
que acaba de hacerme?

--Usted, seora! No estoy suficientemente recompensado!...

A partir de este da, Carlos fue mi protegido, mi favorito, mi ms fiel
servidor. Nunca afecto alguno fue tan ampliamente recompensado. Su nica
ocupacin era adivinar mis pensamientos para adelantarse a mis rdenes,
para satisfacer mis caprichos.

El da en que ocurri aquella escena, Teobaldo quiso retirarse de
nuestro servicio; pero mi to, que tena necesidad de l (porque a la
sazn sostena correspondencia con algunos prncipes alemanes), le mand
imperiosamente que se quedase; y Teobaldo, despreciando sus rdenes,
preparbase a dejarnos: afligida por su prdida, le supliqu que
permaneciera con nosotros.

--Ah!--le dije llorando;--ya no me queda ningn amigo!

Teobaldo se qued.

Severo y brusco para todo el mundo, Teobaldo tena para m una dulzura
y bondad infinitas. Aunque las funciones de preceptor tienen algo de
enfadosas, nada poda agotar su paciencia, ni aun las rudas pruebas a
que le sujetaba mi estudio de las lenguas extranjeras.

Yo aprenda el francs con alguna facilidad; pero el alemn, aunque era
el especial cuidado de mi to, me disgustaba sobremanera y tena que
violentarme, y ni aun as lograba retener en mi memoria una sola palabra
de aquel idioma, que yo calificaba de brbaro. Por ltimo, rogu a
Teobaldo que cesasen las lecciones, consintiendo l en ello, pero a
condicin de que se lo advertira a mi to. Lo promet, pues, pero no me
atrev a cumplir mi promesa.

Una o dos veces me encontr a solas con el Duque, que me preguntaba:

--Vas comprendiendo la lengua alemana?

Acordbame entonces que mi to no comprenda una palabra de ella; esta
conviccin me daba un gran valor, y contestaba brevemente y en tono
resuelto:

--S, mi querido to; la comprendo perfectamente.

Pero he aqu que durante una pequea temporada que Teobaldo estuvo
ausente del castillo (haba ido a ver a su madre que estaba bastante
enferma), recibi mi to una carta del margrave de Anspach, carta
confidencial, tres grandes pginas del alemn ms difcil.

--Veamos lo que contiene--me dijo;--lemela.

Fcilmente se imaginarn ustedes cul sera mi situacin... No encontr
otra excusa que darle, sino que era demasiado larga.

--Eso no importa; te doy de plazo hasta la tarde.

La dificultad no estaba en el tiempo. Sub a mi aposento, y pas
algunas horas en llorar y maldecir al margrave. La hora lleg, pues;
dej la carta sobre la mesa y baj ms muerta que viva.

--Has terminado?--me pregunt el Duque.

Baj la vista sin contestar, silencio que interpret como una respuesta
afirmativa; despus de comer me pregunt:

--Dnde est esa carta?

--Sobre mi mesa--repuse, encomendando mi alma a Dios.

Tan grande era el terror que experimentaba al ver acercarse la
tempestad, que no acertaba a pronunciar una palabra. Para colmo de
humillacin, Teobaldo, que acababa de llegar, entr en el saln. Mi to
le inform de lo que se trataba.

--Hela aqu--dijo, tomando la carta, que Carlos tena en la mano;--he
aqu la discpula de usted, que nos va a leer su traduccin. Sgala con
el original, y vea si est bien.

Haba dos papeles; me entreg uno y dio el otro a mi profesor, cuya
inquietud igualaba a la ma. Teobaldo estaba turbado, plido. Pero su
admiracin fue tan grande como la que yo experiment, cuando fij su
vista en el papel que se me haba entregado; la carta del margrave
estaba delante de m legible, la entenda perfectamente.

Le en voz alta; y Teobaldo, que atenda, entretanto, al original, no
pudo detener ms de una vez sus exclamaciones, que mi to tomaba por
muestras de aprobacin. Por mi parte, vindome salvada, y no
explicndome este suceso sino por un milagro que mi razn no acertaba a
comprender, me preguntaba interiormente:

--Qu ser caritativo, qu hada ha venido en mi auxilio y cuida de m
de esta manera?

--Pero perdnenme, amigos mos, perdnenme--dijo la Condesa con voz
dbil.--Estos acontecimientos de mi infancia me han entretenido ms de
lo que deseaba... y no tengo fuerzas para continuar...

Su hermana, que ya haba estado a punto de interrumpirla, le impuso
silencio, y alargando su mano a Fernando, le dijo, despidindole:

--Hasta maana.




III


La Condesa continu su relato, al da siguiente, en estos trminos:

Mi to haba salido del aposento; Teobaldo y yo nos mirbamos an
asombrados del suceso, sin que pudiramos darnos cuenta de una aventura
que creamos sobrenatural; porque excepto mi preceptor, que acababa de
llegar, nadie entenda el alemn en el castillo, incluyndome a m, que
haca un ao lo estaba aprendiendo.

Carlos permaneca de pie en un rincn del saln y nos miraba sonriendo;
de pronto, dirigindose a Teobaldo, dijo:

--Y bien, querido maestro: no adivina usted que pueda haber aqu otro
discpulo, que le debe la dicha de haber sido til a su bienhechora?

Teobaldo qued estupefacto, porque esta frase acababa de ser
pronunciada en el ms puro alemn. Yo no pude menos de exclamar:

--Cmo, Carlos, esa traduccin es de usted? Dnde, pues, ha
aprendido?

--Lo que usted no ha querido estudiar, lo he estudiado yo--nos dijo.

En efecto, haca tres aos que Carlos asista asidua y silenciosamente
a todas mis lecciones, y las haba aprovechado mucho ms que yo. Cuando
estaba solo y entregado a s mismo; cuando haban pasado las dos
terceras partes del da, empleaba en estudiar los momentos que yo
consideraba perdidos en la ociosidad.

Teniendo entrada a todas horas en mi gabinete de estudio, del que
estaba encargado, servase de mis libros y de mis cuadernos; su
aplicacin y su constancia le haban hecho un joven mucho ms instruido
de lo que poda pedirse a sus aos.

El joven, el paje, a quien todos despreciaban en la casa, posea
perfectamente nuestra lengua y varios idiomas extranjeros; conoca la
historia y la geografa. No haba olvidado la msica; y apenas haba yo
salido, se sentaba al clavicordio; algunas veces, me acuerdo
perfectamente, cre, oyendo los sonidos lejanos, que mi maestro se haba
quedado tocando y que ensayaba todava.

Fcilmente comprendern ustedes, queridos amigos, que despus de este
descubrimiento, Carlos no tuvo necesidad de ocultarse. Estudiaba con
nosotros, en mi compaa. Este acontecimiento haba excitado mi
emulacin, y encontr desde entonces en el estudio un placer que haba
ignorado hasta entonces.

Teobaldo sentase orgulloso de nuestros progresos, de los de Carlos
sobre todo, porque su precoz inteligencia conceba con una facilidad
asombrosa las cuestiones ms difciles y abstractas. Reuna a una
memoria feliz, una concepcin rpida, una imaginacin ardiente y unos
sentimientos nobles y elevados que no nacan en la imaginacin, sino en
el corazn. Tales eran las cualidades que brillaban en l de una manera
notable.

Teobaldo mirbale con frecuencia sorprendido y me deca en voz baja y
con acento proftico:

Crame usted, no ser un hombre vulgar; cualquiera que sea el estado o
carrera que abrace, llegar a un puesto elevado.

--Si fuese as--responda Carlos,--a ustedes lo deber, amigos mos; y
el pobre hurfano no lo olvidar jams.

Muy en breve el maestro no tuvo nada que ensear a su discpulo, que
era ya su compaero de estudio. Por mi parte, no poda seguirlos ni
llegar a su altura; pero sentame orgullosa de saber apreciar lo que
valan.

Sus conversaciones eran dulces y amenas: en ellas dejaban ver sus
nobles y puros sentimientos; tenan elocuencia fcil, sencilla y
persuasiva. En la soledad del viejo castillo, cerca de aquel anciano
achacoso y colrico, las horas nos parecan demasiado breves cuando nos
encontrbamos en aquel santuario del estudio y de la amistad. A los das
indiferentes y tranquilos de la infancia, deba suceder la edad de oro
de la juventud, con sus quimricos encantos, sus grandes ilusiones y su
inmenso porvenir. Ms sabio que nosotros y ya menos dichoso, Teobaldo
era ms grave, ms reflexivo. Conoca el mundo; es decir, los pesares;
nosotros no conocamos ms que nuestro mutuo afecto, la amistad y la
dicha.

Una maana, brillaba el bello sol de otoo, estbamos los tres en un
extremo del parque, hablbamos familiarmente, y Carlos nunca habase
mostrado ms gracioso y amable.

--He soado esta noche--nos dijo--que yo era gran seor y primer
ministro.

--En qu reino?--le interrogu yo.

--Mi sueo no me lo ha dicho.

--Y qu puesto me daba usted en ese sueo?

--Usted, seora... era reina.

--Y Teobaldo?

--Confesor del rey!

A esta broma imprevista lanc una carcajada, y mi alegra excit la de
Carlos. Slo Teobaldo guard su compostura, y nos dijo moviendo la
cabeza:

--Eso s que es extrao!

A estas palabras, nuestra alegra creci de pronto.

--No se ran ustedes...--nos dijo con gran seriedad y sangre
fra.--Debo ser el ms razonable de los tres... y soy el ms dbil y
supersticioso... Lo que acaban de decirme me ha impresionado, y a mi
pesar no puedo dejar de creerlo.

--Por qu?--le interrogu.

--Porque he soado exactamente lo mismo.

Todos lanzamos un grito de sorpresa.

--S--dijo a Carlos;--yo sacerdote y t gran seor.

--Y yo?--pregunt a mi vez.

--Usted, seora, es diferente--me dijo con tristeza;--no estaba con
nosotros, nos haba dejado, nos haba abandonado.

--Ah! Entonces ese sueo no es verdad, no tiene sentido
comn--exclam.--Ignoro qu destino nos estar reservado; pero sea el
que quiera el mo, juro que nada en el mundo me har olvidar los amigos
de mi infancia.

--Y nosotros juramos lo mismo--exclamaron los dos a la vez, extendiendo
hacia m sus manos, que tenan estrechamente unidas.

Hubo un instante de silencio, y Teobaldo volvi lentamente a su
tristeza habitual, diciendo:

--S, seora; nuestros presentimientos se cumplirn. Tendr usted
inmensas riquezas, ser una gran seora... respetada y adorada de todos.
T, Carlos, si atiendo a tu mrito ms que a tu sueo, debes, a despecho
de los obstculos, a pesar de tu nacimiento, hacer tu camino en el
mundo, y llegar a los puestos ms elevados.

--Tanto mejor para ti--dijo en tono de broma Carlos, dando en la
espalda de Teobaldo con aire de proteccin.

--Oh! Yo--prosigui Teobaldo--tengo el presentimiento de que ser
siempre miserable! No ser til a nadie... Los amar, velar por
ustedes y les dar mi vida... Vean ah--continu sonriendo y dndonos la
mano,--que mi parte es la mejor, y que de los tres ser el ms dichoso.

La campana del castillo son en aquel momento, y nos separamos
renovando el juramento de eterna amistad, que el Cielo oy, y que
nuestros corazones ha mantenido.

Contra la costumbre, y turbando la tranquilidad de nuestra pacfica
morada, una numerosa y brillante sociedad acababa de llegar a ella. Era
un nmero bastante crecido de jvenes seores de las cercanas que,
reunidos desde por la maana para una partida de caza, haban querido
descansar de su fatiga en el castillo del duque de Arcos, su vecino.

Como castellano, mi to sentase lisonjeado con esta visita y recibi
alegremente a sus nuevos huspedes; pareca inquieto, y en su orgullo
espaol se apresuraba para ejercer dignamente los deberes de la
hospitalidad. Djome que bajase al saln para recibir a aquellos seores
y hacer los honores de la casa. Obedec, y, al verme, hubo entre aquella
multitud, cuyas miradas todas se dirigieron hacia m, una especie de
rumor, el cual no poda explicarme, y que me turb extraordinariamente.
Recibamos muy pocas veces, y los nobles seores que nos honraban con su
visita eran, por lo general, viejos duques y ancianos seores, amigos y
contemporneos de mi to. Semejante sociedad fijaba poco la atencin en
m, y tenan la costumbre de mirarme como a una nia. Durante este
tiempo yo haba crecido; contaba quince aos; era bien parecida, y por
el incidente de tan inesperada visita, me convenc de que llamaba la
atencin mi persona; mis amigos nada me haban dicho, y el efecto rpido
y maravilloso que produje en la concurrencia me sorprendi en extremo...
Todo, en aquel da, me deca que era linda; y si hubiese podido dudarlo
todava, las exclamaciones que oa a mi alrededor bastaban para disipar
mis dudas.

--Por San... Qu linda es! qu talle de reina! qu hermosos ojos
negros! No hay nada mejor en la corte.

--Yo lo dara todo por ella--dijo un hombre de pequea estatura y de
bigotes negros.

--Y yo tambin--agreg una voz ronca que me caus miedo;--todo, excepto
mi jaura y mi caballo rabe.

Estas y otras exclamaciones semejantes se repetan en el saln por
veinte personas a la vez, sin que yo perdiera una sola palabra.

Poco despus lleg mi to; acababa de vestirse con su gran uniforme y
el gran cordn de la Orden de Calatrava, e invit a sus convidados a
pasar al comedor.

Al or estas palabras, aquellos seores se olvidaron de m, pues el
apetito que tenan, como buenos cazadores, no les permita pensar ms
que en comer; en verdad no tenan otra cosa que hacer.

A los primeros instantes de silencio, sucedi una conversacin animada
y ruidosa como en el final de una asamblea. Cada cual refera sus
proezas en la caza, y despus que el vino circul en abundancia, no hubo
medio de entenderse. Qu discursos, Dios mo! Cunta ignorancia!
cunta fatuidad! Menos mal, cuando estos nobles seores no son ms que
tontos o fatuos; pero muchos de ellos se distinguan por su grosera y
malos modales.

Aturdida y disgustada de aquella sociedad, parecame or una lengua
desconocida, que estaba en un mundo nuevo y extravagante, lejos de mi
pas, de mis amigos a quienes ansiaba volver a ver; antes de que
terminase la comida, las frecuentes libaciones haban acalorado los
cerebros de nuestros convidados.

--Por esta hermosa joven!--exclam uno de ellos apurando un vaso de
vino.

--Por nuestro husped el duque de Arcos!--agreg otro.

--Por los jabales de estos dominios!--dijo la voz ronca que haba
odo antes en el saln.

Este intrpido cazador, el Nemrod de la partida, era un joven de
veinticuatro a veinticinco aos, de cabellos y bigotes rojos, cuyas
facciones, de expresin dura y altanera, hubieran sido regulares si no
hubieran estado surcadas por una enorme herida que se haba hecho con la
rama de un rbol.

--Por los jabales de estos dominios--repiti,--y por el que he muerto
esta maana!

--Te equivocas, Eduardo--respondi uno de los convidados;--ese jabal
ha sido muerto por mi mano.

--No! Lo mat mi bala; yo lo he visto.

--S, cuando lo has tocado estaba ya muerto!

--Mientes!

Su adversario quiso lanzarse sobre l, pero el duque de Arcos se
levant para separarlos, lo que consigui despus de algunos esfuerzos,
logrando que la disputa no pasase de all. Como medida de precaucin,
acordose la partida, y mientras los convidados se despedan, llamaron a
sus domsticos e hicieron ensillar sus caballos.

Entonces me encontr sola un momento con el terrible Eduardo, el eterno
cazador, y me fue fcil conocer que brillaba menos en el saln que en la
mesa. El vino de Espaa, que mi to les haba prodigado, debilit su
cerebro, y costole gran trabajo balbucear algunas excusas sobre la
escena que acababa de desarrollarse; poco a poco fuese animando, sus
ojos se enrojecieron, su andar era menos vacilante, y me dirigi algunas
frases galantes y tan expresivas, que consider prudente retirarme.

--No tema usted nada--me dijo;--yo parto; pero, noble castellana,
espero que tendr usted a bien conceder a un animoso caballero el beso
de despedida.

Rehus... pero en vano; y como l insistiese, quise arrojarme a la
puerta; pero adivinando mi pensamiento, se interpuso en mi camino y me
rechaz bruscamente.

Fuese a causa del choque brusco que recib, o por el terror que aquel
hombre me inspiraba, vacil y ca dando un grito de terror.

En aquel momento apareci Carlos en la puerta del saln, y lanzndose a
Eduardo, le golpe en la mejilla. Este, furioso, ech mano a un cuchillo
de monte que llevaba en la cintura, e hiri a Carlos. Yo vi el acero
brillar; vi la sangre correr; despus no percib nada, no sent nada;
haba perdido el conocimiento.

Cuando volv en m, cuando principi a recordar mis ideas, estaba
acostada; me encontraba en un gran aposento apenas iluminado, y a la
dbil luz de una lmpara distingu dos hombres: uno de ellos, de pie,
levantaba mi cabeza y procuraba hacerme beber un lquido que no saba lo
que era; el otro estaba arrodillado al pie de mi cama y oraba.

--Dios nos ha odo--murmur en tono bajo una voz que me era conocida,
la de Carlos.--Por fin vuelve en su conocimiento, ya abre los ojos.

Y los dos amigos se abrazaron. Los vea, y no poda explicarme cmo
estaba en aquella estancia, en aquel lecho, sin criados, sin ninguna de
mis doncellas y no teniendo otros acompaantes que Teobaldo y Carlos.

Llam, y nadie acudi; trat de hablar, y se me impuso silencio; ped
que al menos se me permitiese ver la luz del da: pero esto no se me
concedi sino al da siguiente, y slo entonces supe la verdad.

Carlos fue herido en el brazo, pero su herida no era grave. Una fiebre
ardiente se haba apoderado de m; estuve algunos das delirando y me vi
atacada de una enfermedad contagiosa, enfermedad que haca tiempo
azotaba el pas, y que hera de muerte a todo el que alcanzaba. Al
primer sntoma de la aparicin de la viruela, el espanto en el castillo
fue grande. Mi to, egosta y miedoso como todos los ancianos a quienes
lo avanzado de su edad les hace amable la vida y que temen perder los
bienes que poseen, no quiso verme, y mand cerrar todas las puertas que
daban a mis habitaciones; me hubiese hecho salir del castillo, pero no
se atrevi, temiendo no encontrar quien ejecutase sus rdenes. El
ejemplo del amo se comunic a la servidumbre: un terror pnico se haba
apoderado de todos los habitantes de la casa. Nadie hubiera osado
tocarme ni acercarse a mi habitacin: todos se apartaban de m con
horror, y durante doce das, mis dos amigos no me abandonaron un
momento, prodigbanme da y noche los ms asiduos cuidados, viviendo en
aquella atmsphera de muerte; y por premio de todos sus cuidados, de
tanta solicitud, no pedan al Cielo ms que mi vida. En el instante en
que me recobr, sus ojos estaban fijos en los mos con celestial
expresin, con la alegra de una madre que acaba de encontrar a su
hijo.

Me pareci que de repente haba conmovido sus corazones alguna viva
inquietud, pues interrogaban con angustia mis facciones, espiando mis
ms pequeos movimientos; pero pronto se tranquilizaron y sus miradas
brillaron de satisfaccin y de contento; los transportes de alegra de
aquellos dos seres, consagrados nicamente a mi cuidado, me
recompensaron ampliamente de mi aislamiento y de todas las defecciones
que haba sufrido.

Ambos estaban arrodillados junto a mi lecho y besaban mis manos, que yo
retir bruscamente y como asustada. Ay de m! Recobraba la razn, y con
ella el conocimiento y una especie de terror. Tema que mis generosos
amigos fuesen vctimas de su abnegacin, y mis presentimientos se vieron
realizados, al menos para Teobaldo, pues algunos das despus, enfermo
de bastante gravedad, padeca la misma dolencia que me aquejaba; Carlos
entonces se alej de m, me abandon; Teobaldo estaba peligrosamente
enfermo, y era el amigo a quien amaba ms en el mundo. Encontrando
nuevas fuerzas en su juventud, a medida que eran necesarios sus
cuidados, su cuerpo hzose infatigable como su alma, y Carlos pasaba los
das y las noches al lado de su amigo; tenalo en sus brazos, y cuando,
por mi parte, le hablaba del riesgo a que se expona, me contestaba:

--No, no corro peligro alguno; el Cielo me protege, y Dios no me
abandonar.

Pensando y obrando de este modo, no perdi la confianza y el valor que
le animaban ni por un solo instante; slo l daba alientos a nuestro
abatido espritu, y hacanos concebir las ms halageas esperanzas.

Algunas veces le vea ceder, a su pesar, a la inquietud, al dolor; pero
estos momentos eran pasajeros, y en breve recobraba su serenidad y
sonrea ocultando su pena.

--Los das de peligro han pasado--deca;--Teobaldo se encuentra mejor,
la Providencia nos protege.

Tena razn. Dios se haba compadecido de nosotros.

Carlos se libr del contagio, y Teobaldo convaleca; pero el mal haba
dejado impresa en l su terrible huella, y, menos afortunado que yo,
qued desfigurado.

--No estar hermoso--me deca sonriendo;--pero por feo que est, espero
que usted no me desconocer.

Nuestra amistad no slo se conservaba, sino que se hizo ms ntima y
firme, y las pruebas que mutuamente nos habamos dado nos probaron que
siempre sera la misma.

Volvimos a nuestra existencia tranquila, a nuestros estudios, a
nuestras acostumbradas conversaciones; y ms felices y dichosos que
antes de la tempestad, nos parecamos a los marineros salvados
milagrosamente de un naufragio.

Carlos estaba cada da ms contento, ms satisfecho, ms decidor; su
gracia y su ingenio animaban todas nuestras reuniones, y cuando nos
encontraba juntas a las dos personas a quien su solicitud y cuidado
haba salvado, su rostro tomaba una expresin de alegra y de contento
difcil de explicar.

Slo pensaba en nosotros, y se ocupaba asiduamente en procurar
distracciones al pobre Teobaldo, que desde su enfermedad y durante su
convalecencia estaba demasiado triste y abatido.

En ms de una ocasin me hizo notar su estado; cuando le sorprenda en
sus paseos por el parque, le encontraba solo, la cabeza baja, y sus ojos
contenan con dificultad sus lgrimas; inquietos al verle de este modo,
le preguntamos el motivo que tanto le afliga.

--Mi pobre madre--nos dijo--est en peligro de muerte.

Compartimos su dolor y procuramos consolarle; pero, ay de m! bien
pronto la perdi, y lloramos con l sin poder calmar su tristeza, que
aumentaba cada da. Obligado por nuestras continuas preguntas, nos
declar, por ltimo, que haca tiempo meditaba un proyecto que nos
participara al da siguiente.

En efecto: la maana de dicho da encontrbame en el saln de msica,
sentada cerca de Carlos, cuyos dedos corran sobre el clavicordio, sin
ocuparnos de la obra que tenamos delante. Yo le hablaba de la herida
que haba recibido defendindome, que slo l haba olvidado, y de que
nunca le o quejarse; le recordaba su entrada en el saln en el momento
que Eduardo me rechazaba brutalmente cuando intentaba huir de su lado.

--Ah!--me dijo.--Fue el da ms horrible de mi vida; no haba
experimentado nunca un dolor semejante.

--Cundo hiri a usted con su cuchillo?

--No, cuando cre que iba a abrazar a usted.

Al pronunciar estas palabras, que parecan escapadas de sus labios,
haba en su voz, en su mirada, una expresin que no haba notado nunca
en l, y que me caus profundo asombro.

--Carlos!--exclam inclinndome hacia l.

Lanz un grito de dolor y su rostro se cubri de una palidez intensa.
Acababa, sin saberlo, de oprimir con fuerza el brazo en que su herida
estaba abierta todava, y fuera de m, ca a sus pies para pedirle
perdn por el dao que sin querer le haba causado; quiso levantarme, y
su cabeza toc la ma, sus labios rozaron ligeramente los mos, y, en
aquel momento, apareci Teobaldo. Nos vio, y una palidez mortal invadi
su rostro, mientras que Carlos y yo nos sonrojamos al darnos cuenta de
su presencia.

Teobaldo se repuso, y nos sonri con la tristeza que acostumbraba.

--Amigos mos--nos dijo, sentndose cerca de nosotros.--Se acordarn
ustedes de la sorpresa que me caus, hace algunos meses, el sueo que
Carlos nos cont haba tenido. Y esa sorpresa fue tanto mayor, cuanto
que haca muchsimo tiempo que esas mismas ideas eran las mas; fueron
las primeras que yo conceb, y que el tiempo y mi enfermedad han
fortificado. Cuando estaba usted, seora, en peligro de muerte, promet
a Dios que si la salvaba, me consagrara a l, abrazara el estado
eclesistico.

--Hacerse religioso?--exclam.

--Y por qu no? Qu destino me espera en el mundo? puedo aspirar
acaso a la dicha de tener una familia? qu mujer me aceptara por
esposo? de quin puedo esperar ser amado? La vida religiosa me brinda
el reposo y la calma; conviene a mi carcter tranquilo y dado al
estudio; ella no nos separar. Dios no prohbe amar a sus amigos; al
contrario, nos manda rogar por ellos, y yo no me ocupar de otra cosa
sino de la felicidad de ustedes.

Carlos, con toda la efusin y el calor de una verdadera amistad,
combati semejante proyecto; pero Teobaldo rechazaba todas sus
objeciones con la calma y sangre fra de un hombre cuya resolucin es
inquebrantable; pero como nosotros insistisemos, exclam:

--Dirn ustedes, acaso, que no tomo ese partido por ambicin? Carlos,
no soaste que yo llegara a las primeras dignidades de la Iglesia?
Djenme que haga mi fortuna, y entonces se manifestarn celosos ms
bien que opuestos a mi proyecto.

--No lo consentiremos, de ningn modo!

--Preciso ser que consientan ustedes, pues ya est hecho.

Ambos lanzamos un grito de dolor y de sorpresa.

--S--prosigui l;--he pronunciado mis votos.

--Cundo?

--Hace pocos das. Haba previsto lo difcil que me sera resistir a
sus instancias, y he querido evitar esta debilidad anteponindome a
ella. No me compadezcan ustedes, amigos mos: estoy contento, soy
dichoso.

En efecto, a partir de este da la calma sucedi a las inquietudes que
agitaban su alma. La serenidad apareci en su frente, la sonrisa en sus
labios; su amistad pareca ms intensa, ms pura. Aislado del mundo,
pareca no tener sobre la tierra ms objeto que nosotros, y consagraba
al Cielo y al estudio todos los instantes en que no lo necesitbamos.
Tuve el atrevimiento de pedir para l a mi to el ttulo de capelln del
castillo, que posea rentas considerables, y el Duque me concedi este
favor.

Logrado este primer deseo, solicit para Carlos la plaza de secretario,
que Teobaldo no poda desempear, a lo cual accedi tambin mi to sin
repugnancia y sin objecin alguna. Semejante conducta de su parte dejome
profundamente admirada, y mi alegra rayaba en locura, pensando que la
edad haba cambiado el carcter del Duque.

En la entrevista que tuve con l, para pedirle ambos favores, me dijo:

--A mi vez, tengo tambin alguna cosa que pedirte.

--Todo lo que quiera usted, querido to--le contest,--se lo concedo
por anticipado.

--Est bien--me dijo abrazndome, favor que nunca me haba hecho;--no
olvides esta palabra, te la recordar pasadas algunas semanas.

Una maana, en efecto, me hizo llamar a su habitacin; me puse a sus
rdenes, sin saber de lo que se trataba; mi corazn lata con violencia,
mis piernas temblaban y tuve necesidad de detenerme algunos instantes
antes de entrar en su gabinete, para disimular mi emocin. Mi to estaba
sentado cerca de una mesa y lea; al verme, dej sus anteojos y su
libro.

--Querida sobrina--comenz dicindome;--eres demasiado bella y bien
educada; tienes talento, ms sin duda de lo que convendra a la familia
de los Arcos; pero el mal, si lo es, no tiene remedio. Adems, cuentas
diez y ocho aos, y todos los seores de las cercanas solicitan tu
mano.

--Ah!--exclam;--no he pensado en casarme...

Mi to me mir con sorpresa y prosigui framente:

--Te he hecho venir, no para pedirte consejo, sino para prevenirte que
he ofrecido tu mano a uno de mis vecinos.

Me turb de tal modo, que cre que iba a perder el conocimiento. Mi to
me mostr con el dedo un silln, y, sin interrumpirse, continu
diciendo:

--He elegido el ms rico y ms noble, el hijo del conde de Ppoli.
Vendr maana; preprate a recibirle.

Quise hablar, suplicar; pero aparentando no comprenderme, mi to tom
sus anteojos y su libro y me hizo sea con la mano para que me retirase.

Como fascinada por aquel dedo demacrado que se extenda hacia m...
obedec, sin despegar mis labios; sal y me encamin a mi aposento,
donde derram un mar de lgrimas. Por qu? de dnde provena mi
desesperacin? Lo ignoraba, nunca me haba dado cuenta de lo que poda
suceder en mi corazn. Slo mis amigos eran capaces de consolarme, y fui
en su busca.

--Amigos mos--les dije llorando;--aconsjenme, slvenme, me quieren
casar.

Teobaldo se estremeci; luego le vi levantar los ojos al cielo y
brillar en ellos una lgrima.

Carlos psose plido como la muerte, y nada me contest. Cre que no
me haba comprendido.

--Me quieren casar!--repet;--dganme algo! contstenme!... Qu me
aconsejan?

--No consienta usted--exclam Carlos con alegra.

--Prefiera usted la muerte!--dijo Teobaldo.

Carlos quiso proseguir, pero no pudo pronunciar una sola palabra...
Permaneci algunos instantes con la cabeza entre las manos, como
buscando alguna idea.

--Si tal es la voluntad del seor Duque--dijo luego,--ni la razn, ni
las lgrimas, ni los ruegos conseguirn vencerlo.

Teobaldo y yo comprendimos que tena razn, y guardamos silencio.
Carlos continu:

--Por mi parte, ni aun ensayara el hacerle cambiar de modo de pensar;
sera intil.

--Qu hara usted?

--Me dirigira a un poder superior al suyo. Abandonara el castillo, e
ira a refugiarme en un convento, el _della Piet_, donde se encuentra
la hermana menor de usted, la seora Isabel.

--Tiene razn!--exclam;--partamos!

--Insensata!--exclam Teobaldo detenindome;--Cree usted que la
abadesa _della Piet_ consentira en recibirla y retenerla contra la
voluntad del seor Duque? A su voz todos los monasterios se cierran; ni
uno slo querra excitar su clera, ni resistira a sus justas
reclamaciones... Porque, sobre todo, l tiene dos derechos sobre usted.
Es usted su sobrina... y la ha educado.

Ni Carlos ni yo encontramos palabras que poder oponer a tan justos
razonamientos. Teobaldo inclin la cabeza y prosigui, al cabo de un
momento:

--Un solo medio queda, que yo le dir.

--Y cul es?

--Lo sabr usted pasados unos das.

A pesar de nuestras instancias, no quiso satisfacer la ansiedad que
experimentbamos.




IV


La maana siguiente, el ltigo de un postilln reson en el patio del
castillo, y a poco se vio entrar un magnfico coche precedido y seguido
de escuderos y picadores. Mi to, de pie y rodeado de todos sus criados,
recibi en la escalera a un joven a quien abraz, conducindole luego al
saln principal. En seguida me envi a decir que me esperaba. Cre que
no acabara nunca de bajar la escalera de piedra que desde mi aposento
conduca al saln de ceremonia. Dos veces me vi obligada a apoyarme...
En fin, reuniendo todas mis fuerzas, entr con los ojos bajos y sin
poder apenas sostenerme.

Mi to se me acerc, y tomndome la mano me present al conde de
Ppoli, que haca un ao haba heredado de su padre las ms ricas
propiedades de la comarca. Imagnense lo que pas por m, gran Dios, al
reconocer en mi prometido al rudo y feroz Eduardo, el que dos aos antes
y en aquella misma habitacin me haba groseramente insultado, el que
tan baja y cobardemente haba herido a un hombre desarmado e indefenso!

El conde de Ppoli me salud con respeto, y despus se volvi a mi to,
el cual, continuando la conversacin comenzada, le dijo framente:

--Dentro de quince das y en la capilla del castillo, mi capelln
celebrar el matrimonio.

A lo que el Conde contest inclinndose:

--Como guste, monseor.

Indignada de tanta tirana; convencida que ante tan firme resolucin mi
dicha no sera tomada en cuenta para nada, encontr en la conviccin de
mi inevitable desgracia una energa desconocida hasta entonces, y jur
que nunca sera la esposa del conde de Ppoli.

Carlos, por su parte, mostrbase tranquilo y lleno de esperanza en los
medios que haba imaginado y sobre los cuales guardaba el ms profundo
silencio.

Pero, transcurridos algunos das, toda la confianza de que haba hecho
alarde le haba abandonado; taciturno y silencioso, era presa de una
sombra desesperacin.

--No hay salvacin para usted--me dijo;--no puedo hacer otra cosa que
morir por mi bienhechora. He ido en busca del conde de Ppoli, y sin
nombrarla para nada ni comprometerla, lo he recordado el insulto que le
haba dirigido hace dos aos; le he ofrecido y pedido una reparacin ms
completa que la que haba obtenido. Contaba con que aceptara, porque
dicen que es valiente, y le hubiese muerto o hubiese dejado mi vida en
sus manos. Quera por ese medio impedir la desgracia de usted, o no ser
testigo de ella. Esto es, seora, todo lo que poda hacer por usted el
pobre Carlos. Pero el Conde ha rehusado altivamente, preguntndome quin
era... Quin era, seora!... cuando se trataba de morir!... Hurfano,
bastardo tal vez, no tengo derecho a que me mate un noble, un seor!...
el conde de Ppoli. Parece que es un crimen aspirar a este honor, porque
el seor Duque me hizo azotar.

--A usted, Carlos!

--S, azotado...

En aquel momento lleg Teobaldo, y ambos nos arrojamos a sus brazos...

--S, son ustedes muy desgraciados--nos dijo, procurando darnos una
esperanza que l mismo no tena, mezclando a los consuelos de la amistad
los de la religin.

Durante dos das le vi ocupado solamente en calmar la desesperacin de
Carlos, que, en el colmo de su desventura, nada quera escuchar. Su
exasperacin ces de repente; pero sombro y pensativo, guardaba el ms
profundo silencio con Teobaldo y conmigo. Pareca enteramente ocupado de
un siniestro proyecto que absorba toda su atencin y le haca olvidar
a sus amigos.

Entretanto pasaban los das, y ya estbamos en la vspera del fijado
para la realizacin del funesto enlace.

Teobaldo se present delante de m, plido y con el semblante demudado.

--Juanita!--me dijo;--es necesario salvar a Carlos, es preciso salvar
su alma. Esta maana ha venido a m, no como a un amigo, sino como al
ministro del altar; me ha pedido la absolucin, que yo le he rehusado,
porque est firmemente decidido a cometer un crimen.

--El!--exclam.

--S... un crimen que lleva consigo la condenacin eterna. No le
maldiga usted, seora; no le abrume con su clera... Hoy mismo quiere
matarse!

Yo lanc un grito agudo, y sent que un fro mortal se apoderaba de m.

--Matarse!--exclam;--y por qu?

--Por qu?--repiti Teobaldo, estrechando mis manos entre las suyas,
fras como el mrmol...--No s cmo decrselo... y no obstante es
preciso... es necesario...

Y al hablar as el sudor corra por su plida frente.

--Acabe! Acabe!

--Pues bien!--dijo en voz baja y haciendo un esfuerzo sobre s
mismo:--slo a m me ha confiado su secreto, y usted no debera saberlo
nunca... Ama a usted como un insensato! Vea por lo que se quiere
matar! Vea por qu la maldicin del Cielo caer sobre l!

--Ah!--exclam:--tambin deber caer sobre m, porque sus pensamientos
son los mos.

--Usted, Juanita! quiere morir!

Pero, bajando la vista y sin atreverse a mirarme, continu con voz
temblorosa:

--Le ama usted del modo que l la ama?

Yo nada contest; pero ca a sus pies. Teobaldo lanz un grito y guard
el ms profundo silencio; despus, fijando sobre m una mirada llena de
bondad, me dijo:

--Hija ma (era la primera vez que me daba este nombre, autorizado por
las santas funciones de su ministerio), hija ma, ojal pueda alejar de
usted y que caiga sobre m la desgracia que ambos se han preparado!
Promtame solamente renunciar a esas ideas de muerte, proyecto culpable
que le cerrara las puertas del Cielo, de ese Cielo donde espero volver
a encontrarla.

--Pero entonces, qu partido tomaremos?

--Uno hay--contest con emocin;--si ama usted a Carlos, si se siente
capaz de arrostrar por l la clera del seor Duque, el desprecio del
mundo, las desgracias, la miseria quizs.

--Estoy pronta.

--Pues bien! Yo hago mal, sin duda, dndole semejante consejo... Pero,
piensa usted en matarse, y es necesario salvar su alma...

Teobaldo call por algunos momentos como si le espantase el partido que
acababa de tomar.

--Ah! Dios perdonar una falta mejor que un crimen. Csese con Carlos
en secreto y ante el altar.

--Y quin se atrever a arrostrar la venganza de mi to, de mi
familia? Quin nos desposar?

--Yo!--repuso Teobaldo.

No encontrando expresiones con que manifestarle mi gratitud, me arroj
en sus brazos.

--De dnde proviene esa sorpresa?--continu:--no le tengo dicho hace
algunos aos que no sera en balde la proteccin que me dispensaba?

No tenamos tiempo que perder. A la maana siguiente deba celebrarse
mi matrimonio con el conde de Ppoli, y decidimos que aquella misma
noche Carlos y yo iramos a la capilla del castillo por caminos
diferentes; que Teobaldo bendecira nuestra unin, y una vez efectuado
nuestro enlace, nos resignaramos a sufrir la clera del duque de Arcos,
que podra sumirnos en una prisin, arrojarnos del castillo y
desheredarnos, pero no romper nuestra unin!

Despus de la comida nos trasladamos al saln, cuyas puertas vidrieras
daban al parque; el conde de Ppoli, sentado cerca de m, mostrbase tan
galante como se lo permitan sus costumbres de cazador.

Carlos entr, y en su alegre mirada, llena de dulzura, conoc que
Teobaldo le haba prevenido. Acababa de despedirse de mi to, pues deba
marchar a una granja a la maana siguiente. Pas por delante del Conde,
a quien salud framente, y aproximndose a m para despedirse, tom mi
mano, que llev respetuosamente a sus labios. Yo le dije en voz baja:

--Esta noche a las doce.

--A las doce!--repiti estrechando mi mano y dirigindome una mirada
llena de reconocimiento y de ternura.

En aquel instante le avisaron que un hombre mal vestido deseaba
hablarle y le esperaba en el parque.

Algunos momentos despus, desde las ventanas del saln los vi pasar por
una calle de rboles de las ms lejanas. No pude distinguir el rostro
del extranjero, cuyo porte no me pareci completamente desconocido,
agolpndose a mi imaginacin ideas y recuerdos confusos.

Hablaban ambos acaloradamente, y en las gesticulaciones de Carlos, en
su paso incierto y vacilante, notaba una agitacin y una inquietud que
no poda explicarme, y de la que particip cuando pas una gran parte de
la noche sin verle aparecer en el saln; pero bien pronto, me deca yo
mirando el reloj, bien pronto sabr lo que significa esa visita
imprevista.

Al fin, cada cual se retir a su aposento. Yo qued en mi habitacin y
pseme a orar; cuando dieron las doce en el reloj del castillo, me
encamin hacia la capilla. Teobaldo me haba precedido.

--Eres t, Carlos?--pregunt.

--No, hija ma--me contest una voz temblorosa.

Era Teobaldo.

Esperamos intilmente; permanecimos solos el resto de la noche, y
cuando los primeros rayos del da iluminaron las vidrieras de la
capilla, Carlos no haba aparecido.

Pas el da, pasaron tambin los siguientes y no volvi a presentarse
en el castillo.




V


La ausencia de Carlos--prosigui la Condesa,--su desaparicin
misteriosa e imprevista nos haban anonadado. Habra sido vctima de
alguna traicin? Nuestros proyectos haban sido descubiertos? Su
rival, celoso, haba pagado asesinos que le matasen? La venganza y el
poder del duque de Arcos, le haban privado de su libertad y le haban
recluido en alguna prisin de Estado?

Nos perdamos en conjeturas, y en vano buscbamos la causa de aquel
misterio; toda la solicitud de Teobaldo fue infructuosa y nada pudimos
saber. Por otra parte, lo mismo el conde de Ppoli que el duque de Arcos
parecan ignorar el suceso; no tenan la menor reserva para con
Teobaldo; no nos impedan vernos, y aunque irritados por mi resistencia,
atribuan mi obstinacin a la repugnancia que senta al matrimonio ms
bien que a otra causa extraa. A fuerza de lgrimas y splicas, haba
obtenido tres meses de tregua, jurando que cumplira mi palabra llegado
el plazo.

