The Project Gutenberg EBook of La rana viajera, by Julio Camba

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Title: La rana viajera

Author: Julio Camba

Release Date: October 17, 2009 [EBook #30275]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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JULIO CAMBA

LA RANA VIAJERA

CALPE MADRID-BARCELONA

1920

Papel fabricado especialmente por LA PAPELERA ESPAOLA

Sociedad Espaola de Artes Grficas.--Fuencarral, 137, Madrid




NDICE


_Mi nombre de charca_

ESPAA REENCONTRADA

I Psicologa crematstica

II El templo de la Eternidad

III Se enciende una estrella

IV Una nueva teora del clima

V El tiempo y el espacio

VI La mujer, pas extico

VII Las casas

VIII Patriotismo de gnero nfimo

IX La huelga de cuernos cados

X Experiencias de un atropellado

XI La juerga heroica

XII Julio Antonio

XIII La piedra filosofal

XIV La peseta

XV Escultura Kodak

XVI Un admirador

XVII Literatura patolgica

XVIII Una tempestad en una taza de te

XIX La taza de te


EN LA TIERRA DE LOS POLTICOS

I El viaje

II Los polticos

III La gracia gallega

IV La raza

V El idioma

VI El acento

VII Antonio

VIII Un amigo de mster Borrow

IX El arado virgiliano

X Propiedad, abogadismo, poltica

XI El celta migratorio

XII Grandes hombres

XIII Quin soy yo?

XIV El camino de Santiago

XV El botafumeiro

XVI Cabezas de cerdo

XVII La vieira

XVIII Opiniones polticas y literarias de la Rosario


EN EL PAS DE LA RULETA

I Los temas literarios

II El treinta y cuarenta

III Los bolsillos y el espritu de propiedad

IV Un nuevo sistema planetario

V Rousseau y Anatole France

VI El jugador objetivo


EN EL RINCN DE LOS MILLONARIOS

I El hierro

II La reivindicacin de los millonarios

III El hombre que se vendi brea a s mismo

IV El vascuence


UNA NUEVA BATRACOMIOMAQUIA

I La guerra sobre el papel

II El pueblo de los gases lacrimantes

III Si los alemanes hubiesen ganado

IV El libro futuro


LOS MDICOS

I En defensa del resfriado

II El virtuosismo de la ciruga

III La viruela obligatoria

IV Croydon y Madrid

V Microbios a sueldo

VI Juventud, divino tesoro


ENTRE CABALLEROS

I Los desafos y el mdico

II Los desafos y la tcnica

III Los desafos y el honor

LA POLTICA

I Cerebros artificiales para uso de diputados

II La industria electoral

III Una carta

IV El autor necesita un distrito

V Espaa, emporio del parlamentarismo

VI Los ministros nuevos

VII Un artculo ministerial

VIII El engao de las crisis

IX Accin poltica de los mariscos

X Arrasamientos

XI El Congreso, a cuarenta grados

XII Optimismo


LA ANTIPOLTICA

I El nuevo decorado del mundo

II Los proletarios de levita

III El sindicalismo como base de una nueva antropologa

IV El bolchevismo, enfermedad infecciosa

V La magia del dinero

VI El delito de ser ruso

VII Los rusos polticos

VIII La tirana del trabajo

IX Una polica filosfica

X Asesinos manuales y asesinos intelectuales

XI Ferrer




MI NOMBRE DE CHARCA...


_Har siete u ocho aos. El director de un peridico donde yo trabajaba
me meti algunos billetes en el bolsillo y me mand a Pars. Mis
artculos de entonces, como los que ms tarde escrib desde otras
capitales, tenan la pretensin de estudiar experimentalmente el
carcter nacional, pero el nico sujeto de experimentacin que haba en
ellos era yo mismo. Yo estoy en mis colecciones de crnicas extranjeras
como una rana que estuviese en un frasco de alcohol. El lector puede
verme girar los ojos y estirar o encoger las patas a cada momento. Lo
que parecen crticas o comentarios no son ms que reacciones contra el
ambiente extrao y hostil. Yo he ido a Pars, y a Londres, y a Berln, y
a Nueva York con una ingenuidad y una buena fe de verdadero batracio. Y
si lo que quera mi director era observar el efecto directo de la
civilizacin europea sobre un espaol de nuestros das, ah tiene el
resultado: una serie constante de movimientos absurdos y de actitudes
grotescas._

_Ahora el poeta vuelve a su tierra, es decir, la rana_ torna a la
charca. Pero, y sin que haya llegado a criar pelo, ya no es la misma
rana de antes. Con un poco de imaginacin nos la podramos representar
menos ingenua y algo ms instruida--que no en balde se ha pasado tanto
tiempo en los laboratorios--, muy tiesa sobre sus zancas y hasta
provista de gafas. Qu efecto le producirn las otras ranas a esta rana
que est transformada de tal modo? Cmo encontrar su charca la rana
viajera, despus de una ausencia de tantos aos?

Mientras he estado en el extranjero, yo he tenido un punto de referencia
para juzgar los hombres y las cosas: Espaa. Pero esto era nicamente
porque yo soy espaol y no porque Espaa me parezca la medida ideal de
todos los valores. Ahora, y para hablar de Espaa, me falta este punto
de referencia. Forzosamente har comparaciones con otros pases.

Y no slo resultar que Espaa no puede ser un modelo para las otras
gentes, sino que no sirve apenas para los mismos espaoles. La rana
encontrar su charca muy poco confortable.




ESPAA REENCONTRADA




I

PSICOLOGA CREMATSTICA


La primera impresin que nos produce Espaa es un poco confusa. Al
principio no reconocemos exactamente a nuestro pas, no lo encontramos
del todo igual al recuerdo que tenamos de l. Es que Espaa ha
cambiado? Es, ms bien, que la miramos desde otro punto de vista y con
unos ojos algo distintos a como la mirbamos antes. Los espaoles, por
ejemplo, qu duda cabe de que no han disminuido de estatura? Sin
embargo, ahora nos parecen pequesimos. Hombres muy pequeos, bigotes
muy anchos, voces muy roncas...

--Por qu estn tan enfadados estos hombres tan pequeos?--me pregunta
un extranjero que ha sido compaero mo de viaje.

Yo le explico a duras penas que no se trata de un enfado momentneo,
sino de una actitud general ante la vida. Mi compaero se esfuerza en
comprender.

--Ah, vamos!--exclama, por ltimo--. Es que los espaoles no tienen
dinero...

Y, aunque esta explicacin de la psicologa nacional me resulta
excesivamente americana, yo, obligado a hacer una sntesis, la acepto
sin grandes escrpulos.

--S. Es eso, principalmente...

--De modo que si nosotros metisemos aqu algunos millones de dlares,
cree usted que sus compatriotas se calmaran?

--Yo creo que s. Creo que estas voces speras se iran suavizando poco
a poco y que las mesas de los cafs no recibiran tantos puetazos.
Creo, en fin, que cambiaran ustedes el alma espaola. Siempre,
naturalmente, que los millones no se quedaran todos en algunos bolsillos
particulares...

Hay muy poco dinero en Espaa. Poco y malo. El primer tendero a quien le
doy un duro lo coge y lo arroja diferentes veces sobre el mostrador con
una violencia terrible. Yo hago votos para que, si no es de plata, sea,
por lo menos, de un metal muy slido, porque, si no, el tendero me lo
romper. La prueba resulta bien; pero al tendero no le basta. Con un ojo
escudriador y terrible que parece salirse de su rbita examina
detenidamente las dos caras del duro. Luego vuelve a sacudirlo y, por
ltimo, lo muerde. Lo muerde con tal furia que debe de mellarlo. Y el
duro triunfa.

Espaa es el pas del mundo en donde un duro tiene ms importancia.
Claro que el gesto de coger un duro y echarlo a rodar despectivamente
sobre la mesa para que el camarero lo recoja es un gesto muy espaol;
pero ese gesto no le quita prestigio al duro, sino que se lo aade.

--He aqu un duro--parece decir el hombre que va a echarlo a rodar--.
Conciben ustedes nada ms grande que un duro? Si yo no tuviera un alma
heroica y caballeresca, ante la cual carecen de poder las sugestiones de
la fortuna, yo depositara este duro sobre la mesa tomando para ello
precauciones infinitas a fin de que no se rompiese, o bien se lo
entregara al camarero en propia mano, religiosamente, como si se
tratara de un rito. Pero yo desprecio los bienes terrenales, y no me
preocupo del porvenir. Ven ustedes este duro? Pues ah va...

Y hecho esto, el hombre aguarda la vuelta, cuenta las perras gordas una
por una y se las guarda en un bolsillo profundo...

Poco dinero y malo. Hombres furiosos. Seoras gruesas, siempre
sofocadas, o por el calor o por los berrinches, que se abanican
constantemente. Muchos curas. Muchos militares... Grandes partidas de
domin y de billar. Cuestiones de honor. Toros. Juergas. Broncas. Nubes
de limpiabotas, de vendedoras de dcimos de la Lotera, de gitanas que
dicen la buenaventura, de msicos ambulantes, de ciegos, de cojos, de
paralticos... Indudablemente, Espaa no ha cambiado. Y es posible que
nosotros mismos no hayamos cambiado tampoco.




II

EL TEMPLO DE LA ETERNIDAD


Henos aqu en Madrid, en nuestra casa, como quien dice... Bernard Shaw,
para demostrar que en los _music-halls_ no se ha operado evolucin
alguna, cuenta que una noche estaba en uno de ellos viendo a un
prestidigitador que haca ejercicios con unas bolitas. Aburrido, Bernard
Shaw se fue a la calle, y diez aos despus volvi a entrar en el mismo
_music-hall_.

--El prestidigitador--aade Bernard Shaw--continuaba todava all
jugando ante la audiencia con las mismas bolas...

A mi vez, yo dir que una noche me desped de unos amigos con los que
haba estado cenando en un caf de la Puerta del Sol. Creo que les dije
que iba a volver en seguida, y volv siete aos ms tarde; pero qu son
siete aos en un caf de Madrid? Los amigos estaban todava all, y la
discusin continuaba. Las ideas eran las mismas, y la media tostada que
Fulnez mojaba en el caf, dijrase tambin la misma media tostada que
siete aos atrs y en mi propia presencia le haba servido el camarero.
Uno de los amigos pretende leerme un drama. El amigo est igual, y del
drama no ha sido cambiada ni una sola coma.

--Va a estrenarse dentro de quince das--me dice mi amigo.

Lo mismo, exactamente lo mismo que hace siete aos!

El camarero me llama por mi nombre:

--Hola, D. Julio! Qu va usted a tomar?

Elijo una paella, como plato castizo, y del que me encontr privado
durante mucho tiempo.

--Esta paella--observa alguien que la conoce--es la misma de ayer.

A m me parece que es la misma de hace siete aos, con los mismos
cangrejos y todo.

--Y qu?--les digo a mis amigos--. Habladme. Dadme noticias. Los
acadmicos, son inmortales todava? Po Baroja, sigue siendo un joven
escritor? Fulanito, contina con aquel hermoso porvenir ante l? Y la
Fulana y la Zutana y la Mengana, es que son todava unas jvenes y
hermosas actrices? Habladme de poltica. La revolucin supongo que,
igual que hace siete aos, ser una cosa inminente. Espaa no tardar ni
seis meses en transformarse, dndole as la razn a los que, desde hace
medio siglo, vienen anunciando esta transformacin tan rpida...

Todo est igual, y yo, que crea haberme modificado, yo me encuentro
tambin el mismo de antes. A medida que apuro este vaso de caf recobro,
como si dijramos, mi verdadera naturaleza. Una serie de cosas que yo
crea injertas en m noto que se desvanecen y que se van. Yo soy como
aquel salvaje de Darwin que se haba civilizado y que, al regresar a su
tribu, se volvi nuevamente salvaje, perdiendo en unas horas de contacto
con los suyos lo que haba adquirido en diez aos de esfuerzo. Y es que
este caf de la Puerta del Sol representa la eternidad. Pars, Londres,
Berln..., el espritu europeo..., la guerra mundial... Todo eso es
transitorio, todo cambia y se transforma, mientras que este caf
permanece inmutable, con los mismos divanes, con los mismos camareros,
con los mismos clientes, con el mismo _menu_, con las mismas ideas, con
el mismo humo, con los mismos dramas y con los mismos cangrejos.




III

SE ENCIENDE UNA ESTRELLA


Mi llegada a Madrid tuvo algo de bblica. Coincidiendo con ella,
apareci en el cielo una estrella resplandeciente. Una nueva estrella y
un nuevo microbio! Para que luego digamos que en Madrid no se descubre
nada!

La estrella en cuestin fue encontrada por el seor Roso de Luna, quien
ya haba encontrado otra algunos aos atrs y nos la haba presentado
familiarmente, como hubiera podido presentarnos una estrella de
_varits_: La modesta estrella que he tenido el honor de descubrir...

Cmo se las arreglar el Sr. Roso de Luna para encontrar tantas
estrellas? Yo he hecho numerosos viajes y jams me he tropezado con
ninguna. Bien es verdad que tampoco las he buscado, ignorando la
utilidad que pudieran reportarme.

El Sr. Roso de Luna encontr su estrella a las dos o las tres de la
madrugada, y se fue corriendo a la redaccin de un peridico para que
los lectores de la primera edicin tuvieran noticia del hallazgo. No s
cunto le habr dado por la estrella el popular colega. Yo, en el caso
del Sr. Roso de Luna, me habra ido con ella a Nueva York y se la habra
ofrecido a Mr. Hearst para cualquiera de sus numerosos peridicos. Mr.
Hearst, que es un especialista en patriotismo, podra as aadirle una
estrella a la bandera americana, aunque tal vez prefiriese explotar el
nuevo astro para hacer anuncios luminosos. Y si la necesidad me apuraba,
entonces hubiese llevado mi estrella a la Embajada alemana de Madrid.
Esos alemanes lo utilizan todo y pagan esplndidamente.

Yo me he sentido muy halagado al ver que a mi llegada se encenda una
nueva estrella en el cielo de Madrid. Desgraciadamente, la nueva
estrella result algo semejante al nuevo microbio, que todos creamos
espaol y que result proceder del centro de Europa. No acabamos de
descubrir nada por completo, ni en la regin de lo infinitamente
pequeo, ni en la de lo infinitamente grande. Nuestros nuevos astros y
nuestros nuevos microbios son, poco ms o menos, tan viejos como
nuestros nuevos polticos.




IV

UNA NUEVA TEORA DEL CLIMA


Qu tal le va a usted--me preguntan desde el extranjero--en ese hermoso
pas del sol y del cielo azul?

Pues en este hermoso pas del sol y del cielo azul nos pasamos la vida
tomando bromo-quinina para luchar contra el constipado. Madrid es uno de
los pueblos ms fros de Europa, y lo es por una razn muy sencilla: la
de que carece de aparatos de calefaccin. En Pars, como en Berln, y en
Londres como San Petersburgo, ha habido una poca en que el clima era
sumamente fro; pero, poco a poco, ha ido transformndose
artificialmente el clima natural de esas ciudades. Claro que no se ha
calentado la atmsfera; ello ofreca, de momento, dificultades
insuperables aun para la misma qumica alemana. Se han calentado, en
cambio, las viviendas, los establecimientos pblicos, los tranvas y
coches, etc., etc. Hoy puede afirmarse que, mientras los madrileos
tiritan, los berlineses y los londinenses pasan sus inviernos a una
temperatura media de 17 grados. En la Friedrichstrasse y en Oxford
Street har ahora, seguramente, ms fro que en la calle de Alcal;
pero no as en las casas de Oxford Street ni de la Friedrichstrasse. Y
como no es en la calle, sino en las casas, donde realmente se vive,
resulta que los madrileos son habitantes de un pas fro, mientras que
los londinenses y los berlineses lo son de pases clidos.

Con estos datos como base, se podra fundar una teora en contra de
aquella que estudia la influencia del medio natural sobre los hombres:
la teora del medio artificial. Esta nueva teora demostrara que el
carcter de cada pas depende de sus aparatos de calefaccin, y
semejante demostracin tendra una gran importancia porque nos llevara
a la conclusin siguiente: para acabar con las diferencias raciales que
separan a unos pueblos de otros, y que tanto han contribuido al origen
de la guerra europea, bastar que todo el mundo se caliente con el mismo
procedimiento de calefaccin y que ponga sus casas a una idntica
temperatura...

No tengo representacin bastante para fundar la teora que queda
esbozada, ni dispongo tampoco del tiempo necesario para ocuparme en un
asunto tan trascendental y tan poco lucrativo; pero que no me digan a m
que Espaa, por razn de su clima, ser siempre lo que es ahora. Que no
me digan que en este pas del sol y del cielo azul los hombres tendrn,
por los siglos de los siglos, una naturaleza perezosa, violenta e
incapaz de disciplina. Que no me digan, en fin, que el teatro de Ibsen
no ser comprendido nunca aqu porque es el teatro de un pas brumoso, y
que las leyes inglesas son tan inadaptables al carcter espaol como lo
son los impermeables ingleses al clima de Espaa.

Porque Espaa no es un pas clido nada ms que durante unos cuantos
meses al ao, y porque, desde que se han inventado los ventiladores
elctricos y la calefaccin central, no hay pases clidos ni pases
fros. El clima no existe ya como una determinante del carcter de los
hombres. Son, al contrario, los hombres quienes influyen sobre el clima.
Reconozcamos que, afortunadamente, Madrid comienza ya a preocuparse de
mejorar el suyo.




V

EL TIEMPO Y EL ESPACIO


Tengo un asunto urgente a ventilar con un amigo. Desde luego, el amigo
se opone a que lo ventilemos hoy.

--Le parece a usted que nos veamos maana?

--Muy bien. A qu hora?

--A cualquier hora. Despus de almorzar, por ejemplo...

Yo le hago observar a mi amigo que eso no constituye una hora. Despus
de almorzar es algo demasiado vago, demasiado elstico.

--A qu hora almuerza usted?--le pregunto.

--Que a qu hora almuerzo? Pues a la hora en que almuerza todo el
mundo: a la hora de almorzar...

--Pero qu hora es la hora de almorzar para usted? El medioda? La
una de la tarde? Las dos...?

--Por ah, por ah...--dice mi amigo--. Yo almuerzo de una a dos. A
veces, me siento a la mesa cerca de las tres... De todos modos, a las
cuatro siempre estoy libre.

--Perfectamente. Entonces podramos citarnos para las cuatro.

Mi amigo asiente.

--Claro que, si me retraso unos minutos--aade--, usted me esperar.
Quien dice a las cuatro, dice a las cuatro y cuarto o cuatro y media. En
fin, de cuatro a cinco yo estar sin falta en el caf. Le parece a
usted?

Yo quiero puntualizar:

--Digamos a las cinco.

--A las cinco? Muy bien. A las cinco... Es decir, de cinco a cinco y
media... Uno no es un tren, qu diablo! Supngase usted que me rompo
una pierna...

--Pues citmonos para las cinco y media--propongo yo.

Entonces, a mi amigo se le ocurre una idea genial.

--Por qu no citarnos a la hora del aperitivo?--sugiere.

Hay una nueva discusin para fijar en trminos de reloj la hora del
aperitivo. Por ltimo, quedamos en reunirnos de siete a ocho. Al da
siguiente dan las ocho, y claro est, mi amigo no comparece. Llega a las
ocho y media echando el bofe, y el camarero le dice que yo me he
marchado.

--No hay derecho--exclama das despus al encontrarme en la calle--. Me
hace usted fijar una hora, me hace usted correr, y resulta que no me
aguarda usted ni diez minutos. A las ocho y media en punto yo estaba en
el caf.

Y lo ms curioso es que la indignacin de mi amigo es autntica. Eso de
que dos hombres que se citan a las ocho tengan que reunirse a las ocho,
le parece algo completamente absurdo.

Lo lgico, para l, es que se vean media hora, tres cuartos de hora o
una hora despus.

--Pero fjese usted bien--le digo--. Una cita es una cosa que tiene que
estar tan limitada en el tiempo como en el espacio. Qu dira usted si
habindose citado conmigo en Puerta del Sol, se enterase de que yo haba
acudido a la cita en los Cuatro Caminos? Pues eso digo yo de usted
cuando, habindonos citado a las ocho, veo que usted comparece a las
ocho y media. De despreciar el tiempo, desprecie usted tambin el
espacio. Y de respetar el espacio, por qu no guardarle tambin al
tiempo un poco de consideracin?

--Pero con esa precisin, con esa exactitud, la vida sera
imposible--opina mi amigo.

Cmo explicarle que esa exactitud y esa precisin sirven, al contrario,
para simplificar la vida? Cmo convencerle de que, acudiendo
puntualmente a las citas, se ahorra mucho tiempo para invertirlo en lo
que se quiera?

Imposible. El espaol no acude puntualmente a las citas, no porque
considere que el tiempo es una cosa preciosa, sino, al contrario, porque
el tiempo no tiene importancia para nadie en Espaa. No somos
superiores, somos inferiores al tiempo. No estamos por encima, sino por
debajo, de la puntualidad.




VI

LA MUJER, PAS EXTICO


En Espaa hay conversaciones de hombres y conversaciones de mujeres. Los
asuntos de iglesia, por ejemplo, son asuntos de mujeres. No es que el
espaol odie la iglesia. Al contrario. Cuando se casa busca una mujer de
sentimientos religiosos. Le parece que la mujer debe tener sentimientos
religiosos, as como debe tener tambin ojos bonitos. Los sentimientos
religiosos son sentimientos de mujer. Sin ellos, la mujer no sera
verdaderamente femenina. Con que la mujer tenga sentimientos religiosos
para su propio adorno y para la dignidad del hogar, el marido ya est
satisfecho, y se va tranquilamente al caf, al teatro de _varits_ y
hasta a un casino republicano...

La poltica, en cambio, es cosa de hombres. La mujer que habla de
poltica en un crculo de hombres pasa por un marimacho, y al hombre que
habla de poltica delante de una mujer se le considera poco menos que
como si le hubiera hablado de poltica al jilguero. Positivamente, la
poltica espaola es bastante aburrida. Con esto, sin embargo, de
considerarla un tema para hombres solos, lo ser cada vez ms. Los
mismos articulistas polticos tendran que adoptar un estilo algo ms
ameno el da en que nuestra poltica pudiera comentarse en presencia de
seoras.

Pero de las conversaciones de hombres, la ms corriente es la que versa
acerca de las mujeres. En otras partes, apenas si los hombres hablan de
mujeres. La presencia constante de mujeres se lo impide. Ante ellas el
tema resulta intil e impracticable. Para qu se va a hablar de
mujeres? Mejor es hablar con ellas.

Los espaoles, en cambio, hablan de mujeres como pudieran hablar de
viajes:

--Yo he conocido una mujer una vez...

Y viene una descripcin que recuerda las descripciones de pases
exticos. Hay quien, al or el relato, tiene una sensacin as como la
de estar escuchando a un explorador que cuente sus aventuras en tierras
totalmente ignoradas...

Fuera de Espaa, ni los hombres le dan tanta importancia a las mujeres,
ni las mujeres le dan tanta importancia a los hombres. Unos y otras han
averiguado que se necesitan mutuamente y han decidido ponerse de
acuerdo. Y un acuerdo as es el que se impone en Espaa.

Porque mientras ese acuerdo no llegue a establecerse, no tan slo ser
la vida espaola una cosa inarmnica, sino que nadie tendr aqu manera
de hacer nada. La mujer constituir siempre para nosotros lo ms
importante de todo.




VII

LAS CASAS


No se puede vivir en Madrid--me dice un amigo--. Por qu no hace usted
un artculo contra las casas?

--Porque es imposible--le contesto--. Cmo quiere usted que yo haga un
artculo contra las casas en un sitio donde no las hay?

Pero, bien mirado, si en Madrid hubiera casas, no se necesitara
escribir contra ellas. Todos los defectos de las casas de Madrid se
condensan en uno solo: el de la escasez. Como no puede mudarse, el
inquilino tiene que transigir constantemente. Las casas madrileas son
malas y son caras porque son pocas. Claro que el Gobierno podra
intervenir en este asunto; pero yo confo ms en una nueva epidemia que
reduzca a un cincuenta por ciento la poblacin de nuestra capital.

Las casas de Madrid! Hace tiempo que yo me lanc a buscar una, y no
recuerdo haber experimentado jams mayores vejaciones.

--Hay calefaccin?--le pregunt a la portera de un inmueble donde se
alquilaba un cuarto piso.

Esta hiptesis pareci ofender gravemente la dignidad de aquella mujer.

--No, seor--me contest con orgullo--. Aqu estamos a la antigua
espaola...

Y, cuando yo llegaba ya a la esquina, despus de haberme despedido, la
portera me hizo volver sobre mis pasos.

--Qu ocurre?--exclam.

--Que ni _calefacin_ ni tampoco cuarto de bao--me respondi.

Dicho lo cual, la buena seora me dej plantado. En su cara se lea esa
satisfaccin que produce siempre el hecho de darle una leccin a alguna
persona impertinente.

Entonces me dediqu a explorar los barrios extremos, donde hay
edificaciones modernas. Tan modernas son estas edificaciones, que la
madera de que estn construidas, todava verde, se dilata con
voluptuosidad a los primeros efluvios de la primavera. Bajo el barniz de
mueca se siente circular la savia, y uno--hombre urbano y
prosaico--teme que las puertas se le cubran de follaje y que los pjaros
vengan a hacer sus nidos en el pasillo. Todas estas casas tienen
ascensor, y todos estos ascensores tienen un letrero que dice: No
funciona. En una, sin embargo, el ascensor careca de letrero, lo que
me hizo pensar muy mal del servicio.

--Esta casa es la que no funciona bien--me dije.

Y, dirigindome a la portera, la interrogu sobre el particular. Me
haba equivocado. El ascensor marchaba admirablemente, y para
demostrrmelo, la portera me asegur que tres das antes, aquella
perfecta maquinaria haba matado al inquilino del tercero.

--Por eso tenemos el piso libre--aadi.

La historia del piso no era muy seductora; pero un inquilino tiene que
estar en Madrid dispuesto a todo.

--Y cunto renta el piso desocupado?--inquir.

--Rentaba treinta duros; pero lo han subido a treinta y ocho. Qu
quiere usted! Es un piso muy bueno y tiene un ascensor magnfico...

Decididamente, no nos queda ms esperanza que la de una epidemia que
acabe con la mitad de los vecinos de Madrid. Claro que si esta epidemia
atacase tan slo a los caseros, no se necesitara que muriese tanta
gente.




VIII

PATRIOTISMO DE GNERO NFIMO


Yo creo que una cupletista es algo mucho ms patritico que un diputado
o que un senador. En todos nuestros teatros del gnero nfimo existe
algo as como un convencimiento vago, pero muy firme, de que la mujer es
una invencin exclusivamente espaola. A las extranjeras no se les
reconoce categora de mujeres. Son muy poco gordas, muy poco negras, muy
poco analfabetas. No tienen acento andaluz, ni mantones de Manila, ni
gracia gitana, ni nada...

--Soy espaola, ol!--canta una cupletista.

Y para afirmar su espaolismo, golpea fuertemente el tablado con un pie,
y se dedica, durante un ao, a hacer flexin de riones al comps de la
msica. Luego dice dnde ha nacido, que es: o en el barrio de
Maravillas, o en las Vistillas, o en Triana, o en Granada. A veces, y al
son de la jota, una cupletista se declara aragonesa; pero quin ha odo
de alguna que haya nacido en el distrito del Sr. Rahola? La Espaa del
gnero nfimo es muy limitada, y mi provincia, por ejemplo, la hermosa
provincia de Pontevedra, tan fecunda en navegantes, en polticos y en
cangrejos, no figura en ella...

--Soy espaola--insiste la cupletista.

Despus, en versos ms o menos congruentes, aade:

--De dnde iba a ser, si no? Dnde hay este garbo, esta sal, estos
andares, estas hechuras?...

El pblico va inflamndose poco a poco en un sentimiento mixto de amor a
la patria y de entusiasmo por la cupletista.

--Viva Espaa!--grita la chica al final.

--Viva!--contestan varias voces.

Pero no creo que nadie piense en Sagunto ni en Covadonga. Ya hemos dicho
en lo que consiste la Espaa del gnero nfimo: Maravillas, las
Vistillas, Triana, Granada... Si acaso, algo de Aragn. Y nunca Manresa,
ni Getafe, ni Santa Marta de Ortigueira, ni mil otros pueblos que pagan,
sin embargo, sus contribuciones al Estado y que cumplen la ley de
Quintas.

La seorita Mary-Focela ha introducido en este gnero de cupls una
variacin notable. Parece que sus versos eran stos:

    Lucho como una leona
    al grito de Viva Espaa!
    Y es que por mis venas corre
    la sangre de _Malasaa_...

Sabamos de cupletistas que luchaban contra gente extraa; sabamos de
otras que luchaban con saa; pero eso de Malasaa es todo un hallazgo.

    Lucho como una leona
    al grito de Viva Espaa!
    Y es que por mis venas corre
    la sangre de Malasaa...

Me imagino a la seorita Mary-Focela moviendo las caderas en un gesto de
luchadora. El pblico, vindola, ha debido tambin de sentir en sus
venas el flujo de una sangre heroica, capaz de todos los sacrificios.
Viva Espaa! Viva la gracia! Viva Mary-Focela!...




IX

LA HUELGA DE CUERNOS CADOS


Desengese usted--me deca un viejo aficionado--. Ya no hay toros...

El viejo aficionado, como todos los viejos aficionados, crea que los
toros se dividen en mansos y bravos, y que la especie de estos ltimos
est extinguindose. Por mi parte, yo he adquirido el convencimiento de
que todos los toros son igualmente mansos, y de que si en la plaza
tratan, a veces, de matar a los toreros, es por la misma razn en virtud
de la cual los toreros tratan--tambin a veces--de matar a los toros:
para entretener al pblico. Das atrs estuve en una ganadera. Los
toros pacan por all de una manera perfectamente buclica, dejndose
acariciar de los vaqueros y de los visitantes.

--Y stas son las fieras?--dije yo.

--Hombre!--me contestaron--. Qu quiere usted que hagan aqu? Ya las
ver usted en la plaza...

Esto de suponer que el toro no desarrolla su verdadera naturaleza de
fiera mientras no llega a la plaza, es algo as como imaginarse que el
tigre tampoco desarrolla la suya hasta que lo llevan a un circo. Si en
el interior de frica nos ensearan unos tigres muy sociables, y si ante
nuestra estupefaccin nos dijeran que esa sociabilidad era natural y que
espersemos a ver a los tigres en Price, esta contestacin nos parecera
bastante absurda. Pues igualmente absurda me pareci a m la
contestacin que me dieron en la ganadera sobre la ferocidad de los
toros.

