The Project Gutenberg EBook of La gaviota, by Fernn Caballero

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Title: La gaviota

Author: Fernn Caballero

Release Date: November 23, 2007 [EBook #23600]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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LA GAVIOTA[1]

Novela de Costumbres

por

Fernn Caballero

[Nota 1: Gaviota es el nombre de un ave martima. Se aplica
familiarmente a la mujer gritona, imprudente, atolondrada y de speros
modales, como lo indica el conocido refrn: _La Gaviota, mientras ms
vieja, ms loca._]




Captulo I

Hay en este ligero cuadro lo que ms debe
gustar generalmente: novedad y naturalidad.

  G. DE MOLNE

Es innegable que las cosas sencillas son
las que ms conmueven los corazones
profundos y los grandes entendimientos.

  ALEJANDRO DUMAS


En noviembre del ao de 1836, el paquebote de vapor _Royal Sovereign_
se alejaba de las costas nebulosas de Falmouth, azotando las olas con
sus brazos, y desplegando sus velas pardas y hmedas en la neblina, an
ms parda y ms hmeda que ellas.

El interior del buque presentaba el triste espectculo del principio de
un viaje martimo. Los pasajeros amontonados luchaban con las fatigas
del mareo. Veanse mujeres en extraas actitudes, desordenados los
cabellos, ajados los camisolines, chafados los sombreros. Los hombres,
plidos y de mal humor; los nios, abandonados y llorosos; los criados,
atravesando con angulosos pasos la cmara, para llevar a los pacientes
t, caf y otros remedios imaginarios, mientras que el buque, rey y
seor de las aguas, sin cuidarse de los males que ocasionaba, luchaba a
brazo partido con las olas, dominndolas cuando le oponan resistencia,
y persiguindolas de cerca cuando cedan.

Pasebanse sobre cubierta los hombres que se haban preservado del azote
comn, por una complexin especial, o por la costumbre de viajar. Entre
ellos se hallaba el gobernador de una colonia inglesa, buen mozo y de
alta estatura, acompaado de dos ayudantes. Algunos otros estaban
envueltos en sus _mackintosh_, metidas las manos en los bolsillos, los
rostros encendidos, azulados o muy plidos, y generalmente
desconcertados. En fin, aquel hermoso bajel pareca haberse convertido
en el alczar de la displicencia.

Entre todos los pasajeros se distingua un joven como de veinticuatro
aos, cuyo noble y sencillo continente, y cuyo rostro hermoso y apacible
no daban seales de la ms pequea alteracin. Era alto y de gentil
talante; y en la apostura de su cabeza reinaban una gracia y una
dignidad admirables. Sus cabellos negros y rizados adornaban su frente
blanca y majestuosa: las miradas de sus grandes y negros ojos eran
plcidas y penetrantes a la vez. En sus labios sombreados por un ligero
bigote negro, se notaba una blanda sonrisa, indicio de capacidad y
agudeza, y en toda su persona, en su modo de andar y en sus gestos, se
trasluca la elevacin de su clase y la del alma, sin el menor sntoma
del aire desdeoso, que algunos atribuyen injustamente a toda especie de
superioridad.

Viajaba por gusto, y era esencialmente bueno, aunque un sentimiento
virtuoso de clera no le impeliese a estrellarse contra los vicios y los
extravos de la sociedad. Es decir, que no se senta con vocacin de
atacar los molinos de viento, como don Quijote. rale mucho ms grato
encontrar lo bueno, que buscaba con la misma satisfaccin pura y
sencilla, que la doncella siente al recoger violetas. Su fisonoma, su
gracia, su insensibilidad al fro y a la desazn general, estaban
diciendo que era espaol.

Pasebase observando con mirada rpida y exacta la reunin, que, a guisa
de mosaico, amontonaba el acaso en aquellas tablas, cuyo conjunto se
llama navo, as como en dimensiones ms pequeas se llama atad. Pero
hay poco que observar en hombres que parecen ebrios, y en mujeres que
semejan cadveres.

Sin embargo, mucho excit su inters la familia de un oficial ingls,
cuya esposa haba llegado a bordo tan indispuesta, que fue preciso
llevarla a su camarote; lo mismo se haba hecho con el ama, y el padre
la segua con el nio de pecho en los brazos, despus de haber hecho
sentar en el suelo a otras tres criaturas de dos, tres y cuatro aos,
encargndoles que tuviesen juicio, y no se moviesen de all. Los pobres
nios, criados quiz con gran rigor, permanecieron inmviles y
silenciosos como los ngeles que pintan a los pies de la Virgen.

Poco a poco el hermoso encarnado de sus mejillas desapareci; sus
grandes ojos, abiertos cuan grandes eran, quedaron como amortiguados y
entontecidos, y sin que un movimiento ni una queja denunciase lo que
padecan, el sufrimiento comprimido se pint en sus rostros asombrados y
marchitos.

Nadie repar en este tormento silencioso, en esta suave y dolorosa
resignacin.

El espaol iba a llamar al mayordomo, cuando le oy responder de mal
humor a un joven que, en alemn y con gestos expresivos, pareca
implorar su socorro en favor de aquellas abandonadas criaturas.

Como la persona de este joven no indicaba elegancia ni distincin, y
como no hablaba ms que alemn, el mayordomo le volvi la espalda,
dicindole que no le entenda.

Entonces el alemn baj a su camarote a proa, y volvi prontamente
trayendo una almohada, un cobertor y un capote de bayetn. Con estos
auxilios hizo una especie de cama, acost en ella a los nios y los
arrop con el mayor esmero. Pero apenas se haban reclinado, el mareo,
comprimido por la inmovilidad, estall de repente, y en un instante
almohada, cobertor y sobretodo quedaron infestados y perdidos.

El espaol mir entonces al alemn, en cuya fisonoma slo vio una
sonrisa de benvola satisfaccin, que pareca decir: gracias a Dios, ya
estn aliviados!

Dirigile la palabra en ingls, en francs y en espaol, y no recibi
otra respuesta sino un saludo hecho con poca gracia, y esta frase
repetida: _ich verstehe nicht_ (no entiendo).

Cuando despus de comer, el espaol volvi a subir sobre cubierta, el
fro haba aumentado. Se emboz en su capa, y se puso a dar paseos.
Entonces vio al alemn sentado en un banco, y mirando al mar; el cual,
como para lucirse, vena a ostentar en los costados del buque sus perlas
de espuma y sus brillantes fosfricos.

Estaba el joven observador vestido bien a la ligera, porque su levitn
haba quedado inservible, y deba atormentarle el fro.

El espaol dio algunos pasos para acercrsele; pero se detuvo, no
sabiendo cmo dirigirle la palabra. De pronto se sonri, como de una
feliz ocurrencia, y yendo en derechura hacia l, le dijo en latn:

--Debis tener mucho fro.

Esta voz, esta frase, produjeron en el extranjero la ms viva
satisfaccin, y sonriendo tambin como su interlocutor, le contest en
el mismo idioma:

--La noche est en efecto algo rigurosa; pero no pensaba en ello.

--Pues en qu pensabais?--le pregunt el espaol.

--Pensaba en mi padre, en mi madre, en mis hermanos y hermanas.

--Por qu viajis, pues, si tanto sents esa separacin?

--Ah!, seor; la necesidad... Ese implacable dspota...

--Con que no viajis por placer?

--Ese placer es para los ricos, y yo soy pobre. Por mi gusto!... Si
supierais el motivo de mi viaje, verais cun lejos est de ser
placentero!

--Adnde vais, pues?

--A la guerra, a la guerra civil, la ms terrible de todas: a Navarra.

--A la guerra!--exclam el espaol al considerar el aspecto bondadoso,
suave, casi humilde y muy poco belicoso del alemn--. Pues qu, sois
militar?

--No, seor, no es esa mi vocacin. Ni mi aficin ni mis principios me
induciran a tomar las armas, sino para defender la santa causa de la
independencia de Alemania, si el extranjero fuese otra vez a invadirla.
Voy al ejrcito de Navarra a procurar colocarme como cirujano.

--Y no conocis la lengua!

--No, seor, pero la aprender.

--Ni el pas?

--Tampoco: jams he salido de mi pueblo sino para la universidad.

--Pero tendris recomendaciones?

--Ninguna.

--Contaris con algn protector?

--No conozco a nadie en Espaa.

--Pues entonces, qu tenis?

--Mi ciencia, mi buena voluntad, mi juventud y mi confianza en Dios.

Qued el espaol pensativo al or estas palabras. Al considerar aquel
rostro en que se pintaban el candor y la suavidad; aquellos ojos azules,
puros como los de un nio; aquella sonrisa triste y al mismo tiempo
confiada, se sinti vivamente interesado y casi enternecido.

--Queris--le dijo despus de una breve pausa--bajar conmigo, y aceptar
un ponche para desechar el fro? Entre tanto, hablaremos.

El alemn se inclin en seal de gratitud, y sigui al espaol, el cual
baj al comedor y pidi un ponche.

A la testera de la mesa estaba el gobernador con sus dos aclitos; a un
lado haba dos franceses. El espaol y el alemn se sentaron a los pies
de la mesa.

--Pero cmo--pregunt el primero--habis podido concebir la idea de
venir a este desventurado pas?

El alemn le hizo entonces un fiel relato de su vida. Era el sexto hijo
de un profesor de una ciudad pequea de Sajonia, el cual haba gastado
cuanto tena en la educacin de sus hijos. Concluida la del que vamos
conociendo, hallbase sin ocupacin ni empleo, como tantos jvenes
pobres se encuentran en Alemania, despus de haber consagrado su
juventud a excelentes y profundos estudios, y de haber practicado su
arte con los mejores maestros. Su manutencin era una carga para su
familia; por lo cual, sin desanimarse, con toda su calma germnica, tom
la resolucin de venir a Espaa, donde, por desgracia, la sangrienta
guerra del Norte le abra esperanzas de que pudieran utilizarse sus
servicios.

--Bajo los tilos que hacen sombra a la puerta de mi casa--dijo al
terminar su narracin--, abrac por ltima vez a mi buen padre, a mi
querida madre, a mi hermana Lotte[2] y a mis hermanitos. Profundamente
conmovido y baado en lgrimas, entr en la vida, que otros encuentran
cubierta de flores. Pero, nimo; el hombre ha nacido para trabajar: el
cielo coronar mis esfuerzos. Amo la ciencia que profeso, porque es
grande y noble: su objeto es el alivio de nuestros semejantes; y el
resultado es bello, aunque la tarea sea penosa.

[Nota 2: Diminutivo alemn de Carlota.]

--Y os llamis...?

--Fritz Stein--respondi el alemn, incorporndose algn tanto sobre su
asiento, y haciendo una ligera reverencia.

Poco tiempo despus, los dos nuevos amigos salieron.

Uno de los franceses, que estaba enfrente de la puerta, vio que al subir
la escalera el espaol ech sobre los hombros del alemn su hermosa capa
forrada de pieles; que el alemn hizo alguna resistencia, y que el otro
se esquiv y se meti en su camarote.

--Habis entendido lo que decan?--le pregunt su compatriota.

--En verdad--repuso el primero (que era comisionista de comercio)--, el
latn no es mi fuerte; pero el mozo rubio y plido se me figura una
especie de Werther llorn, y he odo que hay en la historia su poco de
Carlota, amn de los chiquillos, como en la novela alemana. Por dicha,
en lugar de acudir a la pistola para consolarse, ha echado mano del
ponche, lo que si no es tan sentimental, es mucho ms filosfico y
alemn. En cuanto al espaol, le creo un don Quijote, protector de
desvalidos, con sus ribetes de San Martn, que parta su capa con los
pobres: esto, unido a su talante altanero, a sus miradas firmes y
penetrantes como alambres, y a su rostro plido y descolorido, a manera
de paisaje en noche de luna, forma tambin un conjunto perfectamente
espaol.

--Sabis--repuso el otro--que como pintor de historia voy a Tarifa, con
designio de pintar el sitio de aquella ciudad, en el momento en que el
hijo de Guzmn hace sea a su padre de que le sacrifique antes que
rendir la plaza. Si ese joven quisiera servirme de modelo, estoy seguro
del buen xito de mi cuadro. Jams he visto la naturaleza ms cerca de
lo ideal.

--As sois todos los artistas: siempre poetas!--respondi el
comisionista--. Por mi parte, si no me engaan la gracia de ese hombre,
su pie mujeril y bien plantado, y la elegancia y el perfil de su
cintura, le califico desde ahora de torero. Quiz sea el mismo Montes,
que tiene poco ms o menos la misma catadura, y que adems es rico y
generoso.

--Un torero!--exclam el artista--, un hombre del pueblo! Os estis
chanceando?

--No, por cierto--dijo el otro--; estoy muy lejos de chancearme. No
habis vivido como yo en Espaa, y no conocis el temple aristocrtico
de su pueblo. Ya veris, ya veris. Mi opinin es que, como gracias a
los progresos de la igualdad y fraternidad los chocantes aires
aristocrticos se van extinguiendo, en breve no se hallarn en Espaa,
sino en las gentes del pueblo.

--Creer que ese hombre es un torero!--dijo el artista con tal sonrisa
de desdn que el otro se levant picado, y exclam:

--Pronto sabr quin es: venid conmigo, y exploraremos a su criado.

Los dos amigos subieron sobre cubierta, donde no tardaron en encontrar
al hombre que buscaban.

El comisionista, que hablaba algo de espaol, entabl conversacin con
l, y despus de algunas frases triviales, le dijo:

--Se ha ido a la cama su amo de usted?

--S, seor--respondi el criado, echando a su interlocutor una mirada
llena de penetracin y malicia.

--Es muy rico?

--No soy su administrador, sino su ayuda de cmara.

--Viaja por negocios?

--No creo que los tenga.

--Viaja por su salud?

--La tiene muy buena.

--Viaja de incgnito?

--No, seor: con su nombre y apellido.

--Y se llama?...

--Don Carlos de la Cerda

--Ilustre nombre, por cierto!--exclam el pintor.

--El mo es Pedro de Guzmn--dijo el criado--, y soy muy servidor de
ustedes.

Con lo cual, les hizo una cortesa y se retir.

--El Gil Blas tiene razn--dijo el francs--. En Espaa no hay cosa ms
comn que apellidos gloriosos: es verdad que en Pars mi zapatero se
llamaba Martel, mi sastre Roland y mi lavandera madame Bayard. En
Escocia hay ms Estuardos que piedras. Hemos quedado frescos! El
tunante del criado se ha burlado de nosotros. Pero bien considerado, yo
sospecho que es un agente de la faccin; un empleado oscuro de don
Carlos.

--No, por cierto--exclam el artista--. Es mi Alonso Prez de Guzmn, el
Bueno: el hroe de mis sueos.

El otro francs se encogi de hombros.

Llegado el buque a Cdiz, el espaol se despidi de Stein.

--Tengo que detenerme algn tiempo en Andaluca--le dijo--. Pedro, mi
criado, os acompaar a Sevilla, y os tomar asiento en la diligencia de
Madrid. Aqu tenis una carta de recomendacin para el ministro de la
Guerra, y otra para el general en jefe del Ejrcito. Si alguna vez
necesitis de m, como amigo, escribidme a Madrid con este sobre.

Stein no poda hablar de puro conmovido. Con una mano tomaba las cartas
y con otra rechazaba la tarjeta que el espaol le presentaba.

--Vuestro nombre est grabado aqu--dijo el alemn poniendo la mano en
el corazn--. Ah! No lo olvidar en mi vida. Es el del corazn ms
noble, el del alma ms elevada y generosa, el del mejor de los mortales.

--Con ese sobrescrito--repuso don Carlos sonriendo--, vuestras cartas
podran no llegar a mis manos. Es preciso otro ms claro y ms breve.

Le entreg la tarjeta, y se despidi.

Stein ley: _El duque de Almansa._

Y Pedro de Guzmn, que estaba all cerca, aadi:

--Marqus de Guadalmonte, de Val-de-Flores y de Roca-Fiel; conde de
Santa Clara, de Encinasola y de Lara; caballero del Toisn de Oro, y
Gran Cruz de Carlos III; gentilhombre de cmara de Su Majestad, grande
de Espaa de primera clase, etc.




Captulo II


En una maana de octubre de 1838, un hombre bajaba a pie de uno de los
pueblos del condado de Niebla, y se diriga hacia la playa. Era tal su
impaciencia por llegar a un puertecillo de mar que le haban indicado,
que creyendo cortar terreno entr en una de las vastas dehesas, comunes
en el sur de Espaa, verdaderos desiertos destinados a la cra del
ganado vacuno, cuyas manadas no salen jams de aquellos lmites.

Este hombre pareca viejo, aunque no tena ms de veintisis aos.
Vesta una especie de levita militar, abotonada hasta el cuello. Su
tocado era una mala gorra con visera. Llevaba al hombro un palo grueso,
del que penda una cajita de caoba, cubierta de bayeta verde; un paquete
de libros, atados con tiras de orillo, un pauelo que contena algunas
piezas de ropa blanca, y una gran capa enrollada.

Este ligero equipaje pareca muy superior a sus fuerzas. De cuando en
cuando se detena, apoyaba una mano en su pecho oprimido, o la pasaba
por su enardecida frente, o bien fijaba sus miradas en un pobre perro
que le segua, y que en aquellas paradas se acostaba jadeante a sus
pies.

Pobre _Treu_![3]--le deca--, nico ser que me acredita que todava
hay en el mundo cario y gratitud! No: jams olvidar el da en que por
primera vez te vi! Fue con un pobre pastor, que muri fusilado por no
haber querido ser traidor. Estaba de rodillas en el momento de recibir
la muerte, y en vano procuraba alejarte de su lado. Pidi que te
apartasen, y nadie se atreva. Son la descarga, y t, fiel amigo del
desventurado, caste mortalmente herido al lado del cuerpo exnime de
tu amo. Yo te recog, cur tus heridas, y desde entonces no me has
abandonado. Cuando los graciosos del regimiento se burlaban de m, y me
llamaban _cura-perros_, venas a lamerme la mano que te salv, como
queriendo decirme: 'los perros son agradecidos'. Oh Dios mo! Yo amaba
a mis semejantes. Hace dos aos que, lleno de vida, de esperanza, de
buena voluntad, llegu a estos pases, y ofreca a mis semejantes mis
desvelos, mis cuidados, mi deber y mi corazn. He curado muchas heridas,
y en cambio las he recibido muy profundas en mi alma. Gran Dios! Gran
Dios! Mi corazn est destrozado. Me veo ignominiosamente arrojado del
Ejrcito, despus de dos aos de servicio, despus de dos aos de
trabajar sin descanso. Me veo acusado y perseguido, slo por haber
curado a un hombre del partido contrario, a un infeliz, que perseguido
como una bestia feroz, vino a caer moribundo en mis brazos. Ser
posible que las leyes de la guerra conviertan en crimen lo que la moral
erige en virtud, y la religin en deber? Y qu me queda que hacer
ahora? Ir a reposar mi cabeza calva y mi corazn ulcerado a la sombra de
los tilos de la casa paterna. All no me contarn por delito el haber
tenido piedad de un moribundo!

[Nota 3: Treu significa en alemn fiel, y se pronuncia Troy.]

Despus de una pausa de algunos instantes, el desventurado hizo un
esfuerzo.

Vamos, _Treu_; _vorwarts, vorwarts_[4].

[Nota 4: Adelante, adelante.]

Y el viajero y el fiel animal prosiguieron su penosa jornada.

Pero a poco rato perdi el estrecho sendero que haba seguido hasta
entonces, y que haban formado las pisadas de los pastores.

El terreno se cubra ms y ms de maleza, de matorrales altos y espesos:
era imposible seguir en lnea recta; no se poda andar sin inclinarse
alternativamente a uno u otro lado.

El sol conclua su carrera, y no se descubra el menor aviso de
habitacin humana en ningn punto del horizonte; no se vea ms, sino la
dehesa sin fin, desierto verde y uniforme como el ocano.

Fritz Stein, a quien sin duda han reconocido ya nuestros lectores,
conoci demasiado tarde que su impaciencia le haba inducido a contar
con ms fuerzas que las que tena. Apenas poda sostenerse sobre sus
pies hinchados y doloridos, sus arterias latan con violencia, parta
sus sienes un agudo dolor; una sed ardiente le devoraba. Y para aumento
del horror de su situacin, unos sordos y prolongados mugidos le
anunciaban la proximidad de algunas de las toradas medio salvajes, tan
peligrosas en Espaa.

Dios me ha salvado de muchos peligros--dijo el desgraciado viajero--:
tambin me proteger ahora, y si no, hgase su voluntad.

Con esto apret el paso lo ms que le fue posible: pero cul no sera
su espanto, cuando habiendo doblado una espesa mancha de lentiscos, se
encontr frente a frente, y a pocos pasos de distancia, con un toro!

Stein qued inmvil y como petrificado. El bruto, sorprendido de aquel
encuentro y de tanta audacia, qued tambin sin movimiento, fijando en
Stein sus grandes y feroces ojos, inflamados como dos hogueras. El
viajero conoci que al menor movimiento que hiciese era hombre perdido.
El toro, que por el instinto natural de su fuerza y de su valor quiere
ser provocado para embestir, baj y alz dos veces la cabeza con
impaciencia, ara la tierra y suscit de ella nubes de polvo, como en
seal de desafo. Stein no se mova. Entonces el animal dio un paso
atrs, baj la cabeza, y ya se preparaba a la embestida, cuando se
sinti mordido en los corvejones. Al mismo tiempo, los furiosos ladridos
de su leal compaero dieron a conocer a Stein su libertador. El toro
embravecido se volvi a repeler el inesperado ataque, movimiento de que
se aprovech Stein para ponerse en fuga. La horrible situacin de que
apenas se haba salvado, le dio nuevas fuerzas para huir por entre las
carrascas y lentiscos, cuya espesura le puso al abrigo de su formidable
contrario.

Haba ya atravesado una caada de poca extensin, y subiendo a una loma,
se detuvo casi sin aliento, y se volvi a mirar el sitio de su
arriesgado lance. Entonces vio de lejos entre los arbustos a su pobre
compaero, a quien el feroz animal levantaba una y otra vez por alto.
Stein extenda sus brazos hacia el leal animal, y repeta sollozando:

Pobre, pobre _Treu_! Mi nico amigo! Qu bien mereces tu nombre!
Cun caro te cuesta el amor que tuviste a tus amos!

Por sustraerse a tan horrible espectculo, apresur Stein sus pasos, no
sin derramar copiosas lgrimas. As lleg a la cima de otra altura,
desde donde se desenvolvi a su vista un magnfico paisaje. El terreno
descenda con imperceptible declive hacia el mar, que, en calma y
tranquilo, reflejaba los fuegos del sol en su ocaso, y pareca un campo
sembrado de brillantes, rubes y zafiros. En medio de esta profusin de
resplandores, se distingua como una perla el blanco velamen de un
buque, al parecer clavado en las olas. La accidentada lnea que formaba
la costa presentaba ya una playa de dorada arena que las mansas olas
salpicaban de plateada espuma, ya rocas caprichosas y altivas, que
parecan complacerse en arrostrar el terrible elemento, a cuyos embates
resisten, como la firmeza al furor. A lo lejos, y sobre una de las peas
que estaban a su izquierda, Stein divis las ruinas de un fuerte, obra
humana que a nada resiste, a quien servan de base las rocas, obra de
Dios, que resiste a todo. Algunos grupos de pinos alzaban sus fuertes y
sombras cimeras, descollando sobre la maleza. A la derecha, y en lo
alto de un cerro, descubri un vasto edificio, sin poder precisar si era
una poblacin, un palacio con sus dependencias o un convento.

Casi extenuado por su ltima carrera, y por la emocin que recientemente
le haba agitado, aquel fue el punto a que dirigi sus pasos.

Ya haba anochecido cuando lleg. El edificio era un convento, como los
que se contruan en los siglos pasados, cuando reinaban la fe y el
entusiasmo: virtudes tan grades, tan bellas, tan elevadas, que por lo
mismo no tienen cabida en este siglo de ideas estrechas y mezquinas;
porque entonces el oro no serva para amontonarlo ni emplearlo en lucros
inicuos, sino que se aplicaba a usos dignos y nobles, como que los
hombres pensaban en lo grande y en lo bello, antes de pensar en lo
cmodo y en lo til. Era un convento, que en otros tiempos suntuoso,
rico, hospitalario, daba pan a los pobres, aliviaba las miserias y
curaba los males del alma y del cuerpo; mas ahora, abandonado, vaco,
pobre, desmantelado, puesto en venta por unos pedazos de papel, nadie
haba querido comprarlo, ni aun a tan bajo precio.

La especulacin, aunque engrandecida en dimensiones gigantescas, aunque
avanzando como un conquistador que todo lo invade, y a quien no arredran
los obstculos, suele, sin embargo, detenerse delante de los templos del
Seor, como la arena que arrebata el viento del desierto, se detiene al
pie de las Pirmides.

El campanario, despojado de su adorno legtimo, se alzaba como un
gigante exnime, de cuyas vacas rbitas hubiese desaparecido la luz de
la vida. Enfrente de la entrada duraba an una cruz de mrmol blanco,
cuyo pedestal, medio destruido, la haca tomar una postura inclinada,
como de caimiento y dolor. La puerta, antes abierta a todos de par en
par, estaba ahora cerrada.

Las fuerzas de Stein le abandonaron, y cay medio exnime en un banco de
piedra pegado a la pared cerca de la puerta. El delirio de la fiebre
turb su cerebro; parecale que las olas del mar se le acercaban, cual
enormes serpientes, retirndose de pronto y cubrindole de blanca y
venenosa baba; que la Luna le miraba con plido y atnito semblante; que
las estrellas daban vueltas en rededor de l, echndole miradas
burlonas. Oa mugidos de toros, y uno de estos animales sala de detrs
de la cruz y echaba a los pies del calenturiento su pobre perro, privado
de la vida. La cruz misma se le acercaba vacilante, como si fuera a
caer, y abrumarle bajo su peso. Todo se mova y giraba en rededor del
infeliz! Pero en medio de este caos, en que ms y ms se embrollaban sus
ideas, oy no ya rumores sordos y fantsticos, cual tambores lejanos,
como le haban parecido los latidos precipitados de sus arterias, sino
un ruido claro y distinto, y que con ningn otro poda confundirse: el
canto de un gallo.

Como si este sonido campestre y domstico le hubiese restituido de
pronto la facultad de pensar y la de moverse, Stein se puso en pie, se
encamin con gran dificultad hacia la puerta, y la golpe con una
piedra; le respondi un ladrido. Hizo otro esfuerzo para repetir su
llamada, y cay al suelo desmayado.

Abrise la puerta y aparecieron en ella dos personas.

Era una mujer joven, con un candil en la mano, la cual, dirigiendo la
luz hacia el objeto que divisaba a sus pies, exclam:

--Jess Mara!, no es Manuel; es un desconocido... y est muerto!
Dios nos asista!

--Socorrmosle--exclam la otra, que era una mujer de edad, vestida con
mucho aseo--. Hermano Gabriel, hermano Gabriel--grit entrando en el
patio--: venga usted pronto. Aqu hay un infeliz que se est muriendo.

Oyronse pasos precipitados, aunque pesados. Eran los de un anciano, de
no muy alta estatura, cuya faz apacible y cndida indicaba un alma pura
y sencilla. Su grotesco vestido consista en un pantaln y una holgada
chupa de sayal pardo, hechos al parecer de un hbito de fraile; calzaba
sandalias, y cubra su luciente calva un gorro negro de lana.

--Hermano Gabriel--dijo la anciana--, es preciso socorrer a este hombre.

--Es preciso socorrer a este hombre--contest el hermano Gabriel.

--Por Dios, seora!--exclam la del candil--. Dnde va usted a poner
aqu a un moribundo?

--Hija--respondi la anciana--, si no hay otro lugar en que ponerle,
ser en mi propia cama.

--Y va usted a meterle en casa--repuso la otra--, sin saber siquiera
quin es?

--Qu importa?--dijo la anciana--. No sabes el refrn: haz bien y no
mires a quin? Vamos: aydame, y manos a la obra.

Dolores obedeci con celo y temor a un tiempo.

--Cuando venga Manuel--deca--, quiera Dios que no tengamos alguna
desazn.

--Tendra que ver!--respondi la buena anciana--, No faltaba ms sino
que un hijo tuviese que decir a lo que su madre dispone!

Entre los tres llevaron a Stein al cuarto del hermano Gabriel. Con paja
fresca y una enorme y lanuda zalea se arm al instante una buena cama.
La ta Mara sac del arca un par de sbanas no muy finas, pero limpias,
y una manta de lana.

Fray Gabriel quiso ceder su almohada, a lo que se opuso la ta Mara,
diciendo que ella tena dos, y poda muy bien dormir con una sola. Stein
no tard en ser desnudado y metido en la cama.

Entre tanto se oan golpes repetidos a la puerta.

--Ah est Manuel--dijo entonces su mujer--. Venga usted conmigo, madre,
que no quiero estar sola con l, cuando vea que hemos dado entrada en
casa a un hombre sin que l lo sepa.

La suegra sigui los pasos de la nuera.

--Alabado sea Dios! Buenas noches, madre; buenas noches, mujer--dijo al
entrar un hombre alto y de buen talante, que pareca tener de treinta y
ocho a cuarenta aos, y a quien segua un muchacho como de unos trece.

--Vamos, Momo[5]--aadi--, descarga la burra y llvala a la cuadra. La
pobre _Golondrina_ no puede con el alma.

[Nota 5: Diminutivo de Gernimo en Andaluca.]

Momo llev a la cocina, punto de reunin de toda la familia, una buena
provisin de panes grandes y blancos, unas alforjas y la manta de su
padre. En seguida desapareci llevando del diestro a _Golondrina_.

Dolores volvi a cerrar la puerta, y se reuni en la cocina con su
marido y con su madre.

--Me traes--le dijo--el jabn y el almidn?

--Aqu viene.

--Y mi lino?--pregunt la madre.

--Ganas tuve de no traerlo--respondi Manuel sonrindose, y entregando a
su madre unas madejas.

--Y por qu, hijo?

--Es que me acordaba de aquel que iba a la feria, y a quien daban
encargos todos sus vecinos. Treme un sombrero; treme un par de
polainas; una prima quera un peine; una ta, chocolate; y a todo esto,
nadie le daba un cuarto. Cuando estaba ya montado en la mula, lleg un
chiquillo y le dijo: Aqu tengo dos cuartos para un pito, me lo quiere
usted traer? Y diciendo y haciendo, le puso las monedas en la mano. El
hombre se inclin, tom el dinero y le respondi: T pitars! Y, en
efecto, volvi de la feria, y de todos los encargos no trajo ms que el
pito.

--Pues est bueno!--repuso la madre--: para quin me paso yo hilando
los das y las noches? No es para ti y para tus hijos? Quieres que sea
como el sastre del Campillo, que cosa de balde y pona el hilo?

En este momento se present Momo a la puerta de la cocina. Era bajo de
cuerpo y rechoncho, alto de hombros, y adems tena la mala maa de
subirlos ms, con un gesto de desprecio y de _qu se me da a m_, hasta
tocar con ellos sus enormes orejas, anchas como abanicos. Tena la
cabeza abultada, el cabello corto, los labios gruesos. Era adems chato
y horriblemente bizco.

--Padre--dijo con un gesto de malicia--, en el cuarto del hermano
Gabriel hay un hombre acostado.

--Un hombre en mi casa!--grit Manuel saltando de la silla--. Dolores,
qu es esto?

--Manuel, es un pobre enfermo. Tu madre ha querido recogerlo. Yo me
opuse a ello, pero su merced quiso. Qu haba yo de hacer?

--Bueno est!, pero, aunque sea mi madre, no por eso ha de tener en
casa al primero que se presenta.

--No; sino dejarle morir a la puerta, como si fuera un perro--dijo la
anciana--. No es eso?

--Pero madre--repuso Manuel--, es mi casa algn hospital?

--No; pero es la casa de un cristiano; y si hubieras estado aqu,
hubieras hecho lo mismo que yo.

--Que no--respondi Manuel--; le habra puesto encima de la burra, y le
habra llevado al lugar, ya que se acabaron los conventos.

--Aqu no tenamos burra ni alma viviente que pudiera hacerse cargo de
ese infeliz.

--Y si es un ladrn!

--Quien se est muriendo, no roba.

--Y si le da una enfermedad larga, quin la costea?

--Ya han matado una gallina para el caldo--dijo Momo--; yo he visto las
plumas en el corral.

--Madre, ha perdido usted el sentido?--exclam Manuel colrico.

--Basta, basta--dijo la madre con voz severa y dignidad--. Carsete
deba la cara de vergenza de haberte incomodado con tu madre, slo por
haber hecho lo que manda la ley de Dios. Si tu padre viviera, no podra
creer que su hijo cerraba la puerta a un infeliz que llegase a ella
murindose y sin amparo.

Manuel baj la cabeza, y hubo un rato de silencio general.

--Vaya, madre--dijo en fin--; haga usted cuenta que no he dicho nada.
Gobirnese a su gusto. Ya se sabe que las mujeres se salen siempre con
la suya.

Dolores respir ms libremente.

--Qu bueno es!--dijo gozosa a su suegra.

--T podas dudarlo--respondi sta sonriendo a su nuera, a quien quera
mucho, y levantndose para ir a ocupar su puesto a la cabecera del
enfermo--. Yo, que lo he parido, no lo he dudado nunca.

Al pasar cerca de Momo, le dijo su abuela:

--Ya saba yo que tenas malas entraas; pero nunca lo has acreditado
tanto como ahora. Anda con Dios; te compadezco: eres malo, y el que es
malo, consigo lleva el castigo.

--Las viejas no sirven ms que para sermonear--gru Momo, echando a su
abuela una impaciente y torcida mirada.

Pero apenas haba pronunciado la ltima palabra, cuando su madre, que lo
haba odo, se arroj a l y le descarg una bofetada.

--Aprende--le dijo--a no ser insolente con la madre de tu padre, que es
dos veces madre tuya.

Momo se refugi llorando a lo ltimo del corral, y desahog su coraje
dando una paliza al perro.




Captulo III


La ta Mara y el hermano Gabriel se esmeraban a cual ms en cuidar al
enfermo; pero discordaban en cuanto al mtodo que deba emplearse en su
curacin. La ta Mara, sin haber ledo a Brown, estaba por los caldos
sustanciosos y los confortantes tnicos, porque deca que estaba muy
dbil y muy extenuado. Fray Gabriel, sin haber odo el nombre de
Broussais, quera refrescos y temperantes, porque, en su opinin, haba
fiebre cerebral, la sangre estaba inflamada y la piel arda.

Los dos tenan razn; y del doble sistema, compuesto de los caldos de la
ta Mara y de las limonadas del hermano Gabriel, result que Stein
recobr la vida y la salud el mismo da en que la buena mujer mat la
ltima gallina, y el hermano coga el ltimo limn del rbol.

--Hermano Gabriel--dijo la ta Mara--, qu casta de pjaro cree usted
que ser nuestro enfermo? Militar?

--Bien podr ser que sea militar--contest fray Gabriel, el cual,
excepto en puntos de medicina y de horticultura, estaba acostumbrado a
mirar a la ta Mara como a un orculo, y a no tener otra opinin que la
suya, lo mismo que haba hecho con el prior de su convento. As que casi
maquinalmente, repeta siempre lo que la buena anciana deca.

--No puede ser--prosigui la ta Mara, meneando la cabeza--. Si fuera
militar, tendra armas, y no las tiene. Es verdad que al doblar su
levitn para quitarlo de en medio, hall en el bolsillo una cosa a modo
de pistola; pero al examinarla con el mayor cuidado, por si acaso, vine
a caer en que no era pistola, sino flauta. Luego no es militar.

--No puede ser militar--repiti el hermano Gabriel.

--Si ser un contrabandista?

--Puede ser que sea un contrabandista!--dijo el buen lego.

--Pero no--repuso la anciana--, porque para hacer el contrabando es
preciso tener gneros o dineros, y l no tiene ni lo uno ni lo otro.

--Es verdad: no puede ser contrabandista!--afirm fray Gabriel.

--Hermano Gabriel, a ver qu dicen los ttulos de esos libros?, puede
ser que por ah saquemos cul es su oficio.

El hermano se levant, tom sus espejuelos engarzados en cuerno, los
coloc sobre la nariz, ech mano al paquete de libros, y aproximndose a
la ventana que daba al gran patio interior, estuvo largo rato
examinndolos.

--Hermano Gabriel--dijo al cabo la ta Mara--. Se le ha olvidado a
usted el leer?

--No, pero no conozco estas letras; me parece que es hebreo.

--Hebreo!--exclam la ta Mara--. Virgen Santa! Si ser judo?

En aquel momento, Stein, que haba estado largo tiempo aletargado, abri
los ojos y dijo en alemn:

--_Gott, wo bin ich?_ (Dios mo, dnde estoy?)

La ta Mara se puso de un salto en medio del cuarto. El hermano Gabriel
dej caer los libros, y se qued hecho una piedra, abriendo los ojos tan
grandes como sus espejuelos.

--Qu ha hablado?--pregunt la ta Mara.

--Ser hebreo como sus libros--respondi fray Gabriel--. Quiz ser
judo como usted ha dicho, ta Mara.

--Dios nos asista!--exclam la anciana--; pero no. Si fuera judo, no
le habramos visto el rabo cuando lo desnudbamos?

--Ta Mara--repuso el lego--, el padre prior deca que eso del rabo de
los judos es una patraa, una tontera, y que los judos no tienen tal
cosa.

--Hermano Gabriel--replic la ta Mara--, desde la bendita
Constitucin todo se vuelve cambios y mudanzas. Esa gente que gobierna
en lugar del rey no quiere que haya nada de lo que antes hubo; y por
esto no han querido que los judos tengan rabo, y toda la vida lo han
tenido como el diablo. Si el padre prior dijo lo contrario, le obligaron
a ello, como lo obligaron a decir en la misa rey _constitucional_.

--Bien podr ser!--dijo el hermano.

--No ser judo--prosigui la anciana--, pero ser un moro o un turco
que habr naufragado en estas costas.

--Un pirata de Marruecos--repuso el buen fraile--; puede ser!

--Pero entonces llevara turbante y chinelas amarillas, como el moro que
yo vi hace treinta aos cuando fui a Cdiz: se llama el moro Seylan.
Qu hermoso era! Pero para m, toda su hermosura se le quitaba con no
ser cristiano. Pero ms que sea judo o moro, no importa: socorrmosle.

--Socorrmosle aunque sea judo o moro--repiti el hermano.

Y los dos se acercaron a la cama.

Stein se haba incorporado y miraba con extraeza todos los objetos que
le rodeaban.

--No entender lo que le digamos--dijo la ta Mara--, pero hagamos la
prueba.

--Hagamos la prueba--repiti el hermano Gabriel.

La gente del pueblo en Espaa cree generalmente que el mejor medio de
hacerse entender es hablar a gritos. La ta Mara y fray Gabriel, muy
convencidos de ello, gritaron a la vez, ella: quiere usted caldo?, y
l: quiere usted limonada?

Stein, que iba saliendo poco a poco del caos de sus ideas, pregunt en
espaol:

--Dnde estoy? Quines son ustedes?

--El seor--respondi la anciana--es el hermano Gabriel, y yo soy la ta
Mara, para lo que usted quiera mandar.

--Ah!--dijo Stein--, el Santo Arcngel y la bendita Virgen, cuyos
nombres llevis, aquella que es la salud de los enfermos, la consoladora
de los afligidos, y el socorro de los cristianos, os pague el bien que
me habis hecho.

--Habla espaol--exclam alborozada la ta Mara--, y es cristiano, y
sabe las letanas!

Y llena de jbilo, se arroj a Stein, le estrech en sus brazos y le
estamp un beso en la frente.

--Y a todo esto, quin es usted?--dijo la ta Mara, despus de haberle
dado una taza de caldo--. Cmo ha venido usted a parar enfermo y
murindose a este despoblado?

--Me llamo Stein, y soy cirujano. He estado en la guerra de Navarra, y
volva por Extremadura a buscar un puerto donde embarcarme para Cdiz, y
de all a mi tierra, que es Alemania. Perd el camino, y he estado largo
tiempo dando rodeos, hasta que por fin he llegado aqu enfermo, exnime
y moribundo.

--Ya ve usted--dijo la ta Mara al hermano Gabriel--, que sus libros no
estn en hebreo, sino en la lengua de los cirujanos.

--Eso es, estn escritos en la lengua de los cirujanos--repiti fray
Gabriel.

--Y de qu partido era usted?--pregunt la anciana--: de don Carlos o
de los otros?

--Serva en las tropas de la reina--respondi Stein.

La ta Mara se volvi a su compaero, y con un gesto expresivo, le dijo
en voz baja:

--Este no es de los buenos.

--No es de los buenos!--repiti fray Gabriel, bajando la cabeza.

--Pero dnde estoy?--volvi a preguntar Stein.

--Est usted--respondi la anciana--en un convento, que ya no es
convento; es un cuerpo sin alma. Ya no le quedan ms que las paredes, la
cruz blanca y fray Gabriel. Todo lo dems se lo llevaron los otros.
Cuando ya no qued nada que sacar, unos seores que se llaman _crdito
pblico_ buscaron un hombre de bien para guardar el convento, es decir,
el caparazn. Oyeron hablar de mi hijo, y vinimos a establecernos aqu,
donde yo vivo con ese hijo, que es el nico que me ha quedado. Cuando
entramos en el convento, salan de l los padres. Unos iban a Amrica,
otros a las misiones de la China, otros se quedaron con sus familias, y
otros se fueron a buscar la vida trabajando o pidiendo limosna. Vimos a
un hermano lego, viejo y apesadumbrado que, sentado en las gradas de la
cruz blanca, lloraba unas veces por sus hermanos que se iban, y otras
por el convento que se quedaba solo. No viene su merced?, le pregunt
un corista. Y adnde he de ir?--respondi--Jams he salido de estos
muros, donde fui recogido nio y hurfano, por los padres. No conozco a
nadie en el mundo ni s ms que cuidar la huerta del convento. Adnde
he de ir? Qu he de hacer? Yo no puedo vivir sino aqu! Pues qudese
usted con nosotros, le dije yo entonces. Bien dicho, madre--repuso mi
hijo--. Siete somos los que nos sentamos a la mesa; nos sentaremos
ocho; comeremos ms, y comeremos menos, como suele decirse.

--Y gracias a esta caridad--aadi fray Gabriel--, cteme usted aqu
cuidando la huerta; pero desde que se vendi la noria, no puedo regar ni
un palmo de tierra; de modo que se estn secando los naranjos y los
limones.

--Fray Gabriel--continu la ta Mara--se qued en estas paredes, a las
cuales est pegado como la yedra; pero, como iba diciendo, ya no hay ms
que paredes. Habr picarda! Nada, lo que ellos dicen: Destruyamos el
nido, para que no vuelvan los pjaros.

--Sin embargo--dijo Stein--, yo he odo decir que haba demasiados
conventos en Espaa.

La ta Mara fij en el alemn sus ojos negros vivos y espantados;
despus, volvindose al lego, le dijo en voz baja:

--Sern ciertas nuestras primeras sospechas?

--Puede ser que sean ciertas!--respondi el hermano.




Captulo IV


Stein, cuya convalecencia adelantaba rpidamente, pudo en breve, con
ayuda del hermano Gabriel, salir de su cuarto y examinar menudamente
aquella noble estructura, tan suntuosa, tan magnfica, tan llena de
primores y de riquezas artsticas, la cual, lejos de las miradas de los
hombres, colocada entre el cielo y el desierto, haba sido una digna
morada de muchos varones ricos e ilustres, que vivieron en el convento,
realzando su nobleza y suntuosidad con las virtudes y grandes prendas de
que Dios los haba dotado, sin otro testigo que su Criador, ni ms fin
que glorificarle; porque se engaan mucho los que creen que la modestia
y la humildad se ocultan siempre bajo la librea de la pobreza. No: los
remiendos y las casuchas abrigan a veces ms orgullo que los palacios.

El gran portal embovedado, por donde haba sido introducido Stein, daba
a un gran patio cuadrado. Desde la puerta hasta el fondo del patio, se
extenda una calle de enormes cipreses. All se alzaba una vasta reja de
hierro, que divida el patio grande, de otro largo y estrecho, en que
continuaba la calle de cipreses, pareciendo entrar en ella con paso
majestuoso, y formando una guardia de honor al magnfico portal de la
iglesia, que se hallaba en el fondo de este segundo y estrecho patio.

Cuando la puerta exterior y la reja estaban abiertas de par en par, como
las iglesias de los conventos no estn obstruidas por el coro, desde las
gradas de la cruz de mrmol blanco, que estaba situada a distancia fuera
del edificio, se divisaba perfectamente el soberbio altar mayor, todo
dorado desde el suelo hasta el techo, y que cubra la pared de la
cabecera del templo. Cuando reverberaban centenares de luces en aquellas
refulgentes molduras, y en las innumerables cabezas de los ngeles que
formaban parte de su adorno; cuando los sonidos del rgano, armonizando
con la grandeza del sitio, y con la solemnidad del culto catlico
estallaban en la bveda de la iglesia, demasiado estrecha para
contenerlos, y se iban a perder en las del cielo; cuando se ofreca esta
grandiosa escena, sin ms espectadores que el desierto, la mar y el
firmamento, no pareca sino que para ellos solos se haba levantado
aquel edificio y se celebraban los oficios divinos.