Cuando transcurrieron los tres meses, ped de nuevo otra prrroga; pero
era necesario ceder a la voluntad del Duque, a mi promesa, a la fe
jurada... Ay de m! no hay poder divino ni humano que pueda cambiar el
destino! Mi cabeza estaba trastornada, mi corazn herido; slo quedaba
mi mano, y el duque de Arcos dispuso de ella!

Era ya condesa de Ppoli!

Como satisfecho de este postrer acto de tirana que labraba mi eterna
desdicha, y como si hubiese concluido su obra sobre la tierra, mi to
muri al ao de efectuarse mi matrimonio, dejndonos todos sus bienes.
Ningn cambio hubo en mi suerte, ninguna nueva de Carlos. Si, como
creamos, haba sido encerrado en alguna prisin a ruegos del duque de
Arcos, la muerte de ste deba ponerle en libertad. Pero no pareci, y
Teobaldo me dijo, desesperado:

--Est visto; nuestro amigo no existe.

Ambos le lloramos, y en las calles de rboles del parque donde solamos
sentarnos los tres en tiempos ms felices, colocamos unas piedras en
forma de monumento fnebre, misterioso como su suerte; no inscribimos
nombre alguno, ninguna inscripcin; y junto a esta tumba sin despojos,
pero animada por nuestros recuerdos, nos reunamos todas las tardes para
hablar de l, para rogar por l y pedir a la Providencia que pusiese fin
a nuestro dolor y a su ausencia.

Viv de este modo, cerca de un esposo de pasiones brutales y colricas,
pero cuyo corazn era menos malo de lo que yo cre en un principio.
Todos sus defectos provenan de una educacin descuidada. Un amor propio
excesivo y un orgullo sin lmites eran la consecuencia de su absoluta
ignorancia; y cuando, con una habilidad y una paciencia infinitas,
Teobaldo le hizo comprender poco a poco lo mucho que ignoraba, empez
por confiar menos en s mismo y ms en nosotros. Por mi parte me dediqu
a moderar su carcter impetuoso, aunque, con frecuencia, mi dulzura no
lograba desarmarle.

A causa de las escenas violentas a que se entregaba, me compadecan
nuestros vecinos. Admiraban mi resignacin, que no se deba,
seguramente, a la indiferencia. Era demasiado desgraciada para ocuparme
de ciertas pequeeces.

La tristeza de Teobaldo aumentaba de da en da. La vista del castillo
le apenaba profundamente; el aire que respiraba alteraba su salud, y, a
no verme sufrir tanto, se hubiese retirado de nuestra morada desde haca
mucho tiempo. Sombro y taciturno, hua de toda distraccin y aun del
estudio; entregado a la religin, pasaba da y noche al pie del altar.
En los alrededores era tenido por un santo, y hasta mi marido respetaba
su virtud.

Haca algunos meses que el conde de Ppoli visitaba con frecuencia a
los seores de las cercanas, o los reciba en nuestra casa, donde
tenan conferencias secretas. En fin, con gran sorpresa ma, llegu a
observar que ya no se dedicaba solamente a la caza. Con frecuencia me
daba a traducir o escribir cartas para algunos seores de Alemania;
estas cartas eran insignificantes en apariencia; pero tenan un sentido
diferente y misterioso que deseaba conocer, y que no tard en adivinar.

El conde de Ppoli pareca satisfecho de sus proyectos; pero, a pesar
de esto, en algunos momentos violentbase para aparecer con un aspecto
tranquilo, y, en ocasiones, surcaban su frente imperceptibles arrugas.
Contra su costumbre, pareca preocupado por una idea y semejbase a un
hombre sumido en profundas meditaciones. Hice notar mis observaciones a
Teobaldo, que me trat de visionaria y no quiso darme crdito.

No obstante, cierto da entr en mi habitacin con aire agitado.

--Juanita--me dijo:--aqu sucede algo extraordinario. Hay una porcin
de armas en los subterrneos del castillo.

--Armas de caza?--le pregunt.

--No, deben de ser destinadas para otro fin: esta tarde, cuando volva
del pueblo de suministrar los Sacramentos a una enferma, se me ha
aproximado, enmedio del bosque, un hombre envuelto en una capa y me ha
dicho en voz baja:

--Seor capelln; abandone esta misma noche el castillo en compaa de
la Condesa; peligra su libertad y su vida; maana ser demasiado tarde.

En seguida se alej precipitadamente.

--Es alguno--le dije,--que ha querido burlarse de usted.

--No, no--me contest haciendo la seal de la cruz;--porque me ha
parecido or la voz de Carlos que vena a salvarla.

--Carlos!--exclam;--es imposible.

--S, eso mismo he pensado yo; pero mi corazn me ha dicho que era l.
Cuando se alejaba, despus de estrechar mi mano, grit:

--Carlos! Carlos!

Entonces se detuvo, y cre que se iba a arrojar en mis brazos; pero me
equivoqu, pues lanzando un grito de dolor, volvi la cabeza y
desapareci velozmente.

No podr explicar la turbacin que me caus esta sencilla relacin.
Por qu abandonar el castillo donde estbamos seguros, y en el que
nuestra numerosa servidumbre poda defendernos? Semejante aviso me
pareci absurdo y me hizo dudar de todo.

Sin embargo, para no tener nada que reprocharme, envi a buscar a mi
esposo. A pesar de ser ya ms de media noche, el Conde estaba fuera
todava. Orden que me llamasen a su vuelta. Pero el Conde no regres al
castillo en toda la noche.

La inquietud se apoder de m, y apenas amaneci hice que fueran en su
busca. Pero las puertas del castillo estaban bien guardadas por soldados
espaoles, y no dejaron pasar a mis emisarios. Poco despus,
presentseme el oficial que los mandaba, y me dijo respetuosamente:

--Vengo a cumplir una orden bien sensible para m. Estoy encargado de
prender a usted.

--A m, seor oficial?

--S, a la condesa de Ppoli.

--De orden de quin?

--Del Rey.

Me vi obligada a obedecer y, un momento despus, suba al coche que se
me tena preparado. Llegamos al Castillo-Nuevo, donde fui encerrada. El
conde de Ppoli haba sido igualmente arrestado aquella misma noche en
casa de un caballero vecino nuestro, que estaba complicado con l en la
conspiracin que se tramaba.




VI


El conde de Ppoli, dueo de una inmensa fortuna, que aument
considerablemente al agregrsele la del duque de Arcos, mi to, crea
que su nombre y sus riquezas le daban derecho para figurar a la cabeza
del gobierno. No haba pensado nunca que el talento debe tenerse en
cuenta, y habase indignado de la poca importancia que siempre le
concedi la corte de Espaa. Soando con el virreinato de Npoles, y no
escuchando ms que la voz de su orgullo y su amor propio herido,
concibi el proyecto de hacerse temer de los que le haban despreciado.
Quiso librar a los napolitanos del yugo de los espaoles e hizo entrar
en el complot a muchos nobles de los alrededores, de los que se crea
jefe, y de los que no era ms que el instrumento; porque, en caso de
triunfo, hubieran recogido el fruto de una sublevacin en la que el
conde de Ppoli corra todos los peligros.

La conspiracin era evidente, las pruebas numerosas y el parecer de
los jueces era unnime!... Pero la opinin pblica estaba tan
pronunciada, era tan poco dudosa en el modo de juzgar del talento y
capacidad del conde de Ppoli, que nadie dudaba de que tal proyecto no
haba sido concebido por l; a causa de esto, se me crey el alma de
aquel complot. Decase que mis consejos y mi influencia le haban hecho
entrar en esta conspiracin, cuyo verdadero jefe era yo. En una palabra,
se me concedan los honores de la invencin. Debo confesar que las
cartas escritas por m y que obraban en poder de los jueces, constituan
una prueba ms que suficiente en contra ma.

Supongo que conocern ustedes los detalles de ese proceso, que tanto
ruido hizo en Espaa y en Italia. Sabrn tambin que fuimos condenados a
muerte; pero, escuchen lo que tal vez ignoran.

Mis jueces, compadecidos de mi juventud, haban solicitado gracia de la
corte de Madrid, la que pareca imposible alcanzar porque la poblacin
de Npoles nos miraba como a hroes, como a mrtires de la libertad;
haba querido derribar las puertas de nuestra prisin, y hasta lleg a
intentar una sublevacin con el fin de salvarnos; la cual no tuvo otro
resultado que asegurar nuestra prdida.

La ejecucin de la sentencia se haba fijado para el da de San Javier,
y la vspera solicit que se me concediesen dos favores, los que me
fueron otorgados. El primero fue ver y abrazar a mi querida hermana, a
la que haba sacado del convento un ao antes y a quien nuestra prisin
oblig a entrar de nuevo en l; y la segunda, elegir yo misma mi
confesor. Se me dijo que un capelln estaba a las puertas de la prisin
y que quera hablarme. Deba de ser Teobaldo; no me haba engaado, en
efecto.

Entr con la frente erguida, la mirada llena de expresin; y
comprendiendo el santo gozo que le animaba, corr a l dicindole:

--Amigo mo! Padre mo! He aqu el da de la libertad: la mirada de
usted me lo hace concebir.

--Aun no--me contest con una sonrisa triste y expresiva.

Luego, volvindose al gobernador de la prisin, que entraba en aquel
instante, le entreg una carta, que ley vivamente, y, sorprendido en
extremo por su contenido, la dej caer sobre la mesa junto a la cual
estaba yo sentada. Fij en ella una mirada investigadora y me estremec
al ver unos caracteres que no me eran desconocidos. Slo contena estas
palabras:

Vuestra Majestad me prometi ayer concederme todo lo que le pidiese;
pido gracia para la condesa de Ppoli y su esposo.

       *       *       *       *       *

CARLOS BROSCHI.

Debajo, y escrito por la misma mano del Rey, se lea: Concedido.

FERNANDO.

       *       *       *       *       *

Abrironse las puertas de la prisin; estbamos libres, pero
desterrados para siempre del reino de Npoles, obligndonos a abandonar
el territorio en veinticuatro horas, y confiscados todos nuestros
bienes. El Conde se ocup de nuestro viaje, y yo con el corazn lleno
de gozo, de temor y de sorpresa, me encerr con Teobaldo.

--Carlos existe!--exclam:--existe!

--S, seora; le he visto, le he abrazado... porque el escrito que le
he entregado en la prisin y que le ha devuelto la libertad, l mismo lo
ha trado, porque no ha cesado de velar por la felicidad de usted.

--Dnde se encuentra? Por qu nos ha abandonado? Por qu ese
silencio, ese misterio en su destino?

--Juanita--respondiome con voz conmovida y estrechando mis manos:--no
me lo pregunte, no me pida explicaciones; no le podr satisfacer.

--As, pues, conoce usted eso secreto?

--S, me lo ha revelado, pero no como al amigo, sino como al ministro
del Seor... y bajo el secreto de la confesin.

--Una sola palabra--le dije:--sigue amndome an?

--Ms que nunca.

--Est libre?

--Lo estar siempre; no ama, no amar a nadie ms que a usted. Esto es
lo que tal vez no debera decirle--continu con voz trmula...--Pero,
comprender usted que por la dicha de ambos... no debe verla... Le he
impuesto esta ley... Me ha jurado acatarla, y confo en que cumplir su
palabra.

--Tiene razn!

A pesar mo, mis ojos vertan abundantes lgrimas, y una incertidumbre
angustiosa agitaba y oprima mi corazn.

--La noche que deba usted bendecir nuestra unin--le dije,--se alej
de nosotros voluntariamente o se le oblig a dejarnos?

--No, lo hizo por s mismo, obligado solamente por el honor, por el
deber.

--Una pregunta ms, Teobaldo: en su lugar, hubiera usted hecho lo
mismo?

--S, seora.

--En eso caso, aprueba usted su conducta de entonces y de ahora?
aprueba su ausencia, su silencio, y hasta el misterio que le rodea?

--S--repuso con voz firme.

--Ya estoy tranquila!--exclam tendindolo la mano;--como l,
Teobaldo, ser digna de usted; como l, permanecer fiel al deber,
aunque sea un sacrificio superior a mis fuerzas.

En aquel momento se present el conde de Ppoli. El buque estaba pronto
y era necesario partir; los das del destierro comenzaban para nosotros.

--Adis, pues, patria ma!--deca llorando.--Adis, hermoso cielo de
Npoles! Adis todo lo que he amado en el mundo!

Y, entretanto, el navo nos alejaba para siempre de aquellas queridas
playas, pobres, desterrados, s, desterrados para siempre!... Esta
palabra vibraba en mis odos con una violencia que ni el ruido de las
olas, ni los gritos de los marineros podan ahogar; mientras que a lo
lejos y de pie en la costa, Teobaldo agitaba todava en seal de
despedida su pauelo blanco, que no tard en desaparecer en la
obscuridad. Largo tiempo permanec sobre cubierta obstinada en
distinguirlo, y cuando ya no le vi...

--Todo ha terminado para m--dije.

Y me cre sola en el mundo.

En la adversidad se tiene fcilmente valor para sufrir, cuando vemos
junto a nosotros las personas a quienes amamos. Pero el infortunio se
hace an ms amargo si nos vemos rodeados tan slo de seres
indiferentes. La desgracia es mucho mayor si no amamos a los seres con
quienes vivimos; son dos suplicios, y el primero no es el ms cruel
comparado con el segundo. Me era necesario sufrir las quejas, el mal
humor y hasta los reproches del conde de Ppoli, porque de todo me
acusaba, hasta de la miseria que no haba conocido, y que en breve lleg
a aumentar mis dolores.

Buscamos un refugio en Inglaterra; habiendo llegado sin recomendacin
alguna, no tenamos conocimiento en el pas, y carecamos de recursos;
nuestros bienes confiscados nos privaban de toda esperanza; juzguen
ustedes, pues, de mi situacin, cuando nos pidieron el precio de nuestro
alojamiento, que las pocas alhajas que me quedaban no bastaban para
pagar... Ibamos a ser despedidos vergonzosamente; estbamos prximos a
encontrarnos sin pan, sin asilo... cuando lleg para el conde de Ppoli
un paquete de Londres y una letra, por la cual un antiguo deudor del
duque de Arcos enviaba a la sobrina de ste diez mil libras esterlinas
que le deba haca mucho tiempo.

El conde recibi este dinero como llovido del cielo; y yo, que no tena
ms que un amigo en el mundo, adivin fcilmente, por los trminos en
que estaba escrita la carta en que se me enviaba la letra, al que
ocultaba una buena accin disfrazndola con el reconocimiento.

Rehuyendo vivir en la ciudad, resolvimos establecernos en la campia,
cuyo modo de vivir convendra a mi salud, a la sazn bastante
quebrantada. El Conde encarg a un individuo que nos proporcionase una
residencia modesta y conveniente, y se present, por fortuna nuestra,
una buena ocasin; estaba en venta una encantadora posesin en los
alrededores de Londres, situada admirablemente y amueblada con gusto y
elegancia; tena cristalinas aguas, un parque magnfico, y la obtuvimos
por un precio mdico.

Mi esposo sentase encantado de las bellezas de esta modesta
habitacin, que yo miraba con indiferencia en un principio, y con algo
de extraeza ms adelante, pues encontr un gabinetito amueblado y
dispuesto como tena el mo en el castillo del duque de Arcos. All
tena el mismo clavicordio y sobre la mesa mis autores predilectos, los
libros que ms me complaca en leer, y que una mano generosa haba
recogido para colocarlos all a mi disposicin; en mi destierro
encontraba los recuerdos de mi pasada felicidad y de la patria ausente.

--Gracias, Carlos, gracias--murmur interiormente.




VII


Transcurrieron varias semanas en la mayor tranquilidad, y nuestro
aislamiento era completo; tranquilidad y aislamiento que me hacan mucho
bien, pero que eran insoportables para mi esposo, que echaba de menos su
pas y sus partidas de caza. Era valiente, activo; y desterrado para
siempre del suelo que le vio nacer, decidi, pues, entrar al servicio de
Inglaterra, y present al efecto una solicitud a los ministros de Jorge
II, que fue desatendida. Pidiome entonces que fuese a hablar a la Reina,
la que me recibi con dulzura, pero me manifest que senta mucha pena
por no poder favorecer a un proscrito por la corte de Madrid.

--Sera arriesgarse--me dijo,--a recibir las justas reclamaciones del
embajador de Espaa.

En aquel instante anunciaron al Rey, y Jorge II apareci apoyado en el
brazo de un joven de buen aspecto y cuidadosamente vestido. Necesit
hacer un grande esfuerzo para reprimir un grito de sorpresa al reconocer
en aquel joven a Carlos, el cual palideci visiblemente y se vio
obligado a apoyarse en un silln. La Reina le tendi la mano y le dijo
con bondad:

--Sintese, Carlos.

Se inclin cortsmente y permaneci de pie, continuando mirndome, con
el ms profundo silencio. Yo me desped de SS. MM. y me retir de su
presencia; poco despus llegu a mi casa en un estado difcil de
explicar. El conde de Ppoli me aguardaba con impaciencia, y le cont el
mal xito de mis gestiones y la poca esperanza que deba tener; mientras
hablaba, entr en el patio un carruaje.

Las puertas del saln se abrieron, y vi aparecer a Carlos, el cual se
present en casa de mi marido, sereno y con la mayor dignidad.

--Seor--dijo al conde de Ppoli,--debo mi fortuna y mi posicin al
duque de Arcos y a su sobrina, y mi nico deseo es poder recompensarles
un da el bien que de ellos he recibido. Circunstancias favorables me
han hecho tener en la corte y en el ministerio algunos amigos a quienes
he hablado en favor de usted, y he conseguido que se le conceda un
empleo de cierta categora en el ejrcito ingls, cuyos valientes
soldados pertenecen a todos los pases, como ha dicho el Rey al firmar
el despacho; soy dichoso por ser el portador de tan feliz nueva, y
suplico a usted olvide lo pasado y disponga de m incondicionalmente.

Haba en su acento tanta lealtad y franqueza, que el Conde, no pudiendo
contener su emocin, le tendi espontneamente la mano, dicindole:

--Soy yo, seor, a quien debe culparse de todo lo pasado. Deme su
mano... y su amistad, porque en adelante puede usted contar con la ma.

Desde este da, Carlos frecuentaba nuestra casa.

--He jurado a Teobaldo--me dijo,--no hablar a usted de mi amor y
sostendr este juramento. Pero haba ofrecido tambin velar por usted,
protegerla, dedicarle mi vida entera, y cumplo esta promesa. Soy un
amigo... un hermano... que nada pide para s, slo desea ver a usted...
porque vivir sin verla me es imposible, lo he ensayado y no tengo el
suficiente valor para privarme de ello; preferira morir.

En efecto, veamos a Carlos casi diariamente; pero, fiel a su promesa,
elega las horas en que mi esposo estaba en casa; y nadie, excepto yo,
poda adivinar lo que sufra su corazn. Nunca me dirigi una palabra,
una mirada de amor; pero la intensa emocin que le devoraba ponase de
manifiesto en sus ojos, y una mirada ma le deca con frecuencia que
comprenda sus sufrimientos y su abnegacin.

Mostrbase grande, pero no tanto como era en realidad. Despus de
algunas palabras que se le haban escapado involuntariamente, y de lo
que Teobaldo me haba dicho, comprend que en el instante en que
debamos unirnos para siempre, un deber imperioso, sagrado, un deber
que yo no poda explicarme, le haba separado de m... Volva a m, me
amaba siempre; era libre, y yo estaba unida a otro hombre, estaba
encadenada para siempre! Una o dos veces me encontr sola con l, y
entonces todo su valor y su resolucin le faltaban; su emocin era tan
grande, que apenas poda hablar; y yo, ms conmovida que l, procuraba
llevar la conversacin a la poca de nuestra niez, a los tiempos de
nuestra juventud; pero, a pesar mo, e impulsada por una secreta
curiosidad, conclua siempre por llegar al da de nuestra separacin.

--Aquel hombre--decale,--aquel extranjero que lleg la misma tarde
del da en que nos separamos, y que habl largo tiempo con usted, no fue
la causa de su partida?

--S--contestbame en tono sombro:--l fue la causa de que mi
felicidad futura desapareciese... me fue necesario huir de usted... Mi
dolor, mi desesperacin... no han encontrado consuelo, ni olvido mis
males sano con el estudio, con el trabajo. El talento que debo a
usted... porque todo se lo debo, me ha abierto una carrera en la cual
hasta entonces no haba pensado. Ella me ha llevado a la fortuna...
fortuna honrada, se lo aseguro! Su amigo es el amigo de Teobaldo, y no
ha dejado de ser hombre de bien; si no lo fuese, no estara en presencia
de usted... no se atrevera a fijar los ojos en el ngel que ama, que
adora... No, no--repiti bajando la voz:--que reverencia, que respeta,
y que le han arrebatado para siempre!

Cuando acab de pronunciar estas palabras, ocult el rostro entre sus
manos para ocultar su llanto. Pero comprend su accin.

--Carlos--le dijo con dulzura:--hay un secreto que pesa sobre la vida
de usted.

--S, un secreto que me matar.

--Ese secreto--prosegu,--que ha revelado usted a Teobaldo, no puedo
conocerlo?

Se estremeci y me mir como espantado.

--Ignora usted, pues--continu,--que le estimo tanto como Teobaldo,
que le amo tanto como l!... ah! mil veces ms!... La proximidad de la
muerte, la vista del cadalso no me hicieron palidecer; y cree usted que
un secreto del que depende su suerte no me podr ser confiado! Teobaldo
lo guarda por amor a su Dios! Yo lo guardar por el amor que profeso a
usted, y el hierro del verdugo no lograra arrancrmelo.

Carlos me mir algunos instantes con amor y reconocimiento; una
radiante mirada brill en sus ojos y cre que iba a ceder; pero me
contest con tristeza:

--Juanita, no desee usted saber ese secreto!... Ignrelo siempre si me
ama; porque no podr decrselo sin morir: el da que lo conozca habr
dejado de existir!

En aquel instante entr mi esposo, y Carlos, haciendo un esfuerzo sobre
s mismo, cambi su tristeza en la conversacin viva y mordaz que le
caracterizaba.

Haba en la franqueza de sus modales y en la gracia de sus palabras un
atractivo que le haca simpatizar con todo el que le trataba. El Conde
ceda con frecuencia a su ascendiente y dejbase arrastrar por l,
seducido por lo agradable de la conversacin; asombrbase de encontrar
un placer que no fuese la caza. Habase acostumbrado de tal modo a las
visitas de Carlos, que el da que ste no iba estaba de mal humor y
regaaba con todo el mundo, sin exceptuarme a m.

Por esta poca, dese pasar a un regimiento que iba a Hannover, y su
instancia fue bien admitida; estaba protegido en la corte por una mano
invisible. Pero lo que ms me admiraba era que yo haba hablado a muchas
personas de Londres, de Carlos Broschi, y nadie conoca este nombre ni
haban odo hablar de la persona as llamada.

Cierto da presentose un hombre en mi casa y pregunt a mis criados si
el seor Broschi debera ir all, porque no le haba encontrado en su
alojamiento, segn deca, y le era absolutamente necesario verle. Se me
dio cuenta de aquella visita, e hice entrar al desconocido, como ste
probablemente esperaba.

El extranjero era un anciano de buen aspecto, y cuyos cabellos blancos
dbanle un aire respetable; su figura estaba llena de bondad y animada
por unos ojos vivos y que aun tenan algo de brillo de la juventud.

Le habl de Carlos, y repentinamente levant la cabeza con una alegra
y un orgullo difciles de explicar. Carlos, segn pude deducir, era su
dios, su dolo; y el anciano no encontraba sobre la tierra persona a
quien compararle. Pero de pronto, y como si temiese que su entusiasmo le
llevase demasiado lejos, ces de prodigarle sus elogios.

--No puedo hablar ms--deca:--si le conociese usted como yo; si
supiese todo el bien que hace, el oro que derrama a manos llenas... Es
un hombre superior... un hombre tan rico y tan humilde... tan modesto y
tan dulce! Es la bondad misma... no causar dao a nadie... exceptuando,
tal vez, a una persona.

El anciano enjug una lgrima que resbalaba por sus mejillas. En cuanto
a m, escuchbale con atencin, porque me pareca que una voz conocida
llegaba a mis odos; el extranjero se preparaba a seguir los elogios de
Carlos, cuando ste entr en el saln. Apenas vio al desconocido, Carlos
se enrojeci; sus ojos, de ordinario tan dulces, lanzaban miradas
ardientes, y un temblor nervioso agit todo su cuerpo.

--Usted aqu?--exclam:--Quin le ha permitido venir? quin le ha
dado permiso para presentarse delante de m?

--Slo he querido verte un instante, Carlos--contest el anciano
temblando.--Hace tanto tiempo que no he gozado de esta dicha!...

--Qu desea usted?--continu Carlos procurando disimular su enojo en
mi presencia.--Le he sealado diez mil libras de pensin: quiere
quince, quiere ms todava?

--No, bien lo sabes t... no es esto lo que yo quiero.

--Quiere veinte? Pero con la condicin de que partir al instante, y
de que no le volver a ver.

--Todo lo rehso, si no me permites que te vea al menos una vez al ao.

--Sea!--repuso Carlos, dominado por un acceso de clera.--Pero
parta... aljese!

--Te obedezco, Carlos--dijo el anciano llorando.--No eres cruel y malo
sino para m!... No me quejo! tienes razn!... Pero llegar un da en
que me hagas justicia... Adis, pues, hasta el ao prximo... no es
cierto? Adis, Carlos, yo pedir a Dios por ti.

El extranjero sali, y Carlos dejose caer en un sof conmovido y lleno
de ira.

--Ah! Dios mo!--le dije acercndome a l:--quin es ese anciano?

--Qu! seora, no le ha conocido usted?--me dijo en tono brusco.

--Ah! No, se lo aseguro.

--Es mi padre!

--Su padre?--exclam:--Mi antiguo maestro de msica!... El buen
Gerardo Broschi... Ah! De dnde viene, qu ha sido de l? sera muy
dichosa en abrazarle!...

Corr a la ventana para llamarle, pero Carlos me detuvo: vea atravesar
una de las calles de rboles al anciano, que se alejaba en el parque, y
reconocindole en aquel instante, exclam:

--Es el extranjero que, en el castillo de Arcos, fue preguntando por
usted en la tarde del funesto da en que nos separamos?

--El mismo. Haca diez aos que haba partido para San Petersburgo,
donde era el maestro de msica, o, mejor dicho, el confidente de la
emperatriz Catalina; sta le emple en intrigas de la corte, lo cual,
descubierto por el Czar, a quien no gustaba que se burlasen de l, envi
a Gerardo a la Siberia. All ha permanecido siete aos, sin poder dar
noticia alguna de su existencia, y regres a Npoles el mismo da en que
deba efectuarse nuestro matrimonio.

--Y por qu, Carlos, usted, que es tan bueno para todo el mundo, trata
con tanta dureza a su padre?

Carlos no me contest.

--Por qu rehsa verle?

--Por qu?--me dijo con aire sombro y temblando
convulsivamente:--porque cuando le veo me dan ganas de matarle. Esto es
horrible, no es verdad? Y como no quiero ser parricida, le he prohibido
que se ponga en mi presencia. Hago mal, sin duda, y me acuso de ello;
pero quiero evitar una desgracia.

Carlos inclin la cabeza sobre el pecho y qued silencioso.

Algunos das despus recibimos una visita que estbamos muy lejos de
esperar. Carlos iba frecuentemente a desayunarse y a pasar el da con
nosotros. Un criado entr y dijo en voz baja a Carlos que monseor el
obispo de Nola deseaba verle. Carlos exclam sorprendido:

--El! en Inglaterra!... Qu le ha trado?... Por qu no entra?
Teme volver a ver a sus amigos y encontrarse entre ellos?

En aquel instante abriose la puerta y apareci Teobaldo. Mi esposo
lanz un grito de sorpresa:

--Es posible! el antiguo capelln del duque de Arcos! El que el ao
pasado todava era nuestro capelln! verle en los altos puestos de la
Iglesia!

En seguida, el Conde se acerc a l, y saludndole con respeto le dijo:

--Parece, seor Teobaldo, que ha hecho usted una brillante carrera?

--Pero, no por mi talento ni por mis mritos--repuso framente
Teobaldo,--sino por la proteccin de algunos amigos.

--Han cumplido su promesa!--exclam vivamente.

--No por completo...--dijo en tono de reconvencin y dirigiendo una
severa mirada a Carlos, que estaba sentado a mi lado.

Luego, aproximndose a l, le dijo:

--He venido hasta aqu porque es necesario que te hable.

--Ms tarde, monseor--le contest Carlos con voz dulce y sonrisa
graciosa, que pareca querer desarmar el rigor que demostraba
Teobaldo.--Tenemos tiempo.

--No--repuso Teobaldo con dureza.--Vengo a buscarte, a llevarte;
necesitamos partir hoy mismo.

--Y por qu razn?

--Por una muy importante, que ya te explicar.

--No demoren ustedes por nosotros su conferencia, grave sin duda--dijo
el conde de Ppoli.--Pasen a mi gabinete, que pongo a su disposicin; yo
voy a salir, y les ruego obren con toda libertad, pues estn en su casa.

Abri la puerta del aposento, y los dos amigos entraron en l; en
seguida parti el Conde, y yo qued sola.

No s cmo decir a ustedes lo que sent entonces, y la horrible
tentacin que se apoder de m. Teobaldo y Carlos estaban all... a dos
pasos de m... hablando sin duda de aquel misterio de que dependa su
suerte y por consecuencia la ma.

Arrastrada por una mano de hierro y tentada por la curiosidad de saber
el secreto que me negaban, me acerqu a la puerta, y plida y anhelante,
sin poder respirar apenas, baj la cabeza y me puse a escuchar lo que
decan.




VIII


Me puse a escuchar--repiti la Condesa;--pero sus palabras no llegaban
hasta m sino a intervalos, y haba perdido el principio de la
conversacin.

--S--deca Teobaldo:--por tu tranquilidad, y sobre todo por la suya,
me habas jurado que no volveras a verla.

--Me es imposible cumplir ese juramento... La amo ms que nunca!

--Por ti entonces, y no por ella... ya que tan poco te importa su
reposo; pero te importa que ella pierda el nico bien que aun le resta
en el mundo, su reputacin, que siendo sus deudos, siendo sus amigos,
debemos conservar y que sin la menor consideracin comprometes a los
ojos de todos.

--Tienes razn... Pero la amo... y no puedes comprender, teniendo el
corazn helado, la rabia y la desesperacin que en mi pecho se encierran
y que mis labios callan.

--As, pues--exclam Teobaldo levantando la voz a impulsos de la
clera,--es por un amor insensato, criminal, por lo que sacrificas el
reconocimiento y el deber.

--El deber!

--S, el Rey est enfermo, y te llama... tiene necesidad de tu
ciencia. Su vida, que habas salvado, est nuevamente en peligro, y
olvidas por una mujer tus juramentos, tus bienhechores.

--Pero esta mujer lo es todo para m: es mi alma, es mi vida!

--Te compadezco, Carlos; pero no transijo con el deber: vengo a
buscarte y tendrs que seguirme.

--No puedo abandonar a Juanita.

--Me seguirs, te digo.

--Pero al menos, ahora no.

--Hoy mismo, en seguida.

--Nunca!

--Yo sabr contenerte.

--Te desafo a que lo hagas!

--Pues bien! Por salvar al menos a uno de vosotros, voy a decrselo
todo a Juanita...

Y observ que Teobaldo se acercaba a la puerta.

Carlos dio un grito.

--Te obedezco... marcho... dejo la Inglaterra. Djame siquiera una hora
a su lado.

--Una hora! Sea--contest Teobaldo.

--Yo ir a buscarte--dijo Carlos.

--No, voy a hacer que dispongan el coche, y vendr yo mismo por ti...
Esto es ms seguro.

Ambos salieron del gabinete; Teobaldo se ausent acto continuo, y yo
qued sola con Carlos.

La conversacin que acababa de or, aunque demasiado vaga para m, me
haba hecho conocer, no el amor de Carlos, pues ya lo conoca con
exceso, pero s el origen de su fortuna. Haba odo que la vida del Rey
estuvo en peligro, y que Carlos, por medio de su ciencia, la haba
salvado. Carlos no me haba dicho que el estudio y el trabajo le haban
abierto una carrera, y aunque conoca su aptitud para todas las
ciencias, ignoraba que la medicina le hubiese conducido a la fortuna y
al merecido renombre de que gozaba. Por este medio llegu a explicarme
el crdito y el favor de que gozaba cerca de algunas testas coronadas.
Pero por qu ocultarme esos pormenores? Por qu ese cuidado extremoso
que pona en que ignorase acontecimientos que tanto me interesaban y que
de tal modo anhelaba conocer? He aqu lo que no poda explicarme y lo
que procur averiguar.

Estaba frente a m, y su mirada era triste e incierta, no sabiendo sin
duda cmo darme cuenta de su prxima partida. Fui en su auxilio, y
tendindole la mano le dije:

--Perdneme usted, Carlos; perdone una culpable indiscrecin de que me
acuso. Quera, sin preguntrselo, saber su secreto; lo he escuchado.

A estas palabras, la palidez de la muerte cubri su rostro; sus
mejillas pusironse lvidas y cay a mis pies inmvil y como aterrado.

Ah! en aquel espantoso momento lo olvid todo... Pasmada, fuera de m,
ca de rodillas ante l, sintindome dispuesta a seguirle.

--Carlos!--exclam:--Carlos, me oyes? Vuelve en ti para escuchar que
te amo!

Sent entonces escaparse de sus labios un tenue suspiro; su corazn no
haba cesado de latir... Viva todava. Abr las ventanas, y un aire
puro refresc la habitacin y logr reanimarle. Le hice respirar un
pomo, y por fin abri los ojos; mi nombre fue la primera palabra que
pronunciaron sus labios, y levant la cabeza, que tena apoyada sobre mi
pecho.

--Dnde estoy?--pregunt.

--Junto a m, cerca de tu amiga, que te pide que la perdones.

En pocas palabras le cont mi falta, mi imprudencia, y le refer todo
lo que haba escuchado.

A medida que yo hablaba, la mortal palidez de su rostro desapareca
lentamente. Un ligero carmn lo colore; la sangre y la vida circulaban
por sus venas... Y, entretanto, sentase baado por mis lgrimas, y
perciba los latidos de mi corazn, que, a mi pesar, le ponan de
manifiesto mi alarma y mi amor.

--Angel del cielo!--exclam.--Eres t quien me llama y quien busca mi
alma!

--No, no--le dije:--esa alma tan noble y pura debe permanecer an sobre
la tierra; es nuestra, nos pertenece.

--S, tienes razn--me contest, entusiasmado;--esa alma es tuya,
tuya... Porque slo t puedes elevarla hasta el cielo o hundirla en los
abismos; slo t puedes hacerme dichoso o quitarme la vida. Oh,
Juanita! Nunca sabrs lo que sufro... Vivir junto a ti, enervarse con
tu aliento, sentir consumirse de amor, sin atreverse, sin poder
manifestarlo... ste es el tormento que me acibara todos los instantes
del da... bien lo ves, no puedo renunciar a l, no puedo separarme de
ti sin morir!

Carlos estaba a mis pies, y cubra mis manos con sus besos... En mi
turbacin, en la enajenacin de mis sentidos, percib el ruido que haca
una puerta al abrirse. Un momento despus, el conde de Ppoli estaba
detrs de nosotros, nos miraba. Si hubiesen ustedes conocido lo violento
de su carcter, comprenderan el furor que se apoder de l. Se arroj
sobre nosotros, y repentinamente vi brillar dos espadas. Carlos hizo
caer la de su adversario, y bajando la punta de la suya, dijo:

--Esccheme usted, esccheme: su esposa es inocente, lo juro delante de
Dios.

--Y bien! pronto vas a justificarte delante de l!--dijo el Conde,
que acababa de recoger su arma y comenzaba de nuevo el combate con una
rabia que haba de serle fatal.

Al arrojarse sobre Carlos, que no haca ms que defenderse, cay
mortalmente herido. En aquel instante entr una persona en el saln. Era
un amigo, un salvador; era Teobaldo.

--Desdichado!--grit dirigindose a Carlos:--Vete, vete! Mi coche
est a la puerta, huye... Ya que no por ti, por el honor de Juanita!

--Y este honor!--exclam,--quin podr salvarlo ya?

--Yo--repuso Teobaldo;--yo, por el deber que tengo de velar sobre
usted.

Y corri a mi marido que, haciendo un supremo esfuerzo, haba logrado
llegar hasta el cordn de la campanilla, y tir de l violentamente. Al
or este modo de llamar, todos los domsticos de la casa se precipitaron
en la habitacin. Carlos acababa de salir, pero ellos vieron al Conde
tendido y baado en su propia sangre. Teobaldo le sostena en sus
brazos, y yo permaneca arrodillada junto a l, casi desvanecida.

Toda la servidumbre rode al Conde, prodigndole los socorros que aun
ellos mismos crean intiles, dada la gravedad de su herida.

--Vayan ustedes--dijo con voz desfallecida a los criados;--hagan venir
al aldermn[*], a los magistrados, porque quiero hablar delante de
ellos...

[*] Oficial municipal de Londres.

--S--dijo Teobaldo:--ejecuten las rdenes del seor; pero--agreg en
seguida,--djennos solos con l.

Todos salieron del aposento, y Teobaldo se aproxim al lecho donde
haba sido acostado el moribundo.

--Cul es su propsito, seor Conde?--le pregunt con voz grave y
solemne.

--El de encargar a la ley mi venganza, entregar a los magistrados la
adltera y sus cmplices... para que, cuando yo muera, y a los ojos de
todo el mundo, los que me han engaado y deshonrado sean a la vez
deshonrados con un castigo pblico y deshonroso...

--Y qu dir usted a Dios cuando comparezca en su presencia?--replic
Teobaldo con voz solemne.--Si ha acusado usted y herido al inocente; si
ha legado el oprobio y la infamia a su esposa, que nunca fue culpable?

--En vano espera usted engaarme--dijo el moribundo.

--Yo, ministro del altar, digo la verdad; la digo delante de este lecho
de muerte y delante de Dios que me escucha.

--Y yo, que no puedo creerle, hablar en presencia de esos dignos
magistrados... S, hablar.

Efectivamente, en aquel momento el aldermn y sus asesores se
presentaron a la puerta del aposento; los criados estaban a espaldas de
stos y llegaban hasta la escalera.

--Ah!--dije a Teobaldo:--Estoy perdida!

--No, mientras yo viva!

Y se arroj de rodillas al pie del lecho.

--Esccheme--dijo a mi esposo;--esccheme en nombre de la salvacin de
su alma!

E inclinando su cabeza al odo del Conde, le dijo algunas palabras que
no pudimos entender.

Durante este tiempo el magistrado se acerc lentamente, aunque
guardando una respetuosa distancia. De pronto, el Conde, dirigindose a
los que le rodeaban, dijo:

--Seores: declaro que he sido herido legalmente por el seor Carlos
Broschi en un duelo a que yo le he provocado. Les pido, pues, amigos
mos, y a mi esposa, en quien reconozco el amor y la fidelidad en todos
sus deberes, que no persigan ni importunen a nadie por mi muerte. Y
usted, padre mo, bendgame!

--Que Dios le reciba en su seno!--dijo el prelado al moribundo.

Comenz a recitar las oraciones de la Iglesia, a las que los asistentes
contestaban, y despus ech sobre su frente el leo santo.

Un rayo de alegra brill en los ojos del Conde, estrech la mano de
Teobaldo, me tendi la otra, y djome con dulzura:

--Perdname!...

Y el cielo abriose para l.

Me sera imposible describir a ustedes todo lo que yo experiment
durante aquel corto perodo de tiempo, tan largo para m, tan horrible y
extrao! Tantas y tan distintas emociones de amor, de terror y de
sorpresa, me haban asaltado al mismo tiempo, que las fuerzas me
faltaban, debilitbase mi razn, y algn tiempo despus de tan penosos
acontecimientos no poda creer todava en la calma que me rodeaba.

Fiel al silencio y a la discrecin que se me haba impuesto, y sin
darme explicacin alguna acerca de los tristes sucesos de que habamos
sido testigos y actores, Teobaldo separose de m algunos das despus
de la muerte del conde de Ppoli.

--Usted no me necesita--djome.--La dejo rodeada de la estimacin
pblica y del respeto que merece. Si las desgracias vuelven, yo volver
tambin. Otro reclama mis cuidados; otro amigo ms desdichado que
usted... porque l es culpable!

Y se ausent Teobaldo.




IX


Me qued sola, pues, en aquella casa que tan bella me haba parecido
siempre y cuya soledad me causaba, a la sazn, una profunda tristeza;
los primeros meses de mi viudez los pas sin recibir noticia alguna de
mis amigos; a que se deba este silencio de su parte? Lo ignoraba.