No. El toro no es un animal ms feroz que el torero. Es, al contrario,
una bestia pacfica que ama la naturaleza y que sigue un rgimen
estrictamente vegetariano. Algunos se dejan lidiar, y el pblico los
llama bravos. Ahora, sin embargo, la mayora parece que van a declararse
en huelga. Yo he visto recientemente un toro que, a los dos minutos, se
dio cuenta de que todo en la plaza estaba organizado en contra suya y
adopt una actitud que pudiramos llamar de cuernos cados. Los toreros
corran detrs de l ensendole unas telas vistosas y llamndole con
sus voces ms dulces; pero todo era en vano. A veces, el toro se paraba
un instante y pareca que iba a dejarse conquistar. Unos toreros le
sonrean con sonrisa tentadora. Otros procuraban excitar su orgullo...
El toro reflexionaba un rato. Luego haca un movimiento de cabeza como
diciendo:

--No! Nunca!... Este negocio no me conviene...

Y segua su camino, insensible a todos los requerimientos.

Fue entonces cuando el viejo aficionado me dijo que ya no haba toros:

--Ya no hay toros. Ya no hay emocin. Vaya un veranito el que nos
espera!

Y yo, condolido, le di lo que consideraba un buen consejo.

--Vyase usted al Congreso--le dije--. Un viejo aficionado como usted no
lo pasar all del todo mal.




X

EXPERIENCIAS DE UN ATROPELLADO


Un amigo mo ha sido atropellado por un automvil.

--He tenido que pasarme quince das en cama--me deca este amigo,
contndome el percance--; pero ahora no les quedar ms remedio que
darme una indemnizacin.

--Error profundo!--exclam yo--. Lejos de valerte una indemnizacin, el
atropello te costar un ojo de la cara. Yo tambin he sido
atropellado--aad con orgullo--, y gracias a que la cosa me cogi con
algn dinero. Si llego a encontrarme desprevenido, a estas horas me
tendras an gimiendo amargamente en el fondo de una mazmorra.

Y para convencerle, le cont al amigo mi experiencia personal. Fue en
Barcelona, har cosa de unos dos aos. Estaban conmigo Luis Bello,
Eugenio Xammar, Wenceslao Fernndez Flrez, Gregorio Martnez Sierra y
Anselmo Miguel Nieto, cuando un automvil me atropell en la calle del
Conde del Asalto. El automvil llevaba una velocidad justa para
atropellar a los transentes, pero que, con arreglo a las Ordenanzas
municipales, resultaba excesiva. Fui transportado a una farmacia, y
mientras me curaban, apareci el _chauffeur_, bastante indignado. El
_chauffeur_ pretenda que su automvil no haba chocado conmigo, sino al
contrario, que yo haba chocado con su automvil.

--Usted--gritaba--se ha echado encima de nosotros.

--Pero con qu objeto?--le preguntaba yo.

A lo cual el _chauffeur_ haca un gesto vago como diciendo:

--Lo ignoro! Seguramente sera algn objeto inconfesable...

En vano yo le haca observar al _chauffeur_ que al atravesar la calle
del Conde del Asalto ni yo ni ninguno de mis amigos llevbamos exceso de
velocidad. El _chauffeur_ insista, y los espectadores comenzaban a
sospechar que yo era un hombre cruel dedicado a atropellar por gusto
automviles indefensos.

De la farmacia nos fuimos a la Casa de Socorro, y de la Casa de Socorro
a la Comisara. Entabl mi reclamacin y me fui a la cama, donde, a los
quince das, recib una comunicacin del Juzgado de Atarazanas.

--Por fin ha llegado la ma--pens.

Pero, al leer la comunicacin, sufr un horrible desengao. El juez me
citaba a las nueve de la maana para ver el estado de mis heridas, y me
amenazaba, en caso de que yo no acudiese a la cita, con una multa, con
la prisin o con el castigo a que hubiese lugar... Yo soy un
trasnochador impenitente. Para hacerme levantar temprano se han ensayado
conmigo todos los procedimientos, desde el despertador de campana al
jarro de agua fra; pero el de la multa y el de la prisin eran
totalmente inditos. Qu iba a ser de m si no me levantaba? Y todo
porque en un momento de distraccin me haba dejado atropellar por un
automvil...

Le escrib al juez informndole de mis costumbres. Adems--le deca--,
para qu quiere usted ver mis heridas? Si estn curadas, no vale la
pena de que usted las vea, y si no lo estn, me ser difcil abandonar
la cama para ir a enserselas a usted. En realidad de verdad, debo
comunicarle a usted que mis heridas son bastante leves, por lo cual
espero que no me tratar usted con excesivo rigor. Me he dejado
atropellar, lo reconozco; pero he procurado que me atropellasen lo menos
posible, y mi delito no tiene, por lo tanto, una gran importancia. En lo
sucesivo, har todo cuanto est en mis manos para que no vuelvan a
atropellarme.

Ignoro si esta carta lleg a poder del juez, pero yo recib una segunda
citacin mucho ms conminatoria que la primera. Me vi ya en presidio. Me
vi deshonrado para toda la vida, y hu abandonando cuanto tena entre
manos.

Y luego de relatarle estos hechos al amigo que me los record, le dije:

--Desengate. Cuando en este pas le atropellan a uno, no hay ms
remedio que callarse. Si uno no se calla, los atropelladores, para
justificar el atropello, vuelven a atropellarle. A veces le atropellan a
uno los _chauffeurs_. A veces, los ministros. Si quieres que no te
atropellen, yo slo veo un camino para ti: el de que te conviertas, a tu
vez, en atropellador.




XI

LA JUERGA HEROICA


Antes de la guerra europea no haba _cabarets_ en Madrid ni pareca que
pudiese nunca llegar a haberlos. Cuando varios hombres coincidan de
madrugada en un mismo _restaurant_, solan lanzarse unos contra otros en
batallas ms o menos descomunales. La juerga tena entonces entre
nosotros un sentido heroico que la ennobleca. Para tomarse una racin
de calamares pasadas las doce de la noche, haca falta un nimo sereno,
a ms de un estmago excelente, y aunque algunos fisilogos sostienen
que estas dos cosas van juntas y que el valor se deriva del buen
funcionamiento gstrico, yo s de muchsimas personas que se han
acostado con hambre en Madrid, no por carecer de dinero, sino por
carecer de arrojo. Los dueos de _restaurants_ nocturnos veanse
obligados a dividir sus establecimientos en una especie de
compartimientos estancos a fin de contener el mpetu de los comensales.
Cada uno de aquellos compartimientos era algo as como una pequea
fortaleza en donde el trasnochador se encontraba relativamente a salvo
de agresiones. El juerguista madrileo tena que atrincherarse con la
elegida de su corazn. Cmo concebir, en aquellos tiempos belicosos,
que llegase un da en el que los madrileos pudieran mezclarse en una
sala bien iluminada donde hubiese _weine, weibe und gesang_, esto es,
vino, mujeres y canciones?

Pero estall la guerra, y a medida que se cerraban _cabarets_ en Europa,
comenzaron a abrirse _cabarets_ en Madrid. Es decir, que los espaoles
dejamos de pelearnos precisamente cuando empezaba a pelearse todo el
resto de la Humanidad... Por aquel entonces llegu yo a Madrid, y una
noche, en un _restaurant_, me qued asombrado al ver que los hombres no
se arrojaban unos a otros objetos de vidrio ni de porcelana. Y eso que,
indudablemente, todos estaban all de buen humor y todo el mundo tena
ganas de divertirse!... Haba en el _restaurant_ unas cuantas francesas
que, tratadas algo a fondo, resultaban ser de Zurich o de Rotterdam;
haba otras mujeres que se declaraban vienesas, pero sin darle a esta
declaracin un carcter irrevocable, porque si uno insista, decan que
haban salido muy chicas de Viena, y que, en realidad, eran de Dresde
o de Leipzig. Estas mujeres venan a constituir algo as como la resaca
de Europa. La guerra las haba arrojado a estas playas pintorescas, y
aqu siguen, ya algo familiarizadas con las costumbres de los indgenas.

Y a estas mujeres--una docena escasa que forman la base de todos los
_cabarets_ que se inauguran en Madrid y que son siempre las mismas en el
espacio, ya que no puedan serlo en el tiempo--es a las que se debe esta
transformacin radical que se ha operado en nuestras costumbres. Gracias
a ellas, uno puede entrar hoy de noche en cualquier caf sin revlver,
llave inglesa ni bomba de mano. La menos parisiense, la menos vienesa,
la menos joven y la menos elegante de todas ellas, ha hecho ms para
identificarnos con Europa que todos los profesores que han venido aqu
en viaje de propaganda. Y yo creo firmemente que sera cosa de
pensionarlas o, por lo menos, de darles una condecoracin.




XII

JULIO ANTONIO


Las gentes que, en hace cosa de tres meses, desconocan a Julio Antonio
y que, hace cosa de un mes, le adoraban frenticamente, van ahora a
contemplar sus bustos de la raza como iran a ver la obra de un clsico.
Pobre Julio Antonio! Qu es lo que se estuvo esperando tanto tiempo
para hacer su consagracin? Una obra definitiva?... Yo tengo la
sensacin de que se estuvo esperando ms bien al dictamen mdico. Aos
atrs, Julio Antonio haba hecho cosas tan buenas como la estatua
yacente, o tal vez mejores; pero, entonces, el artista no estaba an
completamente desahuciado. Con un poco de dinero hubiera podido, quizs,
reponerse del todo y, un genio en buena salud, es siempre cosa
peligrosa. Qu diran los viejos escultores, cuyas manos se han
encallecido modelando levitas de barro, guerreras, fajines, gabanes de
pieles y otras prendas ms o menos suntuarias? Y no hablemos de la
juventud. El caso de un muchacho que no sigue los cnones oficiales, ni
adula a los ministros y que triunfa por sus propios mritos, tiene,
forzosamente, que constituir para ella un ejemplo desmoralizador...

Lleg, sin embargo, para Julio Antonio el da del xito, y fue un xito
como no se recuerda otro. Las marquesas se mezclaban con las nieras y
las criadas de servir, haciendo cola a la intemperie, durante horas y
horas, para ver aquella obra, de la que se contaban tantas maravillas.
Fue el Rey, fueron los ministros, fueron los acadmicos, fueron los
obispos y los generales.

Los peridicos por aquellos das hablaban de Julio Antonio con tanta
extensin como si se tratara del propio Belmonte. Todo eran plcemes,
sonrisas, invitaciones, encargos... Yo, en el caso de Julio Antonio, me
hubiese alarmado sobremanera.

--Tan malo estoy?--me hubiese dicho.

Y Julio Antonio, que realmente estaba muy malo, se muri. Probablemente
hubiese podido tirar todava una temporada; pero, yo no s si por
amabilidad o por buen gusto, se muri en plena apoteosis. Hizo bien! De
no morirse, le habran nombrado acadmico. Le habran obligado a hacer
estatuas de filntropos repugnantes, de generales a caballo, de
polticos de levita. Hubiera tenido que modelar, con todo su parecido
vulgar y rampln, la cara del hijo ilustre de cada ciudad, que,
generalmente, es el cacique de la misma. Hubiese tenido que cambiar su
amplio chambergo por una chistera, y su vida bohemia por una vida seria
y respetable, y su arte libre por el arte oficial. Hizo bien en morirse,
y, adems, haca ya tanto tiempo que no se mora aqu nadie
romnticamente!...

Pero, a los que vienen detrs, yo no les aconsejara que siguiesen el
mismo procedimiento.

Se le organiz un banquete al que solo yo me negu a ir. No
ir--dije--, y no porque yo sea un hombre de esos que vacilan mucho
antes de asistir a un banquete, sino, al contrario, porque no suelo
vacilar nunca. Me basta que un amigo estrene un drama cualquiera, que
publique una novela, o, simplemente, que sea nombrado ministro, para que
yo me apresure a acudir al inevitable banquete de homenaje; pero Julio
Antonio est en un caso muy distinto.

Si Julio Antonio hubiese hecho una estatua del conde de Romanones,
vestido de chistera y levita, un monumento a las vctimas del 8 de
diciembre o un grupo dedicado a los hroes del 13 de abril, yo le
banqueteara sin inconveniente ninguno. La tortilla sera tan mala como
de costumbre, y, sin embargo, yo me resignara a comerla pensando que no
haba desproporcin alguna entre ella y el objeto en cuya conmemoracin
se haba confeccionado. Vera en el local a algn ministro ms o menos
solemne, oira leer cartas y telegramas de adhesin, escuchara
discursos llenos de lugares comunes y todo me parecera que se
deslizaba en una armona perfecta y que era completamente natural. Pero
Julio Antonio no ha hecho una obra cualquiera. No ha hecho una cosa
pasable, una cosa mediana, ni una cosa buena, sino, muy probablemente,
una cosa genial. Y yo, que no tendra inconveniente alguno en
banquetearle si le considerase una ostra, y que quizs le banquetease
tambin aunque le supusiera algn talento, me niego terminantemente a
banquetearle despus de haber visto esa maravillosa estatua yacente que
expone en el edificio de la Biblioteca Nacional. Es decir, que yo no le
rindo homenaje a Julio Antonio por la simple razn de que Julio Antonio
no es un imbcil; y esto, que quizs parezca un rasgo de humorismo, no
es, despus de todo, ni ms ni menos que lo que se viene haciendo en las
llamadas esferas oficiales.




XIII

LA PIEDRA FILOSOFAL


Don Germn Botella, joven fsico alicantino, asegura que ha encontrado
un procedimiento para obtener oro descomponiendo el mercurio, y nos
ofrece pruebas. Por qu no nos ofrece algunos billetes de mil pesetas?
Repartiendo oro, el Sr. Botella nos podra convencer fcilmente de
cualquier cosa; pero, sobre todo, nos podra convencer de que tena oro.
En cuanto a que el oro lo extrajese del mercurio o de alguna Embajada,
ello sera para nosotros perfectamente secundario.

Perdone el Sr. Botella esta observacin de un profano, y no me desprecie
demasiado por ella. Si l considera el oro desde un punto de vista
puramente cientfico, tal vez no haya entre l y yo tanta diferencia
como pueda parecer a primera vista. Para m, seor Botella, el oro es
tambin una teora...

Pero el Sr. Botella debe prepararse a que la noticia de su
descubrimiento sea acogida con algn escepticismo. Ah es nada
encontrar oro en Espaa! Al mismo tiempo que el Sr. Botella, hemos
estado buscndolo veinte millones de espaoles y no hemos logrado an
pasar de la calderilla. Lo hemos registrado todo sin xito ninguno, y
aunque sabemos que el oro espaol est prodigiosamente escondido, se nos
hace un poco fuerte eso de creer que, para librarlo de nuestras
pesquisas, sus acaparadores lo hayan mezclado con mercurio.

Por lo dems, si el descubrimiento del Sr. Botella resultase cierto,
vendra a constituir, en cierto modo, una reivindicacin para los
falsificadores, quienes cuando necesitan dinero no hacen dramas,
crnicas ni novelas, como los literatos, sino que hacen dinero. El seor
Botella necesitaba oro--con un fin econmico o con un fin cientfico--,
y en vez de ponerse a hacer literatura, a hacer sillas o a hacer
chaquetas, se ha puesto directamente a hacer oro. Tome ejemplo el lector
espaol, y si no puede hacer oro, trate, por lo menos, de hacer
billetes.

Por mi parte, yo me alegrara mucho de que el descubrimiento del Sr.
Botella fuese realmente eficaz. Si se puede sacar oro de ese metal
extrao, fro y teraputico que se llama mercurio, todo el mundo tendr
oro prximamente. Por lo menos, todo el mundo tendr oro en una
proporcin equivalente a su cantidad de mercurio. Claro que entonces el
oro perder casi toda su importancia; pero por eso precisamente es por
lo que yo, con una intencin algo bolchevique, digo que me alegrara...




XIV

LA PESETA


Que ha subido el precio de los alquileres? Que las patatas estn por
las nubes? Que el calzado cuesta un ojo de la cara?... Nada de eso. Es
que la peseta ha perdido su capacidad adquisitiva.

Tericamente, las patatas estn donde estaban; pero la peseta no puede
ya adquirirlas con tanta facilidad como antes. Antes se reunan quince o
veinte pesetas, se iba a una tienda y adquirase en el acto un par de
zapatos bastante aceptables. Ahora, para realizar la misma empresa, se
necesitan sesenta pesetas, por lo menos. No es que el coste del calzado
haya aumentado, aunque tal crean los profanos en cuestiones econmicas.
No. Es que la peseta ha perdido su capacidad adquisitiva.

Los profanos en cuestiones econmicas pueden decir que esto es igual, y,
en efecto, es igual. Es igual prcticamente; pero, y la teora?

Por mi parte, cuando yo crea que los alquileres estaban muy caros, me
resignaba a vivir en un piso deficiente; pero desde que s que los
alquileres no han sufrido aumento alguno de precio, mi resignacin es
imposible. Cmo voy a resignarme a pagar muy cara una casa que,
tericamente, es muy barata? Cmo voy a resignarme a que mis pesetas
hayan perdido su capacidad adquisitiva?

El caso es que, con una peseta, yo sigo adquiriendo diez perras gordas
siempre que quiero. La capacidad adquisitiva de las pesetas, con
respecto a las perras gordas, es la misma de siempre, y, con respecto a
las monedas extranjeras, es mucho mayor de lo que haya podido serlo
nunca. Con una peseta se adquieren hoy numerosos marcos, abundantes
coronas y liras a profusin. Patatas, en cambio, se adquieren
poqusimas. La peseta ha perdido su capacidad adquisitiva, pero
nicamente para las cosas, lo que equivale a afirmar que es todo el
dinero el que ha perdido capacidad de adquirir.

Y el partido socialista protesta!... Indudablemente, no existe en
nuestra poltica otro partido tan burgus. De qu se trata, seores,
ms que de que el dinero pierda su capacidad adquisitiva? Antes, con las
pesetas se compraban patatas. Ahora, con las patatas hay ya quien se
dedica a acaparar pesetas. Y, dentro de poco, en vez de pesetas, los
hombres utilizarn para sus transacciones patatas, chorizos, rodajas de
salchichn y cigarrillos de cincuenta.




XV

ESCULTURA KODAK


En cierta avenida del Retiro hay un grupo escultrico dedicado a D.
Ramn de Campoamor. El pblico, generalmente, lo contempla con
admiracin, y esto es muy lgico. Para qu son los monumentos ms que
para admirarlos?

--Qu naturalidad!--le o decir un da a una seora en presencia de
aquellas figuras--. Parece que estn hablando!

Y, en efecto, parece que estn hablando. El artista ha dispuesto su
grupo como si fuera a hacer una instantnea al centsimo de segundo.
Aqu las personas mayores. Los nios delante y en pie. Esta cabeza un
poco ms a la derecha... Clik!...

Don Ramn aparece sentado en un banco sobre el cual ha dejado unos
guantes de mrmol y una chistera del mismo material. Tiene unas botas de
cartera cuyo precio en mrmol ignoro, pero que, en cabritilla o
tafilete, ha debido oscilar alrededor de las veinticinco pesetas. Estas
botas no han llevado nunca tapas ni medias suelas; conservan todos sus
botones, y, probablemente, son unas botas recin estrenadas. En cuanto
a la chistera, de mrmol, como hemos dicho, es maciza, y seguramente no
pesa menos de treinta kilos. Cmo se las arreglara el poeta, ya
anciano y sin fuerzas, para saludar con un instrumento tan pesado?

No se indigne el autor del monumento por estos clculos que yo hago
sobre la densidad de la chistera campoamorina. O somos realistas, o no
lo somos. Uno no puede, a voluntad del artista, fijar su atencin en
tales detalles y apartarla de tales otros. El autor parece haber puesto
un gran inters en hacernos observar que las botas del poeta tienen seis
botones cada una. Cmo podr luego pasarnos inadvertido el peso de
aquella chistera tan ostensible? Y adems, qu hace all aquella
chistera, ya que el poeta est descubierto?

Si la escultura representa la eternidad, puede decirse que D. Ramn de
Campoamor ha entrado en ella como si no fuera a permanecer ms que unos
breves instantes. Ha entrado de paso en la eternidad, con unas botas de
cartera, y ha dejado al alcance de la mano, para cuando llegue el
momento de retirarse, su chistera de mrmol y sus guantes del mismo
material. A m me da la idea de que ha ido en tranva y de que est all
un poco azorado, como en una visita de cumplido. Sus personajes--la
anciana de la cofia, la nia que tiene el pecho de cristal, etc.--le
rodean, y segn deca la admiradora desconocida, parece que estn
hablando. Parece que estn hablando y hablando en prosa, y esto es lo
malo, porque en escultura no se debe hablar. Parecen, en fin, un grupo
fotogrfico de escultura _Kodak_.

Algunas veces yo haba acariciado el propsito de ser un grande hombre,
como tantos otros; pero ahora he resuelto renunciar definitivamente a
semejante idea. Mientras la inmortalidad sea una cosa tan parecida a la
vida corriente, y mientras en ella deba uno preocuparse tambin del
almidonado de la tirilla, no creo que valga la pena ser inmortal.




XVI

UN ADMIRADOR


Parece que hay escritores a quienes el pblico anima dirigindoles, con
ms o menos frecuencia, cartas de aprobacin. Conmigo, sin embargo, este
caso se da muy raramente, y si yo me hago la ilusin de ser ledo por
alguien, es, tan slo, gracias a ciertas almas piadosas que de vez en
cuando me envan misivas insultantes a propsito de mis artculos. Yo
enseo estas misivas y consolido con ellas, ante las Empresas, mi
posicin y mi prestigio.

--No dirn ustedes--exclamo--que mis trabajos pasan inadvertidos o que
no hacen mella. Aqu hay un seor que me llama animal, y otro que me
anuncia un garrotazo en la cabeza. Creo que el xito no admite dudas...

Pero, recientemente, me ha salido un admirador, un verdadero admirador,
en la provincia de Guadalajara. Soy--me viene a decir este hombre
magnfico--uno de sus lectores ms asiduos y ms inteligentes, y me he
suscrito a _El Sol_ con el nico objeto de ver los artculos de
usted...

Y desde entonces, yo no puedo escribir, porque la imagen de mi admirador
me obsesiona por completo. Se me ocurre un asunto bonito, cojo la pluma
e inmediatamente me digo:

--Le gustar este tema al seor de Guadalajara?

Yo tengo la sensacin de que escribo nicamente para este seor, y no
quisiera defraudarle. Este seor vive en un pequeo pueblo de la
provincia, donde, por desgracia, yo no he estado nunca. Ignoro en
absoluto la ideologa local, y esto pone en mi trabajo dificultades
enormes. De buena gana me pasara varias noches en claro leyendo, con
unas gafas muy gordas, unos volmenes muy grandes, si a esta costa
pudiera llegar a conocer las opiniones polticas, estticas y religiosas
que predominan en el distrito. Por desdicha, la cosa es imposible, y yo
temo siempre desilusionar a mi admirador. Tal prrafo que acabo de
escribir creo que le parecer vulgar, y lo borro. Pongo en tensin todos
mis nervios hasta que se me ocurre una cosa ms fina, y entonces me
asalta un pensamiento terrible.

--Entender esto mi admirador?--me pregunto--. No resultarn estas
consideraciones demasiado sutiles para un pueblo de pocos vecinos?

Verdaderamente, el seor de la provincia de Guadalajara ha tenido una
idea bien peregrina cuando se ha decidido a admirarme. Ahora comprendo
por qu tantos escritores malos tienen tantos y tan buenos admiradores.
Con dos admiradores ms, yo me volver completamente idiota.




XVII

LITERATURA PATOLGICA


Desgraciadamente, en la literatura espaola no hay ms que genios. Ese
tipo de escritor culto, ponderado, sano, inteligente y bien nutrido, que
Lemaitre considera superior al genio y del que pone como ejemplo a
Anatole France, no existe entre nosotros. Todos nuestros escritores
pertenecen a la categora genial. Yo mismo, en mi pequesima escala,
qu duda cabe de que tambin soy un genio? Y esta literatura de genios
en chico viene a ser algo as como un grupo de tullidos que, a la puerta
de una iglesia, le pidiesen dinero al pblico mostrndole sus diversas
monstruosidades.

Cuando, en algn escaparate, yo veo un libro mo entre los libros de
otros autores espaoles, tengo la sensacin de encontrarme en una sala
de hospital esperando, con mis compaeros de dolor, la visita de alguna
seora vieja que no sepa en qu matar el tiempo. La literatura espaola,
en efecto, no es ms que una serie de enfermedades, debidas,
generalmente, a trastornos sexuales o a defectos de nutricin. El uno
est enfermo del hgado. Al otro se le forman cidos en el estmago.
Este se encuentra amagado de parlisis general progresiva y tiene
delirio de grandezas. Aqul padece del bazo... Hay escritor que perdera
todo su inters en cuanto se le aplicasen unas cuantas inyecciones de
algn producto ms o menos alemn, o en cuanto se le sometiese a un buen
rgimen alimenticio. Y, en realidad, este ltimo caso ya se ha dado
varias veces. Cuntos muchachos que comenzaron haciendo cosas
interesantes no se volvieron idiotas tan pronto como se los llam a un
buen peridico y se les dio un buen sueldo? Los directores no se
explicaban la causa, y, sin embargo, era una causa muy fcil de
comprender: esos muchachos nunca haban tenido talento. Lo que haban
tenido era hambre. Con el estmago normalizado, quedaban al nivel del
ms vulgar empleado de Hacienda...

Cosa terrible esta de ser un pequeo monstruo y de darse cuenta de
ello! Horrenda cosa la de saber que nuestra genialidad puede tratarse
mdicamente como un flemn o como una enfermedad de los riones!... Pero
hay algo peor an en nuestra literatura: los aprensivos, esto es, los
enfermos de enfermedades imaginarias, que, siendo perfectamente tontos,
se creen atacados de genialidad...




XVIII

UNA TEMPESTAD EN UNA TAZA DE TE


Un distinguido escritor--deca yo en _El Sol_--se queja de que los
espaoles hayamos adoptado la costumbre inglesa de ponerle una hache al
te. A esto contesta el Sr. Salaverra afirmando que yo miento, porque
l no ha dicho nunca que los espaoles hubisemos adoptado semejante
costumbre. Y he aqu por dnde vengo a enterarme de que el Sr.
Salaverra lo ha dicho.

Yo no he nombrado al Sr. Salaverra, no he dado ninguna de sus seas
personales ni he reproducido ningn prrafo suyo. Y si el Sr. Salaverra
no hubiese dicho que los espaoles habamos adoptado la costumbre
inglesa de ponerle una hache al te, para qu iba a decir ahora que no
lo haba dicho?

Al decir que no lo ha dicho, el Sr. Salaverra dice que lo ha dicho. Y
si, diciendo que lo ha dicho, resulta que no lo ha dicho, entonces es el
Sr. Salaverra quien falta a la verdad, cometiendo as una accin tan
indigna de l como de m, porque el Sr. Salaverra tambin es
inteligente y tambin es chistoso. (Los chistosos inteligentes--escribe
el Sr. Salaverra--no necesitan recurrir a la mentira.)

Lo que ms le ha molestado al Sr. Salaverra, al creerse aludido por m,
es el que yo le atribuya un concepto desdeoso hacia la hache britnica.
Yo ignoro muchas cosas--dice--. Sin embargo, conozco la importancia que
tiene la hache para los ingleses. Pues bien, Sr. Salaverra, todo ha
sido una broma. La hache no tiene para los ingleses importancia ninguna.
El hombre que verdaderamente le ha dado importancia a la hache ha sido
usted. Por ella, Sr. Salaverra, no ha vacilado usted en arremeter
contra un viejo amigo como yo, llegando hasta a decirme que involucro.
Oh hache!... Tienes nombre de mujer...




XIX

LA TAZA DE TE


Por si a algn lector le interesa, reproducimos el artculo que ha dado
origen a la nota anterior.

Un distinguido escritor se queja de que los espaoles hayamos adoptado
la costumbre inglesa de ponerle una hache al te. Por mi parte, y aunque
he vivido varios aos en Londres, desconozco totalmente esta costumbre.
En la gran metrpoli he tomado te de la China y te de Ceyln. He tomado
te con leche y te con limn. He tomado te con _scones_, y con _mufirs_,
y con pan y manteca, y con toda clase de bocadillos, pero no recuerdo
haber tomado nunca te con hache. All no hay ms te con hache que el
_The Thimes_. Los otros tes, como no lleven la hache dentro de algn
bocadillo, se toman siempre sin ella, y, muchas veces, tambin se toman
sin azcar.

El escritor a quien me refiero ignora, probablemente, toda la
importancia que tiene la hache en Inglaterra. En Inglaterra la hache
tiene una importancia social verdaderamente formidable. Es, como si
dijramos, una letra de lujo. Las clases cultivadas la aspiran
orgullosamente, pero el pueblo no la pronuncia. Aunque, de derecho, la
hache sea all una letra tan popular como cualquier otra, de hecho no
existe para el pueblo. Y ahora, cuando, cargados de impuestos, los ricos
ingleses son cada da ms pobres, y cuando, mejorados sus salarios, los
pobres ingleses son cada da ms ricos, qu barrera es la que, en
Inglaterra, separa a unas clases sociales de otras? La hache... Y
mientras una revolucin no destruya esa letra aristocrtica, yo, como el
Sr. Vzquez Mella, no podr creer que la democracia inglesa es una cosa
perfecta.

En Espaa, pas de los viceversas, son slo algunos pobres campesinos
andaluces quienes pronuncian la hache. Las dems gentes se limitan a
usarla como un elemento decorativo, y mientras unas se la echan al te,
otras se la ponen a las toallas. Qu ms da? Pero conste que la hache
con que algunos espaoles amenizan su te no es inglesa, ya que los
ingleses escriben _tea_, que pronuncian _ti_. Convengo en que a muchos
incautos, un te con hache les parecer ms ingls que sin ella. No
obstante, yo sospecho que esa hache es de manufactura catalana, y, en
vez de combatirla estrilmente, creo que debiramos unir nuestras
fuerzas a las de un seor que en un gran hotel protestaba, das atrs,
contra la frase _five o'clock_, empleando una argumentacin llena de
lgica.

--No somos espaoles?--deca aquel caballero--. No estamos en Espaa?
Y entonces, por qu hemos de llamarle _five o'clocks_ a los
bocadillos?




EN LA TIERRA DE LOS POLTICOS




I

EL VIAJE


De cada mil gallegos puede decirse que han estado en Buenos Aires lo
menos novecientos. En cambio, apenas si dos o tres se habrn atrevido a
llegar hasta Madrid. Hay muchas razones que expliquen este hecho; pero
la principal es que, para ir a Buenos Aires, un gallego no necesita ms
que veintitantos das; y qu son veintitantos das comparados con la
eternidad? (Por eternidad, naturalmente, yo entiendo, en este caso, el
viaje a la villa y corte.)