A los dos lados de la reja, fuera de la calle de cipreses, haba dos
grandes puertas. La de la izquierda, que era el lado del mar, daba a un
patio interior, de gigantescas dimensiones. Reinaba en torno de l un
anchuroso claustro, sostenido en cada lado por veinte columnas de mrmol
blanco. Su pavimento se compona de losas de mrmol azul y blanco. En
medio se alzaba una fuente, alimentada por una noria que estaba siempre
en movimiento. Representaba una de las obras de misericordia, figurada
por una mujer dando de beber a un peregrino que, postrado a sus pies,
reciba el agua, que en una concha ella le presentaba. La parte
inferior de las paredes, hasta una altura de diez pies, estaba revestida
de pequeos azulejos, cuyos brillantes colores se enlazaban en
artificiosos mosaicos. Enfrente de la entrada se abra una anchsima
escalera de mrmol, construccin area, sin ms apoyo ni sostn que la
sabia proporcin de su masa enorme. Estas admirables obras maestras de
arquitectura eran muy poco comunes en nuestros conventos. Los grandes
artistas, autores de tantas maravillas, estaban animados de un santo
celo religioso y por el noble deseo y la creencia de que trabajaban para
la ms remota posteridad. Sabido es que el primero y el ms popular de
ellos no trabajaba en ningn asunto religioso sin haber comulgado
antes[6].

[Nota 6: Bartolom Esteban Murillo.]

El claustro alto estaba sostenido por veinte columnas ms pequeas que
las del bajo. Reinaba en torno a una balaustrada de mrmol blanco,
calada y de un trabajo exquisito. Caan a estos claustros las puertas de
las celdas, hechas de caoba, pequeas pero cubiertas de adornos de
talla. Las celdas se componan de una pequea antecmara, que daba paso
a una sala tambin chica, con su correspondiente alcoba. El ajuar lo
formaban en la pieza principal, algunas sillas de pino, una mesa y un
estante, y en la alcoba, una cama que consista en cuatro tablas sin
colchn y dos sillas.

Detrs de este patio haba otro por el mismo estilo: all estaban el
noviciado, la enfermera, la cocina y los refectorios. Consistan estos
en unas mesas largas, de mrmol, y una especie de plpito para el que
lea durante las comidas.

El departamento situado a la derecha de la calle de cipreses contena un
patio semejante a la del lado opuesto. All estaba la hospedera, donde
eran recibidos los forasteros, ya fuesen legos o religiosos. Estaban
tambin la librera, las sacristas, los guardamuebles y otras
oficinas. En el segundo patio, al que se entraba por una puerta
exterior, se hallaban abajo los almacenes para el aceite y arriba los
graneros. Estos cuatro patios, en medio de los cuales, precedida de la
calle de cipreses, se ergua la iglesia con su campanario, como un
enorme ciprs de piedra, formaban el conjunto de aquel majestuoso
edificio. El techo se compona de un milln de tejas, sujeta cada una
con un gran clavo de hierro, para evitar que las arrancasen los
huracanes en aquel sitio elevado y prximo al mar.

A razn de real por clavo, esta sola parte del material haba costado
cincuenta mil duros.

Rodeaba el convento por delante el patio grande, de que ya hemos
hablado, y en l, a izquierda y derecha de la puerta de entrada, haba
cuartos pequeos de un solo piso, para alojar a los jornaleros, cuando
los religiosos cultivaban sus tierras: all habitaba en la poca en que
pasa nuestra historia, el guarda Manuel Alerza con su familia. A la
izquierda, hacia el lado del mar, se extenda una gran huerta,
ostentando bajo las ventanas de las celdas, su fresco verdor, sus
rboles, sus flores, el murmullo de sus acequias, el canto de los
pjaros y la esquila del buey que tiraba de la noria. Formaba todo esto
un pequeo oasis, en medio de un desierto seco y uniforme, cerca de esa
mar que se complace en el estrago y en la destruccin y que se detiene
delante de un lmite de arena. Pero lo que abundaba en este lugar
solitario y silencioso, eran los cipreses y las palmeras, rboles de los
conventos, los unos de brote derecho y austero, que aspiran a las
alturas; los otros no menos elevados, pero que inclinan sus brazos a la
tierra, como para atraer a las plantas dbiles que vegetan en ella.

Los pozos y la armazn entera de las norias colocados en colinas
artificiales para dar elevacin a las aguas, se abrigaban bajo
enramadas piramidales de yedra, tan espesa que, cerrada la puerta de
entrada, no se podan distinguir los objetos sin luz artificial. El eje
que sostena la rueda, estaba apoyado en dos troncos de olivo, que
haban echado races y cubirtose de una corona de follaje verde oscuro.
La espesura vegetal y agreste del techo, daba abrigo a innumerables
pajarillos, alegres y satisfechos con tener all ocultos sus nidos,
mientras que el buey giraba con lento paso, haciendo resonar la esquila
que le penda al cuello y cuyo silencio indicaba al hortelano que el
animal disfrutaba el dulce _far niente_.

Las celdas del piso bajo abran a un terrado con bancos de piedra, y
sentados en ellos los solitarios, podan contemplar aquel estrecho y
ameno recinto, animado por el canto de las aves y perfumado por las
emanaciones de las flores, parecido a una vida tranquila y
reconcentrada; o bien podan esparcir sus miradas por el espacio, en sus
anchos horizontes, en la inmensa extensin del ocano, tan esplndido
como traidor; unas veces manso y tranquilo como un cordero, otras
agitado y violento como una furia, semejante a esas existencias ingentes
y ruidosas, que se agitan en la escena de mundo.

Aquellos hombres de ciencia profunda, de estudios graves, de vida
austera y retirada, cultivaban macetas de flores en sus terrados y
criaban pajaritos con paternal esmero; porque si el paganismo puso lo
sublime en la heroicidad, el cristianismo lo ha puesto en la sencillez.

En el lado opuesto a la huerta, un espacio de las mismas dimensiones, y
encerrado en las tapias del convento, contena los molinos de aceite,
cuyas vigas, de cincuenta pies de largo y cuatro de ancho, eran de
caoba, y adems las atahonas, los hornos, las caballerizas y los
establos.

Guiado por el buen hermano Gabriel, pudo Stein admirar aquella grandeza
pasada, aquella ruina proscrita, aquel abandono que, a manera de cncer,
devoraba tantas maravillas; aquella destruccin que se apodera de un
edificio vaco, aunque fuerte y slido, como los gusanos toman posesin
del cadver de un hombre joven y robusto.

Fray Gabriel no interrumpa las reflexiones del cirujano alemn.
Perteneca a la excelente clase de pobres de espritu, que lo son
tambin de palabras. Concentraba en s su tristeza _incolora_, sus
uniformes recuerdos, sus pensamientos montonos. Por esto sola decirle
la ta Mara:

Es usted un bendito, hermano Gabriel; pero no parece que la sangre
corre en sus venas, sino que se pasea. Si algn da tuviese usted una
viveza (y slo podra ser si volviesen los padres al convento, las
campanas a la torre y las norias a la huerta), le ahogara a usted.

En la iglesia, vaca y desnuda, todava quedaban bastantes restos de
magnificencia para poder graduar toda la que se haba perdido. Aquel
dorado altar mayor, tan brillante cuando reflejaba la luz de los cirios
que encenda la devocin de los fieles, estaba empaado por el polvo del
olvido. Aquellas preciosas cabezas de angelitos, que cean las araas;
aquellas ventanas, cuyas vidrieras haban desaparecido y que dejaban
entrada libre a los mochuelos y otros pjaros, cuyos nidos afeaban las
bien talladas y doradas cornisas y que convertan en inmunda sentina el
rico pavimento de mrmol; aquellos esqueletos de altares despojados de
todos sus adornos; aquellos grandes y hermosos ngeles que parecan
salir de las pilastras; que haban tenido en sus manos lmparas de plata
siempre encendidas y extendan an sus brazos, mirando aquellas con
dolor vacas. Los lindos frescos de las bvedas que no haban podido
ser arrebatados y a los cuales inundaban de llanto las nubes del cielo,
pulsadas por los temporales; el yermo santuario, cuyas puertas haban
sido de plata maciza y con bajorrelieves de Berruguete; las pilas secas
y cubiertas de polvo... Dios mo! Qu artista no suspira al verlos?
Qu cristiano no se estremece? Qu catlico no se prosterna y llora?

En la sacrista, guarnecida en derredor de cmodas, cuya parte superior
formaba una mesa prolongada, los cajones estaban abiertos y vacos. En
ellos se guardaron antes las albas de holn guarnecidas de encajes, los
ornamentos de terciopelo y de tis, en los que la plata bordaba el
terciopelo; el oro, la plata, y las perlas, el oro. En un retrete
inmediato estaban todava las cuerdas de las campanas; una, ms delgada
que las otras, mova la campana clara y sonora, que llamaba los fieles a
misa; otra haca vibrar el bronce retumbante y melodioso, como una banda
de msica militar; grave, aunque animada, en compaa de sus aclitas,
menos estrepitosas, anunciaba las grandes festividades cristianas. Otra,
finalmente, despertaba sonidos profundos y solemnes, como los del can,
para pedir oraciones a los hombres y clemencia al cielo por el pecador
difunto. Stein se sent en el primer escaln de las gradillas del
plpito sostenido por un guila de mrmol negro. Fray Gabriel se hinc
de rodillas en las gradas de mrmol del altar mayor.

--Dios mo!--deca Stein, apoyando la cabeza en las manos--, esas
hendiduras, ese agua que penetra en las bvedas y gotea minando el
edificio con su lento y seguro trabajo, ese maderaje que se hunde, esos
adornos que se desmoronan... qu espectculo tan triste y espantoso! A
la tristeza que produce todo lo que deja de existir, se une aqu el
horror que inspira todo lo que perece de muerte violenta y a manos del
hombre. Este edificio, alzado en honor de Dios por hombres piadosos,
condenado a la nada por sus descendientes!

--Dios mo!--deca el hermano Gabriel--, en mi vida he visto tantas
telaraas. Cada angelito tiene un solideo de ellas. San Miguel lleva una
en la punta de la espada, y no parece sino que me la est presentando.
Si el padre prior viera esto!

Stein cay en una profunda melancola. Este santo lugar--pensaba--,
respetado por el rumor del mundo y por la luz del da, donde venan los
reyes a inclinar sus cabezas y los pobres a levantar las suyas; este
lugar que daba lecciones severas al orgullo y suaves alegras a los
humildes, hoy se ve decado y entregado al acaso, como bajel sin
piloto.

En este momento, un vivo rayo de sol penetr por una de las ventanas y
vino a dar en el remate del altar mayor, haciendo resaltar en la
oscuridad con su esplendor, como si sirviera de respuesta a las quejas
de Stein, un grupo de tres figuras abrazadas. Eran la Fe, la Esperanza y
la Caridad[7].

[Nota 7: Habamos pensado en acortar la descripcin, quiz demasiado prolija,
del convento, persuadidos por una parte de que es de poco inters y no
tiene novedad para la presente generacin, que conoce estas obras
portentosas esparcidas por toda Espaa; y por otra, de que la opinin
reinante clasificar tal vez estas suntuosidades, cuando menos, de
gastos intiles; reflexin, y sea dicho de paso, que no se les ocurre a
los fabricadores de las modernas opiniones, cuando de entre las ruinas
de los templos griegos levantados a los falsos dioses, desentierran
tantas maravillas del arte, ni al rebuscar y recoger las riquezas que en
los templos americanos e indios se acumulaban. Habamos, pues, decimos,
pensado en acortar esta descripcin del convento; hemos dicho la causa.
Pero no lo hemos verificado acaso por las mismas razones que lo
aconsejaban y hemos expuesto. Creemos que nos comprender el lector.]




Captulo V


El fin de octubre haba sido lluvioso y noviembre vesta su verde y
abrigado manto de invierno.

Stein se paseaba un da por delante del convento, desde donde se
descubra una perspectiva inmensa y uniforme: a la derecha, el mar sin
lmites; a la izquierda, la dehesa sin trmino. En medio se dibujaba en
la claridad del horizonte el perfil oscuro de las ruinas del fuerte de
San Cristbal, como la imagen de la nada en medio de la inmensidad. La
mar, que no agitaba el soplo ms ligero, se meca blandamente,
levantando sin esfuerzo sus olas, que los reflejos del sol doraban, como
una reina que deja ondear su manto de oro. El convento, con sus grandes,
severos y angulosos lineamentos, estaba en armona con el grave y
montono paisaje; su mole ocultaba el nico punto del horizonte
interceptado en aquel uniforme panorama.

En aquel punto se hallaba el pueblo de Villamar, situado junto a un ro
tan caudaloso y turbulento en invierno, como pobre y estadizo en
verano. Los alrededores bien cultivados, presentaban de lejos el aspecto
de un tablero de damas, en cuyos cuadros variaba de mil modos el color
verde; aqu, el amarillento de la vid an cubierta de follaje; all, el
verde ceniciento de un olivar, o el verde esmeralda del trigo, que
haban hecho brotar las lluvias de otoo; o el verde sombro de las
higueras; y todo esto dividido por el verde azulado de las pitas de los
vallados. Por la boca del ro cruzaban algunas lanchas pescadoras; del
lado del convento, en una elevacin, se alzaba una capilla; delante, una
gran cruz, apoyada en una base piramidal de mampostera blanqueada;
detrs haba un recinto cubierto de cruces pintadas de negro. Este era
el campo santo.

Delante de la cruz penda un farol, siempre encendido; y la cruz,
emblema de salvacin, serva de faro a los marineros; como si el Seor
hubiera querido hacer palpables sus parbolas a aquellos sencillos
campesinos, del mismo modo que se hace diariamente palpable a los
hombres de fe robusta y sumisa, dignos de aquella gracia.

No puede compararse este rido y uniforme paisaje con los valles de
Suiza, con las orillas del Rin o con la costa de la isla de Wight. Sin
embargo, hay una magia tan poderosa en las obras de la naturaleza, que
ninguna carece de bellezas y atractivos; no hay en ellas un solo objeto
desprovisto de inters, y si a veces faltan las palabras para explicar
en qu consiste, la inteligencia lo comprende y el corazn lo siente.

Mientras Stein haca estas reflexiones, vio que Momo sala de la
hacienda en direccin al pueblo. Al ver a Stein, le propuso que le
acompaase; este acept, y los dos se pusieron en camino en direccin al
lugar.

El da estaba tan hermoso, que slo poda compararse a un diamante de
aguas exquisitas, de vivsimo esplendor y cuyo precio no aminora el ms
pequeo defecto. El alma y el odo reposaban suavemente en medio del
silencio profundo de la naturaleza. En el azul turqu del cielo no se
divisaba ms que una nubecilla blanca, cuya perezosa inmovilidad la
haca semejante a una odalisca, ceida de velos de gasa y muellemente
recostada en su otomana azul.

Pronto llegaron a la colina prxima al pueblo, en que estaban la cruz y
la capilla.

La subida de la cuesta, aunque corta y poco empinada, haba agotado las
fuerzas an no restablecidas de Stein. Quiso descansar un rato y se puso
a examinar aquel lugar.

Acercse al cementerio. Estaba tan verde y tan florido, como si hubiera
querido apartar de la muerte el horror que inspira. Las cruces estaban
ceidas de vistosas enredaderas, en cuyas ramas revoloteaban los
pajarillos, cantando: _Descansa en paz_! Nadie habra credo que
aquella fuese la mansin de los muertos, si en la entrada no se leyese
esta inscripcin: _Creo en la remisin de los pecados, en la
resurreccin de la carne y en la vida perdurable._ _Amn._ La capilla
era un edificio cuadrado, estrecho y sencillo, cerrado con una reja y
coronada su modesta media naranja por una cruz de hierro. La nica
entrada era una puertecita inmediata al altar.

En este haba un gran cuadro pintado al leo que representaba una de las
cadas del Seor con la cruz. Detrs, la Virgen, San Juan y las tres
Maras; al lado del Seor, los feroces soldados romanos. De puro vieja,
haba tomado esta pintura un tono tan oscuro, que era difcil discernir
los objetos; pero aumentando al mismo tiempo el efecto de la profunda
devocin que inspiraba su vista, sea porque la meditacin y el
espiritualismo se avienen mal con los colores chillones y relumbrantes,
o sea por el sello de veneracin que imprime el tiempo a las obras de
arte, mayormente cuando representan objetos de devocin; que entonces
parecen doblemente santificados por el culto de tantas generaciones.
Todo pasa y todo muda en torno de esos piadosos monumentos; menos ellos,
que permanecen sin haber agotado los tesoros de consuelos que a manos
llenas prodigan. La devocin de los fieles haba adornado el cuadro con
indiferentes objetos de hojuela de plata, colocados de tal modo que
parecan formar parte de la pintura: eran estos una corona de espinas
sobre la cabeza del Seor; una diadema de rayos sobre la de la Virgen,
y remates en las extremidades de la cruz. Esta costumbre extraa y aun
ridcula a los ojos del artista, a los del cristiano es buena y piadosa.
Pero a bien que la capilla del Cristo del Socorro no era un museo; jams
haba atravesado un artista sus umbrales: all no acudan ms que
sencillos devotos que slo iban a rezar.

Las dos paredes laterales estaban cubiertas de exvotos de arriba abajo.

Los exvotos son testimonios pblicos y autnticos de beneficios
recibidos, consignados por el agradecimiento al pie de los altares, unas
veces antes de obtener la gracia que se pide; otras se prometen en
grandes infortunios y circunstancias apuradas. All se ven largas
trenzas de cabello, que la hija amante ofreci, como su ms precioso
tesoro, el da en que su madre fue arrancada a las garras de la muerte;
nios de plata colgados de cintas color de rosa, que una madre afligida,
al ver a su hijo mortalmente herido, consagr por obtener su alivio al
Seor del Socorro; brazos, ojos, piernas de plata o de cera, segn las
facultades del votante; cuadros de naufragios o de otros grandes
peligros, en medio de los cuales los fieles tuvieron la sencillez de
creer que sus plegarias podran ser odas y otorgadas por la
misericordia divina; pues por lo visto las gentes _de alta razn, los
ilustrados, los que dicen ser los ms y se tienen por los mejores_ no
creen que la oracin es un lazo entre Dios y el hombre. Estos cuadros no
eran obras maestras del arte; pero quiz si lo fueran, perderan su
fisonoma y, sobre todo, su candor. Y hay todava personas que
presumiendo hallarse dotadas de un mrito superior, cierran sus almas a
las dulces impresiones del candor, que es la inocencia y la serenidad
del alma! Acaso ignoran que el candor se va perdiendo, al paso que el
entusiasmo se apaga? Conservad, espaoles, y respetad los dbiles
vestigios que quedan de cosas tan santas como inestimables. No imitis
al Mar Muerto, que mata con sus exhalaciones los pjaros que vuelan
sobre sus olas, ni, como l, sequis las races de los rboles, a cuya
sombra han vivido felices muchos pases y tantas generaciones![8]

[Nota 8: Que los hombres sin fe en el alma, ni simpata en el corazn para los
sentimientos religiosos, desdeen estas prcticas, lo entiendo, por mucho
que me aflija; pero que uno de los primeros y mas acreditados escritores de
Francia, Jorge Sand, haya escrito estas palabras, hablando de los ex-votos:
_ces ftiches affreux, ces exvotos me font peur_, solo puede atribuirse  una
completa ignorancia de lo que son y de lo que significan.]

Entre los exvotos haba uno que por su singularidad caus mucha
extraeza a Stein. La mesa del altar no era perfectamente cuadrada desde
arriba abajo, sino que se estrechaba en lnea curva hacia el pie. Entre
su base y el enladrillado haba un pequeo espacio. Stein percibi all
en la oscuridad un objeto apoyado contra la pared; y a fuerza de fijar
en l sus miradas, vino a distinguir que era un trabuco. Tal era su
volumen y tal deba ser su peso, que no poda entenderse cmo un hombre
poda manejarlo: lo mismo que sucede cuando miramos las armaduras de la
Edad Media. Su boca era tan grande que poda entrar holgadamente por
ella una naranja. Estaba roto, y sus diversas partes, toscamente atadas
con cuerdas.

--Momo--dijo Stein--, qu significa eso? Es de veras un trabuco?

--Me parece--dijo Momo--que bien a la vista est.

--Pero por qu se pone un arma homicida en este lugar pacfico y santo?
En verdad que aqu puede decirse aquello de que pega como un par de
pistolas a un Santo Cristo.

--Pero ya ve usted--respondi Momo--que no est en manos del Seor, sino
a sus pies, como ofrenda. El da en que se trajo aqu ese trabuco (que
hace muchsimos aos) fue el mismo en que se le puso a ese Cristo el
nombre del Seor del Socorro.

--Y con qu motivo?--pregunt Stein.

--Don Federico--dijo Momo abriendo tantos ojos--, todo el mundo sabe
eso. Y usted no lo sabe!

--Has olvidado que soy forastero?--replic Stein.

--Es verdad--repuso Momo--; pues se lo dir a su merced. Hubo en esta
tierra un salteador de caminos que no se contentaba con robar a la
gente, sino que mataba a los hombres como moscas, o porque no le
delatasen o por antojo. Un da, dos hermanos vecinos de aqu, tuvieron
que hacer un viaje. Todo el pueblo fue a despedirlos, desendoles que no
topasen con aquel forajido que no perdonaba vida y tena atemorizado al
mundo. Pero ellos, que eran buenos cristianos, se encomendaron a este
Seor, y salieron confiando en su amparo. Al emparejar con un olivar, se
echaron en cara al ladrn, que les sala al encuentro con su trabuco en
la mano. Echselo al pecho y les apunt. En aquel trance se arrodillaron
los hermanos clamando al Cristo: Socorro, Seor! El desalmado dispar
el trabuco, pero quien qued alma del otro mundo fue l mismo, porque
quiso Dios que en las manos se le reventase el trabuco. Y el
trabuquillo era flojo en gracia de Dios! Ya lo est usted mirando;
porque en memoria del milagroso socorro, lo ataron con esas cuerdas y lo
depositaron aqu, y al Seor se le qued la advocacin del Socorro[9].
Conque no lo saba usted, don Federico?

[Nota 9: Esta leyenda del Seor del Socorro, o por mejor decir, esta relacin
verdica del suceso que es asunto del cuadro, la testificaba el
mencionado trabuco, que a los pies del altar se vea en su capilla, sita
en la calle del _Ganado_, del Puerto de Santa Mara. Ha poco (en 1855) ha
sido cerrada. El seor vicario de dicho punto, segn tenemos entendido,
reclama el cuadro para que se le d culto en la iglesia mayor. Estamos
persuadidos de que si logra su deseo, no se atrever, merced a la
ilustracin que tanto realza y distingue a nuestra prspera y culta era,
poner a los pies del altar el antiguo y roto trabuco que al reventar
salv la vida a los dos devotos que al Seor pedan _socorro_. Qu dira
el _decoro protestante_, que se nos va inoculando como un humor fro, de
ver un trabuco en una iglesia? Qu los que acatan la _letra_ y no el
_espritu_?...]

--No lo saba, Momo--respondi este, y aadi como respondiendo a sus
propias reflexiones--: si t supieras cunto ignoran aquellos que dicen
que se lo saben todo!

--Vamos, se viene usted, don Federico?--dijo Momo despus de un rato de
silencio--. Mire usted que no me puedo detener.

--Estoy cansado--contest este--, vete t, que aqu te aguardar.

--Pues con Dios--repuso Momo, ponindose en camino y cantando:

       Qudate con Dios y adis,
    Dice la comn sentencia;
    Que el pobre puede ser rico.
    Y el rico no compra ciencia.

Stein contemplaba aquel pueblecito tan tranquilo, medio pescador, medio
marinero, llevando con una mano el arado y con la otra el remo. No se
compona, como los de Alemania, de casas esparcidas sin orden con sus
techos tan campestres, de paja, y sus jardines; ni reposaba, como los de
Inglaterra, bajo la sombra de sus pintorescos rboles; ni como los de
Flandes formaba dos hileras de lindas casas a los lados del camino.
Constaba de algunas calles anchas, aunque mal trazadas, cuyas casas de
un solo piso y de desigual elevacin, estaban cubiertas de vetustas
tejas: las ventanas eran escasas, y ms escasas an las vidrieras y toda
clase de adorno. Pero tena una gran plaza, a la sazn verde como una
pradera, y en ella una hermossima iglesia; y el conjunto era difano,
aseado y alegre.

Catorce cruces iguales a la que cerca de Stein estaba, se seguan de
distancia en distancia, hasta la ltima, que se alzaba en medio de la
plaza haciendo frente a la iglesia. Era esto la _via crucis_.

Momo volvi, pero no volva solo. Vena en su compaa un seor de edad,
alto, seco, flaco y tieso como un cirio. Vesta chaqueta y pantaln de
basto pao pardo, chaleco de piqu de colores moribundos, adornado de
algunos zurcidos, obras maestras en su gnero; faja de lana encarnada,
como las gastan las gentes del campo; sombrero calas de ala ancha, con
una cucarda que haba sido encarnada y que el tiempo, el agua y el sol
haban convertido en color de zanahoria. En los hombros de la chaqueta
haba dos estrechos galones de oro problemtico, destinados a sujetar
dos charreteras; y una espada vieja, colgada de un cinturn dem,
completaba este conjunto medio militar y medio paisano. Los aos haban
hecho grandes estragos en la parte delantera del largo y estrecho crneo
de este sujeto. Para suplir la falta de adorno natural, haba levantado
y trado hacia adelante los pocos restos de cabellera que le quedaban,
sujetndolos por medio de un cabo de seda negra sobre la parte alta del
crneo, de donde formaban un hopito con la gracia chinesca ms genuina.

--Momo, quin es este seor?--pregunt Stein a media voz.

--El comandante--respondi este en su tono natural.

--Comandante! De qu?--torn Stein a preguntar.

--Del fuerte de San Cristbal.

--Del fuerte de San Cristbal!...--exclam Stein esttico.

--Servidor de usted--dijo el recin venido, saludando con cortesa--; mi
nombre es Modesto Guerrero y pongo mi inutilidad a la disposicin de
usted.

Ese usual cumplido tena en este sujeto una aplicacin tan exacta, que
Stein no pudo menos de sonrerse al devolver al militar su saludo.

--S quin es usted--prosigui don Modesto--, tomo parte en sus
contratiempos y le doy el parabin por su restablecimiento, y por haber
cado en manos de los Alerzas, que son, a fe ma, unas buenas gentes; mi
persona y mi casa estn a la disposicin de usted, para lo que guste
mandar. Vivo en la plaza de la iglesia, quiero decir, de la
Constitucin, que es como ahora se llama. Si alguna vez quiere usted
favorecerla, el letrero podr indicarle la plaza.

--Si en todo el lugar hay otra, a qu tantas seas?--dijo Momo.

--Conque tiene una inscripcin?--pregunt Stein, que en su vida agitada
de campamentos no haba tenido ocasin de aprender los usuales
cumplidos, y no saba contestar a los del corts espaol.

--S, seor--respondi este--; el alcalde tuvo que obedecer las rdenes
de arriba. Bien ve usted que en un pueblo pequeo no era fcil
proporcionarse una losa de mrmol con letras de oro, como son las
lpidas de Cdiz y de Sevilla. Fue preciso mandar hacer el letrero al
maestro de escuela, que tiene una hermosa letra, y deba ponerse a
cierta altura en la pared del Cabildo. El maestro prepar pintura negra
con holln y vinagre, y encaramado en una escalera de mano, empez la
obra, trazando unas letras de un pie de alto. Por desgracia, queriendo
hacer un gracioso floreo, dio tan fuerte sacudida a la escalera, que
esta se vino al suelo con el pobre maestro y el puchero de tinta,
rodando los dos hasta el arroyo. Rosita, mi patrona, que observ la
catstrofe desde su ventana y vio levantarse al cado, negro como el
carbn, se asust tanto, que estuvo tres das con flatos y de veras me
dio cuidado. El alcalde, sin embargo, orden al magullado maestro que
completase su obra, en vista de que el letrero no deca todava ms que
_consti_; el pobre maestro tuvo que apechugar con la tarea; pero esta
vez no quiso escalera de mano y fue preciso traer una carreta y poner
encima una mesa, y atarla con cuerdas. Encaramado all el pobre, estaba
tan turulato acordndose de lo de marras, que no pens sino en despachar
pronto; y as es que las ltimas letras, en lugar de un pie de alto como
las otras, no tienen ms que una pulgada; y no es esto lo peor, sino que
con la prisa, se le qued una letra en el tintero, y el letrero dice
ahora: PLAZA DE LA CONSTITUCIN. El alcalde se puso furioso; pero el
maestro se cerr a la banda y declar que ni por Dios ni por sus santos
volva a las andadas, y que ms bien quera montar en un toro de ocho
aos, que en aquel tablado de volatines. De modo que el letrero se ha
quedado como estaba; pero a bien que no hay en el lugar quien lo lea. Y
es lstima que el maestro no lo haya enmendado, porque era muy hermoso y
haca honor a Villamar.

Momo, que traa al hombro unas alforjas bien rellenas y tena prisa,
pregunt al comandante si iba al fuerte de San Cristbal.

--S--respondi--, y de camino, a ver a la hija del to Pedro Santal,
que est mala.

--Quin? _La Gaviota?_--pregunt Momo--. No lo crea usted. Si la he
visto ayer encaramada en una pea y chillando como las otras gaviotas.

--Gaviota!--exclam Stein.

--Es un mal nombre--dijo el comandante--que Momo le ha puesto a esa
pobre muchacha.

--Porque tiene las piernas largas--respondi Momo--; porque tanto vive
en el agua como en la tierra; porque canta y grita, y salta de roca en
roca como las otras.

--Pues tu abuela--observ don Modesto--la quiere mucho y no la llama ms
que _Marisalada_, por sus graciosas travesuras y por la gracia con que
canta y baila y remeda a los pjaros.

--No es eso--replic Momo--; sino porque su padre es pescador y ella nos
trae sal y pescado.

--Y vive cerca del fuerte?--pregunt Stein, a quien haban excitado la
curiosidad aquellos pormenores.

--Muy cerca--respondi el comandante--. Pedro Santal tena una barca
catalana que, habiendo dado a la vela para Cdiz, sufri un temporal y
naufrag en la costa. Todo se perdi, el buque y la gente, menos Pedro,
que iba con su hija; como que a l le redobl las fuerzas el ansia de
salvarla. Pudo llegar a tierra, pero arruinado; y qued tan desanimado y
triste, que no quiso volver a su tierra. Lo que fue labrar una choza
entre esas rocas con los destrozos que haban quedado de la barca, y se
meti a pescador. l era el que provea de pescado al convento, y los
padres, en cambio, le daban pan, aceite y vinagre. Hace doce aos que
vive ah en paz con todo el mundo.

Con esto llegaron al punto en que la vereda se divida y se separaron.

--Pronto nos veremos--dijo el veterano. Dentro de un rato ir a ponerme
a la disposicin de usted y saludar a sus patronas.

--Dgale usted de mi parte a _la Gaviota_--grit Momo--que me tiene sin
cuidado su enfermedad, porque mala yerba nunca muere.

--Hace mucho tiempo que el comandante est en Villamar?--pregunt
Stein a Momo.

--Toma..., ciento y un aos, desde antes que mi padre naciera.

--Y quin es esa Rosita, su patrona?

--Quin, _se Rosa Mstica_!--respondi Momo con un gesto burln--. Es
la maestra de amiga. Es ms fea que el hambre; tiene un ojo mirando a
Poniente y otro a Levante; y unos hoyos de viruelas, en que puede
retumbar un eco. Pero, don Federico, el cielo se encapota; las nubes
van como si las corrieran galgos. Apretemos el paso.




Captulo VI


Antes de seguir adelante, no ser malo trabar conocimiento con este
nuevo personaje.

Don Modesto Guerrero era hijo de un honrado labrador, que no dejaba de
tener buenos papeles de nobleza, hasta que se los quemaron los franceses
en la guerra de la Independencia, como quemaron tambin su casa, bajo el
pretexto de que los hijos del dueo eran _brigantes_, esto es, reos del
grave delito de defender a su patria. El buen hombre pudo reedificar su
casa. Pero a los pergaminos no les cupo la suerte del fnix.

Modesto cay soldado, y como su padre no tena lo bastante para
comprarle un sustituto, pas a las filas de un regimiento de infantera,
en calidad de distinguido.

Como era un bendito, y adems de larga y seca catadura, pronto lleg a
ser el objeto de las burlas y de las chanzas pesadas de sus compaeros.
Estos, animados por su mansedumbre, llevaron al extremo sus bromas,
hasta que Modesto les puso trmino del modo siguiente. Un da que haba
gran formacin, con motivo de una revista, Modesto ocupaba su lugar al
extremo de una fila. All cerca haba una carreta: con gran destreza y
prontitud sus compaeros le echaron a una pierna un lazo corredizo,
atando la extremidad del cordel a una de las ruedas de la carreta. El
coronel dio la voz de marchen. Sonaron los tambores y todas las
mitades se pusieron en marcha, menos Modesto, que se qued parado con
una pierna en el aire, como los escultores figuran a Cfiro.

Terminada la revista, Modesto volvi al cuartel tan sosegado como de l
haba salido y, sin alterar su paso, pidi una satisfaccin a sus
compaeros. Como ninguno quera cargar con la responsabilidad del
chasco, declar con la misma calma que medira sus armas con las de
todos y cada uno de ellos, uno despus de otro. Entonces sali al frente
el que haba inventado y dirigido la burla: se batieron y de sus
resultas perdi un ojo su adversario. Modesto le dijo, con su calma
acostumbrada, que si quera perder el otro, l estaba a su disposicin
cuando gustase.

Entre tanto, Modesto, sin parientes ni protectores en la corte, sin
miras ambiciosas, sin disposiciones para la intriga, hizo su carrera a
paso de tortuga, hasta que en la poca del sitio de Gaeta, en 1805, su
regimiento recibi orden de juntarse como auxiliar con las tropas de
Napolen. Modesto se distingui all por su valor y serenidad, en
trminos que mereci una cruz y los mayores elogios de sus jefes.

Su nombre luci en La Gaceta como un meteoro, para hundirse despus en
la eterna oscuridad. Estos laureles fueron los primeros y los ltimos
que le ofreci su carrera militar; porque habiendo recibido una profunda
herida en el brazo, qued inutilizado para el servicio, y en recompensa,
le nombraron comandante del fuertecillo abandonado de San Cristbal.
Haca, pues, cuarenta aos que tena bajo sus rdenes el esqueleto de un
castillo y una guarnicin de lagartijas.

Al principio no poda nuestro Guerrero conformarse con aquel abandono.
No pasaba ao sin que dirigiese una representacin al Gobierno, pidiendo
los reparos necesarios y los caones y tropa que aquel punto de defensa
requera. Todas estas representaciones haban quedado sin respuesta, a
pesar de que, segn las circunstancias de la poca, no haba omitido
hacer presente la posibilidad de un desembarco de ingleses, de
insurgentes americanos, de franceses, de revolucionarios y de carlistas.
Igual acogida haban recibido sus continuas plegarias para obtener
algunas pagas. El Gobierno no hizo el menor caso de aquellas dos ruinas:
el castillo y su comandante. Don Modesto era sufrido; conque acab por
someterse a su suerte sin acritud y sin despecho.

Cuando vino a Villamar, se aloj en casa de la viuda del sacristn, la
cual viva entregada a la devocin, en compaa de su hija, todava
joven. Eran excelentes mujeres: algo remilgadas y secas, con sus ribetes
de intolerantes; pero buenas, caritativas, morigeradas y de esmerado
aseo.

Los vecinos del pueblo, que miraban con aficin al comandante, o ms
bien al _comendante_, que era como le llamaban, y que al mismo tiempo
conocan sus apuros, hacan cuanto poda para aliviarlos. No se haca
matanza en casa alguna sin que se le enviase su provisin de tocino y
morcillas. En tiempo de la recoleccin, un labrador le enviaba trigo,
otro garbanzos; otros le contribuan con su porcin de miel o de aceite.
Las mujeres le regalaban los frutos del corral; de modo que su beata
patrona tena siempre la despensa bien provista, gracias a la
benevolencia general que inspiraba don Modesto; el cual, de ndole
correspondiente a su nombre, lejos de envanecerse de tantos favores,
sola decir que la Providencia estaba en todas partes, pero que su
cuartel general era Villamar. Bien es verdad que l saba corresponder a
tantos favores, siendo con todos por extremo servicial y complaciente.
Levantbase con el sol, y lo primero que haca era ayudar a misa al
cura. Una vecina le haca un encargo, otra le peda una carta para un
hijo soldado; otra, que le cuidase los chiquillos, mientras sala a una
diligencia. l velaba a los enfermos, rezaba con sus patronas; en fin,
procuraba ser til a todo el mundo, en todo lo que no pudiese ofender su
honradez y su decoro. No es esto nada raro en Espaa, gracias a la
inagotable caridad de los espaoles, unida a su noble carcter, el cual
no les permite atesorar, sino dar cuanto tienen al que lo necesita:
dganlo los exclaustrados, las monjas, los artesanos, las viudas de los
militares y los empleados cesantes.

Muri la viuda del sacristn, dejando a su hija Rosa con cuarenta y
cinco aos bien contados y una fealdad que se vea de lejos. Lo que ms
contribua a esta desgracia, eran las funestas consecuencias de las
viruelas. El mal se haba concentrado en un ojo, y sobre todo en el
prpado, que no poda levantarse sino a medias; de lo que resultaba que
la pupila, medio apagada, daba a toda la fisonoma cierto aspecto poco
inteligente y vivo, contrastando notablemente el ojo entornado con su
compaero, del cual salan llamas, como de una hoguera de sarmientos, al
menor motivo de escndalo, y en verdad que los sola encontrar con harta
frecuencia.

Despus del entierro, y pasados los nueve das de duelo, la seora Rosa
dijo un da a don Modesto:

--Don Modesto, siento mucho tener que decir a usted que es preciso
separarnos.

--Separarnos!--exclam el buen hombre abriendo tantos ojos y poniendo
la jcara de chocolate sobre el mantel, en lugar de ponerla en el
plato--. Y por qu, Rosita?

Don Modesto se haba acostumbrado por espacio de treinta aos a emplear
este diminutivo cuando diriga la palabra a la hija de su antigua
patrona.

--Me parece--respondi ella arqueando las cejas que no deba usted
preguntarlo. Conocer usted que no parece bien que vivan juntas, y
solas, dos personas de estado honesto. Sera dar pbulo a las malas
lenguas.

--Y qu pueden decir de usted las malas lenguas?--repuso don Modesto--;
usted, que es la ms ejemplar del pueblo!

--Acaso hay nada seguro de ellas? Qu dir usted cuando sepa que usted
con todos sus aos y su uniforme y su cruz, y yo, pobre mujer que no
pienso ms que en servir a Dios, estamos sirviendo de diversin a estos
deslenguados?

--Qu dice usted, Rosita?--exclam don Modesto asombrado.

--Lo que est usted oyendo. Ya nadie nos conoce sino por el mal nombre
que nos han puesto esos condenados monacillos.

--Estoy atnito, Rosita! No puedo creer...

--Mejor para usted si no lo cree--dijo la devota--; pero yo le aseguro
que esos inicuos (Dios los perdone), cuando nos ven llegar a la iglesia
todas las maanas a misa de alba, se dicen unos a otros: Llama a misa,
que ah viene _Rosa Mstica y Turris Davdica_, en amor y compaa como
en las letanas. A usted le han puesto ese mote por ser tan alto y tan
derecho.

Don Modesto se qued con la boca abierta y los ojos fijos en el suelo.

--S, seor--continu _Rosa Mstica_--; la vecina es quien me lo ha
dicho, escandalizada, y aconsejndome que vaya a quejarme al seor cura.
Yo la he respondido que mejor quiero sufrir y callar. Ms padeci
nuestro Seor sin quejarse.

--Pues yo--dijo don Modesto--no aguanto que nadie se burle de m y mucho
menos de usted.

--Lo mejor ser--continu Rosa--acreditar con nuestra paciencia que
somos buenos cristianos, y con nuestra indiferencia, el poco caso que
hacemos de los juicios del mundo. Por otra parte, si castigan a esos
irreverentes, lo haran peor; crame usted, don Modesto.

--Tiene usted razn, como siempre, Rosita--dijo don Modesto--. Yo s lo
que son los guasones; si les cortasen las lenguas, hablaran con las
narices. Pero si en otro tiempo alguno de mis camaradas se hubiese
atrevido a llamarme _Turris Davdica_, bien hubiera podido aadir: _Ora
pro nobis._ Mas es posible que siendo usted una santa bendita les tenga
miedo a los maldicientes?

--Ya sabe usted, don Modesto, lo que vulgarmente dicen los que piensan
mal de todo: entre santa y santo, pared de cal y canto.

--Pero entre usted y yo--dijo el comandante--no hay necesidad de poner
ni tabique. Yo, con tantos aos a cuestas: yo, que en toda mi vida no he
estado enamorado ms que una vez... y por ms seas que lo estuve de una
buena moza, con quien me habra casado a no haberla sorprendido en
chicoleos con el tambor mayor, que...

--Don Modesto, don Modesto--grit Rosa ponindose erguida--. Honre
usted su nombre y mi estado y djese de recuerdos amorosos.

--No ha sido mi intencin escandalizar a usted--dijo don Modesto en tono
contrito--: basta que usted sepa y yo le jure que jams ha cabido ni
cabr en m un mal pensamiento.

--Don Modesto--dijo _Rosa Mstica_ con impaciencia (mirndole con un ojo
encendido, mientras el otro haca vanos esfuerzos por imitarlo)--, me
cree usted tan simple que pueda pensar que dos personas como usted y yo,
sensatas y temerosas de Dios, se conduzcan como los casquivanos, que no
tienen pudor ni miedo al pecado? Pero en este mundo no basta obrar bien;
es preciso no dar que decir, guardando en todo las apariencias.

--Esta es otra!--repuso el comandante--. Qu apariencias puede haber
entre nosotros? No sabe usted que el que se excusa se acusa?

--Dgole a usted--respondi la devota--que no faltar quien murmure.

--Y qu voy yo a hacer sin usted?--pregunt afligido don Modesto--.
Qu ser de usted sin m, sola en este mundo?

--El que da de comer a los pajaritos--dijo solemnemente Rosa--cuidar de
los que en l confan.

Don Modesto, desconcertado y no sabiendo dnde dar de cabeza, pas a ver
a su amigo el cura, que lo era tambin de Rosita, y le cont cuanto
pasaba.

El cura hizo patente a Rosita que sus escrpulos eran exagerados e
infundados sus temores; que, por el contrario, la proyectada separacin
dara lugar a ridculos comentarios.

Siguieron, pues, viviendo juntos como antes, en paz y gracia de Dios. El
comandante, siempre bondadoso y servicial; Rosa, siempre cuidadosa,
atenta y desinteresada; porque don Modesto no se hallaba en el caso de
remunerar pecuniariamente sus servicios, puesto que si la empuadura de
su espada de gala no hubiera sido de plata, bien podra haber olvidado
de qu color era aquel metal.




Captulo VII


Cuando Stein lleg al convento, toda la familia estaba reunida, tomando
el sol en el patio.

Dolores, sentada en una silla, remendaba una camisa de su marido. Sus
dos nias, Pepa y Paca, jugaban cerca de la madre. Eran dos lindas
criaturas, de seis y ocho aos de edad. El nio de pecho, encanastado
en su andador, era el objeto de la diversin de otro chico de cinco
aos, hermano suyo, que se entretena en ensearle gracias que son muy a
propsito para desarrollar la inteligencia, tan precoz en aquel pas.
Este muchacho era muy bonito, pero demasiado pequeo; con lo que Momo le
haca rabiar frecuentemente llamndolo Francisco de _Ans_, en lugar de
Francisco de Ass, que era su verdadero nombre. Vesta un diminuto
pantaln de tosco pao con chaqueta de lo mismo, cuyas reducidas
dimensiones permitan a la camisa formar en torno de su cintura un
pomposo buche, como que los pantalones estaban mal sostenidos por un
solo tirante de orillo.

--Haz una vieja, Manolillo--deca _Ans_.

Y el chiquillo haca un gracioso mohn, cerrando a medias los ojos,
frunciendo los labios y bajando la cabeza.

--Manolillo, mata un morito.

Y el chiquillo abra tantos ojos, arrugaba las cejas, cerraba los puos
y se pona como una grana a fuerza de fincharse en actitud belicosa.
Despus _Ans_ le tomaba las manos y las volva y revolva cantando:

       Qu lindas manitas
    que tengo yo!
    Qu chicas! Qu blancas!
    Qu monas que son!