Me vi atacada entonces de una enfermedad cuyos primeros sntomas haba
sentido haca largo tiempo, y que daba entonces bastante cuidado a las
personas que me rodeaban; en cuanto a m, no fijaba mi atencin en ella,
porque mi pensamiento estaba muy distante de mi persona.

Por ltimo, cierto da recib una carta cuya letra me hizo estremecer:
era de Carlos!

Decame en ella que Teobaldo le haba aconsejado que no me escribiese;
pero que, al saber que yo estaba enferma, no haba podido resistir al
deseo de comunicarme sus sentimientos.

El clima de Inglaterra, deca, no le conviene, aumenta sus
padecimientos, necesita usted un clima ms templado, ms dulce, el bello
sol de Npoles, el aire de nuestra querida patria. Vyase, no al
castillo del duque de Arcos, donde encontrara recuerdos demasiado
tristes; pero s a Sorrento, a la orilla del mar, a esa risuea villa
que le pertenece y donde la amistad le aguarda.

--Ah!--exclam.--Has olvidado que todo lo he perdido, que nada me
pertenece ya, ni aun el aire de mi pas, donde fui reducida a prisin, y
del que me vi desterrada...

Pero, cul fue mi sorpresa cuando encontr unido a esta carta un
decreto del Rey en que me devolva la facultad de regresar a mi patria y
los bienes de mi familia!

No estaba ya desterrada, era rica y dichosa, y ms dichosa aun por
deber toda mi felicidad al amigo de mi infancia! Ah! cun grande es la
gratitud, y cun dulce hace las personas que amamos, y con qu
satisfaccin recibimos el beneficio que nos obliga a amar ms todava!

Pocos das despus abandon Inglaterra y me embarqu sufriendo mucho, a
causa de mi soledad. Sola! no; llevaba conmigo mis pensamientos, y
otros ms halageos y ms dulces me esperaban; iba a ver de nuevo la
bella Italia que haba credo dejar para siempre! Haba salido esclava
de aquel pas, y volva libre... libre! Ah! en la situacin en que me
encontraba, qu de recuerdos se agolpaban a mi imaginacin al
pronunciar aquella sola palabra! Vanas ilusiones acaso, pero que la
imaginacin no poda desterrar! Esperanzas insensatas nacidas en el
corazn, y que constantemente nos hacen volver la vista hacia nuestra
querida patria!

Pis, al fin, las playas de Sorrento; vea aquella deliciosa campia
que haba pertenecido al duque de Arcos y que nunca haba habitado.
Carlos me aguardaba; yo corra a l llena de alegra y de satisfaccin;
sintindome dichosa al presente y esperndolo ser en el porvenir; pero
qued sorprendida al ver la tristeza que revelaba su semblante. Qu
poda l en aquella ocasin temer o esperar? Yo estaba libre! Pero cre
que mi salud era la causa de su pena y de sus inquietudes, y el inters
que manifestaba hizo que se aumentase el amor que por l senta,
admirando los cuidados de que me rodeaba.

Causbame indecible satisfaccin deber la salud solamente a l y a su
talento!

--Ah!--me dijo:--se equivoca usted al creerme sabio; no lo soy.

--As, pues, no es usted un clebre mdico?

--Ah! De todas las ciencias, sa es la sola que yo deseara tener hoy.
Pero, ay de m! no la poseo, y la prueba es que, a pesar de mis
anhelos, no la puedo curar y es necesario ceder a otro esa gloria.

En efecto, hizo ir de Npoles a un sabio mdico y Carlos me suplic que
le obedeciese, atribuyendo a sus conocimientos el cambio favorable que
entonces experiment.

--Se equivoca usted--le dije:--la mejora que siento la debo a usted, a
su presencia.

En efecto, no me haba sentido tan feliz en ninguna poca de mi vida.
Segura de m y de mi corazn, Carlos tema hablarme de sus esperanzas, y
mi reserva igualaba a la suya. Yo necesitaba decirle: Este corazn te
pertenece! Pero, con un poco de paciencia y de silencio, el perodo del
luto habra pasado; y el amor, que hubiera sido hasta entonces un
crimen, sera despus un deber.

Nos comprendamos sin hablar, y nuestros das pasaban en una dulce
tranquilidad, en una dicha sin nombre; mis temores, mis inquietudes, mis
antiguas desconfianzas, todo haba desaparecido. El porvenir me haba
hecho olvidar el pasado: no obstante, Carlos nada me haba dicho, nada
me haba confesado; pero parecame que entre nosotros exista un
secreto, un misterio... Qu poda pedirle? El me amaba! Qu me
importaba lo dems?

Como en el tiempo de nuestra niez, pasbamos el tiempo agradablemente
entretenidos y dbamos largos paseos. Su conversacin, siempre tan
seductora, era entonces ms grave y ms instructiva. Crecida y educada
fuera de la sociedad, apenas la conoca, y Carlos me iniciaba en las
grandes cuestiones que entonces agitaban nuestra patria y el mundo
entero. Hablbame de los principales soberanos; me describa sus
caracteres, su poltica, como si l hubiese vivido en su intimidad. Me
mostraba a la Espaa arrastrada en alianzas y en nuevos lutos, gloriosos
tal vez, pero menos tiles para aquella nacin que la paz de que tanto
necesitaba para cicatrizar sus hondas heridas; y me explicaba que esa
nacin poda ser ms poderosa y respetada sin combatir, que por medio de
la guerra.

--Dios mo! Carlos--le dije:--de dnde ha sacado usted todos esos
conocimientos? Sabe usted que sera un grande y hbil ministro?

Limitbase a sonrer, y permaneca con aire preocupado.

Luego, me contestaba:

--El Cielo me preserve de eso! El poder est bien lejos de la dicha!
Y la dicha est para m aqu, cerca de usted.

Despus, oprimiendo mi brazo, que apoyaba en el suyo, y dirigiendo su
vista al golfo de Npoles, en aquel mar cuyas olas espumosas iban a
extinguirse a nuestros pies, bajo aquel sol encantador que se ostentaba
radiante:

--Aqu--exclamaba,--en estas mismas playas de Sorrento, donde el Tasso
vio la luz del da, donde l am y donde sufri!...

Y, dejndose llevar de su entusiasmo, con voz conmovida y tierna me
hablaba del Tasso, de su gloria y de sus desdichas; aquellas palabras
elocuentes vibraban en mi odo como una dulce armona, como los versos
del poeta que admiraba. Escuchbale... admirbale, satisfecha y
orgullosa de l y del amor que por m senta.




X


Pasbamos las veladas en un pabelln elegante situado junto a la orilla
del mar, el que haca para nosotros las veces de biblioteca y de saln
de msica... Poname al clavicordio y Carlos me acompaaba. Haba
adquirido tanta destreza en la msica, que me causaba placer el orle;
tocaba el arpa con tal perfeccin, que, con frecuencia, cuando estaba
triste, dejaba yo de tocar y de acompaarle, para no perder una sola de
las notas que produca; y con frecuencia tambin, en aquellos das en
que su corazn estaba posedo de pena, hacanme derramar lgrimas los
sonidos que arrancaba a su lira; l mismo, maestro por la inspiracin y
el sentimiento, experimentaba la emocin que causaba. Veale, de pronto,
inclinar su cabeza sobre el pecho, el arpa escaparse de sus manos, y su
rostro inundarse de lgrimas, que procuraba ocultar con una sonrisa;
luego, para desechar su melancola, ejecutaba algn bolero o alguna
graciosa barcarola.

Nada igualaba a la bondad de su corazn, pero encontraba en su carcter
contradicciones que me sorprendan y que no poda explicarme. Una mujer
del pueblo, de aquellos alrededores, llamada Fiamma, fue cierto da a
verme y a darme las gracias de no s qu favor que le haba yo hecho, y
me cont que algunos aos antes, pobre y miserable, se encontraba
rezando en el camino, frente a una Virgen, pidiendo pan para ella y su
familia, cuando, de pronto, pesada bolsa cay a sus pies; levant los
ojos y vio a un joven caballero; era Carlos que le deca:

--No eres t Fiamma, jardinera en otro tiempo en el castillo del duque
de Arcos?

--S, seor--repuso ella;--y me encuentro sin pan y sin asilo desde que
nuestra ama fue desterrada y confiscados sus bienes.

--Ese dinero viene de su parte; tmalo, s dichosa y ruega a Dios por
ella.

--Y por usted, seor.

Fiamma, admirada, llev la felicidad a su familia, y despus, gracias a
la generosidad de Carlos, se haba casado con Bautista, su prometido,
cuya fortuna haba hecho y que era entonces uno de los hortelanos de
Sorrento ms diestros y trabajadores.

A mi vez, quise dar una sorpresa a Carlos, y ced a Bautista la plaza
de jardinero en jefe de mi casa, donde fue a establecerse con su mujer y
sus dos hijos. Al da siguiente de su llegada, orient nuestro paseo
hacia la habitacin de aquellas buenas gentes, y entr en ella con
Carlos, que me daba el brazo. Crea que el aspecto de aquella dichosa
casa, de aquel matrimonio que tanto se amaba, le causara una agradable
satisfaccin; pero vi, con sorpresa, retratarse en su semblante un
profundo dolor que procuraba ocultar!

Cuando los nios en sus juegos llegaron, dando vueltas, a sus pies,
Carlos retrocedi un paso para alejarse de ellos; luego, disgustado de
aquel movimiento, se detuvo; pero durante el tiempo que yo los tuve en
mi regazo acaricindolos y besndolos, apenas si l les hizo una
caricia.

Siempre que Carlos encontraba a Fiamma o a su marido en el parque
separadamente, les hablaba con cario y amistad alentndolos en sus
tareas y no separndose de ellos nunca sin darles una prueba de su
generosidad. Cuando los encontraba reunidos, volva la cabeza y no les
diriga la palabra.

--Creo que ama usted a Fiamma--le dije un da riendo,--y que tiene
celos de Bautista.

Me mir asombrado, y como si no comprendiese que semejante idea pudiese
ocurrrseme; yo me apresur a explicarle mis palabras.

Respecto a los nios, cuando los vea en alguna de las calles de
rboles echaba por otra. Es cierto que los chicos eran inquietos como
todos los de su edad, y Carlos buscaba en sus paseos la soledad y el
retiro.

Al cabo de algn tiempo, su melancola pareci aumentarse;
sorprendale con frecuencia triste y de mal humor, a pesar de que cada
momento que transcurra nos acercaba al trmino de nuestros votos. Dos
meses ms, y el tiempo de mi luto habra pasado! Qu podra impedir
nuestra dicha? Qu nube podra obscurecer ese hermoso da? Carlos haba
recibido varias cartas y pareca vivamente preocupado; a pesar de la
reserva que me haba impuesto, me atrev a interrogarle.

--Ay!--me dijo:--tiene usted razn, ha adivinado lo que pasa en mi
alma; experimento un gran sentimiento! Es necesario que la deje,
Juanita! Que me ausente por un mes. Todo un mes sin verla, comprende
ahora mi dolor?

--S--le contest;--yo experimento lo mismo! Y por qu se aleja
usted? Qu le obliga a partir?...

Observ que mi pregunta le haba causado una viva impresin, de la que
no poda darme cuenta.

--No quiero saber nada--continu:--nada le pregunto; su amiga no le
pide sus secretos... hasta el da en que esos secretos sean los suyos...

Carlos palideci; yo me apresur a decirle:

--Y aun entonces, a usted le tocar preguntar y a m obedecer. Parta
usted, pues que es necesario, y si me ama, vulvame pronto la dicha que
se lleva privndome de su presencia.

Me jur que volvera antes de un mes... Cuando, al fin, se alej, lo
difcil para m fue el ocupar mis das, crearme ocupaciones y una nueva
existencia; en una palabra, vivir sin l! Aquellos lugares, tan
agradables y risueos cuando l los habitaba, no cesaban de recordarme
su ausencia, y mi corazn se oprima a la vista de tantos recuerdos.

Haba debido, haca mucho tiempo, dar las gracias al Rey por las
mercedes que me haba concedido, pero la Corte viajaba en aquella poca,
y deba detenerse algunas semanas en Sevilla. Decid emprender la
marcha; era un viaje poco fatigoso y sobre todo una distraccin para m.
Pero antes de mi partida quise, como un propietario cuidadoso de sus
intereses, conocer al detalle los bienes que la bondad del Rey me haba
devuelto. Pas dos o tres das en un trabajo nuevo para m, y examinando
y poniendo en orden los contratos y ttulos que haba en el departamento
que habitaba Carlos. Entre aquella multitud de papeles encontr uno que
hiri mi vista; era el fragmento de una carta desgarrada. Slo pude ver
en l palabras sueltas, frases cortadas; pero la letra era de Teobaldo,
y dirigida a Carlos. He aqu su contenido:

--Qu buscas, pues?... Qu esperas?... insensato... Seis meses de
dicha... dices, y luego morir!... Morir, ingrato!... Y ella?...
porque no te hablo de m...

Cuando acab de leer aquellas palabras, que no comprenda, tembl
porque pareca que me anunciaban algn terrible acontecimiento; y mi
alma, propensa a prever las desgracias, daba sin duda una interpretacin
torcida a frases cuyo sentido ignoraba. Pero, aunque en mi imaginacin
buscaba las mejores razones para tranquilizarme, me asustaba de m misma
y part con el secreto presentimiento de que me amenazaba una nueva
desdicha. Tuve una travesa feliz, y llegu a Cartagena con un tiempo
hermoso.

El viaje de la Corte haba dado a las poblaciones una animacin
extraordinaria. El rey Fernando estaba en Sevilla, aguardando a la Reina
que se le deba reunir, despus de haber visitado las provincias
vecinas.

Detveme en Cartagena, donde haba desembarcado, y all descans de mi
viaje. Mi posada estaba cerca de la iglesia, y mis ventanas, como todas
las de la calle, estaban colgadas de tapiceras y adornadas de flores.
Iba a pasar suntuosa procesin; era el cardenal Bibbiena, que se
trasladaba a la iglesia donde deba celebrar.

--Vale, vale--me dijeron, mostrndome su dedo adornado magnficamente
de oro y pedrera.

Fij mi vista sobre el santo ministro que echaba su bendicin al pueblo
arrodillado ante l.

--Teobaldo!--exclam.

--S--me contestaron,--Teobaldo Cecci, obispo de Nola, el ms joven de
los cardenales y el ltimo nombrado por el Papa Benito. La influencia
de la Reina le ha hecho alcanzar tan alta dignidad, que merece por su
piedad y su talento.

Yo qued asombrada. Todo lo que vea, todo lo que oa, tenalo por cosa
de magia.

En la maana siguiente part para Sevilla: el camino estaba lleno de
viajeros de a pie, de a caballo y en litera. En la ltima casa de postas
no me pudieron proporcionar mulas para mi carruaje; solamente haba
cuatro y estaban tomadas por un gran personaje que viajaba de incgnito.
Fue necesario detenerme.

Haca un calor asfixiante, un sol que abrasaba, y, para preservarme del
polvo, llevaba corridas las persianas de mi berlina, donde permanec
aguardando que llegasen a la posada las mulas para poder continuar mi
camino. O el ltigo del postilln, anuncindome que un coche acababa de
llegar; entreabr las cortinas, y cuando el polvo se hubo disipado, vi
una silla de postas inglesa del gusto ms exquisito. Pero cmo se harn
ustedes cargo de mi sorpresa y del temblor que se apoder de m, cuando
reconoc a Carlos al lado de una seora joven y extremadamente bella! Su
tocado era sencillo y sus maneras distinguidas. En cuanto a su
fisonoma, se grab en mi memoria para no borrarse de ella nunca. Y,
todava la veo en este momento! Slo algunos minutos tardaron los
viajeros en cambiar de tiro; despus siguieron rpidamente su camino.
Pocos momentos despus llegaron las mulas para mi coche, y pregunt a
los mozos de postas si conocan a los viajeros que me precedan.

--No, seora--repuso uno de ellos;--pero son ricos y me pagan bien:
deben de ser marido y mujer.

--O alguna cosa de otro gnero--agreg con una maligna sonrisa otro
mozo de mulas.

--Por qu cree usted tal cosa?

--Por Nuestra Seora de Atocha! Cuando se viaja as frente a frente!
Y adems, como la seora tute al caballero...

--Es verdad!--le dije, sintiendo que mi corazn desfalleca.

--S--le deca ella:--Carlos, qu piensas de este polvo? Verdad que
viajamos como los dioses envueltos en una nube?

--Basta--les dije,--partamos.

Llegu a Sevilla sin fuerzas casi para sostenerme. Los mozos me haban
conducido a la mejor fonda, a la de _Las Armas de Espaa_; y al entrar
en el lujoso aposento que se me destin, el primer objeto con que
tropez mi vista fue un retrato ricamente adornado. Juzguen ustedes de
mi sorpresa: el retrato era de la desconocida viajera, de la compaera
de Carlos, cuyo recuerdo y cuyas facciones parecan seguirme por todas
partes.

--Quin es esta seora?--pregunt a mi husped.

Me hizo una reverencia y repuso:

--Es posible que la seora no haya reconocido a Su Majestad la Reina?

--La Reina!--exclam, dominada por el espanto.

--Ah! La fortuna y el crdito de Carlos, el misterio que le rodeaba,
su secreto terrible del que dependa su libertad y su vida, todo estaba
explicado, hasta su tristeza y sus remordimientos!... Afligida,
aniquilada, y sin sentirme con valor ni aun para pensar ni para llorar
siquiera, ignor cunto tiempo permanec en aquel estado. Cuando recobr
la razn, mi husped djome que haba estado enferma toda una semana,
pero que sus cuidados me haban vuelto la salud; me dijo tambin que
haca dos das que la Corte haba marchado a Madrid. Sin quererlo yo
misma, habl a todo el mundo de la Reina, y todos me decan, con gran
sorpresa de mi parte, que la Reina era la piedad y la virtud
personificadas; que adoraba a su marido, al que ayudaba a llevar el peso
de la corona, y que no se ocupaba, imitndole a l, ms que de la
prosperidad de sus pueblos. Temiendo descubrir el secreto que slo yo
posea, arriesgaba temblando y con reserva algunas preguntas sobre
Carlos. Su nombre era desconocido; nadie haba odo hablar de l; y en
Espaa, como en Londres, todo el mundo ignoraba que existiese Carlos
Broschi.




XI


Part, al fin, cuando me sent con fuerzas para soportar las fatigas
del viaje. Me embarqu para Npoles, pero no volv a Sorrento, cuyo
risueo aspecto y el dichoso porvenir que en l haba concebido me lo
hacan aborrecible. Corr a ocultar mi dolor bajo los sombros muros del
castillo de Arcos. Sus antiguas torres, sus murallas ennegrecidas y
deterioradas por el tiempo, exhalaban una melancola que estaba en
consonancia con mi tristeza. Una parte del castillo haba sido edificada
sobre una roca, y al pie de ella corra un torrente con violencia
inaudita. En el fondo de aquel abismo estaba la muerte!... Una muerte
segura, y con ella el reposo!... Ms de una vez me detuve al borde del
abismo, que meda con mi vista, y dbanme intenciones de arrojarme a
l... Pero, Dios me contuvo! Me pareca or, mezclado con el ruido de
las espumosas aguas, la voz de Teobaldo que me anunciaba el castigo y mi
eterna condenacin... y, sobrecogida de espanto, me resignaba a sufrir
un suplicio ms largo y ms cruel...

Haca un mes que Carlos haba partido, y, fiel a su promesa esta vez,
regres a Sorrento para el da indicado; no encontrndome all, corri
al castillo de Arcos, y si yo hubiese ignorado su traicin, su turbacin
y su tristeza me la habran hecho conocer. Demasiado franca para
ocultarle mi dolor, y excesivamente orgullosa para descender hasta el
reproche, le cont framente lo que haba visto y odo, prometindole,
no obstante, guardar un secreto del que dependa su vida.

Dejome hablar sin interrumpirme, y cuando hube terminado, sac de su
bolsillo una carta que me entreg, dicindome:

--No hable usted de este escrito a nadie en el mundo... ni aun a m.

La letra era de la mano de la Reina, y he aqu el contenido de la
carta:

       *       *       *       *       *

Nadie ms que usted, Carlos, ama al Rey mi esposo: no hay servidor ms
fiel, ni consejero ms inteligente. Por la vida que a usted debe, por el
tierno amor que le profeso, por el inters que me tomo en su dicha y en
el bienestar de su reino, deseche vanos temores y arrostre los peligros
que nosotros desafiamos. Qu importa su nacimiento? Qu importa su
estado? Desprecie, en obsequio nuestro, las exclamaciones e insultos de
la Corte, y sea nuestro ministro, como es nuestro amigo.

Le espero el 20 de este mes en Aranjuez.

       *       *       *       *       *

--Hoy es ese da--exclam Carlos con acento apasionado,--y no estoy en
Aranjuez!... Estoy aqu... en el castillo de Arcos... cerca de una
amiga... que sospecha, que me acusa, y a quien no quiero abandonar.

--Qu! Carlos, se queda usted?

--Mientras viva--me contest con aire sombro;--mientras usted no me
diga: mrchese... porque, mi soberana es usted!

--Y ese elevado puesto que se le ofrece; y ese favor inaudito,
inconcebible?...

--Le he rogado--contest, entristecido,--y me ha prometido usted no
hablar a nadie... ni aun a m, de ese secreto... Los servicios que he
prestado a mi soberano, el secreto favor con que me honra, tienen su
origen en sucesos que no le puedo revelar. Es el solo y nico secreto
que tendr para usted, y que no conocer, tal vez, sino demasiado
tarde... Qu importa esto, si los temores de usted se han disipado?...
y espero que as habr sucedido.

Tom la pluma y escribi:

       *       *       *       *       *

Seora:

Las bondades con que mi Seor y Rey, y, a la vez Vuestra Majestad, han
concedido al humilde y desconocido Carlos, no han dejado ya de excitar
la envidia, aun cuando la alta confianza que me hayan acordado sea un
secreto que apenas pueden adivinar. Qu sucedera si me viesen llegar a
ministro? Los ultrajes que recibira no se detendran en m, y puede ser
que se elevaran ms alto. Por el inters y respeto que le profeso,
seora, lo mismo que al Rey; por el inters de su gloria y de su reino,
le ruego me retire el alto puesto que me quiere confiar: no tengo a l
otro derecho que mi celo, y solamente rehusando me har digno de l;
porque rehusndolo creo servir a Su Majestad. Y ahora solicitar otra
gracia: permtanme vivir y morir en el retiro, en la obscuridad, que es
lo nico que conviene al pobre y modesto Carlos. Escribo la presente
desde Arcos: desde el da en que Su Majestad se dign conceder _gracia_
a la condesa de Ppoli, conoce mis sentimientos para con ella: afeccin
insensata, probablemente, pero que no acabar sino con mi vida, as como
mi gratitud y mi respeto para Vuestra Majestad.

       *       *       *       *       *

Cuando me hubo dado a leer esta carta, la cerr, sell y envi por un
correo.

--Y ahora, conservar usted todava sus dudas?--me dijo.

--No tengo ms que remordimientos--le contest, tendindole la mano;--y
confo en que desaparecern, pasados algunos das.

En efecto, no tard en abandonar mis indignas sospechas; no tard en
reconocer los sacrificios que Carlos se haba impuesto, impulsado por su
amor hacia m.

Fiel a un plan que me haba propuesto, me decid a escribirle
secretamente a Teobaldo, al obispo de Nola, al cardenal de Bibbiena; y
comprend que deba todos esos ttulos a la amistad y proteccin de
Carlos. Sin prevenirle ni darle conocimiento de lo que quera de l, le
rogaba que fuese lo ms pronto posible, porque tena que pedirle un
servicio de mucha importancia. Estaba segura de verle llegar; en efecto,
transcurridos pocos das, el coche de Su Eminencia entraba en el patio
del castillo, con gran sorpresa de Carlos, que ignoraba su venida.

Al cabo de siete aos de ausencia, nos volvamos a encontrar reunidos
en el castillo donde habamos pasado nuestra juventud; en aquellos
parajes, mudos testigos de nuestros placeres y de nuestra amistad, de
nuestro juramento y de nuestros sueos: juramento que habamos
sostenido, sueos que se haban realizado de un modo que tena algo de
milagroso.

Cuando los tres entramos en el saln del duque de Arcos, en aquel saln
gtico que tantos recuerdos tena para nosotros, la misma idea sin duda
se apoder de nuestras imaginaciones; porque nos estrechamos las manos y
cruzamos nuestras miradas... Qu cambio, Dios mo! En otra ocasin, en
aquellos mismos sitios, pobres, desgraciados e inseguros del porvenir,
la alegra y la salud brillaba en nuestros semblantes. A la sazn, ricos
y poderosos, la inquietud y los sufrimientos marcaban en nosotros sus
huellas.

El mal que me consuma empaaba el color de mi rostro; la frente de
Teobaldo estaba surcada de prematuras arrugas, y Carlos, sin que por mi
parte pudiera explicarme la causa, apareca el ms triste de todos. Con
lgrimas en los ojos, nos abrazamos exclamando:

--Todo ha cambiado, excepto nuestros corazones.

--Amigos mos--les dije, luego que tomaron asiento;--recordarn que
hace siete aos, en igual poca, ramos muy desgraciados; era el da que
Carlos se separ de nosotros.

--S, s--exclam Carlos;--da espantoso, da horrible.

--Del que la suerte nos debe indemnizar--prosegu diciendo;--porque
hasta el presente ha sido muy cruel para conmigo, y yo, Carlos, muy
injusta para ti. No tengo ms que un medio de reparar mis sospechas y de
tranquilizarme: dentro de ocho das termina el plazo de mi luto, y
pasado este tiempo, deseo que aqu mismo Teobaldo bendiga nuestro
enlace.

Carlos, fuera de s, se lanz a m para darme las gracias, cuando
encontr la mirada imperiosa de Teobaldo.

--No bendecir nunca ese matrimonio--dijo en tono colrico.

--Y por qu?--exclam estupefacta.

--Insensatos! No saben ustedes que esa unin, en otro tiempo
permitida, es hoy imposible; que la dama ms noble de Npoles, la
sobrina del duque de Arcos, la condesa de Ppoli, no puede contraer
matrimonio...

--Con un hombre sin nobleza y sin nacimiento?--exclam sonriendo.

--No--replic Teobaldo, sin apartar la mirada de su amigo, que, con la
vista fija en tierra, pareca aterrado.--No, ella no puede casarse ante
los ojos de toda la Italia, con el matador de su marido.

Carlos lanz un grito de sorpresa y de indignacin.

--S--continu Teobaldo con energa;--esa mano, que ha herido al conde
de Ppoli, no puede unirse a la de su viuda sin causar su vergenza, sin
que caiga sobre ella la infamia... Sera proclamar en alta voz su
adulterio y la deshonra... Y si t la amas, Carlos, la debes querer
respetada y no infamada.

--Pero el conde de Ppoli--repliqu,--declar, al morir, que haba
sucumbido lealmente, y en un combate donde su honor no haba sido
empaado.

--S, accediendo a mis splicas--contest Teobaldo,--hizo esta
declaracin para que usted se conservase casta y pura en la estimacin
pblica; y yo separ de su frente el escndalo y el oprobio... sabe
usted con qu condicin? Sabe si promet, en su nombre, que la mano de
usted jams se unira a la de su cmplice?

--Exigi usted eso?--pregunt, con voz temblorosa.

--No puedo, como ministro del Seor, revelar las palabras de un
moribundo, ni el secreto de la confesin; pero le aseguro, y esta
palabra debe bastarle, que creera ofender al Cielo si bendijese el
matrimonio de ustedes!

Teobaldo sali, dejndonos consternados.

--S--djeme interiormente;--no niego que semejante matrimonio puede
perderme para siempre en el mundo; pero no puedo explicarme cmo
encuentro en Teobaldo tanto rigor y tanta dureza!

La voz de la amistad pudo haber endulzado lo que el deber de la
religin tiene de inflexible y severo; deba habernos aconsejado al
menos, y parti... sin consolarnos! Vea que ramos desgraciados, y
por la primera vez se alejaba de nosotros sin unir sus lgrimas a las
nuestras!

Carlos, por el contrario, aunque herido por golpe tan terrible, haba
redoblado sus cuidados y su amor para hacerme olvidar. Ocultbame su
dolor, por no aumentar el mo, y nunca me haba mostrado tanta pasin ni
tan profunda ternura. Demasiado generoso para quejarse y acusarme;
demasiado pundonoroso para desear mi posesin a costa de mi honor y del
deber, yo notaba con sorpresa los tormentos que resista en vano!

En ocasiones, pronto a ceder, hua de m; o bien enajenado de amor,
caa a mis pies exclamando: Yo ser tu esclavo; pasar mi vida
adorndote; hermana ma, amiga ma... no quiero de ti ms que tu alma,
tu amor!... No exijo nada del destino; soy el ms dichoso de los
hombres!... La dicha fuera de aqu no equivale a la desgracia a tu
lado!...

Transcurrieron tres meses en el suplicio y en la embriaguez de nuestra
pasin, cuyos combates agotaban nuestras fuerzas y nuestro valor.
Parecame que las amenazas de Teobaldo alejaban de m cada da la
felicidad; la voz de la opinin pblica y las murmuraciones del mundo
resonaban en mi odo hacindome estremecer; slo la presencia de Carlos
tena la virtud de impedir que llegasen hasta m. Pasados algunos das,
not en l una grande exaltacin, casi un delirio, y esto me causaba una
inquietud profunda; tres meses de lucha continua, presa de una fiebre
ardiente, y que agravaba de da en da el clima y los ardores del sol
abrasador de Npoles, eran ms que suficientes para abrasar su sangre e
inflamar su cerebro.

Frecuentemente, sus miradas, ardientes y llenas de pasin, expresaban
el extravo y una sombra desesperacin que me pona en cuidado.

--Carlos--le deca,--no me mires de ese modo...

--Tranquilcese--me contestaba.--Mis sufrimientos son de tal
naturaleza, que en breve dejar de existir!... Yo quera acelerar este
momento... esto es muy fcil... no temo la muerte... pero temo no volver
a verla!

Mientras hablaba de este modo, las lgrimas y los suspiros ahogaban su
voz. Ah! Tena razn, era sufrir demasiado; y yo, dbil mujer, no
tena la fuerza suficiente para luchar con su amor.

Cierto da, el aire era pesado y clido, el calor sofocante; formbase
en el mar una tempestad; estbamos sentados en el parque, y haca
algunos instantes que hablaba a Carlos, y que ste nada contestaba...
Tom su mano y sent que abrasaba...

--Tiene usted fiebre--le dije;--una fiebre ardiente!

--S--me contest;--hace algunas noches que no he dormido, y esto me
desconsuela... Este insomnio hace ms largos los das... cunto deseo
con toda mi alma acortarlos!

Haba en estas frases tanto dolor y tanta resignacin, que todo mi
valor me abandon: no vea en aquel instante ms que a Carlos, a quien
iba a perder; a Carlos prximo a la muerte!... Y todo mi corazn ceda
a esta idea espantosa.

--Esccheme--le dije;--basta de combate y de tormentos! Quin puede
obligarnos a sufrir por ms tiempo?... El mundo, la opinin pblica que
nos herir--dir usted acaso.--Si yo le presento a los ojos de todo el
mundo diciendo: Ved a mi salvador, a mi amante, a mi esposo!... Y
bien! Estas palabras que me ser tan grato pronunciar... por qu no
decirlas? por qu detenerlas? Si Teobaldo, si nuestro amigo nos
abandona, no habr ningn otro eclesistico, algn indiferente que a
precio de oro se preste a unirnos en secreto?

Carlos hizo un gesto de sorpresa.

--Ignoro--prosegu vivamente,--si nuestras leyes condenan o permiten
semejante unin... Pero a mis ojos es valedera; porque delante de Dios,
que me est escuchando, se celebre, o no, nuestro enlace, yo te miro ya
como a mi esposo, como aquel a quien perteneca... S, Carlos; mi
honor... es mi vida... y te amo ms que a mi vida... porque, ya lo ves,
te amo... te pertenezco!

A esta dicha inesperada para l, Carlos lanz un grito de alegra,
levant las manos al cielo y cay a mis pies, presa de un delirio que me
hizo temblar por su razn y por su vida. Habituado, haca mucho tiempo,
a luchar con el dolor, su corazn no estaba dispuesto para recibir tan
agradable impresin, y, demasiado dbil para soportarla, sucumbi al
exceso de su felicidad.

Apoderose de l una intensa fiebre cerebral, y durante ocho das estuvo
su vida en inminente peligro; no vea, no reconoca a nadie... ni aun a
m! Al cabo de este perodo, la fiebre cedi algn tanto.

--No tardar mucho tiempo en recobrar la razn--djome, entonces, el
doctor;--mucho cuidado, nada de ruido ni de emociones fuertes: he aqu
el rgimen que le prescribo.

--Entretanto, el delirio de Carlos no tena nada de extravagante, no
hablaba ms que de su prximo matrimonio.

--Ella me ama--deca;--me ama ms que a su honor!... Consiente en ser
ma!... Pero cundo se efectuar nuestro enlace?

--Cuando ests restablecido--le contestaba yo.

--Ah! Esto ser bien pronto, porque entonces ser feliz.

Entonces, dejndose llevar de su brillante imaginacin, que dominaba a
su razn, me trazaba un bello cuadro de un matrimonio unido por el amor
y embellecido por las dulzuras de la familia. Los encantos con que
adornaba aquel retrato sobrepujaban casi a lo que hubiera sido la
realidad, y semejante locura pareca causar su dicha.

Apoyado en mi brazo, quiso dar un paseo en el parque, paseo que le hizo
mucho bien, y volvimos al castillo; en el vestbulo se present a
nosotros un hombre que nos aguardaba... Era Gerardo Broschi... era su
padre!

--Ha pasado un ao--le dijo el anciano con voz dulce,--y me autorizaste
para verte transcurrido este tiempo.

Mientras hablaba el anciano, Carlos tena fija en l la mirada, y
escuchaba con atencin sus palabras, como buscando un recuerdo en su
memoria. Una repentina revolucin efectubase en l; al recobrar su
razn, me tendi la mano con ternura.

--Juanita--me dijo;--amada ma...

Luego, dndose cuenta de la presencia de Gerardo, exclam con acento
desgarrador, golpendose la frente, con un movimiento de ira:

--Mi padre!

Divis en el vestbulo una escopeta de caza que haban dejado all, y
apoderndose de ella apunt a su desgraciado padre. Me puse delante de
l dicindole:

--Mrchese, aljese de aqu!

Y el anciano desapareci en el parque. Pero el arma fatal haba cado
de las manos de Carlos.

--Ya lo ve usted--me dijo;--es ms fuerte que yo. Sin usted, qu sera
yo en este momento? Un parricida!...--murmur en voz baja, y temblando
con todo su cuerpo, permaneci con la cabeza apoyada entre sus manos.

Con objeto de que volviesen a su imaginacin ideas menos tristes, me
aproxim a l y le habl del proyecto de nuestro matrimonio.

--Cundo se celebrar?--me pregunt.

--Maana, si quiere.

Estrech mi mano con una expresin de ternura y de reconocimiento
difciles de explicar.

--Hasta maana--me dijo, y separose de m para entrar en su habitacin.

La maana siguiente, poco antes de la hora en que debamos vernos, se
present Gerardo, pidiendo ver a su hijo.

--Me matar si quiere--dijo el anciano;--pero debo verle, pues no
olvido su promesa.

No sin grandes trabajos, logr que desistiera de su resolucin, y me
fue necesario hacerle presente que en el estado de la salud de Carlos,
su vista poda hacer que recayese en sus funestos accidentes.

--Ya que es necesario--dijo suspirando,--su salud antes que todo; que
l viva aunque yo muera... Es demasiado cruel para conmigo... No es que
yo le acuse; pero le amo tanto, que debiera perdonarme... Me marcho.

El anciano necesit mucho tiempo an para salir del castillo.

El aposento de Carlos daba sobre el torrente, y los criados haban
encontrado por la tarde a Gerardo al otro lado del precipicio, asido a
las rocas que daban frente a las ventanas de su hijo, esforzndose para
distinguirlo.

Ay de m! Ni el infeliz anciano ni yo debamos volver a ver a Carlos!
La maana siguiente Carlos no baj a la hora del desayuno. Envi en
busca suya, y encontraron que su puerta estaba cerrada; llamamos, y
nadie contest. Forzada la cerradura, viose que su estancia estaba
desierta. No se haba acostado, pero las bujas, casi consumidas y
colocadas sobre su escritorio, ponan de manifiesto que haba velado la
mayor parte de la noche... La ventana que daba sobre el abismo estaba
abierta... Sobre el alfizar vease todava la huella de un pie... Bajo
la ventana, las rocas que formaban el precipicio estaban teidas de
sangre, lo que nos hizo a todos sospechar que las aguas impetuosas del
torrente haban arrastrado su cuerpo. Nada quedaba de l... nada ms que
sus papeles abandonados sobre su escritorio... Haba tambin una cartera
que contena sumas considerables; y su testamento, escrito de su mano...
manifestaba en pocas palabras que se daba la muerte por el temor de ser
parricida... y dejbame heredera de toda su fortuna.

As fue cmo perd el compaero de mi infancia, el amigo de mi
juventud. De esta manera, la suerte, que se burl de nuestros proyectos
y de nuestras esperanzas... no quiso que nos unisemos sobre la tierra.
No me compadezcan ustedes, amigos mos, felictenme, por el contrario!
Dios ha convertido mi dolor en piedad; l abrevia el tiempo del
destierro, y muy en breve me habr reunido con mi adorado Carlos.




XII


La condesa de Ppoli habase interrumpido ms de una vez durante su
largo relato, y ms de una vez abundantes lgrimas corrieron por sus
plidas mejillas, manifestando a sus jvenes amigos el dolor que
experimentaba con tan penosos recuerdos. Carlos, tan singular y generoso
a la vez; dotado de un corazn tan elevado y de un origen tan humilde;
este personaje misterioso, que haba muerto llevndose su secreto, lleg
a excitar vivamente la curiosidad de Fernando y ms todava el inters
de Isabel. El alma de la joven, fcil de exaltar, concibi sin el menor
trabajo el amor y la pena de Juanita; porque, para ella, Carlos haba
sido su dolo, su dios. Si ella le hubiese conocido, le hubiera amado
con toda la fuerza de su alma; porque las pasiones romnticas, las
pasiones violentas eran las que su corazn anhelaba, y a cada momento
Isabel interrumpa a su hermana, hacindole repetir los menores detalles
de su narracin.

--Ya conocen, mis queridos amigos, mi suerte, y pueden explicarse la
situacin en que me encuentro. Todos los bienes que poseo en el reino de
Npoles pertenecen a mi hermana, yo se los doy anticipadamente; pero los
que he adquirido en Espaa constituyen la fortuna de Carlos... no los
poseo ms que como un depsito. Ignoro lo que ha sido del desgraciado
Gerardo Broschi... no le he vuelto a ver despus de la muerte de su
hijo; pero si entretanto pareciese... aun cuando yo no exista... toda
esta fortuna es suya... El slo es el heredero de su hijo! Fernando, y
t, hermana ma, no lo olvidarn... Me lo han jurado, y gracias a esta
promesa, puedo aceptar sin temor todas las condiciones del duque de
Carvajal.

Juanita deba, efectivamente, firmar la semana prxima el contrato, tal
como el duque lo haba dictado, y el mismo da sera colmada la dicha de
los dos amantes.

Isabel, al ver el estado de su hermana, opsose a que hubiera ninguna
clase de fiesta ni regocijo; dijo que no firmara el contrato de su
matrimonio hasta que Juanita pudiese asistir; y a pesar de las
instancias de Fernando, aplazose el da de la boda.

El nico consuelo de Fernando era ver a su prometida, que no abandonaba
a su hermana; de este modo ambos jvenes pasaban los das junto al lecho
de la enferma. Isabel haba notado que el solo medio de hacer asomar la
sonrisa a los labios de Juanita, era hablarle de Carlos, y
frecuentemente le haca preguntas sobre los acontecimientos que ms
impresin haban hecho en ella.

--No le volver a ver--deca Juanita.--Pero si al menos viera al pobre
Gerardo!... morira contenta, y llevara a mi amado Carlos la bendicin
de su anciano padre.

--Ten paciencia--decale Isabel;--l volver, estoy convencida de ello;
sobre todo, si ignora la muerte de su hijo. No debe verle todos los
aos? Por lograr este anhelo, vendr donde t ests... seguro de
encontrarle!...

--Vanas ilusiones!--dijo Juanita.--Es imposible que vuelva!

--Por qu ha de ser imposible? Por qu el Cielo, la Providencia, no ha
de hacer un milagro por ti, por ti, mi querida hermana, que eres tan
buena?

--Ah!--exclam Juanita.--Cllate!

Y mostrando con el dedo la ventana que daba frente a su lecho:

--Mi razn, debilitada, me hace ver fantasmas; porque mientras
hablabas... me pareci ver una sombra al travs de esta ventana... la
sombra de Gerardo. Ha sido l, o su sombra, la que me ha mirado
llorando.