Al gallego, hombre de espritu aventurero, no le arredra la
incertidumbre de su porvenir en tierras de Amrica, ni le atemorizan los
peligros del inmenso Trtaro. Va a Buenos Aires por afn de ver mundo,
aun suponiendo que, una vez all, no se har millonario ni nada, y que,
al volver, no podr darse el pisto de fundar un hospital, ni un grupo
escolar, ni siquiera una modesta fbrica de conservas. Va a hacer de
dependiente, de criado, de cochero, de lo que sea... En cambio, cuando
un gallego se arriesga a ir a Madrid, es con el propsito firme de
llegar a ministro. Cualquier otro cargo inferior a ste no le
compensara de las fatigas del viaje...

Yo no he sido ministro todava; pero mis paisanos no desesperan de que
llegue a serlo. Si yo me dedicara en Madrid a hacer sillas, mis paisanos
creeran que las haca para conseguir una cartera. Hago artculos, y no
se imaginan que pueda hacerlos ms que para trabajar mi nombramiento. En
Galicia se admite el que uno sea original, pero no hasta el punto de ir
a Madrid para no volver de ministro...

Y, probablemente, mis paisanos tienen razn. El viaje entre Madrid y
Galicia no se debe hacer ms que con un ideal muy grande. Cuando yo
vena hacia ac, me encontr en el tren con mi compaero Domnguez
Rodio, quien se propona tomar en Vigo un vapor hasta msterdam para
entrar luego en Alemania y ver si desde all poda trasladarse a Moscou.

--Es un viaje penoso--me deca Rodio.

--Bah!--le contestaba yo--. La dificultad est en llegar a Vigo. Lo
dems es un paso.

Ya en Vigo, Rodio pareca un poco arrepentido de su proyecto.

--Va a ser una lata--exclamaba--eso de atravesar ahora la frontera de
Rusia. Al salir de Madrid yo estaba mucho ms animado.

--Cosas de la edad. Entonces era usted bastante ms joven.

Por qu marchar tan despacio el tren de Madrid a Galicia? Algunos
hablan de falta de carbn; pero esto es inexacto. En los respaldos y en
las almohadillas de los asientos hay carbn a toneladas. Este carbn,
admirable depsito de calrico, mantiene los coches a una temperatura
elevadsima. Yo cre que no lograra nunca sacarme de encima todo el
carbn del viaje. Al llegar a Vigo me miraba al espejo y me costaba gran
trabajo reconocerme como un individuo perteneciente, en relacin ms o
menos directa, a la gran familia aria.

--Que un hombre del tronco indogermnico llegue a verse as!--exclamaba
para mis adentros.

Y, blandiendo un spero estropajo, yo pensaba que, para hacer de Espaa
un todo ordenado y armnico, puede haber varios procedimientos; pero que
el primero debe consistir en unir materialmente unas regiones con otras
construyendo caminos y ferrocarriles que anden.




II

LOS POLTICOS


Galicia es una tierra de sardinas y de polticos. Las sardinas nacen
unas de otras, y los polticos, tambin. Para ser un poltico gallego,
lo primero que se necesita es ser pariente de otro poltico gallego. El
hijo de un gran poltico gallego tiene, desde su nacimiento, categora
de ministro; el sobrino tiene categora de subsecretario o de director
general, y as sucesivamente. Y cuando uno no es hijo ni sobrino de
ningn poltico gallego--cosa rara, dada la portentosa facultad de
reproduccin que caracteriza a esta especie--, entonces tiene uno que
hacerle el amor a una de sus hijas o a una de sus sobrinas. Huelga
advertir que a los que emparentan por este procedimiento con los
prohombres de la poltica se les llama parientes polticos.

Luego, el nuevo poltico se va a Madrid y comienza a pedir. Pide
muelles, drsenas, puentes, carreteras, grupos escolares, lo que haya!
Un da, pasendome por los pasillos del Congreso con un prcer de la
poltica, vimos aparecer a lo lejos la figura de un diputado paisano
mo.

--Vamos a darle esquinazo--me dijo el prcer--; porque, en cuanto me
descuide, ese hombre me saca un puerto...

Hay quien le concede mucha importancia a un puerto, aunque slo sea de
trescientas o cuatrocientas mil pesetas. Sin embargo, es mucho ms fcil
que un amigo le d a uno un puerto que no una escribana de bronce. A
veces, para captarse la buena voluntad del ministro, el diputado
pedigeo le regalaba una caja de puros. Una caja de puros por un
puerto! Otras veces no haba puertos disponibles.

--Un puerto! No le sera a usted igual un puente?

--Hombre! Yo les he prometido un puerto...

--Es que la consignacin para esa clase de obras est completamente
agotada. Anmese usted y llvese un puente. Podemos darle uno magnfico.

El diputado iba resignndose.

--Si, a lo menos, tuvisemos un ro...--exclamaba, ya medio convencido.

Y, al final, acababa por llevarse el puente, ya que el caso era llevarse
algo.

Se le daba un puente al pueblo que necesitaba un puerto, y el que
esperaba el puente tena que arreglrselas con un grupo escolar. El
marqus de Riestra, padre espiritual de todos los polticos gallegos,
aportaba a las obras sus maderas, sus ladrillos, su cemento y sus otros
materiales de construccin. Los pueblos, agradecidos, hacan fiestas.
Los diputados salan reelegidos, y todo el mundo estaba contento.

Al ver ahora todas estas carreteras, todas estas escuelas, todos estos
muelles y todas estas drsenas, yo tengo la sensacin de que alguien
est de das y que los amigos y parientes le han llenado la casa de
objetos intiles y aparatosos. Veinte escribanas, una docena de
bastones, otra docena de paraguas, quince pitilleras, doscientos
cubiertos de plata Meneses!... Con la falta que, a lo mejor, le hace al
festejado un gabn de invierno o una mesa de despacho!...




III

LA GRACIA GALLEGA


Cuando un andaluz se pone a decir: Vamoj, hombre! Mardita zea! Mijte
quej grande!, y todo el mundo le escucha con gran contentamiento, como
si dijera algo sumamente ingenioso, yo me abismo en amargas reflexiones.

--He ah un hombre con gracia--me digo--. Y pensar--aado--que si ese
hombre hubiese nacido en la provincia de Pontevedra no tendra gracia
ninguna!...

A un pontevedrs, en efecto, le es mucho ms difcil caer en gracia que
a un sevillano. Desde luego, como no se le ocurra nada ms que decir:
Vamos, hombre! Maldita sea! y Mire usted que es grande!, el
pontevedrs ir a un fracaso absoluto. El pontevedrs no tiene gracia de
nacimiento. Las gentes le exigen una gracia de concepto, mientras que al
andaluz le basta con el acento. Si se le hubiese quitado el acento a las
obras de los hermanos Quintero, haciendo que sus personajes vocalizaran
todas las letras con arreglo a la prosodia oficial, los hermanos
Quintero no hubiesen entrado nunca en la Academia. Y dicen que la
Academia est destinada a velar por la pureza del idioma!...

Indudablemente, los gallegos no tenemos pblico. Frecuentemente, cuando
uno dice que es gallego, nota en el auditorio un deseo as como de
contestarle:

--Hombre, no! Eso ser una aprensin de usted...

Conmigo nadie ha llegado a este extremo; pero a veces me han dicho:

--Gallego? Pues nadie lo creera. No se le nota a usted nada, verdad?
(Dirigindose a los circunstantes.)

Los circunstantes entonces, con una gran finura, han confirmado que, en
efecto, no se me notaba nada el que yo fuese gallego. Y luego no ha
faltado nunca alguien que dijese:

--Si hay gallegos muy bien. Cuando un gallego sale listo!...

--Ya lo creo!--ha aadido algn otro seor en este momento--. Hay
gallegos que llegan a ministros y todo. Ah tiene usted a Besada.

--Y a Montero Ros...

--Y a Canalejas...

Terrible cosa es esta de que para serle agradable a uno tengan que
compararle con un ministro! Es la consecuencia de un prejuicio secular
que existe contra Galicia; pero, por mi parte, yo creo que este
prejuicio constituye para Galicia una ventaja enorme. Cada gallego, en
efecto, tiene que rectificarlo con su propio esfuerzo. El andaluz, al
nacer, se encuentra con una herencia de gracia, de simpata y de
popularidad que le permite abrirse fcilmente un camino en la vida,
aunque carezca de mritos personales. El gallego, en cambio, slo se
encuentra con deudas que necesita saldar por s mismo, y si
individualmente esto es un mal, colectivamente tiene que ser un bien. A
la larga resultar que los pueblos han sido, en cada poca, lo contrario
de la fama que tenan, ya que, cuando tenan la fama, no necesitaban la
cosa, y ya que la cosa, y no la fama, es lo fundamental.

Pero como esto est resultando demasiado conceptuoso, acaso valga ms
dejarlo.




IV

LA RAZA


La ltima vez que yo estuve en Galicia, Galicia era una de las ms
hermosas regiones espaolas. Ahora ha ascendido a la categora de
nacin.

--_Le_ somos una nacin, sabe usted?--me explica alguien--. _Le_
tenemos una personalidad nacional tan fuerte como la primera...

--Por qu no?--le contesto.

Y, en efecto, por qu no? Una nacin se hace lo mismo que cualquier
otra cosa. Es cuestin de quince aos y de un milln de pesetas. Con un
milln de pesetas yo me comprometo a hacer rpidamente una nacin en el
mismo Getafe, a dos pasos de Madrid. Me voy all y observo si hay ms
hombres rubios que hombres morenos o si hay ms hombres morenos que
hombres rubios, y si en la mayora, rubia o morena, predominan los
braquicfalos sobre los dolicocfalos, o al contrario. Es indudable que
algn tipo antropolgico tendr preponderancia en Getafe, y este tipo
sera el fundamento de la futura nacionalidad. Luego recojo los modismos
locales y constituyo un idioma. Al cabo de unos cuantos aos, yo habra
terminado mi tarea y me habra ganado una fortuna. Y si alguien osaba
decirme entonces que Getafe no era una nacin, yo le preguntara qu es
lo que l entenda por tal y, como no podra definirme el concepto de
nacin, le habra reducido al silencio.

El nacionalista a quien he aludido antes tiene de las naciones una idea
mucho ms respetuosa que la ma.

--Pero usted mismo--me dice--; usted es un celta.

--No--le respondo--. Yo no soy un celta. Acaso lo haya sido alguna vez,
pero en una poca tan remota, que no conservo de ello ni el ms vago
recuerdo. Si yo fui celta, este fausto suceso me aconteci mucho antes
del imperio romano, y, desde entonces ac, han pasado tantas cosas! Es
posible que, en el transcurso de los siglos, yo haya sido tambin godo,
fenicio y moro. Los irlandeses se las echan a su vez de celtas, y, sin
embargo, yo me siento mucho ms afn a un madrileo que a un irlands.

No--contino--. Yo no soy celta. Soy, sencillamente, un hombre nervioso
y, en vez de unirme a un celta sanguneo, prefiero hacerlo a un ibero de
mi mismo temperamento. Por qu no han de asociarse los hombres por
temperamentos en vez de hacerlo por razas o por religiones? Ello sera,
indudablemente, mucho ms cientfico, y yo no desespero an de ver
terminada esta guerra, una gran guerra intercontinental de biliosos
contra linfticos. Los biliosos, naturalmente, sern quienes rompan las
hostilidades.




V

EL IDIOMA


Un amigo quera meterme en la hermandad del habla, que es una Liga
constituida para propagar el uso del gallego. Yo me negu. Creo que todo
el mundo habla gallego en Galicia, y creo que, ms que nadie, lo hablan
aquellos que hablan castellano. El castellano, es, en efecto, la
verdadera forma actual del gallego. Los labradores que se expresan en
gallego no usan aqu un idioma distinto del de los industriales que se
valen del castellano; usan el mismo idioma, pero con un lxico limitado
y primitivo. En realidad no hablan gallego, sino que malhablan
castellano. Y, de formar una Liga para reconstituir el castellano en sus
formas ms remotas, yo no veo por qu esa Liga ha de formarse
precisamente en Galicia. Lo mismo se podra formar en Valladolid.

No creo que haya un idioma gallego distinto del castellano. Lo que s
creo es que se podra inventar. Conozco lenguas medievales que se han
fabricado en estos ltimos treinta aos, de acuerdo con todos los
adelantos filolgicos. Con una pequea base se hace una lengua en menos
tiempo del que se necesita para hacer un partido poltico. Podramos,
pues, hacer un idioma gallego; pero cunto nos durara?

A la vuelta de cincuenta, de sesenta o de cien aos, este idioma gallego
llegara, lgica y fatalmente, a confundirse con el castellano. El
gallego evolucionara siguiendo su curso natural.

--Y el castellano?--preguntar alguien.

El castellano no evolucionara nada, porque ah estn los acadmicos
para impedir que evolucione.

Por lo dems, acaso todo esto de los idiomas sea mucho menos importante
de lo que nos parece. Yo creo que la importancia de los idiomas es muy
pequea, hasta en la misma literatura. Si lo ms importante en
literatura fuese el idioma, los iberoamericanos leeran libros espaoles
con preferencia a los libros de otros pases. El idioma une los
iberoamericanos a nosotros; pero otras cosas, positivamente ms fuertes,
los atraen hacia pases de hablas muy distintas.




VI

EL ACENTO


En un viaje reciente, a bordo de un transatlntico, tuve la fortuna de
coincidir con una ilustre compaa de actores espaoles. Yo vena algo
mareado. Mi cabeza me produca una sensacin extraa, como si no fuese
exactamente la ma, sino, ms bien, una cabeza parecida, que alguien me
hubiese dado el encargo molesto de transportar hasta Espaa. Juzgando
con esta cabeza, tom por una gran actriz a una seora que hablaba
siempre de un modo muy enftico; pero ella me sac pronto de mi error.
Si hablaba as, no era por ella, sino por las nias, dos hijas suyas,
muy monas, por cierto. Las nias estaban comenzando su carrera teatral,
y apenas si ponan en la compaa algo ms que sus caras bonitas; pero
la madre, entre bastidores, pona el nfasis.

--Pobrecitas!--deca la buena seora--. Hay una que habla algo; pero la
otra no dice ni una palabra.

Yo me compadec de la infeliz porque la mudez me parece una gran
desgracia para una nia casadera. Afortunadamente, slo se trataba de
una mudez artstica. La chica tena una lengua bastante suelta; pero el
director no se atreva a confiarle ms que papeles silenciosos.

--Y por qu no la dejan hablar?

--Por el acento--me respondi la afligida madre--. Nosotras somos
gallegas, y en esta compaa no se puede tener acento. Se cree usted
que, de no ser por el acento, vendran mis nias en segunda? El acento
es nuestra desgracia. Afortunadamente, la mayorcita ya va perdindolo...

La mayorcita, en efecto, saba decir sin acento hola, vizconde!, yo
lo tomo sin azcar y dems frases de alta comedia; pero la pequea era
incorregible y, mientras no perdiese el acento, no la permitiran
hablar. En aquella compaa se supona, probablemente, que la accin de
todas las comedias ocurre en la Luna. No se le autorizaba a nadie acento
ninguno. Una marquesa con dejo gallego o cataln, andaluz o madrileo,
les resultaba inadmisible, como si las marquesas no nacieran en ninguna
parte. Y la pobrecita muda no podra romper a hablar hasta que hubiera
desnaturalizado su voz por completo y lograra expresarse como un
fongrafo. Mientras tanto, su madre le cuidaba el acento lo mismo que
pudiera cuidarle una enfermedad del hgado.

--Fjate, mujer--sola decirle--. Ayer estabas bastante aliviada, pero
hoy te encuentro mucho peor.

--Qu quiere usted, mam! Debe de ser el mareo...

El acento es uno de los grandes encantos de Galicia. Cuando yo llegu,
los primeros amigos a quienes vi prorrumpieron en ayes lastimeros.

--Fulanio!--me decan--. Vendrs muy cansadio. Pobrio!...

Pareca que lloraban, y lo que hacan era manifestar una gran alegra.
Son los inconvenientes de este acento tan dulce.

Pero yo no quiero hacer comentarios sobre el acento gallego. En esto de
los acentos tengo una experiencia algo desagradable y no deseara
repetirla con mis propios paisanos.




VII

ANTONIO


Har cosa de dos o tres meses, _Antonio_ fue a confesarse, y en el
curso de su confesin, le dijo al cura que lea peridicos.

--Malo! Malo!...--refunfu el cura--. No veo qu necesidad tienes t
de leer peridicos. Siquiera fuesen de la buena Prensa!... Pero,
seguramente, sern de la otra.

Eran de la otra, en efecto, y _Antonio_ lo reconoci as, aunque
aduciendo un motivo justificante.

--Qu quiere usted, padre!--exclam--. La buena Prensa es tan mala!...

--No hay ms Prensa mala que la mala Prensa--repuso el cura
sentenciosamente--. Y vamos a ver, qu peridicos son esos que t
lees?...

--Leo _El Sol_--dijo Antonio.

--_El Sol?_

--_El Sol_.

--Un peridico de diez cntimos?

--Justamente.

Un peridico de diez cntimos--pens quizs el cura--debe de ser tan
malo como dos peridicos de cinco. Luego, en voz alta, continu:

--Un peridico que no admite el anticipo reintegrable?

--S, padre--contest _Antonio_ ya medio anonadado.

--Un peridico--interrog an el cura--que hace campaa contra el
espionaje alemn?

_Antonio_ no poda negar.

--El mismo, padre--suspir--. El mismo!...

--Pues, hijo mo--dijo entonces el cura--. Lo siento mucho, pero no te
puedo dar la absolucin.

_Antonio_ se qued aterrado. Si le hubiesen dejado sin novia, tal vez
hubiera podido resignarse. Hubiera podido tambin vivir algn tiempo sin
empleo, pero, sin absolucin!...

--Pues yo--le dije a _Antonio_ cuando el pobre muchacho me contaba sus
cuitas--. Yo creo que, en caso necesario, podra vivir sin absolucin.
He visto personas que viven con un pulmn slo, y otras que carecen
totalmente de bazo. Y aun he visto algo ms curioso, _Antonio_, he
visto hombres que viven sin dinero y que viven muy bien... En Madrid hay
la mar.

--En Madrid es diferente--observ _Antonio_--. Aquello es una gran
ciudad. Yo no digo que all me fuese de todo punto indispensable la
absolucin; pero, aqu!... Cmo quiere usted que viva aqu sin
absolucin un pobre tonelero?

--Y qu pas por fin? No te dieron la absolucin?

--Quia!... Si fuese el cura de Ribalta!... Aquel s que es un cura
campechano. Todas las muchachas van a confesarse con l porque las
absuelve siempre y les pone unas penitencias muy pequeas.
Divertos--les dice--. Tiempo tendris de rezar si no encontris mozos
de ley que se casen con vosotras... Pero el cura de aqu es muy
estricto. Y eso que yo le regalo de cuando en cuando unos huevos o unas
manzanas! Para que digan que los hombres de iglesia son agradecidos!

--De modo que no te dio la absolucin?

--No, seor. Me dijo que no me la daba aunque me borrase del peridico
aquel mismo da. Todo el pueblo se enter. Algunas personas dejaron de
saludarme, y en la fbrica estuvieron a punto de quitarme el pan.
Entonces yo me march a la ciudad, dispuesto a conseguir una absolucin,
aunque me tuviese que gastar doscientos reales. Qu demonio! Para estos
casos quiere uno el dinero. Llegu a la iglesia, me sent al
confesionario, y lo primero que le dije al cura fue esto: Acsome,
padre, de leer _El Sol_.

--As lo dijiste, _Antonio_?

--As, s, seor, y con la misma tranquilidad con que hubiese podido
decir buenos das. No se figure usted que yo soy un gallina.

--Y el cura, qu te contest?

--El cura me pregunt que si eso de _El Sol_ era una novela, y cuando yo
le expliqu que era un peridico de diez cntimos, me dijo:

--Si es de diez cntimos, debe de ser bueno...

--Y conseguiste la absolucin?

--Ya lo creo. En las ciudades se consigue todo. Pero yo quera vengarme
del cura de aqu, y al da siguiente, cuando estaba sirviendo la
comunin, me puse con los dems, y me la tuvo que dar l mismo. El ya
deba de comprender que yo tena mi absolucin en el bolsillo; pero, si
viera usted qu cara me puso!...

--Bravo, _Antonio_! Y, sigues leyendo _El Sol_?

--S, seor.

--Pues dentro de unos das leers en l tu historia. La gente no va a
creerla, pero ah ests t para dar fe.

--Es que... si por casualidad se enteran en la fbrica y me despiden...

--Descuida, _Antonio_. No dar detalles y seguirs conservando todos
los elementos necesarios a tu vida: un empleo, una novia, una
absolucin...




VIII

UN AMIGO DE MISTER BORROW


All por el ao de 1835 cay en Espaa un ingls estrafalario que vena
a vender biblias. Un da este ingls lleg a Pontevedra con una carta de
recomendacin para el Sr. Garca, notario de la ciudad. El seor Garca
result ser un patriota entusiasta, pero en un sentido puramente local,
segn cuenta el ingls. Su patria era Pontevedra, y el extranjero, Vigo.

--Esos tos de Vigo--exclamaba--dicen que su ciudad es mejor que la
nuestra y que debiera convertrsela en capital de la provincia. Ha odo
usted alguna vez una locura semejante? Se le hubiese ocurrido a usted
nunca comparar a Vigo con Pontevedra?

--Yo no s--replic el ingls--. Yo nunca estuve en Vigo; pero he odo
decir que la baha de Vigo es la mejor del mundo.

--La baha!--refunfuaba el Sr. Garca--. La baha!... S. Esos
canallas tienen una baha, y con ella nos han robado a nosotros todo el
comercio; pero, para qu necesita tener baha una capital de provincia?
La baha! Yo espero--continu el Sr. Garca, dirigindose al
ingls--que usted no ha venido desde tan lejos para tomar la defensa de
una taifa de bandidos como esos de Vigo.

--No--contest el ingls--. En realidad yo ignoraba que los vigueses
necesitasen mi auxilio en esta disputa. Lo nico que me propongo hacer
con ellos es llevarles el Nuevo Testamento, del cual, evidentemente,
tienen mucha necesidad si son tan golfos y tan canallas como usted los
pinta...

Y largo rato despus, todava el Sr. Garca refunfuaba:

--La baha!... A m nunca se me ha alcanzado con qu derecho puede
tener baha un pueblo como el de Vigo...

Yo haba ledo este dilogo, que acabo de traducir casi literalmente, en
_La Biblia en Espaa_, de Jorge Borrow, que as se llamaba aquel ingls
estrafalario, hoy una de las glorias ms puras con que cuenta la
literatura inglesa. Lo haba ledo hace tiempo, y crea que el Sr.
Garca, ya no muy joven a comienzos del siglo pasado, yacera ahora bajo
su amada tierra pontevedresa, quizs alimentando con sus despojos algn
castao o algn cerezo. Pero Espaa es el pas donde no se muere nunca
completamente. Al llegar a Pontevedra uno se encuentra en seguida con el
Sr. Garca, que comienza a hablarle mal de Vigo.

La lucha entre Vigo y Pontevedra contina hoy igual que en el ao 1835.
Y lo que ignora el Sr. Garca, como si desde que habl con Mr. Borrow no
hubiesen pasado das ningunos, es que, frente a Vigo, Pontevedra no es
Pontevedra, sino ms bien Madrid. Pontevedra es el Ministerio de
Hacienda, y el de la Guerra, y el de Fomento, y el de Gobernacin.
Pontevedra es la Administracin, y Vigo es la Geografa. Si Vigo llegase
a ser un da el centro de comunicaciones ms importante entre Europa y
Amrica, yo no creo que el pueblo pontevedrs perdiese nada con ello. La
baha de Vigo vendra a ser entonces, sencillamente, una baha de
Pontevedra. Algo as como su propia baha de usted, querido Sr. Garca.

En cuanto a los vigueses, yo temo que su baha sea superior a su
ambicin. Con una ambicin digna de una baha tan hermosa, los vigueses
debieran considerar a Pontevedra como un barrio del Vigo futuro. El
barrio aristocrtico, el barrio oficial a unos veinte kilmetros y pico
del barrio mercantil! El barrio de los notarios viejos, como aquel
excelente y parroquial seor Garca, que, despus de comprarle algunas
biblias a Borrow, le dijo:

--Si alguna vez tiene usted ocasin de hablar de m en letras de
imprenta, no deje usted de hacerlo. Ya sabe mi nombre y mis ttulos:
Seor Garca, notario pblico de Pontevedra...




IX

EL ARADO VIRGILIANO


Si, al escribir su _Historia del Arado_, hubiera tenido que limitarse a
Galicia, el doctor Raer, por muy sabio, por muy pesado y por muy alemn
que fuese, no hubiese podido llenar arriba de unas veinte pginas. El
arado gallego, como la mujer honrada, carece de historia. Es un
instrumento prehistrico, cuya imagen exacta se encuentra en algunas
tumbas etruscas y creo que en ciertas monedas celtberas. Don Casto
Sampedro, un distinguido arquelogo que se pasa la vida recogiendo
curiosidades celtas y romanas para el museo de Pontevedra, debiera
llevarse all un arado y, con poco esfuerzo, dotara as de una
antigedad indiscutible a la simptica institucin.

Los carros gallegos tampoco han progresado mucho ms que el arado. Al
avanzar, sus ruedas producen un sonido agudo que se va modulando en
inflexiones lentas y quejumbrosas. Dicen que este sonido anima a los
bueyes y les hace seguir andando. Tambin se podra sostener que el
ruido de unas botas nuevas anima al que las lleva y le impulsa a
continuar su camino... Dicen que sirve como de bocina para avisar a los
carros que vengan en direccin contraria, y es indudable que al ruido de
unas botas nuevas cabra atribuirle asimismo un objeto muy semejante...
Yo me he pasado horas y horas oyendo la voz de los carros gallegos. Me
pareca una voz familiar, y tena la sensacin de haberla odo ya, haca
muchsimos siglos.

    _Chirrar d'os carros d'a Ponte_
    _Tristes campanas d'Herbn..._

Los carros gallegos cantan, y los poetas cantan el canto de los carros
gallegos. No les hablen ustedes a estos poetas de sembradoras mecnicas
ni de trilladoras automviles. Semejantes chismes destruiran la poesa
del campo, y entonces no habra certmenes literarios, ni flores
naturales, ni nada. Las chicas elegantes, perdida toda esperanza de que
se las nombrase reinas en alguna fiesta del gay saber, no les haran ya
ni pizca de caso a los pobres poetas, quienes tendran que limitar su
vida al prosaico emplello de la Delegacin de Hacienda o de la
Diputacin provincial. El hijo ilustre de la provincia, varias veces ex
ministro, no vendra nunca ms de mantenedor a pronunciar discursos
grandilocuentes, y sus opiniones estticas quedaran inditas en lo
porvenir... Sera la ruina de la poesa; y, qu se iba a hacer sin
poesa en las capitales de segundo y tercer orden?

No. Los poetas quieren el carro primitivo y el arado virgiliano. Yo
tengo grandes sospechas de que si Virgilio viviese hoy, cantara la
trilladora mecnica; pero Virgilio ha muerto, y su arado es como una
herencia que les hubiese dejado a todos sus sucesores. El arado
virgiliano! El carro venerable! La campia arcdica, por donde los
ros se deslizan mansamente!... En el fondo, es posible que los poetas
tengan razn y que ms valiera el que las cosas siguiesen as. Lo malo
es la competencia. Cuando los ros de otras partes se han puesto de
lleno a trabajar y estn constantemente transportando cargamentos y
moviendo turbinas, los nuestros tienen que prepararse a la defensa. Con
unos ros ociosos y un material agrcola prehistrico no se puede
conseguir ya nada ms que una flor natural en algn certamen literario
de provincias, una escribana de plata o una coleccin de las obras
completas del marqus de Figueroa.




X

PROPIEDAD, ABOGADISMO, POLTICA


Excepto el autor de estas lneas, todos los gallegos son propietarios.
El pobre ms pobre puede siempre cosechar un repollo y ponerlo a hervir
en su olla al amparo de cuatro tejas familiares. Difcilmente podr
encontrarse pas alguno donde la propiedad est tan distribuida como en
Galicia. Hay fincas como una alcoba y otras como un pasillo. De algunas
huertas apenas si lograran sacarse al ao patatas bastantes para un
banquete de treinta cubiertos. Quin va a comprar, para cultivarlas,
mquinas sembradoras ni tractores automviles?

Esta subdivisin de la propiedad no creo que resuelva, ni muchos menos,
el problema de alimentar al campesino; pero, en cambio, mantiene al
abogado. Cada ferrado de terreno gallego est siempre en pleito con uno
de los ferrados de terrenos vecinos. El solo hecho de la entrada a una
finca que, muchas veces, se encuentra rodeada de veinte o treinta, suele
ser un semillero de cuestiones, y, mientras se arruina el campesino, el
abogado engorda. Bien es verdad que los campesinos son tambin un poco
abogados. Todos son abogados aqu, unos con ttulo y otros sin l. Yo no
s si la marrullera gallega es una consecuencia de la subdivisin de la
propiedad, o si los gallegos han conseguido que la propiedad se
subdividiese gracias a su proverbial marrullera. Lo que s s es que
ambas cosas se relacionan y se apoyan, dando origen a una tercera: la
poltica. Este ambiente abogadil de intrigas constantes y de habilidades
pequeas no puede ser ms a propsito para la formacin del poltico
espaol. De l sali Montero Ros, su representante mximo, con toda esa
caterva de hijos, sobrinos, yernos, amigos y contertulios que nos
mangonean todava...

Hay quien opina que subdividir la propiedad es una manera de abolirla y
que no existe diferencia entre el que la propiedad sea de todos y el que
no sea de nadie. Es como si a cada uno nos diesen un baln de oxgeno
para respirar y nos dijesen que eso equivala exactamente al uso libre
de la atmsfera. La socializacin de la propiedad se har en toda Espaa
antes que en Galicia, donde no falta quien ya la considere hecha. En
Galicia la tierra es de todos; pero tan pronto como un gallego traspone
su propio ferrado de secano o de regado, cada paso que da le cuesta un
pleito. Los andaluces tienen una fama de generosos contraria a la de los
gallegos, y es muy posible que esta fama est justificada. Andaluca es
un pas de proletarios, donde el espritu de propiedad no ha tenido
ocasin de difundirse. Galicia, en cambio, es un pas donde todos poseen
algo, a excepcin de algn escritor ms o menos original, como el autor
de esta crnica.




XI

EL CELTA MIGRATORIO


La emigracin?--me dice un amigo--. Pero, usted cree que la emigracin
es un mal? Todo el dinero que ganan los gallegos en Amrica viene luego
aqu, a mover nuestra industria. Y no es slo dinero lo que los indianos
hacen circular entre nosotros, sino tambin espritu de progreso y de
tolerancia. Con su acento absurdo, diciendo San Jorge de Bolsas en vez
de San Jorge de Sacos, y cosas por el estilo, los gallegos que vuelven
de Amrica estn modernizando Galicia. Desengese usted. La emigracin
es un bien...