La ta Mara hilaba y el hermano Gabriel estaba haciendo espuertas con
hojas secas de palmito[10].

[Nota 10: Palmera enana: el _Camerops_ de los botnicos.]

Un enorme y lanudo perro blanco, llamado _Palomo_, de la hermosa casta
del perro pastor de Extremadura, dorma tendido cuan largo era, ocupando
un gran espacio con sus membrudas patas y bien poblada cola, mientras
que _Morrongo_, corpulento gato amarillo, privado desde su juventud de
orejas y de rabo, dorma en el suelo, sobre un pedazo de la enagua de la
ta Mara.

Stein, Momo y Manuel llegaron al mismo tiempo por diversos puntos. El
ltimo vena de rondar la hacienda, en ejercicio de sus funciones de
guarda; traa en una mano la escopeta y en otra tres perdices y dos
conejos.

Los muchachos corrieron hacia Momo, quien de un golpe vaci las
alforjas, y de ellas salieron, como de un cuerno de la Abundancia,
largas cfilas de frutas de invierno, con las que se suele festejar en
Espaa la vspera de Todos Santos: nueces, castaas, granadas, batatas,
etc.

--Si _Marisalada_ nos trajera maana algn pescado--dijo la mayor de las
muchachas--, tendramos jolgorio.

--Maana--repuso la abuela--es da de Todos Santos; seguramente no
saldr a pescar el to Pedro.

--Pues bien--dijo la chiquilla--, ser pasado maana.

--Tampoco se pesca el da de los Difuntos.

--Y por qu?--pregunt la nia.

--Porque sera profanar un da que la Iglesia consagra a las nimas
benditas: la prueba es que unos pescadores que fueron a pescar tal da
como pasado maana, cuando fueron a sacar las redes, se alegraron al
sentir que pesaban mucho; pero en lugar de pescado, no haba dentro ms
que calaveras. No es verdad lo que digo, hermano Gabriel?

--Por supuesto! Yo no lo he visto; pero como si lo hubiera visto--dijo
el hermano.

--Y por eso nos hacis rezar tanto el da de Difuntos a la hora del
Rosario?--pregunt la nia.

--Por eso mismo--respondi la abuela--. Es una costumbre santa, y Dios
no quiere que la descuidemos. En prueba de ello, voy a contaros un
ejemplo: rase una vez un obispo, que no tena mucho empeo en esta
piadosa prctica y no exhortaba a los fieles a ella. Una noche so que
vea un abismo espantoso, y en su orilla haba un ngel que con una
cadena de rosas blancas y encarnadas sacaba de adentro a una mujer
hermosa, desgreada y llorosa. Cuando se vio fuera de aquellas
tinieblas, la mujer, cubierta de resplandor, ech a volar hacia el
cielo. Al da siguiente el obispo quiso tener una explicacin del sueo
y pidi a Dios que le iluminase. Fuese a la iglesia y lo primero que
vieron sus ojos fue un nio hincado de rodillas y rezando el rosario
sobre la sepultura de su madre.

--Acaso no sabas eso, chiquilla?--deca Pepa a su hermana--. Pues mira
t que haba un zagalillo que era un bendito y muy amigo de rezar: haba
tambin en el Purgatorio un alma ms deseosa de ver a Dios que ninguna.
Y viendo al zagalillo rezar tan de corazn, se fue a l y le dijo: Me
das lo que has rezado? Tmalo, dijo el muchacho; y el alma se lo
present a Dios y entr en la gloria de sopetn. Mira t si sirve el
rezo para con Dios!

--Ciertamente--dijo Manuel--, no hay cosa ms justa que pedir a Dios por
los difuntos; y yo me acuerdo de un cofrade de las nimas, que estaba
una vez pidiendo por ellas a la puerta de una capilla y diciendo a
gritos: El que eche una peseta en esta bandeja, saca un alma del
Purgatorio. Pas un chusco y, habiendo echado la peseta, pregunt:
Diga usted, hermano, cree usted que ya est el alma fuera? Qu duda
tiene, repuso el hermano. Pues entonces--dijo el otro--, recojo mi
peseta, que no ser tan boba ella que se vuelva a entrar.

--Bien puede usted asegurar, don Federico--dijo la ta Mara--, que no
hay asunto para el cual no tenga mi hijo, venga a pelo o no venga, un
cuento, chascarrillo o cuchufleta.

En este momento se entraba don Modesto por el patio, tan erguido, tan
grave, como cuando se present a Stein en la salida del pueblo, sin ms
diferencia que llevar colgada de su bastn una gran _pescada_[11]
envuelta en hojas de col.

[Nota 11: Una merluza.]

--El comendante!, el comendante!--gritaron todos los presentes.

--Viene usted de su castillo de San Cristbal?--pregunt Manuel a don
Modesto, despus de los primeros cumplidos y de haberle convidado a
sentarse en el apoyo, que tambin serva de asiento a Stein--. Bien
poda usted empearse con mi madre, que es tan buena cristiana, para que
rogase al Santo Bendito que reedificase las paredes del fuerte, al revs
de lo que hizo Josu con las del otro.

--Otras cosas de ms entidad tengo que pedirle al santo--respondi la
abuela.

--Por cierto--dijo fray Gabriel--, que la ta Mara tiene que pedir al
santo cosas de ms entidad que reedificar las paredes del castillo.
Mejor sera pedirle que rehabilitase el convento.

Don Modesto, al or estas palabras, se volvi con gesto severo hacia el
hermano, el cual, visto este movimiento, se meti detrs de la ta
Mara, encogindose de tal manera que casi desapareci de la vista de
los concurrentes.

--Por lo que veo--prosigui el veterano--, el hermano Gabriel no
pertenece a la Iglesia militante. No se acuerda usted de que los
judos, antes de edificar el templo, haban conquistado la tierra
prometida, espada en mano? Habra iglesias y sacerdotes en la Tierra
Santa si los cruzados no se hubieran apoderado de ella lanza en ristre?

--Pero por qu?--dijo entonces Stein, con la sana intencin de
distraer de aquel asunto al Comandante, cuya bilis empezaba a exaltarse.

--Eso no importa--contest Manuel--, ni reparan en ello las ancianas,
sino aquella que le peda a Dios sacar la lotera, y habindole
preguntado uno si haba echado, respondi: Pues si hubiese echado,
dnde estara el milagro?

--Lo cierto es--opin Modesto--que yo quedara muy agradecido al santo
si tuviese a bien inspirar al Gobierno el pensamiento laudable de
rehabilitar el fuerte.

--De reedificarlo, querr usted decir--repuso Manuel--; pero cuidado con
arrepentirse despus, como le sucedi a una devota del santo, la cual
tena una hija tan fea, tan tonta y tan para nada, que no pudo hallar un
desesperado que quisiese cargar con ella. Apurada la pobre mujer, pasaba
los das hincada delante del Santo Bendito, pidindole un novio para su
hija: en fin, se present uno, y no es ponderable la alegra de la
madre; pero no dur mucho, porque sali tan malo, y trataba tan mal a su
mujer y a su suegra, que esta se fue a la iglesia, y puesta delante del
santo, le dijo:

    San C i-tobaln,
    Patazas, manazas, cara de cuerno,
    Tan judo eres t como mi yerno.

Durante toda esta conversacin, _Morrongo_ despert, arque el lomo
tanto como el de un camello, dio un gran bostezo, se relami los bigotes
y olfateando en el aire ciertas para l gratas emanaciones, fuese
acercando poquito a poco a don Modesto, hasta colocarse detrs del
perfumado paquete colgado de su bastn. Inmediatamente recibi en sus
patas de terciopelo una piedrecilla lanzada por Momo, con la singular
destreza que saben emplear los de su edad en el manejo de esa clase de
armas arrojadizas. El gato se retir con prontitud; pero no tard en
volver a ponerse en observacin, hacindose el dormido. Don Modesto cay
en la cuenta y perdi su tranquilidad de nimo.

Mientras pasaban estas evoluciones, _Ans_ preguntaba al nio:

--Manolito, cuntos dioses hay?

Y el chiquillo levantaba los tres dedos.

--No--deca _Ans_, levantando un dedo solo--: no hay ms que uno, uno,
uno.

Y el otro persista en tener los tres dedos levantados.

--Mae--abuela--grit _Ans_ ofuscado--. El nio dice que hay tres
dioses.

--Simple--respondi esta--, acaso tienes miedo de que le lleven a la
Inquisicin? No ves que es demasiado chico para entender lo que le
dicen y aprender lo que le ensean?

--Otros hay ms viejos--dijo Manuel--y que no por eso estn ms
adelantados; como por ejemplo aquel ganso que fue a confesarse y
habindole preguntado el confesor cuntos dioses hay?, respondi muy
en s: siete! Siete!--exclam atnito el confesor--. Y cmo
ajustas esa cuenta? Muy fcilmente. Padre, Hijo y Espritu Santo, son
tres; tres personas distintas, son otros tres, y van seis; y un solo
Dios verdadero, siete cabales. Palurdo--le contest el padre--, no
sabes que las tres Personas no hacen ms que un Dios? Uno no
ms!--dijo el penitente--. Ay Jess! Y qu reducida se ha quedado la
familia!

--Vaya--prorrumpi la ta Mara--si tiene que ver cunta chilindrina ha
aprendido mi hijo mientras sirvi al rey! Pero hablando de otra cosa, no
nos ha dicho usted, seor comandante, cmo est _Marisaladilla_.

--Mal, muy mal, ta Mara, desmejorndose por das. Lstima me da de ver
al pobre padre, que est pasadito de pena. Esta maana la muchacha tena
un buen calenturn; no toma alimento y la tos no la deja un instante.

--Qu est usted diciendo, seor?--exclam la ta Mara--. Don
Federico!, usted que ha hecho tan buenas curas, que le ha sacado un
lobanillo a fray Gabriel y enderezado la vista a Momo, no podra usted
hacer algo por esa pobre criatura?

--Con mucho gusto--respondi Stein. Har lo que pueda por aliviarla.

--Y Dios se lo pagar a usted; maana por la maana iremos a verla. Hoy
est usted cansado de su paseo.

--No le arriendo la ganancia--dijo Momo refunfuando--. Muchacha ms
soberbia...

--No tiene nada de eso--repuso la abuela--; es un poco arisca, un poco
huraa... Ya se ve! Se ha criado sola, en un solo cabo: con un padre
que es ms blando que una paloma, a pesar de tener la corteza algo
dura, como buen cataln y marinero. Pero Momo no puede sufrir a
_Marisalada_ desde que dio en llamarle _romo_ a causa de serlo.

En este momento se oy un estrpito: era el comandante que persegua,
dando grandes trancos, al pcaro de _Morrongo_, el cual, frustrando la
vigilancia de su dueo, haba cargado con la pescada.

--Mi comandante--le grit Manuel rindose--, sardina que lleva el gato,
tarde o nunca vuelve al plato. Pero aqu hay una perdiz en cambio.

Don Modesto agarr la perdiz, dio gracias, se despidi y se fue echando
pestes contra los gatos.

Durante toda esta escena, Dolores haba dado de mamar al nio y
procuraba dormirle, mecindole en sus brazos y cantndole:

           All arriba, en el monte Calvario,
        Matita de oliva, matita de olor,
        Arrullaban la muerte de Cristo
        Cuatro jilgueritos y un ruiseor.

Difcil ser a la persona que recoge al vuelo, como un muchacho las
mariposas, estas emanaciones poticas del pueblo, responder al que
quisiese analizarlas, el porqu los ruiseores y los jilgueros plaeron
la muerte del Redentor; por qu la golondrina arranc las espinas de su
corona; por qu se mira con cierta veneracin el romero, en la creencia
de que la Virgen secaba los paales del Nio Jess en una mata de
aquella planta; por qu, o ms bien, cmo se sabe que el sauce es un
rbol de mal agero, desde que Judas se ahorc de uno de ellos; por qu
no sucede nada malo en una casa si se sahma con romero la noche de
Navidad; por qu se ven todos los instrumentos de la pasin en la flor
que ha merecido aquel nombre. Y en verdad, no hay respuestas a
semejantes preguntas. El pueblo no las tiene ni las pide: ha recogido
esas especies como vagos sonidos de una msica lejana, sin indagar su
origen ni analizar su autenticidad. Los _sabios_ y los hombres
_positivos_ honrarn con una sonrisa de desdeosa compasin a la
persona que estampa estas lneas. Pero a nosotros nos basta la esperanza
de hallar alguna simpata en el corazn de una madre, bajo el humilde
techo del que sabe poco y siente mucho, o en el mstico retiro de un
claustro, cuando decimos que por nuestra parte creemos que siempre ha
habido y hay para las almas piadosas y ascticas, revelaciones
misteriosas, que el mundo llama delirios de imaginaciones
sobreexcitadas, y que las gentes de fe dcil y ferviente miran como
favores especiales de la Divinidad.

Dice Henri Blaze, cuntas ideas pone la tradicin en el aire en estado
del germen, a las que el poeta da vida con un soplo! Esto mismo nos
parece aplicable a estas cosas, que nada obliga a creer, pero que nada
autoriza tampoco a condenar. Un origen misterioso puso el germen de
ellas en el aire, y los corazones creyentes y piadosos le dan vida. Por
ms que talen los apstoles del racionalismo el rbol de la fe, si tiene
este sus races en buen terreno, esto es, en un corazn sano y
ferviente, ha de echar eternamente ramas vigorosas y floridas que se
alcen al cielo.

--Pero don Federico--dijo la ta Mara mientras este se entregaba a las
reflexiones que preceden--, todava a la hora esta no nos ha dicho
usted qu tal le parece nuestro pueblo.

--No puedo decirlo--respondi Stein--, porque no lo he visto: me qued
afuera aguardando a Momo.

--Es posible que no haya usted visto la iglesia, ni el cuadro de
Nuestra Seora de las Lgrimas, ni el San Cristbal, tan hermoso y tan
grande, con la gran palmera y el Nio Dios en los hombros, y una ciudad
a sus pies, que si diera un paso, la aplastaba como un hongo? Ni el
cuadro en que est Santa Ana enseando a leer a la Virgen? Nada de eso
ha visto usted?

--No he visto--repuso Stein--sino la capilla del Seor del Socorro.

--Yo no salgo del convento--dijo el hermano Gabriel--sino para ir todos
los viernes a esa capilla, a pedir al Seor una buena muerte.

--Y ha reparado usted, don Federico--continu la ta Mara--, en los
milagros? Ah, don Federico! No hay un Seor ms milagroso en el mundo
entero. En aquel Calvario empieza la _via crucis_. Desde all hasta la
ltima cruz hay el mismo nmero de pasos que desde la casa de Pilatos
al Calvario. Una de aquellas cruces viene a caer frente por frente de mi
casa, en la calle Real. No ha reparado usted en ella? Es justamente la
que forma la octava estacin, donde el Salvador dijo a las mujeres de
Jerusaln: No lloris sobre m; llorad sobre vosotras y vuestros
hijos! Estos hijos--aadi la ta Mara dirigindose a fray
Gabriel--son los perros judos.

--Son los judos!--repiti el hermano Gabriel.

--En esta estacin--continu la anciana--cantan los fieles:

       Si a llorar Cristo te ensea
    y no tomas la leccin,
    o no tienes corazn
    o ser de bronce o pea.

--Junto a la casa de mi madre--dijo Dolores--est la novena cruz, que es
donde se canta:

       Considera cun tirano
    sers con Jess rendido,
    si en tres veces que ha cado
    no le das una la mano.

O tambin de esta manera:

           Otra vez yace postrado!
        Tres veces Jess cay!
        Tanto pesa mi pecado!
        Y tanto he pecado yo!
        Y rompa el llanto y el gemir,
        porque es Dios quien va a morir!

--Oh, don Federico!--continu la buena anciana--, no hay cosa que
tanto me parta el corazn como la Pasin del que vino a redimimos! El
Seor ha revelado a los santos los tres mayores dolores que le
angustiaron: primero, el poco fruto que producira la tierra que regaba
con su sangre; segundo, el dolor que sinti cuando extendieron y ataron
su cuerpo para clavarlo en la cruz, descoyuntando todos sus huesos, como
lo haba profetizado David[12]. El tercero...--aadi la buena mujer
fijando en su hijo sus ojos enternecidos--, el tercero, cuando presenci
la angustia de su Madre. He aqu la nica razn--prosigui despus de
algunos instantes de silencio--, porque no estoy aqu tan gustosa como
en el pueblo, porque aqu no puedo seguir mis devociones. Mi marido, s,
Manuel, tu padre, que no haba sido soldado y que era mejor cristiano
que t, pensaba como yo. El pobre (en gloria est) era hermano del
Rosario de la Aurora, que sale despus de la medianoche a rezar por las
nimas. Rendido de haber trabajado todo el da, se echaba a dormir, y a
las doce en punto, vena un hermano a la puerta y, tocando una
campanilla, cantaba:

           A tu puerta est una campanilla;
        Ni te llama ella ni te llamo yo:
        que te llaman tu Padre y tu Madre,
        para que por ellos le ruegues a Dios.

[Nota 12: Dinumeraverunt omnia ossa mea.]

--Cuando tu padre oa esta copla, no senta ni cansancio ni gana de
dormir. En un abrir y cerrar de ojos se levantaba y echaba a correr
detrs del hermano. Todava me parece que estoy oyndole cantar al
alejarse:

    La corona se quita Mara
    y a su propio Hijo se la present,
    y le dijo: Ya yo no soy Reina,
    si t no suspendes tu justo rigor.
       Jess respondi:
    Si no fuera por tus ruegos, Madre,
    ya hubiera acabado con el pecador.

Los chiquillos, que gustan tanto de imitar lo que ven hacer a los
grandes, se pusieron a cantar en la lindsima tonada de las coplas de la
Aurora:

           Si supieras la entrada que tuvo
        el Rey de los Cielos en Jerusaln!...
        Que no quiso coche llevar, ni calesa,
        sino un jumentillo que prestado fue!

--Don Federico--dijo la ta Mara despus de un rato de silencio--, es
verdad que hay por esos mundos de Dios hombres que no tienen fe?

Stein call.

--Qu no pudiera usted hacer con los ojos del entendimiento de los
tales, lo que ha hecho con los de la cara de Momo!--contest con
tristeza y quedndose pensativa la buena anciana.




Captulo VIII


Al da siguiente, caminaba la ta Mara hacia la habitacin de la
enferma, en compaa de Stein y de Momo, escudero pedestre de su abuela,
la cual iba montada en la formal _Golondrina_, que siempre servicial,
mansa y dcil, caminaba derecha, con la cabeza cada y las orejas
gachas, sin hacer un solo movimiento espontneo, excepto si se
encontraba con un cardo, su homnimo, al alcance de su hocico.

Llegados que fueron, se sorprendi Stein de hallar en medio de aquella
uniforme comarca, de tan grave y seca naturaleza, un lugar frondoso y
ameno, que era como un oasis en el desierto.

Abrase paso la mar por entre dos altas rocas, para formar una pequea
ensenada circular, en forma de herradura, que estaba rodeada de finsima
arena y pareca un plato de cristal puesto sobre una mesa dorada.
Algunas rocas se asomaban tmidamente entre la arena, como para brindar
con asientos y descanso en aquella tranquila orilla. A una de estas
rocas estaba amarrada la barca del pescador, balancendose al empuje de
la marea, cual se impacienta el corcel que han sujetado.

Sobre el peasco del frente descollaba el fuerte de San Cristbal,
coronado por las copas de higueras silvestres, como lo est un viejo
druida por hojas de encina.

A pocos pasos de all descubri Stein un objeto que le sorprendi mucho.
Era una especie de jardn subterrneo, de los que llaman en Andaluca
_navazos_. Frmanse estos excavando la tierra hasta cierta profundidad y
cultivando el fondo con esmero. Un caaveral de espeso y fresco follaje
circundaba aquel enterrado huerto, dando consistencia a los planos
perpendiculares que le rodeaban con su fibrosa raigambre y preservndolo
con sus copiosos y elevados tallos contra las irrupciones de la arena.
En aquella hondura, no obstante la proximidad de la mar, la tierra
produce sin necesidad de riego abundantes y bien sazonadas legumbres;
porque el agua del mar, filtrndose por espesas capas de arenas, se
despoja de su acritud y llega a las plantas adaptable para su
alimentacin. Las sandas de los navazos, en particular, son exquisitas,
y algunas de ellas de tales dimensiones que bastan dos para la carga de
una caballera mayor.

--Vaya si est hermoso el navazo del to Pedro!--dijo la ta Mara--.
No parece sino que lo riega con agua bendita. El pobrecito siempre est
trabajando; pero bien le luce. Apuesto a que coge hogao tomates como
naranjas y sandas como ruedas de molino.

--Mejores han de ser--repuso Momo--las que ac cojamos en el cojumbral
de la orilla del ro.

Un _cojumbral_ es el planto de melones, maz y legumbres sembrado en un
terreno hmedo, que el dueo del cortijo suele ceder gratuitamente a las
gentes del campo pobres, que cultivndolo, lo benefician.

--A m no me hacen gracia los cojumbrales--contest la abuela meneando
la cabeza.

--Pues acaso no sabe usted, seora--replic Momo--, lo que dice el
refrn, que un cojumbral da dos mil reales, una capa, un cochino gordo
y un chiquillo ms a su dueo.

--Te se olvid la cola--repuso la ta Mara--, que es un ao de
tercianas, las cuales se tragan las otras ganancias, menos la del hijo.

El pescador haba construido la cabaa con los despojos de su barca, que
el mar haba arrojado a la playa. Haba apoyado el techo en la pea y
cobijaba este una especie de gradera natural que formaba la roca, lo
que haca que la habitacin tuviese tres pisos. El primero se compona
de una pieza alta, bastante grande para servir de sala, cocina,
gallinero y establo de invierno para la burra. El segundo, al cual se
suba por unos escalones abiertos a pico en la roca, se compona de dos
cuartitos. En el de la izquierda, sombro y pegado a la pea, dorma el
to Pedro; el de la derecha era el de su hija, que gozaba del privilegio
exclusivo de una ventanita que haba servido en el barco y que daba
vista a la ensenada. El tercer piso, al que conduca el pasadizo que
separaba los cuartitos del padre y de su hija, lo formaba un oscuro y
ahogado desvn. El techo, que como hemos dicho se apoyaba en la roca,
era horizontal y hecho de enea, cuya primera capa, podrida por las
lluvias, produca una selva de yerbas y florecillas, de manera que
cuando en otoo, con las aguas, resucitaba all la naturaleza de los
rigores del verano, la choza pareca techada con un pensil.

Cuando los recin venidos entraron en la cabaa, encontraron al pescador
triste y abatido, sentado a la lumbre, frente de su hija, que con el
cabello desordenado y colgando a ambos lados de su plido rostro,
encogida y tiritando, envolva sus desordenados miembros en un
toquilln de bayeta parda. No pareca tener arriba de trece aos. La
enferma fij sus grandes y ariscos ojos negros en las personas que
entraban, con una expresin poco benvola, volviendo en seguida a
acurrucarse en el rincn del hogar.

--To Pedro--dijo la ta Mara--, usted se olvida de sus amigos; pero
ellos no se olvidan de usted. Me querr usted decir para qu le dio el
Seor la boca? No hubiera usted podido venir a decirme que la nia
estaba mala? Si antes me lo hubiese usted dicho, antes hubiese yo venido
aqu con el seor, que es un mdico de los pocos, y que en un dos por
tres se la va a usted a poner buena.

Pedro Santal se levant bruscamente, se adelant hacia Stein; quiso
hablarle; pero de tal suerte estaba conmovido, que no pudo articular
palabra y se cubri el rostro con las manos.

Era un hombre de edad, de aspecto tosco y formas colosales. Su rostro
tostado por el sol, estaba coronado por una espesa y bronca cabellera
cana; su pecho, rojo como el de los indios del Ohio, estaba cubierto de
vello.

--Vamos, to Pedro--sigui la ta Mara, cuyas lgrimas corran hilo a
hilo por sus mejillas, al ver el desconsuelo del pobre padre--; un
hombre como usted, tamao como un templo, con un aquel que parece que se
va a comer los nios crudos, se amilana as sin razn! Vaya! Ya veo
que es usted todo fachada!

--Ta Mara!--respondi en voz apagada el pescador--, con esta sern
cinco hijos enterrados!

--Seor!, y por qu se ha de descorazonar usted de esta manera?
Acurdese usted del santo de su nombre, que se hundi en la mar cuando
le falt la fe que le sostena. Le digo a usted que con el favor de
Dios, don Federico curar a la nia en un decir Jess.

El to Pedro mene tristemente la cabeza.

--Qu cabezones son estos catalanes!--dijo la ta Mara con viveza, y
pasando por delante del pescador, se acerc a la enferma y aadi:

--Vamos, _Marisalada_, vamos, levntate, hija, para que este seor
pueda examinarte.

_Marisalada_ no se movi.

--Vamos, criatura--repiti la buena mujer--; vers cmo te va a curar
como por ensalmo.

Diciendo estas palabras, cogi por un brazo a la nia, procurando
levantarla.

--No me da la gana!--dijo la enferma, desprendindose de la mano que
la retena, con una fuerte sacudida.

--Tan suavita es la hija como el padre; quien lo hereda no lo
hurta--murmur Momo, que se haba asomado a la puerta.

--Como est mala, est impaciente--dijo su padre, tratando de
disculparla.

_Marisalada_ tuvo un golpe de tos. El pescador se retorci las manos de
angustia.

--Un resfriado--dijo la ta Mara--; vamos que eso no es cosa del otro
jueves. Pero tambin, to Pedro de mis pecados, quin consiente en que
esa nia, con el fro que hace, ande descalza de pies y piernas por esas
rocas y esos ventisqueros?

--Quera!--respondi el to Pedro.

--Y por qu no se le dan alimentos sanos, buenos caldos, leche, huevos?
Y no que lo que come no son ms que mariscos.

--No quiere!--respondi con desaliento el padre.

--Morir de mal mandada--opin Momo, que se haba apoyado cruzado de
brazos en el quicio de la puerta.

--Quieres meterte la lengua en la faltriquera?--le dijo impaciente su
abuela; y volvindose a Stein--; don Federico, procure usted examinarla
sin que tenga que moverse, pues no lo har aunque la maten.

Stein empez por preguntar al padre algunos pormenores sobre la
enfermedad de su hija; acercndose despus a la paciente, que estaba
amodorrada, observ que sus pulmones se hallaban oprimidos en la
estrecha cavidad que ocupaban, y estaban irritados de resultas de la
opresin. El caso era grave. Tena una gran debilidad por falta de
alimentos, tos honda y seca y calentura continua; en fin, estaba en
camino de la consuncin.

--Y todava le da por cantar?--pregunt la anciana durante el examen.

--Cantar crucificada como los _murcigalos_--dijo Momo, sacando la
cabeza fuera de la puerta para que el viento se llevase sus suaves
palabras y no las oyese su abuela.

--Lo primero que hay que hacer--dijo Stein--es impedir que esta nia se
exponga a la intemperie.

--Lo ests oyendo?--dijo a la nia su angustiado padre.

--Es preciso--continu Stein--que gaste calzado y ropa de abrigo.

--Si no quiere!--exclam el pescador, levantndose precipitadamente y
abriendo un arca de cedro, de la que sac cantidad de prendas de
vestir--. Nada le falta; cuanto tengo y puedo juntar, es para ella!
Mara, hija, te pondrs estas ropas? Hazlo por Dios, Mariquilla!, ya
ves que lo manda el mdico.

La muchacha, que se haba despabilado con el ruido que haba hecho su
padre, lanz una mirada dscola a Stein, diciendo con voz spera:

--Quin me gobierna a m?

--No me dieran a m ms trabajo que ese y una vara de acebuche--murmur
Momo.

--Es preciso--prosigui Stein--alimentarla bien, y que tome caldos
sustanciosos.

La ta Mara hizo un gesto expresivo de aprobacin.

--Debe nutrirse con leche, pollos, huevos frescos y cosas anlogas.

--Cuando yo le deca a usted--prorrumpi la abuelita encarndose con el
to Pedro--que el seor es el mejor mdico del mundo entero!

--Cuidado que no cante--advirti Stein.

--Que no vuelva yo a orla!--exclam con dolor el pobre to Pedro.

--Pues mira qu desgracia!--contest la ta Mara--. Deje usted que se
ponga buena, y entonces podr cantar de da y de noche como un reloj.
Pero estoy pensando que lo mejor ser que yo me la lleve a mi casa,
porque aqu no hay quien la cuide ni quien haga un buen puchero, como lo
s yo hacer.

--Lo s por experiencia--dijo Stein sonrindose--; y puedo asegurar que
el caldo hecho por manos de mi buena enfermera, se le puede presentar a
un rey.

La ta Mara se esponj tan satisfecha.

--Conque, to Pedro, no hay ms que hablar; me la llevo.

--Quedarme sin ella! No, no puede ser!

--To Pedro, to Pedro, no es esa la manera de querer a los
hijos--replic la ta Mara--; el amar a los hijos es anteponer a todo
lo que a ellos conviene.

--Pues bien est--repuso el pescador levantndose de repente--;
llvesela usted: en sus manos la pongo, al cuidado de ese seor la
entrego y al amparo de Dios la encomiendo.

Diciendo esto, sali precipitadamente de la casa, como si temiese
volverse atrs de su determinacin; y fue a aparejar su burra.

--Don Federico--pregunt la ta Mara, cuando quedaron solos con la
nia, que permaneca aletargada--, no es verdad que la pondr usted
buena con la ayuda de Dios?

--As lo espero--contest Stein--, no puedo expresar a usted cunto me
interesa ese pobre padre!

La ta Mara hizo un lo de ropa que el pescador haba sacado, y este
volvi trayendo del diestro la bestia. Entre todos colocaron encima a la
enferma, la que, siguiendo amodorrada con la calentura, no opuso
resistencia. Antes que la ta Mara se subiese en _Golondrina_, que
pareca bastante satisfecha de volverse en compaa de _Urca_ (que tal
era _la gracia_ de la burra del to Pedro), este llam aparte a la ta
Mara, y le dijo dndole unas monedas de oro:

--Esto pude escapar de mi naufragio; tmelo usted y dselo al mdico,
que cuanto yo tengo es para quien salve la vida de mi hija.

--Guarde usted su dinero--respondi la ta Mara--y sepa que el doctor
ha venido aqu en primer lugar por Dios, y en segundo..., por m--la ta
Mara dijo estas ltimas palabras con un ligero tinte de fatuidad.

Con esto, se pusieron en camino.

--No ha de parar usted, madre abuela--dijo Momo, que caminaba detrs de
_Golondrina_--, hasta llenar de gentes el convento, tan grande como es.
Y qu, no es bastante buena la choza para la principesa _Gaviota_?

--Momo--respondi su abuela--, mtete en tus calzones: ests?

--Pero qu tiene usted que ver ni qu le toca esa gaviota montaraz para
que asina la tome a su cargo, seora?

--Momo, dice el refrn, quin es tu hermana?, la vecina ms cercana;
y otro aade: al hijo del vecino quitarle el moco y meterlo en casa, y
la sentencia reza: al prjimo como a ti mismo.

--Otro hay que dice, al prjimo contra una esquina--repuso Momo--.
Pero nada!, usted se ha encalabrinado en ganarle la palmeta a San Juan
de Dios.

--No sers t el ngel que me ayude--dijo con tristeza la ta Mara.

Dolores recibi a la enferma con los brazos abiertos, celebrando como
muy acertada la determinacin de su suegra.

Pedro Santal, que haba llevado a su hija, antes de volverse, llam
aparte a la caritativa enfermera y, ponindole las monedas de oro en la
mano, le dijo:

--Esto es para costear la asistencia y para que nada le falte. En cuanto
a la caridad de usted, ta Mara, Dios ser el premio.

La buena anciana vacil un instante, tom el dinero y dijo:

--Bien est; nada le faltar; vaya usted descuidado, to Pedro, que su
hija queda en buenas manos.

El pobre padre sali aceleradamente y no se detuvo hasta llegar a la
playa. All se par, volvi la cara hacia el convento y se ech a llorar
amargamente.

Entre tanto, la ta Mara deca a Momo:

--Menate, ves al lugar y treme un jamn de en casa del Serrano, que me
har el favor de drtelo aejo, en sabiendo que es para un enfermo;
trete una libra de azcar y una cuarta de almendras.

--Eche usted y no se derrame!--exclam Momo--, y eso, piensa usted que
me lo den fiado, o por mi buena cara?

--Aqu tienes con que pagar--repuso la abuela, ponindole en la mano una
moneda de oro de cuatro duros.

--Oro!--exclam estupefacto Momo, que por primera vez en su vida vea
ese metal acuado--. De dnde demonios ha sacado usted esa moneda?

--Qu te importa?--repuso la ta Mara--; no te metas en camisa de once
varas. Corre, vuela, ests de vuelta?

--Pues slo faltaba--repuso Momo--el que sirviese yo de criado a esa
pilla de playa, a esa condenada _Gaviota_! No voy, ni por los catalanes.

--Muchacho, ponte en camino, y _liberal_[13].

[Nota 13: Es decir: pronto, ve de prisa.]

--Que no voy ni hecho trizas--recalc Momo.

--Jos--dijo la ta Mara al ver salir al pastor--, vas al lugar?

--S, seora, qu me tiene usted que mandar?

Hzole la buena mujer sus encargos y aadi:

--Ese Momo, ese mal alma, no quiere ir, y yo no se lo quiero decir a su
padre, que le hara ir de cabeza, porque llevara una soba tal, que no
le haba de quedar en su cuerpo hueso sano.

--S, s, esmrese usted en cuidar a esa cuerva, que le sacar los
ojos--dijo Momo--. Ya ver el pago que le da!, y si no..., al tiempo.




Captulo IX


Un mes despus de las escenas que acabamos de referir, _Marisalada_ se
hallaba con notable alivio y no demostraba el menor deseo de volverse
con su padre.

Stein estaba completamente restablecido. Su ndole benvola, sus
modestas inclinaciones, sus naturales simpatas le apegaban cada da ms
al pacfico crculo de gentes buenas, sencillas y generosas en que
viva. Disipbase gradualmente su amargo desaliento y su alma reviva y
se reconciliaba cordialmente con la existencia y con los hombres.

Una tarde, apoyado en el ngulo del convento que haca frente al mar,
observaba el grandioso espectculo de uno de los temporales que suelen
inaugurar el invierno. Una triple capa de nubes pasaba por cima de l,
rpidamente impelida por el vendaval. Las ms bajas, negras y pesadas
parecan la vetusta cpula de una ruinosa catedral que amenazase
desplomarse. Cuando caan al suelo desgajndose en agua, vease la
segunda capa, menos sombra y ms ligera, que era la que desafiaba en
rapidez al viento que la desgarraba, descubrindose por sus aberturas
otras nubes ms altas y ms blancas que corran an ms deprisa, como si
temiesen mancillar su albo ropaje al rozarse con las otras. Daban paso
estos intersticios a unas sbitas rfagas de claridad, que unas veces
caan sobre las olas y otras sobre el campo, desapareciendo en breve,
reemplazadas por la sombra de otras mustias nubes, cuyas alternativas de
luz y de sombra daban extraordinaria animacin al paisaje. Todo ser
viviente haba buscado un refugio contra el furor de los elementos y no
se oa sino el lgubre do del mugir de las olas y del bramido del
huracn. Las plantas de la dehesa doblaban sus speras cimas a la
violencia del viento, que despus de azotarlas, iba a perderse a lo
lejos con sordas amenazas. La mar agitada formaba esas enormes olas, que
gradualmente, se hinchan, vacilan y revientan mugientes y espumosas,
segn la expresin de Goethe, cuando las compara en su _Torcuato Tasso_
con la ira en el pecho del hombre. La reventazn rompa con tal furor en
las rocas del fuerte de San Cristbal, que salpicaba de copos de blanca
espuma las hojas secas y amarillentas de las higueras, rbol del esto,
que no se place sino a los rayos de un sol ardiente, y cuyas hojas, a
pesar de su tosco exterior, no resisten al primer golpe fro que las
hiere.

--Es usted un aljibe, don Federico, para querer recoger toda el agua
que cae del cielo?--pregunt a Stein el pastor Jos--; colemos adentro,
que los tejados se hicieron para estas noches. Algo daran mis pobres
ovejas por el amparo de unas tejas.

Entraron ambos, en efecto, hallando a la familia de Alerza reunida a la
lumbre.

A la izquierda de la chimenea, Dolores, sentada en una silla baja,
sostena en el brazo al nio de pecho, el cual, vuelto de espaldas a su
madre, se apoyaba en el brazo que le rodeaba y sostena, como en el
barandal de un balcn, moviendo sin cesar sus piernecitas y sus bracitos
desnudos, con risas y chillidos de alegra, dirigidos a su hermano
_Ans_; este, muy gravemente sentado en el borde de una maceta vaca,
frente al fuego, se mantena tieso e inmvil, temeroso de que su parte
posterior perdiese el equilibrio y se hundiese en el tiesto, percance
que su madre le haba vaticinado.

La ta Mara estaba hilando al lado derecho de la chimenea; sus dos
nietecitas, sentadas sobre troncos de pita secos, que son excelentes
asientos, ligeros, slidos y seguros. Casi debajo de la campana de la
chimenea, dorman el fornido _Palomo_ y el grave _Morrongo_, tolerndose
por necesidad, pero mantenindose ambos recprocamente a respetuosa
distancia.

En medio de la habitacin haba una mesa pequea y baja, en la que arda
un veln de cuatro mecheros; junto a la mesa estaban sentados el
hermano Gabriel, haciendo sus espuertas de palma; Momo, que remendaba el
aparejo de la buena _Golondrina_, y Manuel, que picaba tabaco. Herva al
fuego un perol lleno de batatas de Mlaga, vino blanco, miel, canela y
clavos; y la familia menuda aguardaba con impaciencia que la perfumada
compota acabase de cocer.

--Adelante, adelante!--grit la ta Mara al ver llegar a su husped y
al pastor--; qu hacen ustedes ah fuera, con un temporal como este,
que parece se quiere tragar el mundo? Don Federico, aqu, aqu; junto al
fuego, que est convidando. Sepa usted que la enferma ha cenado como
una princesa y ahora est durmiendo como una reina. Va como la espuma su
cura, no es verdad, don Federico?

--Su mejora sobrepuja mis esperanzas.

--Mis caldos--opin con orgullo la ta Mara

--Y la leche de burra--aadi por lo bajo fray Gabriel.

--No hay duda--repuso Stein--, y debe seguir tomndola.

--No me opongo--dijo--la ta Mara--, porque la tal leche de burra es
como el _redao_; si no hace bien, no hace dao.

--Ah!, qu bien se est aqu!--dijo Stein acariciando a los nios--;
si se pudiese vivir pensando slo en el da de hoy, sin acordarse del
de maana!...

--S, s, don Federico--exclam alegremente Manuel--, media vida es la
candela; pan y vino, la otra media.

--Y qu necesidad tiene usted de pensar en ese maana?--repuso la ta
Mara--. Es regular que el da de maana nos amargue el de hoy? De lo
que tenemos que cuidar es del hoy, para que no nos amargue el de maana.

--El hombre es un viajero--dijo Stein--y tiene que mirar al camino.

--Cierto--dijo la ta Mara--que el hombre es un viajero; pero si llega
a un lugar donde se encuentra bien, debe decir como Elas o como San
Pedro, que no estoy cierta: bien estamos aqu: armemos las tiendas.

--Si va usted a echarnos a perder la noche--dijo Dolores--con hablar de
viaje, creeremos que le hemos ofendido o que no est aqu a gusto.

--Quin habla de viajes en mitad de diciembre?--pregunt Manuel--. No
ve usted, santo seor, los humos que tiene la mar? Escuche usted las
seguidillas que est cantando el viento. Embrquese usted con este
tiempo, como se embarc en la guerra de Navarra, y saldr con las manos
en la cabeza, como sali entonces.

--Adems--aadi la ta Mara--, que todava no est enteramente curada
la enferma.

--Madre--dijo Dolores, sitiada por los nios--, si no llama usted a esas
criaturas, no se cocern las batatas de aqu al da del juicio.

La abuela arrim la rueca a un rincn y llam a sus nietos.

--No vamos--respondieron a una voz--si no nos cuenta usted un cuento.

--Vamos, lo contar--dijo la buena anciana.

Entonces los muchachos se le acercaron; _Ans_ recobr su posicin en el
tiesto y ella tom la palabra en los trminos siguientes:

    MEDIO-POLLITO

      CUENTO

--rase vez y vez una hermosa gallina, que viva muy holgadamente en un
cortijo, rodeada de su numerosa familia, entre la cual se distingua un
pollo deforme y estropeado. Pues este era justamente el que la madre
quera ms; que as hacen siempre las madres. El tal aborto haba nacido
de un huevo muy _rechiquetetillo_. No era ms que un pollo a medias; y
no pareca sino que la espada de Salomn haba ejecutado en l la
sentencia que en cierta ocasin pronunci aquel rey tan sabio. No tena
ms que un ojo, un ala y una pata, y con todo eso, tena ms humos que
su padre, el cual era el gallo ms gallardo, ms valiente y ms galn
que haba en todos los corrales de veinte leguas a la redonda. Crease
el polluelo el fnix de su casa. Si los dems pollos se burlaban de l,
pensaba que era por envidia; y si lo hacan las pollas, deca que era de
rabia, por el poco caso que de ellas haca.

Un da le dijo a su madre: Oiga usted, madre. El campo me fastidia. Me
he propuesto ir a la corte; quiero ver al rey y a la reina.

La pobre madre se ech a temblar al or aquellas palabras.

Hijo--exclam--, quin te ha metido en la cabeza semejante desatino?
Tu padre no sali jams de su tierra, y ha sido la honra de su casta.
Dnde encontrars un corral como el que tienes? Dnde un montn de
estircol ms soberbio? Un alimento ms sano y abundante, un gallinero
tan abrigado cerca del andn, una familia que ms te quiera?

_Nego_--dijo Medio--pollito en latn, pues la echaba de ledo y
escribido--, mis hermanos y mis primos son unos ignorantes y unos
palurdos.

Pero hijo mo--repuso la madre--, no te has mirado al espejo? No te
ves con una pata y con un ojo de menos?

Ya que me sale usted por ese registro--replic Medio--pollito--, dir
que deba usted caerse muerta de vergenza al verme en este estado.
Usted tiene la culpa, y nadie ms. De qu huevo he salido yo al mundo?
A que fue del de un gallo viejo?[14]

[Nota 14: Es comn en el pueblo la supersticin de que los gallos viejos ponen
un huevo, del que sale a los siete aos un basilisco. Aaden que este
mata con la vista a la primera persona que ve; pero que muere l si la
persona le ve a l primero.]

No, hijo mo--dijo la madre--; de esos huevos no salen ms que
basiliscos. Naciste del ltimo huevo que yo puse; y saliste dbil e
imperfecto, porque aquel era el ltimo de la overa. No ha sido, por
cierto, culpa ma.

Puede ser--dijo Medio--pollito con la cresta encendida como la grama--,
puede ser que encuentre un cirujano diestro que me ponga los miembros
que me faltan. Conque, no hay remedio; me marcho.

--Cuando la pobre madre vio que no haba forma de disuadirle de su
intento, le dijo:

Escucha a lo menos, hijo mo, los consejos prudentes de una buena
madre. Procura no pasar por las iglesias donde est la imagen de San
Pedro: el santo no es muy aficionado a gallos, y mucho menos a su
canto. Huye tambin de ciertos hombres que hay en el mundo, llamados
_cocineros_, los cuales son enemigos mortales nuestros y nos tuercen el
cuello en un _santiamn_. Y ahora, hijo mo, Dios te gue y San Rafael
Bendito, que es abogado de los caminantes. Anda y pdele a tu padre su
bendicin.

--Medio--pollito se acerc al respetable autor de sus das, baj la
cabeza para besarle la pata y le pidi la bendicin. El venerable pollo
se la dio con ms dignidad que ternura, porque no le quera, en vista de
su carcter dscolo. La madre se enterneci, en trminos de tener que
enjugarse las lgrimas con una hoja seca.

Medio--pollito tom el portante, bati el ala, y cant tres veces, en
seal de despedida. Al llegar a las orillas de un arroyo casi seco,
porque era verano, se encontr con que el escaso hilo de agua se hallaba
detenido por unas ramas. El arroyo al ver al caminante, le dijo:

Ya ves, amigo, qu dbil estoy: apenas puedo dar un paso ni tengo
fuerzas bastantes para empujar esas ramillas incmodas que embarazan mi
senda. Tampoco puedo dar un rodeo para evitarlas, porque me fatigara
demasiado. T puedes fcilmente sacarme de este apuro, apartndolas con
tu pico. En cambio, no slo puedes apaciguar tu sed en mi corriente,
sino contar con mis servicios cuando el agua del cielo haya restablecido
mis fuerzas.

--El pollito le respondi:

Puedo, pero no quiero. Acaso tengo yo cara de criado de arroyos pobres
y sucios?