Al or estas palabras, lanzose Isabel a la ventana que daba al jardn y
oy los pasos de un hombre que se alejaba. Hizo sea a Fernando de que
se acercase, y ste se apresur a seguir la direccin que indicole
Isabel, logrando alcanzar en un instante al anciano, a quien hizo entrar
en el aposento de Juanita, aunque a pesar suyo.

--Es usted, Gerardo!--exclam Juanita;--y hua!

--El lo quera as--dijo el anciano temblando;--l lo quera! De otro
modo, cmo haba yo de renunciar a verla! Renunciar a verla, cuando la
he educado, cuando usted ha sido la protectora, la amiga de mi pobre
Carlos!

--Sabe usted, pues, que no existe?

--S... s... lo s--dijo Gerardo con voz trmula.

--Y bien!--exclamaron Fernando e Isabel;--tenemos en nuestro poder
fuertes sumas para entregarlas a usted, puesto que le pertenecen.

--S--dijo Juanita;--Carlos ha depositado en mis manos su fortuna.

--Qu le resta, pues!--replic el anciano;--lo que ha hecho Carlos est
bien hecho. No quiero nada. Nada pido, slo ruego al Cielo que devuelva
a usted la salud.

--Eso es imposible--dijo tristemente Juanita;--se acerca el ltimo
instante de mi vida, y de usted depende endulzarlo; qudese conmigo, no
me abandone... Me lo promete, no es cierto?

El anciano no se atrevi a contestar.

--Rehsa usted, por ventura?--exclam la enferma.

--No puedo, seora, no puedo.

--Por qu motivo?

--Se me espera en otra parte.

--Hoy?

--Esta misma tarde.

--Se lo pido en nombre de su hijo, en nombre de Carlos, que nos espera,
que nos escucha tal vez. Dios mo!--exclam Juanita juntando las
manos;--por qu no est l aqu para cerrar mis prpados, para recoger
mi ltimo suspiro!

Y, arrebatada por su amor y por la intensa amargura que senta,
dirigale la ms tierna despedida, hasta el punto de que Isabel y
Fernando prorrumpieron en amargo llanto.

Gerardo pareca presa de un violento combate; lloraba, retorcase las
manos, y en fin, cayendo de rodillas a los pies del lecho de Juanita,
exclam:

--Me ha vencido usted... no le puedo negar nada... Aunque l deba
maldecirme todava; aunque deba matarme esta vez, volver usted a verle,
seora... s, volver usted a verle!

--Qu dice usted?--pregunt Juanita, que al or las palabras del
anciano, pareca volver a la vida, y cuyos ojos animados y brillantes no
se apartaban un momento de los de Gerardo.

--Esccheme usted, esccheme!--dijo el anciano, cuya emocin no le
permita guardar orden en su relacin.--Yo estaba sentado sobre las
rocas al borde del agua. La noche era fra; pero yo nada senta... Yo
estaba frente a sus ventanas... l tena luz en su aposento; y le vi
escribir y pasearse con suma agitacin, como un hombre dominado por la
clera... Tal vez sea contra m, deca yo, pero me es igual; le veo,
esto me satisface, permanecer aqu toda la noche. De pronto le vi abrir
la ventana que daba sobre el precipicio... treinta pies de altura. Se
arroj! Yo tambin me haba arrojado, sin saber lo que haca, pues mi
nico deseo era morir con l. Pero, reflexionando, prefer salvarle, y
aunque demasiado dbil, esta idea redobl mis fuerzas. Le as, le
arrastr sin conocimiento, sobre las rocas; le crea muerto. Se haba
fracturado un brazo en su cada; su cabeza, que haba chocado contra un
pico de la roca, sangraba horriblemente. Qu hacer en tan terrible
posicin? Comenzaba a amanecer y me diriga apresuradamente al castillo
en demanda de auxilio para l, cuando encontr en el camino una berlina,
y en ella un gran seor que volva de casa de usted; era el cardenal
Bibbiena. Ayudome a conducir al pobre Carlos a su coche, y entonces
recobr el uso de sus sentidos. Cuando supo lo que acababa de hacer,
dijo:

--Te debo dos veces la vida; olvidemos la primera, y no pensemos ms que
en el porvenir.

Tendiome su mano enflaquecida, me perdonaba, no me maldeca ya, me
amaba; me amaba, s; amaba al pobre Gerardo, que ha olvidado todos sus
sufrimientos... Pero no es esto, seora, de lo que quiero hablarle, sino
de usted... de usted, de quien l se acuerda sin cesar.

--Pues que ella me cree muerto--dijo,--que no salga nunca de su error.

--S--le contest el cardenal;--para su tranquilidad y la tuya, que sea
siempre as! Dios lo quiere.

Entonces el cardenal le hizo jurar que no turbara la tranquilidad de
usted y que no le hara saber que vive. Me lo hizo jurar a m tambin; y
Carlos, cuando estuvo restablecido, parti para un pas extranjero, para
Inglaterra; pero antes de partir me encarg que velara por usted, y,
fiel a este encargo, no la he abandonado, me he ocultado para verla, y
para escribirle de usted: La he visto. Pero hace algunas semanas que
le escrib: Est muy enferma... Entonces lo ha dejado todo y ha
vuelto.

--El est aqu!--exclam Juanita.

--S, a despecho del cardenal, que ha llegado esta maana para
llevrselo; est en Granada, oculto durante el da; viene todas las
noches al jardn de este palacio, se acerca a las ventanas, envindome
antes para ver si alguien nos observa... Por esto he sido sorprendido, y
he faltado por usted a mi juramento...

--Dios le perdonar esta falta!--exclam Juanita,--y Carlos tambin!
Que venga si quiere verme viva!

Y mientras el anciano apresuraba su marcha vacilante, Juanita, que se
crea haber recobrado su alma y su energa, traz algunas palabras,
rpidamente, en un papel que entreg a Fernando, dicindole:

--Esta carta para el cardenal Bibbiena.

En seguida, psose lvido el rostro de Juanita... la puerta acababa de
abrirse y Carlos apareci. Juanita, sin dirigirle un reproche, tendi
hacia l sus manos, como en seal de perdn.

Carlos se precipit a estrechar aquellas manos, que cubri de lgrimas y
besos.

--Por qu lloras, Carlos?--le dijo;--soy muy dichosa... Te vuelvo a
ver! Pero t, que me amas tanto--continu ella con dulzura,--por qu
has querido morir? por qu me has abandonado?

--Era necesario!--exclam Carlos, con los ojos arrasados en lgrimas.

--S, ya s que nos separa un secreto terrible; un secreto, me has
dicho, que da la muerte... pero ahora me lo debes decir; gracias al
Cielo, ya puedo escucharlo... Que todos tus pesares sean los mos, que
tu alma me pertenezca por entero, y los ltimos instantes de mi vida
sern dichosos!

Carlos se aproxim vivamente a Juanita; pero viendo luego a su hermana
que permaneca de pie e inmvil junto al lecho, se acerc al odo de su
querida amiga y pronunci algunas palabras en voz baja. Un rayo de
alegra brill en los ojos de Juanita.

--Ingrato--le dijo;--slo en este instante has tenido confianza en tu
amiga! Dudabas de su amor y has olvidado los das dichosos que pasamos
juntos en las playas de Sorrento?...

Juanita se detuvo al ver aproximarse a Fernando seguido del cardenal
Bibbiena.

--Teobaldo--le dijo;--lo s todo; acusaba a usted de injusto y de
riguroso, cuando no haca otra cosa que cumplir dignamente los severos
deberes de una santa amistad. Perdneme, amigo mo...

Y Juanita le tendi la mano. Hubo entonces un momento en que aquel
prelado, de fisonoma impasible, de facciones duras y severas, no pudo
contener su emocin, y asomaron a sus ojos abundantes lgrimas.

--Usted vivir--exclam;--vivir, Juanita, para la dicha de sus amigos.

--No, siento aproximarse el instante fatal! Por esto le he hecho venir.

Y le mir con la misma ternura que haba mirado a Carlos.

--Compaeros de mis primeros das, he querido que tambin lo fuesen
ustedes de mis ltimos momentos, para que mi vida se extinga tan
dulcemente como empez; y ahora que lo s todo, no se opondr usted a
bendecir nuestro enlace... Qu muera siendo suya! Qu en mi hora
suprema deba a usted esa dicha, la esperanza y la dicha de toda mi vida!

Teobaldo, enternecido, cruz sus manos sobre el pecho, y, elevando sus
ojos al cielo, dej ver tal emocin en su rostro, que inspiraba la ms
profunda piedad. Veasele tierno y desesperado a la vez.

Asi, temblando, la mano de Carlos, la uni a la plida y desfallecida
de Juanita; y luego, con voz firme pronunci las palabras sagradas y
llam sobre ellos la bendicin de Dios. La plida y moribunda desposada
volvi hacia el prelado sus ojos, en los que se reflejaba la gratitud
ms sincera; despus estrech a Carlos contra su pecho... y como si
hubiese esperado su ltimo beso, con la mano le mostr el cielo,
dicindole:

--Amado mo... mi esposo! voy a esperarte!...

Al concluir de pronunciar estas palabras, dej de existir.

Los dos amigos se abrazaron llorando; ambos cayeron de rodillas al pie
del lecho, y all permanecieron toda la noche, rogando a Dios por la que
haba abandonado la morada de los vivos.

Transcurrieron tres meses. Al cabo de este tiempo, cuando Fernando se
atrevi a hablar de matrimonio a su prometida, sta le contest:

--No quiero casarme... Deseo entrar en un convento.

Y a todas las instancias que Fernando le haca, replicaba ella:

--Conozco las brillantes cualidades que te adornan... Conozco tus
virtudes... Pero no deseo el matrimonio; slo puedo encontrar mi dicha
en la soledad del claustro.

Buscando el modo de triunfar de la obstinacin de Isabel, Fernando quiso
ir a Madrid en busca de Carlos y del cardenal Bibbiena, en la seguridad
de que slo ellos podran vencerla.




XIII


Tena ya Fernando decidida su marcha, cuando tropez con un nuevo
obstculo que haca intil su viaje. El duque de Carvajal, su padre,
hzole saber su resolucin de no consentir su matrimonio con Isabel.

--Y por qu razn, padre mo?--exclam afligido Fernando.

--Conoces, tan bien como yo, los motivos que tengo para ello. Un hombre
de Estado slo abriga un pensamiento, slo persigue un objeto; un noble
espaol no tiene ms que su palabra. Mi objeto es que, en defecto de los
altos puestos y dignidades de que injustamente nos han despojado,
nuestra casa sea notable, al menos, por sus grandes riquezas, y yo
consenta en tu unin con la sobrina del duque de Arcos con la condicin
de que su hermana Juanita no se casara y le dejara toda su fortuna.

--Juanita ha legado, al morir, a su hermana todos los bienes de que ella
poda disponer; todos los que posea en el reino de Npoles, que son de
mucha consideracin.

--Es probable que as sea, pues no los conozco; slo s lo que valen el
palacio y los jardines de la Alhambra que haba comprado en la ciudad;
los inmensos dominios y las ricas granjas que haba adquirido en la
provincia de Granada, y en la de Valencia.

--Todo eso, padre mo, perteneca y pertenece an a su esposo.

--Casarse un cuarto de hora antes de morir!... No poda esperar yo
semejante cosa!

--Un hombre a quien amaba! una unin que la haca dichosa!

--No se trata de eso; cuando se ha dado una palabra; cuando se tiene una
hermana a quien casar... Adems, enlazarse con un hombre obscuro... un
Carlos Broschi, a quien nadie conoce...

--Tena, al menos, un mrito, era rico!

--S, un mrito que ha conservado para s. Te juro que Fernando de
Carvajal no ser nunca el hermano poltico de Carlos Broschi. No te
casars, pues, con Isabel; te niego mi consentimiento.

--Ah! padre mo; ella tambin me niega su mano.

--Tanto mejor: estamos, pues, de acuerdo.

Y, en efecto, qu esperanza poda conservar el desgraciado joven,
colocado entre su padre que se opona a su enlace, y su prometida que
rechazaba esta unin?

Con gran desesperacin de Fernando, Isabel redoblaba sus instancias por
abrazar la vida religiosa. Haba entrado como novicia en el convento de
Santa Cruz, y deseaba ardientemente que llegase el momento de pronunciar
sus votos.

Una ceremonia de este gnero, una toma de velo deba celebrarse con gran
pompa, dentro de poco, en la ciudad de Granada; e Isabel, que no haba
cumplido todava el tiempo de noviciado, deseaba obtener una dispensa en
favor suyo. Pero la abadesa de Santa Cruz no tena facultades para
dispensarle esta gracia, y la joven experiment un gran pesar; pero
concibi alguna esperanza cuando supo que el cardenal Bibbiena deba
honrar la ceremonia con su presencia y que oficiara en la misa.

A su llegada, el prelado recibi la visita del desconsolado Fernando,
que demandaba su poderosa proteccin cerca de su padre y de su
prometida.

--Tal vez consiga que el Duque ceda en su obstinacin--contest Teobaldo
sonriendo,--pues no ser la primera vez que ha cambiado de parecer...
Pero esa joven!... Es difcil y poco conveniente a mi carcter
desviarla de la vida religiosa, mucho ms si tiene una verdadera
vocacin.

--No lo creo: Isabel ha sido educada en un convento y detesta la vida
del claustro; hace slo tres meses que desea tomar el velo.

--Por qu causa?

--Lo ignoro.

--Ama a usted, a pesar de todo?

--S, me ama, as me lo ha dicho; pero no quiere ser mi esposa.

--Y la razn?

--Slo Dios la sabe!... Y usted, padre mo, podr averiguarla?

--Ah!--dijo Teobaldo moviendo la cabeza;--Dios no nos revela esos
secretos.

El prelado se equivocaba. El Cielo le ayudara a descubrir aquel
secreto, y su instinto y su conocimiento del corazn humano completaran
la =obra=.

La abadesa de Santa Cruz presentole a la maana siguiente la peticin de
una de sus novicias para que acelerase la poca de profesar, la cual, al
mismo tiempo, rogaba al prelado le concediese or su confesin. El
memorial estaba firmado por Isabel de Arcos.

La pobre nia arrodillose a los pies del prelado y le manifest los
sentimientos de su corazn. La novicia deseaba refugiarse en el seno del
Seor para salvar su alma, para huir de un amor irresistible y sbito
que la obsesionaba.

Amaba a Carlos! Slo con l se hubiera desposado; y como no quera
causar tan profunda pena a Fernando, cuyo amor no mereca, vease
obligada a hacerse religiosa. Amaba a Fernando, su prometido, pero con
un amor ms apacible, ms dulce. Con l, sus das habran sido
tranquilos y serenos, y seguramente hubiera sido feliz... Pero a aquella
dicha uniforme, a aquella calma de los sentidos, prefera las emociones
fuertes, la vida del alma.

Haba llegado hasta a envidiar, casi, los sufrimientos de su hermana; y
en sus ideas novelescas miraba el claustro como un asilo seguro donde
podra ser desgraciada a su gusto.

El cardenal comprendi bien pronto cun vivas y perjudiciales, pero poco
duraderas, deban de ser las resoluciones en aquel carcter vehemente y
exaltado, y concibi el remedio para curar aquella imaginacin enferma.

--Hija ma--le dijo;--a m me corresponde salvarla, y lo har, aunque a
pesar suyo, si necesario fuese. No ser usted, pues, religiosa, y se
casar con Fernando Carvajal, amable y encantador caballero que la har
completamente dichosa.

--Nunca!... Es intil tratar de contrariar mis deseos.

--Ser usted quien lo elija y le entregue su mano...

--Imposible; pensar siempre en Carlos.

--Carlos mismo le obligar a que le olvide!

--Oh, Dios mo!--exclam la joven llorando;--pero le desafo a que lo
haga, y, a usted tambin, padre mo!

Teobaldo march sin conceder a Isabel la gracia que peda.

Pero la indignacin de sta lleg al colmo cuando tuvo conocimiento de
un acto mucho ms injusto y arbitrario.

La camarera mayor de la Reina remiti a la abadesa de Santa Cruz la
prohibicin de conservar en su convento a Isabel de Arcos, y la orden de
partir al instante con ella para Madrid. Ambos mandatos fueron
obedecidos al pie de la letra.

El mismo da, el duque de Carvajal reciba del ministro una orden en que
se le mandaba presentarse en la corte para dar explicaciones de su
conducta.

Esta orden no tena nada de agradable, porque el Duque, nada
circunspecto en sus expresiones, no haba guardado la menor reserva
acerca del resentimiento que abrigaba contra el primer ministro Ensenada
y los principales miembros del Consejo de Castilla, que le haban
depuesto de su destino.

No obstante, el Duque parti para la corte acompaado de su hijo, que
vea en esta desgracia un feliz acontecimiento que le permitira vivir
en la poblacin donde Isabel se encontraba.




XIV


En aquella poca, era Espaa uno de los Estados ms florecientes de
Europa. Bajo el hbil reinado de Fernando VI, que mereci ser llamado el
Prudente, el comercio y la agricultura comenzaban a florecer. Los
espaoles, tributarios hasta entonces de las otras naciones
industriales, vean abundar en su suelo las primeras materias y los
productos de las artes. Las ciencias y las letras tomaron nuevo impulso,
y, como sucede en todos los reinos ricos y dichosos, la capital era una
poblacin llena de placeres, donde se ostentaba el lujo. Las fiestas y
diversiones de todas clases se sucedan en la corte sin interrupcin, y
acababa de fundarse en el palacio del Buen Retiro un teatro italiano, al
cual fueron llamados los primeros artistas y los cantores ms afamados
del mundo.

Desgraciadamente, la dbil salud del Rey y las enfermedades cerebrales
que continuamente padeca, hacan temer por su vida y por su razn;
dominbale una melancola que no lograban disipar los cuidados y la
ternura de su joven esposa la princesa Mara Teresa de Portugal, de
quien era sinceramente amado.

Con objeto de distraer al Monarca, se multiplicaban a su alrededor los
bailes y los espectculos; e intil es decir que los extranjeros afluan
a la capital, en la que aumentaba cada da el esplendor y la riqueza.

A nuestros viajeros les fue difcil encontrar alojamiento proporcionado
a su categora. Al fin, el duque de Carvajal y su hijo lograron un buen
aposento en la Puerta del Sol, en una magnfica fonda que slo era
frecuentada por los grandes seores. El mismo da de su llegada, el
Duque se present en palacio, pero no pudo ver al Rey.

A la maana siguiente, solicit una audiencia, y se le contest que el
Rey no recibira en toda la semana.

Profundamente irritado por esta dilacin, que hera vivamente su orgullo
espaol, el Duque, al salir del palacio real, entr para desayunarse en
un caf, donde se reunan gran nmero de seores a tomar chocolate y
leer los papeles pblicos.

De pie, junto al brasero, haba colocado un hombre que se quejaba en
alta voz del ministro y de los cortesanos. El Duque no se atrevi a
iniciar el ataque, pero daba su aprobacin con un silencio bastante
significativo, y escuchaba la conversacin con gran regocijo, sintiendo
aliviado su mal humor.

--S, seores--deca un hombre de reducida estatura cubierto con una
peluca empolvada, y cuyo vestido estaba adornado de cordones;--por mi
parte, nada temo, y, en consecuencia, hablo muy alto!... Creern
ustedes que yo, grande de Espaa, conde de Fonseca, marqus de Priego,
he hecho una antesala de dos horas en el palacio de nuestro Rey?

--Como yo--murmur en voz baja Carvajal.

--He ido a pedir a Su Majestad la orden de Calatrava, que me ha
rehusado, y es la sola que me falta... Esto es una injusticia. El
oficial de guardias me dijo que el Rey no reciba a nadie, pues Su
Majestad est enfermo. Y grandes y pequeos quedamos asombrados. En
aquel instante apareci un hombre de buena presencia, sencillamente
vestido y adornado con la orden de Calatrava... En el momento de
presentarse todas las puertas se abrieron para l, y entr en los
aposentos del Rey sin pronunciar su nombre.

--Este ser, sin duda, el infante, hermano de Su Majestad?--pregunt
yo.

--Es Farinelli--respondiome el oficial de guardias, que tena todava el
sombrero en la mano.

--Quin!--exclam;--Farinelli!... ese msico!... ese cantor
italiano... ostenta la orden de Calatrava, que se me ha rehusado... y es
recibido en las habitaciones de Su Majestad mientras yo hago antesala,
yo, grande de Espaa! conde de Fonseca, marqus de Priego!... Hganse
cargo, seores, de los tiempos en que vivimos!

--En un tiempo en que se honra al mrito y al talento--dijo un hombre
que vesta una ropilla de terciopelo encarnado, el cual tomaba
lentamente y con placer su chocolate.

--Que se le recompense como cantante, concedo--replic un joven hidalgo,
que estaba arreglndose ante un espejo del caf los bucles de su
cabellera y su chorrera de encaje.--Que se cubra de oro, hay razn para
ello, porque posee la voz ms melodiosa, la entonacin ms segura que he
odo en mi vida; y cuando canta, lo que sucede pocas veces, no cedera
por mil escudos mi asiento en la capilla del Rey; pero que sea el
favorito de Sus Majestades; que disponga a su capricho de honores,
puestos y pensiones; que tenga, segn afirman, voz en el Consejo, eso
es inmoral, es absurdo!... Slo falta ya que se le nombre primer
ministro!

--Se le ha propuesto--dijo gravemente el hombre de la ropilla
encarnada,--pero ha rehusado... Mozo: otra taza de chocolate!

--El, ministro!--exclam el marqus de Priego en un acceso de ira, al
cual el Duque de Carvajal se asoci framente por un movimiento de
cabeza casi imperceptible;--l, ministro!

--Y, por qu no?

--_E perch no?_--repiti, en italiano, dirigindose a la mesa, un
seor ricamente vestido, que llevaba en todos los dedos sortijas de
diamantes.--El, ministro! Eso es justo, y, es poco an!... Con una voz
semejante debera ser prncipe... o rey! Hay tantos que no lo merecen!
He llegado de Brandeburgo, seores, por otro nombre reino de Prusia, en
cuyo trono se sienta un hombre que no da dos notas seguras... un hombre
que toca la flauta como un principiante!... y le llaman Federico el
Grande! Y sern ustedes capaces de indignarse porque el _mio amico_
Farinelli sea ministro!... l! El maestro, el dios de la msica sobre
la tierra!... l! que debera ser maestro de capilla en el Cielo, que
debera cantar con los ngeles si stos pudiesen comparrsele!... El,
que ha dicho presentndome a Sus Majestades: Aqu tienen el primer
cantante de Europa! A lo que contest: te has equivocado, el primero
eres t.

Al ver aquel entusiasmo y aquella originalidad, todos los asistentes
haban reconocido al famoso Caffarelli, que, a propuesta de Farinelli,
haba sido llamado a Madrid para cantar en el teatro italiano, con una
pensin de cincuenta mil ducados de renta.

--Seor Caffarelli--le dijo el caballero joven;--concibo que un hombre
tal como usted sea admirado por los aficionados a la msica... Pero ese
cantante que no es ms que... que un cantante... ese hermoso y
encantador caballero por quien todas las seoras enloquecen, sin duda
porque es de su sexo ms que del nuestro...

--Eh! por Nuestra Seora del Pilar!--exclam indignado el hombre de la
ropilla encarnada;--mirar usted como un crimen su desgracia? Es culpa
suya si, cuando vino al mundo, un padre odioso y criminal le hizo
mutilar por mano mercenaria, cimentando su fortuna y su porvenir sobre
el oprobio y la vergenza de su hijo?

--Perdone usted--dijo Caffarelli, interrumpiendo;--perdone, seor, si
tomo por mi cuenta la defensa de su padre, que siendo un gran msico, es
apasionado por el arte que tan admirablemente profesa; y adorando como
adora a su hijo, no existiendo como no existe sino para l, si ha sido
odioso y cruel, fue por exceso de amor paternal, creyendo labrar no su
fortuna, sino la de su hijo. Lo ms extraordinario es que se vio
obligado por la miseria a dejar su hijo en manos ajenas; y que ese
pobre Farinelli ha ignorado por completo, hasta los diez y ocho aos de
edad, el gran talento y la magnfica voz que posea.

Su padre, al regresar de la Siberia donde crey perecer, se apresur
gozoso a decirle: _Mio caro figlio_, debes a mi ternura una inmensa
fortuna. Y a pesar de tan dichoso porvenir, su hijo ha querido
matarle!... Felizmente no lo ha hecho... En su desesperacin se desterr
voluntariamente; huy de Npoles, su patria, y se march a pas
extranjero, sin dinero, sin ningn medio de subsistencia, y tomando el
nombre de Farinelli, que deba hacer clebre para siempre, dedicose al
canto para poder vivir...

No tard en llegar a ser rico y obsequiado, porque todas las cortes,
todos los soberanos de Europa se disputaban el honor de darle asilo, de
escucharle. Nunca la voz humana haba operado maravillas semejantes a
las suyas; y renov e hizo posibles los prodigios del cantor Linus y del
tenor Orfeo, que, segn dicen, encantaban y amansaban con sus melodas
las bestias feroces de las selvas. Farinelli ha hecho ms... ha
encantado, ha seducido caracteres ms feroces an: a los individuos que
tena en la corte, a sus enemigos, a sus rivales... a m mismo,
seores!... a m! el famoso Caffarelli... Oigan ustedes lo que con l
me sucedi, y del modo que le conoc.

La atencin de los circunstantes redobl con las palabras de
Caffarelli, y todos se aproximaron para no perder una palabra.

El italiano prosigui de este modo:

--Me encontraba en Londres, donde Su Majestad el rey Jorge y todos los
grandes seores de Inglaterra me fatigaban, si as puede decirse, con
honores y guineas; porque hasta entonces no haba conocido rival.
Hablbase mucho entonces de un joven llamado Farinelli, que gozaba de
alguna reputacin; el Rey y la Reina deseaban ornos juntos... Era
lgico querer comparar al maestro con el discpulo. Cantamos, reunidos
en la corte, en la pieza _Arturo de Bretaa_, una grandiosa escena
musical donde yo representaba un tirano furioso y Farinelli a un joven
prncipe que aqul tena preso y cuya muerte decreta el tirano.

Empec cantando un aria del tirano... Era magnfica... era un tirano
como nunca se haba visto. Durante un cuarto de hora fui ensordecido por
los aplausos, y deca para m con alegra:--Pobre joven! te veo
perdido!...

Comenz Farinelli... y bien pronto no se aplaudi ms... se lloraba!
Cuando o aquella voz tan suave y encantadora, aquellos acentos
deliciosos que llegaban al alma... no vea en l ms que a un pobre
joven que con las manos extendidas hacia m me suplicaba le dejase ver
an la luz del sol, que era tan brillante y tan bella...

    _Lasciami ancora verder il sole..._

deca l, y yo, imprudente, le escuchaba olvidando mi papel. Corr hacia
l, deshice sus ligaduras... y le abrac llorando!

A partir de aquel momento, y gracias a m, conquist una brillante
posicin. Caffarelli proclamole su vencedor. Pero este vencedor lleg a
ser un amigo de corazn y su casa ha estado abierta siempre para m. Su
fortuna no le ha cambiado. Que sea hombre de Estado o embajador, llego
hasta su gabinete sin hacerme anunciar, y ese grande hombre interrumpe a
menudo su trabajo para cantar un do con su antiguo amigo... Digo un
do... un solo! Porque siempre olvido mi parte, para escucharle.

--Bravo, bravo!--exclam el marqus de Priego con irona y aplaudiendo
como si se encontrase en el teatro;--bravo! seor. Pero usted, que
todo lo sabe, podr decirnos cmo Su Alteza el prncipe _Arturo de
Bretaa_, a quien dio usted la vida, se ha encontrado de repente hombre
influyente y consejero ntimo del rey de Espaa? Cmo su amigo el
cantante ha llegado a ser hombre de Estado y empleado en misiones
secretas e importantes cerca de varios soberanos de Europa?

--Tal vez--contest Caffarelli con aire burln,--para entretener a los
soberanos con sus cantos. Pero ignoro en absoluto la causa de su fortuna
poltica.

--Ser, sin duda, debido a algn gran misterio--dijo el marqus de
Priego.

--Opino como usted--asinti el duque de Carvajal a media voz y con
acento malicioso.

--No, seores--replic el hombre de la ropilla encarnada, que acababa de
apurar su segunda taza de chocolate, y que saboreaba en aquel momento el
indispensable vaso de agua;--no, seores; y si quieren conocer la causa
de su elevacin, yo la puedo decir, porque he sido testigo de ella.

--Es algn gran seor--murmuraron en voz baja.

--Es el presidente del Consejo de Castilla--dijo el joven caballero al
Duque y a sus vecinos, dndose aires de importancia;--le conozco bien.

--No, caballerito; no me conoce usted: soy Rodrigo Moncnigo, barbero
de Su Majestad!

Al or estas palabras, el duque de Carvajal psose el sombrero, que
acababa de quitarse.

--Desde el comienzo de su reinado, el Rey, nuestro augusto amo, vease
atormentado de una enfermedad de que nadie haba logrado aliviarle; el
seor Ziga, mdico de la corte, lleg a perder la esperanza; y todo lo
que haba podido descubrir era que esta enfermedad tena mucha semejanza
con una inventada por los ingleses y que ellos llaman _spleen_. Ya el
Rey, en dos ocasiones, y sin motivo alguno, haba querido atentar contra
su vida, y a pesar de la desesperacin de la Reina y de las
exhortaciones del padre Anastasio, confesor de Su Majestad, todo haca
temer que nuestro augusto seor no haba abandonado la funesta mana que
haba de consumar su perdicin en este mundo y en el otro.

Haca ya un mes que permaneca encerrado en su gabinete, sin querer ver
a nadie, excepto a la Reina; y a pesar de los ruegos y de las lgrimas
de sta, rehusaba los cuidados y hasta los alimentos que se le daban;
en tal estado negbase constantemente a mudarse de ropa y afeitarse! No
poda verme; me haba despedido: a m, que era su barbero; a m, padre
de cinco hijos y que no tena otra fortuna que mi destino!

Todos nos sentamos consternados, y la Reina ms que todos: adoraba a su
esposo, de quien vea amenazadas la razn y la vida con aquella negra
enfermedad, y no saba de qu medio valerse para librarle de la muerte,
cuando pens en Farinelli, cuya voz, se deca, obraba milagros. La Reina
rog al cantante que viniese a Madrid, y le coloc en una habitacin
contigua a la del Rey.

A los primeros acentos que hirieron los odos de Su Majestad, ste se
estremeci.

--Es la voz de los ngeles!--dijo; y escuchaba atentamente, cayendo de
rodillas y llorando, lo que no le haba sucedido en toda su enfermedad.

--Que siga--deca,--que siga! Que contine yo oyendo esa voz que me ha
aliviado y vuelto la vida!

Cant de nuevo Farinelli, y el Rey, volviendo en s, se arroj en brazos
de la Reina; despus sali a la estancia vecina y abraz a Farinelli,
dicindole:

--Mi ngel salvador! qu deseas? Pdeme lo que quieras; te lo
conceder, sea lo que fuere!

A lo que Farinelli repuso:

--Pido, seor, que Vuestra Majestad cambie de vestido y se haga
afeitar...

Desde aquel instante, yo, Rodrigo Moncnigo, barbero del Rey, fui
restablecido en mis funciones, as como en los derechos y honores de mi
cargo.

Habindose hecho llevar la Reina una cruz de Calatrava, con el permiso
de su augusto esposo, la puso, con su propia mano, en el pecho de
Farinelli. Ah tiene usted--continu el barbero mirando al marqus de
Priego--cmo fue condecorado el msico.

A partir de aquel momento, Farinelli no abandona al Rey ni a la Reina...
Cuando se presentan los primeros sntomas de melancola, el italiano
canta y la indisposicin desaparece. Vean ustedes cmo nuestro amo
encontr un amigo...

Cuando descubri que el admirable cantante era uno de los hombres ms
instruidos de Europa, que conoca casi todas las lenguas, que la riqueza
y vivacidad de su imaginacin igualaban a la profundidad y solidez de su
juicio; que la rapidez de su golpe de vista le haca abrazar,
desarrollar y resolver en un momento las cuestiones ms difciles, se
pregunt por qu haba de serle prohibido a un artista tener en los
negocios talento, habilidad y genio; se pregunt por qu no haba de
hacer su consejero y su ministro al que ya era su salvador y su amigo...

Al decir su ministro, hablo de las funciones y no del ttulo; porque,
modesto y desinteresado, Farinelli slo deseaba servir a su Rey...
Hombre de suerte y a quien la fortuna no le ha vuelto la cara, no echa
en olvido quin es y tiene presente su origen.

No hablar a ustedes de los nobles y grandes seores de la corte de
Espaa que se arrastran a sus pies; y de alguno, que no les nombrar,
que le ha pedido delante de m su proteccin y su favor con tanta
bajeza, que yo estaba avergonzado y Farinelli tambin; pero s har
mencin de que, para colocar a cada uno a su altura, el artista
contestaba con dulzura y modestia:

--Dios mo! Seor Duque, qu puede hacer por un gran seor como usted
un pobre cantante como yo?...

Necesitar tambin, seores, decirles el poder que tiene en sus manos
cmo lo ejerce? El protege las artes, reaviva el comercio y la
agricultura, construye fbricas, hace que nuestra patria progrese en el
interior y que sea respetada por los extranjeros. Ha colocado al frente
del ejrcito a hombres de mrito y de sealados servicios sin dejar
plaza al favor... Yo tena un hijo, seores, que recibi tres heridas
batindose con los imperiales; un hijo que en la batalla de Bitondo
arrebat de las manos del enemigo una bandera y la entreg al marqus de
Montmar, que era nuestro general; y este hijo era capitn haca diez
aos, y hubiera continuado sindolo toda su vida, porque descenda del
pueblo, porque su abuelo, Sancho Moncnigo, mi padre, era barbero de una
aldea.--Eso no es justo, me dijo Farinelli.--Y aquella tarde, en la
habitacin del Rey, lea versos franceses de un poeta que principiaba a
hacerse clebre, de Voltaire, y que Farinelli recitaba con calor y
entusiasmo, sobre todo, cuando lleg a este pasaje:

    _Qui sert bien son pays n'a pas besoin d'aieux_

--Bella mxima--exclam el Rey.

--S, seor--repuso Farinelli;--y es ms bella todava puesta en
prctica.

Entonces habl de mi hijo, haciendo presente al Rey que haba a la sazn
dos regimientos vacantes: el de la Reina y el de Astorga.

--Sea--dijo el Rey;--concedo el mando del ltimo a Rafael Moncnigo.

--Anteayer--prosigui el barbero con orgullo y satisfaccin
paternales,--mi hijo recibi su despacho; mi hijo es coronel!...

--Por una horrible injusticia y un juego de cubiletes infame!--exclam
un anciano militar que en aquel momento entraba en el caf.--Yo, conde
de Fuentes, que soy el teniente coronel ms antiguo, tena ms derecho
que nadie a mandar un regimiento por mi cuna y por los servicios que
prest al difunto rey Felipe V, porque me arruin durante la guerra de
sucesin. Pero se me rechaza, se me tiene postergado, y, por qu?...
Porque detesto a los favoritos y a los eunucos; porque soy enemigo de
Farinelli, y lo proclamo en voz alta; y as lo hice ayer mismo, en su
presencia, cuando pasaba por la sala de guardias. S, me ha hecho una
injusticia, una afrenta; es un infame... Y lo dir a la faz de todo el
mundo...

--No delante de m, al menos--replic un joven, que haba odo las
palabras del conde de Fuentes.

Era Rafael Moncnigo, el cual ostentaba con orgullo las insignias de su
nuevo empleo.

El barbero trat de contener a su hijo.

--Djeme usted, padre mo; mientras mi mano pueda sostener una espada,
no se ultrajar impunemente a Farinelli en mi presencia, y el seor me
dar una satisfaccin.

--Cuando usted quiera!--exclam el conde de Fuentes; y ambos
adversarios se disponan a salir, entre las aclamaciones de todos los
circunstantes, cuando el criado del Conde, que llegaba en aquel momento,
le entreg una carta que haban llevado para l, dicindole que era
urgente.

--Lea usted, caballero!--dijo Rafael con altivez;--tiempo tenemos.

A medida que el teniente coronel lea el billete, cambiaba de color su
rostro; temblaba, presa de una agitacin violenta; pero, tomando una
doble resolucin, se aproxim al joven, que le contemplaba
desdeosamente.

--Caballero--dijo;--cunto deben costar estas palabras a un espaol!...
no tena razn! Sera un infame si tirase de la espada en semejante
combate: lea usted.

El joven ley en voz alta:

       *       *       *       *       *

Seor Conde:

Es usted mi enemigo, lo s, y, bajo este ttulo, le debo hacer ms
cumplida justicia que a ningn otro. He examinado su hoja de servicios,
y se lo he hecho presente al Rey, el cual ha tenido a bien conceder a
usted el mando del primer regimiento del ejrcito, del de la Reina... Y
como tengo entendido que no es usted rico, le ruego acepte la presente
libranza para montar su equipaje con el decoro que corresponde a su
nuevo destino. Esto no le quita en nada su independencia, y le deja, en
cambio, toda la libertad... hasta la de aborrecerme!

FARINELLI.

       *       *       *       *       *

Las acciones nobles y generosas encierran un atractivo simptico, del
cual no se libra nadie; cada uno de los circunstantes aplauda a la vez;
ambos adversarios se estrecharon las manos, y el conde de Fuentes
sali, acto continuo, para ir a visitar a su generoso enemigo
seguramente.

--Ah tienen ustedes los hombres de carcter--dijo el marqus de
Priego;--el menor favor los hace cambiar, y, en lo sucesivo, ste ser
ahora uno de los ms adictos del favorito.

--Esto es enojoso--agreg el duque de Carvajal;--no obtienen ms que
para ellos.

--No importa; de todos modos, resulta humillante para un hombre de
sangre y del nacimiento del conde de Fuentes.

--Tiene usted razn, me sonrojo por la nobleza espaola.

Y ambos, en testimonio de estimacin, se dieron las manos al tiempo de
separarse.

Al salir, el marqus de Priego se encontr por casualidad al lado de
Rodrigo Moncnigo.

--No podra usted, seor barbero--le dijo en voz baja,--hablar por m a
Farinelli?

Entretanto, el duque de Carvajal haba asido del brazo a Caffarelli,
rogndole a media voz que tratase de obtener, por su mediacin, una
audiencia del favorito.

--Lo prometo a usted--repuso el artista, con aire protector.

Y aquella misma tarde, el Duque lea en su morada, esta breve epstola:

       *       *       *       *       *

Farinelli tendr el honor de recibir maana, antes de comer, al seor
duque de Carvajal y a don Fernando, su hijo, en el gabinete particular
de la Reina.

FARINELLI.

       *       *       *       *       *

Huelga aadir que ambos no se hicieron esperar. Fueron introducidos en
una habitacin elegantemente amueblada que serva de saln de msica a
la Reina, y experimentaron una profunda sorpresa cuando, un instante
despus, vieron entrar a la abadesa de Santa Cruz y a Isabel de Arcos.

Fernando no tuvo tiempo para reflexionar sobre aquel extrao
acontecimiento, porque, en aquel instante, abriose una puerta dorada, y
la camarera mayor de la Reina anuncio a Su Majestad Mara Teresa, que
apareci apoyndose en el brazo del cardenal Bibbiena, confesor del Rey.

--Duque de Carvajal--dijo la Reina;--he querido anunciarle por m misma
que es la ocasin de casar a su hijo con Isabel de Arcos: el Rey
devuelve a usted todos los empleos de que le haban privado, y
juntamente el gobierno de Granada.

Todos los actores de esta escena quedaron inmviles y sorprendidos,
excepto Fernando, que lanz un grito de alegra.

El Duque se inclin en seal de asentimiento, e Isabel, haciendo un
esfuerzo para sobreponerse a su turbacin, tom la palabra y dijo con
voz trmula:

--Vuestra Majestad ignora... y Su Eminencia el cardenal ha debido de
decirlo...

--Que ese matrimonio merece la aprobacin de Farinelli--le interrumpi
la Reina; e Isabel qued estupefacta.

Con frecuencia, sobre todo despus de su llegada a Madrid, haba odo
hablar del favorito, de su crdito y de sus aventuras; pero nunca le
haba visto, y habl ingenuamente a la Reina, cuando le contest que no
le conoca.

--Parece imposible--replic Su Majestad,--pues Farinelli pretende tener
sobre usted el derecho de casarla y entregarle una buena dote, siendo,
como es, en la actualidad, su nico pariente... Vea usted, y convnzase
de lo que le digo--continu mostrndole un pergamino que haba sobre una
mesa;--ah tiene ese contrato por el que le cede una parte de su
fortuna.

--Estamos aqu para firmar los contratos matrimoniales, y slo se espera
a Farinelli--dijo el cardenal.

--Ah est--contest la Reina, indicando con la mano a una persona que
apareca en aquel momento a la puerta de entrada.

--Carlos!--exclamaron simultneamente Fernando e Isabel.

--S, amigos mos, Carlos Broschi... o Farinelli... Y ahora que me
conocen ustedes--dijo con emocin y cambiando con Teobaldo una mirada de
inteligencia,--mi querida Isabel... hermana ma... rehusar usted la
mano de Fernando que la ama... y que tan digno es de usted?