Yo estaba ya completamente desengaado. Creo que la emigracin es un
bien; pero en esto, precisamente, consiste el mal. Hay circunstancias en
las que un hombre no tiene ms recurso que ponerse al servicio de otro
hombre si no quiere morirse: a ese hombre le conviene hacer de criado;
pero, indudablemente, el estado de criado no constituye un estado
envidiable. La emigracin es un bien, y esto es lo malo. Tambin es un
bien salir de presidio; pero sera mucho mejor no haber entrado en l.

Hay quien atribuye la emigracin de los gallegos a su sangre celta, y
apoya esta opinin con el dato de que Irlanda, uno de los pueblos donde
la raza cltica se conserva ms pura, es tambin prdiga en emigrantes.
Yo no quiero negar el espritu aventurero de la raza cltica, a la que,
segn parece, tengo el honor de pertenecer; pero, por qu es tan
aventurera esta raza? En 1845 la patata irlandesa fue agostada por no s
qu enfermedad, y desde entonces al 1850 ms de un milln de irlandeses
huyeron a los Estados Unidos. Los irlandeses se sintieron en aquellos
aos ms celtas que nunca. Despus desapareci la enfermedad de la
patata, y la emigracin irlandesa disminuy en un 80 por 100. Amigo
lector; cuando vea usted a un celta migratorio, ofrzcale una patata y,
acto continuo, lo convertir usted en un europeo sedentario. Las razas
aventureras lo son por falta de patatas, por falta de pan, por falta de
libertad. Se echa de sus casas a los judos, a los polacos y a los
armenios, y una vez que se les ha echado, al verlos correr el mundo, se
dice que tienen un espritu muy aventurero. Si, en efecto, lo tienen,
que Dios se lo conserve, porque buena falta les hace...

La emigracin es un bien para Galicia y para Espaa; pero, sobre todo,
lo es para Amrica. Por cada mil pesetas en dinero que los emigrantes
mandan aqu, cuntas no se dejarn all en trabajo? Desgraciadamente,
aqu el trabajo no les producira nada, y la emigracin sigue. En
Galicia no se ven apenas ms que mujeres, viejos que ya han vuelto de
Amrica, nios que esperan a ir, caciques y curas. Por cada revista
madrilea que llega a Galicia, hay cinco o seis revistas argentinas. No
falta en Galicia quien tome su mate por las tardes leyendo _Caras y
Caretas_ o _El Mundo Argentino_. Y a m el separatismo poltico no me
asusta; pero este separatismo prctico me parece una cosa muy seria.




XII

GRANDES HOMBRES


Las provincias estn llenas con estatuas de grandes hombres, sin contar
las grandes mujeres, como Concepcin Arenal y doa Emilia Pardo Bazn.
Y, ante este fenmeno, yo no puedo menos de preguntarme:

--Hay muchas estatuas porque hay muchos grandes hombres, o hay muchos
grandes hombres para que haya muchas estatuas? Quin hace a quin? El
escultor es una consecuencia del grande hombre, o el grande hombre una
consecuencia del escultor?

Desde luego, parece evidente que los grandes hombres, en caso de
necesidad, podran, bien que mal, arreglrselas sin escultores. En
cambio, los escultores se veran bastante apurados el da en que hubiese
una huelga de grandes hombres.

Un escultor amigo mo, hablndome de cmo iba el hombre resolviendo su
vida, me deca recientemente:

--Tengo bastante que hacer. Antes slo haba trabajo en Espaa para una
media docena de escultores. Ahora trabajamos constantemente cerca de un
centenar.

Yo me acord entonces del Sr. Salaverra y de sus imprecaciones contra
el pesimismo. Indudablemente--me dije--el Sr. Salaverra tiene razn.
Estamos en un perodo de gran florecimiento. Cmo puede encontrarse en
decadencia un pas que produce grandes hombres bastantes para emplear a
cien escultores diarios?

Pero luego me asalt la idea de que, si Espaa dejase de producir
grandes hombres repentinamente, esos cien escultores no iban a morirse
de hambre.

--A falta de grandes hombres--pens--, se arreglaran con hombres
medianos, y hasta con hombrecitos chiquitines.

Y de situar esta hiptesis en el porvenir a trasladarla al presente no
haba ms que un paso. No son los grandes hombres quienes hacen a los
escultores, sino los escultores quienes hacen a los grandes hombres. Se
van por las capitales de provincia y trabajan el artculo.

--Pero es posible?--exclaman--. Cmo tienen ustedes esta alameda as,
sin un grande hombre ni nada?

--Un grande hombre?

--S. Un grande hombre. Un hijo ilustre de la provincia.

Los provincianos no se acuerdan de ninguno.

--Fjense ustedes bien. No faltar por ah un filntropo, un hroe, un
cronista local, aunque sea un ex ministro.

Generalmente, se acaba por elegir al ex ministro, y el escultor, que ya
suele tener preparados cuerpos para ex ministros, para filntropos y
para generales, no hace ms que preparar la cabeza y enchufarla. En una
ciudad, cuyo nombre no importa, el poeta local fue desechado porque era
tuerto, y se le sustituy con un abogado.

--Un tuerto!--deca el escultor--. Si me dieran ustedes un ciego, les
hara una obra magnfica; pero, por Dios!, no me den ustedes un tuerto.

--Es que es el nico hombre de algn mrito que tenemos por aqu. El
nico digno de una estatua.

El escultor fue irreductible:

--Cmo va a ser digno de una estatua un tuerto? Cmo va un tuerto a
tener mrito?

Los que no somos tuertos no debemos desconfiar todava de llegar a tener
nuestra estatua; pero, para adquirir una personalidad algo estatuaria,
debemos dejarnos crecer la barba y vestir siempre de levita.




XIII

QUIN SOY YO?


Sabe usted quin soy yo?--me dice un seor, colocndose en plena luz
delante de m.

Positivamente yo no s quin es este seor, pero me guardo muy bien de
decirlo as, porque temo entristecerlo.

--Tengo una idea--le contesto--. Su cara de usted no me es
desconocida...

--Fjese usted bien...

Me fijo bien.

--No ha visto usted nunca caras parecidas a la ma?

Indudablemente, yo he visto caras parecidas a la de este seor: caras
con una nariz, caras con unos ojos, caras con unos bigotes... Tambin he
visto sombreros de jipi-japa semejantes a este sombrero de jipi-japa.
Sin embargo, no caigo.

--No hay duda--exclamo--de que yo le conozco a usted; pero, as, de
momento, no doy con el nombre...

--De modo que no puede usted decirme quin soy yo?

--No, seor...

El hombre se queda muy apesadumbrado. Se tratar, acaso, de un hombre
que ignora su estado civil y que pretende averiguarlo preguntndoselo a
las gentes? Considerar este hombre, tal vez, que, siendo periodista,
yo debo estar mejor informado que las otras personas? Caso triste, en
verdad, el de un seor que no sabe quin es y que no encuentra quien se
lo diga!... Yo comienzo a afligirme, pero el seor me recita de pronto
su nombre, su edad, su profesin, sus apellidos y sus motes.

--De modo que usted saba quin es?--exclamo.

--Claro est.

--Y entonces--prosigo--, con qu objeto me lo preguntaba usted a m?

No me lo preguntaba para informarse, sino que lo haca con una intencin
perfectamente capciosa.

Yo permanezco algo desconcertado, y al poco rato comparece otro hombre.

--Hola!--exclama el otro hombre--. No sabes quin soy?

--No s quin eres.

--Y ste--aade sealando a un compaero suyo--, tampoco sabes quin
es?

--Tampoco. No s quines sois; pero tal vez puedan informaros en el
Juzgado municipal.

Desde que estoy en el pueblo, numerosas personas se me han acercado para
que les diga sus nombres. Al principio procuraba complacerlas y haca
esfuerzos inauditos a fin de recordar bien. Ahora ya no me canso. Se
trata de un _sport_ local que no me interesa gran cosa. Faltas de otro
entretenimiento, las gentes esperan aqu cinco, diez o quince aos el
regreso de algn convecino viajero para preguntarle quines son. Quieren
ver si uno ha conservado la memoria durante sus viajes, y, si el tabaco,
por ejemplo, se la ha estropeado a uno, entonces le consideran a uno un
hombre terriblemente orgulloso.




XIV

EL CAMINO DE SANTIAGO


El que quiera trasladarse en ferrocarril al siglo XIII, que no piense en
Santiago. Lo ms siglo XIII de Santiago es el viaje. Desde la Corua se
va en automvil, pero qu automvil! Viajando en l, yo he tenido una
sensacin de cosa arcaica y primitiva que no hubiese podido tener nunca
viajando en una diligencia. Me pareca as como si el automovilismo
fuese una invencin medieval, una invencin que se hubiese perfeccionado
en otras partes a fuerza de siglos, pero que hubiese permanecido
estacionaria en el camino de Santiago. Si me aseguran que cuando se
descubri el cuerpo del Apstol, aquel mismo automvil haba servido
para conducir a Santiago los primeros peregrinos, yo lo creo sin
vacilar.

En Santiago quise comprar peridicos, pero no haba ms que _El Correo
Espaol_ y _El Debate_. Esto tambin me produjo una impresin de
medievalismo. Se hablaba de la guerra, y a m me pareca que, ya en el
siglo XIII, se deba de comentar en Santiago la guerra europea con el
mismo criterio.

Lo que me pareci ms moderno fue la catedral. En ninguna parte se
encuentran ms adelantadas las catedrales medievales. La catedral de
Santiago poda estar perfectamente en Francia, en Inglaterra o en
Alemania, al lado de las fbricas y de los laboratorios. Ante la
catedral de Santiago no se experimenta ninguna impresin de anacronismo.
Esta impresin, si no se ha recibido antes, se recibe despus, cuando
uno pregunta las horas del tren para Villagarca y le dicen a uno que
este tren slo sale tres veces por semana.




XV

EL BOTAFUMEIRO


Hubo un tiempo en que las catorce puertas de la catedral de Santiago no
se cerraban de da ni de noche. Constantemente llegaban peregrinos de
todas las partes del mundo, que, entonces, slo eran tres. Venan persas
con las cabezas tonsuradas; griegos que traan tatuado en las manos el
signo de la cruz; ingleses, irlandeses, franceses, italianos, eslavos...
Unos, mudos de nacimiento, queran que el Apstol les concediese el uso
de la palabra; otros, ciegos, deseaban ver, y muchos slo se proponan
cobrar una herencia, ya que en la Edad Media, para cobrar una herencia
sola imponerse como condicin la peregrinacin a Santiago. No faltaban
prncipes que, en vsperas de alguna batalla, viniesen a implorar el
auxilio militar del Apstol contra sus enemigos. Fuera de la catedral,
unos hombres, sentados en cuclillas, iban apilando a su alrededor
monedas de todos los pases. Eran los cambiantes, padres de nuestros
actuales banqueros. Dentro, los peregrinos, agrupados por
nacionalidades, rezaban y cantaban. Cantaban en sus diversos latines
respectivos y se acompaaban con sus instrumentos predilectos. Ctaras,
crtalos, flautas, gaitas, arpas, salterios, trompetas, liras, todo
sonaba all, y el Apstol haca el milagro de armonizarlo. Luego, los
peregrinos se iban a ver las reliquias, guiados por el _lenguajero_, una
especie de intrprete de hotel, que saba decir en varios idiomas
piedra, corona, cuchillo, hacha, sombrero...

Unos peregrinos viajaban a sus expensas; otros venan implorando la
caridad. La mayora llegaban rotos, sucios, mugrientos y enfermos.
Algunas veces se declararon en Santiago epidemias muy serias, y el
Apstol no daba abasto haciendo milagros. Fue entonces cuando se invent
el _botafumeiro_, rey de los incensarios, como le llama Vctor Hugo.
El _botafumeiro_ no fue en sus orgenes un objeto litrgico, sino,
sencillamente, un aparato de desinfeccin. Lo cargaban con incienso
porque todava no exista el cido fnico. Aquellos peregrinos, que
venan directamente desde el fondo del Asia, tenan mucha fe, pero olan
muy mal, y los santiagueses procuraban aislarlos en una nube de
incienso. Si hubieran podido, tambin se hubiesen untado las narices con
aceite mentolado, y quizs hoy, al olor del aceite mentolado, uno se
llenase de evocaciones religiosas y viese, en su imaginacin, coros de
ngeles y serafines...

Grandioso _botafumeiro_! Hoy, que la falta de fe lo mantiene ocioso,
por qu no se piensa el medio de trasladarlo al Congreso? Cuanto ms
animados fuesen los debates, el _botafumeiro_ girara ms velozmente. Y
en vez de procurarse una entrada o de leer el _Diario de las Sesiones_,
uno se limitara a ver, desde fuera, cmo sala y se elevaba y se
desvaneca el humo.




XVI

CABEZAS DE CERDO


Hace tiempo, los cerdos de Galicia llevaban una vida completamente
patriarcal. Eran, quizs, algo inmorales, eran glotones y tenan una
cierta socarronera muy campesina; pero ninguno de ellos estaba
contaminado por las ideas del siglo. Los chicos de los paisanos crecan
entre ellos, y a veces, chicos y cerdos dorman en la misma habitacin.
Puede imaginarse nada ms virgiliano? En ciudades como Santiago haba
quien se llevaba los cerdos a un segundo piso y sala luego a pasearse
con ellos entre los cannigos, los tenientes de la guarnicin y los
estudiantes de latn. Una seorita inglesa que estuvo hace algunos aos
en la ciudad del Apstol--la autora de _Galicia. The Switzerland of
Spain_--le pregunt a su hostelera si era cierto lo que se deca de los
cerdos santiagueses como animales de sociedad.

--No son nicamente los cerdos--contest la interpelada--. Desde su
ventana puede usted ver dos cabras en el piso de enfrente. Sus dueos
las tratan como personas de la familia...

Todava hay en Santiago quien recuerda a Montero Ros guiando por las
calles un rebao de cerdos. Ms tarde gui electores. Luego,
diputados...

S. Los cerdos llevaban aqu una vida completamente patriarcal. Cuando
les llegaba su San Martn, berreaban horriblemente y estiraban una pata,
que era un jamn. Moran dolorosamente, pero sin remordimientos de
conciencia. Nunca haban tenido ambiciones ni vanidades. Si haban
procurado engordar, no lo hicieron por ellos tanto como por sus dueos.
Engordaron para que sus morcillas fuesen ms sabrosas y para que su
tocino le diera ms gusto al caldo de las buenas familias en cuyo seno
haban vivido.

Pero ahora hay en Galicia una nueva generacin de cerdos. A poco de
estallar la guerra, unos hombres extraos vinieron por aqu y
soliviantaron a los cerdos, a las gallinas y a otros muchos animales
domsticos.

--Cunto os dan aqu por una docena de huevos?--parece que les
preguntaron a las gallinas.

--Y los jamones--dijeron, dirigindose a los cerdos--, a cmo los
vendis?

El cerdo, animal muy tradicionalista, dio un gruido y no hizo caso. La
gallina cacare. Pero aquellos hombres hablaron de los mercados
extranjeros, donde todo se pagaba diez veces ms que aqu, y hoy
nuestros animales de corral y de alcoba han aprendido ya los caminos del
mundo. El cerdo gallego tiene actualmente sus ideas industriales, ni
ms ni menos que si fuese un cerdo de Chicago. Dentro de poco ser capaz
de pedir que lo maten automticamente y que lo desmenucen de un modo
cientfico.

Las costumbres patriarcales del cerdo gallego van desapareciendo. El
cerdo progresa. Y si esto contina as, ser cosa de recomendar a
nuestros polticos que coman cabeza de cerdo a ver si se les pega algo.




XVII

LA VIEIRA


Uno de los mariscos ms dignos de estimacin es la _vieira_. Madrid, que
lo ignora todo respecto a provincias, no come _vieiras_, y es una
lstima. Asadas en su concha, con un diente de ajo y un poco de
pimentn, las _vieiras_ son bastante ms sabrosas que esos cangrejos de
celuloide con que los madrileos pretenden consolarse de su falta de
mar. En Inglaterra la vieira carece de triptongo; se llama _scallop_, y
este nombre, escaso en vocales, es como si le quitara la mitad del
gusto. Sin embargo, la _vieira_ tiene all, por lo menos, tanta
popularidad como la ostra. En Francia las vieiras bretonas, las vieiras
armoricanas, gozan de gran reputacin y son consideradas un bocado
exquisito. Y saben ustedes cmo las llaman los franceses a las
_vieiras_? Las llaman _coquilles Saint-Jacques_, o conchas de Santiago.

Porque la vieira es el marisco del Apstol. Es un marisco casi sagrado,
as como otros mariscos son literarios, y otros, polticos. Se cuenta
que cuando el cuerpo de Santiago fue conducido al Padrn, un caballero
que deseaba acompaarlo lleg tarde al puerto. El barco haba izado ya
sus velas y se perda en el horizonte, sobre un mar de oro y de plata.
Entonces el caballero hizo el signo de la cruz y se lanz audazmente
entre las olas. Durante varios das su caballo fue galopando sobre el
fondo del mar, con gran asombro de merluzas y salmonetes, y cuando
llegaron a Iria Flavia, caballo y caballero estaban cubiertos de
_vieiras_. Desde entonces la vieira ha sido el smbolo de los
peregrinos, y para que stos no tuviesen que ir a buscarlas debajo del
mar--la experiencia del caballero no se consideraba concluyente y haba
el temor de que algn peregrino pudiese morir ahogado--, los
santiagueses se las vendan ya muy bien preparadas. Al principio vendan
conchas naturales. Despus hacan conchas de cobre, de plata, de latn,
de porcelana y de azabache. Todava existe en Santiago la calle de los
Azabacheros, desde donde se ve una fachada de la catedral, y a esta
fachada se la llama la Azabachera. Y muchas casas, que antiguamente
sirvieron de mesones para los peregrinos, conservan an, como
distintivo, una concha de vieira esculpida a la entrada.

Pocos mariscos unirn, como la _vieira_, una carne tan sabrosa a un
abolengo tan ilustre. Ya, mucho antes de la Edad Media, la _vieira_ le
haba servido a Afrodita, surgiendo del mar, para alisarse los hmedos y
admirables cabellos. Hoy Afrodita usa peines bastante ms caros; pero
esto no quiere decir nada contra la _vieira_. La _vieira_ es el _pecten
Veneris_ de los antiguos, y el Arte ha buscado mil veces inspiracin en
sus curvas sencillas y maravillosas.

De paso en Galicia, tierra de _vieiras_, yo me considero obligado a
hacer la apologa de este marisco. Creo que Madrid no debe ignorarlo, y
que mantenerlo ms tiempo en el olvido sera una poltica funesta. Si
Madrid no se interesa por nuestras vieiras, cmo va a interesarse por
nuestros conflictos sociales? Indudablemente, la poltica central carece
de sensibilidad con respecto a provincias.




XVIII

OPINIONES POLTICAS Y LITERARIAS DE LA ROSARIO


Al volver a Madrid, tras una ausencia de mes y pico, soy cariosamente
acogido por mi buena Rosario, una chica mitad ama de llaves y mitad
cocinera, que arregla mis papeles y cuida de mi estmago.

--Te entrego mi estmago, un poco estropeado por las salsas al por
mayor--le dije al darle posesin de su cargo--, y espero que me lo
trates bien. El estmago es el alma del escritor. Con un poco de acidez
o de flatulencia, yo hara una literatura triste y perdera lectores. Al
nombrarte mi cocinera, te nombro, en realidad, mi colaboradora. Hazme
guisos sencillos, sabrosos y sanos, y de este modo tendremos siempre el
respeto de la crtica y la aceptacin del pblico.

Desde entonces, la Rosario pone sus cinco sentidos en la cocina. A
veces, advierto la desaparicin de algn plato, pero no es culpa de la
Rosario.

--Yo no lo romp. Fue l. Lo tena en la mano, y se cay. Se hizo
pedazos contra el suelo...

--Debe de ser un caso de suicidio--observo yo entonces--. El pobre plato
estara desesperado de la vida.

Otras veces, la carne est espantosamente dura, y la Rosario dice que no
ha querido cocerse. Verdaderamente, qu inters puede tener la carne en
ponerse blanda?

Pero, a pesar de todo, la Rosario es una excelente muchacha. Yo le doy a
leer los libros de mis amigos, y luego le pregunto qu es lo que
opinamos de ellos. La Rosario tiene un criterio literario en el que la
crtica no ha ejercido an su perniciosa influencia: un criterio sano y
honrado. Algunos autores, al enviarme sus obras, lo hacen dedicndoselas
ya a la Rosario, y no falta quien le prodigue adjetivos laudatorios para
congraciarse con ella.

Ahora, al volver de Galicia, la Rosario me cont todo lo que haba
ocurrido durante mi ausencia. Yo haba estado ms de un mes sin recibir
cartas ni leer peridicos, y quera restablecer mi contacto con la vida
urbana.

--Se han suicidado muchos platos? Han trado muchas cuentas? En qu
nuevas aventuras se ha metido el amigo Charlot?...

La Rosario ha ido contestndome a todas estas preguntas y satisfaciendo
as mi curiosidad.

--Y Gobierno, qu Gobierno tenemos ahora?--aad.

--Gobierno? Yo creo que tenemos el mismo.

--Imposible, Rosario. Hace ms de un mes que sal de Madrid, y no es
posible que un Gobierno dure tanto. Seguramente tenemos un Gobierno
nuevo.

La Rosario entonces reflexion un poco, y dijo:

--Quizs. La verdad, yo, que gobiernen unos o que gobiernen otros, no lo
noto nunca...

Y aqu me tiene el lector, ignorando si estoy gobernado por Maura, por
Snchez de Toca o por Romanones. En casa no lo notamos. Las patatas
cuestan lo mismo. El alquiler no baja. Los guisos salen igual...




EN EL PAS DE LA RULETA




I

LOS TEMAS LITERARIOS


Los escritores solemos dirigirnos a el lector, poco ms o menos, as
como los criados se dirigen a el seor. Desgraciadamente, este
concepto de el lector es demasiado vago. Por lo general, el lector
tiene una personalidad multiforme y a veces carece de existencia. Si el
lector--este lector de quien hablamos tanto los escritores--fuese una
realidad concreta y tangible, entonces yo me dirigira a l y le dira:

--Qu artculo de San Sebastin quiere usted que yo le haga? El de la
lluvia? El del jugador? El de las pulgas? El de la Concha? El del
objeto perdido? El de la misteriosa extranjera...?

Porque en San Sebastin no hay arriba de doce temas para artculos. Los
corresponsales madrileos que vienen aqu hacen las mismas crnicas cada
temporada. Yo conozco a un compaero que lleva ya quince sobre la
lluvia. Es un especialista.

Cmo se explica el que esta municipalidad, tan adelantada en otras
cosas, no se haya cuidado nunca de darle temas a los escritores? Tal
abandono es verdaderamente lamentable. Una ciudad de placer que no vara
sus temas literarios, una playa que no renueva sus crnicas, est
condenada a muerte. Toda la literatura de San Sebastin resultar una
cosa trasnochada tan pronto como, a orillas del Cantbrico o del
Mediterrneo, se levante otro gran Casino con nuevos temas para los
cronistas. Los peridicos madrileos se apresurarn a mandar all la
nube de corresponsales que ahora envan a San Sebastin. Al artculo de
la lluvia suceder el artculo del sol o del relente; la crnica de las
pulgas ser substituida por una sobre las chinches o sobre las
cucarachas. Qu placer para los periodistas y para los lectores de
peridicos! Ser una transformacin literaria comparable tan slo al
advenimiento del romanticismo. Los veraneantes afluirn en masa a la
nueva playa de moda, y San Sebastin desaparecer del mundo como centro
de placeres.

Yo he llegado a San Sebastin hace varios das. Mi querido Fernndez
Flrez estaba todava aqu.

--Supongo--le dije--que me habr dejado usted algn tema disponible,
aunque sea de segundo o tercer orden.

Fernndez Flrez se rasc la cabeza.

--Veamos, veamos--insist yo--. Ha hecho usted ya el artculo de la
lluvia, el del Casino, el de las pulgas...

Los haba hecho todos, y, adems, los haba hecho como yo precisamente
hubiese querido hacerlos.

Voy a tener que volverme a Madrid, pensaba yo.

En esto transponamos las puertas del Casino, y yo observ que el
portero era tuerto.

Qu coincidencia!--exclam--. Este portero tuerto, aqu donde se juega
tanto dinero... Es que habr todava en San Sebastin una crnica por
hacer?

Pero Fernndez Flrez ya haba hablado tambin del portero tuerto...

El Municipio de San Sebastin creer, sin duda, que esto de los temas
literarios es cosa de los escritores; pero San Sebastin no tardar en
sufrir las consecuencias de tan profundo error. Yo creo que es cosa de
los concejales, del Casino, de las sociedades de atraccin de
forasteros, de las comisiones de festejos, etctera, etc. Estas
entidades debieran renovar cada temporada los temas periodsticos de San
Sebastin, a fin de que ningn corresponsal permaneciera aqu ocioso.
Ms que de dinero se trata de organizacin. Con seis temas inditos por
temporada, San Sebastin podra ir tirando todava.




II

EL TREINTA Y CUARENTA


Hagan juego, seores...!

Sobre la mesa van cayendo fichas de un duro y de cuatro duros, y placas
de 50, de 100, de 500 y de 1.000 pesetas. Las raquetas van y vienen,
manejadas por manos febriles. Un seor, alargando trabajosamente el
brazo por entre la muchedumbre, pone 1.000 pesetas a encarnado. Es un
jugador de _a pie_. Los empleados dividen a los jugadores en dos
categoras fundamentales: jugadores de a pie y jugadores sentados, y la
primera categora es la nica que les infunde cierto pavor. Si el
jugador de a pie gana, en efecto, hay muchas probabilidades de que se
vaya con la ganancia. Puede dar un pase, dos, tres y marcharse con 15 o
20.000 pesetas. En cambio, el jugador sentado no importa que amontone
algn dinero. La banca siempre tiene esperanzas de recuperarlo.

--Hagan juego...!

Los mirones encuentran floja la partida.

--Esto est aburridsimo--dicen--. No hay sangre...

Algunos reconvienen a sus amigos.

--Por qu juega usted a ese pao? Es absurdo...

Y luego, si por casualidad aciertan, insistirn en sus censuras,
llenando de vituperios a los pobres perdidosos.

--No se lo dije yo a usted? Si era infalible...

--Yo prefiero ganar diez duros a negro--murmura una voz--que 1.000
pesetas a encarnado. Qu quiere usted! Es una mana. Adems, no me
sera posible jugar a encarnado. Hace ya noventa y un aos que juego a
negro...!

Vuelvo la cabeza y veo a un viejecito que empuja las fichas con una
raqueta temblorosa. Debe de sentirse prximo a la muerte, y por eso no
juega a encarnado. Acaso ganara; pero por unos cuantos duros no va a
dejar a ltima hora su camino de siempre. Qu hermoso ejemplo de
consecuencia para los polticos! Yo lo someto a la consideracin de un
distinguido diputado, el cual se echa a rer.

--Ya ves. En solo media hora he ganado 20.000 pesetas con mi juego de
alternativa...

El _croupier_ va cantando con un acento muy francs:

--Siete... Cuatro... _Encagnado_ gana _et colog_.

--Qu le vamos a hacer!--suspira el viejecito.

Y vuelve a jugar a negro. Su cara est alegre, sonriente, satisfecha. Se
ve que este hombre, tan prximo al umbral de la otra vida, lo traspasar
sin temor alguno. Ha sido un hombre leal. Ha cumplido siempre, sin
vacilaciones, el deber que se impuso noventa y un aos atrs. Su
conciencia est tranquila. Cuando Dios le llame a juicio y le pregunte
si jug alguna vez a encarnado, l dir:

--Nunca. Segu el negro en la adversidad como en la fortuna, en sus
horas buenas y en sus horas malas, cuando todos acudan a l lo mismo
que cuando se vea abandonado de todos...

--Dos...--canta el empleado.

Y, extendiendo sobre la mesa otra hilera de cartas, vuelve a cantar:

--Dos...

Es un _aprs_. Uno de los que juegan a negro retira su postura.

--Hace usted mal--le dice un mirn--. Eso lo que demuestra es la fuerza
de la baraja. Ya ve usted si ser fuerte el encarnado, que ni a dos
puede ganarle el negro.

--Cuntos encarnados van?--pregunta alguien.

--Cuatro.

--Es una racha. Hay que aprovecharla...

Llueven sobre el encarnado fichas, placas y billetes. Los postores de
grandes sumas las hacen asegurar. Naturalmente que este seguro no es
contra la prdida. No se ha llegado an a constituir una compaa que
asegure las rachas de un color contra el color contrario. Es nicamente
para el caso de que se d un _aprs_ de treinta y una. Por un duro cada
cien duros o fraccin de cien duros, el jugador garantiza su capital
contra lo que constituye el cero del treinta y cuarenta.

Se produce una gran emocin. Al gritero de hace un segundo sucede un
silencio imponente. Estamos como en el circo, cuando para la msica y se
avecina el ejercicio peligroso.

El empleado comienza a echar las cartas, y el encarnado saca dos.

--Otra vez dos?

--Malo! Malo...!

--Ahora quiebra la racha...

Y, en efecto, quiebra la racha. El negro gana. Las raquetas de los
empleados, miradas con ojos de perdidosos, parecen enormes...

--Ha visto usted con lo que se sale ahora la baraja?--exclama uno de
los que haban puesto a encarnado--. Mire usted...

Y ensea su cartn. Estos cartones estn divididos en columnas donde se
marcan con puntos los colores que ganan. En una columna se ponen los
puntos correspondientes al negro, y, en otra, los correspondientes al
encarnado. Luego se trazan las lneas de punto a punto y se va
obteniendo un grfico del juego, que es algo as como el grfico de una
fiebre tifoidea. Hay juegos serpentinos, de lnea inquieta, que salta
constantemente de columna a columna y que podran llamarse juegos de
alambique. Hay juegos casi rectos, en los que se dan 10, 15, 20 negros o
encarnados sucesivos. Hay juegos mixtos... Lo malo es que el grfico del
juego no se conoce hasta el final. El jugador que ve salir cuatro negros
consecutivos deduce que el juego lleva una direccin recta, y haciendo,
a su vez, un juego recto, pone su dinero a negro. Naturalmente que, a lo
mejor, sale encarnado. Entonces el jugador dice que ha quebrado el juego
y considera que la baraja se ha hecho traicin a s misma. Yo me inclino
a creer que los jugadores se precipitan en sus juicios sobre las
barajas. Que por qu, si a la postre iba a resultar que se trataba de
una baraja de alternativa, ha comenzado el juego con cuatro encarnados?
Quin sabe! A lo mejor la baraja lo hizo para despistar...

--Ha quebrado el juego. Mire usted mi cartn...

En realidad, lo nico que ha quebrado es la lnea.

Todo el mundo pierde, excepto el viejecito y un seor que haba puesto
1.000 pesetas a negro.