Ya te acordars de m cuando menos lo pienses!, murmur con voz
debilitada el arroyo.

Pues no faltaba ms que la echaras de buche!--dijo Medio--pollito con
socarronera--. No parece sino que te has sacado un terno a la lotera,
o que cuentas de seguro con las aguas del diluvio.

--Un poco ms lejos encontr al viento, que estaba tendido y casi
exnime en el suelo:

Querido Medio--pollito--le dijo--, en este mundo todos tenemos
necesidad unos de otros. Acrcate y mrame. Ves cmo me ha puesto el
calor del esto; a m, tan fuerte, tan poderoso; a m, que levanto las
olas, que arraso los campos, que no hallo resistencia a mi empuje? Este
da de cancula me ha matado; me dorm embriagado con la fragancia de
las flores con que jugaba, y aqu me tienes desfallecido. Si t
quisieras levantarme dos dedos del suelo con el pico y abanicarme con tu
ala, con esto tendra bastante para tomar vuelo y dirigirme a mi
caverna, donde mi madre y mis hermanas, las tormentas, se emplean en
remendar unas nubes viejas que yo desgarr. All me darn unas sopitas y
cobrar nuevos bros.

Caballero--respondi el malvado pollito--: hartas veces se ha divertido
usted conmigo, empujndome por detrs y abrindome la cola, a guisa de
abanico, para que se mofaran de m todos los que me vean. No, amigo; a
cada puerco le llega su San Martn; y a ms ver, seor farsante.

--Esto dijo, cant tres veces con voz clara, y pavonendose muy hueco,
sigui su camino.

En medio de un campo segado, al que haban pegado fuego los labradores,
se alzaba una columnita de humo. Medio--pollito se acerc y vio una
chispa diminuta, que se iba apagando por instantes entre las cenizas.

Amado Medio--pollito--le dijo la chispa al verle--: a buena hora vienes
para salvarme la vida. Por falta de alimento estoy en el ltimo trance.
No s dnde se ha metido mi primo el viento, que es quien siempre me
socorre en estos lances. Treme unas pajitas para reanimarme.

Qu tengo yo que ver con la jura del rey?--le contest el pollito--.
Revienta si te da gana, que maldita la falta que me haces.

Quin sabe si te har falta algn da?--repuso la chispa--. Nadie
puede decir de este agua no beber.

Hola!--dijo el perverso animal--. Con que todava echas plantas? Pues
tmate esa.

--Y diciendo esto, le cubri de cenizas; tras lo cual, se puso a cantar,
segn su costumbre, como si hubiera hecho una gran hazaa.

Medio--pollito lleg a la capital; pas por delante de una iglesia, que
le dijeron era la de San Pedro; se puso enfrente de la puerta y all se
desgait cantando, no ms que por hacer rabiar al santo y tener el
gusto de desobedecer a su madre.

Al acercarse a palacio, donde quiso entrar para ver al rey y a la
reina, los centinelas le gritaron: Atrs! Entonces dio la vuelta y
penetr por una puerta trasera en una pieza muy grande, donde vio entrar
y salir mucha gente. Pregunt quines eran y supo que eran los cocineros
de su majestad. En lugar de huir, como se lo haba prevenido su madre,
entr muy erguido de cresta y cola; pero uno de los _galopines_ le ech
el guante y le torci el pescuezo en un abrir y cerrar de ojos.

Vamos--dijo--, venga agua para desplumar a este penitente.

Agua, mi querida doa Cristalina!--dijo el pollito--, hazme el favor
de no escaldarme. Ten piedad de m!

La tuviste t de m, cuando te ped socorro, mal engendro?, le
respondi el agua, hirviendo de clera; y le inund de arriba abajo,
mientras los galopines le dejaban sin una pluma para un remedio.

Paca, que estaba arrodillada junto a su abuela, se puso colorada y muy
triste.

--El cocinero entonces--continu la ta Mara--, agarr a Medio--pollito
y le puso en el asador.

Fuego, brillante fuego!--grit el infeliz--, t, que eres tan poderoso
y tan resplandeciente, dulete de mi situacin; reprime tu ardor, apaga
tus llamas, no me quemes.

Bribonazo!--respondi el fuego--; cmo tienes valor para acudir a m,
despus de haberme ahogado, bajo el pretexto de no necesitar nunca de
mis auxilios? Acrcate y vers lo que es bueno.

--Y en efecto, no se content con dorarle, sino que le abras hasta
ponerle como un carbn.

Al or esto, los ojos de Paca se llenaron de lgrimas.

--Cuando el cocinero le vio en tal estado--continu la abuela--, le
agarr por la pata y le tir por la ventana. Entonces el viento se
apoder de l.

Viento--grit Medio--pollito--, mi querido, mi venerable viento, t,
que reinas sobre todo y a nadie obedeces, poderoso entre los poderosos,
ten compasin de m, djame tranquilo en ese montn de estircol.

Dejarte!--rugi el viento arrebatndole en un torbellino y voltendole
en el aire como un trompo--; no en mis das.

Las lgrimas que se asomaron a los ojos de Paca, corran ya por sus
mejillas.

--El viento--sigui la abuela--deposit a Medio--pollito en lo alto de
un campanario. San Pedro extendi la mano y lo clav all de firme.
Desde entonces ocupa aquel puesto, negro, flaco y desplumado, azotado
por la lluvia y empujado por el viento, del que guarda siempre la cola.
Ya no se llama Medio--pollito, sino veleta; pero spanse ustedes que
all est pagando sus culpas y pecados; su desobediencia, su orgullo y
su maldad.

--Madre abuela--dijo Pepa--, vea usted a Paca que est llorando por
Medio--pollito. No es verdad que todo lo que usted nos ha contado no es
mas que un cuento?

--Por supuesto--salt Momo--que nada de esto es verdad; pero aunque lo
fuera, no es una tontera llorar por un bribn que llev el castigo
merecido?

--Cuando yo estuve en Cdiz hace treinta aos--contest la ta Mara--,
vi una cosa que se me ha quedado bien impresa. Voy a referrtela, Momo,
y quiera Dios que no se te borre de la memoria, como no se ha borrado
de la ma. Era un letrero dorado, que est sobre la puerta de la crcel,
y dice as:

    ODIA EL DELITO Y COMPADECE AL DELINCUENTE.

--No es verdad, don Federico, que parece una sentencia del Evangelio?

--Si no son las mismas palabras--respondi Stein--, el espritu es el
mismo.

--Pero es que Paca tiene siempre las lgrimas pegadas a los ojos--dijo
Momo.

--Acaso es malo llorar?--pregunt la nia a su abuela.

--No, hija, al contrario; con lgrimas de compasin y de
arrepentimiento, hace su diadema la Reina de los ngeles.

--Momo--dijo el pastor--, si dices una palabra ms que pueda incomodar
a mi ahijada, te retuerzo el pescuezo, como hizo el cocinero con
Medio--pollito.

--Mira si es bueno tener padrino--dijo Momo dirigindose a Paca.

--No es malo tampoco tener una ahijada--repuso Paca muy oronda.

--De veras?--pregunt el pastor--. Y por qu lo dices?

Entonces Paca se acerc a su padrino, el cual la sent en sus rodillas
con grandes muestras de cario, y ella empez la siguiente relacin,
torciendo su cabecita para mirarle.

--rase una vez un pobre, tan pobre, que no tena con qu vestir al
octavo hijo, que iba a traerle la cigea, ni que dar de comer a los
otros siete. Un da se sali de su casa, porque le parta el corazn
orlos llorar y pedirle pan. Ech a andar, sin saber adnde, y despus
de haber estado andando, andando, todo el da, se encontr por la
noche..., a que no acierta usted dnde, padrino? Pues se encontr a la
entrada de una cueva de ladrones. El capitn sali a la puerta; ms
ferstico era! Quin eres? Qu quieres?, le pregunt con una voz de
trueno. Seor--respondi el pobrecillo hincndose de rodillas--; soy un
infeliz que no hago mal a nadie y me he salido de mi casa por no or a
mis pobres hijos pidindome pan, que no puedo darles. El capitn tuvo
compasin del pobrecito; y habindole dado de comer, y regalndole una
bolsa de dinero y un caballo, vete--le dijo--, y cuando la cigea te
traiga el otro hijo, avsame y ser su padrino.

--Ahora viene lo bueno--dijo el pastor.

--Aguarde usted, aguarde usted--continu la nia y ver lo que sucedi.
Pues seor, el hombre se volvi a su casa tan contento, que no le caba
el corazn en el pecho. Qu holgorio van a tener mis hijos!, deca.

--Cuando lleg, ya la cigea haba trado al nio, el cual estaba en la
cama con su madre. Entonces se fue a la cueva y le dijo al bandolero lo
que haba sucedido, y el capitn le prometi que aquella noche estara
en la iglesia y cumplira su palabra. As lo hizo, y tuvo al nio en la
pila y le regal un saco lleno de oro.

Pero a poco tiempo el nio se muri y se fue al cielo. San Pedro, que
estaba a la puerta, le dijo que colara; pero l respondi: Yo no entro
si no entra mi padrino conmigo.

Y quin es tu padrino?, pregunt el santo.

Un capitn de bandoleros, respondi el nio.

Pues, hijo--continu San Pedro--, t puedes entrar; pero tu padrino,
no.

--El nio se sent a la puerta, muy triste y con la mano puesta en la
mejilla. Acert a pasar por all la Virgen y le dijo:

Por qu no entras, hijo mo?

--El nio respondi que no quera entrar si no entraba su padrino, y San
Pedro dijo que eso era pedir imposibles. Pero el nio se puso de
rodillas, cruz sus manecitas y llor tanto que la Virgen, que es Madre
de la misericordia, se compadeci de su dolor. La Virgen se fue y volvi
con una copita de oro en las manos; se la dio al nio y le dijo:

Ve a buscar a tu padrino y dile que llene esta copa de lgrimas de
contricin, y entonces podr entrar contigo en el cielo. Toma estas alas
de plata y echa a volar.

--El ladrn estaba durmiendo en una pea, con el trabuco en una mano y
un pual en la otra. Al despertar, vio enfrente de s, sentado en una
mata de alhucema, a un hermoso nio desnudo, con unas alas de plata que
relumbraban al sol y una copa de oro en la mano.

El ladrn se refreg los ojos creyendo que estaba soando; pero el
nio le dijo: No, no creas que ests soando. Yo soy tu ahijado. Y le
cont todo lo que haba ocurrido. Entonces el corazn del ladrn se
abri como una granada y sus ojos vertan agua como una fuente. Su dolor
fue tan agudo, y tan vivo su arrepentimiento, que le penetraron el pecho
como dos puales y se muri. Entonces el nio tom la copa llena de
lgrimas y vol con el alma de su padrino al cielo, donde entraron y
donde quiera Dios que entremos todos.

--Y ahora, padrino--continu la nia torciendo su cabecita y mirando de
frente al pastor--, ya ve usted lo bueno que es tener ahijados.

Apenas acababa la nia de referir su ejemplo, cuando se oy un gran
estrpito: el perro se levant, aguz las orejas, apercibido a la
defensa; el gato, erizado el pelo, asombrados los ojos, se aprest a la
fuga, pero bien pronto al susto sucedieron alegres risas. Era el caso
que _Ans_ se haba quedado dormido durante la narracin que haba hecho
su hermana; de lo que result que perdiendo el equilibrio, cumpli el
vaticinio de su madre, cayendo en lo interior del tiesto, en el que
qued hundida toda su diminuta persona, a excepcin de sus pies y
piernas, que se alzaban del interior de la maceta, como una planta de
nueva especie. Impaciente su madre, le agarr con una mano por el
cuello de la chaqueta, le sac de aquella profundidad y, a pesar de su
resistencia, le tuvo algn tiempo suspenso en el aire, de manera que
pareca uno de esos muecos de cartn que cuelgan de un hilo, y que
tirndoles de otro, mueven desaforadamente brazos y piernas.

Como su madre le regaaba y todos se rean, _Ans_, que tena el genio
fuerte, como dicen que lo tienen todos los chicos (lo que no quita que
lo tengan tambin los altos), revent en un estrepitoso llanto de
coraje.

--No llores, _Ans_--le dijo Paca--, no llores y te dar dos castaas
que tengo en la faltriquera.

--De verdad?--pregunt _Ans_.

Paca sac las castaas y se las dio; y en lugar de lgrimas se vieron
tan luego brillar a la luz de la llama dos hileras de blancos
dientecitos en el rostro de _Ans_.

--Hermano Gabriel--dijo la ta Mara, dirigindose a este--, no me ha
dicho usted que le duelen los ojos? A qu trabaja usted de noche?

--Me dolan--contest fray Gabriel--; pero don Federico me ha dado un
remedio que me ha curado.

--Bien puede don Federico saber muchos remedios para los ojos, pero no
sabe su merced el que no marra--dijo el pastor.

--Si usted lo sabe, le agradecera que me lo comunicase--le dijo Stein.

--No puedo decirlo--repuso el pastor--, porque aunque s que lo hay, no
lo conozco.

--Quin lo conoce, pues?--pregunt Stein.

--Las golondrinas--contest el pastor[15].

--Las golondrinas?

[Nota 15: Las cosas que cree y refiere el pueblo, aunque adornadas por su rica
y potica imaginacin, tienen siempre algn origen. En la segunda parte
de la obra intitulada Simples _incgnitos en la medicina_, escrita por
fray Esteban de Villa, e impresa en Burgos en 1654, hallamos este
prrafo, que coincide con lo que dice el pastor:

La ibis (que quieren sea la cigea) ense el uso de las ayudas, que
se echa a s misma llenando de agua la boca, sirvindole lo largo del
pico para el efecto. El perro, el uso del vomitivo, comiendo la grama,
que para l es de virtud vomitiva. El caballo marino la sangra, cuando
se siente cargado de sangre, abrindose la vena con punta de caa que le
sirve de lanceta, y el barro de venda, revolcndose en l, con lo que
cierra la cisura. La golondrina, el colirio en la Celidonia, con que da
vista a sus pollos y nombre a esta planta, que se dijo _hirundinaria_, por
su inventor la golondrina, etc.]

--Pues s, seor--prosigui el pastor--; es una hierba que se llama
_pito-real_, pero que nadie ve ni conoce sino las golondrinas: si se le
sacan los ojos a sus polluelos, van y se los restriegan con un
_pito-real_, y vuelven a recobrar la vista. Esta yerba tiene tambin la
virtud de quebrar el hierro, no ms que con tocarla; y as cuando a los
segadores o a los podadores se les rompe la herramienta en las manos sin
poder atinar por qu, es porque tocaron al _pito-real_. Pero por ms que
la han buscado, nadie la ha visto; y es una providencia de Dios que as
sea, pues si toparan con ella, poca tracamundana se armara en el mundo,
puesto que no quedaran a vida ni cerraduras, ni cerrojos, ni cadenas,
ni aldabas.

--Las cosazas que se engulle Jos, que tiene unas tragaderas como un
tiburn!--dijo rindose Manuel. Don Federico, sabe usted otra que dice
y que se cree como artculo de fe?, que las culebras no se mueren nunca.

--Pues ya se ve que las culebras no se mueren nunca--repuso el pastor--.
Cuando ven que la muerte se les acerca, sueltan el pellejo y arrancan a
correr. Con los aos se hacen serpientes; entonces, poco a poco, van
criando escamas y alas, hasta que se hacen dragones y se vuelan al
desierto. Pero t, Manuel, nada quieres creer: si querrs negar tambin
que el lagarto es enemigo de la mujer y amigo del hombre? Si no lo
quieres creer, pregntaselo a to Miguel.

--Ese lo sabe?

--Toma!, por lo que a l mismo le pas.

--Y qu fue?--pregunt Stein.

--Estando durmiendo en el campo--contest Jos--, se le vino acercando
una culebra; pero apenas la vio venir un lagarto, que estaba en el
vallado, sali a defender al to Miguel y empezaron a pelearse la
culebra y el lagarto, que era tamao y tan grande. Pero como el to
Miguel, ni por esas despertaba, el lagarto le meti la punta del rabo
por las narices. Con eso despert el to Miguel y ech a correr como si
tuviese chispas en los pies. El lagarto es un bicho bueno y bien
inclinado; nunca se recoge a puestas de sol sin bajarse por las paredes
y venir a besar la tierra.

Cuando haba empezado esta conversacin tratando de las golondrinas,
Paca haba dicho a _Ans_, que sentado en el suelo entre sus hermanas
con las piernas cruzadas pareca el Gran Turco en miniatura.

--_Ans_, sabes t lo que dicen las golondrinas?

--Yo no; no me _jan jablao_.

--Pues atiende: dicen--remedando la nia el gorgeo de las golondrinas,
se puso a decir con celeridad:

           Comer y beber:
        buscar emprestado,
        y si te quieen prender[16]
        por no haber pagado,
        huir, huir, huir, huiiiir,
        comadre Beatriiiiz.

[Nota 16: Este verso no se puede decir, sino con la manera de abreviar las
palabras que el pueblo gasta pronunciando _quieen_ por _quieren_.]

--Por eso se van?--pregunt _Ans_.

--Por eso--afirm su hermana.

--Yo las quiero ms...!--dijo Pepa.

--Por qu?--pregunt _Ans_.

--Porque has de saber--respondi la nia:

       Que en el monte Calvario
    las golondrinas
    le quitaron a Cristo
    las cinco espinas.
       En el monte Calvario
    los jilgueritos
    le quitaron a Cristo
    los tres clavitos.

--Y los gorriones, qu hacan?--pregunt _Ans_.

--Los gorriones--respondi su hermana--, nunca he sabido que hicieran
ms que comer y pelearse.

Entre tanto, Dolores, llevando a su nio dormido en un brazo, haba
puesto con la mano que le quedaba libre, la mesa y colocado en medio las
batatas, y distribuido a cada cual su parte. En su propio plato coman
los nios; y Stein observ que Dolores ni an probaba el manjar que con
tanto esmero haba confeccionado.

--Usted no come, Dolores--le dijo.

--No sabe usted--respondi esta riendo--el refrn el que tiene hijos
al lado, no morir ahitado? Don Federico, lo que ellos comen, me
engorda a m.

Momo, que estaba al lado de este grupo, retiraba su plato, para que no
cayesen sus hermanos en tentacin de pedirle de lo que contena.

Su padre que lo not, le dijo:

--No seas ansioso, que es vicio de ruines; ni avariento, que es vicio de
villanos. Sabrs que una vez se cay un avariento en un ro. Un paisano
que vio se le llevaba la corriente, alarg el brazo y le grit: _Deme la
mano._ Qu haba de dar!, dar!, antes de dar nada, dej que se le
llevase la corriente. Fue su suerte que le arrastr el agua cerca de un
pescador, que le dijo: Hombre, _tome_ usted esta mano. Conforme se
trat de tomar, estuvo mi hombre muy pronto, y se salv.

--No es ese chascarrillo el que debas contar a tu hijo, Manuel--dijo la
ta Mara--, sino ponerle por ejemplo lo que acaeci a aquel rico
miserable que no quiso socorrer a un pobre desfallecido, ni con un
pedazo de pan, ni con un trago de agua. Permita Dios--le dijo el pobre
que todo cuanto toquis, se convierta en ese oro y esa plata a que tanto
apegado estis. Y as fue. Todo cuando en la casa del avaro haba, se
convirti en aquellos metales tan duros como su corazn. Atormentado por
el hambre y la sed, sali al campo, y habiendo visto una fuente de agua
cristalina, se arroj con ansia a ella; pero al tocarla con los labios,
el agua se cuaj y convirti en plata. Fue a tomar una naranja del
rbol, y al tocarla se convirti en oro; y as muri rabiando y
maldiciendo aquello mismo por lo que ansiado haba.

Manuel, _el espritu fuerte_ de aquel crculo, mene la cabeza.

--Lo ve usted, ta Mara--dijo Jos--; Manuel no lo quiere creer!
Tampoco cree que el da de la Asuncin, en el momento de alzar en la
misa mayor, todas las hojas de los rboles se unen de dos en dos para
formar una cruz; las altas se doblan, las bajas se empinan, sin que ni
una sola deje de hacerlo. Ni cree que el diez de agosto, da del
martirio de San Lorenzo, que fue quemado en unas parrillas, en cavando
la tierra, se halla carbn por todas partes.

--Cuando llegue ese da--dijo Manuel--, he de cavar un hoyo delante de
ti, Jos, y veremos si te convenzo de que no hay tal.

--Y qu pica en Flandes habrs puesto, si no hallas carbn?--le dijo su
madre--. Acaso crees que lo hallars si lo buscas sin creerlo? Pero
Manuel, t te has figurado que todo lo que no sea artculo de fe, no se
ha de creer, y que la credulidad es cosa de bobos; cuando no es, hijo
mo, sino cosa de sanos.

--Pero madre--repuso Manuel--, entre correr y estar parado, hay un
medio.

--Y para qu--dijo la buena anciana--escatimar tanto la fe, que al fin
es la primera de las virtudes? Qu te parecera, hijo de mis entraas,
si yo te dijese: te par, te cri, te puse en camino; cumpl pues, con
mi obligacin?, si slo como obligacin mirase al amor de madre?

--Que no era usted buena madre, seora.

--Pues hijo, aplica esto a lo otro; el que no cree, sino por
_obligacin_, y slo aquello que no puede dejar de creer, sin ser
renegado, es mal cristiano: como sera yo mala madre si slo te quisiese
por obligacin.

--Hermano Gabriel--dijo Dolores--, cmo es que no quiere usted probar
mis batatas?

--Es da de ayuno para nosotros--respondi fray Gabriel.

--Qu!, ya no hay conventos, reglas ni ayunos--dijo campechanamente
Manuel, para animar al pobre anciano a que participase del regalo
general--. Adems, usted ha cumplido cuanto ha los sesenta aos; con que
as, fuera escrpulos y a comer las batatas, que no se ha de condenar
usted por eso.

--Usted me ha de perdonar--repuso fray Gabriel--; pero yo no dejo de
ayunar, como antes, mientras no me lo dispense el padre prior.

--Bien hecho, hermano Gabriel--dijo la ta Mara--. Manuel, no te metas
a diablo tentador, con su espritu de rebelda y sus incitativos a la
gula.

Con esto, la buena anciana se levant y guard en una alacena el plato
que Dolores haba servido al lego, dicindole:

--Aqu se lo guardo a usted para maana, hermano Gabriel.

Concluida la cena dieron gracias, quitndose los hombres los sombreros
que siempre conservan puestos dentro de casa.

Despus del padrenuestro, dijo la ta Mara:

        Bendito sea el Seor,
        que nos da de comer
        sin merecerlo. Amn.
        Como nos da sus bienes,
        nos d su gloria. Amn.
        Dios se lo d
        al pobrecito que no lo tiene. Amn.

_Ans_, al acabar, dio un salto a pie juntillas tan espontneo, derecho
y repentino, como lo dan los peces en el agua.




Captulo X


_Marisalada_ estaba ya en convalecencia; como si la naturaleza hubiera
querido recompensar el acertado mtodo curativo de Stein y el caritativo
esmero de la buena ta Mara.

Habase vestido decentemente, sus cabellos, bien peinados y recogidos en
una _castaa_, acreditaban el celo de Dolores, que era quien se haba
encargado de su tocado.

Un da en que Stein estaba leyendo en su cuarto, cuya ventanilla daba al
patio grande, donde a la sazn se hallaban los nios jugando con
_Marisalada_, oy que esta se puso a imitar el canto de diversos pjaros
con tan rara perfeccin, que aquel suspendi su lectura para admirar una
habilidad tan extraordinaria. Poco despus, los muchachos entablaron uno
de esos juegos tan comunes en Espaa, en que se canta al mismo tiempo.
_Marisalada_ haca el papel de madre; Pepa, el de un caballero que
vena a pedirle la mano de su hija. La madre se la niega; el caballero
quiere apoderarse de la novia por fuerza, y todo este dilogo se compone
de copias cantadas en una tonada cuya meloda es sumamente agradable.

El libro se cay de las manos de Stein, que como buen alemn tena gran
aficin a la msica. Jams haba llegado a sus odos una voz tan
hermosa. Era un metal puro y fuerte como el cristal, suave y flexible
como la seda. Apenas se atreva a respirar Stein, temeroso de perder la
menor nota.

--Se quisiera usted volver todo orejas--dijo la ta Mara, que haba
entrado en el cuarto sin que l lo hubiese echado de ver--. No le he
dicho a usted que es un canario sin jaula? Ya ver usted.

Y con esto se sali al patio y dijo a _Marisalada_ que cantase una
cancin.

Esta, con su acostumbrado desabrimiento, se neg a ello.

En este momento entr Momo mal engestado, precedido de _Golondrina_
cargada de _picn_.

Traa las manos y el rostro tiznados y negros como la tinta.

--El rey Melchor!--grit al verlo _Marisalada_.

--El rey Melchor!--repitieron los nios.

--Si yo no tuviera ms que hacer--respondi Momo rabioso--que cantar y
brincar como t, grandsima holgazana, no estara tiznado de pies a
cabeza. Por fortuna don Federico te ha prohibido cantar; y con esto no
me mortificars las orejas.

La respuesta de _Marisalada_ fue entonar a trapo tendido una cancin.

El pueblo andaluz tiene una infinidad de cantos; son estos boleras ya
tristes, ya alegres; el ol, el fandango, la caa, tan linda como
difcil de cantar, y otras con nombre propio, entre las que sobresale el
_romance_. La tonada del romance es montona y no nos atrevemos a
asegurar que puesta en msica, pudiese satisfacer a los _dilettanti_, ni
a los filarmnicos. Pero en lo que consiste su agrado (por no decir
encanto), es en las modulaciones de la voz que lo canta; es en la manera
con que algunas notas se ciernen, por decirlo as, y mecen suavemente,
bajando, subiendo, arreciando el sonido o dejndolo morir. As es que el
romance, compuesto de muy pocas notas, es dificilsimo cantarlo bien y
genuinamente. Es tan peculiar del pueblo, que slo a esas gentes, y de
entre ellas a pocos, se lo hemos odo cantar a la perfeccin: parcenos
que los que lo hacen, lo hacen como por intuicin. Cuando a la cada de
la tarde, en el campo, se oye a lo lejos una buena voz cantar el romance
con melanclica originalidad, causa un efecto extraordinario, que slo
podemos comparar al que producen en Alemania los toques de corneta de
los postillones, cuando tan melanclicamente vibran suavemente repetidos
por los ecos, entre aquellos magnficos bosques y sobre aquellos
deliciosos lagos. La letra del romance trata generalmente de asuntos
moriscos, o refiere piadosas leyendas o tristes historias de reos.

Este famoso y antiguo romance que ha llegado hasta nosotros, de padres a
hijos, como una tradicin de meloda, ha sido ms estable sobre sus
pocas notas confiadas al odo, que las grandezas de Espaa, apoyadas con
caones y sostenidas por las minas del Per.

Tiene, adems, el pueblo canciones muy lindas y expresivas, cuya tonada
es compuesta expresamente para las palabras, lo que no sucede con las
arriba mencionadas, a las que se adaptan esa innumerable cantidad de
coplas, de que cada cual tiene un rico repertorio en la memoria.

Mara cantaba una de aquellas canciones, que transcribiremos aqu con
toda su sencillez y energa popular.

        Estando un caballerito
        En la isla de Len,
        se enamor de una dama
        y ella le correspondi.
           Que con el aretn, que con el aretn.

          --Seor, qudese una noche,
        qudese una noche o dos,
        que mi marido est fuera por esos montes de Dios.
           Que con el aretn, que con el aretn.

        Estndola enamorando,
        el marido que lleg:
          --breme la puerta, cielo,
        breme la puerta, sol.
           Que con el aretn, que con el aretn.

        Ha bajado la escalera
        quebradita de color.
          --Has tenido calentura?
        O has tenido nuevo amor?
           Que con el aretn, que con el aretn.

          --Ni he tenido calentura
        ni he tenido nuevo amor.
        Me se ha perdido la llave
        de tu rico tocador.
           Que con el aretn, que con el aretn.

          --Si las tuyas son de acero,
        de oro las tengo yo.
        De quin es aquel caballo
        que en la cuadra relinch?
           Que con el aretn, que con el aretn.

          --Tuyo, tuyo, dueo mo,
        que mi padre lo mand,
        porque vayas a la boda
        de mi hermana la mayor.
           Que con el aretn, que con el aretn.

          --Viva tu padre mil aos,
        que caballos tengo yo.
        De quin es aquel trabuco que en aquel clavo colg?
           Que con el aretn, que con el aretn.

          --Tuyo, tuyo, dueo mo,
        que mi padre lo mand,
        para llevarte a la boda
        de mi hermana la mayor.
           Que con el aretn, que con el aretn.

          --Viva tu padre mil aos,
        que trabucos tengo yo.
        Quin ha sido el atrevido
        que en mi casa se acost?
           Que con el aretn, que con el aretn.
          --Es una hermanita ma,
        que mi padre la mand
        para llevarme a la boda
        de mi hermana la mayor.
           Que con el aretn, que con el aretn.

        La ha agarrado de la mano,
        al padre se la llev:
        toma all, padre, tu hija,
        que me ha jugado traicin.
           Que con el aretn, que con el aretn.

          --Llvatela t, mi yerno,
        que la iglesia te la dio;
        la ha agarrado de la mano,
        al campo se la llev.
           Que con el aretn, que con el aretn.

        Le tir tres pualadas
        y all muerta la dej,
        la dama muri a la una,
        y el galn muri a las dos.
           Que con el aretn, que con el aretn[17].

[Nota 17: El ilustre literato, el estudioso recopilador, el sabio biblifilo
don Juan Nicols Bhl de Faber, a quien debe la literatura espaola el
_Teatro anterior a Lope de Vega_, y la _Floresta de rimas castellanas_, trae
en el primer tomo de esta coleccin, pgina 255, el siguiente romance
antiguo, de autor no conocido. Nos ha parecido curioso el reproducirlo
aqu por tratar el mismo asunto que trata esta cancin. No somos
competentes para juzgar si habr sido que el canto popular subi del
pueblo al poeta culto que lo rehizo, o si bajara del poeta culto al
popular que lo simplific y trat a su manera, o si bien sera el suceso
un hecho cierto, que simultneamente cantaron, aunque parece el lenguaje
de la cancin del pueblo ms moderno.]

  --Blanca sois, seora ma,
ms que no el rayo del sol,
si la dormir esta noche
desarmado y sin pavor,
que siete aos haba, siete,
que no me desarm, no;
ms negras tengo mis carnes
que un tiznado carbn.
--Dormidla, seor, dormidla,
desarmado y sin temor,
que el conde es ido a la caza
a los montes de Len.
Rabia, le mate los perros
y guilas el su halcn,
y del monte hasta casa
a l lo arrastre el morn.
Ellos en aquesto estando,
su marido que lleg:
--Qu hacis, la blanca nia,
hija de padre traidor?
--Seor, peino mis cabellos
pinolos con gran dolor,
que me dejis a m sola
y a los montes os vais vos.
--Esa palabra, la nia
no era sino traicin.
Cuyo es aquel caballo
que all bajo relinch?
--Seor, era de mi padre,
y enviralo para vos.
--Cuyas son aquellas armas
que estn en el corredor?
--Seor, eran de mi hermano,
y hoy os las envi.
--Cuya es aquella lanza,
desde aqu la veo yo?
--Tomadla, conde, tomadla
matadme con ella vos,
que aquesta muerte buen conde,
bien os la merezco yo.

Pudiramos adems dar otra versin de este mismo tema recogida en otro
pueblo del campo de Andaluca; pero nos abstenemos por considerar que la
poesa popular no tiene par todo el mundo el inters y el encanto que
para nosotros.]

Apenas hubo acabado de cantar, Stein, que tena un excelente odo, tom
la flauta y repiti nota por nota la cancin de _Marisalada_. Entonces
fue cuando esta a su vez qued pasmada y absorta, volviendo a todas
partes la cabeza, como si buscase el sitio en que reverberaba aquel eco,
tan exacto y tan fiel.

--No es eco--clamaron las nias--; es don Federico que est soplando en
una caa agujereada.

Mara entr precipitadamente en el cuarto en que se hallaba Stein y se
puso a escucharle con la mayor atencin, inclinando el cuerpo hacia
adelante, con la sonrisa en los labios, y el alma en los ojos.

Desde aquel instante, la tosca aspereza de Mara se convirti, con
respecto a Stein, en cierta confianza y docilidad, que caus la mayor
extraeza a toda la familia. Llena de gozo la ta Mara aconsej a Stein
que se aprovechase del ascendiente que iba tomando con la muchacha, para
inducirla a que se ensease a emplear bien su tiempo aprendiendo la ley
de Dios, y a trabajar, para hacerse buena cristiana, y mujer de razn,
nacida para ser madre de familia y mujer de su casa. Aadi la buena
anciana, que para conseguir el fin deseado, as como para domear el
genio soberbio de Mara y sus hbitos bravos, lo mejor sera suplicar a
_se_ Rosita, la maestra de amiga, que la tomase a su cargo, puesto que
era dicha maestra mujer de razn y temerosa de Dios y muy diestra en
labores de mano.

Stein aprob mucho la propuesta y alcanz de _Marisalada_ que se
prestase a ponerla en ejecucin, prometindole en cambio ir a verla
todos los das y divertirla con la flauta.

Las disposiciones que aquella criatura tena para la msica,
despertaron en ella una aficin extraordinaria a su cultivo, y la
habilidad de Stein fue la que le dio el primer impulso.

Cuando lleg a noticia de Momo que _Marisalada_ iba a ponerse bajo la
tutela de _Rosa Mstica_, para aprender all a coser, barrer y guisar, y
sobre todo, como l deca, a tener juicio, y que el doctor era quien la
haba decidido a este paso, dijo que ya caa en cuenta de lo que don
Federico le haba contado de all en su tierra, que haba ciertos
hombres, detrs de los cuales echaban a correr todas las ratas del
pueblo, cuando se ponan a tocar un pito.

Desde la muerte de su madre, _se_ Rosa haba establecido una escuela
de nias, a que en los pueblos se da el nombre de amiga, y en las
ciudades, el ms a la moda, de academia. Asisten a ella las nias en los
pueblos, desde por la maana hasta medioda, y slo se ensea la
doctrina cristiana y la costura. En las ciudades aprenden a leer,
escribir, el bordado y el dibujo. Claro es que estas casas no pueden
crear pozos de ciencia, ni ser semilleros de artistas, ni modelos de
educacin cual corresponde a la _mujer emancipada_. Pero en cambio
suelen salir de ellas mujeres hacendosas y excelentes madres de
familia, lo cual vale algo ms.

Una vez restablecida la enferma, Stein exigi de su padre que la
confiase por algn tiempo a la buena mujer que deba suplir con aquella
indmita criatura a la madre que haba perdido y adoctrinarla en las
obligaciones propias de su sexo.

Cuando se propuso a _se_ Rosa que admitiese en su casa a la _brava_
hija del pescador, su primera respuesta fue una terminante negativa,
como suelen hacer en tales casos las personas de su temple; pero acab
por ceder cuando se le dieron a entender los buenos efectos que podra
tener aquella obra de caridad; como hacen en iguales circunstancias
todas las personas religiosas, para las cuales la obligacin no es cosa
convencional, sino una lnea recta trazada con mano firme.

No es ponderable lo que padeci la infeliz mujer, mientras estuvo a su
cargo _Marisalada_. Por parte de esta no cesaron las burlas ni las
rebeldas, ni por parte de la maestra los sermones sin provecho y las
exhortaciones sin fruto.

Dos ocurrencias agotaron la paciencia de _se_ Rosa, con tanta ms
razn, cuanto que no era en ella virtud innata, sino trabajosamente
adquirida.

_Marisalada_ haba logrado formar una especie de conspiracin en las
filas del batalln que _se_ Rosa capitaneaba. Esta conspiracin lleg
por fin a estallar un da, tmida y vacilante a los principios, mas
despus osada y con el cuello erguido; y fue en los trminos siguientes:

--No me gustan las rosas de a libra--dijo de repente _Marisalada_.

--Silencio!--mand la maestra, cuya severa disciplina no permita que
se hablase en las horas de clase.

Se restableci el silencio.

Cinco minutos despus, se oy una voz muy aguda, y no poco insolente,
que deca:

--No me gustan las rosas lunarias.

--Nadie te lo pregunta--dijo _se_ Rosa, creyendo que esta intempestiva
declaracin haba sido provocada por la de _Marisalada_.

Cinco minutos despus, otra de las conspiradoras dijo, recogiendo el
dedal que se le haba cado:

--A m no me gustan las rosas blancas.

--Qu significa esto?--grit entonces _Rosa Mstica_, cuyo ojillo negro
brillaba como un fanal--. Se estn ustedes burlando de m?

--No me gustan las rosas del pitimin--dijo una de las ms chicas,
ocultndose inmediatamente debajo de la mesa.

--Ni a m las rosas de Pasin.

--Ni a m las rosas de Jeric.

--Ni a m las rosas amarillas.

La voz clara y fuerte de _Marisalada_ oscureci todas las otras
gritando:

--A las rosas secas no las puedo ver.

--A las rosas secas--exclamaron en coro todas las muchachas--no las
puedo ver.

_Rosa Mstica_, que al principio haba quedado atnita, viendo tanta
insolencia, se levant, corri a la cocina y volvi armada de una
escoba.

Al verla, todas las muchachas huyeron como una bandada de pjaros. _Rosa
Mstica_ qued sola, dej caer la escoba y se cruz de brazos.

--Paciencia, Seor!--exclam, despus de haber hecho lo posible por
serenarse--. Sobrellevaba con resignacin mi apodo, como t cargaste con
la cruz; pero todava me faltaba esta corona de espinas. Hgase tu
santa voluntad!

Quiz se habra prestado a perdonar a _Marisalada_ en esta ocasin, si
no se hubiera presentado muy en breve otra, que la oblig por fin a
tomar la resolucin de despedirla de una vez. Fue el caso que el hijo
del barbero, Ramn Prez, gran tocador de guitarra, vena todas las
noches a tocar y cantar coplas amorosas bajo las ventanas severamente
cerradas de la beata.

--Don Modesto--dijo esta un da a su husped--, cuando usted oiga de
noche a este ave nocturna de Ramn desollarnos las orejas con su canto,
hgame usted favor de salir y decirle que se vaya con la msica a otra
parte.

--Pero Rosita--contest don Modesto--, quiere usted que me indisponga
con ese muchacho, cuando su padre (Dios se lo pague) me est afeitando
de balde desde el da de mi llegada a Villamar? Y vea usted lo que es: a
m me gusta orle, porque no puede negarse que canta y toca la guitarra
con mucho primor.

--Buen provecho le haga a usted--dijo _se_ Rosa--. Puede ser que tenga
usted los odos a prueba de bomba. Pero si a usted le gusta, a m no.
Eso de venir a cantar a las rejas de una mujer honrada, ni le hace favor
ni viene a qu.

La fisonoma de don Modesto expres una respuesta muda, dividida en tres
partes. En primer lugar, la extraeza, que pareca decir: Qu! Ramn
galantea a mi patrona! En segundo lugar, la duda, como si dijera: ser
posible? En tercer lugar, la certeza, concretada en estas frases:
ciertos son los toros! Ramn es un atrevido.

Despus de pensarlo, continu _se_ Rosa:

--Usted podra resfriarse, pasando del calor de su cama al aire. Ms
vale que se quede usted quieto, y sea yo la que diga al tal chicharra,
que si se quiere divertir, que compre una mona.

Al sonar las doce de la noche, se oy el rasgueo de una guitarra y en
seguida una voz que cantaba:

        Vale ms lo moreno
        De mi morena,
        Que toda la blancura
        De una azucena!

--Qu tonteras!--exclam _Rosa Mstica_, levantndose de la cama--.
Qu larga ser la cuenta que haya de dar a Dios de tanta palabra vana!

La voz prosigui cantando:

     Nia, cuando vas a misa,
    La iglesia se resplandece.
    La hierba seca que pisas,
    Al verte, se reverdece.

--Dios nos asista!--exclam _Rosa Mstica_, ponindose las terceras
enaguas--; tambin saca a colacin la misa en sus coplas profanas; y los
que lo oigan, como saben que soy dada a las cosas de Dios, dirn que lo
canta por lavarme la cara. Si pensar ese barbilampio burlarse de m?
No faltara ms!

Rosa lleg a la sala, y cul no se quedara al ver a _Marisalada_
asomada al postigo y oyendo al cantor con toda la atencin de que era
capaz! Entonces se persign, exclamando:

--Y todava no ha cumplido trece aos! Sobre que ya no hay nias!

Tom a _Marisalada_ por el brazo, la apart de la ventana, y se coloc
en ella a tiempo que Ramn, dndole de firme a la guitarra, entonaba,
desgaitndose, esta copla:

           Asmate a esa ventana,
        Esos bellos ojos abre;
        Nos alumbrars con ellos,
        Porque est oscura la calle.

Y sigui ms violento y desatinado que nunca el rasgueo.

--Yo ser quien te alumbrar con un blandn del infierno--grit con
agria y colrica voz _Rosa Mstica--_: libertino, profanador, cantor
sempiterno e insufrible!

Ramn Prez, vuelto en s de la primera sorpresa, ech a correr ms
ligero que un gamo, sin volver la cara atrs.

Este fue el golpe decisivo. _Marisalada_ fue despedida de una vez, a
pesar del empeo que hizo tmidamente don Modesto en su favor.

--Don Modesto--respondi Rosita--, dice el refrn: cargos son cargos; y
mientras esta descaradota est al mo, tengo que dar cuenta de sus
acciones a Dios y a los hombres. Pues bien, cada cual tiene bastante
con responder de lo suyo, sin necesidad de cargar con pecados ajenos.
Adems de que, usted lo est viendo, es una criatura que no se puede
meter por vereda; por ms que se la inclina a la derecha, siempre ha de
tirar a la izquierda.




Captulo XI


Tres aos haba que Stein permaneca en aquel tranquilo rincn.
Adoptando la ndole del pas en que se hallaba, viva al da, o como
dicen los franceses, _au jour le jour_, y como en otros trminos le
aconsejara su buena patrona la ta Mara, diciendo que el da de maana
no deba echarnos a perder el de hoy, y que de lo slo que se deba
cuidar era de que el de hoy no nos echase a perder el de maana.

En estos tres aos haba estado el joven mdico en correspondencia con
su familia. Sus padres haban muerto, mientras l se hallaba en el
ejrcito en Navarra; su hermana Carlota haba casado con un
arrendatario bien acomodado, el cual haba hecho de los dos hermanos
pequeos de su mujer dos labradores poco instruidos, pero hbiles y
constantes en el trabajo. Stein se vea, pues, enteramente libre y
rbitro de su suerte.

Habase dedicado a la educacin de la nia enferma, que le deba la
vida, y aunque cultivaba un suelo ingrato y estril, haba conseguido a
fuerza de paciencia hacer germinar en l los rudimentos de la primera
enseanza. Pero lo que excedi sus esperanzas, fue el partido que sac
de las extraordinarias facultades filarmnicas con que la naturaleza
haba dotado a la hija del pescador. Era su voz incomparable, y no fue
difcil a Stein, que era buen msico, dirigirla con acierto, como se
hace con las ramas de la vid, que son a un tiempo flexibles y vigorosas,
dciles y fuertes.

Pero el maestro, que tena un corazn tierno y suave, y en su temple una
propensin a la confianza que rayaba en ceguedad, se enamor de su
discpula, contribuyendo a ello el amor exaltado que tena el pescador a
su hija y la admiracin que esta excitaba en la buena ta Mara; ambos
tenan cierto poder simptico y comunicativo que debi ejercer su
influencia en un alma abierta, benvola y dcil como la de Stein. Se
persuadi, pues, con Pedro Santal de que su hija era un ngel, y con la
ta Mara, de que era un portento. Era Stein uno de aquellos hombres que
pueden asistir a un baile de mscaras, sin llegar a persuadirse de que
detrs de aquellas fisonomas absurdas, detrs de aquellas facciones de
cartn piedra, hay otras fisonomas y otras facciones, que son las que
el individuo ha recibido de la naturaleza. Y si a Santal cegaba el
cario apasionado, y a la ta Mara la bondad suma, ambos llegaron a la
vez a cegar a Stein.

Pero despus de todo, lo que ms le sedujo fue la voz pura, dulce,
expresiva y elocuente de Mara.

Es preciso--se deca a sus solas--que la que expresa de un modo tan
admirable los sentimientos ms sublimes, posea un alma llena de
elevacin y ternura.

Mas, como el grano de trigo en un rico terreno se esponja y echa races
antes de que sus brotes suban a la luz del da, as creca y echaba
races este tranquilo y sincero amor, en el corazn de Stein, antes
sentido que definido.