La joven baj los ojos con una turbacin inexplicable... Luego levant
la vista y fijola confusamente sobre Farinelli, a quien tendi su mano.

El matrimonio se verific la maana siguiente, en la capilla de los
Reyes; una numerosa multitud compacta haba acudido a la ceremonia,
porque se dijo que Sus Majestades honraran con su presencia el acto
nupcial que deba celebrarse por el cardenal confesor del Rey; pero lo
que excitaba ms la curiosidad pblica era que se daba por seguro que
cantara Farinelli.

Y, en efecto; de una de las tribunas cercanas al rgano, sali de
repente una voz pura y melodiosa que pareca bajar del cielo, y la
concurrencia guard un profundo silencio.

Nunca se haba expresado aquella prodigiosa voz con ms sentimiento ni
ternura, ni sus acentos haban sido tan penetrantes. Los melodiosos ecos
llenaban el alma del dolor ms profundo y hacan verter lgrimas;
parecan elevarse a las regiones celestes y dirigirse a seres invisibles
que habitaban las mansiones eternas.

Ved--deca Carlos,--ved sobre las nubes el ngel que nos contempla y
nos bendice! Angel adorado que habitas en el cielo!... Virgen pura,
vuelve a tu patria y dirgenos desde ella tu divina voz, diciendo:
Ven!... ven!... ven!...

En medio del silencio que reinaba en la iglesia, los sublimes ecos de
aquella voz vibraban, repitindose en las bvedas del templo, y
murmurando a lo lejos: Ven!... ven!... Farinelli sucumba a la
profunda emocin que experimentaba, y, tendiendo sus brazos, cay
desvanecido.

Interrumpiose la ceremonia. Teobaldo corri en socorro de su amigo, le
hizo colocar en su coche, cuyas cortinas baj, y se alej lentamente por
enmedio de la multitud, mientras que Carlos, volviendo hacia su amigo
los ojos baados en lgrimas, le deca:

--Habr en el mundo nadie ms desdichado que yo?

--S--le contest Teobaldo oprimiendo su mano;--s, lo hay! Que esta
idea te consuele y te impida acusar a la Providencia.

--Cmo! Ms que perder lo que se ama, sentirse amado y no poder
pertenecer al objeto que se idolatra!

--T has sido amado, al menos!... Si hubieses visto, por el contrario,
que la mujer a quien adorabas amaba a otro; si, ms fuerte que la ley de
la Naturaleza, los deberes de la religin hubiesen levantado entre
ustedes una barrera insuperable; si confidente de su ternura para con tu
rival, para un amigo, hubieses velado constantemente por ellos; si, en
fin, oh, tormentos del infierno! hubieses unido sus manos, te
creeras an el ms desdichado de los hombres?

--Cmo!--exclam Carlos espantado,--esos tormentos de que hablas...

--Los he experimentado yo.

--Y los has podido soportar y ocultarlos! Quin te ha dado el
sobrehumano valor que necesitabas para ello?

--Dios y la amistad!

Y ambos amigos confundironse en un carioso abrazo, mientras el pueblo
repeta, aludiendo a los recin casados:

--Qu felices son!




EL REY DE OROS


Sin preocuparse para nada de las parejas, ni de la magnificencia del
saln en que se efectuaba el baile, las dos hablaban cerca de la
chimenea. Hablar en vez de bailar, a los quince o diez y seis aos!...
Forzosamente, la conversacin tena que ser interesantsima, y esta sola
idea avivaba en m el deseo de escucharla. Mal hecho; pero, a quin se
ha de permitir ser curioso, si no se le permite a un autor dramtico? La
curiosidad, que en los dems es un defecto, en l constituye un deber.
Debe escuchar, aunque slo sea por oficio. Por otra parte, aquellas dos
jvenes eran tan lindas, tan elegantes!... En su porte y en sus miradas
haba tanta gracia y tanta ingenuidad; estaban tan risueas, y se
cuidaban tan poco del porvenir, que hacase imposible no pensar en el de
ellas. Una de las dos, rubia, hablaba con vehemencia y en voz baja; la
otra, de hermosos cabellos negros, escuchaba con los ojos bajos y
deshojando el ramillete de nveas camelias que tena en la mano.
Indudablemente le preguntaban y no quera responder. Transcurrido un
instante, dirigi a su compaera sus ojos azules con una expresin
angelical, de los que exhalbase una mirada que deca, sin duda alguna:

--Te juro que no te comprendo.

La contestacin fue una carcajada, que traduje de esta manera:

--S? pues no te creo.

Tena la seguridad, por mi parte, de que me estaba enterando de la
conversacin; pero as y todo, hubiera querido, por muchas razones,
escucharla desde ms cerca. La duea de la casa me facilit un medio,
ofrecindome un asiento para jugar al whist. No soy muy fuerte en el
whist; lo juego bastante mal, y pierdo casi siempre, siendo causa esto
ltimo de que cada da le tenga ms aficin. Es una pasin desgraciada,
o, lo que es lo mismo, es una de las pasiones que duran. Esta vez, sin
embargo, tuve suerte; haban colocado la mesa del whist prxima a la
chimenea, e hizo la fortuna que mi butaca estuviese a espaldas de las de
mis lindas habladoras, que no fijaron su atencin en nosotros. Para
ellas, y a sus aos, un baile se compone de muchachas, aderezos,
adornos, polquistas y galanes: los jugadores de whist no son tenidos en
cuenta... no existen; son cuatro asientos vacos en un saln.

--Pero, chica, no has pensado nunca en ello?

--Jams.

--Ni aun en sueos?

--En sueos? no tengo tiempo: duermo perfectamente.

--Y no te ha indicado nada tu madre?

--Nada.

--Pues yo he dado ya calabazas a dos.

--Por qu motivos?

--Porque no eran millonarios. Quiero tener un marido rico. Y t?

--Yo deseara que el mo fuese joven y tuviera talento.

--Bah! Todo el mundo tiene talento. En cuanto a m, me gustara que
fuese ministro... para que me llevara a palacio.

--Y con eso te contentas?

--Ya lo creo. Cada da estrenara un nuevo traje, a cual ms precioso.

--As, pues, te preocupars de trajes despus de casada?

--Siempre.

--Y de tu esposo?

--Seor--exclam de pronto mi compaero,--no tiene usted bastos?

--Vaya si tengo!

--Por qu, pues, no los ha echado usted?

--Dispnseme, estaba escuchando... mejor dicho, combinando... y contaba
las cartas ya jugadas.

Este incidente fue causa de que perdiera algunos prrafos de la
conversacin que tena lugar a mis espaldas, y que no haba concluido
todava.

--Amarle!... por qu no?... si es posible... si una se enamora...

--Oh! eso es lo primero.

--Lo crees as?

--Por eso deseo que tengamos casi la misma edad, casi los mismos gustos,
casi iguales defectos... Esto le har indulgente con los mos, y,
respecto a los suyos, todos se los perdono desde ahora con tal de que me
quiera mucho y de que no ame a nadie ms que a m.

--Mi ta dice que eso no es posible.

--Por qu no lo ha de ser? Le amar yo tanto!

--Pero ests loca?

--Es mi deber... y me parece que ser un deber muy dulce.

--Y si l deja de amarte?

--No importa: seguir amndole yo. Es mi deber.

--Y si te engaa?

--Ah! me morir. Pero, a pesar de todo, no dejar de amarle.

--Hemos perdido tres bazas--grit mi compaero.--Estoy fallo a copas; lo
indico claramente, y ni una sola vez lo ha tenido usted en cuenta.

--Y qu importa?

--Ah es nada!... Yo tena una porcin de triunfillos que usted ha
inutilizado jugando otros mayores.

--No hemos perdido gran cosa.

--Hemos perdido diez tantos, que han ganado estos seores.

--Dispnseme usted si pierde por mi culpa: soy un mal aficionado.

Al pronunciar estas palabras, me deca a mi mismo que l me haba hecho
perder mucho ms, impidindome or el resto de la conversacin, porque
las dos jvenes acababan de levantar el campo. Segu con la mirada a una
de ellas, que ya me tena cautivado. Senta grandes, deseos de saber su
nombre, y no me atreva a preguntarlo.

--Cecilia--dijo una seora de edad madura, mirada altiva y de formas
enjutas y angulosas;--Cecilia, ponte el abrigo, y vmonos.

--En seguida, mam. Pero acabo de comprometerme para una contradanza, y
voy antes a disculparme.

--De ninguna manera--exclam la duea de la casa.--La seora D'Ortlies
nos conceder un cuarto de hora...

Y, como en aquel momento se diese cuenta de mi presencia, me dijo
estrechndome la mano:

--La Vizcondesa deseaba conocer a usted y me haba pedido que se la
presentase.

Nada hay para m tan empalagoso como una presentacin; pero comprenda
que sta daba a Cecilia tiempo para bailar su contradanza, y me
regocij la idea de empezar mis relaciones con ella por un sacrificio.
Lo era y no flojo. Mujer de antiguo abolengo, la seora vizcondesa
D'Ortlies vala por sus pretensiones tanto, cuando menos, como por su
ilustre prosapia. Escriba libros que encontraban ms admiradores que
lectores. Era moneda tan corriente entre stos que sus obras deban
estar impregnadas de religin, monarquismo y sublimidad, que cada cual,
sin conocerlas, las aplauda de antemano, con admirable aplomo desde que
el editor anunciaba que estaban en prensa.

El que ha tenido ms xito de sus libros, y, segn dicen, ha contribuido
ms a extender y cimentar su reputacin, es su novela de*** que nadie ha
ledo todava.

Sera intil redundancia alegar que, dados sus principios, su devocin y
su ilustre apellido, la seora Vizcondesa firma sus obras con un
seudnimo: es un buen recurso para asegurar aplausos.

Hizo el gasto de la conversacin hablando casi sola, y no pudo hacer
nada ms de mi gusto, porque me agradan las mujeres de talento cuando no
hay que tenerlo con ellas y cuando al placer de orlas puedo unir el de
permanecer silencioso. En esto me parezco a un sujeto que deca:

--Voy a darme prisa a escribir un libro que rebose ingenio, para tener
despus el derecho de ser un bruto el resto de mi vida.--He escrito
ese libro? Lo ignoro: supongamos que s, y adelante.

La Vizcondesa me habl de mis obras: yo de las suyas... de su hija.
Evidentemente era sta la mejor, y, sin embargo, me pareci que a
ninguna daba menos importancia. Siembre sucede lo mismo: por regla
general, los autores son los peores jueces de sus engendros.

Prolongose tanto la conversacin, que Cecilia tuvo tiempo de bailar dos
contradanzas. La pobre no saba cmo agradecrmelo, y sin que ella lo
sospechara, ya estbamos en paz, porque me haba pagado con la sonrisa
ms amable y graciosa del mundo. Recordando las palabras que le haba
odo, exclam, vindola alejarse:

--Feliz el hombre que logre agradarle! Feliz el esposo que ella
elija!...

Pas aquel ao y el invierno siguiente sin que volviera a ver a Cecilia,
pues no voy casi nunca a las reuniones.

Al comenzar la primavera de 1833 me aburra soberanamente. Por qu?
Esto no le importa al lector, y, con su permiso, paso por alto los
motivos. Recurr a lo que yo considero como el remedio de todos los
males: tom la diligencia, y en busca de un argumento para una comedia,
con la cual podra regocijarme y distraerme, visit la Auvernia y los
Pirineos.

Estos dos pases son muy poco conocidos.

No hay negociante retirado, no hay jubilado, ni procurador o abogado en
vacaciones que no se considere en el deber de viajar por Suiza para
poder decir a su mujer y a sus hijos:

--He visto el valle de Lauterbrunnen, el lago de Brienz y el
Grindelwald, camino trillado y recorrido por todo el mundo, itinerario
tan comn en la actualidad, como el de Pars a Saint-Cloud.

Y, entretanto, nadie piensa en visitar la Auvernia y los Pirineos! Oh,
viajeros parisienses, viajeros de imitacin; ignoran ustedes que sin
salir de Francia encontrarn cascadas, aludes y picos escarpados;
ignoran que esos Pirineos, que les pertenecen, que son algo as como la
propia casa de ustedes, ofrecen vistas tan graciosas, escenas tan
sublimes, espectculos tan grandiosos como los mismos Alpes! S: apelo a
todos los que han viajado verdaderamente, y no por los libros: el circo
de Gavarni, las Torres de Marbor, el boquete de Roland, no son, en su
gnero, tan admirables, tan incomprensibles, tan grandiosos como el
manoseado Mont-Blanc, la cada del Rin o la del Aar? En qu pas
lograrn ustedes encontrar, en la cima de una montaa, un lago en el
crter de un volcn? S, seores, s, abonados del caf Tortoni y de la
Opera... s, un verdadero lago y un verdadero volcn: ah tienen ustedes
todava el crter con su forma dilatada y una abertura circular de media
legua; vean ustedes las capas de lava, y en el sitio donde hervan el
azufre y el salitre, contemplen ahora un lago lmpido que se eleva
hasta la mitad de ese gran embudo, mientras la otra mitad, cubierta de
rboles y musgo, forma una verde muralla de ciento cincuenta pies de
altura que baja casi a pico hasta los bordes del lago misterioso, cuyo
fondo no se ha encontrado, y sobre el cual nadie se atrevera a
lanzarse, porque el remolino de las aguas hara zozobrar en seguida la
barca, y el atrevido navegante, precipitado al fondo del abismo, en los
fuegos subterrneos, hubiera comenzado como La Prouse y concluido como
Empdocles.

Y todas estas maravillas, que semejan un cuento de _Las mil y una
noches_... ese lago que se extiende sobre un volcn, y ese volcn que
amenaza recobrar su plaza, dnde piensan ustedes que se encuentra? En
los Alpes? En las cordilleras de los Andes?... No, ciertamente. En la
Auvernia, a dos o tres leguas de Mont-Dor, y este lago es el lago de
Pavin, adonde llegarn ustedes en dos o tres horas de camino, llevando
de conductor al seor Miguel Garnier, mi gua, que slo exige dos
francos de jornal, y que les confundir con un prncipe extranjero si
llegan a darle tres.

Encontrbame yo, con mi gua, cerca del lago Pavin, recostado en la
hierba al borde del crter y contemplando a mis pies las aguas puras y
transparentes que a cada instante crea ver en ebullicin, lo que me
hubiera divertido y espantado, cuando sent pasos a mi espalda: eran
otros viajeros. Un anciano, apoyado en el brazo de una joven, gritaba
con tono de mal humor:--No andes tan de prisa... no puedo
seguirte.--Levant los ojos y me pareci reconocer en la joven el porte
elegante y gracioso, la fisonoma encantadora de mi linda bailarina, de
la seorita Cecilia D'Ortlies: mis dudas se convirtieron en certeza
cuando divis, algunos pasos detrs de ella, a una mujer que, provista
de un lbum y del indispensable lpiz, escriba al mismo tiempo que
andaba. Era la seora Vizcondesa, engolfada en hacer una descripcin del
lago Pavin, que yo deb imitar, porque indudablemente vala ms que la
ma. Grandes exclamaciones de sorpresa por una y otra parte: las
obligadas frases de admiracin sobre el magnfico cuadro que se
desarrollaba ante nuestros ojos... y luego, cumplidas las reglas de
urbanidad, pens en mi conveniencia, e hice conocer mis deseos de ser
presentado a la seorita Cecilia.

--Seorita!...--repiti la Vizcondesa con asombro:--Cecilia est
casada.

--Cmo as?--repuse.

Y mir en torno mo, buscando al joven esposo, extrandome de que no
acompaase a su mujer.

--Mi yerno--dijo la D'Ortlies presentndome al anciano, cuyo nombre, que
no viene a cuento, pronunci con gravedad olmpica.

Era un vstago de rancia nobleza, general en tiempo del Imperio, y duque
y Par durante la Restauracin. Conservaba todava un mando militar
importante, una fortuna colosal y una porcin de buenas cualidades.
Pero, desgraciadamente, haca ya mucho tiempo que le adornaban estas
buenas cualidades... porque tena 67 aos, con un aditamento de varias
heridas y reumatismo, a lo que haba que agregar la gota con todas sus
prerrogativas, es decir, la impaciencia, la acritud y un humor
endiablado: fuera de esto, era extremadamente amable siempre que no
estaba enfermo... y sola estarlo diez meses al ao.

Este era el marido de Cecilia!

Rememor entonces la conversacin del baile, el gentil compaero que
ella haba soado, sus proyectos de dicha para el porvenir. Si no
adivin la pobre nia el inters y la piedad con que yo la miraba, me lo
agradeci sin saberlo, porque, apenas transcurrieron algunos minutos,
ramos los mejores amigos del mundo.

Mientras nosotros conversbamos, su rancio esposo reposaba sentado; su
madre escriba a destajo. Todo lo que Cecilia deca era sencillo y
natural; pero estaba impregnado de una dulzura y una melancola
realmente exquisitas. La habl de su marido, y le tribut los mayores
elogios, recordando con gratitud los ttulos, la posicin y la fortuna
de que le era deudora. De su felicidad, que le haba robado, no dijo una
palabra. Alma noble y virtuosa, en que todo era resignacin, abnegacin
y fidelidad a sus deberes! Pero quin hubiera reconocido en su lenguaje
grave y melanclico a la joven que yo haba visto, dos aos antes, tan
soadora, tan candorosa y tan alegre?

Qu juicio al presente! qu tacto! qu criterio! Se me ocurri que,
para haberlos adquirido en tan breve plazo, deba de haber sido muy
desgraciada.

Nos encontrbamos al borde del lago, puro, lmpido y transparente...
imagen de su alma. As se lo dije; me mir, sonriendo con esa sonrisa
triste que hace llorar, y repuso:

--S; la calma en la superficie...

--Y tal vez en el fondo...--agregu, mostrndole el lago.

No termin la frase, pero la adivin, porque dijo en seguida:

--No, seor, no: jams!...

Y dirigi al cielo su mirada, ignoro si para tomarlo por testigo o para
implorar su proteccin.

En aquel instante se oy una voz avinagrada: era la de la Vizcondesa. El
general tena fro: las emanaciones del lago le sentaban mal y era
necesario partir. De buena gana hubiera dado el brazo a Cecilia; pero
ella ofreci el suyo a su esposo, y slo quedaba la Vizcondesa.
Valiente compensacin!... Me vi obligado a hablar de literatura y a
enterarme de que la seora compona una nueva novela que deseaba leerme
tan pronto como estuviese terminada. A m, que viajaba para divertirme!

--Creo, Vizcondesa, que no podr gozar tanta ventura, porque me voy a
los Pirineos--le dije.

--All vamos todos: han recomendado al general las aguas de Barges, que
son milagrosas para las heridas.

--Parecame que el general se quedaba en Mont-Dor.

--Estamos aqu por casualidad; pues, de paso, ha querido experimentar
estos manantiales que el ao pasado dieron resultados excelentes al
mariscal Soult; pero despus de algunos baos, que no le han servido de
nada, ha renunciado a ellos y saldremos dentro de pocos das para los
Pirineos. Confo que usted se vendr con nosotros.

Me inclin respetuosamente.

--Dnde se hospeda usted en Mont-Dor?

--En el hotel Chabaury, seora.

--Nosotros tambin. Nos dispensar usted esta noche el honor de que
cenemos juntos?

Salud de nuevo. Decididamente era el comensal, el compaero de viaje y
el amigo de la familia.

Viajando, y particularmente en los baos, la amistad se entabla con una
rapidez asombrosa; me aprovech de mi nuevo ttulo, y de los derechos
que me daba, para hablar de Cecilia. Indiqu a la Vizcondesa que aquel
matrimonio, tan ventajoso por otra parte, me inspiraba serios temores
respecto a la dicha futura de su hija.

--No conoce usted a Cecilia, caballero, ni sabe usted qu clase de
educacin ha recibido. Ha estado en el Sagrado Corazn, como todas las
seoritas de la nobleza a quienes conozco. Ha ledo todas mis obras: las
lee diariamente, y los principios que en ellas se sostiene...

--Son inmejorables, seora; pero su hija de usted es muy joven, y si su
corazn llega a despertarse...

--No se despertar nunca. En mi familia no se despiertan los corazones.

--No lo dudo--dije mirndola,--en cuanto al pasado; pero en el futuro...

--Caballero!...--repuso, examinndome de pies a cabeza:--no hay
circunstancias que obliguen a olvidar sus deberes a las personas
religiosas y bien educadas. Con religin y principios, no existen
matrimonios desproporcionados ni peligros de ninguna clase; est usted
seguro de ello.

--Opino como usted, seora.

Llegamos al hotel.

El general sentase de mal temple, y su mal humor se acrecent al
encontrarse con varias cartas, que tena forzosamente que contestar:
tambin haba que expedir algunas rdenes.

--Si estuviera aqu Enrique--dijo a su esposa,--me ayudara y se
encargara de eso; pero t te opusiste a que viniese con nosotros.

--Ya sabes que ramos tres en el coche, y que no poda prescindir de mi
doncella.

--Haces honor a tu sexo... la doncella! Vaya un motivo para que me
prives de un sobrino a quien quiero, y de un ayudante de campo que es
mis pies y mis manos!

--Echas en olvido que mi mam y yo estamos aqu para cuidarte, y que,
adems, tu sobrino Enrique de Castelnau hace falta en Pars, pues lo
exigen tus intereses.

--Di mejor tus caprichos... porque tienes ojeriza a ese pobre Enrique...
a quien no puedes tragar.

--Yo!

--T! como lo oyes. Apenas le hablas... apenas le haces caso. Te
aseguro que necesita valor para pisar mi casa, despus del recibimiento
que le haces cuando entra en ella.

--Me acusas sin motivo; el sobrino de mi esposo tendr siempre derecho a
mis deferencias.

--S, ya s a qu atenerme al respecto!... Y vive Dios! que tengo
ganas de ver que se le trata con desprecio. Claro es que, si alguno de
los dos deba aborrecer al otro, indudablemente ese alguno es l... l,
que era mi nico heredero, y a quien mi matrimonio ha despojado de la
fortuna que le corresponda.

--Confo en que no suceder lo que dices--se apresur a decir Cecilia.

--Cuando menos, perder una parte de ella. Y, qu ocurre, en cambio?
Que en vez de quejarse de su ta, no tiene boca para alabarla. Es la
delicadeza personificada, contigo y con tu madre. Correra todo Pars
por darte gusto, y reventara sus caballos por proporcionarte un
billete de baile o un palco en la Opera.

--Verdad--dijo la Vizcondesa;--y aunque slo fuera por complacer a tu
esposo, t, Cecilia, debas ser ms amable con Enrique.

--Cumplo mi deber, mam--respondi Cecilia en tono fro y resuelto.

--Por vida de!...--grit colrico el general.--Habr cabeza ms dura?
Dulce en ocasiones, como un ngel, cuando se rebela parece de granito.
A los diez y siete aos! La cosa promete. Ignoro, seora Vizcondesa,
cmo la ha educado usted, pero afirmo que lo que sucede no tiene sentido
comn.

--Seor!... Cecilia ha ledo mis obras.

--Eso quera yo decir.

--General!... Olvida usted...

--Dice usted bien. Olvido que la cena nos aguarda. Dispense usted,
caballero--dijo dirigindose a m,--que le hagamos testigo de estas
pequeeces: confo en que nos guardar el secreto y no nos sacar a
relucir en alguna comedia.

Tom mi brazo, hizo que me sentara en la mesa a su lado y durante la
comida estuvo grosero con todos menos conmigo. No obstante, debo
advertir que sus inconveniencias tenan por principal blanco a su
suegra.

A los postres lleg una nueva carta, y el general exclam, dando en la
mesa un puetazo que lo ech a rodar todo:

--Slo esto faltaba!... Enrique est herido.

Cecilia palideci, y observ que temblaban sus labios.

--S, herido; le han dado una estocada...--prosigui el
general.--Torpe! Tranquilcese usted--dijo a su suegra, que saboreaba
impasible una taza de caf.--No corre peligro; han transcurrido ocho
das y va bien la cura. Pero el mdico le ha recetado las aguas de
Barges, y llegar aqu maana.

--Maana!--dijo la Vizcondesa alegremente.

--Maana!--dijo con frialdad Cecilia, cuyo semblante haba vuelto a
recobrar su acostumbrada calma.

En cuanto a m, aguard el da siguiente con impaciencia.

La llegada de una silla de posta es siempre un acontecimiento en todas
las poblaciones de poca importancia, y con ms motivo en Mont-Dor,
donde el nico placer de los vecinos es ver llegar o partir los
viajeros. Cuando a las diez de la maana se oy el ruido de un carruaje,
todo el mundo se asom a las ventanas.

Pocos minutos despus, el seor de Castelnau entr en el saln, abraz
afectuosamente a su to y salud a las dos seoras con respeto.

Aparentaba unos veinticinco aos. Era alto, bien formado, de porte
distinguido; en una palabra, un gallardo mozo; y, lo que vale ms,
pareca ignorarlo, porque se ocupaba siempre de los dems y nunca de s
mismo. Su rostro, franco y expresivo, tena impresas las huellas del
sufrimiento. La fatiga del viaje, o tal vez otras causas, haban
empeorado su herida.

Yo, entretanto, observaba a Cecilia: no vi en sus facciones ni sombra de
emocin; recibi a Enrique con afectuosa cortesa, y le interrog acerca
de su salud con un marcado inters... pero no tanto como el que yo
esperaba.

Enrique estaba visiblemente conmovido. Casi no acertaba a expresarse, y
creo que le hice un gran servicio hablndole del camino y del tiempo,
que eran psimos. La displicencia de la conversacin le fue serenando
poco a poco, y acab por respirar ms a su gusto. Hay momentos en que
los extraos y los importunos no son del todo intiles.

Aquel da visitamos la cascada de Queureiels y la de Vernire. Enrique
se aproxim con frecuencia a Cecilia, que daba siempre el brazo a su
esposo o a su madre, y cuando hablaba se diriga a m.

Por la noche ley al general los peridicos, le despach el correo
oficial y estuvo escuchando, con una atencin digna de mejor suerte, dos
largas disertaciones de la Vizcondesa. Slo alguna que otra vez, y a
hurtadillas, sus grandes ojos negros se volvan, como a pesar suyo,
hacia el lado de Cecilia, que trabajaba sin mirarle y sin hacer de l
ms caso que de los dems concurrentes.

Me convenc de que me haba equivocado, y mis conjeturas eran falsas.
El pobre joven poda amar a Cecilia, pero Cecilia no pensaba en l.

La maana del siguiente da, vspera de nuestra partida, la Vizcondesa
encontrbase escribiendo junto a Cecilia, que tocaba el piano: y era
aquella msica tan alegre y juguetona, que acab de disipar mis ltimas
dudas.

--No es posible--pensaba yo entretanto,--estar bajo el peso de una
pasin cuando se ejecutan semejantes variaciones, y, sobre todo, cuando
se ejecutan con tanta perfeccin.

En aquel instante entr en el saln un mdico joven, conocido mo, que
vena de Pars asistiendo a un personaje a quien acompaaba a las aguas
de Mont-Dor. Los militares hablan de sus campaas, los escritores de
sus obras, y los mdicos de sus enfermos: es inevitable. Mi joven
doctor, a riesgo de molestar a aquellas damas, empez a relatarnos las
curas maravillosas y singulares que haba hecho, sazonando la relacin
con ancdotas ms o menos picantes, a las que slo yo prestaba atencin,
porque, como he dicho anteriormente, yo escucho siempre por oficio.

Entre otras cosas, nos cont que recientemente haba asistido a un joven
que tena una estocada, cuya herida, de bastante gravedad, no se pareca
a ninguna otra. No era recta ni hecha de abajo arriba; todo lo
contrario: daba tambin la circunstancia de que el enfermo tena gran
estatura y hacase preciso, en consecuencia, que para herirle as en el
pecho de arriba abajo, su adversario fuese mucho ms alto que l, es
decir, un hombre de ocho a diez pies de estatura. Cont asimismo que,
obligado por sus preguntas y argumentos, el herido acab por confesarle
que la estocada se la haba dado l mismo.

--Qu mvil dir usted que le impuls?--continu diciendo.--Nunca
adivinara usted semejante extravagancia. Quera tener un pretexto para
ir a las aguas de Barges, y me rog que se las recetara... lo que hice
en el acto. Pobre chico!... Me pag esplndidamente la receta...
recomendndome su secreto.

--Y, segn veo, cumple usted su recomendacin al pie de la
letra--exclam sonriendo.

--Puedo franquearme con usted, sin peligro de que lo cuente.

En aquel momento abriose la puerta, y se present el general, apoyado en
el brazo de su ayudante de campo. Enrique, al ver al mdico, corri
hacia l y tendindole la mano, dijo:

--Doctor, usted por aqu?...

En seguida, agreg, presentndonosle:

--Seoras y seores, es mi Esculapio... el que me ha curado la herida,
el que me ha recetado las aguas de Barges. No es cierto?

El mdico balbuce algunas palabras y se despidi, porque le aguardaba
su enfermo. El general se sent tranquilamente en su cmodo silln;
Enrique, con la sonrisa en los labios, permaneci de pie junto a la
chimenea; la Vizcondesa, entre sorprendida e indignada, quera hablar y
no se atreva a hacerlo. Cecilia, plida, con la frente apoyada en una
mano, reflexionaba en silencio, y yo, mirndolos a todos, calculaba que
la situacin era admirable, y esperaba con inquietud el rumbo que
tomara, y, sobre todo, el desenlace que llegara a tener.

El general fue el primero que rompi el silencio, tarareando una cancin
que le haba entusiasmado. Era una msica que estaba de moda y que su
autor no habra conocido, seguramente: de tal manera se la haba
asimilado y la haba hecho propia el general, por la manera de
interpretarla.

--Y digan ustedes, seoras--exclam despus de esta especie de
ritornelo, nos vamos, por ltimo, maana a los Pirineos para pasar un
mes en Barges?

Nadie respondi: todos guardaron silencio, y en los ojos de Enrique
brill un relmpago de alegra.

--Han pensado ya en los equipajes mi mujer y mi suegra? Han guardado
en las cajas sus gorros y sombreros? Est todo dispuesto para la
marcha?

--Para la tuya, s--dijo Cecilia, esforzndose por demostrar un valor
que no senta.

--Cmo para la ma? Pues no partiremos juntos?

--No.

--Por qu motivo? Puedo saberse?

--Mi madre y yo queremos acompaarte hasta Pau, donde tienes una
posesin con un magnfico castillo que no conocemos, y habamos
proyectado permanecer en l hasta tu regreso.

--Y dejarme ir solo a Barges? Est bien.

--No; si eso fuera as, estara mal. La prueba es que nosotras estbamos
decididas a acompaarte, a no separarnos de ti; pero ahora, que ir
contigo tu sobrino Enrique, no tienes necesidad de nuestros cuidados.

--Qu pretendes darme a entender con esas palabras?

--Te confieso que, para m, pasar todo un mes en esas horribles
montaas, sera lo ms triste, lo ms penoso, lo ms fastidioso del
mundo, si he de juzgar por los tres das que llevamos aqu.

Mientras tena lugar este dilogo, el general saltaba en el silln;
oprima la tabaquera entre sus dedos, y yo prevea la tempestad que iba
a estallar. Pero lo que no pude observar sin compadecerme fue el rostro
de Enrique, que, plido y sin poder apenas sostenerse, se apoyaba en la
chimenea. La desesperacin reflejbase en todas sus facciones, dejndome
adivinar lo que pasaba en el alma de aquel desventurado joven. Haberse
herido por ella, por pasar un mes cerca de ella, y perder tanta ventura
por un capricho!

--Vive Dios!--exclam el general levantndose colrico y rechazando con
el pie el silln, que fue rodando al centro de la sala;--me has tomado
por un recluta? Crees que voy a dejarme manejar por una mujer, por una
mueca? Usted vendr, seora; usted vendr, porque yo se lo ordeno.

--He dicho que no.

--Y por qu? voto a!... por qu?

Cecilia no temblaba ya: haba tomado su resolucin, y, resignada a todo,
sin tener en cuenta otra cosa que su deber, contest a media voz, pero
con firmeza:

--Porque no quiero.

El general, lleno de ira, dio un paso hacia ella y se oy al mismo
tiempo un gemido sordo: era que Enrique, sintindose peor de su herida,
se desmayaba, y hubiera cado sobre el pavimento si no lo hubiese yo
sostenido en mis brazos. La clera del general, cambiando sbitamente de
direccin, descarg sobre su sobrino.

--Imprudente! imbcil!... hace una hora que est de pie, y es lo peor
que puede hacer... La herida se abrir de nuevo: siempre se lo estoy
diciendo; pero aqu nadie me hace caso, nadie me obedece... Que el
diablo se los lleve a todos!... oh!... no vuelve en s?

--Va recobrando el conocimiento--respondi Cecilia, que, habindose
lanzado hacia Enrique, le haca respirar un pomo de sales y le prodigaba
los ms tiernos cuidados.

--Ah!--exclam el general;--ya abre los ojos.

Cecilia se retir apresuradamente; entr en su aposento seguida de su
madre, y algunos momentos despus el general fue a buscarlas. Sus
splicas y sus amenazas debieron de ser intiles, porque aquella noche
nos dijo:

--Ese angelito tiene muy dura la cabeza.

--Se niega a ir a Barges?--pregunt Enrique.

--As parece. Iremos t y yo, y nos esperar en mi castillo de Lescar,
en los alrededores de Pau.

--Cmo!... to, ha cedido usted?--exclam Enrique en tono de reproche.

--Qu quieres que hiciera?... a no matarla... No quedaba otro remedio:
as se lo he dicho voto a!...

--Y qu ha respondido?

--Esto: Si me matas, tanto mejor. No ir a Barges. El razonamiento no
puede ser ms lgico. Es una testaruda, lo repito; una cabeza de hierro.
Hay que confesar, sin embargo, que sin ese defecto sera la mejor de las
mujeres.

En la madrugada del siguiente da haba dos coches preparados para la
marcha.

--Todo el equipaje lo ha arreglado la seorita--djome su doncella.--No
se ha acostado en toda la noche.

Apenas estuvieron enganchados los caballos, Cecilia mont
precipitadamente en la berlina. Cuando ofreca la mano a la Vizcondesa
para ayudarla a subir, me dijo sta:

--Ve usted, seor, cmo con la religin y los buenos principios no hay
matrimonios desproporcionados y rodeados de peligros?

--Por lo menos, hay luchas y amarguras--me dije a m mismo, al ver el
plido rostro de Cecilia y sus ojos preados de lgrimas, que sin duda
quera ocultar a todos; porque, al divisar de lejos a su marido que se
diriga a la berlina, apoyado en el brazo de Enrique, exclam
repentinamente:

--Cochero, a escape, a escape.

Restall la fusta, los caballos salieron al galope y el coche
desapareci de nuestra vista, mientras gritaba el anciano:

--Bien! perfectamente!... Loca! Se va sin despedirse, sin abrazarnos.
A fe ma, caballero, que aqu tiene usted el asunto que busca para una
comedia.

--No ser drama?--murmur entre dientes, contemplando la cara de
Enrique, que, incapaz de ver, de or y de responder, dejose colocar por
m en el otro coche al lado de su to.--No pens siquiera en darme las
gracias ni en decirme adis. Pobre hombre! Esto le matar--dije para
m.

Pocas horas despus sal yo tambin para los Pirineos. No temas, lector,
pues no pienso llevarte a los picos del Mont-Perdu, tan curioso y acaso
ms accesible que el Mont-Blanc; no te conducir a Luz ni a
Saint-Sauveur, que tienen fisonoma alegre y pintoresca; cruzaremos a
escape el _Chaos_, esa lluvia de enormes rocas cadas del cielo o
vomitadas por el infierno; no penetraremos en el recinto del circo de
Gavarnie: aturdido ante tanta magnificencia, deslumbrado por tanta
maravilla, no querras salir de l. Te mostrar solamente las torres de
Marbor, rocas inmensas coronadas de almenas, ciudadela encantada donde
nieves perpetuas, heridas por el sol, parecen antemuros de diamante. Te
indicar de lejos el portillo de Roland, esa muralla de granito que
separa a Francia de Espaa, y que Roland abri con un golpe de su
tajante espada... Ven, acrcate. El hizo para ti ese boquete de
doscientos o trescientos pies, desde donde puedes divisar Aragn y
recorrerlo en toda su extensin. Aqu es, al pie de estas grandiosas
torres, donde antiguamente pelearon Agramante y Ferragus contra los
parciales de Carlomagno. No ests solo en este desierto: te rodean todos
los hroes de Ariosto, y podras elevarte a las nubes con el poeta, si
es que el fro, que penetra hasta los tutanos, no te obliga a bajar a
la tierra. Si sucede tal cosa, ven a calentarte al fuego de algn
habitante de la montaa, y volvamos a la aldea de Gdres, mitad
francesa, mitad espaola, donde seguramente almorzaremos con algn
contrabandista. Luego, cruzando el Baztan y salvando el Tourmalet,
bajaremos al delicioso valle de Campan, paraso terrenal que nos
conducir a Bagnres de Bigorre, donde, si ests fatigado y deseas
encontrar la tranquilidad y la dicha, es preciso que te detengas y te
entregues al descanso.

Esto es lo que yo hice.

Caminando por las speras montaas, encontr en una de las fbulas de La
Fontaine el asunto para una comedia en cinco actos, que nuestros ltimos
acontecimientos polticos podan hacer bastante intencionada. Detveme
en Bagnres para escribirla. En un lugar verdaderamente delicioso, al
lado de la hermosa casa de M. Lugo, alquil una casita que daba a las
alamedas de Maintenon.

All pas los quince das ms tranquilos y ms felices de mi vida,
trabajando por la maana, muy temprano, y a primera hora de la noche, y
recorriendo durante el da el mgico pas que me rodeaba, los valles de
Campan y de Lesponne, el convento de Medous y el Elyse Saint Paul. Un
da efectu una ascensin al Camp de Csar o a la Penne de l'Hris; otro
da proyectaba excursiones al Pic du Midi, desde donde se dominan las
llanuras del Bigorre y del Barn. Cunto regocijo y cunta salud dan el
aire puro de las montaas, esos valles risueos y ese hermoso sol!
Devuelven la juventud y la dicha; porque aqu, en estas cimas, se
olvidan lo mismo los padecimientos del cuerpo que las amarguras del
alma. Desgraciadamente, al bajar volvemos a encontrarlos en la llanura y
en la ciudad, donde nos esperan.

Cuando termin mis cinco actos, hzose necesario marchar y alejarse de
tan hermoso pas. Atraves el alegro valle de Argels y la ciudad de
Lourdes; admir la deliciosa capilla de Nuestra Seora de Btharram, y
me dirig a Pau, que me atraa por ms de un concepto. Tena, en primer
lugar, un amigo, un amable y excelente joven, antiguo capitn de la
guardia, que habitaba con su familia en el Real Palacio de Pau, y no
quise dejar el Medioda sin abrazarle; por otra parte, en los
alrededores de esta ciudad estaba el seoro de Lescar, donde la
vizcondesa D'Ortlies y el general me haban comprometido para que me
detuviese algunos das. Senta vivos deseos de volver a ver a Cecilia, y
llegu al castillo. Era un edificio hermossimo, admirablemente situado:
el parque extendase hasta las orillas del Gave; desde las ventanas del
saln se descubran los ribazos del Juranon, y en el horizonte, a una
distancia de quince leguas, las montaas azuladas y las cimas blancas de
los Pirineos.

Al apearme del coche, fui recibido por la Vizcondesa y su hija, que me
dispensaron la ms amable acogida. Esperaban al general, que continuaba
en Bigorre; pero cul fue mi sorpresa cuando, al entrar en el saln, vi
a Enrique de Castelnau reclinado en un canap y leyendo un peridico!...

--Le ha enviado el general--djome a media voz la Vizcondesa--para traer
unos despachos al gobernador de Pau y adquirir noticias de la salud de
Cecilia, que ha estado muy enferma.

--De veras?--exclam consternado.

--Ya pas. Est mucho mejor; y, mientras viene el general, nos acompaa
Enrique. Dnde ha de vivir sino en el castillo de su to? As lo ha
ordenado mi yerno, que, desde hace una semana, nos anuncia su llegada
diariamente.

--As, pues, hace una semana que vive aqu el seor de
Castelnau?--pregunt a la Vizcondesa, la cual, adivinando la idea que me
preocupaba, se apresur a contestarme:

--Tranquilcese usted. Ya conoce usted a mi hija. Por otra parte, puedo
asegurar que en todo este tiempo no se ha separado ni un momento de m
durante el da.

Y no menta. Cecilia trabajaba en el gabinete de costura al lado de su
madre, y hasta en los paseos que sola dar por el parque jams Enrique
se encontraba a solas con ella. Conste, adems, que l no buscaba
ocasin para acercarse.