--Por no saber jugar!--murmura un tcnico, en discusin con otro
jugador--. Ese seor ha ganado, y qu? Es que demuestra algo el que
haya ganado ese seor?

Porque ante la teora general, ante la ley profunda del treinta y
cuarenta, los hechos aislados carecen de importancia. Es que se va a
destruir con 1.000 pesetas toda una filosofa?

--Oye, dame dos duros--dice una voz femenina.

--Pdeselos a Marquet--contesta una voz masculina.

--Es que ya ves lo que ha pasado. Ha quebrado la racha...

--Yo llevo perdidas ya 40.000 pesetas desde el mes de agosto--le dice
una amiga a la pedigea.

--Cuarenta mil pesetas? Y a quin se las has perdido?

--Se las perd a varios. Si fuese para comer, no me las hubiesen dado...

Un jugador abandona su asiento con cara de malhumor.

--Perdi usted mucho?

--No. Perd poco; pero lo que ms me indigna es ver ganar a los amigos.
Que yo pierda, pase. Que ganen los desconocidos, pase. Que ganen los
amigos, eso, francamente, me desespera.

Se oye la voz del empleado, que domina todas las otras.

--Hagan juego, seores...!

La mesa se llena de miles de pesetas. Y luego diremos que el dinero
espaol carece de audacia y que est dormido en las cuentas corrientes!




III

LOS BOLSILLOS Y EL ESPRITU DE PROPIEDAD


Viendo, en el Casino, a los empleados de las mesas de juego, se me han
venido a la memoria las reflexiones de un oso: el oso _Atta Troll_,
inmortalizado por Heine. Segn _Atta Troll_, los hombres son unos
animales infelices y depravados, y todo su mal proviene de la invencin
de los bolsillos. Si los hombres no usramos bolsillos, no habra entre
nosotros egosmo, no habra ambicin, no habra _tuyo_ y _mo_, no
habra propiedad, no habra tirana... Seramos como unos osos de
diferente especie, serios y dignos, aunque aficionados a la danza.
Desgraciadamente, un da los hombres inventaron los bolsillos, y desde
entonces cada uno trata de meter en los suyos lo que debiera estar a la
disposicin de todos...

En el Casino de San Sebastin, los empleados de las mesas de juego
carecen de bolsillos. La direccin del establecimiento, como el oso de
Heine, cree que, despojando de bolsillos a los hombres, se suprime en
ellos el sentido de la propiedad, y a medida que los empleados llegan,
hace que cambien sus trajes por unos trajes especiales, en los que no
hay medio de guardar ni una sola perra chica. Los empleados pueden, as,
manejar todas las noches miles y miles de duros sin la menor emocin. Si
tuvieran bolsillos, tendran, con ellos, el sentido de la propiedad, y
al pensar que todo aquel dinero era un dinero ajeno, sufriran tormentos
espantosos. Sin bolsillos, esto es, sin sentido de la propiedad, no se
les ocurre nunca guardarse un duro de nadie. Juegan con el dinero como
jugaran con chinas al borde de la playa. Las fichas de 1.000 pesetas no
los tantalizan ni poco ni mucho. Su estado de espritu es igual al de
los osos, para quienes no existe el concepto de la propiedad individual.

Yo creo que todos los concurrentes al Casino debiramos tomar ejemplo de
los empleados, y no penetrar nunca en las salas de juego con nuestros
trajes de costumbre. En vez del _smocking_, debiramos ponernos tambin,
para ir al Casino, unos trajes desprovistos de bolsillos. De este modo
no se nos ocurrira nunca ganar el dinero de la banca y nos ahorraramos
el nuestro. Y, aunque se nos ocurriese, no podramos intentarlo, porque
nos habramos dejado la cartera en casa.

Mientras tanto, esto es, mientras la supresin de los bolsillos no se
extienda de los empleados a los clientes, la cosa nunca podr tener el
valor de un ensayo social. Y es que, detrs de estos empleados
desbolsillados que cantan los plenos y los colores, uno ve,
imaginativamente, unos bolsillos enormes, profundos e insondables,
adonde afluye el dinero de todos nosotros.

Todava es tiempo de que suprimamos nuestros bolsillos. Y si no los
suprimimos ahora, espontneamente, tendremos que suprimirlos muy pronto,
por intiles...




IV

UN NUEVO SISTEMA PLANETARIO


Las cuatro de la maana. El Casino, que es como si dijramos todo San
Sebastin, ha cerrado ya sus puertas. No queda ni un solo
establecimiento abierto. Los serenos, nicos transentes de la ciudad,
marcan lentamente sus pasos en el silencio profundo. San Sebastin
duerme.

Desde mi balcn, sin embargo, en el hotel de enfrente, yo veo una
ventana iluminada. Estas ventanas iluminadas a las altas horas de la
noche han constituido siempre un gran motivo literario, y, ltimamente,
constituyen un poderoso motivo detectivesco. A m me interesan en ambos
sentidos.

--Quin habr en esa habitacin?--me pregunto--. Ser un enfermo que
se revuelca sobre su lecho de dolor? Ser acaso un avaro contando su
tesoro? Ser un veraneante en lucha con las famosas pulgas
donostiarras? Ser, tal vez, un poeta que sacrifica su sueo para
escribir, al dorso de una cuenta sin pagar, versos y ms versos en honor
de una amada que no existe? Ser una hermosa admirndose a s misma
ante el espejo, o ser, quiz, una ex hermosa empastndose las arrugas y
arrancndose las canas? Sern unos recin casados? Ser un sabio?
Ser un espa alemn...?

Yo apostara a que es un jugador dedicado al ejercicio de la cbala
sobre un plano de la ruleta. La ruleta viene a ser algo as como un
segundo sistema planetario. Se trata de descubrir sus leyes y de fundar
una ciencia que sea, con relacin a la ruleta, lo que es la Astronoma
con relacin al Universo. Millares de hombres se han consagrado
heroicamente a la causa y le han hecho todos los sacrificios: el de su
inteligencia, el de su tiempo, el de sus cuartos... Hasta ahora, sin
embargo, no hay una verdadera ciencia de la ruleta. Los jugadores que
presumen de cientficos, que leen la revista de Montecarlo y que hacen
sus posturas con arreglo a un plan, no pasan de ser algo semejante a los
antiguos astrlogos.

No existen an astrnomos de la ruleta. Acaso mi vecino sea un nuevo
Giordano Bruno, a quien har quemar el Sr. Marquet en la terraza del
Casino. Mientras tanto, las leyes de la ruleta continan en el misterio.
Gira la bola alrededor de la ruleta, o gira la ruleta alrededor de la
bola? He aqu una cuestin bien clara y concreta y que, siendo
fundamental, no ha obtenido solucin todava. Cmo podran haberla
obtenido las otras?

--La ruleta--me deca un _amateur_--es la nica obra humana
verdaderamente perfecta. Rase usted de las pirmides de Egipto. Rase
de la _Critica de la Razn Pura_. No hay ms que la ruleta. Millares y
millares de hombres han dedicado sus esfuerzos a encontrarle un defecto,
y hasta ahora no se lo han encontrado. Hay quien dice que s, que se lo
ha encontrado, que la ruleta es inquebrantable con tal o cual
combinacin; pero no haga usted caso ninguno. El da en que se le
encontrara un flaco a la ruleta, la banca se arruinara, y la ruleta
dejara de existir. Mientras exista la ruleta es que no se le ha
descubierto la menor imperfeccin. Y usted ha visto qu equidad la de
la ruleta? Si con un duro quiere usted ganar otro duro, tiene usted un
50 por 100 de probabilidades en contra, y si quiere usted ganar dos
duros, tiene usted un 75. El riesgo aumenta siempre, matemticamente, en
proporcin a la ganancia. No hay nada ms justo. No hay nada ms
equitativo. Si yo fuera escultor y quisiera representar a la Equidad, la
representara en forma de _croupier_ manejando una ruleta...

--Una ruleta sin cero--observo yo.

--Claro. Una ruleta sin cero. De tan equitativa que es la ruleta, ha
habido que ponerle un cero para garantizarle a las empresas sus gastos
infinitos. Convnzase usted. La ruleta es la nica obra humana
verdaderamente perfecta...

Esto deca mi amigo; pero actualmente mi entusiasmo supera al suyo. Para
m, la ruleta es algo ms que una obra humana. Es, como he dicho antes,
todo un sistema planetario. Los puntos se sientan alrededor de la
ruleta, y poco a poco van quedndose desprovistos de dinero. Qu leyes
determinan esta atraccin de la ruleta sobre el dinero de las gentes?
Acaso mi vecino llegue a descubrirlas; pero, mientras tanto, permanecen
en el ms sombro de los misterios. Se sabe el porqu del flujo y
reflujo de la mar, se conoce el curso del Sol y el de la Luna, se
predicen los eclipses al minuto; pero cuando la ruleta comienza a dar
vueltas en un sentido, y la bola en el otro, nadie puede sospechar si va
a darse el 7 o el 13, la primera, la segunda o la tercera docena, el
rojo o el negro, la _manque_ o la _passe_, el par o el impar... Y en el
siglo XX, todo afeitado y vestido de _smocking_ o de frac, uno se
encuentra ante la ruleta en el mismo estado de espritu en que el hombre
primitivo se encontraba ante el enigma del Universo.




V

ROUSSEAU Y ANATOLE FRANCE


Actualmente slo funciona un teatro en San Sebastin. No hay
espectculos. No hay baile. No hay _restaurants_ nocturnos... ni apenas
diurnos. La Polica, con el menor pretexto, clausura aqu todos los
lugares de diversin y slo queda para disputarse al veraneante estas
dos potencias sobrehumanas: la Naturaleza y el Casino. Juan Jacobo
Rousseau experimentara un serio disgusto al ver que el Casino va
venciendo. Anatole France, en cambio, para quien la civilizacin es una
lucha constante del hombre contra la Naturaleza, sonreira encantado.

Porque no hay duda ninguna: la ruleta tiene mucho ms xito que el
paisaje, con ser tan hermoso el paisaje de San Sebastin. Poco a poco,
los alrededores de la bella Easo van quedndose sin clientela. El Casino
les arrebata todos los parroquianos, y este triunfo es tanto ms
notable, cuanto que, frente al cielo azul, al verde mar, a los bosques
sombros, al Sol radiante y a las montaas augustas y solemnes, la
direccin del establecimiento no ha puesto ms que una esfera giratoria
con 37 nmeros.

Es, como si dijramos, la bancarrota de la Naturaleza. En honor de la
verdad, sin embargo, conviene advertir que el triunfo del Casino no ha
sido cosa muy fcil. La Naturaleza ha hecho esfuerzos prodigiosos. A
veces ha organizado das esplndidos, con una temperatura deliciosa y
una luz ideal. Los ms amigos del Casino sentan entonces deseos de
pasarse al otro bando. Su conducta anterior respecto a la madre comn se
les apareca de pronto como una injusticia y experimentaban vivos deseos
de rectificarla.

--Vamos a encerrarnos en el Casino en un da como ste?--exclamaban--.
No, nunca. Sera una verdadera vergenza...

Pero despus de almorzar, el cielo comenzaba a nublarse. Malas lenguas
afirman que era el Casino quien preparaba los nublados.

--No hay nada imposible para los _croupiers_--sostenan.

Naturalmente, que ninguna persona razonable puede considerar en serio
semejantes rumores. Lo indudable, sin embargo, es que el cielo se
nublaba. Un descuido de la Naturaleza, un momento de debilidad, qu s
yo! Entonces millares de personas, hbilmente diseminadas por los
hoteles y cafs de San Sebastin, prorrumpan en gritos estentreos.

--La galerna...! La galerna...!--vociferaban.

Eran alquiladas estas personas? Yo tampoco lo he credo nunca; pero lo
cierto es que todos los entusiasmos por la Naturaleza se amortiguaban de
un golpe.

--Lo ven ustedes? Si aqu no se puede salir... No hay ms remedio que
meterse en el Casino...

El Monte Igueldo, especialmente, tan bonito y tan prximo a la ciudad,
le haca al Casino una concurrencia terrible. Claro que el Casino
hubiese acabado por dominarlo; pero, para qu perder el tiempo?

--Ya que la montaa no viene a m, yo ir a la montaa--pens la
direccin.

Y la direccin fue a la montaa y puso en ella unos caballitos, y ya
nadie mira el paisaje, sino los caballitos, y la Naturaleza ha sucumbido
una vez ms.

Hoy el Casino no necesita ya hacer esfuerzo ninguno para atraer al
veraneante. El veraneante le pertenece por entero. Estos das est
haciendo un tiempo magnfico, y, sin embargo, los alrededores de la
ciudad se encuentran desiertos a todas horas. La Naturaleza ha perdido
el prestigio en San Sebastin. Lo ha perdido... a la ruleta.




VI

EL JUGADOR OBJETIVO


Esto es una ladronera, una perfecta ladronera--dice D. Salustiano--. Ni
por casualidad se gana. Va usted a ver...

D. Salustiano coge una ficha de 20 pesetas y la arroja sobre la mesa.

--Veinticinco y veintiocho--exclama--. Caballo...

Luego, dirigindose a m, contina:

--Son 20 pesetas tiradas... Este ao llevo perdidas ya 15.000. Como no
se repita lo del ao pasado...! Sabe usted cunto me cost la broma el
ao pasado? Pues 7.000 duritos justos. No se gana nunca, nunca...

La ruleta gira vertiginosamente. Los azares despiden de cuando en cuando
la bola con un ruido seco. De pronto la bola entra en un cajetn y el
_croupier_ canta el nmero.

--Doce. Rojo. _Manque._ Par...

--Lo ve usted?--suspira D. Salustiano--. Era indudable. No hay manera
humana de ganar.

Y cogiendo ocho duros en fichas, los pone a una calle. Diez y nueve,
veinte y veintiuno.

--Ocho duros ms que voy a perder--me dice--. No se gana nunca. Est
demostrado...

En efecto. D. Salustiano pierde los ocho duros.

--Se ha convencido usted?--me pregunta--. Pues para que acabe usted de
convencerse, me voy a jugar cien pesetas a una fila. Las perder, ya lo
s, pero no importa...

Como D. Salustiano, hay en San Sebastin infinidad de personas que se
arruinan para demostrar que es imposible ganar a la ruleta. Porque,
desde luego, D. Salustiano est firmemente persuadido de esta
imposibilidad. Su juego es a modo de una leccin experimental para los
amigos y para los espectadores.

Yo me creo en el caso de contenerle.

--No juegue usted ms--le digo--. La demostracin ya est hecha. La
prctica ha confirmado suficientemente la teora. No vale la pena que
pierda usted cien pesetas ms para persuadir a un convencido como yo.

Pero D. Salustiano insiste.

--Es que no tan slo se pierde en general, sino que se pierde siempre,
todas las veces--exclama.

La fila de D. Salustiano comprenda los seis nmeros que van del 13 al
18, inclusive. Sale el 16, y D. Salustiano gana 500 pesetas. Yo voy a
felicitarle, pero me contengo. El buen seor est desconcertado. Todos
sus principios se acaban de caer a tierra. D. Salustiano tena una
conviccin en la vida: la de que nunca se gana a la ruleta, y he aqu
que una bola ciega, un azar incomprensible, acaba de destruir esta
conviccin. Qu le queda ahora a D. Salustiano? Nada ms que las 500
pesetas. En lo futuro, su existencia carecer de todo sostn ideal, y
ser una cosa balda...

--Juguese usted las 500 pesetas a una docena--le aconsejo.

D. Salustiano las juega y las pierde. Entonces su rostro se anima de
nuevo.

--Ha visto usted?--me dice--. Lo de la fila haba sido una casualidad
que no demuestra nada. Indudablemente, no hay posibilidad de ganar nunca
a la ruleta.

Y cogiendo cinco duros, los tira sobre la mesa:

--Para los empleados...




EN EL RINCN DE LOS MILLONARIOS




I

EL HIERRO


Cada vez que un bilbano me invita a comer, me parece que me da a comer
hierro. El hierro es el pan de Bilbao. Todo ha sido aqu hierro en su
origen, hasta el mrmol y el oro de los millonarios de Algorta. Y el
mismo chacol, en estas alegres cenas bilbanas, me produce un efecto
as como de vino ferruginoso.

Constantemente se denuncian nuevos yacimientos, a veces bajo casas
habitadas. Se denuncian calles, se denuncian viviendas, se denuncian
amigos y vecinos... Y toda la actividad bilbana, todo el trfago
gigantesco de la ra con sus hornos formidables que, durante el da,
eclipsan al Sol y que enrojecen el cielo por las noches, no son ms que
un esfuerzo para convertir este hierro en oro y en billetes.

Hay quien dice que el dinero bilbano es ms valiente que el dinero de
otras ciudades espaolas. Yo no creo gran cosa en la antropologa del
dinero. En un caso particular, el dinero puede ser ms o menos audaz o
ms o menos timorato; pero, colectivamente, no hay calidades en el
dinero: no hay ms que cantidad. El dinero de un pueblo no es cobarde ni
es valiente, sino que es poco o mucho. Las grandes fortunas, como los
hombres grandes, se atreven a cosas que, por regla general, asustan a
las fortunas pequeas y a los hombres chiquitines. Valor? No. Fuerza,
peso, volumen.

Adems, esto de tener el dinero en acciones es, poco ms o menos, como
tenerlo en fichas. Uno no le concede el mismo valor que si estuviera en
billetes, y se lo juega. Todo el mundo pica. Un poeta bilbano que me
quiso leer unos versos el otro da tuvo que buscar el manuscrito entre
unas cuantas navieras que llevaba en la cartera.

Afortunadamente, Bilbao est llamado a tener ms dinero cada vez, y uno
no puede imaginarse su porvenir ms que en una visin gloriosa. Hoy por
hoy, Bilbao es ya una ciudad donde el dinero se cuenta por millones, y
esta ciudad resulta doblemente extraordinaria porque se encuentra
situada en el pas de la calderilla.




II

LA REIVINDICACIN DE LOS MILLONARIOS


Indalecio Prieto, el actual diputado por Bilbao, es un diputado
socialista, pero socialista para obreros. Esperemos que, en una prxima
legislatura, Bilbao se haga representar en Cortes por un socialista de
otra clase: un socialista para millonarios.

La idea de un socialismo para millonarios no es ma, sino de Bernard
Shaw. Permtaseme adoptarla, sin embargo, para brindrsela a los
capitalistas bilbanos.

Los capitalistas bilbanos estn completamente desamparados frente a sus
obreros. Mientras se fundan cooperativas, y se construyen casas baratas,
y se crean parques y jardines, y se instalan bibliotecas pblicas y
baos municipales, adaptando a los recursos del obrero toda la vida del
pas, quin se acuerda de los millonarios? Un millonario bilbano puede
gastarse dos o tres millones en un _yacht_ y otros dos o tres en su
palacio de Algorta; pero, qu hace luego con los millones restantes?

Hace poco se ha fundado aqu una Compaa para lograr que el kilo de
merluza no cueste nunca mucho ms de seis reales; pero, dnde est la
compaa que venda merluzas para millonarios a mil o a dos mil duros? No
hay merluzas para millonarios, no hay zapatos para millonarios, no hay
sombreros para millonarios. Yo he visto al seor Sota el otro da con un
gabn que, desde luego, no le haba costado mucho ms que el mo. Claro
que el seor Sota puede comprarse cien, doscientos, quinientos gabanes;
pero esto sera una superfluidad. En un pas organizado para
millonarios, el ilustre naviero debiera poder adquirir un gabn de
varios millones de pesetas. Hoy no puede adquirirlo, y es que el
millonario se encuentra postergado en el mundo. Mientras todos gozamos
de la vida en proporcin con nuestros recursos, el millonario, no. Nadie
se cuida de los millonarios, y helos ah teniendo que fundar escuelas y
hospitales y que distribuir su dinero en obras de beneficencia.

Pobres millonarios! Hasta hace poco, su desamparo se explicaba por su
rareza. Los millonarios eran escassimos y no podan imponerse. Pero las
cosas han cambiado, y hoy, en Bilbao, quin no est ya en el tercero o
cuarto milln?

Ha llegado la hora de las grandes reivindicaciones. La sociedad tendr
que dejarles un puesto a los millonarios, y si no lo hace, yo,
millonario, dimitira.




III

EL HOMBRE QUE SE VENDI BREA A S MISMO


Cuando un hombre, en Bilbao, dice que necesita vagonetas, esto no
significa necesariamente que ese hombre necesite vagonetas. A lo sumo,
las vagonetas las necesita un amigo de un amigo de un amigo suyo. Y
cuando otro hombre, en el mismo Bilbao, le ofrece vagonetas a la gente,
esto tampoco implica el que ese hombre tenga muchas vagonetas en su
poder, sino que conoce a un seor, el cual, por medio de otro seor,
sabe de un tercer seor que quiere vender vagonetas. Y as ocurre el que
unos hombres que no necesitan vagonetas absolutamente para nada se pasen
la vida comprndoles vagonetas a otros hombres que no las tienen. Y
quien habla de vagonetas, habla de traviesas. Y quien habla de
traviesas, habla de clavos. Y quien habla de clavos, habla de brea. Y
quien habla de brea, habla de barcos. Y as sucesivamente.

Yo tengo en Bilbao un amigo que se compr a s mismo trescientas
toneladas de brea. No se trata de un bilbano, sino de un madrileo. A
poco de llegar al caf del bulevar, este chico dijo que necesitaba brea.
En _Maxim's_ hubiese pedido _whisky_, pero en el caf del bulevar se le
desarrollaron apetitos de ms importancia. Quera brea, muchas toneladas
de brea, y cuanto antes, mejor. Pasaron das, y los deseos de mi amigo
fueron satisfechos. Mi amigo tuvo brea en gran abundancia; pero como, en
realidad, l no necesitaba la brea para nada, al verse lleno de ella se
puso a ofrecerla.

--Quin quiere brea?--dijo--. Yo puedo venderla en excelentes
condiciones.

--Vende usted brea?--le pregunt un seor--.Pues yo le compro a usted
trescientas toneladas.

Convinieron el precio y firmaron un documento. Pero el comprador no
compraba por su cuenta, sino por cuenta de un seor a quien, quince das
antes, le haba odo decir que quera brea. Y este seor result ser
precisamente mi amigo, el cual, siendo vendedor de s propio, no pudo
robarse gran cosa y slo perdi la comisin.

Cuntas operaciones de este gnero no se harn diariamente en Bilbao?
Cuntos hombres que ni hacen clavos, ni tienen fbricas de clavos, ni
se dedican a industrias para las que necesiten clavos, no vivirn de los
clavos en esta ciudad? Es el comercio, el honrado comercio, genio del
mundo moderno.....




IV

EL VASCUENCE


Yo he credo en el vascuence hasta que lo he odo hablar. Ahora tengo la
idea de que hay trescientas, cuatrocientas, tal vez quinientas palabras
de vascuence, y que todas las otras son una hbil invencin. Me he
enterado, por ejemplo, de que mientras los vascos espaoles le llaman al
tenedor _tenedora_, los vascos franceses le dicen _fourcheta_. En una
esquina, y al lado de un letrero que deca Calle de Echembarrena, otro
letrero pona Echembarrena kalia. Y cuando me dijeron que el segundo
letrero estaba en vascuence, yo me reserv unas dudas bastante serias.
Luego he odo decir gent eleganta, por gente elegante, y otras cosas
anlogas. A veces, una palabra como ogua, que significa pan, le
desconcierta a uno; pero luego resulta que se trata de un derivado de
hogaza.

--No se fije usted--me dijeron algunos amigos--. Los que dicen
tenedora y gent eleganta no saben vascuence; pero pregntele
usted a Mourlane Michelena...

Y en fuerza de or esto he llegado a deducir que existe en efecto un
rico vocabulario vascuence, y que Mourlane Michelena es su nico
depositario.

Qu har con el vascuence Mourlane Michelena? Yo me explico que se
tenga una casa para uno solo, y una botella para uno solo, y una mujer
para uno solo; pero no me explico que nadie tenga un telfono ni un
idioma para usarlos exclusivamente consigo mismo.

Habr que or a Mourlane Michelena en sus monlogos aglutinantes y
prearios! Pero, por otro lado, yo no puedo menos de felicitar a un
hombre que, en medio del trfago bilbano, se encuentra de pronto este
tesoro de un idioma perdido durante tantos siglos.

Me explico que se coleccionen las palabras de vascuence con un espritu
de numismtico, como pudieran coleccionarse raras, preciosas e
interesantsimas monedas antiguas. Por mi parte, es con ese espritu con
el que las oigo; pero los tenedora y los eleganta me producen el
efecto de duros sevillanos entre monedas romanas.




UNA NUEVA BATRACOMIOMAQUIA


_La guerra ha terminado en todo el mundo excepto en Espaa. Los alemanes
se han rendido, pero no as los germanfilos, quienes siguen apoyando al
kiser y cantando las victorias de Hindenburg. Los aliados, por nuestra
parte, seguimos creyendo que Inglaterra y Francia representan la
libertad, la democracia, el derecho de pueblos, etc., etc._

_Es una nueva Batracomiomaquia, de la que el autor--modesta rana
beligerante--le ofrece algunas notas a su pblico._




I

LA GUERRA SOBRE EL PAPEL


Si los alemanes perdieron la guerra, no fue por culpa de los crticos
germanfilos. Los crticos germanfilos han combatido con tanto ardor
como el ms heroico de los soldados alemanes. Fabin Vidal y Manuel
Aznar pueden decir el trabajo que costaba desalojar a los crticos
germanfilos de ciertas posiciones. Se destruan los ltimos nidos de
ametralladoras, Ludendorff ordenaba la retirada y los ejrcitos aliados
avanzaban, pero Armando Guerra no se renda tan fcilmente. En sus
mapas, la lnea alemana mantenase intacta hasta tres o cuatro das
despus.

Cuando las tropas alemanas obtenan algn xito, los crticos alemanes
lo anotaban como un xito propio, y en sus peridicos les aumentaban el
sueldo.

--Estoy avanzando en Rusia, en Servia y en Rumania--debi de decirle a
su director--. He echado de todas partes al crtico de la _Corres_, y
creo que esto bien vale los doscientos duros...

En 1916, los crticos germanfilos llegaron a entrar en Verdun, en el
propio Verdun, y si luego abandonaron la plaza, fue, sencillamente,
porque el kronprinz no los sigui, y los pobres se encontraron all
solos, sin contacto ninguno con el ejrcito alemn...

Han luchado como unos hroes los crticos germanfilos; pero,
ltimamente, las cosas les han salido algo mal, y yo temo que les
rebajen el sueldo, por la misma razn en virtud de la cual se lo
subieron un da. En vano tratan de justificarse. Uno de ellos deca
recientemente que el avance aliado careca de mrito porque, segn
confesin francesa, los alemanes andaban escasos de armas. Pero por qu
andaban escasos de armas los alemanes? Pues simplemente porque los
aliados les tomaron ms de cuatro mil caones desde el mes de julio.
Supongamos que yo me lanzo con un cuchillo sobre el lector. El lector
retrocede, para el golpe, y se pone a forcejear conmigo hasta que logra
desarmarme. Luego me ataca con mi propio cuchillo, yo huyo, y _El
Debate_, comentando el suceso, escribe: La huida del Sr. Camba no
constituye xito ninguno para su lector, porque el Sr. Camba estaba
desarmado...




II

EL PUEBLO DE LOS GASES LACRIMANTES


Una de las cosas que ms le han servido a Alemania es la aficin a la
msica. La gente no cree que los alemanes puedan ser crueles.

--Qu van a ser crueles!--dice la gente--. Unos hombres tan tiernos!
Tan dulces! Tan musicales!...

Son muy musicales, en efecto, los alemanes. Al ms encarnizado
perseguidor de armenios se le hara llorar tocndole una melopea.
Desgraciadamente, es muy probable que siguiese machacando al armenio
mientras sonaba la msica. La sensibilidad ante la msica no tiene para
m mucho ms valor que la sensibilidad ante el zumo de cebolla. Si puede
constituir una prueba de bondad, esta bondad no pasar nunca de ser una
bondad baja y primitiva. Los misioneros y los exploradores solan
tocarles el acorden a los antropfagos africanos, a fin de ver si eran
civilizables; pero utilizar el mismo procedimiento para contrastar la
bondad alemana, francamente, me parece algo ofensivo.

Los alemanes son tiernos, son dulces, son musicales y lloran en el
cinematgrafo. Yo recuerdo, a propsito de la ternura alemana, una
Nochebuena que pas en Berln. La patrona de mi casa de huspedes haba
comprado un pino, que los inquilinos se encargaron de adornar con
ampollas de cristal coloreado, con algodn hidrfilo, con cintas de
plata y oro, con bombillas elctricas, con lentejuelas y con toda esa
pacotilla sentimental a que haba all tanta aficin. Sobre una mesa
estaban los regalos que unos huspedes se hacan a otros. A m me haban
regalado una corbata de siete colores, una cajetilla de sesenta
pfening, un tomo de poesas de Schiller, unos tirantes y un grupo
escultrico en escayola, que representaba Psiquis y el Amor. Lleg la
hora solemne. Se encendi el rbol, y la patrona produjo un gran jarro
de vino caliente con especies aromticas. Comenzamos todos a berrear en
torno del pino:

--_Weinachtsbaume... Weinachtsbaume..._

Poco a poco, la pensin entera fue emborrachndose y enternecindose, y,
al cabo de una hora, todo el mundo lloraba all a lgrima viva. Bondad?
Vino? Msica? Estupidez?... Yo lo que s es que cog mi corbata, mi
cajetilla, mi tomo de Schiller, mis tirantes y mi grupo escultrico de
Psiquis y el Amor y que desaparec. Aquel ambiente tan tierno me pareca
indigno del centro de Europa. Yo me consideraba rebajado en l. Adems,
yo no crea que la bondad se caracterizase por la blandura ni por la
humedad. Conoca muy bien a mis convecinos, y el que se les cayesen las
lgrimas o el moco era para m lo mismo que si les hubiese atacado el
hipo.

Cuntos de aquellos hombres habrn tomado luego parte en el atropello
de Blgica? Y quin sabe si alguno de ellos no habr intervenido
tambin en el bombardeo de Pars!...

Los alemanes son aficionados a la msica como los chinos son aficionados
al opio. Son un pueblo triste y llorn. Yo simbolizara esta especie de
sentimentalismo sin piedad que constituye su espritu en una de sus
ltimas invenciones de guerra: los gases lacrimantes.




III

SI LOS ALEMANES HUBIESEN GANADO


Terminada la guerra no hemos resuelto nada.

Nos esperan catstrofes, revoluciones, guerras, asolamientos y fieros
males.

--Lo ve usted?--me dice un germanfilo--. Si los alemanes hubiesen
ganado, no ocurrira nada de esto.