Tambin Mara, por su parte, se haba aficionado a Stein, no porque
agrediese sus esmeros, ni porque apreciase sus excelentes prendas, ni
porque comprendiese su gran superioridad de alma e inteligencia, ni aun
siquiera por el atractivo que ejerce el amor en la persona que lo
inspira, sino porque agradecimiento, admiracin, atractivo, los senta y
se los inspiraba el _msico_, el maestro que en el arte la iniciaba.
Adems, el aislamiento en que viva, apartaba de ella todo otro objeto
que hubiese podido disputar a aquel la preferencia. Don Modesto no
estaba en edad de figurar en la palestra de amor; Momo, adems de ser
extraordinariamente feo, conservaba toda su animosidad contra
_Marisalada_, y no cesaba de llamarla _Gaviota_; y ella le miraba con el
ms alto desprecio. Es cierto que no faltaban mozalbetes en el lugar,
empezando por el barberillo, que persista en suspirar por Mara; pero
todos estaban lejos de poder competir con Stein.

Por este tranquilo estado de cosas haban pasado tres veranos y tres
inviernos, como tres noches y tres das, cuando acaeci lo que vamos a
referir.

Forjbase en el tranquilo Villamar (quin lo dira?) una intriga; era
su promotor y jefe (quin lo pensara?) la ta Mara; era el confidente
(quin no se asombra?) don Modesto!

Aunque sea una indiscrecin, o por mejor decir, una bajeza el acechar,
oigmoslos en la huerta escondidos detrs de este naranjo, cuyo tronco
permanece firme, mientras sus flores se han marchitado y sus hojas se
han cado, como queda en el fondo del alma la resignacin, cuando se ha
ajado la alegra y se han muerto las esperanzas; oigamos, volvemos a
decir, el coloquio que en secreto concilibulo tienen los mencionados
confidentes, mientras fray Gabriel, que est a mil leguas, aunque pegado
a ellos, amarra con vencejos las lechugas para que crezcan blancas y
tiernas.

--No es que me lo figuro, don Modesto--deca la instigadora--, es una
realidad; para no verlo era preciso no tener ojos en la cara. Don
Federico quiere a _Marisalada_ y a esta no le parece el doctor costal de
paja.

--Ta Mara, quin piensa en amores?--respondi don Modesto, en cuya
calma y tranquila existencia no se haba realizado el eterno, clsico,
pero invariable axioma de la inseparable alianza de Marte y Cupido--.
Quin piensa en amores--repiti don Modesto en el mismo tono en que
hubiese dicho: quin piensa en jugar a la _billarda_ o en remontar un
_pandero_?

--La gente moza, don Modesto, la gente moza; y si no fuera por eso, se
acabara el mundo. Pero el caso es que es preciso darles a estos un
espolazo, porque esa gente de por all arriba quireme parecer que se
andan con gran pachorra, pues dos aos ha que nuestro hombre est
queriendo a su ruiseor, como l la llama, que eso salta a la cara; y
estoy para m, que no le ha dicho buenos ojos tienes. Usted que es
hombre que supone, un seor _considerable_, y que don Federico le
aprecia tanto, debera usted darle una puntadilla sobre el asunto, un
buen consejo, en bien de ellos y de todos nosotros.

--Dispnseme usted, ta Mara--respondi don Modesto--, pero Ramn Prez
est por medio; es amigo y no quiero hacerle mal tercio; me afeita por
mi buena cara, e ir as contra sus intereses, sera una mala partida.
Tiene mucha pena en ver que _Marisalada_ no le quiere y se ha puesto
amarillo y delgado que es un dolor. El otro da dijo que si no se casaba
con _Marisalada_, rompera su guitarra, y ya no poda meterse fraile,
se metera a _faccioso_. Ya ve usted, ta Mara, que de todas maneras me
comprometo, metindome en ese asunto.

--Seor--dijo la ta Mara--, y va usted a tomar a dinero contado lo
que dicen los enamorados? Si Ramn Prez, el pobrecillo, no es capaz de
matar un gorrin, cmo puede usted creer que se vaya a matar cristianos?
Pero considere usted que si se casa don Federico se nos quedar aqu
para siempre, y qu suerte no sera esta para todos? Le aseguro a usted
que se me abren las carnes, as que habla de irse. Por fortuna que cada
vez se lo quitamos de la cabeza. Pues y la nia, qu suerte hara! Que
ha de saber usted que gana don Federico muy buenos cuartos. Cuando
asisti y sac en bien al hijo del alcalde don Perfecto, le dio este
cien reales como cien estrellas. Qu linda pareja haran, mi
comandante!

--No digo que no, ta Mara--repuso don Modesto--; pero no me d usted
cartas en el asunto, y djeme observar mi estricta neutralidad. No tengo
dos caras; tengo la que me afeita Ramn, y no otra.

En este momento entr _Marisalada_ en la huerta. No era ya por cierto la
nia que conocimos desgreada y mal compuesta; primorosamente peinada y
vestida con esmero, vena todas las maanas al convento, al que si bien
no la atraan el cario ni la gratitud a los que lo habitaban, traala
el deseo de or y aprender msica de Stein, al paso que la echaba de la
cabaa el fastidio de hallarse sola en ella con su padre, que no la
diverta.

--Y don Federico?--dijo al entrar.

--An no ha vuelto de ver a sus enfermos--respondi la ta Mara--; hoy
iba a vacunar ms de doce nios. Tales cosas, don Modesto! Sac el
_pues_, como dice su merced, de la teta de una vaca: que las vacas
tengan un contraveneno para las viruelas! Y verdad ser, porque don
Federico lo dice.

--Y tanta verdad que es--repuso don Modesto--, y que lo invent un
_suizo_. Cuando estaba en Gaeta vi a los suizos, que son la guardia del
Papa; pero ninguno me dijo ser l el inventor.

--Si yo hubiese sido Su Santidad--prosigui la ta Mara--, hubiese
premiado al inventor con una indulgencia plenaria. Sintate, saladilla
ma, que tengo hambre de verte.

--No--contest Mara--, me voy.

--Dnde has de ir que ms te quieran?--dijo la ta Mara.

--Qu se me da a m que me quieran?--respondi _Marisalada_--, qu
hago yo aqu si no est don Federico?

--Vamos all! Conque no vienes aqu sino por ver a don Federico,
ingratilla?

--Y si no, a qu haba de venir?--contest Mara--; a hallarme con
_Romo_, que tiene los ojos, la cara y el alma todo atravesado?

--Conque esto es que quieres mucho a don Federico?--torn a preguntar
la buena anciana.

--Le quiero--respondi Mara--; si no fuera por l, no pona aqu los
pies, por no encontrarme con ese demonio de _Romo_, que tiene un aguijn
en la lengua, como las avispas en la parte de atrs.

--Y Ramn Prez?--pregunt con _chuscada_ la ta Mara, como para
convencer a don Modesto de que su protegido poda archivar sus
esperanzas.

_Marisalada_ solt una carcajada.

--Si ese _Ratn Prez_--(Momo haba puesto este sobrenombre al
barberillo) respondi--se cae en la olla, no ser yo la hormiguita que
lo canta y lo llora, y sobre todo la que lo escuche cantar; porque su
canto me ataca el _sistema nervioso_, ce don Federico, que asegura que
lo tengo ms tirante que las cuerdas de una guitarra. Ver usted cmo
canta ese _Ratn Prez_, ta Mara.

Cogi _Marisalada_ rpidamente una hoja de pita, que estaba en el suelo
y era de las que servan al hermano Gabriel para poner como biombos
contra el viento norte delante de las tomateras cuando empezaban a
nacer, y apoyndola en su brazo, a estilo de una guitarra, se puso a
remedar de una manera grotesca los ademanes de Ramn Prez, y con su
singular talento de imitacin y su modo de cantar y hacer gorgoritos, de
esta suerte cant:

     Qu tienes, hombre de Dios,
    Que te vas poniendo flaaaaco?
    Es porque puse los ojos
    En un castillo muy aaaalto!

--S--dijo don Modesto, que record las serenatas a la puerta de
Rosita--; ese pobre Ramn siempre ha puesto alto los ojos.

A don Modesto no le haban podido disuadir los ulteriores sucesos, de
que no fuese Rosita el objeto que atrajo las consabidas serenatas,
porque una idea que entraba en la cabeza de don Modesto, caa como en
una alcanca; ni l mismo la poda volver a sacar. Eran las casillas de
su entendimiento tan estrechas y bien ordenadas, que una vez que
penetraba una idea en la que le corresponda, quedaba encajada,
embutida, e incrustada _per in scula sculorum_.

--Me voy--dijo Mara, tirando la pita, de modo que vino a dar
ruidosamente contra fray Gabriel, que vuelto de espalda y agachado,
ataba su centsimo vigsimo quinto vencejo.

--Jess!--exclam asombrado fray Gabriel; pero en seguida se volvi a
atar sus vencejos, sin aadir palabra.

--Qu puntera!--dijo Mara rindose--. Don Modesto, tmeme usted para
artillero, cuando logre los caones para su fuerte.

--Esas no son gracias, Mara; son chanzas pesadas, que sabes que no me
gustan--dijo incomodada la buena anciana--. Dime a m lo que quieras;
pero a fray Gabriel djale en paz, que es el nico bien que le ha
quedado.

--Vamos, no se enfade usted, ta Mara--repuso _la Gaviota_--;
consulese usted con pensar, que nada tiene de vidrio fray Gabriel, sino
sus _espejuelos_.

Mi comandante, dgale usted a _se Rosa Mstica_ que traslade su
_amiga_ al fuerte de usted cuando tenga caones de veinticuatro, para
que estn bien guardadas las nias de las asechanzas del demonio, que se
meten en guitarras destempladas. Me voy, porque don Federico no viene;
estoy para m que est vacunando a todo el lugar, inclusos _se
Mstica_, el maestro de escuela y el alcalde.

Pero la buena anciana, que estaba acostumbrada a las maneras desabridas
de Mara, y a la que por tanto no heran, la llam y le dijo se sentase
a su lado.

Don Modesto, que infiri que la buena mujer iba a armar sus bateras,
fiel a la neutralidad que haba prometido, se despidi, dio media vuelta
a la derecha y toc retirada; pero no sin que la ta Mara le diese un
par de lechugas y un manojo de rbanos.

--Hija ma--dijo la anciana cuando estuvieron solas--, qu no sera que
se casase contigo don Federico y que fueses t as la _se_ mdica, la
ms feliz de las mujeres, con ese hombre que es un San Luis Gonzaga, que
sabe tanto, que toca tan bien la flauta y gana tan buenos cuartos?
Estaras vestida como un palmito, comida y bebida como una mayorazga; y
sobre todo, hija ma, podras mantener al pobrecito de tu padre, que se
va haciendo viejo y es un dolor verle echarse a la mar, que llueva o
ventee, para que a ti no te falte nada. As don Federico se quedara
entre nosotros, consolando y aliviando males, como un ngel que es.

Mara haba escuchado a la anciana con mucha atencin, aunque afectando
tener la vista distrada; cuando hubo acabado de hablar, call un rato y
dijo despus con indiferencia:

--Yo no quiero casarme.

--Oiga!--exclam ta Mara--, pues acaso te quieres meter monja?

--Tampoco--respondi _la Gaviota_.

--Pues qu?--pregunt asombrada la ta Mara--, no quieres ser ni
carne ni pescado? No he odo otra! La mujer, hija ma, o es de Dios o
del hombre; si no, no cumple con su vocacin, ni con la de arriba, ni
con la de abajo.

--Pues qu quiere usted, seora?, no tengo vocacin ni para casada ni
para monja.

--Pues hija--repuso la ta Mara--, ser tu vocacin la de la mula. A
m, Mariquita, no me gusta nada de lo que sale de lo regular; en
particular a las mujeres, les est tan mal no hacer lo que hacen las
dems, que si fuese hombre, le haba de huir a una mujer as, como a un
toro bravo. En fin, tu alma en tu palma; all te las avengas.
Pero--aadi con su acostumbrada bondad--eres muy nia y tienes que dar
ms vueltas que da una llave. El tiempo quiebra, sin canto ni piedra.

_Marisalada_ se levant y se fue.

S!--iba pensando, tocndose el paoln por la cabeza--; me quiere;
eso ya me lo saba yo. Pero... como fray Gabriel a la ta Mara, esto
es, como se quieren los viejos. A que no sufra un aguacero en mi reja
por no resfriarse? Ahora, si se casa conmigo me har buena vida; eso
s!, me dejar hacer lo que me d la gana, me tocar su flauta cuando se
lo pida, y me comprar lo que quiera y se me antoje. Si fuera su mujer,
tendra un paoln de _espumilla_, como Quela, la hija de to Juan
Lpez, y una mantilla de blonda de Almagro, como la alcaldesa. Lo que
rabiaran de envidia! Pero me parece que don Federico, que se derrite
como tocino en sartn cuando me oye cantar, lo mismo piensa en casarse
conmigo que piensa don Modesto en casarse con su querida Rosa... de
todos los diablos.

En todo este bello monlogo mental no hubo un pensamiento ni un recuerdo
para su padre, cuyo alivio y bienestar haban sido las primeras razones
que haba aducido la ta Mara.




Captulo XII


Convencida la ta Mara de que ningn apoyo ni ayuda alguna tena que
aguardar del hombre de influencia, al cual haba querido asociarse en su
empresa matrimonial, se determin a llevarla a cabo por s y ante s,
segura de vencer las objeciones de Mara y las que pudiese poner don
Federico, como Sansn a los filisteos. Nada le arredraba, ni el despego
de Mara, ni la inmovilidad de Stein; porque el amor es perseverante
como una hermana de la caridad y arrojado como un hroe; y el amor era
el gran mvil de todo lo que haca aquella buensima mujer. As fue que
sin ms ni mas, le dijo un da a Stein:

--Sabe usted, don Federico, que das atrs estuvo aqu _Marisalada_, y
nos dijo muy clarito, y con esa gracia que Dios le ha dado, que no vena
aqu sino por usted? Qu le parece a usted la franqueza?

--Que a ser cierto, sera una ingratitud y que mi ruiseor no es capaz
de ella; habr sido una broma.

--Ello es, don Federico, que barbas mayores quitan menores y el primer
lugar compete a quien compete. Tan mal le sabr a usted que le quieran,
seor mo?

--No por cierto, que estamos de acuerdo en aquel axioma que usted tanto
repite, _amor no dice basta_. Pero... ta Mara, en querer siempre he
sido mejor donador, que no recaudador.

--Eso no habla conmigo--exclam con viveza la buena mujer.

--No por cierto, mi querida ta Mara--respondi Stein tomando y
estrechando entre las suyas la mano de la anciana--. En sentimientos,
estamos en cuenta corriente y pagada; pero en pruebas he quedado muy
atrs; ojal pudiese dar a usted alguna de mi cario y de mi gratitud!

--Pues fcil es, don Federico, y voy a pedrsela a usted.

--Desde luego, mi querida ta Mara, y cul es esa prueba? Decidlo
pronto.

--Que se quede con nosotros, y para eso, que se case usted, don
Federico; de esta suerte se nos quitara el continuo sobresalto en que
vivimos, de que se nos quiera usted ir a su pas, porque, como dice el
refrn: Cul es tu tierra? La de mi _mujer_.

Stein se sonri.

--Que me case?--dijo--; pero con quin, mi buena ta Mara?

--Con quin?, con quin haba de ser?, con su _ruiseor_; as tendr
usted eterna primavera en el corazn. Es tan guapa, tan sandunguera,
est tan amoldada a sus maas de usted, que ni ella puede vivir sin
usted ni usted sin ella! Si se estn ustedes queriendo como dos
tortolillos!, que eso salta a la cara.

--Soy viejo para ella, ta Mara--respondi Stein suspirando y
sonrojndose al darse cuenta de que en cuanto a l, llevaba razn la
buena mujer--; soy viejo--repiti--, para una nia de diecisis aos y
mi corazn es un invlido a quien deseo hacer la vida dulce y tranquila
y no exponerlo a nuevas heridas.

--Viejo!--exclam la ta Mara--, qu disparate! Pues si apenas tiene
usted treinta aos! Vamos, que eso es una razn de pie de banco, don
Federico.

--Qu ms deseara yo--replic Stein--que disfrutar con una inocente
joven de la dulce y santa felicidad domstica, que es la verdadera, la
perfecta, la slida que puede disfrutar el hombre y que Dios bendice,
porque es la que nos ha trazado? Pero ta Mara, ella no me puede querer
a m.

--Esta es otra que mejor baila! Delicadita de gusto haba de ser, a fe
ma, la que a usted le hiciese _fo_, don Federico. Jess!, no diga
usted lo contrario, que parece burla. Pues si la mujer que usted quiera,
ha de ser la ms feliz del mundo entero.

--Lo cree usted as, mi buena ta Mara?

--Como me he de salvar, don Federico; y la que no lo fuese, era preciso
asparla viva.

A la maana siguiente, cuando lleg _Marisalada_, al entrar en el patio,
se dio de frente con Momo, que sentado sobre una piedra de molino,
almorzaba pan y sardinas.

--Ya ests ah, _Gaviota_?--este fue el suave recibimiento que le hizo
Momo--; sobre que un da te hemos de hallar en la olla del potaje! No
tienes nada que hacer en tu casa?

--Todo lo dejo yo--respondi Mara--por venir a ver esa cara tuya, que
me tiene hechizada, y esas orejas que te envidia _Golondrina_. Oyes,
sabes por qu tenis vosotros las orejas tan largas? Cuando padre Adn
se hall en el paraso con tanto animal, les dio a cada cual su nombre;
a los de tu especie los nombr borricos. Unos das despus, los junt y
les fue preguntando a cada cual su nombre; todos respondieron, menos los
de tu casta, que ni su nombre saban. Dile tal rabia a padre Adn, que
cogiendo al desmemoriado por las orejas, se puso a gritar a la par que
tiraba desaforadamente de ellas; te llamas borriicooo.

Diciendo y haciendo, haba cogido Mara las orejas a Momo, ya se las
tiraba de manera de arrancrselas.

Fue la suerte de Mara, que al primer berrido que dio Momo, con toda la
fuerza de sus anchos pulmones, se le atraves un bocado de pan y
sardina, lo que le ocasion tal golpe de tos, que ella, ligera como
buena gaviota, pudo escaparse del buitre.

--Buenos das, mi ruiseor--dijo Stein, que al orla haba salido al
patio.

--Por va del ruiseor, ehe, ehe, ehe, ehe!--grua y tosa Momo--,
ruiseor y es la chicharra ms cansada que ha criado el esto!, ehe,
ehe, ehe, ehe!

--Ven, Mara--prosigui Stein--, ven a escribir y a leer los versos que
traduje ayer. No te gustaron?

--No me acuerdo de ellos--respondi Mara--; eran aquellos del pas
donde florecen los naranjos? Esos no pegan aqu, donde se han secado por
no bastar a su riego las lgrimas de fray Gabriel. Djese usted de
versos, don Federico, y tqueme usted el _Nocturno_ de Weber cuyas
palabras son: Escucha, escucha, amada ma! Se oye el canto del
ruiseor; en cada rama, florece una flor; antes que aquel calle y estas
se ajen, escucha, escucha, amada ma!

--Los terminachos que ha aprendido esa _Gaviota_!--murmuraba Momo--, y
que le sientan como confites a un ajo molinero.

--Despus que leas, tocar la serenata de Carl de Weber--dijo Stein, que
slo a favor de esta recompensa poda obligar a Mara a aprender lo que
quera ensearle. Mara tom con mal gesto el papel que le presentaba
Stein, y ley corrientemente, aunque de mala gana:

                            AL RETIRO

               (_Traducido del poeta alemn Salis._)

     En la suave sombra del retiro hall la paz, la paz que a un mismo
     tiempo nos ablanda y fortalece, y que mira tranquila los golpes de
     la suerte como el santo mira los sepulcros.

     Dulce olvido de la marcha del tiempo, suave alejamiento de los
     hombres, que llevas a amarlos ms que su trato!, t sacas
     blandamente de la herida el dardo que en el alma clav la
     injusticia.

     Aquel que _tolera y aprecia_, aquel que exige mucho de s mismo y
     poco de los dems, para este brotan las ms suaves hojas del olivo,
     con las que coronar la moderacin su frente.

     En cuanto a m, corono a mis _Penates_ con _loto_[18], y los cuidados
     por el porvenir no se acercan a mis umbrales, pues el hombre cuerdo
     concreta su felicidad a un estrecho crculo.

[Nota 18: Loto, planta que simboliza el olvido.--Almez  almezo.]

--Mara--dijo Stein cuando esta hubo acabado la lectura--, t, que no
conoces al mundo, no puedes graduar cunta y qu profunda verdad hay en
estos versos y cunta filosofa. Te acuerdas que te expliqu lo que era
filosofa?

--S, seor--respondi Mara--, la ciencia de ser feliz. Pero en eso,
seor, no hay reglas ni ciencia que valga; cada cual entiende el modo de
serlo a su manera. Don Modesto, en que le pongan caones a su fuerte,
tan ruinoso como l. Fray Gabriel, en que le vuelvan su convento, su
prior y sus campanas; ta Mara, en que usted no se vaya; mi padre en
coger una corbina, y Momo, en hacer todo el mal que pueda.

Stein se ech a rer, y poniendo cariosamente su mano sobre el hombro
de Mara:

--Y t--le dijo--en qu la haces consistir?

Mara vacil un momento sobre lo que haba de contestar, levant sus
grandes ojos, mir a Stein, los volvi a bajar, mir de soslayo a Momo,
se sonri en sus adentros al verle las orejas ms coloradas que un
tomate y contest al fin.

--Y usted, don Federico, en qu la hara consistir?, en irse a su
tierra?

--No--respondi Stein.

--Pues en qu?--prosigui preguntando Mara.

--Yo te lo dir, ruiseor mo--respondi Stein--; pero antes dime t en
qu haras consistir la tuya.

--En or siempre tocar a usted--respondi Mara con sinceridad.

En este momento, sali la ta Mara de la cocina con la buena intencin
de meter el palo en candela; sucedindole lo que a muchos, que por un
exceso de celo entorpecen las mismas cosas que desean.

--No ve usted, don Federico--le dijo--, qu guapa moza est
_Marisalada_ y qu corpachn ha echado?

Momo, al or a su abuela, murmur guillotinando una sardina:

--Idntica a la caa de pescar de su padre!, con unas piernas y brazos
que le dan el garbo de un cigarrn, tan alta y tan seca, que hara buena
tranca para mi puerta, jui!

--Anda, desaborido, rechoncho, que pareces una col sin troncho--repuso
_la Gaviota_ a media voz.

--S, s--respondi Stein a la ta Mara--; es bella, sus ojos son el
tipo de los tan nombrados de los rabes.

--Parecen dos erizos y cada mirada una pa--gru Momo.

--Y esta boca tan hermosa que canta como un serafn?--prosigui la ta
Mara, tomando la cara a su protegida.

--Vea usted!--dijo Momo--, una boca como una espuerta, que echa fuera
sapos y culebras.

--Y tu jeta?--dijo Mara con una rabia, que esta vez no pudo
contener--, y tu jeta espantosa, que no ha llegado de oreja a oreja,
porque tu cara es tan ancha que se cans a medio camino?

Momo, en respuesta, cant en tres tonos diferentes.

--_Gaviota! Gaviota! Gaviota!_

--_Romo! Romo! Romo!,_ chato, nariz de rabadilla de pato--cant Mara
con su magnfica voz.

--Es posible, Mariquita--le dijo Stein--, que hagas caso de lo que dice
Momo slo por molerte? Son sus bromas tontas y groseras, pero sin
malicia.

--Alguna de la que a l le sobra, le hace falta a usted, don
Federico--respondi Mara--. Y para que usted lo sepa, no me da la gana
de aguantar a ese zopenco, ms rudo que un canto, ms bronco que un
_escambrn_ y ms spero que un cuero sin curtir. As, me voy.

Diciendo esto, se sali _la Gaviota_ y Stein la sigui.

--Eres un desvergonzado--dijo la ta Mara a su nieto--; tienes ms hiel
en tu corazn, que buena sangre en tus venas: a las faldas se las
respeta, ganso! Pero en todo el lugar hay otro ms dscolo ni ms
desamoretado que t.

--Como est usted hecha a la finura de esa pilla de playa--respondi
Momo--, que me ha puesto las orejas como usted las ve, le parecen a
usted los dems bastos! El demonio que acierte de qu hechizo se ha
valido esa agua-mala[19] para cortarle a usted y a don Federico el
ombligo. Mire usted una gaviota _lea y escriba_!... Quin ha visto
eso? As es que esa gran _jaragana_, que no se cuida de otra cosa en
todo el da, sino de hacer gorgoritos como el agua al fuego, ni le guisa
la comida a su padre, que tiene que guisrsela l mismo, ni le cuida la
ropa; de manera que tiene usted que cuidrsela. Pero su padre, don
Federico, y usted no saben dnde ponerla, y queran que Su Santidad la
santificara. Ella dar el pago!, ella dar el pago!, y si no, al
tiempo! Cra cuervos...

Stein haba alcanzado a _Marisalada_ y le deca:

[Nota 19: Agua-mala es el nombre vulgar de un plipo marino, que vive rodeado
de una materia glutinosa que flota en el mar y cuyo contacto produce un
escozor en la piel, parecido al que causa el de la ortiga.]

--De qu sirve, Mariquita, cuanto he procurado ilustrar tu
entendimiento, si no has llegado siquiera a adquirir la poca
superioridad necesaria para sobreponerte a necedades sin valor ni
importancia?

--Oiga usted, don Federico--contest Mara--, yo entiendo que la
superioridad me ha de valer para que por ella me tengan en ms, y no en
menos.

--Vlgame Dios, Mara, es posible que as trueques los frenos? La
superioridad ensea cabalmente a no engrerse con lauros y a no
rebelarse contra injusticias. Pero esas son--aadi rindose--cosas de
tu edad casi infantil y de tu efervescente sangre meridional. T habrs
aprendido, cuando tengas canas como yo, el poco valor de esas cosas.
Has notado que tengo canas, Mara?

--S--respondi esta.

--Pues mira, bien joven soy; pero el sufrir madura pronto la cabeza. Mi
corazn ha quedado joven, Mara; y te ofrecera flores de primavera si
no temiese te asustasen las tristes seales de invierno que cien mi
frente.

--Verdad es--respondi Mara (que no pudo contener su natural
impulso)--que un novio con canas, no pega.

--Bien lo pens as!--dijo Stein con tristeza--; mi corazn es leal y
la ta Mara se enga cuando al asegurarme posible la felicidad, hizo
nacer en l esperanzas, como nace la flor del aire, sin races y slo al
soplo de la brisa.

Mara, que ech de ver que haba rechazado con su aspereza a un alma
demasiado delicada para insistir y a un hombre bastante modesto para
persuadirse de que aquella sola objecin bastaba para anular sus dems
ventajas, dijo precipitadamente:

--Si un novio con canas no pega, un marido con canas no asusta.

Stein qued sumamente sorprendido de esta brusca salida, y an ms, de
la decisin e impasibilidad con que se haca. Luego, se sonri y la
dijo:

--Te casaras, pues, conmigo, bella hija de la naturaleza?

--Por qu no?--respondi _la Gaviota_.

--Mara--dijo conmovido Stein--, la que admite a un hombre para marido y
se aviene a unirse a l para toda la vida, o mejor dicho, a hacer de dos
vidas una, como en una antorcha dos pbilos forman una misma llama, le
favorece ms, que la que le acoge por amante.

--Y para qu sirven--dijo Mara con mezcla de inocencia y de
indiferencia--los peladeros de pava en la reja?, a qu sirven los
guitarreos, si tocan y cantan mal, sino para ahuyentar los gatos?

Haban llegado a la playa y Stein suplic a Mara se sentase a su lado,
sobre unas rocas. Callaron largo rato: Stein estaba profundamente
conmovido; Mara, aburrida, haba tomado una varita y dibujaba con ella
figuras en la arena.

--Cmo habla la naturaleza al corazn del hombre!--dijo al fin Stein--;
qu simpata une a todo lo que Dios ha creado! Una vida pura es como un
da sereno; una vida de pasiones desenfrenadas es como un da de
tormenta. Mira esas nubes, que llegan lentas y oscuras, a interponerse
entre el sol y la tierra: son como el deber, que se interpone entre el
corazn y un amor ilcito, dejando caer sobre el primero sus fras pero
claras y puras emanaciones. Dichoso el terreno sobre el que no
resbalan! Pero nuestra felicidad ser inalterable como el cielo de mayo,
porque t me querrs siempre, no es verdad, Mara?

Mara, en cuya alma tosca y spera no experimentaba la poesa ni hacia
los sentimientos ascticos de Stein, no tena ganas de responder; pero
como tampoco poda dejar de hacerlo, escribi en la arena con la varita,
con que distraa su ocio, la palabra _Siempre!_

Stein tom el fastidio por modestia y prosigui conmovido:

--Mira la mar: oyes cmo murmuran sus olas con una voz tan llena de
encanto y de terror? Parecen murmurar graves secretos en una lengua
desconocida. Las olas son, Mara, aquellas sirenas seductoras y
terribles, en cuya creacin fantstica las personific la florida
imaginacin de los griegos: seres bellos y sin corazn, tan seductores
como terribles, que atraan al hombre con tan dulces voces para
perderle. Pero t, Mara, no atraes con tu dulce voz, para pagar con
ingratitud; no: t sers la sirena en la atraccin, pero no en la
perfidia. No es verdad, Mara, que nunca sers ingrata?

_Nunca!,_ escribi Mara en la arena; y las olas se divertan en
borrar las palabras que escriba Mara, como para parodiar el poder de
los das, olas del tiempo, que van borrando en el corazn, cual ellas en
la arena, lo que se asegura tener grabado en l para siempre.

--Por qu no me respondes con tu dulce voz?--dijo Stein a Mara.

--Qu quiere usted, don Federico?--contest esta--. Se me anuda la
garganta para decirle a un hombre que lo quiero. Soy seca y descastada,
como dice la ta Mara, que no por eso deja de quererme; cada uno es
como Dios lo ha hecho. Soy como mi padre; palabras, pocas.

--Pues si eres como tu padre, nada ms deseo, porque el buen to
Pedro--dir mi padre, Mara--tiene el corazn ms amante que abrig
pecho humano. Corazones como el suyo slo laten en los difanos pechos
de los ngeles y en los de los hombres selectos.

Selecto mi padre!--dijo para s Mara, pudiendo apenas contener una
sonrisa burlona--. Anda con Dios!, ms vale que as le parezca.

--Mira, Mara--dijo Stein acercndose a ella--; ofrezcamos a Dios
nuestro amor puro y santo; prometmosle hacerlo grato con la fidelidad
en el cumplimiento de todos los deberes que impone, cuando est
consagrado en sus aras; y deja que te abrace como a mi mujer y a mi
compaera.

--Eso no!--dijo Mara dando un rpido salto atrs y arrugando el
entrecejo--, a m no me toca nadie!

--Bien est, mi bella esquiva--repuso Stein con dulzura--; respeto todas
las delicadezas y me someto a todas tus voluntades. No es acaso, como
dice uno de vuestros antiguos y divinos poetas, la mayor de las
felicidades la de _obedecer amando_?




Captulo XIII


El agradecimiento que senta el pescador hacia el que haba salvado a
su hija, se haba convertido al verle tan interesado por ella en una
amistad exaltada, que slo poda compararse a la admiracin que
excitaban en l las grandes prendas que adornaban a Stein. Grande fue
igualmente el regocijo que caus la noticia del casamiento de Stein en
todas las personas que le conocan y le amaban.

As fue que cuando se le ofreci por yerno, el buen padre enmudeci,
profundamente conmovido por el gozo que sinti en su corazn, y slo
suplic a Stein cogindole la mano, que por Dios se quedasen a vivir en
la choza; en lo que consinti Stein de mil amores. Entonces el pescador
pareci recobrar las fuerzas y la agilidad de su juventud, para
emplearlas en mejorar, asear y primorear su habitacin. Despej el
pequeo desvn, al que se retir, dejando los cuartitos del segundo piso
para sus hijos. Enluci las paredes, las enjalbeg, aplan el suelo y le
cubri despus con una primorosa estera de palma, que al efecto teji,
encargando a la ta Mara el sencillo ajuar correspondiente.

Desde que se conocieron el tosco marinero y el ilustrado estudiante,
haban congeniado, porque las personas de buenos y anlogos sentimientos
sienten tal atraccin cuando se ponen en contacto, que venciendo las
distancias, desde luego se saludan hermanas.

De puro gozo, la ta Mara no pudo dormir en tres noches seguidas.
Pronostic, que puesto que don Federico iba a residir en aquel pas,
ninguno de sus habitantes morira sino de viejo.

Fray Gabriel se manifest tan contento de aquella resolucin, y sobre
todo de ver a la ta Mara tan alegre, que abundando en los sentimientos
de esta, se aventur a soltar un gracejo, que fue el primero y el ltimo
de su vida. En voz baja dijo que el seor cura iba a olvidarse del _De
profundis_.

Tanto agrad este chiste a la ta Mara, que por espacio de quince das
no habl con alma viviente a quien despus de los buenos das no se lo
refiriese, en honra y gloria de su protegido. Y a l le caus tal
embarazo el asombroso xito de su chiste, que hizo voto de no caer en
semejante tentacin en todo el resto de su vida.

Don Modesto fue de opinin que _la Gaviota_ haba ganado el premio
grande de la lotera y la gente del lugar el segundo; porque l no se
hallara manco si se hubiese encontrado en el sitio de Gaeta un
cirujano tan hbil como Stein.

La opinin de Dolores fue que si el pescador haba dado dos veces la
vida a su hija, la voluntad de Dios le haba dado dos veces la
felicidad, proporcionndole tal padre y tal marido.

Manuel observ que haba una torta en el cielo reservada para los
maridos que no se arrepintiesen de serlo; y que hasta ahora nadie le
haba metido el diente. Su mujer le respondi que eso era porque los
maridos no entraban all, habindolo prometido as San Pedro a Santa
Genoveva.

En cuanto a Momo, sostuvo que una vez que _la Gaviota_ haba encontrado
marido, bien poda la epidemia no perder las esperanzas.

_Rosa Mstica_ lo tom por otro estilo. Mara haba aumentado el
catlogo de sus agravios con uno de fecha reciente. Haba llegado el mes
de Mara, y en el culto que se le tributaba, algunas devotas se reunan
a cantar coplas en honor de la Virgen, acompaadas por un mal
clavicordio que tocaba el viejo y ciego organista. Rosita presida esta
sociedad filarmnica y religiosa. Algunas voces puras y agradables se
unan en este concierto a la suya, que no dejaba de ser spera y
chillona. Rosa, que no poda desconocer la admirable aptitud de
_Marisalada_, impuso silencio a sus antiguos resentimientos, en obsequio
del mes de Mara, y pens en aprovecharse de la mediacin de don
Modesto, para que la hija del pescador tomase parte en aquel coro
virginal.

Don Modesto agarr el bastn y se puso en marcha.

_Marisalada_, que no la echaba de devota, y que no se cuidaba mucho de
ejercer su habilidad bajo aquel maestro _al cembalo_, respondi al
veterano con un _no_ pelado, sin prembulo y sin eplogo.

Este monoslabo aterr a don Modesto ms que una descarga de artillera;
y no supo qu hacer.

Era don Modesto uno de aquellos hombres que tienen bastante buen corazn
para desear sinceramente el bien de sus amigos, pero no poseen el valor
necesario para contribuir a su logro ni imaginacin bastante fecunda
para hallar los medios de conseguirlo.

--To Pedro--dijo al pescador despus de aquel perentorio rechazo--:
sabe usted que me tiemblan las carnes? Qu dir Rosita? Qu dir el
padre cura? Qu dir todo el pueblo? No podra usted hallar medio de
convencerla?

--Si no quiere!, qu le hago?--respondi el pescador.

De modo que el pobre don Modesto tuvo que resignarse a ser el portador
de tan triste embajada, la cual no slo deba ofender, sino escandalizar
a su mstica patrona.

--Mil veces ms quisiera--deca volviendo a Villamar--presentarme
delante de todas las bateras de Gaeta, que delante de Rosita, con este
_no_ en la boca. Jess, cmo se va a poner!

Y tena razn, porque en vano adorn don Modesto su mensaje con un
exordio modificador; en vano lo coment con notas explicativas; en vano
lo exorn con verbosas parfrasis. No por esto dej de ofender mucho a
Rosita, la cual exclam en tono sentencioso:

--Quien recibe dones del cielo y no los emplea en su servicio, merece
perderlos.

As fue, que cuando supo el proyectado casamiento, dijo, dando un
suspiro y alzando los _ojos_ al cielo:

--Pobre don Federico! Tan bueno, tan piadoso, tan bendito! Dios los
haga felices, como hacerlo puede, ya que nada es imposible a su
omnipotencia.

Momo, con su acostumbrada mala intencin, tuvo el gusto de dar la
noticia del casamiento a Ramn Prez.

--Oye, _Ratn Prez_--le dijo--, ya puedes comer cebolla hasta hartarte,
que a don Federico le ha tentado el diablo y se casa con _la Gaviota_.

--De veras?--exclam consternado el barbero.

--Te asombras? Ms me asombr yo; sobre que hay gustos que merecen
palos! Mire usted, prendarse de esa descastada, que parece una culebra
en pie, echando centellas por los ojos y veneno por la boca! Pero en don
Federico se cumpli aquello de que _quien tarde casa, mal casa_.

--No me asombro--repuso Ramn Prez--de que don Federico la quiera, sino
de que _Marisalada_ quiera a ese _desgavilado_, que tiene pelo de lino,
cara de manzana y ojos de pescado. Que no haya tenido presente esa
ingrata de que _quien lejos se va a casar, o va engaado, o va a
engaar_!

--A fe que no ser lo primero, porque lo que es l es un hombre de los
buenos; no hay que decir. Pero esa mariparda lo ha engatusado con su
canto, que dura desde que echa el sol sus luces hasta que las recoge,
pues no hace _nata_ ms. Ya se lo dije yo: don Federico, dice el
refrn, _toma casa con hogar y mujer que sepa hilar_; y no ha hecho
caso; es un Juan Lanas. En cuanto a ti, _Ratn Prez_, te has quedado
con ms narices que un pez espada.

--Siempre se ha visto--contest el barbero dando tan brusca vuelta a la
clavija de su guitarra que salt la prima--que de fuera vendr quien de
casa nos echar. Pero has de saber t, _Romo_, que a m se me da tres
pitos. Tal da har un ao; a rey muerto, rey puesto.

Y ponindose a rasguear furiosamente la guitarra, cant con voz
arrogante:

          Dicen que t no me quieres,
        No me da pena maldita;
        Que la mancha de la mora
        Con otra verde se quita.
          Si no me quieres a m,
        Se me da tres caracoles;
        Con ese mismo dinero
        Compro yo nuevos amores.



Captulo XIV


El casamiento de Stein y _la_ _Gaviota_ se celebr en la iglesia de
Villamar. El pescador llevaba, en lugar de su camisa de bayeta colorada,
una blanca muy almidonada, y una chaqueta nueva de pao azul basto, con
cuyas galas estaba tan embarazado que apenas poda moverse.

Don Modesto, que era uno de los testigos, se present con toda la pompa
de un uniforme viejo y rado a fuerza de cepillazos, el que, habiendo su
dueo enflaquecido, le estaba anchsimo. El pantaln de mahn, que
_Rosa Mstica_ haba lavado por milsima vez, pasndolo por agua de paja
que, por desgracia, no era el agua de Juvencio, se haba encogido de tal
modo que apenas le llegaba a media pierna. Las charreteras se haban
puesto de color de cobre. El tricornio, cuyo erguido aspecto no haban
podido alterar ocho lustros de duracin, ocupaba dignamente su elevado
puesto. Pero al mismo tiempo brillaba sobre el honrado pecho del pobre
invlido la cruz de honor ganada valientemente en el campo de batalla,
como un diamante puro en un engaste deteriorado.

Las mujeres, segn el uso, asistieron de negro a la ceremonia; pero
mudaron de traje para la fiesta. _Marisalada_ iba de blanco. Ta Mara y
Dolores llevaban vestidos que Stein les haba regalado para aquella
ocasin. Eran de tejido de algodn, trado de Gibraltar, de contrabando;
el dibujo, el que entonces estaba de moda, y se llamaba _Arco Iris_, por
ser una reunin de los colores ms opuestos y menos capaces de armonizar
entre s. No pareca sino que el fabricante haba querido burlarse de
sus consumidores andaluces. En fin, todos se compusieron y engalanaron,
excepto Momo, que no quiso molestarse en una ocasin como aquella, lo
que dio motivo a que _la Gaviota_ le dijese:

--Has hecho bien, gaznpiro; por aquello de que aunque la mona se vista
de seda, mona se queda. La misma falta haces t en mi boda, que los
perros en misa.

--Si te habrs figurado t, que por ser _mica_ dejas de ser
_Gaviota_--repuso Momo--, y que por estar recompuesta ests bonita? S,
bonita ests con ese vestido blanco! Si te pusieras un gorro colorado,
pareceras un fsforo.

Y en seguida se puso a cantar con destemplada voz:

       Eres blanca como el cuervo,
    y bonita como el hambre,
    _colora_ como la cera,
    y gorda como el alambre.

_Marisalada_ repost en el acto:

           Tienes la boca,
        que parece un canasto
        de colar ropa.
           Con unos dientes,
        que parecen zarcillos
        de tres pendientes.

y le volvi la espalda.

Momo, que no era hombre que se quedase atrs, en tratndose de
insolencias y denuestos, replic con coraje:

--Anda, anda, a que te echen la bendicin; que ser la primera que te
hayan echado en tu vida, y que estoy para m que ser la ltima.

Celebrse la boda en el pueblo, en la casa de la ta Mara, por ser
demasiado pequea la choza del pescador para contener tanta
concurrencia. Stein, que haba hecho algunos ahorros en el ejercicio de
su profesin (aunque haca de balde la mayor parte de las curas), quiso
celebrar la fiesta en grande, y que hubiese diversin para todo el
mundo; por consiguiente, se llegaron a reunir hasta tres guitarras, y
hubo abundancia de vino, mistela, bizcochos y tortas. Los concurrentes
cantaron, bailaron, bebieron, gritaron; y no faltaron los chistes y
agudezas propias del pas.

La ta Mara iba, vena, serva las bebidas, sostena el papel de
madrina de la boda, y no cesaba de repetir:

--Estoy tan contenta, como si fuera yo la novia.

A lo que fray Gabriel aada indefectiblemente:

--Estoy tan contento, como si fuera yo el novio.

--Madre--le dijo Manuel, vindola pasar a su lado--, muy alegre es el
color de ese vestido para una viuda.

--Cllate, mala lengua--respondi su madre. Todo debe ser alegre en un
da como hoy; adems, que a caballo regalado no se le mira el diente.
Hermano Gabriel, vaya esta copa de mistela, y esta torta. Eche usted un
brindis a la salud de los novios, antes de volver al convento.

--Brindo a la salud de los novios antes de volver al convento--dijo fray
Gabriel.

Y despus de apurada la copa, se escurri, sin que nadie, excepto la ta
Mara, hubiese echado de ver su presencia ni notado su ausencia.

La reunin se animaba por grados.

--Bomba!--grit el sacristn, que era bajito, encogido y cojo.

Call todo el mundo al anuncio del brindis de aquel personaje.

--Brindo--dijo--a la salud de los recin casados, a la de toda la
honrada compaa y por el descanso de las nimas benditas!

--Bravo!, bebamos, y viva la Mancha, que da vino en lugar de agua.

--A ti te toca, Ramn Prez; echa una copla, y no guardes tu voz para
mejor ocasin.

Ramn cant:

       Para bien a la novia
    le rindo y traigo.
    Pero al novio no puedo,
    sino envidiarlo.

--Bien, salero!--gritaron todos--. Ahora el fandango, y a bailar.

Al or el preludio del baile eminentemente nacional, un hombre y una
mujer se pusieron simultneamente en pie, colocndose uno enfrente de
otro. Sus graciosos movimientos se ejecutaban casi sin mudar de sitio,
con un elegante balanceo de cuerpo, y marcando el comps con el alegre
repiqueteo de las castauelas. Al cabo de un rato, los dos bailarines
cedan sus puestos a otros dos, que se les ponan delante, retirndose
los dos primeros. Esta operacin se repeta muchas veces, segn la
costumbre del pas.

Entre tanto, el guitarrista cantaba:

       Por el s que dio la nia
    a la entrada de la iglesia,
    por el s que dio la nia,
    entr libre, y sali presa.

--Bomba!--grit de pronto uno de los que la echaban de graciosos--.
Brindo por ese _cralo-todo_ que Dios nos ha enviado a esta tierra, para
que todos vivamos ms aos que Matusaln; con condicin de que, cuando
llegue el caso, no trate de prolongar la vida de mi mujer, y mi
purgatorio.

Esta ocurrencia ocasion una explosin de vivas y palmadas.

--Y qu dices t a todo esto, Manuel?--le gritaron todos.

--Lo que yo digo--repuso Manuel--es que no digo nada.

--Esa no pasa. Si has de estar callado, vete a la iglesia. Echa un
brindis y espablate.

Manuel tom un vaso de mistela, y dijo:

--Brindo por los novios, por los amigos, por nuestro comandante y por la
resurreccin de San Cristbal.