Tena elegancia y sus modales eran en extremo distinguidos. Todo en l
respiraba la delicadeza ms escogida, los cuidados ms solcitos; pero
ni una palabra, ni una mirada que pusiera de manifiesto a los ojos de un
extrao el secreto de su alma. Hasta haba recobrado la alegra y la
jovialidad; estaba menos distrado, y tomaba parte en las
conversaciones. Slo entonces pude observar que estaba dotado de una
amabilidad exquisita y de una vasta instruccin, y que, a una excesiva
modestia, se unan en l un ingenio fino y sumamente delicado, un
carcter noble, pensamientos elevados y generosos... en una palabra, una
multitud de buenas cualidades, que haban permanecido ocultas, y que
ahora brillaban en todo su esplendor.

La Vizcondesa nos ley en un peridico un artculo que trataba de un
suicidio.

--Desventurado!...--exclam Cecilia, de un modo que casi pareca una
aprobacin.

--Insensato!--dijo Enrique, casi despreciativamente.

--No se explica usted el suicidio?--le pregunt con viveza.

--Nunca! Suicidarse es privarse de una dicha inmensa.

--Cul?

--La de morir por los que se ama.

--Vaya!--pens,--la quiere siempre, pero ha tomado su partido, y se ha
resignado valerosamente. Habr tenido fuerzas para combatir y vencer.

La Vizcondesa me ofreci leerme su ltima novela. Acept, y entr con
ella en su gabinete de trabajo, pensando que en aquel momento su amor
propio de autor la haca olvidar su vigilancia de madre, e iba a dejar a
Enrique algunos momentos de libertad.

Me equivoqu, pues l no los aprovech. Me siento orgulloso de haber
soportado con un valor heroico la lectura, que fue bastante larga.
Entretanto, Cecilia tocaba al piano unas melodas tristes y
melanclicas; pero estaba sola, pues yo haba visto a lo lejos a Enrique
paseando por una de las alamedas del parque, y, cuando volv al saln,
continuaba sola, sentada en un gran silln, con la frente apoyada en una
mano y en los ojos una mirada febril. Se levant vivamente y se acerc a
m con la sonrisa en los labios. Al ponerse de pie dej caer su pauelo.
Me apresur a recogerlo, y not que estaba mojado. La joven se dio
cuenta de ello, y me dijo, mostrndome un libro que haba sobre la
chimenea:

--Soy en extremo ridcula, no es cierto? Esa novela me ha hecho llorar.

Mir el libro, y vi que era una novela de su madre. No necesitaba esta
prueba para convencerme de que me engaaba.

Por la tarde hubo mucha gente en el castillo: toda la buena sociedad de
Pau y sus alrededores. Cecilia haca los honores de la casa con una
gracia y una naturalidad admirables; se ocupaba de todos, excepto de
Enrique, a quien slo de vez en cuando daba algunas rdenes para que
arreglara las mesas de juego.

Hicironme jugar al whist con tres personajes de la comarca. Los viejos
jugaban al piqu; las viejas al boston, presididas por la Vizcondesa. El
recaudador de contribuciones jugaba al billar con el alcalde, y Cecilia,
agrupando en torno suyo a los jvenes, propuso pasar el tiempo en juegos
de prendas, lo que se acept con entusiasmo. Los juegos de prendas estn
an de moda en las provincias, sobre todo en la de los Bajos Pirineos.

Entretanto, haca yo tales chambonadas, que m compaero debi de
formar psima idea de los jugadores de la capital; pero estaba escrito
que Cecilia me haba de hacer perder siempre al whist, porque tambin
esta vez, como cuando la conoc, pensaba en ella ms que en el juego, y
mis ojos se dirigan constantemente hacia el alegre crculo que diriga.

Enrique se haba alejado, y distraase viendo jugar al billar; varios
jvenes llamaron al gentil ayudante de campo, y, de grado o por fuerza,
no tuvo ms remedio que acudir al llamamiento. Sentose lejos de Cecilia,
y en las prendas que l sentenci evitaba toda ocasin de aproximarse a
ella. En una ocasin, sin embargo, cumpliendo las leyes rigurosas del
juego, sentenciaron a Cecilia a dar un beso al joven Castelnau. La joven
se puso de pie... En aquel instante, yo fallaba a mi compaero un ocho
de copas que era rey!... Hizo un ademn de impaciencia; qu me
importaba? Mi atencin estaba por completo fija en Cecilia, que se
acerc tranquilamente a Enrique presentndole sus frescas y sonrosadas
mejillas.

El joven apenas las roz con sus labios. No se ruboriz, no palideci,
no perdi el conocimiento, como yo esperaba: estuvo tranquilo y sereno.
Decididamente, me dije, es un hroe. Le admiraba y le compadeca, y, sin
quererlo, me sorprend haciendo votos por l y por su amor sin
esperanza.

Todas las prendas estaban sentenciadas: las seoritas y algunos jvenes
sentronse alrededor de una gran mesa redonda que haba en el centro
del saln, y se pusieron a hojear lbums, revistas y grabados. Unos
tomaban un lpiz y dibujaban; otros pintaban a la sepia algunos paisajes
de los alrededores, y Enrique, por complacer a una nia que tena al
lado, esculpa, valindose para ello de un cortaplumas ingls, un pedazo
de madera, al cual iba dando la forma de una ermita, labor que ejecutan
con xito los pastores de los Alpes o de los Pirineos. La madera era
dura, el cortaplumas estaba muy afilado, y, en un movimiento un poco
brusco, la hoja resbal sobre la materia que cortaba y produjo a Enrique
una cortadura bastante grande en un dedo de la mano izquierda. Cecilia
lanz un grito y se puso intensamente plida. Un momento despus se ech
a rer. La herida era insignificante, aunque sangraba en abundancia.
Todos los pauelos de mano de las seoras se pusieron a disposicin del
herido; todos los neceseres se abrieron. Buscose tafetn ingls, que fue
cortado acto continuo, y veinte manecitas tan blancas como bien formadas
se ofrecieron a aplicarlo sobre la herida. Todos rean, y la cura
adelantaba poco: la operacin era difcil. La cortadura estaba en la
segunda falange del dedo, y el tafetn no poda sujetarse. Se le
colocaba de nuevo, tratando de darle consistencia, y al menor movimiento
se desprenda otra vez.

--Pero, caballero, estse usted quieto, y sobre todo no doble usted el
dedo.

--Pero, seoras, eso es fcil de decir... hacerlo ya es diferente.

--Tiene razn este seor--intervine yo,--y para que su dedo permanezca
inmvil, habr que hacer lo que en ciruga se llama... se llama...

--Entablillar?--interrumpi Enrique,--como si se tratara, de un brazo
o una pierna?

--Justamente.

--Y dnde encontrar el aparato?--gritaron todos riendo.

--Helo aqu.

Y tom una carta de la mesa donde acababa de jugar al whist; creo que
era un rey de oros. Lo enroll alrededor del dedo herido; las seoras
sujetronlo con una hebra de seda, y sostenido de este modo por la
cartulina, ya no era de temer que el dedo se doblara y la herida
volviera a abrirse. Termin, al fin, la cura, entre los gritos
alborozados y los aplausos de todos los circunstantes, que me
felicitaron por mis conocimientos quirrgicos. Enrique me rog que le
presentara la cuenta de mis honorarios, y Cecilia me prometi acudir a
m para que le curase todos los pinchazos de agujas y alfileres.

Poco despus dieron las once, y cada uno tom su palmatoria.

Yo entr en mi alcoba, desde donde oa an las carcajadas y las alegres
carreras que daba en los comedores aquella juventud bulliciosa.

La maana siguiente, a eso de las diez, baj al saln y estaba hablando
con la Vizcondesa, cuando, con gran sorpresa nuestra, vimos entrar al
general, que nos dijo con la mayor alegra:

--Buenos das, queridos amigos.

--Cmo!... Dios mo!... De dnde sale mi yerno? Por dnde ha
llegado?... No hemos odo entrar el carruaje en el patio.

--Es que llegu esta madrugada, a las cinco, cuando todos ustedes
estaban entregados al sueo.

--De veras?

--No quise despertar a nadie y me fui derecho a la alcoba de mi mujer
que, por cierto, al pronto, no quera abrirme. Tanto miedo senta.

--Ya lo creo!... El que despierta sobresaltado...

--Imaginbase que los espaoles o los contrabandistas se apoderaban del
castillo. Pobrecilla!... Por fortuna no tard en tranquilizarla... Y
qu tal va su salud, y la de usted?

--Envidiables.

--Se han aburrido ustedes mucho en mi ausencia?... qu han hecho aqu,
entretanto?

--Ayer tuvimos reunin, y jugamos al whist y al boston.

--Perfectamente! Y, a propsito, tengo que reprender a usted. Ha hecho
usted jugadora a su hija.

--Yo!

--Usted; jugadora como las mismas cartas. A lo que parece, no piensa en
otra cosa ni de da ni de noche. He aqu una prueba--continu riendo a
carcajadas:--aqu tiene usted un naipe, un rey de oros, que he
encontrado enrollado debajo de su almohada. Esto es una picarda,
verdad?

Trat de rer, para que el general no reparase en la turbacin de la
Vizcondesa, que pareca herida por un rayo.

--Mire usted, mire usted--prosigui el general dando nuevamente libre
acceso a su risa.--La Vizcondesa no re... est desconcertada... y es
que se reconoce culpable.

--Oh! muy culpable--murmur interiormente.

En aquel instante baj Enrique, y poco despus Cecilia.

En seguida nos sentamos a la mesa y almorzamos en familia.

Nos encontrbamos solos y, como la vspera, los vi reservados e
indiferentes; pero, mejor enterado ahora, cunto amor sorprend en
aquellos ojos que se evitaban constantemente, en aquella fingida
frialdad, en aquella silenciosa unin de voluntades, fiel regulador de
todos sus pensamientos!

Concluido el almuerzo, abandonamos la mesa y nos dirigimos al parque. Me
qued algo atrs con la Vizcondesa y le dije:

--Dgame, seora: sigue usted creyendo que con la religin y los buenos
principios no existen peligros para un matrimonio desproporcionado?

--Calle usted--replic,--que se acerca el general.

Se aproxim, efectivamente, a nosotros, y me dijo riendo:

--Encontr usted, por ltimo, en los Pirineos el argumento que buscaba?

--S, encontr varios... y por cierto uno de ellos es picante como una
guindilla.

--Le servir a usted de asunto para una comedia?--me pregunt.

--No, general: para una novela--repuse.




EL PRECIO DE LA VIDA


Abriose la puerta del saln, y nuestro criado Jos presentose para
anunciarnos que estaba dispuesta la silla de posta.

Mi madre y mis hermanas se arrojaron en mis brazos.

--Todava tienes tiempo para arrepentirte--dijronme,--renuncia a tu
viaje... qudate con nosotras.

--Madre ma--repuse,--soy noble, tengo veinte aos, y deseo que se hable
de m y hacer carrera, sea en el ejrcito o en la corte.

--Pero, no piensas en el dolor que me causas con tu partida?

--Estar usted contenta y orgullosa al saber los adelantos de su hijo.

--Y si mueres en alguna batalla?

--No importa. Para qu es la vida? Adems, quin piensa en semejante
cosa? Cuando se tienen veinte aos, el que es noble slo debe pensar en
la gloria. Ya me ver usted, madre ma, volver a su lado dentro de
algunos aos, hecho todo un coronel, mariscal de campo o con un
brillante empleo en Versalles.

--Y qu tendremos con eso?

--Que ser aqu respetado y considerado.

--Nada ms?

--Y que todo el mundo me saludar, quitndose el sombrero al pasar por
mi lado.

--Y luego?

--Que me casar con mi prima Enriqueta, que conseguir un matrimonio
ventajoso para mis hermanas, y que todos viviremos tranquilos y felices
en mis tierras de Bretaa.

--Y quin te impide comenzar desde ahora? No nos ha dejado tu padre la
mayor fortuna del pas? Existe en diez leguas a la redonda un dominio
ms rico ni ms hermoso castillo que el de la Roche-Bernard? No eres
considerado y querido de nuestros vasallos? Deja alguno de saludarte,
quitndose el sombrero, como dices, cuando atraviesas el pueblo? No te
separes de nosotros, hijo mo; qudate al lado de tus amigos, de tus
hermanas y de tu anciana madre, a quien tal vez no encontrars a tu
regreso. No vayas a consumir por un vano anhelo de gloria, o abreviar
con sinsabores y sufrimientos de todo gnero los das de existencia que
con tanta rapidez se deslizan. La vida, hijo mo, es una gran cosa, y el
sol de Bretaa es muy hermoso.

Al decir esto, me sealaba por las ventanas del saln las hermosas
alamedas de nuestro parque, los viejos castaos en flor, las lilas y
las madreselvas cuyo aroma embalsamaba el ambiente.

En la antesala encontr al jardinero y su familia, todos tristes y
silenciosos, y mirndome como si quisieran decirme:

--No se marche usted, seorito; no nos abandone.

Hortensia, mi hermana mayor, me estrechaba entre sus brazos.

Y Amelia, mi hermana menor, que se encontraba en un extremo de la sala
entretenida en ver los grabados de una obra de La Fontaine, acercose a
m con el libro en la mano.

--Lee, hermano mo, lee--me dijo, con lgrimas en los ojos.

Era la fbula de _Las dos palomas_.

Al fin, me levant bruscamente, y respond a todos:

--Tengo veinte aos, soy noble, y necesito alcanzar gloria y honores.
Djenme, pues, que parta.

Y acto seguido me lanc al patio.

Iba a montar en la silla de posta cuando apareci en el descanso de la
escalera una joven.

Era Enriqueta.

No lloraba, no pronunciaba una palabra. Pero estaba plida y temblorosa,
y apenas poda sostenerse.

Con el pauelo blanco que tena en la mano me hizo una seal de
despedida, y cay sin conocimiento.

Corr a ella, la levant en mis brazos, la estrech contra mi corazn
jurndole amor eterno, y antes que recobrara el sentido, la confi al
cuidado de mi madre y mis hermanas y me dirig a donde estaba el
carruaje sin detenerme ni volver la cabeza.

Si la miraba otra vez, estaba seguro de que no tendra valor para
marcharme.

Pocos minutos despus, la silla de posta rodaba por la carretera.

En los primeros momentos, slo pens en mis hermanas, en Enriqueta, en
mi madre y en la dicha que acababa de abandonar.

Pero estas ideas se fueron disipando a medida que desaparecan de mi
vista las torres de la Roche-Bernard.

Los sueos de ambicin y gloria no tardaron en apoderarse completamente
de mi cerebro.

Cuntos proyectos y castillos en el aire form recostado en los
almohadones de mi carruaje!

Riquezas, honores, dignidades, brillantes xitos de todas clases... Todo
lo ambicionaba. A mi juicio, lo mereca todo, y todo me lo conceda,
elevndome ms y ms, conforme avanzaba en el camino.

Veame ya gobernador de provincia, duque, par... Y, al detenerme por la
noche en una posada haba llegado a mariscal de Francia.

La voz de un criado, que me llam sencillamente _caballero_, me oblig a
salir de mi xtasis y volver a la realidad.

Al da siguiente y en los sucesivos, tuve los mismos sueos, la misma
embriaguez.

Mi viaje era largo. Dirigame a las inmediaciones de Sedn, a casa del
duque de C..., antiguo amigo de mi padre y protector de mi familia, el
cual habase ofrecido a acompaarme a Pars y presentarme en Versalles,
con objeto de obtener para m el mando de una compaa de dragones por
influencia de una hermana suya, la marquesa de F..., hermosa joven
designada por la opinin pblica como sucesora de Mad. Pompadour, a cuyo
ttulo aspiraba con tanta mayor justicia, cuanto que haca mucho tiempo
que vena desempeando sus honrosas funciones.

Llegu a Sedn de noche, y no pudiendo a semejante hora dirigirme al
castillo de mi protector, aplac mi visita para el da siguiente, y
busqu hospedaje en el hotel de _Las armas de Francia_, el mejor de la
ciudad, que era el punto de reunin de los oficiales, porque Sedn es
plaza fuerte y hay en ella mucha guarnicin. Las calles de la ciudad
presentan un aspecto guerrero, y hasta los paisanos caminan con aire
marcial, como si dijesen a los forasteros: Somos compatriotas del gran
Turena.

Cen en mesa redonda y procur informarme acerca del camino que deba
emprender al da siguiente para llegar al castillo del duque de C...,
que distaba tres leguas de la poblacin.

--Cualquiera se lo podr indicar--me contestaron.--Es muy conocido en el
pas. En ese castillo ha muerto un militar ilustre, un hombre clebre,
el mariscal Fabert.

Y, en seguida, recay la conversacin en este personaje. Esto era
natural entre oficiales jvenes.

Se habl de sus batallas, de sus proezas, de su modestia, que le hizo
rehusar los ttulos y el collar con que quiso agraciarle Luis XIV, y
sobre todo de su extraordinaria suerte. Porque salido de la nada, pues
era hijo de un pobre impresor, de simple soldado lleg a la elevada
categora de mariscal.

Este era el nico ejemplo que en aquella poca poda citarse de
semejante fortuna, que, viviendo todava Fabert, haba parecido tan
extraordinaria, que el vulgo atribuy a su elevacin causas
sobrenaturales.

Decase que en su juventud se haba ocupado de magia, y que haba hecho
un pacto con el diablo.

El hostelero, con la credulidad propia de nuestros aldeanos bretones,
nos asegur que en el castillo del duque de C..., donde muri Fabert,
haban visto entrar a un hombre negro, que nadie conoca, y que este
hombre se llev el alma del mariscal, a quien anteriormente se la haba
comprado; aadiendo que, todava, por el mes de mayo, poca de la muerte
de aqul, se vea aparecer por la noche al negro, con una luz en la
mano.

Este relato contribuy a amenizar el trmino de nuestra cena, y bebimos
una botella de champagne en obsequio al demonio familiar de Fabert,
pidindole que se dignara tomarnos tambin bajo su proteccin y hacernos
ganar algunas batallas semejantes a las de Collioure y La Marfe.

Me levant muy temprano al siguiente da, y acto continuo emprend el
camino que llevaba al castillo del duque de C..., inmensa y gtica
mansin en la que no hubiera reparado siquiera, a encontrarme todava
impresionado por la narracin de la vspera.

Excitada con ella mi curiosidad, no pude menos de contemplar el edificio
atentamente; y confieso que no termin mi examen sin experimentar cierta
emocin.

El criado a quien pregunt me respondi que ignoraba si su amo estaba
visible, y sobre todo si me recibira.

Djele mi nombre, para que me anunciara, y sali dejndome solo en una
especie de sala de armas, cuyas paredes estaban cubiertas de atributos
de caza y retratos de familia.

Aguard un gran rato, sin ver aparecer a nadie.

La carrera de gloria y honores, con que yo haba soado, comenzaba por
hacer antesala!

Devorbame la impaciencia.

Ya haba contado dos o tres veces todos los retratos que adornaban la
sala y hasta las vigas del techo, cuando percib junto a m un ligero
ruido.

Producalo una puerta mal cerrada que el viento acababa de abrir.

Me acerqu a ella y vi un lindo gabinete, iluminado claramente por dos
grandes ventanas y una puerta de cristales, que daban a un jardn
esplndido.

Penetr algunos pasos en el interior de aquel alegre aposento y me
detuve ante un espectculo que no descubr a primera vista.

Dando la espalda a la puerta por donde yo acababa de entrar, vi a un
hombre recostado en un canap.

Levantose, sin darse cuenta de mi presencia, y se dirigi bruscamente a
una de las ventanas.

Lloraba silenciosamente, y en sus facciones pareca dibujarse una
profunda desesperacin.

Por espacio de algunos minutos permaneci inmvil, con la cabeza oculta
entre las manos.

Luego empez a pasearse precipitadamente por la estancia.

En una de las ocasiones que pas junto a m, me vio y se detuvo,
estremecindose.

Yo, entonces, cortado y pesaroso de mi indiscrecin, intent retirarme,
balbuceando algunas frases de disculpa.

Pero l me detuvo por un brazo, diciendo en voz alta:

--Quin es usted? Qu desea?

--Soy el caballero de la Roche-Bernard--contest;--y vengo de
Bretaa...

--Ya s, ya s--repuso.

Y me abraz, obligndome luego a que me sentara junto a l.

Hablome de mi padre, de toda mi familia, y demostr conocerla tan bien,
que no dud de que fuese el dueo del castillo.

--Es usted el seor de C...?--le dije.

Pero l se levant, mirndome exaltado, y repuso:

--Lo era, pero ya no lo soy; ya no soy nada.

Y al ver el asombro con que yo le oa, agreg:

--Ni una palabra ms, joven; no me interrogue usted...

--A pesar de todo, ya que sin querer he sido testigo de la pena de
usted, si mi amistad y mi inters pueden proporcionarle algn
consuelo...

--Tiene usted razn. Le es imposible cambiar en nada mi suerte, pero
ser depositario de mi ltima voluntad... Este es el nico servicio que
puede prestarme.

Se levant a cerrar la puerta y volvi a sentarse a mi lado.

Yo, entretanto, lleno de singular emocin, esperaba sus confidencias.

Su voz tena algo de grave y solemne.

En su rostro, particularmente, reflejbase una expresin que en nadie
haba yo observado hasta entonces.

Su frente pareca marcada por el sello de la fatalidad.

Tena la tez plida, y sus ojos, negros, despedan un fulgor extrao.

A intervalos, sus facciones, aunque alteradas por el sufrimiento, se
contraan por una sonrisa irnica e infernal.

--Lo que voy a revelar a usted--dijo--tal vez ofusque su razn.
Dudar... no podr usted creer... yo mismo dudo muchas veces; es decir,
quisiera dudar; pero las pruebas estn demasiado claras en todo lo que
me rodea...

Interrumpiose un instante, como para coordinar sus ideas. Despus,
pasndose una mano por la frente, continu:

--He nacido en este castillo, teniendo ya dos hermanos, a los cuales
deban ir a parar los bienes y los ttulos de nuestra familia. No poda
esperar, por consiguiente, ms que la sotana y el manteo. Y no obstante,
en mi cabeza fermentaban las ideas de ambicin y de gloria. Descontento
de mi obscuridad, vido de nombrada, slo pensaba en los medios de
adquirirla. Y esta idea me hizo insensible a todos los placeres y
dulzuras de la existencia. El presente no era nada para m: slo exista
para el porvenir; y el porvenir ofrecase a mis ojos bajo el aspecto ms
sombro.

Contaba treinta aos, prximamente, y todava no era nada.

Por aquella poca se formaban en la capital grandes reputaciones
literarias, cuya fama llegaba hasta nuestra provincia.

Ah!--decame con frecuencia,--si yo pudiese al menos alcanzar un
nombre en la carrera de las letras! Eso siempre me dara alguna gloria,
y tan slo en la gloria estriba la dicha del hombre!

Tena por confidente de mis penas a un antiguo criado, un negro que
habitaba en el castillo desde antes de mi nacimiento, y que era, a no
dudar, el ms anciano de la casa, porque nadie se acordaba de haberle
visto entrar en ella; los hombres ms viejos del pas aseguraban que
haba conocido al mariscal Fabert y le haba asistido en sus ltimos
momentos...

Al decir estas palabras, mi interlocutor me vio hacer un gesto de
sorpresa, y se detuvo para preguntarme la causa.

--No es nada--respond.

Pero en aquel momento, record, a pesar mo, el hombre negro de que
haba hablado el hostelero la noche anterior.

El seor de C... prosigui en esta forma:

Un da, delante de Yago (tal era el nombre de mi negro) me dej llevar
de la desesperacin por la obscuridad en que viva y la inutilidad de mi
existencia, y exclam:

--_Dara diez aos de vida_ por figurar entre los primeros literatos.

--Diez aos--repuso Yago framente--es mucho! Es pagar muy cara una
cosa tan pequea. Pero no importa, acepto los diez aos. Acurdese de lo
que ha ofrecido, que yo cumplir mi promesa.

Intilmente tratara de pintar a usted mi asombro al or su
contestacin. Cre que los aos haban debilitado su cerebro, y me
encog de hombros sonrindome.

Pocos das despus abandon el castillo para emprender un viaje a
Pars.

All, sin poder explicarme cmo me arregl para ello, me vi al poco
tiempo introducido en los crculos literarios.

Me anim el ejemplo de muchos escritores y publiqu algunas obras, de
cuyo xito no debo hablar a usted... Pars entero las aplaudi y los
peridicos rivalizaron en elogios hacia m. El nuevo nombre que yo haba
adoptado como seudnimo se hizo clebre, y aun ayer, usted mismo lo
admiraba, joven...

Al llegar aqu, un nuevo gesto de sorpresa interrumpi el relato.

--No es usted, pues, el duque de C...?

--No--repuso framente.

Por mi parte, pens:

--Un hombre de letras clebre!... Ser Marmontel? Ser Alembert?
Ser Voltaire?

El desconocido suspir, pleg sus labios con una sonrisa amarga y
desdeosa, y continu su narracin:

--Aquel nombre, aquella gloria literaria que tanto haba envidiado, en
breve lleg a ser insuficiente para mi alma. Aspiraba ya a una fama de
mayor prestigio an, y dije a Yago, el cual me haba seguido a Pars:

--No existe otro verdadero renombre que el que se adquiere en la
carrera de las armas. Qu es un literato, un poeta? Nada. Pero un gran
capitn, un general... Este es el destino que ambiciono. Por una gran
reputacin militar dara diez aos de los que me quedan de vida.

--Aceptado--replic Yago.--No se olvide usted de que me pertenecen.

Al pronunciar estas palabras, el desconocido se detuvo otra vez, y
viendo la turbacin y la duda que se retrataban en mi rostro, dijo:

--Ya le haba anunciado a usted, joven; le cuesta trabajo creerme; todo
esto le parece un sueo, una quimera... A m tambin!... Y, sin
embargo, los grados, los honores que obtuve no eran una ilusin; los
soldados que llev al combate, los reductos tomados, las banderas
conquistadas al enemigo, las victorias que tanto asombro causaron a
Francia... todo esto fue obra ma, toda esta gloria me pertenece.

Interin l se expresaba en estos trminos, accionando con calor, con
entusiasmo, yo, pasmado de sorpresa, me deca:

--Quin es, pues, el hombre que tengo delante? Ser Coligny,
Richelieu, el mariscal Saxe?...

Del estado de exaltacin en que se encontraba, cay el desconocido en un
profundo abatimiento, y acercndose a m, exclam en tono sombro:

--Yago estuvo en lo cierto. Y cuando poco despus, disgustado de
aquella vana humareda de gloria militar, aspiraba yo a lo nico que hay
real y positivo en este mundo; cuando a costa de cinco o seis aos de
vida anhel poseer grandes riquezas, tambin me las otorg. La fortuna
colm mis deseos, y me vi dueo de inmensas tierras, bosques,
castillos... Esta maana conservaba an todo esto... Si duda usted de lo
que le digo, si duda de Yago, aguarde, aguarde un poco... no tardar en
venir, y podr usted convencerse por s mismo de que, lo que ofusca o
confunde su razn y la ma, es, por desgracia, demasiado cierto.

Al pronunciar estas palabras, se acerc a la chimenea, consult el
reloj, y, haciendo un gesto de espanto, me dijo en voz baja:

--Esta maana, al despuntar el da, me sent tan dbil y abatido, que
casi no poda levantarme. Llam a mi ayuda de cmara, y acudi Yago, en
lugar de aqul.--Qu tengo?--le pregunt.

--Seor, nada que no sea natural--respondiome,--que la hora se
aproxima, que llega el instante...

--Cul?

--No lo adivina usted? El Cielo le haba concedido sesenta aos de
vida, y tena usted ya treinta cuando empec a cumplir sus deseos.

--Yago!--exclam con terror,--hablas formalmente?

--S, seor. En cinco aos ha consumido usted en gloria veinticinco de
existencia. Me los ofreci usted, y me pertenecen. Este tiempo de que
usted ser privado se agregar al mo.

--Cmo! Era ste el precio de tus servicios?

--Otros los han pagado ms caros. Ejemplo de ello es Fabert, a quien
tambin conced mi proteccin.

--Calla, calla--le dije.--Eso es imposible... mientes... me ests
engaando.

--Crea usted lo que le plazca; pero preprese, porque no le queda ms
que media hora de vida.

--Te burlas de m?

--De ningn modo. Calcule usted mismo: treinta y cinco aos que ha
vivido realmente y veinticinco que ha disipado, suman sesenta.

Y al decir esto se dispona a salir de la estancia.

Yo senta disminuirse mis fuerzas, que la vida se extingua en m, y
exclam:

--Yago, Yago! concdeme algunas horas, unas cuntas horas an.

--No puede ser--me contest;--sera perjudicarme yo en mi tiempo, y yo
conozco mejor que usted el valor de la vida; no hay tesoro con que poder
pagar dos horas de existencia.

Yo apenas me senta con fuerzas para hablar; mis ojos se cerraban; el
fro de la muerte helaba la sangre de mis venas.

--Pues bien--repliqu trabajosamente;--recupera esos bienes por los que
lo he sacrificado todo. Cuatro horas ms, y renuncio al oro, a las
riquezas que tanto ambicion.

--Conforme--dijo entonces Yago.--Has sido un buen amo para m, y debo
hacer algo en tu obsequio. Consiento en lo que pides.

En aquel momento sent que recobraba mis fuerzas, y agregu:

--Cuatro horas es muy poco, Yago; concdeme cuatro ms, y renuncio
tambin a la gloria literaria, a mis obras, a lo que me hizo alcanzar un
puesto tan elevado en la estimacin del mundo.

--Cuatro horas por eso!--murmur el negro desdeosamente.--Es mucho;
pero no importa, no debo negarte la ltima gracia.

--Oh! no, la ltima no--dije, cruzando las manos.--Concdeme hasta la
noche, doce horas siquiera, un da entero, y que mis hazaas, mis
triunfos, mi reputacin militar, se borren para siempre de la memoria de
los hombres; que no quede nada de m sobre la tierra... Un da, Yago, te
lo ruego.

--Abusas de mi bondad--respondiome, haciendo un gesto de
burla...--Pero, en fin, te concedo hasta la puesta del sol. Despus no
me pidas ms. Hasta el ocaso, pues. Vendr por ti.

--Hoy--continu el desconocido con desesperacin,--es el ltimo da de
mi vida, el nico que me queda!...

Luego, asomndose a una de las ventanas que daban al parque, prosigui:

--Ya no volver a ver ese hermoso cielo, esos verdes cspedes, esas
bulliciosas aguas; ya no respirar ms este aire embalsamado... Qu
insensato he sido! Esos bienes que Dios da a todos, a los que siempre me
he mostrado insensible, y cuya dulzura slo puedo apreciar ahora, los
habra disfrutado an durante veinticinco aos. Ah! Y he sacrificado
mis das a una quimera; los he perdido por una gloria estril que no me
ha proporcionado la dicha, y que ha muerto antes que yo!... Mire,
mire--aadi sealando a unos aldeanos que atravesaban el parque y
regresaban, cantando, a sus faenas,--qu no dara yo ahora por
participar de sus trabajos y de su miseria! Pero ya nada tengo que dar
ni que esperar en este mundo, nada... ni la desgracia siquiera.

En aquel instante, un rayo de sol vino a iluminar sus plidas y
descompuestas facciones.

--Vea usted--exclam asindome de un brazo con una especie de
delirio,--vea qu hermoso es el sol!... Y he de perder todo esto! Ah!
deje que aun disfrute de ello, que saboree por completo este alegre y
sereno da que para m no ha de tener un maana.

Y antes que yo pudiera detenerle, lanzose corriendo al parque, y
desapareci por una de las alamedas.

Si he de ser franco, dir que me hubiera sido imposible evitarlo; no
tena fuerzas; me encontraba aturdido, asombrado de cuanto acababa de
ver y or. Apenas si me encontraba an con energas para levantarme de
mi asiento y dar algunos pasos, a fin de convencerme de que no soaba.

Antes de que lograse darme cuenta exacta de mi situacin, se abri la
puerta y apareci un criado, el mismo a quien haba interrogado al
entrar, diciendo:

--El seor duque de C...

Y un hombre de unos sesenta aos y de aspecto distinguido, avanz a mi
encuentro, tendindome la mano y excusndose por haberme hecho esperar
tanto.

--Cuando lleg usted me encontraba ausente del castillo--me dijo.--Vengo
ahora de la ciudad, adonde he ido con objeto de celebrar una consulta
sobre el lamentable estado del conde de C..., mi hermano menor.

--Est en peligro su vida?--exclam algo confuso.

--No, por fortuna--replic el Duque;--pero en su juventud, ciertas ideas
de gloria y ambicin trastornaron su cabeza, y una grave enfermedad que
ha sufrido ltimamente, de la que llegamos a creer todos que morira, ha
dejado en su cerebro una especie de delirio por el cual se figura
continuamente que slo le queda un da de vida. En esto consiste su
locura.

Entonces, todo se aclar para m.

--Pero hablemos de usted--continu el Duque.--Veamos qu puedo hacer en
su favor. A fin de este mes saldremos para Versalles. Le presentar en
la corte, y...

--Conozco las excelentes disposiciones que abriga usted para conmigo,
seor Duque, y he venido a darle las gracias por ellas.

--Pues qu, ha renunciado usted al porvenir que poda alcanzar en la
corte?

--S, seor.

--Recapacite usted en que, por mi influencia, har rpidamente carrera y
podr llegar en menos de diez aos...

--Diez aos!--exclam con una especie de terror.

--Cmo!--repuso el Duque asombrado.--Considera usted que es pagar
demasiado caras la gloria y la fortuna? Vamos, joven, decdase, y pronto
iremos a Versalles.

--No, seor Duque; regresar en seguida a la Bretaa, y le suplico
nuevamente que acepte la expresin de mi reconocimiento y el de toda mi
familia.

--Eso es una locura!--murmur el Duque.

Pero yo, reflexionando en lo que acababa de ver y escuchar, sal
diciendo para m:

--Esto es ser razonable.

Y al da siguiente emprend el viaje de vuelta a mi casa. Con cunta
alegra contempl mi hermoso castillo de la Roche-Bernard, los seculares
rboles de mi parque y el hermoso sol de mi pas! En l me esperaban mis
vasallos, mis hermanas, mi madre... y la felicidad, porque ocho das
despus celebrbase mi matrimonio con mi prima Enriqueta.




JUDIT O EL PALCO DE LA PERA




I


Nos encontramos en un gran teatro, el de la Opera de Pars.

Y conste que no aludo a las maravillas que presenta a nuestra vista, a
la gracia area de la Taglioni, al encanto delicioso de las Elssler, ni
al poderoso talento de Nourrit, Talma de la tragedia lrica; no hablo de
los magnficos acordes de Meyerbeer, orgullo de Alemania, ni de los
ingeniosos e inagotables cantos de Auber, el primero de nuestros
compositores, si no tuviera la desgracia de ser nuestro compatriota.
Tampoco me refiero a la magnificencia de las decoraciones, los trajes y
los bailes; no se trata del teatro, sino de la sala. En ella tiene lugar
un espectculo muy curioso en otro sentido, pero tan seductor y
brillante como el de la escena.

Dirijan ustedes una mirada a su alrededor; y si esta noche tienen tiempo
de observar, si se encuentran de buen humor, si no han perdido el
dinero en la Bolsa o escuchado un mal discurso en la Cmara, si su
amante no les ha hecho traicin o su esposa no les ha armado querella,
si han comido bien, en compaa de personas de ingenio o, lo que es an
mejor, de verdaderos amigos, tomen asiento en la orquesta de la Opera;
dirijan sus gemelos no hacia el escenario sino hacia las galeras, al
anfiteatro y sobre todo a los palcos principales. Qu cuadros tan
variados, cuntas escenas de comedia y, con frecuencia, hasta de drama!
Y adviertan ustedes que no quiero que salgan del observatorio en que
acabo de colocarlos; porque, qu sucedera si abandonando su silla de
orquesta y tomando el brazo de un amigo se aventurasen en el _foyer_ de
la Opera? No podran dar un paso en l sin tropezar con una ambicin o
con un ridculo, sin chocar al paso con un diputado, un hombre de Estado
del momento, un ministro de ayer, una reputacin de la semana, un
orgullo de todos los das. All, en torno de aquella gran chimenea, hay
un caballero de guantes amarillos que refiere sus aventuras de la maana
y sus apuestas en el bosque de Bolonia; un periodista orador que relata
en la conversacin su folletn del da siguiente; un _dandy_ que vive a
expensas de una actriz y la paga con elogios; otro que se arruina por
ella y se ve obligado a enumerar sus perfecciones como para justificar
ante sus amigos el empleo de su dinero; todo esto, formando una extraa
confusin, una amalgama de amor propio y pretensiones, suministrara
material suficiente para escribir cien volmenes, y mi nico propsito
es referir una historieta.

Una noche--era, si mal no recuerdo, a fines del ao 1831,--bailaba la
seorita Taglioni. Asista una inmensa concurrencia. Yo haba ido a
reunirme a unos amigos que me haban citado, pero que, encontrndose ya
demasiado estrechos, no podan proporcionarme asiento. No obstante,
levantose un joven y me ofreci el suyo. Como ustedes supondrn, lo
rehus, no queriendo privarle del placer de presenciar cmodamente el
espectculo.

--No me priva usted de nada--dijo,--pues voy a salir.

En vista de ello, acept, dndole las gracias, y observ que el joven,
antes de retirarse, dirigi una ltima mirada al saln, y apoyndose un
instante contra el palco inmediato, pareci buscar a alguien con la
vista; luego, cayendo, sbitamente, en una profunda meditacin, ya no
pens en marcharse. Tena razn al decirme que no le privara del
espectculo, porque, dando la espalda a la escena, sin ver ni or nada,
pareca haberse olvidado por completo del lugar en que se encontraba.

Entonces me puse a examinarle atentamente.

Era imposible encontrar una figura ms expresiva, ms bella y de ms
distincin. Vestido con elegante sencillez, todo en sus modales y en
sus ms insignificantes gestos era noble, de buen gusto y _comme il
faut_. Aparentaba de veinticinco a veintiocho aos; sus grandes ojos,
negros, estaban constantemente fijos en un palco segundo, situado frente
a l, al que miraba con una expresin de tristeza y desesperacin
indefinible. A pesar mo, volv la cabeza en la misma direccin, y vi
que aquel palco estaba vaco.

--Sin duda, pens, esperaba a alguien que no ha venido; una _ella_ que
ha faltado a su palabra... o est enferma, o a quien un marido celoso ha
impedido venir... Y l la ama... y la espera... Pobre joven!

Y como l, esper y le compadec, y habra dado cualquier cosa por ver
abrirse la puerta de aquel palco que segua obstinadamente cerrado.

El espectculo iba a terminar, y durante dos o tres escenas en las que
ya no bailaban las primeras partes y durante las cuales el pblico
conversaba casi en voz alta, hablose de la pera _Roberto el Diablo_,
que se estaba ensayando entonces y que deba representarse a los pocos
das. Mis amigos hicironme algunas preguntas respecto a la msica y los
bailables, demostrando deseos de asistir a los ltimos ensayos. Es una
cosa tan curiosa y tan interesante para ciertas gentes un ensayo de la
Opera! Les promet llevarlos, y nos levantamos para salir, porque el
teln acababa de caer. Al pasar junto a mi desconocido, que continuaba
inmvil en el mismo lugar, le manifest mi sentimiento por haber
aceptado su oferta y el deseo de poder corresponder a su atencin.

--Nada ms fcil--me dijo;--acabo de saber que es usted Meyerbeer.

--No tengo ese honor.

--O que es usted uno de los autores del _Roberto el Diablo_.

--Del libreto nada ms.

--Pues bien, caballero, permtame usted asistir al ensayo de maana.

--Ofrece an tan poco atractivo, que slo me atrevo a invitar a mis
amigos.

--Razn de ms para que yo insista, caballero.

--Y yo me considero muy honrado con que se digne usted hacerme tal
peticin.

Me estrech la mano y quedamos citados para el da siguiente. Fue exacto
a la cita, y mientras comenzaba el ensayo, nos paseamos algunos momentos
por el teatro. Hablaba en un tono grave, y sin embargo, amable y
espiritual; pero notbase fcilmente que se esforzaba en sostener la
conversacin, y que alguna otra idea le preocupaba. Nuestras ms lindas
cantantes y bailarinas iban llegando sucesivamente. Le vi estremecerse
con frecuencia, y lleg un momento en que fue tal su emocin, que tuvo
que apoyarse contra un bastidor. Cre entonces adivinar que senta una
pasin desgraciada por alguna de aquellas diosas, pero su edad y su
figura hacan poco verosmil semejante suposicin. Y en efecto, no tard
en convencerme de que me engaaba; no habl a nadie, a nadie se acerc,
y tampoco dio muestras nadie de conocerle.