Y el caso es que, por primera vez, desde agosto del ao 14, este
germanfilo tiene razn. Si los alemanes hubiesen ganado, en efecto, el
problema de las nacionalidades dejara de ser un conflicto, porque todos
seramos alemanes. Todos seramos alemanes, y hasta es posible que todos
fusemos rubios. Y, siendo alemanes todos los hombres, no tan slo no
habra conflictos internacionales, sino que no habra tampoco
discusiones particulares. Todos tendramos las mismas ideas. Los
filsofos discurriran por nosotros, y quin duda de que las ideas
hechas en las Universidades son siempre de mejor resultado que las que
se hacen en casa?

El ciudadano se proveera de ideas lo mismo que de salchichas. La
cuestin de las lenguas--el polaco, el armenio, el cataln,
etc.--desaparecera por completo, ya que todo el mundo hablara alemn.
Se clasificaran todas las cosas. A los perros se les prohibira ladrar,
y a los socialistas se les negara el uso de la palabra. En los paseos
pblicos habra unos bancos para nios, unos bancos para nieras, unos
bancos para ancianos, y quizs hubiese tambin unos bancos especiales
para los candidatos al Parlamento: los chicos de tres aos, cuando
estuviesen cansados de jugar, iran de banco en banco, y, calndose unas
gafas, estudiaran los diferentes letreros:

--Soy yo candidato?--se preguntara Manoln--. Soy una niera?...

Si los alemanes hubiesen ganado, el individuo no tendra nada que hacer,
y el Estado alemn se encargara de todo. Uno cobrara, y el Estado se
le llevara a uno el dinero. Uno fumara, y el Estado escupira por uno.
En Espaa, es probable que la situacin no hubiese variado gran cosa.
Tendramos tambin, seguramente, un gobierno Maura y un rgimen de
censura; pero como toda Europa estara en condiciones anlogas, no
constituiramos una excepcin.

Qu orden, qu paz, qu tranquilidad las del mundo si, en vez de
triunfar los aliados, hubiesen triunfado los alemanes! Entonces, nadie
se hubiese vuelto contra los triunfadores. Ahora, en cambio, hasta los
alemanes mismos van a tener que hacerse revolucionarios de veras.




IV

EL LIBRO FUTURO


Un peridico, y no por cierto un peridico aliadfilo, hablando del
destrozo de Alemania, deca: Es intil que los alemanes pretendan
protestar. Que lloren como mujeres lo que no han sabido defender como
hombres!... Parece, sin embargo, que los alemanes no lloran como
mujeres lo que no han sabido defender como hombres. Antes bien, lo
bailan, lo cantan y lo beben con gran regocijo. Segn el _Daily
Mail_--en una carta de su corresponsal en Berln--la antigua capital del
imperio se divierte como en sus mejores das. Alemania est
deshacindose, y los mismos hombres que hace apenas unos meses lo
sacrificaban todo por ella, hoy le dedican al _fox-trot_ sus energas
restantes.

--Es posible tanta depravacin?--preguntar el lector.

Y yo, que he vivido dos aos entre alemanes, le contesto:

--S; es posible. Y es posible... porque no es depravacin.

A comienzos de la guerra, muchas gentes no crean que los alemanes
fueran capaces de bombardear ciudades indefensas ni de hundir barcos de
pasajeros. Yo s lo crea. Y no es que yo tuviese de los alemanes peor
concepto que mis interlocutores, sino que tena un concepto distinto.
Mis interlocutores suponan que para que un alemn matase a un nio en
la guerra era preciso que ese alemn fuese un malvado. Yo, en cambio,
opinaba que un alemn poda matar nios sin dejar por ello de ser un
excelente padre de familia y un hombre sensible a las emociones de
carcter ms elevado. Hay mujeres que ni aun puestas en la cumbre del
Mont-Blanc, como deca no s quin, seran inaccesibles; mujeres que han
cado mil veces y cuya alma, sin embargo, adivinamos ms pura que la de
una nia de seis aos. Parece que no se enteran nunca. Pues la
psicologa de estas mujeres podra acaso servir para explicar la de ese
alemn que con una rosa entre las pginas de un libro de versos se iba,
tiernamente, a arrojar bombas de cuarenta kilos sobre los tejados de
Pars...

Ahora, mientras Alemania se desmorona, Berln arde en fiestas.
Depravacin? Nada de eso. Lo que pasa es que los alemanes no se han
enterado an del resultado de la guerra. Saben que su ejrcito ha sido
vencido; saben que el Kiser ha abdicado; saben todo esto vaga y
confusamente; pero no saben nada ms.

Dentro de veinte aos, sin embargo, las cosas cambiarn radicalmente.
Hacia esa poca, un sabio profesor habr publicado una obra enorme en
muchos volmenes muy gordos, estudiando la guerra, no slo en su aspecto
militar, sino en su aspecto social, en su aspecto poltico, en su
aspecto econmico y en todos sus aspectos. Probablemente, la primera
parte de esta obra estar dedicada a las guerras de la Edad Antigua,
cuando aun no exista Alemania. Quizs el autor habr hecho tambin un
estudio detenido sobre la catapulta, considerndola como punto de origen
del mortero del 42. Y entonces, toda una generacin de alemanes se
calar las gafas, se pasar las noches en claro estudiando y se enterar
exactamente de lo que le ha ocurrido a su patria desde el 1914 al 1918.

Todo el mundo sabe que los alemanes no suelen rer los chistes hasta
veinticuatro horas despus de haberlos odo, que es cuando les ven la
punta. Dentro de veinte aos le vern tambin la punta a la guerra
europea y rompern a llorar. Llorarn en verso y llorarn en msica.
Llorarn todos los violines, todas las arpas, todas las gaitas, todos
los saxofones, todos los contrabajos del ex imperio. Alemania entera
llorar, y llorar mucho; pero llorar tarde.

Y, mientras tanto, en el _Palais des Dances_, Alemania re a cien marcos
por hora.




LOS MDICOS




I

EN DEFENSA DEL RESFRIADO


El Congreso Mdico de Madrid ha sido, segn parece, uno de los mejores
Congresos Mdicos celebrados en el mundo, y de aqu en adelante,
nuestros sabios doctores van a currnoslo todo: el cncer, la
tuberculosis, la lepra, la ceguera, el reblandecimiento medular, etc.,
etc. Muy bien, seores mdicos! Admirable! Pero qu me dicen ustedes
del resfriado?

Porque yo ni estoy reblandecido, ni soy ciego, ni sufro de lepra, ni
padezco de tuberculosis, ni tengo cncer ninguno. En cambio, me
encuentro resfriado casi siempre y no comprendo por qu razn han de
tratarme ustedes con tanto desprecio. Muchas veces, harto de toser y de
estornudar, yo he acudido a ustedes en consulta. Ustedes me han
auscultado, me han preguntado si me canso al subir escaleras, a lo que
yo he contestado que, desde luego, me canso mucho ms que al bajarlas,
me han obligado a respirar fuerte, y, por ltimo, con un gesto de
infinito desdn, me han dicho:

--Bah!... Usted no tiene ms que un simple resfriado...

Un simple resfriado! Y yo que me crea poseedor de una enfermedad
importante!... Profundamente avergonzado, yo he cogido entonces mi
sombrero y me he lanzado a la calle, sumido en amargas reflexiones.

--El fracaso es evidente--deca yo para mis adentros--. Con qu cara me
presento ahora ante los amigos?

Pero ya me he cansado, y en nombre de toda la humanidad acatarrada,
solicito para el resfriado la atencin de la ciencia y el respeto de las
familias. Convengo en que la tuberculosis es ms dramtica que el
resfriado, pero exijo que al resfriado se le otorgue tambin cierta
categora. Si el gato es el tigre del pobre, como deca no s quin, el
resfriado es la tuberculosis del principiante. Es una tuberculosis
modesta, una tuberculosis para personas de poco dinero que no pueden
dejar de trabajar ni irse a la sierra a beber leche y respirar aire
puro. Por qu este desdn hacia el resfriado en una poca tan
democrtica?

Yo sospecho que es, sencillamente, porque los mdicos no saben curarlo.
Y es intil que me hablen del cncer, de la lepra, de la tuberculosis,
etc. Mientras los mdicos no curen los resfriados, yo no creer en la
Medicina.




II

EL VIRTUOSISMO DE LA CIRUGA


A un amigo mo le tenan que operar de la apendicitis.

--Voy a quedarme arruinado--me dijo--; pero no tendr ms remedio que
acudir a un gran cirujano.

Era un amigo querido, y yo me alarm.

--No haga usted semejante cosa--le respond--. Llame usted a un
medicucho cualquiera. Llame usted a un sastre. Llame usted a un barbero
o a un ebanista, pero no llame usted a un gran cirujano. El gran
cirujano le considerar a usted el apndice as como un virtuoso del
violn puede considerar la _Sonata de Kreutzer_, y de una manera muy
artstica, le matar a usted...

Yo he visto trabajar una vez a un virtuoso de la ciruga. Rodeado de un
coro de admiradores se dirigi a una mesa de mrmol, donde,
convenientemente narcotizado, yaca el enfermo. El virtuoso cogi unas
pinzas y un bistur y se dirigi a nosotros.

--Para la mayora de los cirujanos--nos explic--esta operacin no
ofrecera dificultad ninguna. Es una operacin sencillsima, que est
resuelta desde hace mucho tiempo, y que puede realizar cualquiera sin
el menor peligro. Comprendern ustedes, sin embargo, que despus de
reunir aqu a tan buenos amigos, yo no voy a defraudar su expectacin.
Las posibilidades quirrgicas son ilimitadas para todo mdico que tenga
sangre de artista, y yo voy a demostrarlo ensayando con este enfermo un
procedimiento indito y completamente personal. Es un procedimiento
peligroso, indudablemente, pero en eso consiste su encanto. Ya saben
ustedes, seores, que a m no me arredra el peligro...

Y, con un gesto a lo Thuillier, el gran cirujano se lanz sobre el
enfermo, quien, bajo la influencia del cloroformo, haba comenzado a
cantar unas peteneras. Los admiradores no pudieron contenerse y
rompieron a aplaudir.

--Van ustedes a ver con qu rapidez procedo--aadi el gran cirujano--.
Toda la operacin se reduce a tres trazos. Zas! Zas! Zas!...

El gran cirujano hizo sus tres trazos y el enfermo dej de cantar.

--Se le va el pulso--observ un ayudante.

Otro ayudante cogi con unas pinzas la lengua del pobre hombre, y se
puso a tirar de ella desesperadamente, pero todo fue intil. Al poco
rato el enfermo haba muerto.

--Qu lstima!--exclam uno.

--Verdaderamente!--exclam otro, que quizs fuese yo mismo--. Este
pequeo detalle enturbia un poco el xito de la operacin...

El prncipe de la ciruga se lav las manos, y si alguien se ha lavado
alguna vez las manos como Pilatos, fue precisamente aquel hombre.
Salimos a la calle; pero, como de costumbre, no se vea un guardia...

Amigo lector: Permtame usted que le d el mismo consejo con que ya
favorec al amigo de quien he hablado antes. Si alguna vez necesita
usted que le operen, llame usted a un medicucho cualquiera. Llame usted
a un sastre. Llame usted a un barbero o a un ebanista; pero no llame
usted a un gran cirujano...




III

LA VIRUELA OBLIGATORIA


Cuando se decret en Madrid la vacuna obligatoria, todo el mundo se
indign.

--Que se vacune el que quiera--sola decirse--; pero y si a m se me
antoja tener viruelas?

Libertad de tener viruelas... Libertad de pegrselas al vecino...
Libertad de escupir... Libertad de tronchar los rboles... Con qu
ahnco defiende todas estas libertades el espaol!

--Desengese usted--me deca un amigo antes de la vacuna obligatoria--,
Espaa es el pas ms liberal del mundo. Aqu puede usted hacer lo que
le da la gana...

--Yo no--le contest--. Usted. Usted puede hacer aqu lo que le d la
gana, y con usted, pueden hacerlo el Sr. La Chica y otros cuantos
seores; pero yo, no. No hay posibilidad de que todo el mundo haga nunca
lo que le d la gana, y si ustedes hacen su gana de ustedes, es
sencillamente porque una buena cantidad de seores no podemos hacer la
nuestra...

En el caso concreto de la vacuna, la mayora del vecindario parece
considerarla como una tirana, y si se considera que la vacuna es la
tirana, no se est muy lejos de creer que la viruela sea la libertad.
Lo es, en efecto? Desde el punto de vista de los microbios, no cabe la
menor duda; pero, desde nuestro punto de vista, la cosa es ya bastante
ms discutible. Por mi parte, considero la viruela como una verdadera
imposicin de que han venido hacindonos vctimas nuestros gobiernos. La
viruela tena en Espaa el mismo carcter obligatorio que ahora tiene la
vacuna, y nadie protestaba contra ella. Las gentes se resignaban a
padecerla como se resignaban a padecer el tifus y el caciquismo. Y, al
igual de los caciques, los microbios, sin duda, pensaban tambin que
Espaa era el pas ms liberal del mundo.

Qu lstima que la libertad prctica no pueda ser absoluta como la
libertad terica! Qu lstima que nuestros intereses no coincidan con
los de los microbios! Qu lstima... para los microbios!...




IV

CROYDON Y MADRID


PARECE que en Croydon, cerca de Londres, la Liga antivacunista se ha
opuesto violentamente a la vacunacin obligatoria del vecindario. Un
peridico espaol da cuenta del hecho ponindole esta coletilla: En
todas partes cuecen habas. Y esta otra: Y an hablan de _l'Espagne et
le Maroc_!...

Quines hablan de _l'Espagne et le Maroc_? Los ingleses, en todo caso,
hablaran de _Spain and Marocco_, y la verdad es que si nosotros no
tuviramos con Europa ms analoga que la de oponernos a la vacunacin
obligatoria, no tendramos analoga ninguna y estaramos completamente
unidos al frica. Porque Europa puede combatir la vacunacin obligatoria
y nosotros no. Es el caso de dos personas que se opusieran al alumbrado
de petrleo, una en nombre de la luz elctrica y otra en nombre del
candil. Los vecinos de Croydon, con una urbanizacin excelente, creen
que deben prescindir de la vacuna. En vez de vacunarnos--dicen--dennos
ustedes ms agua y ms aire. Aqu, en cambio, la alternativa es
trgica: o vacuna o viruela. Nosotros estamos todava en el perodo de
la vacuna, como estamos en el del reformismo y el republicanismo. De
vivir en Croydon yo sera, muy probablemente, miembro de la Liga
antivacunista, y, no obstante, cuando el Sr. Romeo inici aqu su
campaa en pro de la vacunacin obligatoria, hice un artculo
defendindola. La vacuna, que en Inglaterra me parecera reaccionaria y
anticientfica, aqu me parece liberal y cientificsima. Y si los
espritus revolucionarios ingleses pudieran traspasarnos con la vacuna
su partido conservador, no habra un hombre verdaderamente progresivo en
Espaa que se negara a acogerlo. El partido conservador ingls vendra
entonces a representar la tendencia ms avanzada de la poltica
espaola.

Indudablemente, el hecho de que en Londres se combata la vacuna, no debe
servir para animar a los antivacunistas espaoles. En un Estado
norteamericano se est haciendo ahora una campaa con cierto ferrocarril
en proyecto... pero con objeto de que se establezca un servicio de
comunicaciones areas. El ferrocarril comienza ya a ser un atraso en el
mundo. Aqu no se puede decir an que tengamos ferrocarriles.




V

MICROBIOS A SUELDO


El microbio de la gripe ha vuelto. A su llegada a Madrid, un microbio
local fue a visitarlo con propsitos periodsticos.

--Parece que ha recorrido usted medio mundo--le dijo el microbio local.

--S... He estado en Francia, en Alemania, en Suiza, en Dinamarca, en
Inglaterra, en los Estados Unidos...

--Grandes pases, eh?

--Quite usted all! Para un pobre microbio que quiera vivir
tranquilamente, el mejor pas es Espaa. Aqu funda usted una pequea
familia--cuatrocientos o quinientos mil hijos--, y la saca usted
adelante sin el menor contratiempo. Lleva usted sus chicos a la escuela,
al teatro y al _cine_, y es un gusto ver cmo se instruyen y se
divierten. La alimentacin es magnfica. Qu carnes tan podridas! Qu
leche tan adulterada!...

--La leche es muy buena, en efecto--respondi el microbio local--; pero
y el cido fnico?

--El cido fnico?--exclam el microbio de la gripe--. Pero usted cree
en el cido fnico?

--Hombre! Los mdicos aseguran...

--Pero es que cree usted en los mdicos?... Que un hombre crea en los
mdicos, pase. Lo inconcebible es que un microbio, que est en el
secreto de estas cosas, les haga caso ninguno. Por mi parte, le aseguro
a usted que el cido fnico me hace engordar y que su aroma me parece
exquisito. Desengese usted, querido colega. El cido fnico slo es
desagradable para los hombres...

--Y piensa usted quedarse mucho tiempo por aqu?

--Ver usted. Yo he venido a reponerme. He sufrido mucho en mis
correras por el mundo. Fuera de Espaa todo se vuelve hablar de
libertad; pero si existe algn pas donde un pobre microbio puede hacer
lo que quiera, ese pas es ste. Aqu se siente uno amparado por las
leyes y por las costumbres. Los naturales nos aman, y cuando alguna
autoridad inicia una campaa contra nosotros no faltan amigos que nos
defiendan enrgicamente diciendo que tienen un perfecto derecho a
cultivarnos. Esto es libertad, libertad para los microbios, y lo dems
es cuento. Sabe usted cunto peso he perdido durante mi estancia en
Inglaterra? Pues muy cerca de una diezmillonsima de miligramo. Para
que digan que Inglaterra es un pas ms libre que Espaa!... Adems, en
Espaa uno puede cultivar el trato de toda clase de microbios, y esto
siempre es instructivo. El microbio del tifus, por ejemplo, y el de la
viruela, expulsados de todo el mundo, se han refugiado aqu, donde viven
a las mil maravillas. Yo los he visto el otro da en el pecho de un
enfermo que es cliente mo y a quien se los haba llevado su mdico.

--De modo que se establece usted entre nosotros para siempre?

--Ah, no!... Llegar un da en que Espaa ser un pas de microbios
solos, y entonces la lucha por la vida adquirir aqu caracteres
horribles.

--Antes de esa fecha--exclam el microbio local--yo me agarrar al
presupuesto. Buscar un emplello en algn laboratorio, como microbio de
cultivo, y a vivir!




VI

JUVENTUD, DIVINO TESORO...


Han ledo ustedes las experiencias del doctor Voronof? El doctor
Voronof pretende haber descubierto, sencillamente, el secreto de la
eterna juventud. Nuestra vida--dice el doctor Voronof--no depende tanto
del funcionamiento de los grandes rganos como de la secrecin de
ciertas glndulas, minsculas algunas veces... Al leer esto, le entran
a uno vivsimas sospechas de que el doctor Voronof llama glndulas
minsculas a los talones del Banco de Espaa, al papel moneda y a los
distintos valores en curso, sospechas que se acentan a medida que uno
sigue leyendo: Un hombre--aade el sabio cirujano--puede vivir sin
rin o sin estmago; pero si le suprimimos, por ejemplo, las cpsulas
subrenales, muere... Indudablemente--piensa uno--el doctor Voronof,
llevado de su tecnicismo profesional, denomina cpsulas subrenales a las
piezas de cinco pesetas. El nombre parece extrao; pero quizs no
carezca de abolengo. Un filsofo podra, tal vez, descubrir cierta
analoga entre ese trmino y la expresin popular de costarle a uno un
rion, expresin demostrativa de que el pueblo considera tambin los
duros como una especie de cpsulas subrenales...

Pero todo esto son fantasas. El doctor Voronof sabe muy bien lo que se
dice y nos asegura que los mdicos pueden rejuvenecer a la humanidad sin
ms que injertar en los organismos decrpitos las glndulas
intersticiales de organismos vigorosos. Por este procedimiento ya le ha
devuelto el doctor Voronof la juventud a numerosos carneros. No se la
podra devolver tambin a algunos de nuestros polticos?

Es posible que todos los problemas espaoles se reduzcan a un solo
problema quirrgico, y que lo nico que necesitemos en este pas sean
glndulas intersticiales. Nuestros carneros son ms o menos viejos; pero
nuestros polticos son todos anteriores a la revolucin francesa, y si
los cirujanos no logran matarlos, que por lo menos procuren
rejuvenecerlos. No creo que los polticos se diferencien tanto de los
carneros que no se pueda hacer con los unos lo que se ha hecho con los
otros. Ensaye en ellos sus glndulas intersticiales el doctor Voronof y
ensaye tambin esas glndulas tiroideas con las cuales parece que, ya en
el ao de 1913, convirti a un idiota en un ser sensato y razonable.

Ahora, que el doctor Voronof debe tomar precauciones, porque aunque
cientficamente un poltico sea igual a un carnero, hay, sin embargo,
entre ambos una diferencia esencial. El carnero no vive de su vejez, y
el poltico s. Qu sera de un poltico espaol sin vientre, sin
barbas blancas, sin asma y sin calvicie? Quitarle estas cosas a un
poltico es quitarle el prestigio y la respetabilidad. Por otra parte,
es que los ex ministros seguiran cobrando sus cesantas cuando
volviesen a la edad en que eran simples diputados? Porque si seguan
cobrndolas, el fracaso del doctor Voronof no poda ser ms evidente.

Decididamente, no creo que sea nada fcil rejuvenecer a un poltico
espaol. El doctor Voronof podr rejuvenecer a un carnero de catorce
aos, a un loro de ciento cincuenta y a una carpa de doscientos; pero no
as a uno de nuestros polticos. Y es que para devolverle la juventud a
un animal cualquiera, se necesita una cosa que no depende ni del doctor
Voronof ni tampoco del animal. Se necesita, sencillamente, que el animal
en cuestin haya sido joven alguna vez.




ENTRE CABALLEROS




I

LOS DESAFOS Y EL MDICO


Si la proposicin que algunos mdicos presentaron un da al Colegio de
Madrid hubiese llegado a adoptarse, los lances entre caballeros no
tardaran en pasar a la historia. Se trata de una proposicin para que
ningn mdico asista como tal mdico a ningn desafo. Claro est que en
los desafos no suele ocurrir nada. A primera vista no hay, por lo
tanto, ninguna razn para que los caballeros se hagan acompaar de un
mdico cuando van a batirse y no cuando van a tomar caf, ya que el
caf, bien solo o bien con leche, es, en casi todos los
establecimientos, un brebaje engaoso que da lugar a serias
complicaciones gstricas. Se puede demostrar que, prcticamente, los
mdicos son del todo innecesarios en los desafos; pero, al demostrar
esto, se demostrara tambin que los desafos son prcticamente
innecesarios en la vida. Ya se sabe que en los desafos no muere nadie;
pero es preciso mantener la creencia de que puede morir alguien, y para
mantenerla es para lo que estn los mdicos. Las espadas, los sables,
las pistolas todo esto tiene un carcter decorativo y de panoplia, y
uno puede mirarlo alegremente; pero, y el botiqun? A quin no le
asalta por un instante la idea de la muerte al ver a un mdico con su
botiqun debajo del brazo?

En Francia, los duelistas procuran presentarle al pblico de vez en
cuando un pequeo cadver. Aqu no se ha cambiado de cadver desde hace
muchsimos aos, y el duelo est perdiendo prestigio. Vean ustedes las
estadsticas de accidentes del trabajo y observarn que la industria
corchotaponera produce ms vctimas que el duelo. Qu se discute en
Espaa entre los partidarios del desafo y sus antipartidarios? Pues,
sencillamente, un muerto de all por el ao 98, muerto que, al parecer,
debi su muerte a un descuido del mdico...

Si los mdicos, pues, le hacen el _boicot_ a los desafos, si cuando un
caballero le haya producido a otro con un sable o con una espada un
rasguo en la mueca, no hay un mdico que describa este rasguo como
una herida inciso-trinchante de tantos centmetros de extensin, en la
regin tal, interesando la dermis y la epidermis y la paquidermis; si
adems el mdico no echa en este rasguo tintura de yodo y yodoformo y
alguna otra porquera, y no arma all una cantera y no cubre luego el
brazo de gasas malolientes, qu va a ser de los desafos?

Los desafos quedarn entonces reducidos a un _sport_, as como la
natacin, como el billar o como la pesca de caa, y no digo como el mus
o el _poker_, porque estos juegos es indudable que producen vctimas. Se
convertirn en un ejercicio vulgar y caro y no tardarn en desaparecer.
Y esto sera grave porque, probablemente, dara origen a un aumento de
mortalidad.




II

LOS DESAFOS Y LA TCNICA


Si un seor me invitase un da a jugar una partida de ajedrez, por muy
obligado que yo le estuviera, no le complacera. Le demostrara que no
s jugar al ajedrez, y el seor en cuestin tendra que renunciar a la
partida proyectada.

Si el mismo seor pretendiese otro da hacerme ejecutar al piano la
_Marcha fnebre_ de Chopin, tampoco me sera fcil complacerle.

--No s tocar el piano--le dira--. Y si, en vez del ajedrez o el piano,
el seor en cuestin se orientase hacia la esgrima y quisiera batirse
conmigo a espada o a sable, mi contestacin sera igualmente lacnica.

--Lo siento mucho, pero no s batirme a sable ni a espada...

En el primero y el segundo casos, todo el mundo encontrara mi negativa
perfectamente natural. Se puede ser un gran aficionado al ajedrez, pero
se comprende que cuando un hombre no sabe jugarlo, no lo juegue. Se
puede ser muy entusiasta de la _Marcha fnebre_, y no obstante, ante la
imposibilidad tcnica de ejecutarla al piano, la gente se explica, sin
dificultad, el que un hombre no quiera ejecutarla...

En el tercer caso, sin embargo, es seguro que yo quedara muy mal.
Cualquier razn sirve para no batirse, excepto la de que uno no se sabe
batir. A nadie se le ocurre atribuir al miedo el motivo de que yo no d
conciertos en la Sociedad Filarmnica; pero si yo me negara a batirme,
se dira que el miedo me dominaba:

--En el terreno, la tcnica significa muy poco. Lo decisivo es el
valor...

Y esto es posible; pero yo creo que se tiene tanto ms valor cuanto se
tiene ms tcnica. Est demostrado que la tcnica de la natacin
consiste principalmente en perder el miedo. Nadie nada de primera
intencin, porque el miedo le lleva a hacer una serie de movimientos con
los que, irremisiblemente, se ahoga. Pues yo cogera a D'Artagnan, de
quien no es publico que supiese nadar, le pondra al borde de un mar
profundo, y le dira:

--Lncese usted. Todo es cuestin de no tener miedo...

Y el intrpido mosquetero se ira a hacerle compaa a los pacficos
besugos.

Es posible que yo no me batiese, aunque supiera batirme; como es posible
que no ejecutase la _Marcha fnebre_, aunque supiera ejecutarla; pero si
alguien me pide alguna vez que ejecute esta marcha, yo no me voy a
salir dicindole que prefiero otra marcha ms jovial, o que no me
inspira simpatas la autonoma de Polonia, tierra del autor, sino,
sencillamente, que no s tocar el piano.

Y cuando alguien me desafe, yo le dir que no me s batir, en vez de
plantearle el problema de la moral del duelo. Por lo dems, acaso toda
la moral del duelo consista precisamente en esto. Cuando todo el mundo
llevaba una espada al cinto y saba ms o menos manejarla, batirse en
duelo era una cosa as como lo que es hoy liarse a garrotazos. Hoy, en
cambio, el duelo es la equivalente de lo que ser liarse a garrotazos en
el ao 2000, cuando, en vez de bastones, los hombres salgan a la calle
con unos tubos de goma llenos de aire comprimido, de energa
radioactiva, de caf con leche o de lo que sea.




III

LOS DESAFOS Y EL HONOR


Sigamos con esto del duelo. Un hombre hace una canallada; este hombre se
bate y es un hombre de honor. A un hombre le hacen una canallada; este
hombre no se bate y es un hombre sin honor. El honor o el deshonor no
consisten, pues, en conducirse honorable o deshonorablemente, sino en
batirse o no batirse. Yo me atrevera a decir del honor caballeresco
exactamente lo mismo que he dicho del valor, esto es, que se tiene tanto
ms cuanto se tiene ms tcnica. El honor se puede aprender, si no en
doce, en cien o en doscientas lecciones. Todo es cuestin de tener algn
dinero para ir a una sala de esgrima. Por mil pesetas uno puede llegar a
hacerse un caballero perfecto, a condicin de que uno no est demasiado
viejo ni demasiado gordo, ya que el honor tambin tiene edad, peso y
estatura.

--Pero si esto es as--dirn ustedes--, por qu hay tantos hombres sin
honor?

Sencillamente, porque no lo necesitan. Yo he observado que slo tienen
honor aquellas personas a quienes les hace verdadera falta tenerlo. De
qu le servira el honor a un ebanista o a un comerciante? Cuando un
joven piensa dedicarse a la ebanistera o al comercio, no se preocupa
del honor. En cambio, si quiere entrar en la poltica, o si es
aristcrata, se compra unos floretes, unas zapatillas y una careta y se
inscribe en una academia de esgrima. En Inglaterra no existe el honor
caballeresco, y en Barcelona, tampoco. Un barcelons puede ser un hombre
muy digno y hasta un hombre muy sinvergenza sin necesidad ninguna de
tener honor; pero no as un madrileo. Hubo un tiempo en que para
dedicarse al periodismo, el honor era tambin una cosa indispensable.
Hoy creo que todava se exige el honor en algunos peridicos; pero, en
la mayora, slo procuran que el periodista sepa su oficio. Das atrs
hablaba yo con un periodista de la vieja escuela y le deca que,
francamente, eso del honor me pareca absurdo.

--Ah!--me contest--. Usted ha tenido mucha suerte y puede usted
prescindir del honor. Si yo hubiese podido hacerme una firma, tambin
prescindira de l; pero a los cincuenta aos de edad no he logrado
llegar an a las doscientas pesetas, trabajando diez horas diarias. Yo
soy un fracasado, y si no tuviese honor, me morira de hambre...

Mi pobre compaero tiene honor porque le hace muchsima falta. Si el da
de maana heredase, dejara inmediatamente de tenerlo.