--Viva el comandante, viva el comandante!--grit todo el concurso--; y
t, Manuel, que lo sabes hacer, echa una copla.

Manuel cant la siguiente:

           Mira, hombre, lo que haces
        casndote con bonita;
        hasta que llegues a viejo,
        el susto no te se quita.

Despus que se hubieron cantado algunas otras coplas, dijo el que la
echaba de gracioso:

--Manuel, cantan esos unos despilfarros que no llevan idea ni
consonante; t, que sabes decir las cosas en buen versaje, y ms cuando
ests _calamocano_, echa una dcima en regla a los novios, y toma este
vaso de vino para que te se ponga la lengua _espeta_.

Manuel tom el vaso de vino, y dijo:

           Ven ac, quita--pesares,
        alivio de mi congoja;
        criado entre verde hoja,
        y pisado en los lagares;
        te pido de que me aclares
        esta garganta y galillo
        para brindar a los novios
        empinando este vasillo.

--Ahora te toca a ti, Ramn del diablo, te ha embotado el licor la
garganta?; ests ms soso que una ensalada de tomates.

Ramn tom la guitarra y cant:

           Cuando la novia va a misa
        y yo la llego a encontrar,
        toda mi dicha es besar
        la dura tierra que pisa.

Habiendo sucedido a esta copla otra que verdeaba, la ta Mara se acerc
a Stein y le dijo:

--Don Federico, el vino empieza a explicarse; son las doce de la noche,
los chiquillos estn solos en casa con Momo y fray Gabriel, y me temo
que Manuel empine el codo ms de lo regular; el to Pedro se ha dormido
en un rincn, y no creo que sera malo tocar la retirada. Los burros
estn aparejados. Quiere usted que nos despidamos a la francesa?

Un momento despus, las tres mujeres cabalgaban sobre sus burras hacia
el convento. Los hombres las acompaaban a pie, entre tanto que Ramn,
en un arrebato de celos y despecho, al ver partir a los novios,
rasgueando la guitarra con unos bros inslitos, berreaba ms bien que
cantaba la siguiente copla:

       T me diste calabazas,
    me las com con tomates;
    mas bien quiero calabazas
    que no entrar en tu linaje.

--Qu hermosa noche!--deca Stein a su mujer, alzando los ojos al
cielo--. Mira ese cielo estrellado, mira esa luna en todo su lleno,
como yo estoy en el lleno de mi dicha! Como mi corazn, nada le falta
ni nada echa de menos!

--Y yo que me estaba divirtiendo tanto!--respondi Mara impaciente--;
no s por qu dejamos tan temprano la fiesta.

--Ta Mara--deca Pedro Santal a la buena anciana--, ahora s que
podemos morir en paz.

--Es cierto--respondi esta--; pero tambin podemos vivir contentos, y
esto es mejor.

--Es posible que no sepas contenerte, cuando tomas el vaso en la
mano?--deca Dolores a su marido--. Cuando sueltas las velas, no hay
cable que te sujete.

--Caramba!--replic Manuel--. Si me he venido, qu ms quieres? Si
hablas una palabra ms, viro de bordo, y me vuelvo a la fiesta.

Distinguanse an los cantos de los bebedores.

--Viva la Mancha que da vino en lugar de agua!

Dolores call, temerosa de que Manuel realizase su amenaza.

--Jos--dijo Manuel a su cuado, que tambin era de la comitiva--, est
la luna llena?

--Por supuesto que s--repuso el pastor--. No le ves lo que le est
saliendo del ojo?, a que no sabes lo que es?

--Ser una lgrima--dijo Manuel riendo.

--No es sino un hombre.

--Un hombre!--exclam Dolores plenamente convencida de lo que deca su
hermano--. Y quin es ese hombre?

--No s--respondi el pastor--; pero s como se llama.

--Y cmo se llama?--pregunt Dolores.

--Se llama Venus--repuso Jos.

Manuel solt la carcajada. Haba bebido ms de lo regular, y tena el
vino alegre, como suele decirse.

--Don Federico--dijo Manuel--, quiere usted que le d un consejo, como
ms antiguo en la cofrada?

--Calla, por Dios, Manuel--le dijo Dolores.

--Quieres dejarme en paz?, si no, vuelvo la grupa.

Oiga usted, don Federico. En primer lugar, a la mujer y al perro, el pan
en una mano y el palo en la otra.

--Manuel--repiti Dolores.

--Me dejas en paz, o me vuelvo?--contest Manuel; Dolores call.

--Don Federico--prosigui Manuel--, casamiento y seoro, ni quieren
fuerza ni quieren bro.

--Hazme el favor de callar, Manuel--le interrumpi su madre.

--Tambin es fuerte cosa--gru Manuel--. No parece sino que estamos
asistiendo a un entierro.

--No sabes, Manuel--observ el pastor--, que a don Federico no le
gustan esas chanzas?

--Don Federico--dijo Manuel, despidindose de los novios, que seguan
hacia la choza--, cuando usted se arrepienta de lo que acaba de hacer,
nos juntaremos y cantaremos a dos voces la misma letra.

Y sigui hacia el convento, oyndose en el silencio de la noche su clara
y buena voz, que cantaba:

           Mi mujer y mi caballo,
        se me murieron a un tiempo.
        Qu mujer ni qu demonio!
        Mi caballo es lo que siento.

--Vete a acostar, Manuel, y _liberal_--le dijo su madre cuando llegaron.

--De eso cuidar mi mujer--respondi este--. No es verdad, morena?

--Lo que yo quisiera es que estuvieses dormido ya--contest Dolores.

--Mentira! Cmo habas t de querer guardarte en el buche el sermn
sin pao, que me tengo que zampar yo, entre duerme y vela, si he de
dormir en cama! Fcil era!

--Y no sabes t taparle la boca?--le dijo riendo su cuado.

--Oye, Jos--contest Manuel--, has hallado t entre las breas o
cuevas del campo lo que a una mujer pueda tapar la boca? Mira que si lo
has hallado no faltar quien te lo compre a peso de oro; por esos mundos
no lo he encontrado ni conocido en la vida de Dios. Y se puso a cantar:

           Ms fcil es apagarle
        sus rayos al sol que abrasa,
        que atajarle la sin hueso
        a una mujer enojada.
           No sirve el halago,
        ni tampoco el palo,
        ni sirve ser bueno,
        ni sirve ser malo.



Captulo XV


Tres aos haban transcurrido. Stein, que era de los pocos hombres que
no exigen mucho de la vida, se crea feliz. Amaba a su mujer con
ternura; se haba apegado cada da ms a su suegro, y a la excelente
familia que le haba acogido moribundo, y cuyo buen afecto no se haba
desmentido jams. Su vida uniforme y campestre estaba en armona con los
gustos modestos y el temple suave y pacfico de su alma. Por otra parte,
la monotona no carece de atractivos. Una existencia siempre igual es
como el hombre que duerme apaciblemente y sin soar; como las melodas
compuestas de pocas notas, que nos arrullan tan blandamente. Quiz no
hay nada que deje tan gratos recuerdos, como lo montono, ese
encadenamiento sucesivo de das, ninguno de los cuales se distingue del
que le sigue ni del que le precede.

Cul no sera, pues, la sorpresa de los habitantes de la cabaa, cuando
vieron venir una maana a Momo, corriendo, azorado, y gritando a Stein
que fuese, sin perder un instante, al convento!

--Ha cado enfermo alguno de la familia?--pregunt Stein asustado.

--No--respondi Momo--; es Usa que le dicen su _Esencia_, que estaba
cazando en el coto jabales y venados, con sus amigos, y, al saltar un
barranco, resbal el caballo y los dos cayeron en l. El caballo revent
y la _Esencia_ se ha quebrado cuantos huesos tiene su cuerpo. Le han
llevado all en unas parihuelas, y aquello se ha vuelto una Babilonia.
Parece el da del juicio. Todos andan desatentados, como rebao en que
entra el lobo. El nico que est _cariparejo_ es el que dio el batacazo.
Y un real mozo que es, por ms seas. All andaban todos aturrullados
sin saber qu hacer. Madre abuela les dijo que haba aqu un cirujano de
los pocos; mas ellos no lo queran creer. Pero como para traer uno de
Cdiz, se necesitan dos das, y para traer uno de Sevilla, se necesitan
otros tantos, dijo su _Esencia_ que lo que quera era que fuese all el
recomendado de mi abuela; y para eso he tenido que venir yo, pues no me
parece sino que ni en el mundo ni en la vida de Dios hay de quin echar
mano sino de m. Ahora le digo a usted mi verdad: si yo fuera que usted,
ya que me haban despreciado, no iba ni a dos tirones.

--Aunque yo fuese capaz--respondi Stein--de infringir mi obligacin de
cristiano, y de profesor, necesitara tener un corazn de bronce para
ver padecer a uno de mis semejantes sin aliviar sus males pudiendo
hacerlo. Adems, que esos caballeros no pueden tener confianza en m,
sin conocerme; y esto no es ofensa, ni aun lo sera, si no la tuviesen,
conocindome.

Con esto llegaron al convento.

La ta Mara, que aguardaba a Stein con impaciencia, le llev a donde
estaba el desconocido. Habanle puesto en la celda prioral, donde
apresuradamente, y lo mejor que se pudo, se le haba armado una cama. La
ta Mara y Stein atravesaron la turbamulta de criados y cazadores que
rodeaban al enfermo. Era este un joven de alta estatura. En torno de su
hermoso rostro, plido pero tranquilo caan los rizos de su negra
cabellera. Apenas le hubo mirado Stein, lanz un grito, y se arroj
hacia l temeroso de tocarle, se detuvo de pronto y, cruzando sus manos
trmulas, exclam:

--Dios mo, seor duque!

--Me conoce usted?--pregunt el duque; porque en efecto, la persona que
Stein haba reconocido era el duque de Almansa--. Me conoce
usted?--repiti alzando la cabeza, y fijando en Stein sus grandes ojos
negros, sin poder caer en quin era el que le diriga la palabra.

--No se acuerda de m!--murmur Stein, mientras que dos gruesas
lgrimas corran por sus mejillas--. No es extrao: las almas generosas
olvidan el bien que hacen, como las agradecidas conservan eternamente en
la memoria el que reciben.

--Mal principio!--dijo uno de los concurrentes--. Un cirujano que
llora; estamos bien!

--Qu desgraciada casualidad!--aadi otro.

--Seor doctor--dijo el duque a Stein--, en vuestras manos me pongo.
Confo en Dios, en vos y en mi buena estrella. Manos a la obra, y no
perdamos tiempo.

Al or estas palabras, Stein levant la cabeza; su rostro qued
perfectamente sereno, y con un ademn modesto, pero imperativo y firme,
alej a los circunstantes. En seguida examin al paciente con mano hbil
y prctica en este gnero de operaciones; todo con tanta seguridad y
destreza, que todos callaron, y slo se oa en la pieza el ruido de la
agitada respiracin del paciente.

--El seor duque--dijo el cirujano, despus de haber concluido su
examen--tiene el tobillo dislocado y la pierna rota, sin duda por haber
cargado en ella todo el peso del caballo. Sin embargo, creo que puedo
responder de la completa curacin.

--Quedar cojo?--pregunt el duque.

--Me parece que puedo asegurar que no.

--Hacedlo as--continu el duque--, y dir que sois el primer cirujano
del mundo.

Stein, sin alterarse, mand llamar a Manuel, cuya fuerza y docilidad le
eran conocidas, y de quien poda disponer con toda seguridad. Con su
auxilio, empez la cura, que fue ciertamente terrible; pero Stein
pareca no hacer caso del dolor que padeca el enfermo, y que casi le
embargaba el sentido. Al cabo de media hora, reposaba el duque,
dolorido, pero sosegado. En lugar de muestras de desconfianza y recelo,
Stein reciba de los amigos del personaje enhorabuenas cumplidas y
pruebas de aprecio y admiracin; y l, volviendo a su natural modesto y
tmido, responda a todos con cortesas. Pero quien se estaba baando en
agua rosada era la ta Mara.

--No lo deca yo?--repeta sin cesar a cada uno de los presentes--, no
lo deca yo?

Los amigos del duque, tranquilizados ya, a ruegos de este, se pusieron
en camino de vuelta. El paciente haba exigido que le dejasen solo, bajo
la tutela de su hbil doctor, su antiguo amigo, como le llamaba, y aun
despidi a casi todos sus criados.

As l y su mdico pudieron renovar conocimiento a sus anchas. El
primero era uno de aquellos hombres elevados y poco materiales, en
quienes no hacen mella el hbito ni la aficin al bienestar fsico; uno
de los seres privilegiados, que se levantan sobre el nivel de las
circunstancias, no en mpetus repentinos y eventuales, sino
constantemente, por energa caracterstica, y en virtud de la inatacable
coraza de hierro, que se simboliza en el _qu importa?_; uno de
aquellos corazones que palpitaban bajo las armaduras del siglo XV, y
cuyos restos slo se encuentran hoy en Espaa.

Stein refiri al duque sus campaas, sus desventuras, su llegada al
convento, sus amores y su casamiento. El duque lo oy con mucho inters,
y la narracin le inspir deseo de conocer a _Marisalada_, al pescador y
la cabaa que Stein estimaba en ms que un esplndido palacio. As es
que en la primera salida que hizo, en compaa de su mdico, se dirigi
a la orilla del mar. Empezaba el verano; y la fresca brisa, puro soplo
del inmenso elemento, les proporcion un goce suave en su romera. El
fuerte de San Cristbal pareca recin adornado con su verde corona, en
honra del alto personaje, a cuyos ojos se ofreca por primera vez. Las
florecillas que cubran el techo de la cabaa, en imitacin de los
jardines de Semramis, se acercaban unas a otras, mecidas por las auras,
a guisa de doncellas tmidas que se confan al odo sus amores. La mar
impulsaba blanda y pausadamente sus olas hacia los pies del duque, como
para darle la bienvenida. Oase el canto de la alondra, tan elevada que
los ojos no alcanzaban a verla. El duque, algo fatigado, se sent en una
pea. Era poeta, y gozaba en silencio de aquella hermosa escena. De
repente son una voz que cantaba una meloda sencilla y melanclica.
Sorprendido el duque, mir a Stein, y este sonri. La voz continuaba.

--Stein--dijo el duque--, hay sirenas en estas olas, o ngeles en esta
atmsfera?

En lugar de responder a esta pregunta, Stein sac su flauta y repiti la
misma meloda.

Entonces el duque vio que se les acercaba medio corriendo, medio
saltando, una joven morena, la cual se detuvo de pronto al verle.

--Esta es mi mujer--dijo Stein--; mi Mara.

--Que tiene--dijo el duque entusiasmado--la voz ms maravillosa del
mundo. Seora, yo he asistido a todos los teatros de Europa, pero jams
han llegado a mis odos acentos que ms hayan excitado mi admiracin.

Si el cutis moreno, inalterable y terso de Mara, hubiera podido
revestirse de otro colorido, la prpura del orgullo y de la satisfaccin
se habra hecho patente en sus mejillas, al escuchar estos exaltados
elogios en boca de tan eminente personaje y competente juez. El duque
prosigui:

--Entre los dos poseis cuanto es necesario para hacerse camino en el
mundo. Y queris permanecer enterrados en la oscuridad y el olvido? No
puede ser; el no hacer participar a la sociedad de vuestras ventajas,
repito que no puede ser ni ser.

--Somos aqu tan felices, seor duque!--respondi Stein--, que
cualquier mudanza que hiciera en mi situacin me parecera una
ingratitud a la suerte.

--Stein--exclam el duque--, dnde est el firme y tranquilo denuedo
que admiraba yo en vos, cuando navegbamos juntos a bordo del _Royal
Sovereign_? Qu se ha hecho de aquel amor a la ciencia, de aquel deseo
de consagrarse a la humanidad afligida? Os habis dejado enervar por la
felicidad? Ser cierto que la felicidad hace a los hombres egostas?

Stein baj la cabeza.

--Seora--continu el duque--, a vuestra edad, y con esas dotes, podis
decidiros a quedaros para siempre apegada a vuestra roca, como esas
ruinas?

Mara, cuyo corazn palpitaba impulsado por intensa alegra y por
seductoras esperanzas, respondi, sin embargo, con aparente frialdad:

--Qu ms da?

--Y tu padre?--le pregunt su marido en tono de reconvencin.

--Est pescando--respondi ella, fingiendo no entender el verdadero
sentido de la pregunta.

El duque entr en seguida en una larga explicacin de todas las
ventajas a que podra conducir aquella admirable habilidad, que le
labrara un trono y un caudal.

Mara lo escuchaba con avidez, mientras el duque admiraba el juego de
aquella fisonoma sucesivamente fra y entusiasmada, helada y enrgica.

Cuando el duque se despidi, Mara habl al odo a Stein y le dijo con
la mayor precipitacin:

--Nos iremos; nos iremos. Y qu! La suerte me llama y me brinda
coronas, y yo me hara sorda? No, no!

Stein sigui tristemente al duque.

Cuando entraron en el convento, la ta Mara pregunt a este, que
trataba con mucha bondad a su enfermera, qu tal le haba parecido su
querida Mara?

--No es verdad--pregunt--que _Marisalada_ es una linda criatura?

--Ciertamente--respondi el duque--. Sus ojos son de aquellos que slo
puede mirar frente a frente un guila, segn la expresin de un poeta.

--Y su gracia?--prosigui la buena anciana--, y su voz?

--En cuanto a su voz--dijo el duque--, es demasiado buena para perderse
en estas soledades. Bastante tenis vosotros con vuestros ruiseores y
jilgueros. Es preciso que marido y mujer se vengan conmigo.

Un rayo que hubiese cado a los pies de la ta Mara no la habra
aterrado, como lo hicieron aquellas palabras.

--Y quieren ellos?--exclam asustada.

--Es preciso que quieran--respondi el duque, entrando en su
departamento.

La ta Mara qued consternada y confusa por algunos momentos. En
seguida fue a buscar al hermano Gabriel.

--Se van!--le dijo baada en lgrimas.

--Gracias a Dios!--repuso el hermano--. Bastante han echado a perder
las losas de mrmol de la celda prioral. Qu dir su reverencia cuando
vuelva?

--No me ha entendido usted--dijo la ta Mara, interrumpindole--.
Quienes se van son don Federico y su mujer.

--Que se van?--dijo fray Gabriel--; no puede ser!

--Ser verdad?--pregunt la ta Mara a Stein, que vena buscndola.

--Ella lo quiere!--respondi l con semblante abatido.

--Eso es lo que dice siempre su padre--continu la ta Mara--; y con
esa respuesta, la habra dejado morir si no hubiera sido por nosotros.
Ah don Federico!, est usted tan bien aqu! Va usted a ser como el
espaol que, estando bueno, quiso estar mejor?

--No espero ni creo hallarme mejor en ninguna parte del mundo, mi buena
ta Mara--dijo Stein.

--Algn da--repuso ella--se ha de arrepentir usted.

Y el pobre to Pedro! Dios mo! Por qu ha llegado ac el barullo del
mundo?

Don Modesto entr en aquel instante. Haca algn tiempo que haba
escaseado sus visitas, no porque el duque no le hubiese recibido
perfectamente, ni porque dejase de ejercer sobre el veterano la misma
irresistible atraccin que ejerca en todos los que se le acercaban.
Pero como era regular, don Modesto se haba impuesto la regla de no
presentarse ante el duque, general y ex ministro de la Guerra, sino de
rigurosa ceremonia. _Rosa Mstica_, empero, le haba dicho que su
uniforme no se hallaba capaz de un servicio activo, y esta era la causa
de escasear sus visitas. Cuando la ta Mara le notific que el duque
pensaba emprender la marcha dentro de dos das, don Modesto se retir
inmediatamente. Haba formado un proyecto, y necesitaba tiempo para
realizarlo.

Cuando _Marisalada_ comunic a su padre la resolucin que haba tomado
de seguir el consejo que le diera el duque, el dolor del pobre anciano
habra partido un corazn de piedra. Este dolor era, sin embargo,
silencioso. Oy los magnficos proyectos de su hija, sin censurarlos ni
aplaudirlos, y sus promesas de volver a la choza, sin exigirlas ni
rechazarlas. Consideraba a su hija como el ave a su polluelo, cuando se
esfuerza a salir del nido, al cual no ha de volver jams. El buen padre
lloraba hacia dentro, si es lcito decirlo as.

Al da siguiente, llegaron los caballos, los criados y las acmilas que
el duque haba mandado venir para su partida. Los gritos, los votos y
los preparativos del viaje resonaban en todos los ngulos del convento.
El hermano Gabriel tuvo que irse a trabajar en sus espuertas bajo la
yedra, a cuya sombra estaban en otro tiempo las norias.

_Morrongo_ se subi al tejado ms alto, y se recost al sol, echando una
mirada de desprecio al tumulto que haba en el patio; _Palomo_ ladr,
gru y protest tan enrgicamente contra la invasin extranjera, que
Manuel mand a Momo que le encerrase.

--No hay duda--deca Momo--que mi abuela, que es la ms _aferrada_
curandera que hay debajo de la capa del cielo, tiene imn para atraer
enfermos a esta casa. Ya va de tres con este, sobre que en el cielo se
ha de poner su merc a curar a San Lzaro!

Lleg el da de la partida. El duque estaba ya preparado en su aposento.
Haban llegado Stein y Mara, seguidos del pobre pescador, el cual no
alzaba los ojos del suelo, doblado el cuerpo con el peso del dolor. Este
dolor le haba envejecido ms que los aos y todas las borrascas del
mar. Al llegar, se sent en los escalones de la cruz de mrmol.

En cuanto a don Modesto, tambin haba acudido, pero con la
consternacin pintada en el rostro. Sus cejas formaban dos arcos de una
elevacin prodigiosa. La diminuta mecha de sus cabellos se inclinaba
desfallecida hacia un lado. De su pecho se exhalaban hondos suspiros.

--Qu tiene usted, mi comandante?--le pregunt la ta Mara.

--Ta Mara--le respondi--, hoy somos 15 de _junio_, da de mi santo,
da tristemente memorable en los fastos de mi vida. Oh San Modesto! Es
posible que me trates as el mismo da en que la Iglesia te reza?

--Pero qu novedad hay?--volvi a preguntar la ta Mara, con
inquietud.

--Vea usted--dijo el veterano, levantando el brazo y descubriendo un
gran desgarrn en su uniforme, por el cual se divisaba el forro blanco,
que pareca la dentadura que se asoma por detrs de una risa burlona.
Don Modesto estaba identificado con su uniforme; con l habra perdido
el ltimo vestigio de su profesin.

--Qu desgracia!--exclam tristemente la ta Mara.

--Una jaqueca le cuesta a Rosita--prosigui don Modesto.

--Su excelencia suplica al seor comandante que se sirva pasar a su
habitacin--dijo entonces un criado.

Don Modesto se puso muy erguido; tom en su mano un pliego
cuidadosamente doblado y sellado, apret lo ms que pudo al cuerpo el
brazo, bajo el cual se hallaba la desventurada rotura, y presentndose
ante el magnate, le salud respetuosamente, colocndose en la estricta
posicin de ordenanza.

--Deseo a vuestra excelencia--dijo--un felicsimo viaje, y que encuentre
a mi seora la duquesa y a toda su familia en la ms cumplida salud; y
me tomo la libertad de suplicar a vuestra excelencia se sirva poner en
manos del seor ministro de Guerra esta representacin relativa al
fuerte que tengo la honra de mandar. Vuestra excelencia ha podido
convencerse por s mismo de cun urgentes son los reparos que el
castillo de San Cristbal necesita, especialmente hablndose de guerra
con el emperador de Marruecos.

--Mi querido don Modesto--contest el duque--, no me atrevo a responder
del xito de esa solicitud, ms bien le aconsejara que pusiera una cruz
en las almenas del fuerte, como se pone sobre una sepultura. Pero en
cambio, prometo a usted conseguir que se le faciliten algunas pagas
atrasadas.

Esta agradable promesa no fue parte a borrar la triste impresin que
haba hecho en el comandante la especie de sentencia de muerte
pronunciada por el duque sobre su fuerte.

--Entre tanto--continu el duque--, suplico a usted que acepte como
recuerdo de un amigo...

Y diciendo esto, indic una silla inmediata.

Cul no sera la sorpresa de aquel excelente hombre al ver expuesto
sobre una silla un uniforme completo, nuevo, brillante, con unas
charreteras dignas de adornar los hombros del primer capitn del siglo?
Don Modesto, como era natural, qued confuso, atnito, deslumbrado al
ver tanto esplendor y tanta magnificencia.

--Espero--dijo el duque--, seor comandante, que viva usted bastantes
aos, para que le dure ese uniforme otro tanto, cuando menos, como su
predecesor.

--Ah! seor excelentsimo--contest don Modesto, recobrando poco a poco
el uso de la palabra--; esto es demasiado para m!

--Nada de eso, nada de eso--respondi el duque--. Cuntos hay que usan
uniformes ms lujosos que ese sin merecerlo tanto! S,
adems--continu--, que tiene usted una amiga, una excelente patrona, y
que no le pesara llevarle un recuerdo. Hgame el favor de poner en sus
manos esta fineza.

Era un rosario de filigrana de oro y coral.

En seguida, sin dar tiempo a don Modesto para volver en s de su
asombro, el duque se dirigi a la familia, a quien haba mandado
convocar, con el objeto de acreditarle su gratitud, y dejarles una
memoria. El duque no haca el bien con la indiferencia y dadivosidad
desdeosa, y tal vez ofensiva, con que lo hacen generalmente los ricos,
sino que lo verificaba como lo practican los que no lo son, es decir,
estudiando las necesidades y gustos de cada cual. As es que todos los
habitantes del convento recibieron lo que ms falta les haca o lo que
ms poda agradarles. Manuel, una capa y un buen reloj; Momo, un vestido
completo, una faja de seda amarilla y una escopeta; las mujeres y los
nios, telas para trajes y juguetes; _Ans_, un _barrilete_, o cometa de
tan vastas dimensiones, que cubierto con l desapareca su diminuta
persona, como un ratn detrs del escudo de Aquiles. A la ta Mara, a
la infatigable enfermera del ilustre husped, a la diestra fabricante de
caldos sustanciosos, seal el duque una pensin vitalicia.

En cuanto al pobre fray Gabriel, se qued sin nada. Haca tan poco ruido
en el mundo, y se haba ocultado tanto a los ojos del duque, que este no
le haba echado de ver.

La ta Mara, sin que nadie la observase, cort algunas varas de una de
las piezas de crea, que el duque le haba regalado, y dos pauelos de
algodn, y fue a buscar a su protegido.

--Aqu tiene usted, fray Gabriel--le dijo--, un regalito que le hace el
seor duque. Yo me encargo de hacerle la camisa.

El pobrecillo se qued todava ms aturdido que el comandante. Fray
Gabriel era ms que modesto: era humilde!

Estando todo dispuesto para el viaje, el duque se present en el patio.

--Adis, _Romo_, honra de Villamar--le dijo _Marisalada_--; si te vide,
no me acuerdo.

--Adis, _Gaviota_--respondi este--; si todos sintieran tu ida como el
hijo de mi madre, se haban de echar las campanas al vuelo.

El to Pedro se mantena sentado en los escalones de mrmol. La ta
Mara estaba a su lado, llorando a lgrima viva.

--No parece--dijo _Marisalada_--sino que me voy a la China, y que ya no
nos hemos de ver ms en la vida. Cuando les digo a ustedes que he de
volver. Vaya, que esto parece un duelo de gitanos! Si se han empeado
ustedes en aguarme el gusto de ir a la ciudad!

--Madre--deca Manuel, conmovido al presenciar el llanto de la buena
mujer--, si llora usted ahora a _jarrillas_, qu hara si me muriera
yo?

--No llorara, hijo de mi corazn--respondi la madre, sonriendo en
medio de su llanto--. No tendra tiempo para llorar tu muerte.

Vinieron las caballeras. Stein se arroj en los brazos de la ta Mara.

--No nos eche usted en olvido, don Federico--dijo sollozando la buena
anciana--. Vuelva usted!

--Si no vuelvo--respondi este--, ser porque habr muerto.

El duque haba dispuesto que _Marisalada_ montase apresuradamente en la
mula que se le haba destinado, a fin de sustraerla a tan penosa
despedida. El animal rompi al trote; siguironla los otros, y toda la
comitiva desapareci muy en breve detrs del ngulo del convento.

El pobre padre tena los brazos extendidos hacia su hija.

--No la ver ms!--grit sofocado, dejando caer el rostro en las gradas
de la cruz.

Los viajeros proseguan apresurando el trote. Stein, al llegar al
Calvario, desahog la afliccin que le oprima, dirigiendo una ferviente
oracin al Seor del Socorro, cuyo benigno influjo se esparca en toda
aquella comarca como la luz en torno del astro que la dispensa.

_Rosa Mstica_ estaba en su ventana cuando los viajeros atravesaron la
plaza del pueblo.

--Dios me perdone!--exclam al ver a _Marisalada_ cabalgando al lado
del duque--; ni siquiera me saluda, ni siquiera me mira. Vaya si ha
soplado ya en su corazn el demonio del orgullo! Apuesto--aadi,
asomando la cabeza a la reja--que tampoco saluda al seor cura, que est
en los porches de la iglesia. S, pero es porque ya le da ejemplo el
duque. Hola!, y se detiene para hablarle..., y le pone una bolsa en las
manos, que ser para los pobres!... Es un seor muy bueno y muy
dadivoso. Ha hecho mucho bien. Dios se lo remunere!

_Rosa Mstica_ no saba todava la doble sorpresa que le aguardaba.

Al pasar Stein, la salud tristemente con la mano.

--Vaya usted con Dios!--dijo Rosa, meneando un pauelo--. Ms buen
hombre! Ayer al despedirse de m lloraba como un nio. Qu lstima que
no se quede en el lugar! Y se quedara, si no fuera por esa loca de
_Gaviota_, como le dice muy bien Momo.

La comitiva haba llegado a una colina, y empez a bajarla. Las casas de
Villamar desaparecieron muy en breve a los ojos de Stein, quien no
poda arrancarse de un sitio en que haba vivido tan tranquilo y feliz.

El duque, entre tanto, se tomaba el intil trabajo de consolar a Mara,
pintndole lisonjeros proyectos para el porvenir. Stein no tena ojos
sino para contemplar las escenas de que se alejaba!

La cruz del Calvario y la capilla del Seor del Socorro desaparecieron a
su vez. Despus, la gran masa del convento pareci poco a poco hundirse
en la tierra. Al fin, de todo aquel tranquilo rincn del mundo, no
percibi ms que las ruinas del fuerte, dibujando sus masas sombras en
el fondo azul del firmamento, y la torre, que, segn la expresin de un
poeta, como un dedo, sealaba el cielo con muda elocuencia.

Por ltimo, toda aquella perspectiva se desvaneci. Stein ocult sus
lgrimas, cubrindose con las manos el rostro.




Captulo XVI

En Espaa, cuyo carcter nacional es enemigo de la afectacin, ni se
exige ni se reconoce lo que en otras partes se llama _buen tono_. El
buen tono es aqu la naturalidad, porque todo lo que en Espaa es
natural, es por s mismo elegante.

     _El Autor_.


El mes de julio haba sido sumamente caluroso en Sevilla. Las tertulias
se reunan en aquellos patios deliciosos, en que las hermosas fuentes de
mrmol, con sus juguetones saltaderos, desaparecan detrs de una gran
masa de tiestos de flores. Pendan del techo de los corredores, que
guarnecan el patio, grandes faroles, o bombas de cristal, que esparcan
en torno torrentes de luz. Las flores perfumaban el ambiente y
contribuan a realzar la gracia y el esplendor de esta escena de ricos
muebles que la adornaban, y sobre todo las lindas sevillanas, cuyos
animados y alegres dilogos competan con el blando susurro de las
fuentes.

En una noche, hacia fines del mes, haba gran concurrencia en casa de
la joven, linda y elegante condesa de Algar. Tenase a gran dicha ser
introducido en aquella casa; y por cierto, no haba cosa ms fcil,
porque la duea era tan amable y tan accesible que reciba a todo el
mundo con la misma sonrisa y la misma cordialidad. La facilidad con que
admita a todos los presentados no era muy del gusto de su to el
general Santa Mara, militar de la poca de Napolen, belicoso por
excelencia y (como solan ser los militares de aquellos tiempos) algo
brusco, un poco exclusivo, un tanto cuanto absoluto y desdeoso; en fin,
un hijo clsico de Marte, plenamente convencido de que todas las
relaciones entre los hombres consisten en mandar u obedecer y de que el
objeto y principal utilidad de la sociedad es clasificar a todos y a
cada uno de sus miembros. En lo dems, espaol como Pelayo y bizarro
como el Cid.

El general, su hermana la marquesa de Guadalcanal, madre de la condesa,
y otras personas estaban jugando al tresillo. Algunos hablaban de
poltica, pasendose por los corredores; la juventud de ambos sexos,
sentada junto a las flores, charlaba y rea, como si la tierra slo
produjese flores, y el aire slo resonase con alegres risas.

La condesa, medio recostada en un sof, se quejaba de una fuerte
jaqueca, que, sin embargo, no le impeda estar alegre y risuea. Era
pequea, delgada y blanca como el alabastro. Su espesa y rubia cabellera
ondeaba en tirabuzones a la inglesa. Sus ojos pardos y grandes, su
nariz, sus dientes, su boca, el valo de su rostro, eran modelos de
perfeccin; su gracia, incomparable. Querida en extremo por su madre,
adorada por su marido, que, no gustando de la sociedad, le daba, sin
embargo, una libertad sin lmites, porque ella era virtuosa y l
confiado, era la condesa en realidad una nia mimada. Pero, gracias a su
excelente carcter, no abusaba de los privilegios de tal. Sin grandes
facultades intelectuales, tena el talento del corazn; senta bien y
con delicadeza. Toda su ambicin se reduca a divertirse y agradar sin
exceso, como el ave que vuela sin saberlo y canta sin esfuerzo. Aquella
noche, haba vuelto de paseo, cansada y algo indispuesta: se haba
quitado el vestido y pustose una sencilla blusa de muselina blanca. Sus
brazos blancos y redondos asomaban por los encajes de sus mangas
perdidas: se haba olvidado de quitarse un brazalete y las sortijas.
Cerca de ella estaba sentado un coronel joven, recin venido de Madrid,
despus de haberse distinguido en la guerra de Navarra. La condesa, que
no era hipcrita, tena fijada en l toda su atencin.

El general Santa Mara los miraba de cuando en cuando, mordindose los
labios de impaciencia.

--Fruta nueva!--deca--; dejara ella de ser hija de Eva si no le
_petase_ la novedad. Un mequetrefe! Veinticuatro aos y ya con tres
galones! Cundo se ha visto tal prodigalidad de grados? Hace cinco o
seis aos que iba a la escuela y ya manda un Regimiento! Sin duda
vendrn a decirnos que gan sus grados con acciones brillantes. Pues yo
digo que el valor no da experiencia, y que sin experiencia nadie sabe
mandar. Coronel del Ejrcito con veinticuatro aos de edad! Yo lo fui
a los cuarenta, despus de haber estado en el Roselln, en Amrica, en
Portugal; y no gan la faja de general sino de vuelta del Norte con la
Romana y de haber peleado en la guerra de la Independencia. Seores, la
verdad es que todos nos hemos vuelto locos en Espaa; los unos por lo
que hacen y los otros por lo que dejan de hacer.

En este momento se oyeron algunas exclamaciones ruidosas. La condesa
misma sali de su languidez y se levant de un salto.

--Por fin, ya apareci el perdido!--exclam--. Mil veces bien venido,
desventurado cazador y malparado jinete. Buen susto nos hemos llevado!
Pero qu es esto? Estis como si nada os hubiese acaecido. Es cierto
lo que se dice de un maravilloso mdico alemn, salido de entre las
ruinas de un fuerte y las de un convento, como una de esas creaciones
fantsticas? Contadnos, duque, todas esas cosas extraordinarias.

El duque, despus de haber recibido las enhorabuenas de todos los
concurrentes por su regreso y curacin, tom asiento enfrente de la
condesa y entr en la narracin de todo lo que el lector sabe. En fin,
despus de hablar mucho de Stein y de Mara, concluy diciendo que haba
conseguido de l que viniese con su mujer a establecerse en Sevilla,
para utilizar y dar a conocer, l su ciencia y ella los dotes
extraordinarios con que la naturaleza la haba favorecido.

--Mal hecho--fall en tono resuelto el general.

La condesa se volvi hacia su to con prontitud.

--Y por qu es mal hecho, seor?--pregunt.

--Porque esas gentes--respondi el general--vivan contentos y sin
ambicin, y desde ahora en adelante, no podrn decir otro tanto; y segn
el ttulo de una comedia espaola, que es una sentencia, _Ninguno debe
dejar lo cierto por lo dudoso._

--Creis, to--repuso la condesa--, que esa mujer, con una voz
privilegiada, echar de menos la roca a que estaba pegada como una
ostra, sin ventajas y sin gloria para ella, para la sociedad ni para las
artes?

--Vamos, sobrina, querrs hacernos creer con toda formalidad que la
sociedad humana adelantar mucho con que una mujer suba a las tablas y
se ponga a cantar _di tanti palpiti_?

--Vaya--dijo la condesa--; bien se conoce que no sois filarmnico.

--Y doy muchas gracias a Dios de no serlo--contest el general--.
Quieres que pierda el juicio, como tantos lo pierden, con ese furor
melomanaco, con esa inundacin de notas que por toda Europa se ha
derramado como un alud, o una avalancha, como malamente dicen ahora?
Quieres que vaya a engrandecer con mi imbcil entusiasmo el portentoso
orgullo de los reyes y reinas del gorgorito? Quieres que vayan mis
pesetas a sumirse en sus colosales ingresos, mientras se estn muriendo
de hambre tantos buenos oficiales cubiertos de cicatrices, mientras que
tantas mujeres de slido mrito y de virtudes cristianas, pasan la vida
llorando, sin un pedazo de pan que llevar a la boca? Esto s que clama
al cielo, y es un verdadero _sarcasmo_, como tambin dicen ahora, en una
poca en que no se les cae de la boca a esos hipocritones vocingleros la
palabra _humanidad_! Pues ya ira yo a echar ramos de flores a una
_prima donna_, cuyas recomendables prendas se reducen al do, re, mi, fa,
sol!

--Mi to--dijo la condesa--es la mismsima personificacin del _statu
quo_. Todo lo nuevo le disgusta. Voy a envejecer lo ms pronto posible,
para agradarle.

--No hars tal, sobrina--repuso el general--; y as no exijas tampoco
que yo me rejuvenezca para adular a la generacin presente.

--Sobre qu est disputando mi hermano?--pregunt la marquesa, que,
distrada hasta entonces por el juego, no haba tomado parte en la
conversacin.

--Mi to--dijo un oficial joven que haba entrado calmadito y sentndose
cerca del duque--, mi to est predicando una cruzada contra la msica.
Ha declarado la guerra a los _andantes_, proscribe los _moderatos_ y no
da cuartel ni a los _allegros_.

--Querido Rafael!--exclam el duque abrazando al oficial, que era
pariente suyo, y a quien tena mucho afecto. Era este pequeo, pero de
persona fina, bien formada y airosa; su cara, de las que se dice que son
demasiado bonitas para hombres.

--Y yo!--respondi el oficial, apretando en sus manos las del duque--;
yo que me habra dejado cortar las dos piernas por evitaros los malos
ratos que habis pasado! Pero estamos hablando de la pera, y no quiero
cantar en tono de melodrama.

--Bien pensado--dijo el duque--; y ms valdr que me cuentes lo que ha
pasado aqu durante mi ausencia. Qu se dice?

--Que mi prima la condesa de Algar--dijo Rafael--es la perla de las
sevillanas.

--Pregunto lo que hay de nuevo--repuso el duque--y no lo sabido.

--Seor duque--continu Rafael--, Salomn ha dicho, y muchos sabios (y
yo entre ellos) han repetido, que nada hay nuevo debajo de la capa azul
del cielo.

--Ojal fuera cierto!--dijo el general suspirando--; pero mi sobrino
Rafael Arias es una contradiccin viva de su axioma. Siempre nos trae
caras nuevas a la tertulia, y eso es insoportable.

--Ya est mi to--dijo Rafael--esgrimiendo la espada contra los
extranjeros. El extranjero es el _bu_ del general Santa Mara. Seor
duque, si no me hubierais nombrado ayudante vuestro, cuando erais
ministro de Guerra, no habra contrado tantas relaciones con los
diplomticos extranjeros de Madrid y no me estaran quemando la sangre
con cartas de recomendacin. Creis, to, que me divierte mucho el
servir de cicerone, como lo estoy haciendo desde que vine a Sevilla, con
todo viandante?

--Y quin nos obliga--repuso el general--a abrir las puertas de par en
par a todo el que llega y a ponernos a sus rdenes? No lo hacen as en
Pars, y mucho menos en Londres.

--Cada nacin tiene su carcter--dijo la condesa--y cada sociedad sus
usos. Los extranjeros son ms reservados que nosotros: lo son igualmente
entre s. Es preciso ser justos.

--Han venido algunos recientemente?--pregunt el duque--. Lo digo
porque estoy guardando a lord G., que es uno de los hombres ms
distinguidos que conozco. Si estar ya en Sevilla?

--No ha llegado an--contest Rafael--. Por ahora tenemos aqu, en
primer lugar, al mayor Fly, a quien llamamos _la Mosca_, que es lo que
su nombre significa. Sirve en los guardias de la reina y es sobrino del
duque de W., uno de los ms altos personajes de Inglaterra.

--S! Sobrino del duque de W.--dijo el general como yo lo soy del Gran
Turco!

--Es joven--prosigui Rafael--, elegante y buen mozo, pero un coloso de
estatura; de modo que es preciso colocarse a cierta distancia, para
poder hacerse cargo del conjunto. De cerca parece tan grande, tan
robusto, tan anguloso, tan tosco, que pierde un ciento por ciento.
Cuando no est sentado a la mesa, siempre le tengo al lado, dentro o
fuera de casa; cuando mi criado le dice que he salido, responde que me
aguardar; y al entrar l por la puerta, salgo yo por la ventana. Tiene
la costumbre de tirar al florete con su bastn, y aunque sus botonazos
sean inocentes y no hiera ms que el aire, como tiene el brazo fuerte y
tan largo, y mi cuarto es pequeo, me agujerea las paredes y ha roto
varios cristales de la ventana. En las sillas se sienta, se mece, se
contonea y repanchiga de tal modo, que ya van cuatro rotas. Mi patrona,
al verlo, se pone hecha una furia. Algunas veces toma un libro, y es lo
mejor que puede hacer, porque entonces se queda dormido. Pero su fuerte
son las conquistas; este es su caballo de batalla, su idea fija y toda
su esperanza, aunque todava en verde. Tiene con respecto al bello sexo,
la misma ilusin que con respecto a los pesos duros el gallego que fue a
Mxico, creyendo que no tendra ms que bajarse para recogerlos. He
tratado de desengaarle; pero ha sido predicar en desierto. Cuando le
hablo en razn, se sonre con cierto aire de incredulidad, acariciando
sus enormes bigotes. Est apalabrado con una heredera millonaria, y lo
curioso es que este Ayax de treinta aos, que devora cuatro libras de
carne en _beef-steake_ y se bebe tres botellas de jerez de una sentada,
hace creer a la novia que viaja por necesitarlo su salud. El otro
_maulo_ como dice mi to, es un francs: el barn de Maude.

--Barn!--dijo el general con socarronera--. S!, barn como Gran Turco!

--Pero por Dios, to--dijo la condesa--, qu razn hay para que no sea
barn?

--La razn es, sobrina--dijo el general--, que los verdaderos barones
(no los de Napolen ni los constitucionales, sino los de antao) no
viajaban ni escriban por dinero, ni eran tan mal criados, tan curiosos
y tan cansadamente preguntones.

--Pero to, por Dios; bien se puede ser barn y ser preguntn. Por
preguntar no se pierde la nobleza. A su regreso a su pas va a casarse
con la hija de un par de Francia.

--As se casar l con ella--replic el general--, como yo con el Gran
Turco.

--Mi to--dijo Arias--es como Santo Toms: ver y creer. Pero volviendo a
nuestro barn, es preciso confesar que es hombre de muy buena presencia,
aunque como yo, acab de crecer antes de tiempo. Tiene un carcter
amable; pero la da de sabio y de literato; y lo mismo habla de poltica
que de artes; lo mismo de Historia que de msica, de estadstica, de
filosofa, de hacienda y de modas. Ahora est escribiendo un libro
serio, como l dice, el cual debe servirle de escaln para subir a la
Cmara de Diputados. Se intitula: _Viaje cientfico, filosfico,
fisiolgico, artstico y geolgico por Espaa (a) Iberia, con
observaciones crticas sobre su gobierno, sus cocineros, su literatura,
sus caminos y canales, su agricultura, sus boleros y su sistema
tributario_. Afectadamente descuidado en su traje, grave, circunspecto,
econmico en demasa, viene a ser una fruta imperfecta de ese
invernculo de hombres pblicos, que cra productos prematuros, sin
primavera, sin brisas animadoras y sin aire libre; frutos sin sabor ni
perfume. Esos hombres se precipitan en el porvenir, en vapor a toda
mquina, a caza de lo que ellos llaman una _posicin_, y a esto
sacrifican todo lo dems: tristes existencias atormentadas, para las
que el da de la vida no tiene aurora!