Cuando comenz el ensayo, trat de descubrirle en la orquesta, entre los
aficionados, y no le encontr all. Aunque la sala estaba poco
alumbrada, me pareci verle en el palco que la vspera haba contemplado
con tan profunda emocin. Quise asegurarme de ello, y al terminar el
ensayo, despus del admirable tro del quinto acto, sub al piso
segundo. Meyerbeer, que deseaba hablar conmigo, me acompaaba. Llegamos
al palco, cuya puerta estaba entreabierta, y vimos al desconocido con la
cabeza oculta entre las manos. Al vernos entrar, volviose bruscamente,
abandon su asiento, y pude ver entonces que su rostro estaba cubierto
de lgrimas. Meyerbeer se estremeci de alegra, y, sin decirle una
palabra, le estrech la mano con ademn afectuoso, como para darle
gracias. El desconocido, procurando reponerse de su turbacin, balbuce
algunas frases de elogio de un modo tan vago, que fue evidente para
nosotros que no haba escuchado la pera y que, desde haca dos horas,
estaba pensando en otra cosa que en la msica. Meyerbeer me dijo en voz
baja, desesperado:

--El infeliz no ha odo ni una nota!

Los tres bajamos juntos la escalera, y al pasar por el hermoso y
espacioso patio que conduce a la calle de la Grange-Bateliere, el
desconocido salud al empleado en aquella portera. Aguijoneado,
entonces, por la curiosidad, acerqueme a aquel hombre y le interrogu:

--Conoce usted a ese joven que acaba de marcharse?

--Slo s que se llama Arturo, que vive en la calle de Helder, nm. 7, y
que este invierno se ha abonado a un palco segundo que da frente a la
escena.

--Y, segn parece, est en el palco a todas horas?

--Viene a l solamente por la maana; pero por la noche no lo ocupa
nunca y est siempre cerrado.

Efectivamente, en toda la semana no se abri la puerta del palco, que
permaneci vaco y sin que nadie se presentase en l.

El estreno de _Roberto el Diablo_ estaba muy prximo, y en esos ltimos
das el pobre autor se ve agobiado con peticiones de localidades y
billetes. Se imaginan ustedes que ste tiene tiempo de pensar en su
obra, en los cortes y cambios que seran necesarios? De ninguna manera.
Necesita contestar a las cartas y reclamaciones que recibe por todas
partes; y las seoras, sobre todo, son las ms exigentes en ese
da.--Deba usted haberme reservado dos palcos, y no he podido obtener
ms que uno.--Me haba usted ofrecido una delantera, y slo he recibido
un asiento de primera fila.--Me dijo usted que poda contar con el
nmero 10, inmediato al palco del general, y me ha enviado usted el
nmero 15, que est junto al de la seora D***, a quien no puedo sufrir,
y que est sumamente infatuada con sus diamantes.

En un da de estreno se enfran muchas veces las relaciones con los
mejores amigos, que acceden a perdonarle a uno algunos das despus, si
se ha obtenido un xito brillante, pero que continan enojados durante
mucho tiempo cuando es vctima de un fracaso; de modo que queda uno mal
con ellos como con el pblico. Bien dicen que un mal no viene nunca
solo.

La maana del da fijado para el estreno de _Roberto el Diablo_, deba
yo entregar a unas seoras un palco que les haba ofrecido; palco de que
el director me haba despojado para drselo a un periodista. Al quejarme
de ello, me contest:

--Es para un periodista!... Ya ve usted, un periodista... que la
detesta... pero que, gracias a esta atencin, consentir en hablar
bien... de la msica.

El argumento no admita rplica, y, por otra parte, el palco estaba ya
dado. Pero, dnde colocar a mis lindas seoras, cuyo enojo era para m,
en otro orden, tan temible como el del periodista? Record entonces a
mi desconocido, y me encamin a su casa.

Era sta muy sencilla y modesta, sobre todo tratndose de un hombre que
estaba abonado a un palco en la Opera durante todo el ao.

--Seor--le dije,--vengo a pedirle un gran favor.

--Usted dir.

--Piensa usted asistir a la representacin del _Roberto_... en su
palco?

Pareci turbarse, y me respondi con cierta vacilacin:

--Deseara asistir, pero no podr hacerlo.

--Ha dispuesto usted de l?

--No, seor.

--Si tuviera usted a bien cedrmelo, me sacara de un gran apuro.

El suyo era cada vez mayor... no se atreva a negrmelo... Por ltimo,
haciendo un visible esfuerzo sobre s mismo, exclam:

--Accedo a ello, pero con la condicin de que no llevar usted a ese
palco ms que hombres.

--Precisamente--repuse,--se lo pido para unas seoras...

Qued silencioso durante un momento, y luego dijo:

--Entre esas seoras, hay alguna a quien usted ama?

--Sin duda--contest ligeramente.

--Entonces, disponga del palco. De todos modos, hoy mismo salgo de
Pars.

Aguijoneado por el inters y la curiosidad, al or estas ltimas
palabras, hice un movimiento, cuyo significado debi de adivinar l sin
duda alguna, porque me apret la mano entre las suyas, dicindome:

--Ya supondr usted que ese palco tiene para m recuerdos muy queridos y
crueles... que a nadie puedo confiar... A qu conduce quejarse cuando
uno es desdichado sin esperanza... y lo es por su culpa?

Aquella noche tuvo lugar el estreno de _Roberto_, y mi amigo Meyerbeer
alcanz un xito inmenso, que se extendi por toda Europa. Ms tarde,
sucedironse muchos otros acontecimientos literarios o polticos y otros
muchos fracasos. No volv a ver a Arturo, ni a pensar en l: le haba
olvidado.

Hace pocas noches, me encontraba tambin en la Opera. Esta vez no se
representaba _Roberto_, sino _Los Hugonotes_. Haban transcurrido cinco
aos.

--Llega usted muy tarde--me dijo uno de mis amigos, un profesor de
Derecho, abonado de la Opera, que se muestre tan alegre por la noche
como erudito por la maana.

--Y hace usted mal--agreg, dndome un golpecito en la espalda, un
hombrecillo vestido de negro, de voz acre y cabeza empolvada.

Volv la cabeza para ver quin me hablaba, y me encontr con el seor
Baraton, notario de mi familia.

--Usted aqu?--exclam;--y su estudio?

--Lo vend hace tres meses. Soy rico, viudo, tengo sesenta aos, he
estado casado por espacio de veinte, y durante treinta he sido
notario... Creo que ya es tiempo de que piense en divertirme.

--Y hace ocho das--aadi el profesor de Derecho--que se ha abonado a
la orquesta.

--S, me gusta rerme, y a eso vengo aqu, donde se ven y se oyen las
cosas ms extraas del mundo. Estos seores lo saben todo, todo lo
conocen... No hay una sola localidad de la que no me hayan referido una
ancdota interesante.

Y al decir esto, miraba al profesor de Derecho, el cual se sonrea con
ese aire modesto y reservado que se considera como discreto, y que
quiere decir: otras muchas podra contar si quisiera.

--De veras?--exclam.

Y, sin darme cuenta de ello, dirig mis ojos al palco que algunos aos
antes haba excitado vivamente mi curiosidad. Cul fue mi sorpresa!
tambin estaba desocupado aquella noche; de cuantos haba en el teatro,
era el nico que se encontraba vaco.

Encantado entonces por tener, a mi vez, una historia que contar, hice
saber en pocas palabras a mis oyentes la que acabo de referir a ustedes,
acaso con demasiada extensin.

Todos me escucharon atentamente y empezaron a formar conjeturas. El
profesor rememoraba sus antiguos recuerdos; el notario se sonrea con
malicia.

--Veamos--les dije;--quin de estos seores, que todo lo saben, nos
dar la clave de este enigma? Quin nos podr contar la historia de ese
palco misterioso?

Todos permanecieron silenciosos, hasta el profesor, el cual, pasndose
una mano por la frente como procurando recordar la ancdota, hubiera
concluido probablemente por inventar una; pero el notario no le dio
tiempo para ello.

--Que quin le contar a usted esa historia?--exclam con aire de
triunfo;--yo, que la conozco, sin omitir detalle.

--Usted, seor Baraton?

--Yo mismo.

--Hable usted, hable.

Y todas las cabezas fijronse en el narrador.

--Pues bien--repuso el notario con aire importante y tomando un polvo de
rap.--Quin de ustedes ha conocido...?

En aquel instante se dejaron or los primeros acordes de la orquesta.

Y el seor Baraton, que no quera perder una sola nota de la sinfona,
se detuvo repentinamente, diciendo:

--Comenzar en el prximo entreacto.




II


Apenas termin el primer acto de _Los Hugonotes_, el notario empez
diciendo:

--Tienen que vestirse la reina y todas sus damas de honor; hay que
construir tambin el castillo y los jardines de Chenonceaux, y, de
consiguiente, el entreacto ser bastante largo para que yo pueda
referirles la historia que desean conocer.

Y cuando hubo saboreado lentamente un polvo de rap, como para tomarse
tiempo de reunir sus recuerdos, el seor Baraton prosigui en esta
forma:

--Quin de ustedes ha conocido aqu a la pequea Judit?

Mirronse, y ni los abonados ms antiguos de la orquesta pudieron
responder.

--La pequea Judit--agreg el notario,--una jovencita que hace siete u
ocho aos fue admitida como figuranta en el cuerpo de baile.

--Aguarde usted...--dijo el profesor de Derecho con un tono algo
pedante.--Una rubita que en _La Muda_ haca el papel de uno de los
pajes del virrey?

--No, era morena--repuso el notario;--en cuanto al empleo que la
atribuye, no tengo datos para asegurarlo, y prefiero atenerme a la
inmensa erudicin de usted.

El profesor de Derecho hizo una cortesa.

--Lo que nadie podra negar es que la pequea Judit era encantadora.
Otro punto que tambin parece comprobado, es que la seora Bonnivet, su
ta, era portera en la calle de Richelieu, de la casa de un soltern,
del cual haba sido en otra poca ama de gobierno, o segn decan
algunos, cocinera; pero la seora Bonnivet no convena en esto. Por lo
dems, ella tiraba del cordn y haca recados, mientras su sobrina haca
conquistas; porque no se poda, en modo alguno, pasar frente a la
habitacin de la portera sin admirar a la pequea Judit, que entonces
tendra apenas doce aos. Sus ojos eran ya los ms bellos del mundo, sus
dientes parecan perlas, tena un talle delicioso, y con su vestido de
indiana ofreca el aire ms distinguido que imaginar se puede. Adems,
tena una fisonoma de expresin inocente, cndida, y, en su misma
inocencia, expresiva y coqueta; una de esas fisonomas, en fin, a
propsito para hacer enloquecer a cualquiera y cambiar, como suele
decirse, la faz de los imperios.

Tantos y tan frecuentes parabienes reciba la seora Bonnivet por la
belleza de su sobrina, que se decidi a hacer algunos sacrificios, con
objeto de educarla: la hizo entrar en una escuela gratuita, donde
aprendi a leer y escribir; brillante progreso cuyas ventajas no tard
en apreciar la seora Bonnivet, que en sus funciones de portera
difcilmente descifraba los sobres de las cartas y equivocaba
constantemente los peridicos que deba entregar a los inquilinos.

As, pues, todo el mundo se alegr cuando Judit se encarg de este
cuidado; y su ta, convencida de que con una figura y una educacin tan
distinguida deba hacer fortuna sin mucho trabajo, no esperaba ms que
una ocasin para ello, la cual no tard en presentarse. El seor
Rosambeau, maestro de baile, que viva en el quinto piso, ofreciose a
dar algunas lecciones a la pequea Judit, y pocos das despus la seora
Bonnivet participaba a todas las porteras de su conocimiento, que su
sobrina acababa de ser admitida en los coros de la Opera; esta noticia
difundiose rpidamente de puerta en puerta por toda la calle de
Richelieu.

Ya tenemos, pues, a Judit instalada en la Opera, tomando lecciones por
la maana y presentndose por la noche confundida entre los grupos de
jvenes, de ninfas o de pajes, como hace un instante deca nuestro amigo
el profesor.

Judit era la inocencia personificada, aunque entonces haba cumplido ya
catorce aos; habase criado en una casa honrada, cuyos inquilinos eran
todos casados; su ta, que era de un rigorismo exagerado, no la perda
de vista casi nunca; la llevaba al teatro por la maana, la acompaaba
al salir por la noche, y hasta tena la paciencia de permanecer en el
saloncillo del baile, haciendo calceta, mientras su sobrina estudiaba y
aprenda los bailables.

Tal vez deseen saber ustedes lo que suceda, entretanto, en la casa de
la calle de Richelieu, pero no puedo decrselo. No faltaba quien
asegurase que una amiga de la seora Bonnivet se haba encargado de
substituirla interinamente, hasta el da en que la pequea Judit hiciera
_suerte_.

Porque ustedes saben, tan bien como yo, que las jvenes slo suelen
entrar en la Opera para hacer suerte y alcanzar una posicin brillante;
realizado esto, y cuando llegan a ser ricas, se retiran, se hacen
juiciosas y casan a su hija con un agente de Bolsa.

--O con un notario--rectific el profesor.

--Es cierto--repuso el seor Baraton, haciendo una mueca;--se han dado
casos... Pero comprendern ustedes que ni la seora Bonnivet ni su
sobrina pensaban entonces en tales grandezas. Es preciso avanzar en todo
de una manera progresiva, y paso a paso.

--Y Judit?--pregunt yo, porque vea transcurrir el entreacto.

--De ella me ocupo. La seora Bonnivet, a despecho de su previsora
vigilancia, no poda impedir que su sobrina hablase con sus jvenes
compaeras. Por la maana en el saloncillo del baile, y particularmente
por la noche, cuando salan a la escena... formidable lmite que la ta
no poda franquear y en el que se detena su vigilante inspeccin...
Judit oa entonces cosas singulares. Una de las ninfas o de las
slfides que con ella bailaba decala en voz baja:

--Oye, querida: fjate en la orquesta, a la derecha; observa cmo me
mira!

--Quin?

--Ese guapo joven que viste chaleco de cachemir.

--Y qu significa eso?

--Que est enamorado de m.

--Enamorado!--exclamaba Judit.

--Est claro; de qu te asombras? Acaso t no tienes algn amorcillo?

--Dios mo! yo no.

--Tiene gracia! Oigan ustedes, chicas, Judit no tiene ningn
pretendiente.

--Ya lo creo! como que su ta se opone a ello.

--Me gusta! Pues si yo tuviera una ta como esa!...

--Querida, haces mal en censurar a una mujer que tiene miras formales y
tiles, como a nosotras nos hubiera convenido, y que, para apartar a su
sobrina del peligro de las pasiones, le busca un protector.

--Ella! Un protector!... Es demasiado tonta para eso, y no lo
encontrar nunca.

Estas conversaciones efectubanse durante los coros de la _Vestal_.
Judit no haba perdido una palabra; pero no se atreva a pedir a nadie
la explicacin de lo que era todava un enigma para ella. No obstante,
sentase humillada, inconscientemente, por el concepto en que la
tenan; hubiera querido vengarse, abatir a sus buenas amigas,
humillarlas a su vez. En consecuencia, cuando, en cierta ocasin, al
retirarse por la noche, la seora Bonnivet tom un aire grave y solemne
para anunciar a su sobrina que se le haba presentado un protector muy
distinguido, su primer movimiento fue de jbilo... y su ta, que no
esperaba tal cosa, pareci encantada de ello y continu muy satisfecha:

--S, mi querida sobrina; una persona muy recomendable por todos
conceptos, una persona que asegurar tu fortuna y la suerte de tu ta,
cosa muy justa despus de los sacrificios que le ha ocasionado tu
educacin y los cuidados que ha tenido para ti.

Mientras hablaba de este modo, la ta se enjug algunas lgrimas; Judit,
conmovida por aquel enternecimiento, se atrevi entonces a preguntar
solamente quin era aquel protector y por qu haba merecido ella una
distincin tan elevada.

--Ya lo sabrs, hija ma, ya lo sabrs... Por el momento, todas tus
compaeras se van a morir de envidia.

Esto era lo nico que anhelaba Judit; y, efectivamente, produjo honda
impresin esta noticia al da siguiente en el saloncillo del baile.

--Pero es de veras?

--Te lo aseguro.

--Parece imposible...

--Esa remilgada! Qu suerte tiene!...

--Una figuranta, una corista!

--En tanto que yo... una primera parte!

--Es irritante!

--Pero es natural--decan otras;--hay que confesar que es muy guapa...

--Y muy honrada!... Bien lo merece!...

En resumen, nunca una boda de prncipes, ni aun de reyes, dio lugar a
tantas conjeturas; pero aquella misma noche quedaron resueltas todas las
dudas al aparecer en el teatro la seora Bonnivet con un chal magnfico.

--Quin era aquel protector desconocido? Seguramente se tratara de
algn banquero entrado en aos o algn respetable gran seor. Esto fue
lo primero que preguntaron a Judit, con el propsito de hacerla hablar;
pero todo fue en vano: Judit observ una discrecin impenetrable, por la
sencilla razn de que ella misma lo ignoraba.

Tres o cuatro das despus abandon con su ta el pequeo cuarto de la
portera para ir a habitar un piso delicioso de la calle de Provenza,
donde tena una alcoba del gusto ms moderno y un gabinete exquisito,
tan elegante y tan bien decorado y alfombrado, que la ta no se atreva
a entrar en l, y pasaba el tiempo en el comedor o en la cocina... all
se encontraba ella ms a su gusto.

Pero transcurrieron algunos das sin que Judit viera presentarse a
nadie, lo cual le pareca muy extrao, porque la joven careca de
instruccin, pero no de talento. Su candor y su sencillez reconocan por
causa la ignorancia, no la inocencia; y rememorando lo que haba podido
comprender, y adivinando una parte de lo que no comprenda, empez a
inquietarse, a estremecerse. Hubiera dado cualquier cosa por tener una
amiga a quien pedirle consejo... Pero ella sola, qu proteccin podra
buscar contra un protector que no conoca y que ya le inspiraba miedo?
Cierto es que, cuantas ideas ella se forjaba de antemano, estaban
relacionadas con las de la fealdad y la vejez, a fuerza de or decir a
sus compaeras que su protector no poda ser ms que un viejo gotoso,
extravagante y contrahecho. Jzguese, pues, de su sorpresa, cuando al
quinto da vio entrar a su ta corriendo y desatalentada, la cual,
precediendo a un caballero, abri la puerta del tocador, diciendo:

--Aqu est!

Judit intent levantarse por cortesa, pero sus piernas flaquearon; y
conociendo que iba a desmayarse, se dej caer sobre el sof en que
estaba sentada.

Cuando, al cabo de un rato, se atrevi a levantar los ojos, vio de pie,
frente a ella, a un joven guapo, de unos veinticuatro aos prximamente,
y de porte noble y distinguido, que la contemplaba con una expresin tan
dulce y cariosa, que fue suficiente para disipar su miedo; imaginose
que quien la miraba as deba defenderla, y que nada tena que temer,
por lo tanto.

--Seorita...--le dijo el desconocido en tono grave, pero respetuoso.

Y al ver que la ta an permaneca all, le hizo sea de que saliera.
Esta obedeci acto continuo, porque precisamente tena que dar rdenes
para la comida.

--Seorita--continu el joven,--est usted en su casa, y mi deseo es que
se encuentre bien en ella y sea dichosa. Perdneme si tengo pocas veces
el honor de ofrecerle mis respetos; mis muchas ocupaciones me privarn
de este placer. Por lo cual no reclamo ms que un ttulo... el de ser
amigo de usted. Y un solo derecho... el de satisfacer sus menores
caprichos.

Judit no contest; pero su corazn lata con tal violencia, que haca
mover el ligero percal de su bata.

--Respecto a su ta...--y pronunci esta palabra en tono
despreciativo,--estar, en adelante, a las rdenes de usted, porque
usted es aqu el ama, y todos la han de obedecer... empezando por m.

Luego se acerc a ella, le tom una mano, que llev a sus labios, y
viendo que aun estaba temblorosa, dijo:

--Le da miedo, acaso, mi presencia? Tranquilcese, slo volver cuando
me necesite... cuando me llame... Adis, Judit... adis, hija ma.

Y sali acto seguido, dejando a la pobre joven confusa y presa de una
emocin que ella no conoca y que en vano hubiera intentado explicarse.

Durante todo aquel da, tuvo Judit en la imaginacin la figura del
hermoso desconocido, con sus grandes y expresivos ojos negros, pues
aunque, aparentemente, no le haba mirado, no por eso dej de examinar
su apostura, sus maneras y hasta su traje. Crea estar oyendo an
aquella voz tan dulce, cuyas palabras habanse grabado en su memoria. La
pobre Judit que, hasta entonces, haba dormido perfectamente, aquella
noche no pudo conciliar el sueo. Era la primera vez! A la maana
siguiente, levantose con el rostro plido, los ojos hinchados...

La ta, entretanto, no dejaba de sonrer.

Era imposible hablar del desconocido sin que el lindo rostro de Judit se
cubriese de sbito rubor...

Y la ta continuaba sonriendo.

Pero l no pareca, no iba... y Judit no poda decirle que fuese... En
efecto, qu poda pedirle?... Casa elegante, mesa bien servida, criados
y un coche a su disposicin... Nada le faltaba... nada ms que l!

Por otra parte, sus compaeras de teatro, al verla en posicin tan
brillante, rodeada de tanto lujo, vestida de ricas galas, no cesaban de
interrogarla... Y sus preguntas enseaban a Judit ms de lo que ella
quera saber... De aqu que, sin que acertara a explicarse el motivo,
obstinrase en guardar el ms profundo silencio con su ta y sus
compaeras respecto a lo que haba sucedido entre ella y l. Juzgando
por lo que oa en torno suyo, parecale que en la conducta del
desconocido haba algo extraordinario... algo de humillante para ella, y
que por su propia dignidad no deba decir. Hubiera muerto antes que
hablar o quejarse...

Al octavo da, que era de gran representacin, distingui en el palco
del Rey a su desconocido, que la estaba contemplando. Lanz un grito de
alegra y de sorpresa, que hizo perder el comps a un bailarn que, en
aquel instante, comenzaba una pirueta.

--Qu es eso?--le pregunt Natalia, una de sus compaeras, que la
ayudaba a sostener una guirnalda de flores.

--Es l; est all!...

--Cmo! el conde Arturo de V***, uno de los caballeros de la corte de
Carlos X, y que adems es un buen mozo! Vaya, no puedes quejarte...
Pero, qu tienes? Te vas a poner mala por un hombre a quien ves todos
los das?

Judit no oa estas palabras; era demasiado feliz. Arturo acababa de
inclinarse hacia ella y le diriga un saludo, con grande escndalo del
dorado palco en que se encontraba. Al terminar el baile, cuando se
dispona a subir a su cuarto, tropez entre bastidores con Arturo, el
cual, en presencia del gentilhombre que entonces presida las funciones
de la Opera, le dijo:

--Me permite usted, seorita, que la acompae a su casa?

--Ser un honor para m--balbuce la joven temblando, sin notar que su
respuesta excitaba la hilaridad de sus compaeras.

--En ese caso, apresrese; aqu la aguardo.

Aseguro a ustedes que Judit no tard mucho en desnudarse; en la
precipitacin rompi su vestido de gasa y su pantaln de seda, y la
seora Bonnivet, que, como todas las madres y tas de teatro, servala
de doncella, apenas si pudo seguirla por la escalera, llevando el abrigo
que su sobrina haba olvidado. Arturo aguardaba en el escenario,
hablando con varios jvenes y con Lubert, el director, a quien, en aquel
instante, estaba recomendando a Judit. Cuando sta apareci, avanz l a
su encuentro, a la vista de todos, y juntos bajaron por la escalera
particular de los artistas. Un elegante carruaje los esperaba a la
puerta; y sera intil tratar de describir a ustedes la turbacin y el
arrobamiento de la pobre Judit al verse sentada junto a l, en aquel
reducido espacio, que haca la entrevista ms ntima y ms dulce. El,
temiendo que la joven se constipase, levant los cristales; luego tom
el chal de cachemir que ella tena en la mano, y se lo ech sobre los
hombros. Ah! qu hermosa estaba Judit, qu seductora, embellecida por
la felicidad! Pero esta felicidad fue de corta duracin. Hay tan poca
distancia desde la calle de la Grange-Bateliere a la de Provenza, y
adems aquellos magnficos caballos marchaban con tanta rapidez!... El
carruaje se detuvo por ltimo; apeose Arturo, ofreci la mano a su
compaera, subi con ella hasta el primer piso, llam a la puerta de su
habitacin, la salud respetuosamente y desapareci en seguida.

Judit pas tambin aquella vez una mala noche. Le pareca tan extraa
la conducta del Conde! Porque, en resumen, bien pudo haber entrado,
sentarse y hacerle una visita. Verdad que ella no estaba muy al
corriente de las conveniencias sociales; pero se imaginaba que esto
hubiera sido mejor que despedirse de una manera tan brusca.

Trat de dormir intilmente; levantose, se pase por el aposento, y al
despuntar el da, deseando refrescarse durante un momento con el aire de
la maana, abri el balcn... Cul no sera su sorpresa al ver a la
puerta el carruaje del Conde, que, por lo visto, haba pasado all toda
la noche... Los caballos piafaban en las piedras, aguijoneados por la
impaciencia y el fro, mientras que el cochero dorma en el pescante...

--Ustedes dispensarn, seores--dijo el notario interrumpiendo su
narracin;--pero el acto va a empezar y no quiero perder un solo pasaje
de la pera, pues para eso me he abonado...

Continuar en el otro entreacto.




III


Dos das despus volvi Judit a abrir su balcn muy de maana, y vio
tambin a la puerta el carruaje del Conde.

No caba duda de que lo enviaba casi todas las noches. Pero con qu
propsito? Esto era lo que ella no poda adivinar... Jams se hubiese
atrevido a preguntrselo. Por otra parte, no le vea casi nunca, a no
ser por la noche, los das de pera, en un palco segundo de frente a la
escena, al que estaba abonado durante todo el ao. No haba vuelto a
entrar en el escenario ni a proponerle acompaarla. Cmo se arreglara
para verle?... Qu hacer?...

Por fortuna para ella, le hicieron una injusticia... fue objeto de una
postergacin.

Sus compaeras la creyeron desolada; pero ella mostrose, por el
contrario, muy alegre, porque aquella circunstancia le proporcion un
motivo para escribir al Conde, dicindole que necesitaba pedirle un
favor y rogbale tuviese a bien pasarse por su casa. Esta carta no era
fcil de escribir; en consecuencia, Judit emple en ella todo un da: la
empez muchas veces e hizo, lo menos, veinte borradores. Llenose de
ellos los bolsillos, y es ms que probable que dejara caer alguno, que
no falt quien recogiera, porque por la noche, en el teatro, oy a
algunos jvenes autores y abonados de la orquesta bromear y rerse de
una carta que acababan de encontrar y que circulaba de mano en mano.
Vease obligada a escuchar sus alegres exclamaciones, sus comentarios
satricos, sus crueles chanzonetas sobre aquel billete sin firma, cuyo
autor no conocan, pero que se proponan insertar al da siguiente en un
peridico, como modelo del estilo epistolar de las Sevign del coro de
baile.

Cul no sera el espanto y el suplicio de Judit, no al orse poner en
ridculo, sino a la idea de que tambin el Conde se burlara tal vez al
leer su carta, que en aquel momento hubiera dado toda su sangre por no
haber escrito! De aqu que se sintiese ms muerta que viva al da
siguiente cuando entr Arturo en su gabinete.

--Aqu me tiene, querida Judit; me he apresurado a venir apenas he
recibido la carta de usted.

Y llevaba todava en la mano la carta fatal y terrible.

--Qu desea usted de m?--acab diciendo el Conde.

--Lo que deseo... seor Conde... No s cmo decrselo... pero ese
billete... puesto que lo ha ledo usted... si es que ha podido
leerle...

--Perfectamente, hija ma--contest el Conde con una ligera sonrisa.

--Ah!--exclam Judit, desesperada;--esa desgraciada carta le prueba que
soy una pobre muchacha sin talento, sin educacin, que se avergenza de
su ignorancia y que dara cualquier cosa por salir de ella... Pero cmo
he de lograrlo, si usted no viene en mi auxilio, si no me ayuda con sus
consejos y su apoyo?

--Qu quiere usted decir?

--Proporcineme maestros, y ver si me falta celo; ver si aprovecho sus
lecciones... trabajar tanto de da como de noche.

--Tambin de noche?

--Ms vale emplearla en estudiar que en no dormir.

--Dios mo! Y por qu no duerme usted?

--Por qu?--dijo Judit ruborizndose;--porque hay una idea que me
atormenta constantemente.

--Qu idea es esa?

--La que tendr usted de m... sin duda me desprecia, me considera
indigna de usted... Y tiene razn--prosigui vivamente;--yo me veo tal
como soy, me conozco... y quisiera, si esto fuera posible, no volver a
tener por qu sonrojarme a los ojos de usted y a los mos.

El Conde la contempl un instante con asombro, y le dijo:

--La obedecer, querida nia; har lo que desea.

Al da siguiente, Judit tena un maestro de ortografa, de historia y
de geografa. Era digno de ver el ardor con que estudiaba; y su
inteligencia, sus facultades naturales, que slo necesitaban ser
cultivadas para agigantarse, se desarrollaron con rapidez increble.

Comenz amando el estudio por Arturo y ya le amaba por ella misma.
Constitua su ms dulce entretenimiento, su consuelo y el olvido de
todas sus penas. No volvi a la sala de baile ni a los ensayos; daba
lugar a que le impusieran multas por permanecer en su casa trabajando; y
sus compaeras decan:

--Judit se dedica por completo al amor; ya no se la ve; pierde su
carrera... hace muy mal.

Y Judit decase, mientras redoblaba sus esfuerzos:

--Pronto ser digna de l; pronto ver que me encuentro en estado de
comprenderle, y podr juzgar de mis adelantos.

Vana esperanza! Cuando el Conde estaba a su lado, la pobre joven,
cortada y trmula, no tena memoria, de nada se acordaba. Cuando l le
diriga alguna pregunta sobre sus estudios, sola responder
desacertadamente y el Conde murmuraba para s:

--La pobre chica tiene buen deseo, pero poca disposicin. En cambio,
haba conseguido con su nueva ciencia comprender cun torpe y ridcula
deba de parecer a Arturo. Y esta idea aumentaba su timidez e impeda la
efusin de aquella alma tan tierna y tan sencilla.

El Conde slo iba a verla de tarde en tarde. En ocasiones, pasaba media
hora, por la noche, en su compaa; pero ponase de pie para despedirse,
apenas daban las doce. Entonces, sin dirigirle un solo reproche, se
limitaba Judit a preguntarle con voz dulce y temblorosa:

--Cundo volver a verle?

--Ya se lo dir maana, de lejos, en la Opera.

Con este objeto, l sola ir cada dos das a su palco, y cuando le era
posible al da siguiente pasar algunos instantes al lado de Judit,
apoyaba con cierto descuido su cabeza sobre la mano derecha, lo cual
quera decir: Ir a la calle de Provenza.

Cuando esto tena lugar, Judit permaneca aguardndole todo el da, no
reciba a nadie y hasta alejaba a su ta para consagrarse por completo
al placer de verle.

A despecho de lo reservado que con ella se mostraba el Conde, la joven
haba descubierto que algn secreto pesar le atormentaba. Cul era este
pesar? Le era imposible adivinarlo, y, no obstante, se hubiera sentido
tan dichosa en poder participar de su afliccin! No se atreva a esperar
tanta dicha, pero en silencio haca suyas las penas del Conde, aun
ignorndolas, as como su tristeza habitual. Con frecuencia le deca
Arturo:

--Qu tiene usted, Judit? Cules son sus pesares?

Si ella se hubiera atrevido, habra contestado:

--Los de usted.

Cierto da le asalt una idea horrible; se dijo con terror:

--Ama a otra! Pero, en ese caso, por qu toma una amante en la Opera?
Como capricho... como objeto de moda... como un juguete que ha comprado
sin necesitarlo ni conocerlo?... Pero entonces, por qu?

Contemplose despus en el espejo, y se vio tan joven, tan fresca, tan
linda!... Qued abismada en sus reflexiones.

De sbito, se abri bruscamente la puerta del gabinete, y apareci
Arturo, con un aire de turbacin que nunca haba visto en l.

--Seorita--le dijo con viveza,--tenga usted la bondad de vestirse;
vengo a buscarla para ir a las Tulleras.

--Es posible?

--S, hace un tiempo magnfico, un sol esplndido; todo Pars est all.

--Y desea usted acompaarme a ese sitio?--exclam Judit sorprendida,
porque el Conde jams haba salido con ella, nunca le haba dado el
brazo en pblico.

--Sin duda alguna... para que todo el mundo la vea--repuso Arturo
pasendose agitado.--Vamos, seora Bonnivet--dijo bruscamente a la ta,
que entraba en aquel momento en el gabinete;--ayude usted a vestir a su
sobrina; pngala lo que tenga ms elegante, ms nuevo y ms rico.

--Gracias al Cielo y al seor Conde, no le faltan trajes lindsimos.

--Bien, bien; despchese, que tenemos prisa.

--Ya ests oyendo que el seor Conde tiene prisa--dijo la seora
Bonnivet a su sobrina, disponindose a desnudarla de la bata.

Judit se ruboriz y le hizo sea de que se encontraba all Arturo.

--Qu importa? Por ventura tenemos que guardar etiqueta con el seor
Conde?

Y sin dar tiempo que la joven pudiera oponerse, su ta le desabroch el
cors.

La pobre chica, avergonzada y fuera de s, no saba cmo substraerse a
las miradas de Arturo.

Pero ay! tombase, por pudor, un cuidado completamente intil: el Conde
no la miraba; embebido por entero en una idea que pareca excitar su
despecho y su clera, recorra a grandes pasos el aposento, y acab por
tropezar con un jarrn de porcelana, que salt hecho pedazos.

--Ah, qu desgracia!--exclam Judit, dando al olvido, instantneamente,
el desorden de su traje.

--Del Japn!--dijo la ta con acento desesperado.--Y que vala lo
menos quinientos francos.

--No tanto--repuso la joven,--pero era realmente japons.

--Vamos, est usted dispuesta?--dijo Arturo, que ni siquiera haba
escuchado la observacin de Judit.

--En seguida. Ta, mi chal... los guantes...

--Y la capa--observ el Conde;--la olvida usted, y har fro.

--No lo creo.

--En efecto--rectific la ta, tocando la mano de Judit,--est
abrasando. Ser que tienes fiebre? Convendra que no salieras.

--No, ta--se apresur a contestar la joven;--nunca me he sentido mejor.

El cup aguardaba a la puerta; subieron a l y atravesaron los
bulevares, juntos, en pleno da. Judit no caba en s de gozo; hubiera
deseado que todo el mundo la viese. Y para colmo de embriaguez, en la
calle de la Paz divis a dos de sus compaeras, a las que salud con
toda la afabilidad que da la dicha. Eran dos primeras partes que aquel
da iban a pie.

Al fin, el coche se detuvo junto a la verja de la calle de Rvoli. Judit
se asi al brazo del Conde, y ambos se internaron por la alameda de la
Primavera. Era da de trabajo; la poblacin rica y ociosa de Pars
pareca haberse dado cita en aquel paseo, y haba enorme concurrencia.

Arturo y su compaera no tardaron en ser objeto de la atencin general.
Eran los dos tan bellos, hacase forzoso admirarlos. Todo el mundo se
volva al pasar por su lado, y exclamaba:

--Qu linda pareja!

--Es el joven conde Arturo de V***.

--Se ha casado, por ventura?

Estremeciose Judit al or esta pregunta, experimentando cierto doloroso
placer, de que no pudo darse cuenta.

--No, por cierto--repuso, en tono despreciativo, una seora anciana que
llevaba en brazos un perrito de Viena, y la cual iba seguida por dos
lacayos de lujosa librea;--el conde Arturo no se ha casado: monseor su
to no lo consentira.

--Quin es, entonces, esa linda joven?... Su hermana, acaso?

--Nada de eso; es su amante... una bailarina de la Opera, segn creo.

Por fortuna, Judit no oy las ltimas palabras; porque en aquel instante
el barn de Blangy, que iba detrs de ella, deca a su hermano:

--Ah va Judit.

--La amante de Arturo?

--Est loco por ella, y en camino de arruinarse...

--No lo extrao; yo hara lo mismo en su lugar. Es guapsima!

--Qu aire tan distinguido y qu fisonoma tan seductora!

--Y qu me dices de ese talle tan elegante y tan gracioso?

--Cuidado! no te vayas a enamorar de ella...

--Ya lo estoy. Ven, ven, la veremos ms de cerca.

--Si podemos aproximarnos, porque hay mucha gente en torno suyo.

Toda la multitud se expresaba en idntica forma, y Arturo, a su vez, lo
oa todo. Las mujeres, al ver el aire modesto de Judit, le perdonaban
que fuese tan bella; y los hombres, contemplando con envidia a Arturo,
se decan:

--Feliz l!

El Conde, entonces, mir detenidamente por primera vez a Judit, como
ella mereca ser mirada, y se asombr de encontrarla tan hermosa. El
paseo, el aire, y, particularmente, la satisfaccin de verse tan
celebrada, haban dado mayor brillo a sus mejillas, y a sus ojos una
expresin y un encanto indefinibles. Y, sobre todo esto, tena diez y
seis aos; amaba, y crea que era amada!... Qu otras razones
necesitaba para estar hermosa? No era, pues, extrao que obtuviera un
xito completo y que la siguiese un inmenso gento hasta que regres al
carruaje. Ya en l, al ver que Arturo la contemplaba con ternura, dio al
olvido todos sus triunfos; no volvi a pensar en los elogios que la
multitud le haba prodigado, y entr en su casa diciendo:

--Qu dichosa soy!

El da siguiente, al levantarse, recibi dos cartas. La primera proceda
del barn de Blangy, que, mucho ms rico que Arturo, ofrecale su amor y
su fortuna. Pero ni aun se le ocurri la idea de ensearla a su ta o al
Conde; no crea hacer, quemndola, el sacrificio ms insignificante.

La segunda carta contena una firma que Judit ley repetidas veces, sin
atreverse a dar crdito a sus ojos. Pero le era imposible la duda; el
billete estaba firmado por el obispo de ***; y concebido en estos
trminos:

       *       *       *       *       *

Seorita:

Ayer se present usted en pblico, en las Tulleras, con mi sobrino el
conde Arturo, y ha colmado usted la medida de un escndalo cuyas
consecuencias son incalculables.

Aunque, debido a la impiedad de los hombres, haya permitido Dios que
todo est trastornado, aun tenemos medios de castigar la audacia de
usted. Le declaro, pues, que si no pone fin a tal escndalo, tengo
bastante influencia con el ministro de la casa del Rey para conseguir
que sea usted despedida de la Opera. Si, por el contrario, abandona
inmediatamente a mi sobrino, como quiera que el fin santifica los
medios, le ofrezco dos mil luises y la absolucin de sus faltas, etc.,
etc.

       *       *       *       *       *

En un principio, Judit qued anonadada por la lectura de esta carta.
Pero luego, cobrando nimo, consult a su corazn, apel a todas las
energas, y contest lo siguiente:

       *       *       *       *       *

Monseor:

Me trata usted con mucha crueldad; y, no obstante, podra asegurar ante
Dios que nada tengo de qu acusarme. As es, se lo juro; pero no me
atribuir un mrito que no es mo, y que slo pertenece a quien me ha
respetado.

S, monseor; el sobrino de usted es inocente de las faltas de que le
acusa, y si se ofende al Cielo amando con toda el alma, es un crimen de
que me acuso, pero del cual l no es cmplice.

He aqu la resolucin que acabo de tomar.

Le dir lo que por m no me hubiera atrevido a decirle; lo har por
monseor, y el Cielo me dar fuerzas... Le dir:--Arturo, me ama
usted?--Y si, como creo, como temo, me contesta:--No, Judit,--obedecer
a usted; me alejar de l, no volver a verle jams; y entonces, as lo
espero, me estimar usted lo bastante para no ofrecerme nada y no aadir
la humillacin al sufrimiento. Lo segundo... bastar para ocasionar mi
muerte.

Pero si el Cielo, si mi ngel bueno, si la felicidad de toda mi vida,
hicieran que l me contestase:--S, amo a usted!...--Ah! est mal lo
que voy a decirle, y con razn me colmar usted de reproches y
maldiciones; pero entonces, monseor, no habr poder en el mundo que me
impida ser suya y sacrificrselo todo... Todo lo arrostrara, hasta la
clera de usted... Porque, en definitiva, qu podra usted contra m?
Hacerme morir? Y qu me importara la muerte si haba sido amada?

Perdone, monseor, si esta carta le ha podido ofender... es de una
pobre muchacha que no conoce el mundo ni los deberes que ste impone;
pero que tal vez encontrar ante usted alguna gracia en la escasez de su
inteligencia, en la franqueza de su corazn, y, particularmente, en el
profundo respeto con que tiene el honor, etc.

       *       *       *       *       *

Cuando termin de escribir esta carta, cerrola Judit, y la envi a su
destino sin hablar a nadie; decidida desde aquel momento a conocer su
suerte, aguard con impaciencia la prxima visita del Conde.

Aquella noche haba funcin en la Opera y fue al teatro con la esperanza
de verle en su palco y de que le hiciera la sea convenida. Arturo fue
tarde y pareca estar triste y preocupado. No mir hacia el escenario ni
hizo sea alguna a Judit. La pobre nia, presa de la desesperacin, tuvo
que resignarse a esperar dos das ms. Era lunes, y al mircoles
siguiente fue ms afortunada. El Conde le hizo la sea que tenan
convenida para anunciarle su visita, y Judit pens:

--Maana le ver, y maana sabr lo que para m guarda el destino.