LA POLTICA

_En estos comentarios, que fueron escritos a fines del ao 18 y
comienzos del 19, el lector ver algunos nombres propios: Maura, Cierva,
Dato, Snchez de Toca, Romanones... Lo probable es que semejantes
nombres no varen, o bien porque sus titulares vivan indefinidamente, o
bien porque, al morir, le dejen la herencia poltica a sus hijos. Y,
aunque varen los nombres, es indudable que las cosas no variarn. Es
decir, que el lector del ao 50 no tendr que hacer, a lo sumo, nada ms
que la simple sustitucin mental de unos apellidos por otros para
convertir este pequeo trozo de historia en una pgina de actualidad
palpitante._




I

CEREBROS ARTIFICIALES PARA USO DE DIPUTADOS


El otro da, al salir del Congreso, me fui a cenar con un amigo
diputado. Nos sirvieron de postre unas chirimoyas, fruta tropical, y mi
amigo, con su chirimoya en la mano, comenz a hablarme de la autonoma
catalana. Yo le miraba, a la vez que le oa, y tena una sensacin as
como si fuese de la chirimoya de donde mi amigo sacaba las ideas. De
cuando en cuando, y coincidiendo con los momentos en que la
argumentacin exiga mayor sutileza, mi amigo oprima nerviosamente la
chirimoya, como si quisiera extraerle todo el jugo. Y entonces se me
vena a la imaginacin la imagen prodigiosa de _Le Penseur_, de Rodin.
Hubo instantes en que yo tem que la chirimoya reventase en manos de mi
amigo, quien, cuando no poda terminar un razonamiento, la apretaba de
un modo verdaderamente suicida. Por fin, mi amigo se comi la chirimoya
y dej de hablar de la autonoma catalana. Pedimos la cuenta. Las
chirimoyas costaban a cinco pesetas cada una. Y yo pens que, para
decirme lo que me haba dicho, mi amigo hubiera podido arreglarse
perfectamente con una fruta del pas, como, por ejemplo, la naranja, que
es bastante jugosa y que se encuentra al alcance de las fortunas ms
modestas.

Estamos ante problemas demasiado graves, y yo temo que nuestros
cerebros, ociosos durante muchsimos aos, no puedan ahora funcionar con
la exactitud necesaria. Algunos diputados razonan con chirimoyas. Otros,
vistos desde la tribuna de la Prensa, nos presentan unos crneos largos
y depilados, como melones. Y otros, en fin, ms acres, cuando estrujan
su pequea masa enceflica, parece que estrujaran un limn. Por qu no
se harn mquinas de pensar, como se hacen mquinas de calcular? El Sr.
Torres Quevedo, que ha hecho una mquina para jugar al ajedrez, podra,
seguramente, con mucha ms facilidad, hacer mquinas que estudiasen la
cuestin catalana y vendrselas o alquilrselas a los seores diputados.

Podran hacerse cerebros de celuloide, slidos, prcticos y que, como se
venderan mucho, resultaran bastante baratos; cerebros a los que se les
diese cuerda para veinticuatro horas, o bien que tuviesen una ranura,
como ciertos aparatos de gas, para que, al querer iluminar algn punto
obscuro de nuestra poltica, bastase echar en ellos una moneda y
aproximar un fsforo. La idea parecer descabellada, pero yo me
atrevera a apoyarla con un precedente: los cerebros alemanes.
Minuciosamente preparados por el Estado y exactamente iguales unos a
otros, los cerebros alemanes de la _avant-guerre_ podran considerarse
como un producto industrial.

Claro que el da en que los espaoles razonemos con unos cerebros
artificiales, confeccionados al por mayor, perderemos toda nuestra
variedad, tan pintoresca. Pero acaso sea precisamente esto lo que nos
est haciendo falta.




II

LA INDUSTRIA ELECTORAL


Las elecciones son nuestra nica industria nacional, y si se hicieran
dos veces al ao, Espaa se depauperizara. Hay pueblos en los que la
cosecha representa unos diez mil duros anuales, la industria unos cinco
mil, y las elecciones ciento o ciento cincuenta mil. Y aun hay quien
echa pestes contra la ley del Sufragio!

--Para qu queremos el voto?--se preguntan algunas gentes.

Y estas gentes, no slo carecen de sentido poltico, sino que carecen
tambin de todo instinto comercial. Queremos el voto para venderlo. La
ley que nos ha proporcionado el derecho a votar nos ha asegurado con l
una renta vitalicia. Un voto puede valer cinco, diez, veinte, cien,
hasta doscientos duros. Muchos hombres en Espaa ganan con su trabajo
cincuenta duros al ao, y con el voto obtienen el doble y el triple.
Claro que es preciso votar a los candidatos conservadores. Los
socialistas, que se las echan de protectores del pueblo, en realidad
quieren robarle al pretender que el pueblo los vote gratis. Falsos
apstoles!, como dice un colega...

Cuando llegan las elecciones es como si llegara una cosecha milagrosa.
Una cosecha de cereales, de salchichones, de chorizos y de cigarros de a
peseta con ureas sortijillas. El vino circula abundantemente en
nuestros pueblos ms miserables. Las gallinas, animadas de un fuego
sagrado, dijrase que ponen los huevos ya cocidos y todo. Los corderos
nacen asados. Espaa come y bebe a sus anchas.

Y son los socialistas quienes censuran al Sr. Maura por echar sobre el
pueblo espaol esta bendicin de unas elecciones generales? Pues que el
decreto de disolucin se retrase unos meses ms, y con lo cara que est
la vida, Espaa se morir de hambre. Es preciso acabar con esta leyenda
de que un candidato no es importante ms que como un diputado en
potencia. Lo importante no es el diputado, sino el candidato. Lo
importante no es el Parlamento, sino el perodo electoral. Un hombre que
se deja en un distrito de cincuenta mil duros para arriba es,
indudablemente, un hombre que favorece al distrito, y el pueblo,
agradecido, debe votarle...

A no ser que el candidato contrario se deje lo doble.




III

UNA CARTA


Un lector me enva la siguiente carta:

Sr. D. Julio Camba.

Muy seor mo: Su artculo sobre las elecciones, publicado en _El Sol_
del da 13, contiene varias inexactitudes que me apresuro a rectificar.
Dice usted que los votos constituyen en Espaa una gran industria. Ay,
seor Camba! Como tantas otras, esta industria ha venido aqu
considerablemente a menos. La concurrencia es terrible. Hay quien vende
su voto por dos duros. Hay quien lo da a cambio de una comida, de un
paseo en automvil o de un cigarro puro. Hay quien vota por amistad, y
hay algo mucho peor an: hay quien vota por convicciones polticas. Y
as se explica el que se presenten candidatos hombres que no tienen
donde caerse muertos.

Yo creo que se debiera constituir una liga de electores imponiendo una
tarifa mnima para los votos. Esta sera, a mi juicio, la nica manera
prctica de que los ciudadanos hiciramos valer nuestros derechos. Cinco
duros por voto, y si los candidatos no aceptaban, iramos a la huelga.
Y no me hable usted de inmoralidad. El hecho de que usted cobre sus
artculos no quiere decir que usted venda sus ideas. En realidad, un
escritor no tiene verdadera independencia de pensamiento mientras no
puede vivir de su pluma, y algo de esto ocurre tambin con el elector.
Sabe usted lo que yo he tenido que hacer en las elecciones pasadas para
valorizar un tanto mi derecho de elector? Pues he tenido que votar dos
veces: una por un candidato monrquico, y otra, por un republicano.

Porque eso de que los candidatos conservadores son quienes pagan mejor
los votos, tampoco es exacto, seor Camba. Cuando estn en el Poder,
qu necesidad tienen de pagarlos? Generalmente, ni siquiera se toman la
molestia de echarnos un discurso.

Desengese usted. Para levantar un poco la industria electoral no hay
ms procedimiento que la Liga. Recientemente se hablaba de sealar
sueldo a los diputados. Muy bien; pero que los diputados comiencen por
pagar a sus electores. Y mientras haya gentes que voten de balde, yo no
podr creer que el derecho a votar represente para el pueblo conquista
ninguna...

Hasta aqu la carta de mi comunicante. Yo, en prueba de imparcialidad,
la reproduzco ntegra.




IV

EL AUTOR NECESITA UN DISTRITO


En estos hermosos das de mayo, para estar a tono con las costumbres y
no hacer entre mis contemporneos un papel despreciable, yo necesito dos
cosas: un distrito y un sombrero de paja.

Casi todo el mundo tiene un distrito y un sombrero de paja. Algunos
tienen sombrero de paja y carecen de distrito. Otros tienen el distrito
nicamente, pero podrn contarse con los dedos de una mano los espaoles
que se encuentren hoy, a la vez, sin distrito y sin sombrero.

Lector: No tendr usted por ah algn distrito suelto que ofrecerme?
Ha mirado usted bien?...

Todos mis amigos tienen distrito, y hasta hay quien hace gala de dos o
tres. A juzgar por las apariencias, en Espaa hay muchos ms distritos
que candidatos, y muchos ms ciudadanos elegibles que ciudadanos
electores. Hombres que se han pasado el invierno sin gabn comparecen
ahora en la tertulia del caf con distritos magnficos. No me extraara
nada que alguno de ellos empeara el suyo...

Es muy hermosa la libertad del hombre soltero; pero cuando uno se va
haciendo un poco viejo y comienza a padecer del estmago, echa de menos
una mano amante que le arrope bien en la cama y le sirva tacitas de
caldo. Tambin es muy hermosa la situacin del escritor independiente;
pero no en poca de elecciones. En poca de elecciones, quin no siente
el anhelo de un partido poltico, un partido carioso que le d un
distrito as como le dara un caldo la tierna esposa?

Al salir a la calle y coger su sombrero, su bastn y sus guantes, uno
tiene estos das la sensacin de que le falta algo todava, y lo que le
falta es un distrito. Luego, en la tertulia habitual, as que todos los
amigos se ponen a hablar de sus distritos respectivos, el hombre que
carece de distrito es algo as como un paria. Los camareros mismos le
sirven de cualquier manera. El limpiabotas no acude a sus
requerimientos...

La vida sin distrito ha llegado a parecerme ya una carga insoportable.
Me figuro que las gentes me sealan en la calle dicindose:--He ah un
hombre que no tiene distrito. Y por esto me dirijo al lector pidindole
uno. Despus de todo, un distrito se le da a cualquiera. Haga el lector
un pequeo esfuerzo. Necesito un distrito, y lo necesito de toda
necesidad.




V

ESPAA, EMPORIO DEL PARLAMENTARISMO


Qu se entiende por un hombre muy parlamentario?

En Espaa, por un hombre muy parlamentario se enriende un hombre que
tiene mucho parlamento. El seor Dato, por ejemplo, y el seor conde de
Romanones son hombres muy parlamentarios. Tambin es bastante
parlamentario el Sr. Garca Prieto. Y yo mismo, que a primera vista no
parezco nada parlamentario, lo soy, sin embargo, considerablemente ms
que la mayora de los espaoles: tengo numerosos amigos diputados, puedo
tomar caf en el Congreso, puedo utilizar la franquicia postal
parlamentaria...

Cuando el Sr. Maura disolvi las Cortes, dijo que lo haca porque siendo
un hombre muy parlamentario, no quera aprobar los presupuestos a
espaldas de la representacin nacional. La representacin nacional era
entonces datista, romanonista, albista, socialista, etctera, y el Sr.
Maura necesitaba una representacin nacional maurista a fin de no
gobernar a espaldas del pas, sino de acuerdo con l. Necesitaba un
Parlamento, en fin, para que no se dijese de l que era un gobernante
antiparlamentario.

Y como necesitaba un Parlamento, el Sr. Maura--y quien dice el Sr. Maura
dice el Sr. Cierva--se dedic a hacerlo. Primero, el jefe del Gobierno
eligi los candidatos. Luego, los candidatos eligieron a los electores.
Y, dentro de pocos das, el Sr. Maura tendr un Parlamento propio, as
como algunos seores tienen un teatro casero.

Quin ha dicho que aqu se gobierna arbitrariamente, sin tener en
cuenta los gustos ni las aficiones del pas? Aqu no se hace semejante
cosa. El pas ha derramado su sangre para conseguir el rgimen
parlamentario, y respetuosos de la voluntad nacional, a cada Gobierno le
damos aqu su Parlamento correspondiente. En el mismo espacio de tiempo,
ninguna nacin ha tenido tantos Parlamentos como Espaa. Espaa es,
indudablemente, el pueblo ms parlamentario del mundo.




VI

LOS MINISTROS NUEVOS


Cuando caiga el actual Gobierno, nuestro presupuesto de gastos se
encontrar gravado con unas cuantas cesantas ms. Para que la gente
pida ministros nuevos!

Qu se entiende por un ministro nuevo? Por un ministro nuevo no se
entiende un ministro joven ni un ministro distinto de los otros
ministros, sino un hombre que es ministro por primera vez. Un ministro
nuevo suele ser un subsecretario viejo, un gobernador viejo o un general
viejo... El marqus de Mochales lleg a ministro y se muri; pero este
lamentable suceso ser nico en nuestra historia. La mayora de los
polticos no consideran colmada su ambicin al llegar a ministros. Ser
ministro no es, en realidad, ser nada. Un ministro est a merced del
poder moderador, a merced de la Prensa, a merced de las oposiciones
parlamentarias, a merced de todo el mundo. En cambi, un ex ministro no
est a merced de nadie. Las carteras pasan y las cesantas quedan. Y por
esto, lejos de morirse una vez que han jurado el cargo, es entonces
cuando la mayora de los ministros comienzan a vivir.

Ministros nuevos? No. Nunca. Un ministro nuevo se usa en seguida y a
los dos o tres meses queda convertido en un ex ministro. Hay pases de
una intensa vida econmica que pueden permitirse el lujo de cambiar
frecuentemente de ministros, as como un hombre rico cambia
frecuentemente de automvil; pero nosotros no estamos en el mismo caso.
Si cada nueva cesanta anulase una cesanta vieja! Si cuando el seor
Prado Palacio, por ejemplo, sea declarado ex ministro, dejasen de ser ex
ministros el marqus de Lema o el conde de Bugallal!... Pero, hoy por
hoy, lo que nos conviene es ir tirando con los ex ministros actuales.
Son viejos, muy viejos, tan viejos como el mismo sistema parlamentario;
son malos y estn pasados de moda, pero no nos suponen ningn nuevo
gasto. Bien conservados, estos ex ministros pueden durar todava otro
cuarto de siglo u otro medio siglo, lo que en la poltica espaola no
creo que represente gran cosa. Y cuando se mueran del todo--all para el
ao 1950--, entonces se podr pensar en sustituirlos con algunos hombres
jvenes, como D. Melquiades Alvarez, por ejemplo, o el doctor
Simarro...




VII

UN ARTCULO MINISTERIAL


Si yo fuese un escritor ministerial, qu artculo hara acerca de las
ltimas elecciones!

Nos han derrotado en las grandes ciudades--dira--, pero esto no nos
extraa. Las grandes ciudades son verdaderos focos de corrupcin, donde
se van perdiendo ntegramente los sentimientos de humildad, de
obediencia y de amor al pasado. Casi todos los madrileos saben leer y
escribir, y aunque una enrgica censura amordaza a los escritores de la
mala prensa, las ideas disolventes siempre encuentran camino por donde
llegar al cerebro del pueblo. Indudablemente, el analfabetismo vale mil
veces ms que la censura. Todo el arte de los escritores radicales se
estrella contra el hombre del campo, hombre sano de cuerpo y de
inteligencia, que no sabe leer ni lo necesita para trabajar las tierras
de su seor y para darles el voto a los candidatos del orden. Y el
hombre del campo ha votado la candidatura ministerial.

Hemos triunfado en el campo, donde todava se conservan las venerandas
tradiciones de nuestros mayores; donde el mdico, no contaminado por
teoras extraas, sangra buenamente a sus enfermos, igual que en tiempo
de nuestros abuelos; donde el pobre se resigna a ser pobre como el rubio
se resigna a ser rubio; donde el cura prohbe que se baile el agarrado y
que se lean los peridicos liberales, y donde se respeta el orden, la
propiedad, el clero y la Guardia civil. Hemos triunfado en el campo y
hemos fracasado en las ciudades. Hay nada ms significativo?

Porque las ciudades estn dejadas de la mano de Dios. En Madrid, la
juventud pasa su vida bailando bailes extranjeros, bebiendo bebidas
extranjeras y--cosa mil veces ms nefanda--leyendo libros extranjeros.
Ahora les ha dado a los madrileos por poner en las casas bao y
ascensor, y esto ser muy agradable para el cuerpo, pero tiene que ser
funesto para el alma. Baos, libreras, grandes hoteles, derechos
polticos, un Ateneo, una Casa del Pueblo... Es que nuestros mayores
necesitaban ninguna de estas cosas?

Das atrs, cuando los balcones de Madrid se engalanaron con toda suerte
de colgaduras en homenaje al Corazn de Jess, creamos que la capital
de Espaa se arrepenta y haca enmienda de sus errores. Las elecciones
nos demostraron que esta hiptesis era falsa. Indudablemente, el
madrileo que tiene colgaduras est deseando un pretexto para
exhibirlas, y cualquiera que sea este pretexto las exhibe; pero esta
exhibicin, puramente decorativa, no tiene jams un carcter
ideolgico. Madrid est perdido, y con l estn perdidas todas las
grandes ciudades espaolas. Las han perdido las bibliotecas pblicas, la
Prensa, el agua corriente, los hoteles cosmopolitas, el telgrafo, el
telfono, los teatros, que, de lugares de solaz, van convirtindose en
vehculos de ideas pecaminosas, y tantas otras invenciones de este siglo
maldito. (Para un escritor ministerial todas las cosas antiministeriales
son invencin de este siglo.) Cmo iban a votarnos?

Nuestra derrota demuestra que nosotros no tenemos nada que ver con esta
poca de disolucin social. Nosotros representamos las venerandas
tradiciones de nuestros mayores. Somos el pasado. Somos el ao de la
Nanita...




VIII

EL ENGAO DE LAS CRISIS


Cada vez que cae un Gobierno, yo experimento un sentimiento de
liberacin. El aire me parece ms puro; las mujeres, ms guapas; los
manjares, ms sabrosos.

--Trabajillo ha costado--exclamo--; pero, al fin, somos libres. Ya no
tenemos Gobierno. Hemos realizado nuestro ideal...

Desgraciadamente, est en nuestra naturaleza el no poder nunca darnos
cuenta de la felicidad presente. Por esto, la felicidad es inasequible,
y por esto, acaban resolvindose todas las crisis ministeriales. Al cabo
de dos o tres das, el Gobierno cado es siempre sustituido por otro, y
de nuevo hay que dedicarse a la tarea de demolerlo. Totalizando las
diferentes crisis que, poco a poco, logramos obtener, apenas si Espaa
llegar a vivir al ao un mes entero sin Gobierno. Un mes entre doce!
No vale la pena.

Por mi parte, yo no ayudar ya nunca a echar abajo a ningn Gobierno,
como no me garanticen que luego no van a sustituirlo con otro. Mucho ms
cuando al otro es seguro que ya habamos tenido tambin que echarlo
abajo anteriormente. No veo en qu puede convenirle a un hombre soltero,
que ejerce una profesin liberal, el que le gobiernen el Sr. Dato o el
seor Maura, el Sr. Garca Prieto o el Sr. Snchez de Toca.
Probablemente, les interesa mucho ms a estos seores gobernarme a m de
lo que pueda nunca interesarme a m el que me gobiernen ellos.

Y si un pueblo no puede vivir sin Gobierno--premisa a la que no le
conceder ningn valor mientras, como ocurre ahora, tampoco pueda vivir
con l--; si un pueblo no puede vivir sin Gobierno, y si los gobiernos
constituyen un mal necesario, entonces, por lo menos, debemos exigir
que las crisis duren un poco ms. Una crisis de tres o cuatro das no
compensa el esfuerzo necesario para arrancar del banco azul a estos
ministros que parecen lapas.




IX

ACCIN POLTICA DE LOS MARISCOS


Se inicia un cambio en la poltica espaola. Hasta hace muy pocos das,
el poltico sola ser, entre nosotros, un hombre de la provincia de
Pontevedra, amigo personal del marqus de Riestra y padre de una
numerosa familia. Cuando un paisano mo careca de oficio y no saba
hacer nada que le permitiese vivir en su tierra, si no tena dinero
bastante para irse a Buenos Aires, vena a Madrid y se dedicaba a
ministro. De m s decir que, este verano, unos marineros me pidieron en
mi pueblo nada menos que un grupo escolar; aquellas gentes sencillas
saban que yo viva en Madrid y no conceban que pudiese vivir de otra
cosa ms que de ministro, lo que, despus de todo, demostraba cierta
lgica. Si, en efecto, la mayora de mis paisanos residentes en Madrid
no fuesen ministros o ex ministros, cmo se las arreglaran para pagar
al casero? Es que el Sr. Garca Prieto, por ejemplo, podra sostenerse
en la corte escribiendo artculos para _El Sol_? Pero ahora, para llegar
a ministro, ya no basta haber nacido en la provincia de Pontevedra, y
comienza a hacerse indispensable el ser cataln. Y ste es el cambio que
se inicia en la poltica espaola.

A primera vista, parece que se trata de un cambio superficial, y quiz
no se trate, en efecto, de un cambio muy profundo. Sin embargo, yo creo
que entre el poltico gallego y el poltico cataln hay una diferencia
mucho ms importante que la del acento. Lo terrible del poltico gallego
era su asombrosa capacidad de reproduccin. Nacidos al pie de las ras
bajas, aquellos polticos se reproducan como las sardinas. Al cabo de
quince aos, cada ministro le haba dado vida a cinco ministros, a diez
subsecretarios, a diez directores generales y a veinte gobernadores, sin
contar los empleados subalternos. Todo el mundo conoce la fecundidad de
la provincia de Pontevedra, que es una de las ms pobladas, si no la ms
poblada, de Espaa. Esta fecundidad suele atribursele a los mariscos, y
si la explicacin es exacta, los mariscos vienen a ser, en fin de
cuentas, los verdaderos responsables del nepotismo espaol. El
nepotismo espaol o las ostras, los cangrejos y los percebes de las ras
bajas!...

Los polticos catalanes no parece que se reproduzcan tanto como los
polticos gallegos, y esto constituye, por s slo, una gran ventaja
para el pas. No se comen, quiz, muchos mariscos en Catalua, o es que
el marisco del Mediterrneo vale menos que el del Atlntico? Y por otro
lado, conocemos nosotros todas las posibilidades polticas del marisco
cataln? Si hubiese en Espaa alguien que estudiase la poltica con un
criterio realmente cientfico, yo le propondra este problema, que
considero de un inters capital; pero, por desgracia, aqu no hay ningn
tratadista poltico verdaderamente serio.




X

ARRASAMIENTOS


Cuando una insubordinacin se manifiesta en Barcelona o en otra
provincia--ha dicho el general Aznar--, slo procediendo enrgicamente
se domina y se la hace entrar en la ley. Si es preciso--aadi--, se
arrasa la poblacin...

Yo creo que estas palabras del general Aznar tienen toda la categora de
un proyecto, y me extraa el ver que algunos peridicos lo rechazan sin
tomarse la molestia de estudiarlo tcnicamente. Porque desde luego, si
existe en Espaa alguna dificultad para arrasar poblaciones, a m me
parece que es una dificultad exclusivamente tcnica. Eso de imaginarse
que el Gobierno no puede arrasar Barcelona por razones de orden moral,
poltico o jurdico, demuestra, en mi sentir, una profunda ignorancia en
materia de arrasamientos. Las dificultades de este triple carcter
tienen muy poca importancia en el pas de La Cierva y Snchez Guerra. En
cambio, las dificultades tcnicas constituyen, en el pas de los mismos
seores, algo verdaderamente muy serio.

Y, sentado esto, yo considero que debemos dejar a un lado
consideraciones ociosas, y rogarle al general Aznar que no desarrolle su
plan. Cuando el general Aznar, que ocupa en el Ejrcito un puesto tan
alto, ha insinuado la idea de arrasar Barcelona para dominar a los
elementos rebeldes, es que, indudablemente, esta idea es factible. Ahora
bien, general: nos hace falta un presupuesto. Queremos saber en cunto
tiempo y por cunto dinero se comprometera su seora a hacer en
Barcelona un arrasamiento en forma. El Ejrcito alemn, con un material
formidable y una direccin de primer orden, tard cuatro aos en arrasar
Reims a satisfaccin del Kiser; y siendo Reims una de las ciudades ms
ricas de Francia, invirti en la destruccin tanto como lo que ella
vala. Claro que nosotros no somos tan exigentes como el ex Kiser.
Acostumbrados a innumerables resignaciones, probablemente nos
conformaramos con un arrasamiento mucho ms vasto que el de la ciudad
de Reims; pero qu nos vendra a costar ese arrasamientito? El caso
est en que, para evitar la posibilidad remota de perder Barcelona una
vez, no vayamos realmente a perderla dos veces, primero arrasndola, y
segundo, invirtiendo en el arrasamiento el dinero que cost la
edificacin. Por otro lado, el problema de Barcelona es urgente, y si el
arrasamiento puede durar cincuenta o sesenta aos, no creo que
constituya una solucin eficaz.

Supongo que el general Aznar sabr apreciar la diferencia que existe
entre esos peridicos que han acogido sus manifestaciones del Senado con
una vocinglera sentimental, y yo, que las enfoco seriamente en el
terreno de la realidad. Arrasar Barcelona! Qu duda cabe de que as se
acabara de una vez y para siempre con todas las cuestiones de
Barcelona? Lo malo, como digo, son las dificultades prcticas. A veces,
discutiendo con un amigo, y no logrando hacerle adoptar mis puntos de
vista, yo he sentido tambin el deseo de arrasarlo, y, si me contuve, no
fue, no, por motivos morales, sino, precisamente, por dificultades
tcnicas. Y es--para decirlo con una frase digna de la Alta Cmara,
donde hizo sus manifestaciones el general Aznar--que los individuos son
como los pueblos, y los pueblos son como los individuos.




XI

EL CONGRESO, A CUARENTA GRADOS


El otro da, con un calor de cuarenta y tantos grados, estuve en el
Congreso. Yo nunca haba observado la poltica espaola a una
temperatura tan alta. Algunos diputados, tendidos en sus escaos,
parecan cadveres en descomposicin. Ola mal.

--Indudablemente--pens--, el Parlamento no es un espectculo de verano.
Para el verano ya tenemos las corridas de toros, que se hacen al aire
libre.

Y, dirigindome a un diputado amigo:

--Por qu no cierran ustedes?--le dije.

--Cerrar?--exclam--. Y la labor legislativa que tenemos por delante,
es que van a hacerla los porteros?

--Hombre! En caso de apuro...

--Todo se vuelven diatribas contra el diputado en este pas--aadi mi
amigo--, y el diputado es un mrtir. Ya ve usted a los diputados
franceses. No contentos con ganar quince mil francos al ao, quieren que
se les dupliquen las dietas. El diputado espaol, en cambio, lejos de
cobrar, paga. Sabe usted cunto me han costado a m las elecciones?
Veinte mil duritos. As se demuestra el amor a la patria. Y aqu me
tiene usted, en pleno mes de agosto, respirando este aire corrompido.

--Es el aire de la poltica. Yo haba odo hablar de l, pero no lo
haba respirado nunca. Cuando lea en algn peridico eso del aire
corrompido de nuestra poltica, crea que se trataba de una frase. Ahora
lo respiro materialmente y me doy cuenta de que es meftico.

--A veces huele como a ajos.

--Ese olor es la democracia. Es la esencia misma del rgimen
parlamentario. No hable usted mal de l...

Los ventiladores giraban a toda velocidad; pero intilmente. Est
demostrado que la poltica espaola, sometida a una temperatura de
cuarenta grados, se descompone por completo. Quizs ocurra tambin lo
mismo con la poltica inglesa, por ejemplo; pero cundo marca el
termmetro cuarenta grados en Londres?

Decididamente, habr que cerrar el Congreso si no queremos que se
declare en Madrid, y que se extienda luego por el mundo, una nueva
epidemia hispnica. Y por tarde que lo abran despus, siempre lo abrirn
a tiempo.




XII

OPTIMISMO


Yo no s si el lector ha observado mi actitud ante el porvenir de
Espaa. Hasta ahora, esta actitud ha venido siendo la de un escptico,
la de un hombre sin fe ni esperanza ningunas. Los conservadores nos
prometan una revolucin desde arriba, y yo sonrea incrdulamente; los
republicanos y los socialistas nos anunciaban una revolucin desde
abajo, y yo volva a sonrer con la misma incredulidad.

--Esto no puede seguir as--me decan--. Esto tiene fatalmente que
transformarse. El mundo entero se transforma, y Espaa no est en la
Luna, sino en el mundo...

Todo era intil. En el fondo, yo tena una idea as como de que Espaa
no estaba en el mundo, sino en la Luna. Yo no crea en el porvenir de
Espaa. Yo era un escptico...

Era un escptico, amigo lector, pero ya no lo soy. Mi escepticismo tena
una causa y esta causa acaba de desaparecer. Ahora slo me toca
manifestar que la causa en cuestin estaba en la calle de Cedaceros, y
que era esa valla con que el Sr. Vitrica ha estado, durante tanto
tiempo, entorpeciendo el trfico de Madrid.

Cuando yo pasaba por la calle de Cedaceros, mi espritu se anegaba en un
torrente de amargas reflexiones.

--Cmo vamos a derrumbar nada en Espaa--pensaba yo--si todava no
hemos podido derrumbar esta valla? La Prensa la ataca, el Parlamento la
combate, el pueblo la maldice y ella sigue en pie. La juventud
estudiantil, esperanza de la patria, ha venido aqu una noche, armada de
mazas y de picos, y la ha asaltado romnticamente, pero la valla sigue
inclume. Hasta las autoridades gubernativas se propusieron echarla
abajo, sin que su gestin obtuviera xito ninguno... Y qu se puede
esperar de un pueblo que, todo l, no logra demoler una pobre valla de
maderas carcomidas?...

Es indudable que, si yo me manifest durante estos ltimos aos como un
escritor pesimista, ello ha consistido, principalmente, en la frecuencia
con que pasaba por la calle de Cedaceros. Pero, al fin, la famosa valla
ha cado en tierra, y ahora todo me parece posible.

--Unas gentes que han acabado con la valla de Vitrica--me digo--pueden
acabar con la misma poltica del Sr. Cierva. Espaa se transformar.
Llegar un da en que los madrileos tendremos hasta gas para el
alumbrado pblico. Hay que mirar al porvenir con confianza. Hay que ser
optimistas... Dentro de ms o de menos aos, no tendra nada de
asombroso el que los habitantes de Madrid pudiesen trasladarse a La
Corua en un trmino de veinticuatro horas. Todo es de esperar en un
pueblo tan enrgico. Los trenes andarn. Un kilo de pan llegar a pesar
lo menos tres cuartos de kilo. Hasta es posible que haya casas para las
familias que deseen alquilarlas... Tengamos fe en los hombres que han
deshecho la valla de la calle de Cedaceros.




LA ANTIPOLTICA




I

EL NUEVO DECORADO DEL MUNDO


Cada tres o cuatro siglos vienen unos hombres; se ponen a barrer, a
fregar, a empapelar y a repintar el mundo. Lo dejan mejor?
Probablemente, no; pero esto no importa. Le quitan el polvo, lo
refrescan, lo varan y le dan un inters nuevo. Si los revolucionarios
pudieran cambiar de planeta de vez en cuando, e irse a pasar una
temporada con los marcianos o con los selenitas, el mundo, seguramente,
no sufrira tantas transformaciones. Por desgracia, las comunicaciones
interplanetarias no han pasado an de la categora de proyecto, y cuando
la humanidad se aburre en su viejo domicilio, comienza a coger trastos y
a echarlos patas arriba.