--Rafael, eso es filosofar--dijo el duque sonrindose--. Sabes que si
Scrates hubiera vivido en nuestros tiempos, seras su discpulo ms
bien que mi ayudante?

--No cambio la ayudanta por el apostolado, mi general--respondi
Arias--. Pero la verdad es que si no hubiera tanto discpulo necio, no
habra tanto perverso maestro.

--Bien dicho, sobrino!--exclam el anciano general--; tanto nuevo
maestro! y cada cual ensea una cosa y predica una doctrina a cual ms
nueva y ms peregrina. El progreso!, el magnfico y nunca bien
ponderado progreso!

--General--contest el duque--, para sostener el equilibrio en este
nuestro globo, es preciso que haya gas y haya lastre; ambas fuerzas
deberan mirarse recprocamente como necesarias, en lugar de querer
aniquilarse con tanto encarnizamiento.

--Lo que decs--repuso el general--son doctrinas del odioso
justo--medio, que es el que ms nos ha perdido con sus opiniones
vergonzantes y sus terminachos curruscantes, como dice el pueblo, que
habla con mejor sentido que los ilustrados secuaces del modernismo;
hipocritones con buena corteza y mala pulpa; adoradores del _Ser
Supremo_, que no creen en Jesucristo.

--Mi to--dijo Rafael--odia tanto a los _moderados_, que pierde toda
_moderacin_ para combatirlos.

--Calla, Rafael--respondi la condesa--; t combates y te burlas de
todas las opiniones, y no tienes ninguna, por tal de no tomarte el
trabajo de defenderla.

--Prima--exclam Rafael--, soy liberal; dgalo mi bolsa vaca.

--Qu habas t de ser liberal!--dijo con voz estridente el general.

--Y por qu no haba de serlo, seor? El duque tambin lo es.

--Qu habas de ser liberal!--torn a decir el veterano en tono fuerte
y recalcado, como un redoble de tambor.

--Vamos--murmur Rafael--; mi to, por lo visto, no consiente en que
sean liberales sino las artes que llevan esa denominacin. Seor--aadi
dirigindose a su to, al que hallaba su sobrino un sabroso placer en
hacer rabiar--. Por qu no puede ser el duque liberal? Quin se lo
puede estorbar si se le antoja ser liberal? Se pondr ms feo por ser
liberal? Por qu no podemos ser liberales, seor, por qu?

--Porque el militar--contest el general--no es ni debe ser otra cosa
que el sostn del trono, el mantenedor del orden y el defensor de su
Patria. Ests, sobrino?

--Pero to...

--Rafael--le interrumpi la condesa--, no te metas en honduras y
prosigue tu relacin.

--Obedezco; ah prima!, en el ejrcito que estuviese a tus rdenes, no
se vera jams una falta de subordinacin. Otro extranjero tenemos en
Sevilla, un tal sir John Burnwood. Es un joven de cincuenta aos;
hermosote, sonrosado, con grandes melenas, como len _genuino_ del
Atlas; lente inamovible, sonrisa dem, apretones de manos a diestro y
siniestro; gran parlanchn, bulle--bulle, turbulento para echarla de
vivo; como aquel alemn, que con el mismo objeto se tir por la ventana;
gran amigo de apuestas; clebre _sportman_; poseedor de vastas minas de
carbn de piedra, que le producen veinte mil libras de renta.

--Supongo--dijo el general--que sern veinte mil libras de carbn de
piedra?

--Mi to--dijo Rafael--es como los bolsistas, que suben y bajan las
rentas a su albedro. Sir John apost que subira a la Giralda a
caballo, y ese es el gran objeto que le trae a Sevilla. Es verdad que
uno de nuestros antiguos reyes lo hizo; pero el pobre caballo en que
subi, no pudo bajar y se qued, como el sepulcro de Mahoma, suspenso
entre el cielo y la tierra; fue preciso matarlo en su elevado puesto.
Sir John est desesperado porque no le permiten gozar de este monrquico
pasatiempo. Ahora quiere, a ejemplo de lord Elguin y del barn Taylor,
comprar el Alczar y llevrselo a su hacienda seorial, piedra por
piedra, sin omitir las que, segn dicen, estn manchadas para siempre
con la sangre de don Fadrique, a quien mand dar muerte su hermano el
rey don Pedro, hace quinientos aos.

--No hay cosa--dijo el general--de que no sean capaces esos _sires_, ni
idea, por descabellada que sea, que no se les ocurra.

--Hay ms--continu Rafael--. El otro da me pregunt si podra yo
obtener del Cabildo de la Catedral que vendiese las llaves doradas que
el rey moro present en una fuente de plata a San Fernando cuando
conquist a Sevilla, y la copa de gata en que sola beber el gran rey.

El general dio tal porrazo sobre la mesa, que uno de los candeleros vino
al suelo.

--Mi general--dijo el duque--, no echis de ver que Rafael est
recargando los colores de sus cuadros y que son puras extravagancias
todo lo que est diciendo?

--No hay extravagancia--repuso el general--que sea improbable en los
ingleses.

--Pues an falta lo mejor--continu Rafael fijando sus miradas en una
linda joven, que estaba al lado de la marquesa, vindola jugar--. Sir
John est enamorado perdido de mi prima Rita y la ha pedido. Rita, que
no sabe absolutamente cmo se pronuncia el monoslabo s, le ha dado un
_no_, pelado y recio como un caonazo.

--Es posible, Ritita--dijo el duque--, que hayis rehusado veinte mil
libras de renta?

--No he rehusado la renta--contest la joven con soltura, sin dejar de
mirar el juego--; lo que he rehusado ha sido al que la posee.

--Ha hecho bien--dijo el general--: cada cual debe casarse en su pas.
Este es el modo de no exponerse a tomar gato por liebre.

--Bien hecho--aadi la marquesa--. Un protestante! Dios nos libre.

--Y qu decs vos, condesa?--pregunt el duque.

--Digo lo que mi madre--respondi esta--. No es cosa de chanza que el
jefe de una familia sea de distinta religin que la de esta; creo como
mi to, que cada cual debe casarse en su pas; y digo lo que Rita: que
no me casara jams con un hombre slo porque tuviese veinte mil libras
de renta.

--Adems--dijo Rita--, est muy enamorado de la bolera Luca del Salto;
y as, aunque el seor fuera de mi gusto, le habra dado la misma
respuesta. No estoy por las competencias; y mucho menos con gente de
entre bastidores.

Rita era sobrina de la marquesa y del general. Hurfana desde su niez,
haba sido criada por un hermano suyo, que la amaba con ternura, y por
su nodriza, que adoraba en ella y la mimaba; sin que por esto dejase de
haberse hecho una joven buena y piadosa. El aislamiento y la
independencia en que haba pasado los primeros aos de su vida, haban
impreso en su carcter el doble sello de la timidez y de la decisin.
Era de esas personas que algunos llaman oscuras, por enemigas del ruido
y del brillo; altiva al mismo tiempo que bondadosa; caprichosa y
sencilla; burlona y reservada. A este carcter picante se agregaba el
exterior ms seductor y ms lindo. Su estatura era medianamente alta, su
talle, que jams se haba sometido a la presin del cors, posea toda
la soltura, toda la flexibilidad que los novelistas franceses atribuyen
falsamente a sus heronas, embutidas en apretados estuches de ballena. A
esa graciosa soltura de cuerpo y de movimientos, unida a la franqueza y
naturalidad en el trato, tan encantadora cuando la acompaan la gracia y
la benevolencia, deben las espaolas su tan celebrado atractivo. Rita
tena el blanco mate limpio y uniforme de las estatuas de mrmol; su
hermoso cabello era negro; sus ojos, notablemente grandes, de un color
pardo oscuro, guarnecidos de grandes pestaas negras y coronados de
cejas que parecan trazadas por la mano de Murillo. Su fresca boca,
generalmente seria, se entreabra de cuando en cuando para lanzar por
entre su blanqusima dentadura una pronta y alegre carcajada, que su
encogimiento habitual comprima inmediatamente; porque nada le era ms
repugnante que llamar la atencin, y cuando esto le suceda, se pona de
mal humor.

Haba hecho voto a la Virgen de los Dolores de llevar hbito; y as
vesta siempre de negro, con cinturn de cuero barnizado y un pequeo
corazn de oro atravesado por una espada, en la parte superior de la
manga.

Rita era la nica mujer que su primo Rafael Arias haba amado
seriamente: no con una pasin lacrimosa y elegiaca, cosa que no estaba
en su carcter, el ms antisentimental que entre otros muchos resec el
Levante indgena, sino con un afecto vivo, sincero y constante. Rafael,
que era un excelente joven, leal, juicioso y noble en su porte y por su
cuna, y que gozaba de un buen patrimonio, era el marido que la familia
de Rita le deseaba. Pero ella, a pesar de la vigilancia de su hermano,
haba entregado su corazn sin saberlo aquel. El objeto de su
preferencia era un joven de ilustre cuna; arrogante mozo, pero jugador;
y esto bastaba para que el hermano de Rita se opusiese de tal modo a sus
amores, que le haba prohibido rigurosamente verle y hablarle. Rita,
con su firmeza de temple y su perseverancia de espaola (que debiera
emplear mejor que lo haca en esto), aguardaba tranquilamente, sin
quejas, suspiros ni lgrimas, que llegase el da de cumplir veintin
aos, para casarse sin escndalo, a pesar de la oposicin de su hermano.
Entre tanto, su amante le paseaba la calle, vestido y montado a lo majo,
en soberbios caballos y se carteaban diariamente.

Aquella noche Rita haba entrado, como siempre, en la tertulia, sin
hacer ruido, y se haba sentado en el sitio acostumbrado, cerca de su
ta, para verla jugar. Esta no haba observado la proximidad de su
sobrina, sino cuando preguntada por el duque acerca del enlace que haba
rehusado, se haba visto obligada a responder.

--Jess! Rita--dijo la marquesa--. Qu susto me has dado! Cmo has
llegado hasta aqu sin que nadie te haya sentido?

--Querais--respondi--que entrase con tambor y trompeta como un
regimiento?

--Pero al menos--repuso la marquesa--, bien hubieras podido saludar a
las gentes.

--Se distraen los jugadores--dijo Rita--; y si no, ved vuestros naipes.
Oros van jugados y ya ibais a hacer un renuncio por echarme una
_peluca_.

Durante este dilogo, Rafael se haba sentado detrs de su prima y le
deca al odo:

--Rita, cundo pido la _dispensa_?

--Cuando yo te avise--contest sin volverle la cara.

--Y qu he de hacer para merecer que llegue ese venturoso instante?

--Encomendarte a mi santa, que es abogada de imposibles.

--Cruel, algn da te arrepentirs de haber rechazado mi blanca mano.
Pierdes el mejor y el ms agradecido de los maridos.

--Y t la peor y la ms ingrata de las mujeres.

--Escucha, Rita--continu Arias--; tiene nuestro to, que est enfrente
de nosotros, alguna custodia en la cabeza, que te impide volver la cara
a quien te habla?

--Tengo una torcedura en el pescuezo.

--Esa torcedura se llama Luis de Haro. Todava ests encaprichada con
ese consumidor de barajas?

--Ms que nunca.

--Y qu dice a eso tu hermano?

--Si te interesa, pregntaselo.

--Y me dejars morir?

--Sin pestaear.

--Hago voto al diablo que est a los pies del San Miguel de la
parroquia, de que le he de dorar los cuernos, si carga de una vez con tu
Luis de Haro.

--Desale mal, que los malos deseos de los envidiosos engordan.

--Parceme que te fastidio--dijo Rafael, despus de algunos minutos de
silencio, viendo bostezar a su prima.

--Hasta ahora no lo habas echado de ver?--respondi Rita.

--Esto es que deseas que me vaya. Ya se ve, como Luis _Barajas_ es tan
celoso!

--Celoso de ti!--respondi su prima, lanzando una de sus carcajadas
repentinas--: tan celoso est de ti como del ingls gordo.

--Gracias por la comparacin, amable primita; y adis para siempre!

--La del humo!--respondi Rita sin volver la cara.

Rafael se levant furioso.

--Qu tenis, Rafael?--le pregunt en tono lnguido una joven, al pasar
delante de ella.

Esta nueva interlocutora acababa de llegar de Madrid, adonde un pleito
de consideracin haba exigido la presencia de su padre. Volva de esta
expedicin completamente modernizada; tan rabiosamente inoculada en lo
que se ha dado en llamar buen tono extranjero, que se haba hecho
insoportablemente ridcula. Su ocupacin incesante era leer; pero
novelas casi todas francesas. Profesaba hacia la moda una especie de
culto; adoraba la msica y despreciaba todo lo que era espaol.

Al or Rafael la pregunta que se le diriga, procur serenarse y
respondi:

--Eloisita, tengo un da ms que ayer y uno menos de vida.

--Ya s lo que tenis, Arias; y conozco cuanto sufrs.

--Eloisita, me vais a meter aprensin como a don Basilio--y se puso a
cantar--. Qu mala cara!

--En vano disimulis; hay lgrimas en vuestra risa, Arias.

--Pero decidme por Dios, Eloisita, lo que tengo, pues es una obra de
misericordia ensear al que no sabe.

--Lo que tenis, Arias, harto lo sabis.

--El qu?

--Una _decepcin_--murmur Elosa.

--Una qu?--pregunt Rafael, que no la entendi.

--Una decepcin--repiti Elosa.

--Ah!, ya!, haba entendido desercin, y mi honor militar se haba
horripilado. En cuanto a decepcin, tengo un ciento, como cada hijo de
vecino, amiga ma; y no es poca el inspiraros lstima en lugar de
agrado, que es lo que ms deseo.

--Pero una hay entre todas que descolora vuestra vida y hace que sea
para vos la felicidad un sarcasmo que os llevar a mirar la tumba como
un descanso y la muerte como una sonriente amiga.

--Ah, Eloisita!--contest Rafael--; un dedo de la mano habra dado por
haber tenido en la accin de Mendigorra tales pensamientos; no que
cuando me llevaron al hospital con un balazo en el costado, maldito si
me sonrean ni la muerte ni la tumba.

--Qu prosaico sois!--exclam indignada Elosa.

--Es esto un anatema, Eloisita?

--No, seor--repuso con irona la interrogada--; es un magnfico
cumplido.

--Lo que es una verdad de a folio--dijo Rafael--es el que estis
lindsima con ese peinado, y que ese vestido es del mejor gusto.

--Os agrada?--exclam la elegante joven, dejando de repente el tono
sentimental--. Son estas telas las ltimas _nouveauts, es gr
Ledru-Rollin._

--No es extrao--dijo Rafael--que se muera por Espaa y por las
espaolas aquel ingls que veis all enfrente y cuya cabeza descuella
sobre todas las plantas del macetero.

--Qu mal gusto!--contest Elosa con un gesto de desdn.

--Dice--continu Rafael--que no hay cosa ms bonita en el mundo que una
espaola con su mantilla, que es el traje que ms favor les hace.

--Qu injusticia!--exclam la joven--. Creen acaso que el sombrero es
demasiado elegante para nosotras?

--Dice--prosigui Rafael--que manejis el abanico con una gracia
incomparable.

--Qu calumnia!--dijo Elosa--. Ya no lo usamos las _elegantas_.

--Dice que esos piececitos tan monos, tan breves, tan lindos, estn
pidiendo a gritos medias y zapatos de seda, en lugar de esas horrendas
botas, borcegues, _brodequines_ o llmense comoquiera.

--Eso es insultamos--exclam Elosa--; es querer que retrogrademos medio
siglo, como dice muy bien la ilustrada prensa madrilea.

--Que los ojos negros de las espaolas son los ms hermosos del mundo.

--Qu vulgaridad! Esos son ojos de las gentes del pueblo, de cocineras
y cigarreras.

--Que el modo de andar de las espaolas tan ligero, tan gracioso, tan
sandunguero, es lo ms encantador que pueda imaginarse.

--Pero no conoce ese seor que nos mira como parias--dijo Elosa--, y
que estamos haciendo todo lo posible para enmendarnos y andar como se
debe?

--Lo mejor ser que le convirtis--dijo Rafael.--Voy a presentrosle.

Arias ech a correr pensando: Elosa tiene blando el corazn y la echa
de romntica: es pintiparada para el mayor, que anda a caza de estos
avechuchos.

Entre tanto, la condesa preguntaba al duque si era bonita la Filomena de
Villamar.

--No es ni bonita ni fea--respondi--. Es morena, y sus facciones no
pasan de correctas. Tiene buenos ojos; es en fin, uno de esos conjuntos
que se ven por dondequiera en nuestro pas.

--Una vez que su voz es tan extraordinaria--dijo la condesa, por honor
de Sevilla--, es preciso que hagamos de ella una eminente _prima donna_.
No podremos orla?

--Cuando queris--respondi el duque--. La traer aqu una noche de
estas, con su marido, que es un excelente msico y ha sido su maestro.

En esto lleg la hora de retirarse.

Cuando el duque se acerc a la condesa para despedirse, esta levant el
dedo con aire de amenaza.

--Qu significa eso?--pregunt el duque.

--Nada, nada--contest ella--; esto significa cuidado!

--Cuidado? De qu?

--Fings que no me entendis? No hay peor sordo que el que no quiere
or.

--Me ponis en ascuas, condesa.

--Tanto mejor.

--Queris, por Dios, explicaros?

--Lo har, ya que me obligis. Cuando he dicho _cuidado_, he querido
decir cuidado con echarse una cadena encima!

--Ah!, condesa--repuso el duque con calor--, por Dios, que no venga una
injusta y falsa sospecha a oscurecer la fama de esa mujer, aun antes de
que nadie la conozca. Esa mujer, condesa, es un ngel.

--Eso por supuesto--dijo la condesa--. Nadie se enamora de diablos.

--Y sin embargo, tenis mil adoradores--repuso sonriendo el duque.

--Pues no soy diablo--dijo la condesa--; pero soy zahor.

--El tirador no acierta cuando el tiro salva el blanco.

--Os aplazo para dentro de aqu a seis meses, invulnerable
Aquiles--repuso la condesa.

--Callad por Dios, condesa--exclam el duque--; lo que en vuestra bella
boca es una chanza ligera, en las bocas de vboras que pululan en la
sociedad, sera una mortal ponzoa.

--No tengis cuidado: no ser yo quien tire la primera piedra. Soy
indulgente como una santa, o como una gran pecadora; sin ser ni lo uno
ni lo otro.

Nada satisfecho sala el duque de esta conversacin, cuando a la puerta
le detuvo el general Santa Mara.

--Duque--le dijo--, habis visto cosa semejante?

--Qu cosa?--pregunt escamado el duque.

--Qu cosa, preguntis!

--S, lo pregunto y deseo respuesta.

--Un coronel de veintitrs aos!

--En efecto, es algo prematuro--contest el duque sonrindose.

--Es un bofetn al Ejrcito.

--No hay duda.

--Es dar un solemne ments al sentido comn.

--Por supuesto!

--Pobre Espaa!--exclam el general, dando la mano al duque y
levantando los ojos al cielo.




Captulo XVII


El duque haba proporcionado a Stein y a su mujer una casa de pupilos, a
cargo de una familia pobre, pero honrada y decente. Stein haba
encontrado en una cmoda, cuya llave le entregaron al tomar posesin de
su aposento, una suma de dinero, bastante a sobrepujar las ms
exageradas pretensiones. Adjunto se hallaba un billete, que contena las
siguientes lneas: _He aqu un justo tributo a la ciencia del
cirujano. Los esmeros y las vigilias del amigo no pueden ser
recompensadas sino con una gratitud y una amistad sincera._

Stein qued confundido.

--Ah, Mara!--exclam, enseando el papel a su mujer--. Este hombre es
grande en todo: lo es por su clase, lo es por su corazn y por sus
virtudes. Imita a Dios, levantando a su altura a los pequeos y los
humildes. Me llama amigo, a m, que soy un pobre cirujano; y habla de
gratitud, cuando me colma de beneficios!

--Y qu es para l todo ese oro?--respondi Mara--; un hombre que
tiene millones, segn me ha dicho la patrona, y cuyas haciendas son
tamaas como provincias. Adems, que si no hubiera sido por ti, se
habra quedado cojo para toda la vida.

En este momento entr el duque y, cortando el hilo a los desahogos de
agradecimiento en que Stein se deshaca, le dijo a su mujer:

--Vengo a pediros un favor: me lo negaris, Mara?

--Qu es lo que podremos negaros?--se apresur a contestar Stein.

--Pues bien, Mara--continu el duque--, he prometido a una ntima amiga
ma que irais a cantar a su casa.

Mara no respondi.

--Sin duda que ir--dijo Stein. Mara no ha recibido del cielo un don
tan precioso como su voz, sin contraer la obligacin de hacer
participar a otros de esa gracia.

--Estamos, pues, convenidos--prosigui el duque. Y ya que Stein es tan
diestro en el piano como en la flauta, tendris uno a vuestra
disposicin esta tarde, as como una coleccin de las mejores piezas de
pera modernas. As podris escoger las que ms os agraden y repasarlas;
porque es preciso que Mara triunfe y se cubra de gloria. De eso depende
su fama de cantatriz.

Al or estas ltimas palabras, los ojos de Mara se animaron.

--Cantaris, Mara?--le pregunt el duque.

--Y por qu no?--respondi esta.

--Ya s--dijo el duque--que habis visto muchas de las buenas cosas que
encierra Sevilla. Stein vive de entusiasmo y ya sabe de memoria a _Cen,
Ponz y Ziga_. Pero lo que no habis visto es una corrida de toros.
Aqu quedan billetes para la de esta tarde. Estaris cerca de m, porque
quiero ver la impresin que os causa este espectculo.

Poco despus el duque se retir.

Cuando por la tarde Stein y Mara llegaron a la plaza, ya estaba llena
de gente. Un ruido sostenido y animado serva de preludio a la funcin,
como las olas del mar se agitan y mugen antes de la tempestad. Aquella
reunin inmensa, a la que acude toda la poblacin de la ciudad y la de
sus cercanas; aquella agitacin, semejante a la de la sangre cuando se
agolpa al corazn en los parasismos de una pasin violenta; aquella
atmsfera ardiente, embriagadora, como la que circunda a una bacante;
aquella reunin de innumerables simpatas en una sola; aquella
expectacin calenturienta; aquella exaltacin frentica, reprimida, sin
embargo, en los lmites del orden; aquellas vociferaciones estrepitosas,
pero sin grosera; aquella impaciencia, a que sirve de tnico la
inquietud; aquella ansiedad, que comunica estremecimientos al placer,
forman una especie de galvanismo moral, al cual es preciso ceder o huir.

Stein, aturdido y con el corazn apretado, habra de buena gana
preferido la fuga. Su timidez le detuvo. Vea que todos cuantos le
rodeaban estaban contentos, alegres y animados, y no se atrevi a
singularizarse.

La plaza estaba llena; doce mil personas formaban vastos crculos
concntricos en su circuito. La gente rica estaba a la sombra; el pueblo
luca a los rayos del sol el variado colorido del traje andaluz.

En los grandes teatros donde brillan la Grisi, Lablache, la Rachel y
Macready, la _sala_ no se llena sino cuando le toca salir al artista
favorito; pero la funcin brbara que se ejecuta en este inmenso circo,
no ha pasado jams por semejante humillacin.

Sali el _despejo_, y la plaza qued limpia. Entonces se presentaron
los picadores montados en sus infelices caballos, que con sus cabezas
bajas y sus ojos tristes parecan (y eran en realidad) vctimas que se
encaminaban al sacrificio[20].

[Nota 20: Damos un sincero parabin al _Clamor Pblico_, por haber tomado la
iniciativa en la prensa espaola, en contra de la inaudita crueldad con
que aqu se trata a los pobres animales, y haber pedido se diese fin a
la agona de los miserables caballos por medio de la puntilla. Como para
nada de lo bueno (para que podra servir) sirve la libertad de imprenta,
tan justa y caritativa advertencia no ha sido atendida.]

Slo con ver a estos pobres animales, cuya suerte prevea, la especie de
desazn que ya senta Stein se convirti en compasin penosa. En las
provincias de la Pennsula que haba recorrido hasta entonces, desoladas
por la guerra civil, no haba tenido ocasin de asistir a estas
grandiosas fiestas nacionales y populares, en que se combinan los restos
de la brillante y ligera estrategia morisca con la feroz intrepidez de
la raza goda. Pero haba odo hablar de ellos y saba que el mrito de
una corrida se calcula generalmente por el nmero de caballos que en
ella mueren. Su compasin, pues, se fijaba principalmente en aquellos
infelices animales, que, despus de haber hecho grandes servicios a sus
amos, contribuido a su lucimiento y quiz salvndoles la vida, hallaban
por toda recompensa, cuando la mucha edad y el exceso del trabajo haban
agotado sus fuerzas, una muerte atroz, que por un refinamiento de
crueldad les obligan a ir a buscar por s mismo: muerte que su instinto
les anuncia, y a la cual resisten algunos, mientras otros, ms
resignados, o ms abatidos, van a su encuentro dcilmente, para
abreviar su agona. Los tormentos de estos seres desventurados
destrozaran el corazn ms empedernido; pero los aficionados no tienen
ojos, ni atencin, ni sentimientos, sino para el toro. Estn sometidos a
una verdadera fascinacin; y esta se comunica a muchos de los
extranjeros ms preocupados contra Espaa y en particular contra esta
feroz diversin. Adems, es preciso confesarlo y lo confesaremos con
dolor. En Espaa, la compasin en favor de los animales es,
particularmente en los hombres, por punto general, un sentimiento ms
bien terico que prctico. En las clases nfimas no existe. Ah, mster
Martn! Cunto ms acreedor sois al reconocimiento de la humanidad, que
muchos filntropos de nuestra poca, que hacen tanto dao a los
hombres, sin aumentar ni en un pice su bienestar![21]

[Nota 21: Mster Martn de Galloway, miembro del Parlamento britnico, fue
quien propuso en l un clebre Bill para evitar y castigar la crueldad
contra los animales. Fund adems una sociedad con el mismo objeto,
sociedad que, aun despus de la muerte de su ilustre fundador, trabaja
con infatigable celo en la lnea de principios y de conducta que le dej
trazada.]

Los toros deleitan a los extranjeros de gusto estragado o que se han
empalagado de todos los goces de la vida, y que ansan por una emocin,
como el agua que se hiela, por un sacudimiento que la avive; o a la
generalidad de los espaoles, hombres enrgicos y poco sentimentales, y
que adems se han acostumbrado desde la niez a esta clase de
espectculos. Muchos, por otra parte, concurren por hbito; otros, sobre
todo las mujeres, para ver y ser vistas; otros que van a los toros, no
se divierten, padecen, pero que quedan, merced a la parte _carneril_,
de que fue liberalmente dotada nuestra humana naturaleza.

Los tres picadores saludaron al presidente de la plaza, precedidos de
los banderilleros y chulos esplndidamente vestidos y con capas de vivos
y brillantes colores. Capitaneaban a todos los primeros espadas y sus
sobresalientes, cuyos trajes eran todava ms lujosos que los de
aquellos.

--Pepe Vera! Ah est Pepe Vera!--grit el concurso--. El discpulo
de Montes! Guapo mozo! Qu gallardo! Qu bien plantado! Qu garbo
en toda su persona! Qu mirada tan firme y tan serena!

--Saben ustedes--deca un joven que estaba sentado junto a Stein--cul
es la gran leccin que da Montes a sus discpulos? Los empuja cruzado de
brazos hacia el toro y les dice: _no temas al toro_.

Pepe Vera se acerc a la valla. Su vestido era de raso color de cereza,
con hombreras y profusas guarniciones de plata. De las pequeas
faltriqueras de la chupa salan las puntas de dos pauelos de holn. El
chaleco de rico tis de plata y la graciosa y breve montera de
terciopelo, completaban su elegante, rico y airoso vestido de majo.

Despus de haber saludado con mucha soltura y gracia a las autoridades,
fue a colocarse, como los dems lidiadores, en el sitio que le
corresponda.

Los tres picadores ocuparon los suyos, a igual distancia unos de otros,
cerca de la barrera. Los matadores y chulos estaban esparcidos por el
redondel. Entonces todo qued en silencio profundo, como si aquella masa
de gente, tan ruidosa poco antes, hubiese perdido de pronto la facultad
de respirar.

El alcalde hizo la sea; sonaron los clarines, que, como harn las
trompetas el da del ltimo juicio, produjeron un levantamiento general,
y entonces, como por magia, se abri la ancha puerta del toril, situada
enfrente del palco de la autoridad. Un toro colorado se precipit en la
arena y fue saludado por una explosin universal de gritos, de silbidos,
de injurios y de elogios. Al or este tremendo estrpito, el toro se
par, alz la cabeza y pareci preguntar con sus encendidos ojos si
todas aquellas provocaciones se dirigan a l, a l, fuerte atleta que
hasta all haba sido generoso y hecho merced al hombre, tan pequeo y
dbil enemigo; reconoci el terreno y volvi precipitadamente la
amenazadora cabeza a uno y otro lado. Todava vacil: crecieron los
recios y penetrantes silbidos; entonces se precipit, con una prontitud
que pareca incompatible con su peso y su volumen, hacia el picador.

Pero retrocedi al sentir el dolor que le produjo la puya de la garrocha
en el morrillo. Era un animal aturdido, de los que se llaman en el
lenguaje tauromquico, _boyantes_. As es que no se encarniz en este
primer ataque, sino que embisti al segundo picador.

Este no le aguardaba tan prevenido como su antecesor, y el puyazo no fue
tan derecho ni tan firme; as fue que hiri al animal sin detenerlo. Las
astas desaparecieron en el cuerpo del caballo, que cay al suelo. Alzse
un grito de espanto en todo el circo; al punto todos los chulos rodearon
aquel grupo horrible; pero el feroz animal se haba apoderado de la
presa y no se dejaba distraer de su venganza. En este momento, los
gritos de la muchedumbre se unieron en un clamor profundo y uniforme,
que hubiera llenado de terror a la ciudad entera si no hubiera salido de
la plaza de los toros.

El trance iba siendo horrible, porque se prolongaba. El toro se cebaba
en el caballo; el caballo abrumaba con su peso y sus movimientos
convulsivos al picador, aprensado bajo aquellas dos masas enormes.
Entonces se vio llegar, ligero como un pjaro de brillantes plumas,
tranquilo como un nio que va a coger flores, sosegado y risueo, a un
joven cubierto de plata, que brillaba como una estrella. Se acerc por
detrs del toro; y este joven, de delicada estructura y de fino aspecto,
cogi de sus manos la cola de la fiera, y la atrajo a s, como si
hubiera sido un perrito faldero. Sorprendido el toro, se revolvi
furioso y se precipit contra su adversario, quien, sin volver la
espalda y andando hacia atrs, evit el primer choque con una media
vuelta a la derecha. El toro volvi a embestir y el joven lo esquiv
segunda vez, con un recorte a la izquierda, siguiendo del mismo modo
hasta llegar cerca de la barrera. All desapareci a los ojos atnitos
del animal y a las ansiosas miradas del pblico, el cual, ebrio de
entusiasmo, atron los aires con inmensos aplausos, porque siempre
conmueve ver que los hombres jueguen as con la muerte, sin baladronada,
sin afectacin y con rostro inalterable.

--Vean ustedes si ha tomado bien las lecciones de Montes! Vean ustedes
si Pepe Vera sabe jugar con el toro--clam el joven sentado junto a
Stein, con voz que a fuerza de gritar se haba enronquecido.

El duque fij entonces su atencin en _Marisalada_. Desde su llegada a
la capital de Andaluca, ahora fue la primera vez que not alguna
emocin en aquella fisonoma fra y desdeosa. Hasta aquel momento nunca
la haba visto animada. La organizacin spera de Mara, demasiado
vulgar para admitir el exquisito sentimiento de la admiracin y
demasiado indiferente y esquiva para entregarse al de la sorpresa, no se
haba dignado admirar ni interesarse en nada. Para imprimir algo, para
sacar algn partido de aquel duro metal, era preciso hacer uso del
fuego y del martillo.

Stein estaba plido y conmovido.

--Seor duque--le dijo con aire de suave reconvencin--. Es posible que
esto os divierta?

--No--respondi el duque con bondadosa sonrisa--, no me divierte; me
interesa.

Entre tanto haban levantado al caballo. El pobre animal no poda
tenerse en pie. De su destrozado vientre colgaban hasta el suelo los
intestinos. Tambin estaba en pie el picador, agitndose entre los
brazos de los chulos, furioso contra el toro y queriendo evitar a viva
fuerza, con ciega temeridad, y a pesar del aturdimiento de la cada,
volver a montar y continuar el ataque. Fue imposible disuadirle; y
volvi, en efecto, a montar sobre la pobre vctima, hundindole las
espuelas en sus destrozados ijares.

--Seor duque--dijo Stein--, quiz voy a pareceros ridculo; pero en
realidad me es imposible asistir a este espectculo. Mara, quieres
que nos vayamos?

--No--respondi Mara, cuya alma pareca concentrarse en los ojos--.
Soy yo alguna melindrosa y temes por ventura que me desmaye?

--Pues entonces--dijo Stein--, volver por ti cuando se acabe la
corrida.

Y se alej.

El toro haba despachado ya un nmero considerable de caballos. El
infeliz de que acabamos de hacer mencin, se iba dejando arrastrar por
la brida, con las entraas colgando, hasta una puerta, por la que sali.
Otros, que no haban podido levantarse, yacan tendidos, con las
convulsiones de la agona; a veces alzaban la cabeza, en que se pintaba
la imagen del terror. A estas seales de vida, el toro volva a la
carga, hiriendo de nuevo con sus fieras astas los miembros destrozados,
aunque palpitantes todava, de su vctima. Despus, ensangrentadas la
frente y las astas, se paseaba alrededor del circo en actitud de
provocacin y desafo, unas veces alzando soberbio la cabeza a las
gradas, donde la gritera no cesaba un momento; otras, hacia los
brillantes chulos, que pasaban delante de l, a manera de meteoros,
clavndole las banderillas. A veces, una red oculta entre los adornos de
la banderilla, salan unos pajarillos y se echaban a volar. Quin sera
el primero a quien se le ocurri la idea de producir este notable
contraste? No tendra, por cierto, intencin de simbolizar a la
inocencia indefensa, alzndose sin esfuerzo sobre los horrores y las
feroces pasiones de la tierra. Ms bien sera una de esas ideas
poticas, que brotan espontneas, aun en los corazones ms duros y
crueles del pueblo espaol, como una planta de _resed_ florece
espontneamente en Andaluca entre los cantos y la cal de un balcn.

A una seal del presidente, sonaron otra vez los clarines. Hubo un rato
de tregua en aquella lucha encarnizada y todo volvi a quedar en
silencio.

Entonces Pepe Vera, con una espada y una capa encarnada en la mano
izquierda, se encamin hacia el palco del Ayuntamiento. Parse enfrente
y salud, en seal de pedir licencia para matar al toro.

Pepe Vera haba echado de ver la presencia del duque, cuya aficin a la
tauromaquia era conocida. Tambin haba percibido a la mujer que estaba
a su lado, porque esta mujer a quien hablaba el duque frecuentemente, no
quitaba los ojos del matador.

Este se dirigi al duque, y quitndose la montera: Brindo--dijo--por
vuestra excelencia y por la real moza que tiene al lado. Y al decir
esto, arroj al suelo la montera con inimitable desgaire y parti adonde
su obligacin le llamaba.

Los chulillos le miraban atentamente, prontos a ejecutar sus rdenes.
El matador escogi el lugar que ms le convena; despus, indicndolo a
su cuadrilla:

--Aqu!--les grit.

Los chulos corrieron hacia el toro para incitarle, y el toro
persiguindolos vino a encontrarse frente a frente con Pepe Vera, que le
aguardaba a pie firme. Aquel era el instante solemne de la corrida. Un
silencio profundo sucedi al tumulto estrepitoso y a las excitaciones
vehementes que se haban prodigado poco antes al primer espada.

El toro, viendo aquel enemigo pequeo, que se haba burlado de su furor,
se detuvo como para reflexionar. Tema sin duda que se le escapase otra
vez. Cualquiera que hubiera entrado a la sazn en el circo, no habra
credo asistir a una diversin pblica, sino a una solemnidad religiosa.
Tanto era el silencio!

Los dos adversarios se contemplaban recprocamente.

Pepe Vera agit la mano izquierda. El toro le embisti: sin hacer ms
que un ligero movimiento, l le pas de muleta, y volviendo a quedar en
suerte, en cuanto la fiera volvi a acometerle, dirigi la espada por
entre las dos espaldillas de modo que el animal, continuando su
arranque, ayud poderosamente a que todo el hierro penetrase en su
cuerpo, hasta la empuadura. Entonces se desplom sin vida.

Es absolutamente imposible describir la explosin general de gritos y de
aplausos que retumbaron en todo el mbito de la plaza. Slo pueden
comprenderlo los que acostumbraban presenciar semejantes lances. Al
mismo tiempo son la msica militar.

Pepe Vera atraves tranquilamente el circo en medio de aquellos
frenticos testimonios de admiracin apasionada, de aquella unnime
ovacin, saludando con la espada a derecha e izquierda, en seal de
gratitud, sin que excitase en su pecho sorpresa ni orgullo un triunfo,
que ms de un emperador romano habra envidiado. Fue a saludar al
Ayuntamiento y despus al duque y a la real moza.

El duque entreg disimuladamente una bolsa de monedas de oro a Mara, y
esta, envolvindola en su pauelo, las arroj a la plaza.

Al hacer Pepe Vera una nueva demostracin de agradecimiento, las miradas
de sus ojos negros se cruzaron con las de Mara. Al mentar este
encuentro de miradas, un escritor clsico dira que Cupido haba herido
aquellos dos corazones con tanto tino, como Pepe Vera al toro. Nosotros,
que no tenemos la temeridad de afiliarnos en aquella escuela severa e
intolerante, diremos buenamente que estas dos naturalezas estaban
formadas para entenderse y simpatizar una con otra, y que en efecto se
entendieron y simpatizaron.

En verdad, Pepe Vera haba estado admirable. Todo lo que haba hecho en
una situacin que le colocaba entre la muerte y la vida, haba sido
ejecutado con una destreza, una soltura, una calma y una gracia que no
se haban desmentido ni un solo instante. Es preciso para esto, que a un
temple firme y a un valor temerario, se agregue un grado de exaltacin
que slo pueden excitar veinticuatro mil ojos que miran y veinticuatro
mil manos que aplauden.




Captulo XVIII


Durante las escenas que hemos procurado describir en el anterior
captulo, Stein daba la vuelta alrededor de Sevilla, siguiendo la lnea
de sus antiguas murallas, alzadas por Julio Csar, como lo testifica
esta inscripcin colocada sobre la puerta de Jerez:

           HRCULES ME EDIFIC;
           JULIO CSAR ME CERC
          DE MUROS Y TORRES ALTAS
          Y EL REY SANTO ME GAN
         CON GARCI-PREZ DE VARGAS.

Volviendo hacia la derecha, Stein pas por delante del convento del
Ppulo, transformado hoy en crcel; all cerca vio la bella puerta de
Triana; ms lejos, la puerta Real, por donde hizo su entrada San
Fernando, y en siglos posteriores, Felipe II. Delante se encuentra el
convento de San Laureano, donde Fernando Coln, hijo del inmortal
Cristbal, fund una escuela y estableci su observatorio. Pas despus
por delante de la puerta de San Juan y la de la Barqueta, a la que se
ligan tantos recuerdos. A cierta distancia, y a orillas del ro, divis
el suntuoso monasterio de San Gernimo, cuya estatua, que se considera
como una de las ms perfectas que han salido jams de las manos de un
artista, adorna hoy el saln principal del museo. Stein hizo entonces
esta reflexin: Habran hecho los antiguos artistas tantas obras
maestras, si en lugar de consagrarlas a la veneracin de las almas
piadosas, a recibir su culto y sus oraciones, hubieran sabido que su
paradero haba de ser un museo, donde estaran expuestas al fro
anlisis de los amigos del arte y de los admiradores de la forma?

Vio despus a San Lzaro, hospital de leprosos, y el inmenso y soberbio
hospital de las Cinco Llagas del Seor, llamado vulgarmente Hospital de
la Sangre, obra magnfica de los Enrquez de Rivera, en que han
consumido millones y cuyo patronato ha reservado la caridad y el celo
pblico del fundador, harto ms grandes que su grande obra, a aquel que
la concluya.

Vio la puerta de la Macarena, que toma su nombre, segn unos, del de
una hija de Hrcules, a quien Julio Csar la consagr; y segn otros,
del de una princesa mora, que all tuvo un palacio. Don Pedro el Cruel
entr por ella muchas veces vencedor, y tambin don Fadrique, cuando el
mismo don Pedro, su hermano, le sacrific a su resentimiento. Pas en
seguida por delante de la puerta de Crdoba, sobre la cual todava se
ve, convertido en capilla, el estrecho encierro en que estuvo preso y
fue martirizado San Hermenegildo por orden de su padre, Leovigildo, rey
de los godos, por los aos del 586. Enfrente de la puerta est el
convento de los Capuchinos, en el mismo sitio que ocup, segn dicen, la
primera iglesia que hubo en Espaa, fundada por el apstol Santiago,
aunque Zaragoza disputa esta gloria a Sevilla. Vio ms lejos el convento
de la Trinidad, en el mismo terreno que ocuparon las crceles romanas; y
el subterrneo en que tuvieron encerradas a las Santas Vrgenes Justa y
Rufina, patronas de la ciudad. En este subterrneo se ha erigido un
altar, en cuyo centro se conserva un pilar de mrmol, al que estuvieron
atadas las santas, y en que grabaron con sus dbiles dedos una cruz que
se ve todava.

Despus de las puertas del Sol y del Osario, hall la de Carmona, una de
las ms bellas del recinto, de donde arranca, en lnea paralela con el
acueducto que provee de agua a Sevilla, el camino real que atraviesa
toda la Pennsula en su longitud, brincando como una cabra, por las
asperezas de Despeaperros. Con esta puerta se liga una ancdota, que
pinta a lo vivo el carcter de los nobles sevillanos de aquel tiempo.
Era en 1540. Por ella salan los sevillanos para ir a socorrer a
Gibraltar. Don Rodrigo de Saavedra llevaba el pendn de la ciudad; pero
la puerta de entonces era tan baja, que el pendn no poda pasar sin
inclinarse. Don Rodrigo pas por encima de la puerta tirando de l con
cuerdas, prefiriendo esta incomodidad a la humillacin de su noble
depsito.

A la mano izquierda estn los grandes y alegres arrabales de San Roque y
San Bernardo, con el jardn del rey, llamado as por haber sido de un
rey moro llamado Benjoar. Stein lleg a la puerta de la Carne, cerca de
la cual est el hermoso cuartel de caballera; dejando a mano derecha la
elegante puerta de San Fernando, edificada en el ao 1760 al mismo
tiempo que la inmediata y magnfica fbrica de tabaco, cuyo costo subi
a treinta y siete millones de reales; y dejando a mano izquierda el
cementerio, esa sima que la muerte se emplea continuamente en llenar,
como las Danaides su tonel, lleg a los hermosos paseos, que son como
ramilletes que adornan la ciudad y las orillas floridas del
Guadalquivir.

El nico ruido que alteraba a la sazn el silencio del hermoso paseo de
las Delicias, era el saludo que hacan las aves al sol en su ocaso. La
inmovilidad del ro era tal, que habra parecido helado si no le
hubieran hecho sonrer de cuando en cuando la caricia del ala de un
pjaro o el salto de algn pececillo juguetn. En la orilla opuesta se
alzaba el convento de los Remedios, con su corona de cipreses, cuyas
elevadas copas se erguan soberbias, sin echar de ver que el edificio se
estaba abriendo en hondas grietas, como una planta abandonada se
marchita cuando no hay una mano que la riegue. Las sombras del
crepsculo empezaban a cubrir la ciudad, mientras que la bella y colosal
estatua de bronce dorado, emblema de la fe, que se enseorea en lo alto
de la Giralda, resplandeca a los ltimos rayos del sol, radiante y
ardiente como la gloria de los grandes hombres que la pusieron all,
coronando la inmensa baslica. Costearon esta de su bolsillo los
cannigos en 1401, sujetndose por ms de un siglo, ellos y sus
sucesores, fuesen quienes fuesen, a vivir en comn, para aplicar todas
sus rentas a la construccin del templo. Ni uno solo falt a este
compromiso, acaso sin ejemplo en la historia de las artes. Magnfico
ejemplo de abnegacin, de entusiasmo religioso y de inteligencia
artstica, que fue digno cumplimiento del memorable acuerdo con que
decretaron la ereccin de aquel templo y que no podemos menos de
consignar! FAGAMOS, dijeron, UNA ECLESIA TAL E TAN GRANDE, QUE EN EL
MUNDO NO HAYA OTRA SU EGUAL, E QUE LOS DEL PORVENIER NOS TENGAN POR
LOCOS.