Pero al da siguiente, muy temprano, presentose en su casa el lacayo del
Conde, anunciando que su amo no poda disponer de un solo minuto en todo
el da, y que slo ira por la noche, ya tarde, a cenar con la seorita
Judit.

Cenar a solas con ella era un acontecimiento extraordinario en quien
siempre la dejaba antes de media noche. Qu quera decir aquello? La
ta crea encontrarlo muy claro; pero Judit se negaba a comprenderlo.

Cuando dieron las once de la noche, encontrbase ya dispuesta la cena
ms exquisita y delicada, preparada por los cuidados de la seora
Bonnivet. En cuanto a Judit, nada escuchaba ni vea; limitbase a
esperar.

Esperar! Todas las facultades de su alma se concentraban o resuman en
esta idea!...

Pero dieron las once y media, luego las doce, y Arturo no pareca.

Por ltimo, transcurri toda la noche sin que l llegara; pero ella
segua esperando.

Tampoco se present el Conde al otro da... ni en los siguientes.

Judit no recibi ninguna carta; no volvi a verle.

Qu significaba aquello? Qu haba sucedido?

En aquel instante, interrumpiose el notario, diciendo:

--Seores, vuelve a levantarse el teln; continuar mi relato en el
entreacto prximo.




IV


Cuando hubo terminado el tercer acto de _Los Hugonotes_, el notario
prosigui en esta forma:

--Seores, adivino que sienten ustedes curiosidad por saber lo que haba
sucedido a nuestro amigo Arturo, y sobre todo, por saber a ciencia
cierta de qu clase de sujeto se trataba.

--Por qu no ha empezado usted por ah?--le dije.

--Me parece--repuso--que soy dueo de colocar la exposicin donde me
plazca, puesto que soy el narrador.

--Por otra parte, no es aqu, en la Opera, donde hay que mostrarse
severo respecto a las exposiciones--agreg el profesor en Derecho,--las
cuales no se entienden jams.

--Lo cual es, con frecuencia, una fortuna para los autores de los
libretos--aadi el notario mirndome.

Y, sintindose satisfecho de su epigrama, continu en estos trminos:

--El conde Arturo de V*** descenda de una antigua e ilustre familia del
Medioda. Su madre, que se qued viuda muy joven, no tuvo ms hijo que
l y careca de bienes; pero tena un hermano que era inmensamente rico.
Este hermano, monseor el abate de V***, haba sido sucesivamente en la
corte de Luis XVIII, y ms tarde en la de Carlos X, uno de los prelados
que gozaban de ms influencia; y sabido es hasta dnde llegaba en
aquella poca el poder del clero. El abate de V*** tena un carcter
fro y egosta; era muy severo y orgulloso, y sin embargo, conducase
como buen pariente, porque senta ambicin para l y para los suyos. Se
encarg de la educacin de su sobrino, hizo devolver a su hermana una
parte de los bienes que le fueron confiscados durante la emigracin, y
la pobre condesa de V*** muri bendicindole y encargando a su hijo que
le obedeciera ciegamente. Arturo, que adoraba a su madre, prometiole en
su lecho de muerte cuanto ella quiso; promesa tanto ms fcil de
cumplir, cuanto que, desde su infancia, experiment un miedo horrible
hacia su to y haba sido acostumbrado a someterse siempre, sin oponer
la menor resistencia, a sus menores indicaciones.

De carcter serio, tmido y dulce, pero dotado de un corazn noble y
generoso, Arturo mostr, desde muy nio, profunda inclinacin por la
carrera de las armas, por el uniforme y la charretera; tal vez debase
esto a que, en el palacio de su to, no vea ms que trajes negros y
sobrepellices. Un da, con gran reserva, se atrevi a poner de
manifiesto sus intenciones a monseor, el cual frunci el ceo al orle
y le anunci con tono firme y decidido que abrigaba otras miras respecto
a l.

El abate de V*** haba sido nombrado obispo, y esperaba algo ms;
confiaba en alcanzar muy en breve el capelo de cardenal. En tan
brillante posicin, quera conservar a Arturo a su lado, elevarle a las
ms altas dignidades de la Iglesia, y, en resumen, hacerle abrazar la
nica carrera que en aquel tiempo conduca rpidamente al poder y los
honores.

Arturo no se atreva a resistir de una manera resuelta al terrible
ascendiente de su to, pero, en su fuero interno, decidi no ser jams
obispo.

El Rey, a quien se haba hablado con tal objeto, acogi la idea con gran
benevolencia, y, en su efecto, Arturo deba entrar poco despus en el
Seminario, nicamente por frmula, recibir despus las rdenes y pasar
con rapidez de los grados inferiores a los primeros puestos de su nuevo
estado.

El joven no haba dado al olvido el juramento hecho a su madre; por otra
parte, a los ojos de todo el mundo hubiera sido una enorme ingratitud
romper abiertamente con su to, su nico pariente y bienhechor. No
osando, pues, declarar la guerra al temible prelado, y oponerse
directamente a sus intenciones episcopales, procuraba encontrar algn
medio indirecto para obtener el mismo fin y poner a su to en el caso de
que fuese l mismo quien renunciara a su proyecto. El mejor medio era
dar un gran escndalo que le hiciera indigno de las santas y respetables
funciones que a despecho suyo queran conferirle. Esto no era fcil,
porque Arturo, tanto por carcter como por educacin, no poda prestarse
a nada que afectase a su honradez y severidad de principios. No es
libertino todo el que quiere; para ese estado, como para los dems, hace
falta vocacin, y a nuestro joven costbale tanto trabajo ser calavera
como ser obispo. Tena, no obstante, amigos muy alegres y con las ms
felices disposiciones, que, por prestarle un servicio, le arrastraban a
sus orgas. Arturo iba a ellas por clculo; pero el desorden le
disgustaba tanto como diverta a sus compaeros; su juiciosa frialdad
contena la locura de stos, y acababa frecuentemente por hacerlos
razonables: se le haba llegado a considerar como un _agua-fiestas_, y,
por ltimo, haba renunciado a tales diversiones.

Desesperado entonces de conseguir lo que se haba propuesto, volvi los
ojos a las damas de la corte; pero en la corte de aquella poca las
damas trataban de evitar a todo trance el ruido y el escndalo. Esto no
quiere decir que hubiese menos intrigas que en otros tiempos, sino que
se ocultaban mejor. Y aunque hubiesen advertido al obispo de las
secretas pasiones de su sobrino, haba fingido ignorarlo todo, pensando,
acaso, como Molire,

    _Que pecar en silencio no es pecar._

Qu camino, pues, le quedaba al pobre Arturo, que corra en pos del
escndalo, como corren otros en pos de la gloria, sin poderlo alcanzar?
Uno de sus amigos, libertino recalcitrante, djole:

--Busca una amante en la Opera; ese teatro est de moda, todo el mundo
va a l; se sabr, har ruido, y eso es todo lo que te hace falta.

--Yo!--murmur Arturo enrojeciendo de indignacin.--Mezclarme en una
intriga de ese gnero!

--No necesitars hacerte mucha violencia; se arregla el asunto con la
familia, y una vez hecho el trato, puedes obrar del modo que te plazca;
no se trata de que la cosa sea verdaderamente, sino de que se crea y d
que hablar.

--Siendo as...

--Todo se reduce a tener el ttulo; demasiado sabes que en la actualidad
hay muchos titulados que no ejercen... T podrs ser uno de ellos.

--Bien, me agrada tu idea.

Ya he referido a ustedes los detalles de la presentacin y de la primera
entrevista de Judit, Arturo y la ta.

Hzose que monseor el obispo tuviese noticia de ello, pero monseor se
hizo el desentendido.

Se le dio conocimiento de que casi todas las noches el coche de su
sobrino se estacionaba en la calle de Provenza, y Arturo aguardaba de un
momento a otro una seria explicacin y una escena en la que estaba
resuelto a mostrarse arrebatado por una ciega pasin que le haca
indigno, en adelante, de las bondades de su to; pero ste no le dirigi
el ms leve reproche, y nuestro joven no saba cmo explicarse tanta
calma y una resignacin tan evanglica.

Pero esta calma era precursora de la tempestad.

Una maana, djole monseor:

--El Rey est muy enojado contra ti; ignoro por qu causa.

--Creo adivinarla--repuso el joven.

--Pues yo no quiero saberla. Su Majestad, no obstante, te perdona; pero
exige que dentro de dos das ingreses en el Seminario.

--Yo, to?...

--El Rey lo ordena, y contra l, en todo caso, tendras que protestar.

Y le volvi la espalda, sin decir una palabra ms. Arturo, furioso,
fuera de s, sin saber qu hacerse, corri a casa de Judit, la acompa
a las Tulleras, la present como su amante a los ojos de todo Pars, en
vsperas de entrar en el Seminario. Esta vez no pudo menos de obtener el
resultado que esperaba. Despus de semejante escndalo, era imposible
pensar, durante mucho tiempo al menos, en hacerle abrazar la carrera de
la Iglesia. Y esto era lo que Arturo deseaba. Su to escribi a Judit la
amenazadora carta que ya conocen ustedes, y el Rey comunic al Conde la
orden de abandonar a Pars en el trmino de veinticuatro horas. Era
forzoso obedecer. Por fortuna, Arturo estaba ntimamente relacionado con
uno de los hijos del seor de Bourmont, que parta a la siguiente noche
para Argel, donde se preparaba una importante expedicin, y le rog que
le admitiese en su compaa como voluntario, pero sin comunicar a nadie
su proyecto, ni a su to ni al Rey.

--Puesto que dejan a mi eleccin el lugar del destierro--se dijo,--lo
elegir donde pueda encontrar alguna gloria. Ir donde hay peligro que
correr y honor que alcanzar. Me har matar o lograr distinguirme en la
campaa. Y cuando regrese con una bandera, veremos si aun hay quien
todava insista en hacerme vestir la sotana y echar bendiciones a los
fieles.

Y abandon Pars, de noche, con gran misterio, porque todos sus pasos
eran espiados y tema que si adivinaban el objeto de su viaje le
impidieran la marcha. Momentos antes escribi una carta a Judit
dicindole tan slo que la dejaba por algunos das; pero esta carta, a
pesar de ser insignificante, fue interceptada y no lleg a su destino.
El prefecto de polica estaba a las rdenes de monseor.

Cuando lleg la semana siguiente, encontrbase Arturo en alta mar, y a
los veinte das desembarc en Africa. Figur entre los primeros en el
asalto del fuerte del Emperador, y cay herido junto a su intrpido
amigo el seor de Bourmont, a quien aquella victoria cost la vida. La
de Arturo estuvo en peligro durante mucho tiempo; por espacio de dos
meses se desesper de salvarle, y cuando recobr la salud, su fortuna,
sus esperanzas, las de su to, todo se hundi en tres das, al hundirse
la monarqua de Carlos X.

El obispo no pudo resistir este desastre; enfermo y apenado, quiso
seguir a la corte en su destierro, pero no pudo. La impaciencia, la
clera que constantemente experimentaba, haban exaltado su cerebro e
inflamado su sangre, determinando una fiebre maligna, y en el estado de
irritacin en que se encontraba, no sabiendo en quin descargar su
enojo, eligi a su sobrino como vctima y se veng en l de la
revolucin de julio.

Apenas estuvo restablecido de su herida, Arturo regres a Pars; y aqu
es, seores--dijo el notario alzando la voz,--donde comienzo yo a entrar
en escena. El seor Conde fue a mi casa para confiarme los asuntos de la
herencia, porque no se encontraba en estado de ocuparse de ellos por s
mismos. Yo era, desde haca mucho tiempo, su notario y el de su familia;
as, pues, su encargo me corresponda de derecho. En seguida procedimos
a levantar los sellos judiciales. No les hablar de los detalles del
inventario, aunque no deje de haber mrito en un inventario bien hecho y
bien dirigido. Al inscribir en su lugar correspondiente los papeles que
encerraba el secreter de monseor, encontr un billete cuidadosamente
doblado, el cual contena esta firma: _Judit, bailarina de la Opera_.
Correspondencia entre una bailarina y un obispo! Cuidando de la buena
reputacin del clero, tuve intenciones de hacerla desaparecer; pero ya
Arturo se haba apoderado del billete, y al ver yo su turbacin, cre un
instante, Dios me perdone tan mal pensamiento, que monseor y su sobrino
haban sido rivales, ignorndolo ambos.

--Pobre nia!... Pobre nia!--exclam Arturo.--Qu nobleza, qu
generosidad, qu tesoro posea en ella! Lea usted, seor--aadi
presentndome el billete.

Y cuando llegu a esta frase:

_Si se ofende al Cielo amando con toda el alma, es un crimen del que me
acuso pero del cual l no es cmplice._

--Es cierto!--dijo Arturo con lgrimas en los ojos:--me amaba con todo
su corazn y yo no me di cuenta de ello, no pens en corresponderle...
Y tena diez y seis aos! Y era encantadora!... No puede usted
imaginarse qu linda es... Es la mujer ms bella de Pars.

--No lo dudo, seor Conde... pero si quiere usted que acabemos el
inventario...

--Como usted guste...

Y, no obstante, continu leyendo en voz alta los siguientes prrafos del
billete:

Pero si el Cielo, si mi ngel bueno, si la felicidad de toda mi vida
hicieran que me contestase: S, amo a usted... Ah! est mal lo que voy
a decirle, y con razn me colmar usted de reproches y maldiciones; pero
entonces, monseor, no habr poder en el mundo que me impida ser suya y
sacrificrselo todo... Todo lo arrostrara, hasta la clera de usted...
Porque, en definitiva, qu podra usted contra m? Hacerme morir? Y
qu me importara la muerte, si haba sido amada?

--Y yo he desconocido... he rechazado un amor semejante!--exclam
Arturo.--Yo; yo slo he sido culpable... pero reparar mis faltas, le
consagrar mi vida entera... se lo prometo, se lo juro! Quin podra
hoy vituperarme por ello?... Estar orgulloso de tener una amante como
ella! S, la amo; lo confesar a todo el mundo, y todo el mundo me
envidiar... empezando por usted, seor notario, que no me escucha... y
que tan atentamente examina esos frragos de papeles.

Los papeles a que se refera eran el testamento de su to, que yo
acababa de encontrar; testamento en el que se le desheredaba,
disponiendo de la inmensa fortuna del difunto en favor de los hospicios
y para fundaciones piadosas. As se lo hice saber a Arturo, el cual
recibi la noticia con una indiferencia absoluta, y se puso a leer de
nuevo la carta de Judit.

--La ver usted--me dijo;--quiero que coma usted hoy con ella.

--Pero estos papeles... este testamento...

--Y qu?--replic, sonriendo;--eso ya no me concierne. Felizmente para
m, Judit me amar sin esas riquezas... Adis, seor; voy a verla, voy a
encontrar a su lado mucho ms de lo que he perdido.

Y sali con la mirada radiante de dicha y de esperanza.

--He aqu un joven verdaderamente singular--me dije,--a quien una
amante consuela la prdida de una herencia!

Y termin mi inventario.

Algunas horas despus, de vuelta ya en mi casa, vi entrar a Arturo como
un loco, fuera de s.

--Ya no est all!--exclamaba,--ya no est! La he perdido! La he
perdido por culpa ma!...

--Alguna infidelidad!...

--Quin se lo ha dicho a usted?--repuso vivamente, asindome por el
cuello.

--Oh! no s nada.

--Prefiero esto, porque no sobrevivira a semejante golpe. Desde mi
partida, desde hace tres meses, ha abandonado la Opera y nadie tiene
noticias de ella.

--Qu le han dicho sus compaeras?

--Barbaridades! Unas pretenden que ha sido robada... otra me aseguraba
con la mayor tranquilidad que ella le haba manifestado intencin de
suicidarse.

--No sera extrao! Desde la revolucin de julio, el suicidio se ha
puesto de moda.

--No hable usted as... perdera la razn! He corrido a su casa de la
calle de Provenza; pero se march de all sin decir a dnde iba.

--No ha encontrado algn indicio que pueda servirle para seguir su
pista?

--El piso est desalquilado: nadie lo ha habitado despus de ella.

--Y no ha encontrado usted nada?

--Slo encontr, en el cuarto de su ta, esto papel que estaba en el
suelo, y que es una etiqueta de equipaje en la que hay escrito:

    _A la seora Bonnivet, en Burdeos._

Tengo entendido que ella era de ese pas.

--Y qu?

--Que vengo a rogar a usted se encargue aqu de mis asuntos y lo arregle
todo en la forma que mejor le plazca.

--Qu piensa usted hacer, pues?

--Seguir sus huellas, o las de su ta... buscarla... descubrir su
paradero...

--Enfermo, como se encuentra, quiere partir maana para Burdeos?

--Maana! Sera demorarme demasiado!

En efecto, sali de Pars aquella misma noche.

Al llegar a este punto, dio principio el cuarto acto de _Los Hugonotes_,
y el notario interrumpi su relato.

Nos vimos obligados a esperar hasta el entreacto siguiente, a que el
narrador continuara su historia.




V


La Falcn acababa de caer desmayada, despus de haber saltado Nourrit
por la ventana; el cuarto acto de _Los Hugonotes_ conclua en medio de
ruidosos aplausos, y el notario prosigui su relato en esta forma:

--Arturo permaneci seis meses en Burdeos haciendo pesquisas,
preguntando a todo el mundo por la seora Bonnivet, de la que nadie supo
darle noticia alguna. Hasta hizo poner anuncios en los peridicos. La
pobre mujer se hubiera muerto de alegra al encontrar en ellos su
nombre; pero esto no era ya posible. Por ltimo, el propietario de una
casita, en la que ella haba vivido, proporcion al Conde los datos que
haba solicitado. La seora Bonnivet haba muerto haca ya dos meses.

--Y qu fue de su sobrina?

--No estaba con ella; pero la ta gozaba cierto bienestar, pues
disfrutaba de una renta vitalicia que alcanzaba a cien luises.

--De dnde proceda esa renta?

--No se sabe.

--Hablaba de su sobrina?

--Pronunciaba su nombre de vez en cuando. Pero en seguida quedaba
silenciosa, como si temiese hacer traicin a algn secreto.

A pesar de todas sus pesquisas y gestiones, Arturo no logr obtener un
dato ms, y viva desesperado. Porque desde que haba perdido a Judit,
desde que se consideraba separado de ella para siempre, su afecto hacia
la linda joven se haba convertido en amor, en una verdadera pasin.
Esto era entonces el solo pensamiento, la nica ocupacin de su vida.
Recordaba con amargura los breves instantes que haba pasado junto a
ella; crea verla ante sus ojos, llena de encantos y de cario hacia
l... Y este bien, que le haba pertenecido, habalo l despreciado! No
conoci el valor que tena hasta que lo perdi para siempre. Recorra
sin cesar todos los lugares en que la haba visto. No abandonaba un
momento la Opera.

Quiso habitar el cuarto de la calle de Provenza; pero con gran
sentimiento supo que haba sido alquilado, durante su ausencia, por un
seor extranjero que no lo ocupaba. Intent volver a verlo, al menos, y
el portero no tena las llaves; las puertas y las persianas de la
habitacin estaban constantemente cerradas.

Se explicarn ustedes perfectamente que, consagrado por completo a su
amor y a sus penas, Arturo apenas se cuidaba de sus asuntos; pero yo me
interesaba por l y observaba con pesar que tomaban un sesgo enojoso.
Desheredado por su to, no contaba con ms fortuna que la de su madre,
que ascenda, prximamente, a unas quince mil libras de renta; y de esto
haba consumido ms de la mitad, primero en las locuras que haba hecho
por Judit, y ms tarde en los gastos que se le haban originado para
descubrir su paradero, porque nada escaseaba. Apenas obtena el indicio
ms insignificante, enviaba agentes en todas direcciones y derramaba el
oro a manos llenas... pero siempre sin resultado. En consecuencia,
decame constantemente:

--Ya no existe! Ha muerto, por desgracia!

Cuando me visitaba para tratar de sus negocios, l slo hablaba de ella;
y yo, de la necesidad de vender y liquidar. No sin trabajo le pude
decidir a hacerlo; le era muy sensible deshacerse de los bienes de su
madre, pero se impona aquella venta. Deba cerca de doscientos mil
francos, y los intereses de esta deuda hubieran absorbido bien pronto el
resto de su fortuna. Fijronse, pues, los edictos, se publicaron
anuncios en los peridicos, y la vspera del da en que deba efectuarse
la subasta en mi estudio, recib de uno de mis colegas, una comunicacin
que me produjo tanto regocijo como sorpresa. La suerte se haba cansado,
seguramente, de perseguir al pobre Arturo. Un seor de Courval, hombre
de reconocida honradez, se confesaba deudor de su madre por una
considerable suma, y deseaba devolverla. El capital y los intereses
ascendan a cien mil escudos; la deuda estaba justificada, y mi colega
guardbame el dinero en buenos billetes de Banco. No era posible dudar
de semejante dicha. Corr a anuncirsela a Arturo, el cual recibi la
noticia con una displicencia incomprensible. Cuando no se le hablaba de
Judit, todo le era indiferente.

Por mi parte, me apresur a liquidar sus deudas y a desempear sus
bienes, y, desde entonces, todo march admirablemente, hasta que tuvo
lugar un caso de difcil explicacin.

Arturo se encontr un da con el seor de Courval, el que tan
notablemente se haba portado con nosotros. Viva de ordinario en
provincias, y se encontraba por casualidad en Pars. El Conde le
estrech la mano, dndole gracias por su honrado proceder, precisamente
en el momento en que aqul se disculpaba, confesndose en extremo
apurado, para cumplir los compromisos que tena pendientes.

--Cmo es eso, si el mes pasado me ha pagado usted cien mil
escudos!--repuso el Conde.

--Yo?

--Evidentemente; ya no tengo ningn pagar de usted, pues todos han sido
satisfechos, y nada me debe.

--Eso es imposible.

--Vea usted a mi notario y l se lo probar.

El deudor, que ya no lo era, fue a verme, en efecto, y no poda salir de
su asombro.

--Es una gran suerte para usted--le dije.

--Y ms todava para el seor Conde--repuso l con aire triste y
disgustado;--porque yo ya haba tomado mi partido... Como no poda
pagar, habame echado la cuenta de que nada deba; y esa extraa
circunstancia no me hace ser ms rico... Pero l... ya es diferente!...
puede alabarse de ser mimado por la fortuna!...

--Pero, de veras no sabe usted de dnde procede esa devolucin?

--Ni siquiera lo presumo; pero si pudiera pagar de igual modo todas mis
deudas...

--Debe usted algo ms?

--Casi el doble de lo que he pagado, o, mejor dicho, de lo que han
pagado por m. Y si, quienquiera que haya sido, se presentara nuevamente
para continuar la liquidacin, le ruego que me avise.

--Lo har con mucho gusto.

Nuestra sorpresa creci de punto, y Arturo se desesperaba por no poder
dar con la clave del enigma. Fui a casa de mi colega, un hombre honrado,
muy instruido, que no saba ms que yo... en aquel asunto, se
entiende... Le haban remitido los fondos, encargndole que recogiese y
anulase los pagars. Me confi la carta que recibi al efecto, y se la
llev a Arturo. Este la examin atentamente y nada sac en limpio. Dicha
carta estaba fechada en el Havre, donde resida el seor de Courval; la
letra, que no era suya, la desconocamos por completo... pero Arturo
lanz de pronto un grito de sorpresa, y se puso plido como un muerto,
al fijarse en el sello medio roto: era el de Judit.

En la poca en que pasaba por su amante, l le haba regalado una piedra
antigua de gran valor, que tena grabado un fnix. Lejos de encontrar en
aquel regalo una alusin o una alabanza, Judit lo consider siempre como
un emblema de tristeza y haba hecho grabar a su alrededor estas
palabras: _Siempre solo!_ No se desprenda de este sello ni por un solo
momento; aquella divisa, insignificante para otra cualquiera y para ella
tan expresiva, no poda pertenecer ms que a ella misma.

--De Judit procede esta carta!--exclam Arturo.

Y la dej escapar de sus temblorosas manos.

--Pues bien, eso implica la seguridad de que existe an y piensa en
usted... Debe, pues, estar satisfecho.

Pero, por el contrario, estaba furioso. Hubiera preferido saber que
haba muerto. Porque, a qu ocultarse? deca. Por qu, puesto que sabe
dnde vivo, teme venir a verme? Es, acaso, que se ha hecho indigna de
presentarse ante m? No me ama ya? Me ha olvidado quizs?

--Esta carta--le dije,--prueba lo contrario.

--Y con qu derecho--repuso Arturo fuera de s,--trata de imponerme sus
beneficios? De dnde proceden esas riquezas? Quin la ha autorizado
para ofrecrmelas, y desde cundo me considera capaz de aceptarlas? No
las quiero, devulvalas usted.

--Lo hara de buena gana. Pero, a quin y cmo?

--Poco me importa... No las quiero.

--Y cmo puede ser eso, si con ellas se han pagado las deudas de usted
y se han liberado sus propiedades?

--Vender usted lo que sea preciso para realizar los cien mil escudos
recibidos, a los que nunca tocar, y quedarn depositados en su casa
hasta que puedan devolverse.

--Tenga usted en cuenta el estado a que se ver entonces reducida su
fortuna.

--No me importa. Por ms infiel que sea Judit, no me arrepiento de
haberme arruinado por ella... Pero ser por ella enriquecido es demasiada
humillacin para m.

Y, a pesar de todos mis esfuerzos, de todas mis observaciones, no me fue
posible disuadirle de su propsito; enajenronse los bienes, y muy bien
por cierto, gracias al aumento progresivo de la propiedad; fueron
depositados en mi estudio los primeros trescientos mil francos, y aun
qued a mi amigo con que comprar seis mil libras de renta en papel del
Estado; a esto qued reducida su fortuna. Atenido a ella vivi dos aos,
esforzndose por desechar el recuerdo que le persegua incesantemente.
Sombro y melanclico, esquivando los placeres y las distracciones de
todo gnero, haba llegado a hacerse incapaz para el trabajo o el
estudio; en cuanto a m, lamentbame interiormente del dominio que
ejerca una pasin tan cruel en un hombre de tan excelentes condiciones.
Iba a verme casi diariamente, con objeto de olvidar a Judit, y sin cesar
me hablaba de ella.

Asegurbame que no la amaba ya, que la despreciaba, que se ira al fin
del mundo antes que volver a verla; y a pesar suyo, dirigase casi
siempre a los lugares que le hablaban de ella y que le traan a la
memoria su recuerdo.

Un da, o mejor dicho, una noche, fue a un baile de mscaras a esta sala
de la Opera, en la que jams entraba sin que le latiera el corazn, como
si quisiera reventrsele en el pecho. Solo, a pesar del gento...
_Siempre solo_... (porque l, entonces, haba adoptado, a su vez, la
divisa de Judit), pasebase silencioso en medio del bullicio... en
aquel teatro... en aquel lugar donde tantas veces le haba visto
aparecer... Luego, internndose por los corredores, se dirigi,
lentamente a aquel palco segundo que en tiempos ms dichosos ocupaba
casi todas las noches, y desde el cual le haca la sea que tenan
concertada para avisarla cuando podan celebrar sus inocentes
entrevistas.

La puerta del palco estaba abierta, y en l, envuelta en un elegante
domin, vease a una mujer; estaba sola, y pareca abismada en profundas
reflexiones. Al ver a Arturo, la dama se estremeci e hizo un movimiento
como para levantarse y salir; pero, sin poder apenas sostenerse, se
apoy en el antepecho del palco y cay de nuevo sobre su asiento. Esta
turbacin hizo que Arturo se fijase en ella y que se aproximara para
ofrecerle sus servicios.

La dama, sin contestarle, le rechaz con un gesto.

--El calor le habr hecho a usted dao--le dijo el joven con una emocin
que en vano trat de dominar;--y si se quitase un momento el antifaz...

La desconocida rehus de nuevo, limitndose, para respirar con ms
desahogo, a echar hacia atrs la capucha de su domin, que le cubra la
frente.

Arturo vio entonces una hermosa cabellera negra, que caa en rizados
bucles sobre la espalda. As era como se peinaba Judit... aquella
graciosa postura, aquel talle fino y delicado eran los suyos... all
encontraba su porte, sus maneras, ese invencible y poderoso encanto que
se adivina y que no puede definirse!...

Por ltimo, se levant la desconocida.

Arturo lanz un grito.

El era entonces quien se sinti morir... pero haciendo un esfuerzo, le
dijo a media voz:

--Judit!... Es usted, Judit!...

Ella trat de ausentarse.

--Qudese, por favor! Djeme decirle que soy el ms desdichado de los
hombres por no haber sabido apreciar hasta qu punto mereca usted todo
mi amor.

La desconocida se estremeci de nuevo.

--S, entonces los mereca usted... entonces era digna de los homenajes
y la adoracin de todo el mundo... y sin embargo, tan insensato soy que
la amo an, no amo a nadie ms que a usted, y la amar siempre... a
pesar de que me ha sido infiel... de que me ha traicionado!

Ella quiso responder, y la palabra expir en sus labios... pero se llev
una mano al corazn como si tratara de justificarse.

--Cmo explicar, si no, su ausencia, y sobre todo sus beneficios...
esos beneficios de que me avergenzo por usted y que he rechazado? S,
Judit, no los quiero, no quiero ms que su amor; y si es verdad que no
me ha olvidado, que me ama todava... venga... sgame!... para seguirme
es preciso amarme... porque ahora ya no tengo fortuna que ofrecerle...
Qu! duda... no me responde... ah! comprendo su silencio! Adis,
adis para siempre.

Y se dispuso a abandonarla; pero Judit le detuvo, asindole de una mano.

--Hable, Judit; hable por favor--exclam el pobre joven.

Pero la desgraciada no poda: los sollozos ahogaban su voz.

Arturo cay de rodillas. Ella no pronunci una palabra, pero lloraba, y
el joven crey que aquellas lgrimas eran su mejor justificacin.

--Me ama usted, pues, an?... No ama a nadie ms que a m?...

--S--repuso ella, tendindole una mano.

--Y cmo creerla?... Dnde estn las pruebas?... Quin me las
dar?...

--El tiempo.

--Qu har, pues?...

--Esperar.

--Y no me dar usted alguna prenda de su amor?...

Judit dej caer el ramo de flores que tena en la mano, y mientras
Arturo se inclin para tomarlo, ella se lanz al corredor y desapareci.

El Conde intent seguirla, la vio de lejos entre la multitud; pero
detenido por el oleaje de las mscaras, no tard en perderla de vista.
Despus crey volver a verla... S, s, era ella... y en el momento en
que, siguiendo sus pasos, lleg hasta el vestbulo y crea poder
alcanzarla, la vio precipitarse en un carruaje magnfico que dos
soberbios caballos arrastraron a todo galope.

--Seores--dijo el notario interrumpindose,--ya es muy tarde y yo tengo
la costumbre de madrugar; si me lo permiten ustedes, dejaremos para
pasado maana la conclusin de mi relato.




VI


El mircoles siguiente, era da de funcin en la Opera, y nos
encontrbamos todos en la orquesta, exactos a la cita, y el notario no
llegaba. Ponase en escena _Roberto_, y esta obra me recordaba mi
primera entrevista con Arturo. Me expliqu entonces su tristeza, su
preocupacin, y pens en que el mismo Meyerbeer no podra menos de
concederle su perdn por no haber escuchado el sublime tro de
_Roberto_.

Pero, se encontraba, acaso, en aquel momento, mejor dispuesto a
apreciar la bella msica? Era ms dichoso? Haba recuperado al fin a
su Judit, o la haba perdido?

Todava ignorbamos los obstculos que los separaban, y nuestra
impaciencia por conocer el desenlace de la historia se aumentaba con la
ausencia del narrador. Al fin, lleg ste, despus del segundo acto, y
jams ningn actor querido del pblico obtuvo un recibimiento ms
entusiasta que el que hicimos al notario.

--Ya est aqu!

--Gracias a Dios!

--Vamos, querido, ya era tiempo de que llegase!

--Qu tarde viene usted!

--He sido invitado a una comida y he tenido que asistir a un contrato...
Digo asistir, porque ya no ejerzo; he vendido mi notara y, gracias a
Dios, no debo nada a nadie.

--Excepto a nosotros.

--Nos debe usted un desenlace.

--El de la historia de Judit...

--Le hemos reservado su puesto... Vaya, sintese.

Nos estrechamos cuanto fue posible, y el notario termin su relato en
esta forma:

--Judit haba dicho: _Esperar!_... y durante algunos das Arturo tuvo
paciencia, confiando en recibir alguna carta, algn aviso...--Volver a
verla, pensaba; ella vendr, me lo ha ofrecido...--Pero pasaban los
das, las semanas, y Judit no iba. Seis meses transcurrieron de este
modo, luego un ao, despus hasta dos. El pobre Arturo me inspiraba
lstima, y ms de una vez tem que enloqueciera. La escena del baile de
mscaras le haba impresionado profundamente... Haba momentos en que,
al acordarse de aquella Judit que haba vuelto a encontrar sin verla,
que se le haba aparecido sin descubrirle sus facciones, se crea
vctima de una alucinacin. Su imaginacin, debilitada por el
sufrimiento, hacale creer que haba sido un sueo, una quimera; lleg a
dudar de lo que haba visto y odo. Enferm gravemente, y en el delirio
de la fiebre se imaginaba ver a Judit aparecindosele por ltima vez y
dirigindole su ltima despedida; en vano, tratara de repetir a ustedes
las tiernas y conmovedoras frases que con tal motivo le dirigi... Judit
era su nico pensamiento, su idea fija... En esto consista el mal que
le mataba.

Los cuidados que le prodigamos le volvieron a la vida; pero se torn
sombro y melanclico. No quera ver a nadie, exceptundome a m. Se
haba negado siempre a disponer de la suma de Judit, que tena en mi
poder; y su fortuna, como ya les he dicho, slo consista en seis mil
libras de renta. Emple cuatro mil en abonarse por todo el ao a un
palco segundo de la Opera... aquel palco segundo de frente a la escena,
donde haba encontrado a Judit la noche del baile de mscaras. Asista a
l todos los das, mientras confi en que la volvera a ver... pero
cuando perdi esta esperanza, ya no tuvo valor ni energas para seguir
ocupndolo. Se vea all solo, _siempre solo_ (su constante divisa), y
esta idea le haca padecer mucho. Solamente de vez en cuando, vena a la
orquesta, diriga una mirada dolorosa hacia el palco de Judit y se
ausentaba luego murmurando:

--No est.

Esta era su vida; y a excepcin de algunas cortas temporadas en que se
dedicaba a viajar, siempre con la esperanza de saber algo de Judit, o
de obtener algn indicio respecto a su suerte, estaba constantemente en
Pars. Todas las noches, como inconscientemente, sin que en ello
interviniese su voluntad, se encaminaba a la Opera. Y para verle ms a
menudo, fue por lo que me abon a esta localidad. Ultimamente ya no
vena sino de tarde en tarde. Pero la semana pasada estuvo un da.
Encontrbase sentado al otro lado de la orquesta. Desanimado ya por
completo, sin conservar esperanza alguna, volva la espalda al saln, y,
por completo abismado en sus reflexiones, nada vea ni escuchaba. No
obstante, algunas ruidosas exclamaciones le sacaron de su xtasis.
Acababa de entrar en un palco una seora joven, cuya notable hermosura y
esplndida _toilette_ excitaron vivamente la admiracin de todo el
pblico. Toda la artillera de los gemelos se dirigi hacia aquella
parte del teatro.

De todos lados salan estas palabras:

--Qu bella es!

--Qu frescura!

--Qu aire tan gracioso y tan distinguido!

--Qu edad calcula usted que debe de tener?

--De veinte a veintids aos.

--Ca! Apenas tiene diez y ocho.

--La conoce usted?

--No, seor; es la primera vez que viene a la Opera... Soy antiguo
abonado y no la he visto hasta hoy.

Los espectadores inmediatos tampoco la conocan. Pero no lejos de ellos,
un extranjero, de aspecto distinguido, se inclin respetuosamente
saludando a la hermosa dama. En seguida todos apresurronse a
preguntarle su nombre.

--Es lady Inggerton, la esposa de un opulento par de Inglaterra.

--Tan hermosa y tan rica!...

--Pues se asegura que no tena nada... que era una pobre muchacha que,
en un momento de desesperacin amorosa, intent suicidarse, arrojndose
al agua, y que fue recogida por el anciano Duque...

--Eso es una verdadera novela.

--No todas tienen tan feliz desenlace, porque el Duque, que se haba
interesado por la joven y no poda pasar sin ella, decidi, segn dicen,
hacerla su esposa para dejarle su fortuna... como, en efecto, ha
sucedido.

--Diablo! Pues siendo viuda... es un partido soberbio.

--Ha transcurrido ya el tiempo del luto, y tanto en Inglaterra como en
Francia no faltar quien le haga la corte.

--Ya lo creo!--repuso el joven que haba interrogado, arreglndose con
una mano la corbata y dirigiendo con la otra el lente a lady
Inggerton.--Eh! me parece, caballero, que mira hacia este lado.

--Se equivoca usted--contest el extranjero.

--No, por cierto... estoy seguro... me refiero a este joven...

Y, al pronunciar esto, sealaba a Arturo, que nada haba odo, y a
quien fue preciso explicar lo que suceda.

El Conde levant los ojos, y en el palco segundo de frente a la
escena... en aquel palco, que era el suyo en otro tiempo, vio... Ah! no
se muere de placer ni de sorpresa, puesto que Arturo vive todava...
puesto que tuvo fuerzas y conserv bastante razn para exclamar:

--Es ella! Es Judit!...

Pero al mismo tiempo permaneci inmvil... sin atreverse a respirar...
pues tema despertar de un sueo.

--Caballero--le dijo su vecino,--la conoce usted, por ventura?

Arturo no respondi, porque en aquel instante la mirada de Judit se
haba cruzado con la suya... Haba visto fulgurar en los ojos de la
joven un relmpago de indescriptible satisfaccin. Es imposible
explicar lo que pas por l, ni por qu no enloqueci al ver que Judit,
levantando una de sus blancas y exquisitas manos, le haca la sea con
que l en otro tiempo le anunciaba sus visitas!

Ah! le pareci que iba a volverse loco! Dej caer la cabeza y
permaneci algunos instantes con ella apoyada entre las manos, como para
persuadirse a s mismo de que no era una ilusin, de que Judit viva
an, y de que ella era la que acababa de ver. Cuando logr convencerse,
volvi a levantar la vista hacia el palco... la celestial visin haba
desaparecido!... Judit ya no estaba all... se haba ausentado!...

Un fro mortal hel la sangre en sus venas... una mano de hierro le
oprimi el corazn... Luego, acordndose de lo que acababa de ver... y
de or... porque ella le haba hablado... s, le haba hablado por
seas, abandon su asiento de la orquesta y se lanz a la calle,
murmurando:

--Si esta vez tambin me engao... si es una nueva alucinacin... o me
volver loco... o me mato.

Y, decidido a morir, se encamin directamente a la calle de Provenza.
Llam a la puerta, que se abri en seguida... y, pregunt temblando:

--La seorita Judit?...

--Est en casa--dijo tranquilamente el portero.

Arturo lanz un grito y se apoy en la barandilla de la escalera para no
caer.

Subi al piso principal, atraves todas las habitaciones y abri la
puerta del gabinete, el cual estaba amueblado como en otro tiempo;
exactamente igual que haca seis aos.

Hasta la cena que haba encargado antes de su repentina marcha, apareci
dispuesta ante sus ojos. Vio que en la mesa haba dos cubiertos.

Y Judit, reclinada en un divn, le dijo al verle entrar:

--Viene usted muy tarde, amigo mo.

Y le tendi una mano. Arturo se arrodill ante ella.

Al llegar aqu, se interrumpi el notario.

--Y qu?--exclamaron todos;--concluya.

El notario contest, sonrindose:

--Arturo no me ha contado ms... Por otra parte, va a dar principio el
tercer acto de _Roberto_...

--Qu importa? termine.

--Qu ms he de decir a ustedes? Vengo de comer con ellos y de firmar
el contrato.

--As, pues, se casan?

--Judit lo ha querido.

--Como ltima sorpresa, sin duda.

--Tal vez le tenga reservada alguna otra!

--Cul?--pregunt vivamente el profesor en Derecho.

--Lo ignoro--respondi el notario con una sonrisa;--pero se asegura que
el anciano Duque, su difunto esposo, no la llamaba nunca ms que: _mi
hija_.

En aquel instante se abri el consabido palco segundo, y apareci Judit,
envuelta en su manto de armio y apoyada en el brazo de su amante, que
ya era su esposo.

Una misma exclamacin sali simultneamente de las butacas de la
orquesta:

--Qu hermosa es ella! Qu dichoso es l!


FIN





End of the Project Gutenberg EBook of Carlos Broschi, by Eugne Scribe

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1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
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"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
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of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
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1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
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If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
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or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


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