Y esto es lo que ocurre hoy. El mundo se est transformando, con gran
indignacin de muchos seores que se haban instalado en l
confortablemente y para que no los molestase nadie. Estos seores no ven
la necesidad de cambio ninguno. El mundo les parece verdaderamente bien,
y en realidad, qu mundo ha estado nunca mejor? Tiene calefaccin
central y juicio por jurados. Tiene sistema parlamentario. Tiene gas,
tiene luz elctrica, tiene telgrafo y telfono, tiene leyes de
Accidentes del trabajo, y tiene cinematgrafo. Es un mundo con todo el
_confort_ moderno, un mundo sumamente recomendable.

Lo que ocurre con este mundo es que no le gusta a todo el mundo. Los
rusos, por ejemplo, tienen otras teoras estticas, y despus de haber
transformado el decorado teatral, no sera extrao que transformasen
tambin el decorado del mundo. Y el mundo futuro vendr a ser, poco ms
o menos, con respecto al mundo actual, una cosa as como el _ballet_
ruso con relacin a la pera italiana.

Qu quieren esos obreros que arman tanto escndalo? Qu quieren esos
carpinteros? Qu quieren esos fontaneros? Qu quieren esos fumistas?
Qu quieren esos empapeladores?... Quieren arreglar el mundo, intacto
desde la Revolucin francesa, para que tire una temporadita de algunos
siglos. Si se les pudiese decir que volviesen otro da!... Pero es
intil, y hay que resignarse a todas las molestias de vivir en una casa
donde se estn haciendo reparaciones.




II

LOS PROLETARIOS DE LEVITA


Yo soy lo que se llama un proletario de levita. No es que yo tenga una
levita. No es que yo sea un proletario. Ni los hombres que tienen levita
son, en rigor, proletarios, ni los verdaderos proletarios tienen levita.
Yo no tengo una levita ni soy un proletario, y, sin embargo, cuando veo
que en un peridico conservador se habla de los proletarios de levita,
no puedo dejar de darme por aludido. Indudablemente, la frase
proletario de levita representa un concepto terico, y aunque para los
usos prcticos de la vida yo no tenga levita ninguna, tericamente s la
tengo. Yo tengo, como quien dice, una levita terica. Es una levita que
no se puede empear; pero, en teora, esto carece de importancia.

En realidad, el proletario de levita viste casi siempre de americana. A
veces, tiene un _smocking_ para conquistar, en los hoteles de moda,
ricas herederas o polticos influyentes. A veces, tiene un frac, y en
algunos casos excepcionales, puede presentar hasta un chaquet; pero,
desde luego, no tiene nunca levita. Y es verdaderamente absurdo esto de
pertenecer a una clase que se caracteriza tan slo por el uso de una
prenda que no usa jams. Es absurdo y es grotesco el ser un proletario
de levita...

Hace varios aos, el dueo de un peridico donde yo sola colaborar
desde Pars, me envi una carta dicindome: El peridico marcha muy
bien. Tenemos un gran prestigio. Nuestras opiniones son acogidas con
respeto en las altas esferas. Hemos conquistado al pblico de levita;
pero esto no basta. Ahora hay que conquistar la blusa, y yo cuento con
usted... Aquel hombre no me daba arriba de dos o tres duros por
artculo, y yo le contest sin gran entusiasmo: El termmetro--le
deca--marca quince grados bajo cero. El Sena comienza a helarse, y en
vez de la blusa, yo quisiera conquistar un buen gabn de abrigo. Mi
ideal consista entonces en ser un proletario de gabn, y creo que lo
realic ya algo entrado el verano...

Pero volvamos a los proletarios de levita. Todo el mundo piensa en los
obreros--escribe un peridico conservador--. Todo el mundo se ocupa de
los proletarios de blusa. De los proletarios de levita, en cambio, no se
acuerda nadie... Yo no creo que nadie se ocupe de los proletarios de
blusa ms que ellos mismos. En cuanto a los proletarios de levita, cmo
no vamos a pasar inadvertidos, si no se nos conoce? Cmo van a fijarse
los gobiernos en el proletario de levita si el proletario de levita
viste de americana?

Yo propongo que nos enlevitemos todos y que constituyamos un gran
sindicato con sus diferentes secciones. Luego, un da haramos, por
ejemplo, la huelga de la literatura, y desde la hora convenida no
saldra a la calle ni un solo adjetivo. Qu conflicto para el
rgimen!... Pero ya vern ustedes cmo no hacemos nada. Los proletarios
de levita no tenemos instinto de conservacin, adems de no tener
levita.




III

EL SINDICALISMO COMO BASE DE UNA NUEVA ANTROPOLOGA


Despus de todo, los sindicalistas no se proponen una cosa tan
extraordinaria como puede creerse. Qu ms da el que los hombres estn
clasificados por naciones que el que lo estn por oficios? La raza, el
idioma, la religin, las costumbres... Convengo en que todo esto es un
poco vago y un poco confuso; pero, y la cerrajera?

Los sindicalistas pretenden que donde hoy dice Espaa, Inglaterra,
Francia o Alemania, diga maana Sindicato del Hierro, Sindicato
del Carbn, Sindicato de la Madera, Sindicato del Papel... Al
principio, naturalmente, los miembros de unos Sindicatos aparecern
mezclados con los de los otros, y en lo que hoy es Espaa, por ejemplo,
habr hombres de papel a la vez que hombres de madera, de carbn y de
hierro; pero, a la larga, es lgico suponer que cada Sindicato vaya
localizndose en lo posible all donde encuentre sus primeras materias.
Entonces surgir, no slo una nueva Geografa poltica, sino tambin
una nueva Antropologa. Los trabajadores del carbn constituirn una
raza muy morena. Los albailes formarn una muy rubia. Si hoy se parecen
ya todos los albailes del mundo, aunque no sean hijos de albailes y
aunque la albailera sea el nico vnculo que los une, qu no ocurrir
a los dos siglos de sindicalismo? Probablemente, los distintos
Sindicatos darn origen tambin a religiones diversas, ya que no es
fcil concebir cmo se pueden tener las mismas creencias ni los mismos
sentimientos en el pas del carbn que en el pas de la cal. Y si es
verdad que la terminologa de los oficios constituye el manantial ms
rico donde se nutren todos los idiomas modernos, cmo no suponer que
cada Sindicato llegar a tener una lengua propia, ininteligible para los
otros?

Parece que los sindicalistas van a hacer una revolucin terrible; pero,
a los dos siglos de sindicalismo, el mundo estar, poco ms o menos,
como ahora. Un Sindicato muy fuerte querr dominar a los otros, les
declarar la guerra y morirn a millones hombres de hierro, hombres de
carbn, hombres de cartn piedra y hombres de celuloide...

Indudablemente, no hay una gran diferencia entre clasificar a los
hombres por oficios o clasificarlos por razas, religiones, idiomas y
costumbres. Y no tan slo no hay una gran diferencia, sino que es igual.
En realidad, los hombres no se han clasificado nunca por razas,
religiones, idiomas ni costumbres. Los han clasificado as los
historiadores mucho despus de que ellos haban hecho su propia
clasificacin; pero los primeros hombres se clasificaban siempre por
oficios, ni ms ni menos que si hubiesen odo a Pestaa o al _Noy del
Sucre_. Los pescadores se reunan para establecerse a orillas de los
ros o construir ciudades lacustres; los cazadores se iban a los
bosques. Las nacionalidades modernas no son ms que una consecuencia
directa de aquel sindicalismo primitivo. Y por esto yo creo que no es
muy difcil imaginarse el resultado del sindicalismo actual.




IV

EL BOLCHEVISMO, ENFERMEDAD INFECCIOSA


Cuando los primeros _poilus_ penetraron en territorio alemn, muchos
franceses se alarmaron.

--Alemania--decan--est apestada de bolchevismo. A ver si nuestros
soldados lo cogen y lo extienden luego por aqu...

Y es que para la inmensa mayora de las gentes, el bolchevismo no pasa
de ser una enfermedad infecciosa. Los Gobiernos ms serios lo tratan
como una nueva forma de gripe. Creen que se propaga por contagio, igual
que la gripe espaola, y, a fin de combatirlo, forman cordones
sanitarios en las fronteras. A los casos reconocidos los aslan
cuidadosamente, metindolos en las crceles, y, dentro de poco,
prohibirn el derecho de reunin, para evitar los hacinamientos.

A m, esto de combatir el bolchevismo con medidas sanitarias me parece
algo as como si se hubiera pretendido combatir la gripe reformando la
Constitucin. No creo que las medidas sanitarias hayan sido nunca muy
tiles contra las epidemias, y, desde luego, creo que sern
perfectamente intiles contra el bolchevismo.

Porque, para m, el bolchevismo no es un problema sanitario, sino un
problema social, y, en el estado actual de la Ciencia, me parece absurdo
pretender que nadie cambie de religin o de poltica sometindolo a un
tratamiento mdico. Acaso el agua bendita haya resuelto algunos
problemas sociales; pero, probablemente, el agua oxigenada no resolver
ninguno. Y la prueba de que el bolchevismo no es una enfermedad, es que
mientras las enfermedades slo ponen en peligro a los enfermos, el
bolchevismo constituye un peligro nicamente para aquellos que no son
bolchevikis.

Pero si, a pesar de todo, seguimos considerando el bolchevismo como una
enfermedad, qu vamos a hacer con los otros sistemas polticos? Con
qu curaremos el maurismo, pongo por caso? El bolchevismo vendra a ser
algo as como un enorme trastorno gstrico, mientras la mayora de las
sectas polticas representaran deficiencias mentales imposibles de
combatir.




V

LA MAGIA DEL DINERO


Cuando el bolchevismo comienza a asomar en un pas, parece que los ricos
se apresuran a realizar sus fortunas para dilapidarlas alegremente antes
de que se las lleve la trampa. As dicen que han procedido los grandes
duques rusos y que estn procediendo los aristcratas magiares. El
bolchevismo es un gran estimulante de la generosidad, y por eso yo no
veo que en Espaa corramos todava el menor peligro de pasar a un
rgimen bolchevique. Cuando algn millonario os cuente que aqu vamos
derechos al bolchevismo, pedidle mil pesetas, y si os las niega--que os
las negar--, es que habla por hablar y sin conviccin ninguna.

Hay quien dice que el bolchevismo tiende a suprimir el dinero, y esto
merece cierta reflexin. Indudablemente, el dinero es una cosa muy mala,
sobre todo para aquellos que no lo tienen; pero tambin es una cosa muy
buena, especialmente para aquellos que lo atesoran. Algunas personas,
cuando se discute este tema de la bondad o maldad del dinero, exclaman:

--Quite usted!... Lo importante es tener salud...

Probablemente, esas personas se figuran que el dinero constituye una
enfermedad, y si, en efecto, la constituye, hay que convenir que, entre
nosotros, no ha tenido nunca caracteres endmicos.

Por mi parte, confieso que el dinero me ha parecido siempre una cosa
milagrosa. Yo no puedo ver el proceso de un duro que se transforma en
patatas, sin imaginarme el proceso contrario, y me figuro que,
previamente, se han cogido kilos y kilos del sabroso tubrculo, que se
los ha cocido, que se los ha machacado, que se los ha sometido a
diversos reactivos, que se los ha puesto en un alambique y que se ha
obtenido el duro como resultado. Esto es lo que yo me figuro cuando
compro un duro de patatas, y esto es ya bastante maravilloso; pero la
maravilla crece cuando pienso que mi duro no slo es susceptible de
transformarse en patatas, sino que se puede transformar tambin en
guisantes, en zanahorias, en poesas lricas, en cigarros habanos y en
otros muchos objetos que me dicte mi fantasa. Qu otra cosa, en
nuestro mundo moderno, tiene este poder mgico que tiene un duro, como
no sea un billete de cinco duros? Y cmo es posible que haya quien
desprecie el dinero, considerndolo una realidad demasiado prosaica?

No hay duda de que el dinero es una cosa excelente... para aquellos que
lo tienen. Si lo pudisemos tener todos!... Pero en cuanto lo
tuvisemos todos, su virtud milagrosa desaparecera en absoluto. Yo
creo que se debiera establecer un turno pacfico para el disfrute del
dinero. As se evitaran las revoluciones, los grandes negocios y otra
porcin de cosas ms o menos molestas.




VI

EL DELITO DE SER RUSO


Un extranjero, preso en la Crcel Modelo, se dirige a los peridicos
protestando contra su detencin. Soy un ciudadano ruso--dice--, y no he
cometido ningn delito.

Un ciudadano ruso que no ha cometido ningn delito!... La contradiccin
salta a la vista. Es como si se dijera un homicida que no ha matado a
nadie, o un ladrn que no rob nunca. Le parece poco delito al Sr.
Weissbein el hecho de ser ruso? Rusia es un pas demasiado fro,
demasiado lejano y demasiado complicado, y a nuestra Polica le ha
inspirado siempre muy hondas sospechas. En Madrid, Sr. Weissbein, ya
resulta bastante difcil el ser cataln o gallego, para que se le
permita a nadie ser ruso. Si quiere usted vivir tranquilo entre
nosotros, hgase usted de Vallecas o de Getafe y renuncie incontinenti a
toda pretensin moscovita.

Ah es nada ser ruso, esto es, ser del pas del terrorismo y del
bolchevismo!... Mi amigo Corpus Barga, actual redactor de _El Sol_ en
Pars, tuvo la debilidad de interesarse por las cuestiones rusas, y en
cuanto se present en Espaa, con unos bigotes cados a la trtara, la
Polica lo cogi y lo meti en la crcel. Otro amigo mo, que quiso
estudiar ruso, fue detenido a la tercera leccin. Y si a Cristbal de
Castro, autor de _Rusia por dentro_, le han nombrado gobernador de
vila, ha sido cuando ya no le caba a nadie la menor duda de que ni
Cristbal de Castro haba llegado nunca a Rusia ni saba una palabra de
ruso.

Ignoro en qu artculo de nuestro Cdigo penal se condena la ciudadana
rusa, y por eso no le doy el nmero al Sr. Weissbein. Lo cierto, sin
embargo, es que, en cuanto la Polica espaola sospecha que alguien
puede ser ruso, le busca y le detiene. Si yo no he estado en Rusia
todava, es porque no he querido que, a la vuelta, me encerrasen para
siempre en la Crcel Modelo. No hay manera de ser ruso en Espaa, Sr.
Weissbein. Los mismos libros rusos han sido perseguidos y decomisados
aqu diferentes veces. Hgame usted caso: olvide su idioma y adopte la
ciudadana de los Cuatro Caminos, que, despus de la derrota alemana, es
el pas ms lejano de donde se puede ser en Madrid.




VII

LOS RUSOS POLTICOS


Antes de la guerra, Espaa no crea en los rusos.

--Un ruso? Vamos, hombre! Mire usted que un ruso!--decan los
madrileos.

Entonces no haba ms que una persona que, de vez en cuando, recibiese
algunos rusos en Madrid. Esta persona era Luis Morote, diputado a Cortes
y periodista famoso por la longitud de sus artculos. Luis Morote haba
estado en Rusia; pero, sin embargo, no reciba directamente sus envos.
Los rusos se los mandaba Fabra Ribas, ya un poco adulterados, desde la
redaccin de _L'Humanit_, de Pars, adonde iban todos antes de venir a
Espaa.

--Puesto que tiene usted tantos rusos disponibles--le preguntaba yo a
Fabra Ribas un da--, por qu no los distribuye usted de una manera ms
equitativa? Eso de darle a Morote la exclusiva de los rusos para toda
Espaa, me parece injusto.

Yo sospecho que Fabra Ribas quera serle agradable a Morote, y que por
eso le provea de rusos con tanta abundancia; pero l se disculpaba
diciendo que Morote era la nica persona que haba en Madrid capaz de
servir a un extranjero. El caso es que, cada dos meses o cosa as,
Morote sala a la calle muy orgulloso con unos rusos inditos; pero los
pobres hombres fracasaban completamente. Nadie crea en ellos como tales
rusos.

--Con ese ruso no tendr usted fro, eh, amigo Morote?--solan decirle
al distinguido periodista.

O bien:

--Un ruso nuevo? Pues ya tiene usted para tirar lo que queda de
temporada...

En un libro que se llama _Playas, Ciudades y Montaas_, yo cuento las
aventuras de estos primeros rusos en Madrid, y el captulo dedicado al
asunto tiene un ttulo muy significativo: _Los rusos existen_. Entonces
nadie crea en los rusos. Ahora, en cambio, todos los hombres le parecen
un poco rusos a la gente. En el _Manuel Calvo_, de Barcelona, se han
hecho a la mar, expulsados por el Gobierno, rusos de Turqua, rusos de
Bulgaria, rusos franceses, rusos ingleses y hasta rusos espaoles. Y es
que la palabra ruso ha evolucionado. Antes tena un concepto geogrfico.
Ahora tiene un concepto poltico. Se es ruso como se es republicano o
como se es reformista. Se es algo ruso o se es terriblemente ruso. Todo
hombre que protesta contra el caciquismo o contra la caresta de la
vida, es un ruso presunto. Y pensar que yo he sido ruso, sin enterarme
de ello, hace ms de quince aos!...

Este nuevo concepto de la palabra ruso es lo que explica el proyecto del
Sr. Doval, jefe de polica de Barcelona, quien, para sondear a los
detenidos en el _Manuel Calvo_, propona que se introdujeran entre
ellos, fingindose rusos, cinco o seis policas espaoles. Yo no creo
que un polica espaol pueda fingirse ni siquiera portugus. Decirle que
se finja ruso a un polica que gana diez pesetas diarias es algo as
como decirle que se finja gran filsofo. Indudablemente, el seor Doval
no aspiraba a que los policas espaoles se fingieran rusos de idioma,
sino sencillamente rusos polticos.

Pero si la palabra ruso ya no designa ms que cierta clase de opiniones,
por qu se considera a los rusos como extranjeros? Cree el conde de
Romanones que los naturales de Mosc son ms rusos que nosotros? No hay
duda de que, antes, un hombre que naca en Mosc tena muchas y muy
buenas razones para ser ruso. Hoy quiz las tenga ms y mejores un
hombre nacido en Espaa.




VIII

LA TIRANA DEL TRABAJO


Me permite el lector que yo le d mis opiniones sobre la cuestin
social? Para m, toda la cuestin social se reduce a una cosa: que el
hombre no quiere trabajar y que es preciso que trabaje. El hombre no
quiere trabajar doce horas, ni ocho, ni cinco, ni dos; no quiere
trabajar en un trabajo desagradable ni en un trabajo agradable; no
quiere trabajar absolutamente nada. Pretender establecer el trabajo
colectivo como base de la sociedad futura me parece, por lo tanto, un
absurdo.

Toda la civilizacin no es ms que una lucha desesperada del hombre para
no tener que trabajar. Si se han inventado mquinas, si se han
canalizado ros, si se han domesticado animales y si se han blanqueado
negros, ha sido con el nico objeto de que los negros, los animales, los
ros y las mquinas trabajasen por nosotros.

--Lo que inventan los hombres _pa_ no trabajar!--deca el baturro del
cuento viendo cmo un pintor copiaba el paisaje.

Y, en efecto, los hombres han inventado mucho y han trabajado
rabiosamente para emanciparse de la horrible esclavitud del trabajo. Han
creado el Arte, la Ciencia, el papel moneda y hasta algunas enfermedades
infecciosas...

Claro que los obreros hacen bien en pretender que todo el mundo trabaje.
Cuando trabaje todo el mundo, cada hombre trabajar menos, y el dolor de
los ms ser atenuado, pero...

Pero en la sociedad actual uno tena siempre una esperanza de
liberacin, y en la sociedad futura no la tendr nadie. El mal ser
menor, pero lo har parecer mil veces mayor su carcter de mal
ineludible. Hasta ahora, uno poda siempre pensar, segn sus aptitudes o
sus aficiones, en cometer un crimen, hacer una estafa o instalar una
fbrica de vidrio y salvarse. Salvarse a costa de los otros; pero
salvarse al fin. Maana, en cambio, no habr posibilidad de salvacin
para ninguno de nosotros. Todos tendremos que trabajar seis horas o
cuatro horas o dos horas; pero tendremos que trabajar, y la cuestin
social seguir en pie.

Hasta que unas mquinas maravillosas nos lo hagan todo... y mientras no
se den cuenta de que las explotamos.




IX

UNA POLICA FILOSFICA


Si la Polica no encuentra nunca a los autores materiales de los
atentados contra los patronos, cmo va a encontrar a los autores
morales? Si no descubre, ni por casualidad, la mano que mata, cmo va a
descubrir el cerebro que sugiere la idea de matar? Habra que crear una
Polica filosfica que fichase las ideas y fuera siguindoles la pista
de libro en libro, porque yo creo que a la Polica actual esta labor le
resultara demasiado molesta. El camino de una idea, desde que nace
hasta que se convierte en cinco tiros de pistola, es largo y sinuoso.
Claro que en Espaa hay muy pocas ideas. Generalmente, los hombres que
tienen alguna estn fichados ya; pero, de todos modos, la tarea del
nuevo organismo policaco tropezara con dificultades insuperables.

Yo estoy de acuerdo con la prensa conservadora en creer que los autores
materiales de los atentados contra los patronos no son ms que
instrumentos; pero instrumentos de quin? Probablemente, la prensa
conservadora cree que de Pestaa, del _Noy del Sucre_, de Indalecio
Prieto o de Marcelino Domingo. Yo creo que de Platn. Marcelino Domingo,
Indalecio Prieto, el _Noy del Sucre_ y Pestaa hablan, escriben,
_agitan_ y crean contra los patronos un estado de opinin sin el cual
tal vez no se cometiesen tantos atentados; pero de aqu a suponer que
esos seores son responsables, hay una gran diferencia. Esos seores no
son responsables. Esos seores son instrumentos.

Por qu vamos a suponer que el hombre que habla es ms consciente de lo
que hace que el hombre que tira tiros? Si Carlos Marx no hubiese escrito
_El Capital_, los oradores socialistas, o no diran nada, o diran unas
cosas muy distintas de las que dicen. Los oradores socialistas no son
ms que autores materiales de sus discursos, y Carlos Marx es uno de los
autores morales; pero, aqu se nos vuelve a presentar el mismo problema,
hasta qu punto se puede hacer a Carlos Marx responsable de _El
Capital_? Si otros hombres no hubiesen trabajado con anterioridad en el
mismo orden de ideas, dnde hubiese encontrado el ilustre economista
alemn los materiales necesarios para construir su obra?

Indudablemente, Carlos Marx no tiene culpa ninguna de lo que ocurra en
Barcelona ni en Bilbao. La culpa, como digo, es de Platn, a quien le
comunic las malas ideas el seor Scrates.

Y como el seor Scrates ya se tom la cicuta, resulta que ya estn
castigados, no slo todos los asesinatos de patronos que van perpetrados
hasta la fecha, sino los que puedan perpetrarse en el corto porvenir que
le queda a la clase patronal.




X

ASESINOS MANUALES Y ASESINOS INTELECTUALES


El otro da he recibido la visita de un joven que tena el rostro
asimtrico, la frente huida y la mandbula _prognata_.

--Perdone usted--me dijo este hombre extrao, con voz cavernosa--. Vengo
a verle porque me han dicho que es usted un intelectual.

--Exageraciones, calumnias de mis enemigos, que tienen, sin duda, ganas
de verme en la Crcel Modelo--le contest--. Es usted de la Polica?

--No. De momento, no--dijo el hombre con una sonrisa helada--. Soy un
modesto asesino, para servir a usted...

_Il n'y  pas de sot mtier_, como dicen los franceses. La profesin de
asesino, desde que ha entrado en vigor esta ley de las ocho horas,
puede, con poco esfuerzo, producir ingresos suficientes para cubrir
todas las necesidades de un buen padre de familia.

--Conque asesino?--exclam yo, con una amabilidad que quiz no fuese
completamente espontnea--. Muy interesante. Ustedes matan a algunos
hombres; pero le dan de vivir a muchos ms. Sintese usted y dgame en
qu puedo serle til. Quiere usted, quiz, que le recomiende algunos
amigos? Lo har con mucho gusto...

Mi visitante se dej caer en una butaca.

--Yo vena en busca de un intelectual--exclam--y usted niega serlo.
Esto me contrara considerablemente. Necesito un intelectual a todo
trance...

--Si es para asesinarlo--le dije--me parece absurdo. Aunque llevara
usted luego su pelleja al Ministerio de la Gobernacin, no creo que el
asesinato de un intelectual pudiese producirle siquiera lo necesario
para cubrir gastos. Los intelectuales, en este pas, se cotizan a menos
que los conejos.

--Pero, en fin--repuso el hombre, que pareca dominado por una idea
fija--. Aunque usted no sea completamente un intelectual, por lo menos
tendr usted un cerebro...

Yo me rasqu instintivamente el crneo.

--Hombre! Un cerebro! Quin no tiene un cerebro? Claro que son muy
pocas las personas que lo usan; pero todo el mundo tiene un cerebro.
Usted mismo tiene uno de esos magnficos cerebros de criminal nato que
ha estudiado minuciosamente, en Italia, el profesor Lombroso.

--Yo carezco de cerebro, seor mo--respondi el asesino--. Es que no
lee usted la prensa conservadora? Los asesinos no somos ms que brazos,
instrumentos que ejecutan las ideas de otros hombres. En tiempos del
seor Lombroso tenamos, en efecto, unos cerebros especiales, y cuando
queramos trabajar, buscbamos, de acuerdo con nuestros gustos
particulares o segn la inspiracin del momento, un hacha, un cuchillo,
un revlver o una maza. Hoy, en cambio, buscamos un cerebro. El cerebro
es nuestra herramienta. Comprende usted mi situacin? Yo quiero
asesinar a un frutero de los Cuatro Caminos; pero, antes de ponerme a la
obra, necesito un cerebro que me sugiera la idea de este asesinato. Por
eso vena a verle a usted...

Yo me disculp como pude; pero el asesino no se convenci.

--Usted me engaa--me dijo--. Usted podra perfectamente sugerirme la
idea que yo le pido. Mil veces, de seguro, habr tenido usted en su vida
intenciones asesinas. Lo que ocurre es que no quiere usted complacerme.
Es usted un Tartufo.

--Caballero!

--Un Tartufo, s, seor. Ah! Si alguien pudiera sugerirme la idea de
asesinarle a usted!... Cmo me vengara yo entonces de su hipocresa!
Pero yo soy un pobre asesino, incapacitado por mi profesin para matar a
nadie, y por eso usted se permite abusar de m. Adis, seor mo! Voy a
revisar unas colecciones de peridicos a ver si algn artculo de un
adversario suyo me inspira la intencin de estrangularlo a usted. Hasta
la vista.

Y el extrao visitante se fue por donde haba venido.




XI

FERRER


Ferrer, como se sabe, tena una estatua en Bruselas. Los alemanes,
durante su ocupacin de la ciudad, echaron la estatua abajo, y cuando se
trat de erigirla, algunos peridicos espaoles protestaron y otros
aplauden. Yo creo que los espaoles, como tales espaoles, no tenemos
voto en este asunto. Ferrer era espaol; pero nosotros no quisimos que
siguiera sindolo, y para conseguirlo lo hemos fusilado. Desde que lo
fusilamos, Ferrer dej de ser uno de los nuestros, y hoy qu nos
importa el que su cadver suscite por ah simpatas o antipatas? Al
fusilarlo, nosotros hemos roto con el seor Ferrer toda solidaridad.
Que actualmente Ferrer nos denigra en Bruselas? Pero cmo puede
denigrarnos un muerto? Y si un muerto puede denigrarnos, entonces, no
habremos cometido una ligereza al matar a Ferrer?

Por mi parte, yo creo que, en efecto, hemos cometido una gran ligereza,
un descuido imperdonable. En vano sus enemigos dicen que Ferrer no era
un sabio ni un pedagogo. Si se va a fusilar a todos los espaoles que
no son sabios ni pedagogos, entonces ya puede el Gobierno solicitar un
crdito extraordinario para comprar fusiles. Yo no conozco ms que un
pedagogo, D. Lorenzo Luzuriaga, y francamente, no creo que este querido
amigo se divierta mucho cuando llegue a quedarse solo consigo mismo en
una Espaa despoblada por los fusilamientos.

No. A Ferrer no se le ha fusilado porque no era un pedagogo ni un sabio.
Por lo menos, las obras de la coleccin Sempere se las haba ledo, y
esto le pona en un nivel de cultura muy superior al de los hombres que
dispusieron su fusilamiento. Si se fusil a Ferrer fue, al contrario,
porque se le consideraba un sabio y un pedagogo, una especie de Giordano
Bruno de la rambla de Canaletas. Esto, adems, era lo lgico, y si no lo
lgico, lo tradicional. Esto era lo que tena precedentes. Yo le hice en
tiempo oportuno una prudente advertencia al Sr. Maura por medio de un
artculo que los ferreristas interpretaron, por cierto, bastante mal.

--Que no se fusile a Ferrer--deca yo--. Ustedes se creen que Ferrer es
un genio; pero yo, que lo conozco, les doy mi palabra de que no lo es.
Fusilen ustedes al Sr. Unamuno, que sabe griego; fusilen a don Francisco
Giner, fusilen aunque sea al doctor Simarro; pero yo les aseguro que
sera una equivocacin fusilar a Ferrer...

Nadie atendi mis consejos, y Ferrer fue fusilado. Ahora, muchos
espaoles se indignan al ver que en el extranjero se le levantan
estatuas a Ferrer. Ferrer no es un apstol, dicen. Pero Ferrer _ya_ es
un apstol. Todo hombre que muere por una idea es un apstol, y como los
apstoles estorban mucho a los ministros de la Gobernacin, el buen
gobernante no debe matar a nadie por sus opiniones ni por sus doctrinas.
As como as, qu necesidad hay de matar a la gente en el pas de la
viruela y de la gripe?

FIN


OTRAS OBRAS DE JULIO CAMBA

_Alemania_.

_Londres_.

_Playas, ciudades y montaas_.





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Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
the copyright status of any work in any country outside the United
States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org

1.E.2.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
and distributed to anyone in the United States without paying any fees
or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
1.E.9.

1.E.3.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
terms imposed by the copyright holder.  Additional terms will be linked
to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
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1.E.4.  Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

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electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
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Gutenberg-tm License.

1.E.6.  You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
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request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
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License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7.  Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
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- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
     the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
     you already use to calculate your applicable taxes.  The fee is
     owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
     must be paid within 60 days following each date on which you
     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
     sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
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     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
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     and discontinue all use of and all access to other copies of
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     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
your equipment.

1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH F3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3.  LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from.  If you
received the work on a physical medium, you must return the medium with
your written explanation.  The person or entity that provided you with
the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
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providing it to you may choose to give you a second opportunity to
receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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