A la derecha de Stein se elevaba la torre redonda del Oro, cuyo nombre
proviene, segn algunos, de haber sido en otro tiempo depsito del oro
que vena de Amrica. Sin embargo, esta derivacin no es probable,
puesto que tena el mismo nombre antes del descubrimiento del Nuevo
Mundo. Mas verosmil es que procediese de los azulejos amarillos de que
estaba revestida, y algunos de los cuales se conservan an. Esa
antiqusima torre, muy anterior a la era cristiana, enlazada con tantos
recuerdos heroicos, colocada all entre las variadas banderas de los
buques, las rfagas de humo de los vapores, los paseos construidos ayer
y las flores nacidas hoy, con sus cimientos, que cuentan los siglos por
dcadas, es como la clava de Hrcules lanzada en medio de los juguetes
de los nios.

Entre estos recuerdos hay uno de muy pequea importancia, aunque
histrica, que ha excitado muchas veces nuestra sonrisa (cosa rara
cuando se ojean los anales del mundo) y que por otra parte, pinta al
natural al hombre de quien vamos a hablar, al rey don Pedro, cuya
memoria es all la ms popular, despus de la del santo rey Fernando.

Cerca de la torre del Oro hay un muelle que mandaron construir los
cannigos, cuando se edificaba la catedral, para el cmodo desembarco de
los materiales de la obra, y en l cobraban un muellaje de todos los que
all desembarcaban. Don Pedro, apurado de dinero, hizo uso de estos
fondos en calidad de emprstito forzado. Parece que este monarca, muy
joven an, tena la memoria muy flaca en materia de deudas, puesto que
el cabildo pens acudir a la justicia para reclamar el pago de la
contrada. Pero dnde estaba un escribano bastante valiente para
presentarse a don Pedro con una notificacin en la mano? Era necesario
para esto un escribano Cid, o Pelayo, como no suele haberlos en el
mundo. La curia tom sus medidas; y he aqu el arbitrio de que ech
mano. Un da en que el rey se paseaba a caballo cerca del susodicho
muelle, vio venir un batel, que se detuvo a una respetuosa distancia de
su persona. En este batel se hallaba una especie de cuervo o pajarraco
negro de mal agero. El rey qued atnito al ver en el ro esta visin,
porque la gente que de negro se viste, suele ser tan poco aficionada a
Marte como a Neptuno. Pero cunto no crecera su asombro cuando oy una
voz agria que le deca: A vos, don Pedro, intimamos... No pudo decir
ms, porque el rey, echando centellas por los ojos, sac la espada,
aguijone el caballo y se arroj al agua sin reflexionar lo que haca.
Cul no sera el terror del pjaro negro! Dej caer los papeles, se
apoder del remo y se puso en salvo. Es de presumir que el pueblo, tan
admirador del valor temerario, como enemigo de las maniobras judiciales,
aplaudiese este hecho con entusiasmo. Nosotros, que gustamos de todo lo
que es grande, aunque sea una ira real, hemos referido esta ancdota,
porque los pjaros verdaderamente negros, esto es, los que tienen
emponzoada la lengua y la pluma, se han vengado despus, valindose
siempre de sus armas usuales, el ardid y la calumnia; y han calumniado
al infortunio.

Pobre don Pedro! Acaso fue malo, porque fue desgraciado. Su crueldad
fue efecto de la exasperacin; pero tuvo tacto mental, carcter enrgico
y un corazn que saba amar.

Stein, con la cabeza apoyada en las manos, recreaba sus miradas en el
magnfico espectculo que ante ellas se desenvolva y respiraba con
deleite aquella pura y balsmica atmsfera. De cuando en cuando un
clamor prolongado y vivo le arrancaba a su suave xtasis y afectaba
dolorosamente su corazn. Era la gritera de la plaza de toros.

Dios mo!, es posible!--se deca aludiendo a la guerra--, que a
aquello lo llamen gloria y a esto--aludiendo a los toros--lo llamen
placer!




Captulo XIX


_Marisalada_ pasaba su vida consagrada a perfeccionarse en el arte, que
le prometa un porvenir brillante, una carrera de gloria y una situacin
que lisonjeara su vanidad y satisficiera su aficin al lujo. Stein no se
cansaba de admirar su constancia en el estudio y sus admirables
progresos.

Sin embargo, se haba retardado la poca de su introduccin en la
sociedad de las gentes de viso, por una enfermedad del hijo de la
condesa.

Desde los primeros sntomas haba olvidado esta todo cuanto la rodeaba:
su tertulia, sus prendidos, sus diversiones, a _Marisalada_ y sus
amigos, y, antes que a todo, al elegante y joven coronel de que hemos
hablado.

Nada exista en el mundo para esta madre, sino su hijo, a cuya cabecera
haba pasado quince das sin comer, sin dormir, llorando y rezando. La
denticin del nio no poda avanzar, por no poder romper las encas
hinchadas y doloridas. Su vida peligraba. El duque aconsej a la
afligida madre que consultase a Stein; y, verificado as, el hbil
alemn salv al nio con una incisin en las encas. Desde aquel
momento, Stein lleg a ser el amigo de la casa. La condesa le estrech
en sus brazos; y el conde le recompens como podra haberlo hecho un
prncipe. La marquesa deca que era un santo; el general confes que
poda haber buenos mdicos fuera de Espaa. Rita, con toda su aspereza,
se dign consultarle sobre sus jaquecas, y Rafael declar que el da
menos pensado iba a romperse los cascos, para tener el gusto de que le
curase el GRAN FEDERICO.

Una maana, la condesa estaba sentada, plida y desmejorada a la
cabecera de su hijo dormido. Su madre ocupaba una silla muy baja, y,
como antdoto contra el calor, tena el abanico en continuo movimiento.
Rita se haba establecido delante de un gran bastidor y estaba bordando
un magnfico frontal de altar, obra que haba emprendido en compaa de
la condesa.

Entr Rafael.

--Buenos das, ta: buenos das, primas. Cmo va el heredero de los
Algares?

--Tan bien como puede desearse--respondi la marquesa.

--Entonces, mi querida Gracia--continu su primo--, me parece que ya es
tiempo de que salgas de tu encierro. Tu ausencia es un eclipse de sol
visible, que trae consternada a la ciudad. Tus tertulianos lanzan
unnimes suspiros, que van a dejar sin hojas los rboles de las
Delicias. El barn de Maude aade a su coleccin de preguntas, las que
le arranca tu invisibilidad. Ese exceso de amor materno le escandaliza.
Dice que en Francia se permite a las seoras hacer muy bonitos versos
sobre este asunto; pero no toleraran que una madre joven expusiese su
salud, marchitando la frescura de su tez, privndose de reposo y de
alimento, y olvidando su bienestar individual al lado del chiquillo.

--Disparate!--exclam la marquesa--Cmo podr persuadrseme de que hay
un pas en el mundo en que una madre se aleje ni un solo instante de su
hijo cuando est malo?

--Pues el mayor es peor todava--continu Rafael--; al saber lo que
ests haciendo, logr agrandar sus ojos habitualmente espantados y dice
que no crea tan brbaros a los espaoles, que no tuviesen en sus casas
una _nursery_[22].

[Nota 22: _Nursery_ es en las casas inglesas el departamento destinado a los
nios y a las personas que los cuidan, que est retirado y en otro piso.]

--Y qu es eso?--pregunt la marquesa.

--Segn l se explica--prosigui Rafael--, es la Siberia de los nios
ingleses. Sir John apuesta a que te has puesto tan ligera y delgada, que
podrs pasar por hija del Cfiro con ms razn que las yeguas
andaluzas, que gozan de esa reputacin y que en la carrera se quedaran
muy atrs de su yegua inglesa _Atlante_, sin necesidad de derramar una
cuartilla de cebada en el camino para distraerla. Prima, el nico que se
ha consolado de los males de la ausencia ha sido Polo, dando a luz un
tomo de poesas, y con este motivo casi nos hemos reido.

--Cuntanos eso, Rafael--dijo Rita--. Hubiera querido presenciar vuestra
disputa y no me habra divertido poco.

--Ya saben ustedes--dijo Rafael--que todas nuestras modernas
_ilustraciones_ aspiran por todos los medios posibles al ttulo de
_notabilidades_.

--Sobrino--exclam la marquesa--, djate por Dios de esas palabras
extranjeradas, que me degellan.

--Perdonad, ta--sigui Rafael--; pero son necesarias para mi historia y
participan de su esencia. Como estos seores, y, sobre todo, los que han
bebido en manantiales franceses, han visto que en Francia la partcula
_de_ es signo de nobleza, han querido tambin adoptarla; y como en
Espaa no significa absolutamente nada, pueden lisonjear sus odos con
la sonoridad del monoslabo inocente, as como con una cfila de
apellidos, cada uno hijo de su padre y de su madre. Esto puede
deslumbrar a los extranjeros, que ignoran que en Espaa el _de_, y la
muchedumbre de apellidos, son prcticas arbitrarias y pueden usarse _ad
libitum_.

--Por cierto--dijo la marquesa--, es cosa rara que uno ha de ser de
sangre noble, slo por tener dos letras delante del apellido. Las
mujeres casadas aaden al suyo el de sus maridos, con su _de_ corriente,
y as, tu madre firmaba Rafaela Santa Mara de Arias. Hay muchos
apellidos nobles que no lo tienen. En Sevilla, el marqus de C... es J.
P. El conde del A..., F. E. El marqus de M..., A. S. Mi hermano se
llama Len Santa Mara, y el duque de Rivas pone en el frontispicio de
sus obras ngel Saavedra. Volviendo a nuestro Polo--prosigui Rafael--,
no satisfecho con tener un nombre tan adaptado al ttulo de una
coleccin de poesas, se le ocurri la idea de poner tambin el de su
madre, o el de su abuela, segn lo ms o menos armonioso de las slabas,
y tuvo la satisfaccin de estampar con letras gticas en el frontispicio
de su obra: _Por A. Polo de Mrmol_; y qued tan contento al ver en
papel vitela su nombre prosaico prolongado, ennoblecido, sonoro,
distinguido y soberbio, a manera de un paladn antiguo que sale de la
tumba con su armadura mohosa, que se crey otro hombre distinto del que
era antes; se admir y se respet, como aquel oficial portugus que
vindose en el espejo, armado de pies a cabeza, se ech a temblar,
teniendo miedo de s mismo. Su entusiasmo subi a tal punto que mand
grabar sus tarjetas con la recin descubierta frmula, aadiendo un
escudo de armas imaginarias, en que se ve un castillo...

--De naipes--dijo la marquesa, impaciente.

--Un len--continu Rafael--, un guila, un leopardo, un zorro, un oso,
un dragn; en fin, el arca de No de la Herldica; y encima, una corona
imperial. Por desgracia, el grabador, que no era un Estvez ni un
Carmona, no pudo poner cuerdas en una lira, que formaba parte de las
armas de Polo; pero es un pequeo contratiempo, de que nadie hace eso.
Dbale yo la enhorabuena por su nuevo nombre, asegurndole que el nombre
de Mrmol vena de perlas despus del de A. Polo, porque un APolo de
mrmol vala ms que un APolo de yeso; tomndolo l a stira, se puso
tan furioso que me amenaz con escribir una stira contra los humos de
los nobles. Le pregunt si la stira a los nobles se extendera a las
_dem._ Entonces se acord de ti, mi querida prima; lanz un suspiro y
se le cay de las manos la formidable pluma; pein, alis y cubri de
pomada la cabellera serpentina de su Nmesis, y yo me he escapado de una
buena, gracias a los hermosos ojos de mi prima. Pero--aadi Rafael
viendo entrar a Stein--, aqu viene la ms preciada de las _piedras_
preciosas[23]; piedra melodiosa como _Memnon_. Don Federico, ya que sois
observador fisiologista, admirad cmo en todas las situaciones de la
vida son inalterables en Espaa la igualdad de humor, la benevolencia y
aun la alegra. Aqu no tenemos el _schwermuth_ de los alemanes, el
_spleen_ de los ingleses, ni el _ennui_ de nuestros vecinos. Y sabis
por qu? Porque no exigimos demasiado de la vida; porque no suspiramos
en pos de una felicidad alambicada.

[Nota 23: Stein significa en alemn piedra.]

--Es--opin la marquesa--porque solemos tener todas las aficiones
propias de nuestra edad.

--Es--dijo Rita--porque cada uno hace lo que le da la gana.

--Es--observ la condesa--porque nuestro hermoso cielo derrama el
bienestar en nuestro nimo.

--Yo creo--dijo Stein--que es por todo eso y adems por el carcter
nacional. El espaol pobre, que se contenta con un pedazo de pan, una
naranja y un rayo de sol, est en armona con el patricio que se
contenta casi siempre con su destino y se convierte en noble Procusto
moral de s mismo, nivelando sus aspiraciones y su bienestar con su
situacin.

--Decs, don Federico--observ la marquesa--, que en Espaa cada cual
est satisfecho con lo que le ha tocado en suerte. Ah doctor! Cunto
siento decir que ya no somos en esa parte lo que ramos! Mi hermano dice
que en la jerigonza del da hay una palabra inventada por el genio del
mal y del orgullo, especie de palanca a que no resisten los cimientos de
la sociedad y que ha ocasionado ms desventuras a la especie humana que
todo el despotismo del mundo.

--Y cul es esa palabra--pregunt Rafael--, para que yo le corte las
orejas?

--Esa palabra--dijo la marquesa suspirando--es la _noble ambicin._

--Seora--dijo Rafael--, es que a la ambicin le ha entrado la mana
general de nobleza.

--Ta--exclam Rita--, si nos metemos en la poltica, y os ponis a
repetir las sentencias de mi to, os advierto que don Federico va a caer
en esa _quisicosa_ alemana, Rafael en el _spleen_ ingls y Gracia y yo
en el _ennui_ francs.

--Desvergonzada!--dijo su ta.

--Para evitar tamaa desgracia--dijo Rafael--hago la mocin de que
compongamos entre todos una novela.

--Apoyado, apoyado!--grit la condesa.

--Tal destino!--dijo su madre--. Queris escribir algn primor, como
esos que suele mi hija leerme en los folletines que escriben los
franceses?

--Y por qu no?--pregunt Rafael.

--Porque nadie la leer--respondi la marquesa--, a menos de anunciarla
como francesa.

--Qu nos importa?--continu Rafael--. Escribiremos como cantan los
pjaros, por el gusto de cantar, y no por el gusto de que nos oigan.

--Hacedme el favor, a lo menos--prosigui la marquesa--, de no sacar a
la colada seducciones ni adulterios. Pues es bueno hacer a las mujeres
interesantes por sus culpas! Nada es menos interesante a los ojos de las
personas sensatas que una muchacha ligera de cascos, que se deja
seducir, o una mujer liviana que falta a sus deberes. No vayis
tampoco, segn el uso escandaloso de los novelistas de nuevo cuo, a
profanar los textos sagrados de la Escritura. Hay cosa ms escandalosa
que ver en un papelito bruido y debajo de una estampita deshonesta las
palabras mismas de nuestro Seor, tales como: mucho le ser perdonado,
porque am mucho, o aquellas otras: el que se crea sin culpa, trele
la primera piedra? Y todo ello para justificar los vicios! Eso es una
profanacin! No saben esos escritores boquirrubios que aquellas santas
palabras de misericordia recaan sobre las ansias del arrepentimiento y
los merecimientos de la penitencia?

--Cspita!--dijo Rafael--, qu trozo de elocuencia! Ta est
inspirada, iluminada; votar por su candidatura a diputado a Cortes.

--Tampoco vayis--continu la marquesa--a introducir el espantoso
suicidio, que no se ha conocido por ac, hasta ahora, que han logrado
entibiar, sino desterrar la religin. Nada de esas cosas nos pegan a
nosotros.

--Tiene usted razn--dijo la condesa--; no hemos de pintar a los
espaoles como extranjeros; nos retrataremos como somos.

--Pero con las restricciones que exige mi seora marquesa--dijo Stein--,
qu desenlace _romancesco_ puede tener una novela que estribe, como
generalmente sucede, en una pasin desgraciada?

--El tiempo--contest la marquesa--; el tiempo, que da fin de todo, por
ms que digan los novelistas, que suean en lugar de observar.

--Ta--dijo Rafael--, lo que estis diciendo es tan prosaico como el
gazpacho.

--Te matars si me caso con Luis?--le pregunt Rita.

--Yo verdugo, y de mi propia, interesante e inocente persona!, yo mi
propio Herodes! Dios me libre, bella ingrata!--contest Rafael--.
Vivir para ver y gozar de tu arrepentimiento y para reemplazar a tu
Luis Triunfos, si se le antoja ir a jugar al _monte_ con su compadre
Lucifer, en su reino.

--No hagis ostentacin en vuestra novela--prosigui la marquesa--de
frases y palabras extranjeras de que no tenemos necesidad. Si no sabis
vuestra lengua, ah est el diccionario.

--Bien dicho--repiti Rafael--; no daremos cuartel a las _esbeltas_, a
las _notabilidades_ ni a los _dandys_; perversos intrusos, parsitos
venenosos y peligrosos emisarios de la revolucin.

--Ms verdad dices de la que piensas--repuso la marquesa.

--Pero madre--dijo la condesa--; a fuerza de restricciones, nos pondris
en el caso de hacer una insulsez.

--Me fo de tu buen gusto--respondi la marquesa--, y en lo que es capaz
de discurrir e inventar Rafael, para que as no sea. Otra advertencia.
Si nombris a Dios, llamadle por su nombre, y no con los que estn hoy
de moda, _Ser Supremo, Suprema Inteligencia, Moderador del Universo_ y
otros de este jaez.

--Cmo, seora ta!--exclam Rafael--, negis a Dios sus poderes y sus
prerrogativas?

--No por cierto--respondi la marquesa--; pero en el nombre Dios se
encierra todo. Buscar otros ms altisonantes es lo mismo que platear el
oro. Lo mismo me parece eso, que lo que aqu se hace de tejas abajo,
quitando al poder el ttulo de rey para llamarlo presidente, primer
cnsul o protector. Estoy cierta de que antes de haber consumado del
todo su rebelda, Lucifer nombraba a Dios el Ser Supremo.

--Pero ta, no podris negar--observ Rafael--que es ms respetuoso y
aun ms sumiso.

--Anda a paseo, Rafael--contest con impaciencia la marquesa. Siempre
me contradices, no por conviccin, sino por hacerme rabiar. Dale a Dios
el nombre que se dio l mismo; que nadie ha de ponerle otro mejor.

--Tenis razn, madre--dijo la condesa--. Dejmonos de flaquezas, de
lgrimas y de crmenes, y de trminos retumbantes. Hagamos algo bueno,
elegante y alegre.

--Pero Gracia--dijo Rafael--, es menester confesar que no hay nada tan
inspido en una novela como la virtud aislada. Por ejemplo, supongamos
que me pongo a escribir la biografa de mi ta. Dir que fue una joven
excelente; que se cas a gusto de sus padres, con un hombre que le
convena y que fue modelo de esposas y de madres, sin otra flaqueza que
estar un poco templada a la antigua y tener demasiada aficin al
tresillo. Todo esto es muy bueno para un epitafio; pero es menester
convenir que es muy sosito para una novela.

--Y de dnde has sacado--pregunt la marquesa--que yo aspiro a ser
modelo de herona de novela? Tal dislate!

--Entonces--dijo Stein--, escribid una novela fantstica.

--De ningn modo--dijo Rafael--; eso es bueno para vosotros, los
alemanes; no para nosotros. Una novela fantstica espaola sera una
afectacin insoportable.

--Pues bien--continu Stein--: una novela heroica o lgubre.

--Dios nos libre y nos defienda!--exclam Rafael--. Eso es bueno para
Polo.

--Una novela sentimental.

--Slo de orlo--prosigui Rafael--me horripilo. No hay gnero que menos
convenga a la ndole espaola que el llorn. El sentimentalismo es tan
opuesto a nuestro carcter, como la jerga sentimental al habla de
Castilla.

--Pues entonces--dijo la condesa--, qu es lo que vamos a hacer?

--Hay dos gneros que, a mi corto entender, nos convienen: la novela
histrica, que dejaremos a los escritores sabios, y la novela de
costumbres, que es justamente la que nos peta a los medias cucharas como
nosotros.

--Sea, pues; una novela de costumbres--repuso la condesa.

--Es la novela por excelencia--continu Rafael--, til y agradable. Cada
nacin debera escribirse las suyas. Escritas con exactitud y con
verdadero espritu de observacin, ayudaran mucho para el estudio de la
humanidad, de la Historia, de la moral prctica, para el conocimiento de
las localidades y de las pocas. Si yo fuera la reina, mandara
escribir una novela de costumbres en cada provincia, sin dejar nada por
referir y analizar.

--Sera, por cierto, una nueva especie de geografa--dijo Stein
rindose--. Y los escritores?

--No faltaran si se buscaran--respondi Rafael--, como nunca faltan
hombres para toda empresa, cuando hay bastante tacto para escogerlos. La
prueba es que aqu estoy yo, y ahora mismo vais a or una novela
compuesta por m, que participar de ambos gneros.

--As saldr ella--dijo la marquesa--. Don Federico, ya veris algo
parecido a Bertoldo.

--Puesto que mi prima quiere algo bueno y sencillo; mi ta algo moral,
sin pasiones, flaquezas, crmenes ni textos de la Escritura, y mi prima
Rita algo festivo, voy a tomar por asunto la vida honrada y moral de mi
to el general Santa Mara.

--No faltaba ms--dijo la marquesa--sino que fueras a hacer burla de mi
hermano. No me parece que da margen a ello. Vaya!

--No por cierto--replic Rafael--; respeto y aprecio a mi to ms que
nadie en este mundo y s que sus virtudes militares, que a veces pasan
de raya, le han merecido el dictado del Don Quijote del Ejrcito. Pero
nada de esto impide que tambin tenga su historia, porque si madame
Stal ha dicho que la vida de una mujer es siempre una novela, creo que
con igual derecho puede decirse que la vida de un hombre es siempre una
historia. Escuchad, pues, incomparable doctor, la historia de mi to en
compendio. Santiago Len Santa Mara naci predestinado para la noble
carrera de las armas, porque vio la luz del da, o por mejor decir, las
sombras de la noche, en el momento mismo en que la retreta pasaba por
delante de los balcones de la casa, de modo que hizo su entrada en el
mundo a son de caja.

--Eso es cierto--dijo la marquesa, sonrindose.

--Yo no miento jams... cuando digo la verdad--continu gravemente
Rafael--. Como seal de aquella predestinacin, naci con una espada
color de sangre en el pecho, dibujada por mano de la naturaleza con la
mayor propiedad; de modo que todas las comadres del barrio acudieron a
saludar al general _in partibus_ de los ejrcitos de S. M. Catlica.

--No hay tal cosa--dijo la marquesa--; tiene una seal en el pecho, es
verdad; pero es en figura de rbano, un antojo que haba tenido nuestra
madre.

--Observad, doctor--continu Rafael--, que mi ta desprestigia y
_despoetiza_ la historia de su querido hermano. Un rbano en el pecho
de un valiente, en lugar de una orden militar! Vaya, ta, hay cosa ms
ridcula?

--Qu tiene de ridculo--dijo la marquesa--nacer con una seal en el
pecho?

--Prosigue, Rafael--dijo Rita--. Yo no saba ninguna de esas
particularidades. Prosigue sin tantos parntesis.

--Nadie nos corre, querida Rita--dijo Rafael--; qu prisa tenemos? Una
de las ventajas que llevamos a otras naciones, es no vivir a galope,
como corredores intrusos. Conque apenas Len Santa Mara cumpli los
doce aos, entr de cadete en un Regimiento y se puso desde entonces
derecho como un huso, serio como un sermn y grave como un entierro.
Haciendo el ejercicio, y peleando como valiente muchacho en el Roselln,
fue pasando el tiempo y lleg mi to a la edad en que el corazn canta y
suspira.

--Rafael, Rafael--dijo su ta--, cuenta con lo que se habla.

--No tengis cuidado, ta; no hablar ms que de amores platnicos.

--Amores qu?... Hay acaso varias clases de amores?

--El amor platnico--contest Rafael--es el que se encierra en una
mirada, en un suspiro o en una carta.

--Es decir--repuso la marquesa--, la vanguardia; pero ya sabes que el
cuerpo del ejrcito viene detrs; con que doblemos la hoja sobre ese
captulo.

--Seora marquesa--repuso Rafael--, no os apuris. Mi historia ser tal,
que despus de haberla odo cualquiera podr retratar a mi to con la
espada en una mano y la palma en la otra.

Sus primeros amores fueron con una guapa moza de Osuna, donde estaba
acuartelado su Regimiento. El da menos pensado lleg la orden de
marchar. Mi to dijo que volvera, y ella se puso a cantar _Mambr se
fue a la guerra_; y lo estara todava cantando si un labrador grueso no
la hubiera ofrecido su gruesa mano y su gruesa hacienda. Sin embargo, al
principio estuvo inconsolable. Lloraba como las nubes de otoo y no
paraba de exclamar da y noche: Santa Mara, Santa Mara!, tanto que
una criada que dorma cerca, creyendo que su ama estaba rezando las
letanas, no dejaba de responder devotamente: _Ora pro nobis._

Mi to--sigui Rafael--recibi orden de pasar a Amrica; volvi para
tomar parte en la guerra de la Independencia, y no tuvo tiempo para
pensar en amoros. De donde result que, no tratando con ms bellezas
que las que poda hacer marchar a tambor batiente, adquiri tal acritud
de temple, que se le qued el nombre del general _Agraz_.

--Cmo te atreves?...--exclam la ta.

--Ta--contest Rafael--, yo no me atrevo a nada; lo que hago es
repetir lo que otros han dicho. _Pian_ _pianino_ llegaron los sesenta
aos, trayendo en pos la comitiva ordinaria de reumatismos y catarros,
con todas las trazas de convertirse en crnicos. Mi ta y todos los
amigos le aconsejaban que se retirase y se casase para vivir tranquilo.
Fijad las mientes, doctor, en el remedio: casarse para vivir tranquilo!
Ya ve usted que mi ta se siente inclinada a la homeopata.

--Ese sistema nuevo--pregunt la marquesa--que receta estimulantes para
refrescar? No lo creis, doctor, ni vayis a dar esa clase de remedios
al nio.

--Pues como iba diciendo--continu Rafael--, haba aqu una soltera de
edad madura, que no haba querido casarse a gusto de su padre, ni su
padre la haba querido dejar casar a su gusto; este tena muchos humos,
en vista de que su hija se llamaba doa Pancracia Cabeza de Vaca. Ahora
bien, esta noble parte del animal...

La marquesa le interrumpi:

--Rete cuanto quieras, como te res de todo; este es un privilegio que
la naturaleza te ha dado, como al sol el de brillar. Pero sabed, don
Federico, que ese nombre, tan ridculo a los ojos de mi sobrino, es uno
de los ms ilustres y ms antiguos de Espaa. Debe su origen a la
batalla de las Navas de Tolosa...

--La cual--aadi Rafael--se dio por los aos de 1212, y la gan el rey
don Alfonso IX, llamado el Noble, padre de la reina de Francia Blanca,
madre de San Luis; y con aquella hazaa libert a Castilla del yugo de
los sarracenos.

--As es--repuso la marquesa--; todo eso se lo he odo contar a mi
cuada. El Miramamoln, segn ella cuenta, se haba retirado a una
altura donde se atrincher con sus tesoros en una especie de recinto
formado con cadenas de hierro. Un ro separaba esta altura del ejrcito
cristiano. El rey, que no poda pasarlo, estaba desesperado. Entonces se
le present un pastor viejo, con su hopalanda y su capucha, y le
descubri un sitio por donde podra vadear el ro sin dificultad:
Seguid la orilla--le dijo--, aguas abajo, y donde veis la cabeza de
una vaca, que han devorado los lobos, all est el vado. De resultas de
este aviso se gan aquella memorable batalla. El rey, agradecido,
ennobleci al que le haba hecho un servicio tan sealado y le dio a l
y a sus descendientes el nombre de Cabeza de Vaca. Mi cuada dice que
an se conservan en la catedral de Toledo la estatua del pastor patriota
y las cadenas del campo del Miramamoln.

--Seiscientos aos de nobleza--dijo Rafael--son un moco de pavo en
comparacin de la nuestra, porque ha de saber usted, doctor, que el
nombre de Santa Mara eclipsa a todas las Cabezas de Vaca, aun cuando
arranque su rbol genealgico de los cuernos de la que No llev a su
arca. Para que usted lo sepa, somos parientes de la Santa Virgen, nada
menos; y en prueba de ello, una de mis abuelas, cuando rezaba el rosario
con sus criadas, segn la buena costumbre espaola...

--Costumbre que se va perdiendo--interrumpi suspirando la marquesa.

--Deca--prosigui Rafael--: Dios te salve MARA, prima y seora ma,
y los criados respondan: Santa MARA, prima y seora de usa.

--No digas esas cosas delante de extranjeros, Rafael--dijo la condesa--,
porque o estn bastante preocupados contra nosotros para creerlas, o sin
creerlas tienen bastante mala fe para repetirlas. Lo que acabas de
contar es una cosa que todo el mundo sabe; un chiste inventado para
burlarse de las exageradas pretensiones de antigedad que nuestra
familia tiene.

--A propsito de lo que dicen los extranjeros, sabes, prima, que lord
Londonderry ha escrito su _Viaje a Espaa_, en el que dice que no hay
ms que una mujer bonita en Sevilla, y es la marquesa de A...,
desfigurando, por supuesto, su nombre del modo ms extrao?

--Tiene razn--dijo la condesa--; Adela es lindsima.

--Es lindsima--prosigui Rafael--, pero decir que es la nica, me
parece un disparatn de tomo y lomo. El mayor est furioso, y va a
ponerle pleito como calumniador, con plenos poderes de la Giralda, que
se tiene y se califica por la mejor moza de toda Sevilla.

--Eso es ser ms realista que el rey--dijo Rita, con un gracioso
desdn--; y bien puedes asegurar al mayor, en nombre de todas las
sevillanas, que tanto nos da que ese lord nos encuentre feas como
bonitas. Pero sigue con tu historia, Rafael; te quedaste en los
preliminares del casamiento del to.

--Antes que Rafael tome la ampolleta--interrumpi la marquesa--dir a
usted, don Federico, que la nobleza de nuestra familia estaba ya
reconocida en el ao 737, porque uno de nuestros abuelos fue el que mat
al oso que quit la vida al rey godo don Favila, y por eso tenemos un
oso en nuestro escudo de armas.

Rafael se ech a rer con tan estrepitosa carcajada que cort el hilo a
la narracin de su ta.

--Vaya--dijo--, aqu tenemos la segunda parte de _Prima y Seora ma_.
La marquesa tiene una coleccin de datos genealgicos, tan verdicos
unos como otros. Sabe de memoria la de los duques de Alba, que vale un
Per.

--Si quisierais tener la bondad, seora marquesa, de referrmela--dijo
Stein--, os lo agradecera infinito.

--Con mucho gusto--respondi la marquesa--; y espero que daris ms
crdito a mis palabras que ese nio, tan preciado de saber ms que los
que nacieron antes que l. Sabis que nada ennoblece tanto al hombre
como los rasgos de valor.

--Por esa cuenta--dijo Rita--, Jos Mara poda ser noble y algo ms,
grande de Espaa de primera clase.

--Qu amigos de contradecir son mis sobrinos!--exclam la marquesa con
alguna impaciencia. Pues bien: s, seorita. Jos Mara poda ser noble
si no fuera ladrn.

--Ya que se trata de Jos Mara--dijo Rafael--, voy a contar a don
Federico un rasgo de valor de aquel personaje. Lo s de buena tinta.

--No queremos saber las hazaas de los hroes del trabuco--dijo la
marquesa--. Rafael, t hablas sin punto ni coma...

--Escuchad mi aventura de Jos Mara--continu Rafael--. Un ladrn
hroe, caballeroso, elegante, galn y distinguido, es fruta que no nace
sino en nuestro suelo. Vosotros los extranjeros podris tener muchos
duques de Alba, pero seguramente no tendris un Jos Mara.

--Qu dices t?--dijo la marquesa--, que los extranjeros podrn tener
muchos duques de Alba? Pues ya!, fcil era! Escuchad, don Federico:
cuando el santo rey don Fernando estaba delante de los muros de Sevilla,
viendo que el sitio se prolongaba, propuso al rey moro...

--Que se llamaba Axataf por ms seas--interrumpi Rafael.

--Poco importa el nombre--continu la marquesa--; propsole, pues, como
iba diciendo, que se decidiese la suerte de la ciudad sitiada en combate
singular, cuerpo a cuerpo, entre los dos monarcas. El moro tuvo
vergenza de rehusar el reto. El rey Fernando ocult a todo el mundo su
designio, y cuando lleg la hora convenida, sali solo y de noche de sus
reales, encaminndose al puesto sealado. Un soldado de su guardia que
le vio salir, tuvo algunas sospechas de su intento y temeroso de que el
rey cayese en alguna asechanza, se arm y le sigui de lejos. Llegado
que hubo el monarca al sitio que todava se llama la _Fuente del Rey_, y
que era entonces un lugar muy agreste, se detuvo aguardando a que se
presentase el moro.

Pero por ms que aguardaba, el otro en lo menos que pensaba era en
acudir a la cita. As pas la noche, y al clarear el alba, convencido
de que su contrario no vendra, iba a retirarse cuando oy ruido en la
enramada y mand que saliese al frente, quienquiera que fuese.

Era el soldado y obedeci.

Qu haces ah?, pregunt el rey.

Seor--respondi el soldado--, he visto a vuestra majestad salir solo
del campo, e infer su intento; he temido algn lazo y he venido a
defender a su persona.

Solo?, pregunt el rey.

Seor--continu el soldado--, vuestra majestad y yo, acaso no bastamos
para doscientos moros?

Saliste de mis reales soldado--dijo el rey--y entras en ellos duque de
Alba.

--Ya veis, don Federico--dijo Rafael--, que esa leyenda popular arregla
desafos a medianoche y crea duques a pedir de boca.

--Calla por Dios, Rafael--dijo la condesa--, y djanos esta creencia,
pues me gusta esa etimologa.

--S--respondi Rafael--; pero el duque de Alba no le agradecer a tu
madre la _ilustracin_ que quiere darle. Ahora veris lo que hay en el
asunto.

Diciendo estas palabras y echando a correr Rafael, volvi muy pronto con
un libro en folio y en pergamino, que sac de la librera del conde.

--He aqu--dijo--la creacin, privilegios y antigedad de los ttulos de
Castilla, por don Jos Berni y Catal, abogado de los Reales Consejos.
Pgina 140. Conde de Alba, hoy da duque. El primer fue don Fernando
lvarez de Toledo, creado conde de Alba por Juan II, 1439. Don Enrique
IV lo hizo duque en 1469. Esta ilustre y excelsa familia es de sangre
real y ha tenido los primeros empleos de Espaa en guerra y en poltica.
El duque mand todo el ejrcito en la conquista de Flandes y en la de
Portugal, donde hizo maravillas. Esta ilustrsima familia tiene tanto
lustre y tantos mritos, que para enumerarlos sera necesario escribir
volmenes. Ya veis, ta, que la historia que nos habis contado, aunque
muy propagada, es apcrifa.

--No s lo que quiere decir--continu la marquesa--, esa palabra griega
o francesa; pero volviendo a los Santas Maras, este nombre les fue dado
con motivo de...

--Ta, ta--exclam Rita--, hacednos el favor de dispensarnos de or
nuestra historia genealgica. No tenemos bastante con la de los Cabezas
de Vaca y los Albas? Cuando pensis contraer segundas nupcias, entonces
podris lucir estas galas genealgicas a los ojos del favorecido.

--El apellido de los duques de Alba--dijo Stein--es lvarez, y as se
llama tambin mi patrn, que es un buen hombre, lleno de honradez y
tendero retirado. Me causa mucha extraeza ver que en este pas los
nombres ms ilustres son comunes a las clases ms elevadas y a las ms
nfimas. Ser cierto lo que se dice en mi pas, que todos los espaoles
se creen de noble sangre?

--Esa es una confusin de ideas--contest Rafael--, como todas las que
generalmente tienen los extranjeros sobre las cosas de Espaa; y as no
hay ninguno que no crea a puo cerrado que cada gan arando, lleva
colgada a su lado la espada distintiva de caballero. Hay muchos
apellidos generales y como _mancomunes_ en Espaa, no hay duda; pero
esto nace en gran parte de que, en tiempos pasados, los seores que
tenan esclavos les daban sus apellidos al emanciparlos. Estos nombres,
usados por los moros ya libres, debieron multiplicarse, en particular
los de los magnates, a medida que ms esclavos tenan. Algunas de esas
nuevas familias se ilustraron y fueron ennoblecidas, porque muchas
descendan de moros nobles. Pero los grandes de Espaa, que tienen
aquellos mismos nombres, llevan tan a mal ser confundidos con estas
familias, como con las de los artesanos que se hallan en el mismo caso.
Tambin hay que observar que muchos han tomado los nombres de las
localidades de donde provienen, y as tenemos centenares de Medinas,
Castillas, Navarros, Toledos, Burgos, Aragons, etc. En cuanto a esas
aspiraciones a sangre noble que estn tan propagadas entre los
espaoles, es observacin que no carece de fundamento, porque es cierto
que este pueblo tiene orgullo y propensiones delicadas y distinguidas;
pero no deben confundirse estos rasgos de carcter nacional con las
ridculas afectaciones nobiliarias que hemos visto en tiempos modernos.
El pueblo espaol no aspira a engalanarse con colgajos ni a salir de la
esfera en que le ha colocado la providencia; pero da tanta importancia a
la pureza de su sangre, como a su honra; sobre todo en las provincias
del Norte, cuyos habitantes se jactan de no tener mezcla de sangre
morisca. Esta pureza se pierde por un nacimiento ilegtimo; por la menor
y ms dudosa alianza con sangre mulata o juda, as como por los oficios
de verdugo y pregonero, o por castigos infamantes.

--Vlgame Dios--dijo Rita--, qu fastidiosos estn ustedes con su
nobleza! Quieres, Rafael, hacernos el favor de continuar la historia
del to?

--Dale!--exclam la marquesa.

--Ta--respondi Rafael--, no hay cuento desgraciado, como el que lo
cuente sea porfiado. Conque, don Federico, Santa Mara y Cabeza de Vaca
se unieron como dos palomos. Muchas veces he odo decir que mi ta, que
est aqu presente, llor de placer y de ternura al ver tan bien
concertada unin. Mi to tranquiliz los recelos que hubiese podido
inspirarle el nombre de su cara mitad slo con verla.

--Rafael, Rafael!--exclam la marquesa.

--Pero quien qued asombrado--prosigui Rafael fue todo el mundo, y ms
que nadie, mi to, cuando al cabo de nueve meses la Cabeza de Vaca dio a
luz un pequeo Santa Mara, tamao como un abanico, y que pareca
engendrado por una X y una Z, La Cabeza de Vaca se puso ms oronda que
la de Jpiter cuando produjo a Minerva. Hubo, con este motivo, un gran
debate matrimonial. La seora quera que el dulce fruto de su amor se
llamase Pancracio, nombre que, desde la batalla de las Navas de Tolosa,
haba sido el de los primognitos de la familia. Mi to se empestill en
que el futuro representante de los venerables Santa Mara no llevase
otro nombre que el de su padre, nombre sonoro y militar. Mi ta los puso
de acuerdo, proponiendo que se bautizase la criatura con los nombres de
Len Pancracio, de lo que ha resultado que su padre lo ha llamado
siempre Len y su madre siempre Pancracio.

De repente interrumpi esta narracin el general, entrando en la sala,
plido como un muerto, con los labios apretados y lanzando rayos por los
ojos.

--Santo Dios!--dijo Rafael a Rita en voz baja--, quisiera estar ahora
siete estados debajo de tierra, con las estatuas romanas que sirvieron a
los moros para hacer los cimientos de la Giralda.

--Estoy furioso--dijo el general.

--Qu tenis, to?--le pregunt la condesa, colorada como un tomate.

Rita bajaba la cabeza sobre su bordado, mordindose los labios para
sofocar la risa.

La marquesa tena la cara ms larga que la de Don Quijote.

--Esto es peor que burlarse de la gente--continu el general con voz
temblona--: es un insulto!

--To--dijo la condesa suavizando la voz lo ms posible--, cuando no hay
mala intencin, cuando no hay ms que ligereza, atolondramiento, gana de
rer...

--Gana de rer!--interrumpi el general--: rerse de m!, rerse de
mi mujer! Por vida ma, que se le ha de pasar la gana. Ahora mismo voy
a presentar mi queja a la polica.

--A la polica! Ests en tu juicio, hermano?--exclam la marquesa.

--Si salgo con bien de esta--dijo Rafael a Rita--, hago voto a San Juan
el Silenciario de imitarle durante un ao y un da.

--Mi querido Len--prosigui la marquesa--, por Dios te ruego que no des
tanta importancia a una niera. Clmate. Yo s que te ama y te respeta.
Quieres dar un escndalo? Las quejas de familia no deben salir al
pblico. Vamos, Len, hermano, qudese eso entre nosotros.

--Qu ests hablando de quejas de familia?--replic el general
volvindose hacia su hermana--. Qu tiene que ver la familia con las
insolencias inauditas de ese desaforado ingls, que viene a insultar a
la gente del pas?

Al or estas palabras, la hermana y los sobrinos del general respiraron
con holgura, como si se les hubiera quitado una piedra de sobre el
corazn. Su temor de que nuestro cronista hubiese sido odo por el
inflexible veterano, careca de fundamento, y Rafael pregunt con los
tonos ms sonoros de su voz:

--Pues qu ha hecho ese gran anfibio?

--Lo que ha hecho?--contest el general--. Voy a decrtelo. Sabis que,
por desgracia ma, ese hombre vive enfrente de mi casa. Pues bien: a la
una de la noche, cuando todo el mundo est en lo mejor de su sueo, el
mster abre la ventana y se pone... a tocar la trompa!

--Ya s que es furiosamente aficionado a ese instrumento--dijo Rafael.

--Adems de eso--continu el general--, lo hace malsimamente y el soplo
de su vasto pecho saca del instrumento sonidos capaces de despertar a
los muertos de veinte leguas a la redonda; de modo que se ponen a aullar
todos los perros de la vecindad. Con esto tendris una idea de las
noches que nos hace pasar.

Todos los esfuerzos que haban hecho hasta all los oyentes para
contener la risa, fueron infructuosos. La carcajada fue tan simultnea y
tan estrepitosa, que el general call de repente y les ech una mirada
indignada.

--No faltaba ms, sobrinos!, no faltaba ms sino que os parezca asunto
de risa tan descarada insolencia, tal desprecio de las gentes. Reos,
reos!, ya veremos si se reir tambin tu recomendado.

Dijo, y se sali de la pieza tan denodadamente como en ella haba
entrado, con direccin a la polica.

Rita se desternillaba de risa.

--Vlgame Dios, Rita!--dijo la marquesa, que no estaba para fiestas--.
Ms propio sera que te indignases de tamaa falta de seso, que no
rerse de ella.

--Ta--contest la joven--, bien s lo que el caso merece; pero aunque
estuviese en el atad, me haba de rer. Os prometo que, para vengar a
mi to, cuando el mayor moscn venga a chapurrearme piropos, no me
contentar con volverle la espalda, sino que he de decirle: guardad
vuestro resuello para tocar la trompa.

--Mejor haras--dijo Rafael--en imitar a las seoritas extranjeras, que
se ponen coloradas para dar los buenos das y plidas para dar las
buenas noches.

--Eso sera mejor--contest Rita--; pero yo prefiero hacer lo peor.

--A todo esto--dijo Stein con su perseverancia alemana--, me habais
prometido, seor de Arias, contarme un rasgo de valor de Jos Mara.

--Ser para otro da--respondi Rafael--. He aqu a mi general en
jefe--aadi sacando el reloj--: son las tres menos cuarto y a las tres
estoy convidado a comer en casa del capitn general. Doctor, si yo fuera
vos, ira a suministrar los socorros del arte a mi ta Cabeza de Vaca en
el estado crtico en que la ha puesto la trompa del mayor.




Captulo XX


Completamente restablecido ya el nio de la condesa, haba llegado la
noche que esta seora haba fijado para recibir a Mara. Algunos
tertulianos estaban ya reunidos, cuando Rafael Arias entr
precipitadamente.

--Prima--dijo--, vengo a pedirte un favor: si me lo niegas, voy a
derechura a echarme de cabeza... en mi cama, bajo pretexto de una
jaqueca monstruo.

--Jess!--replic la condesa--. De qu modo puedo yo evitar tamaa
desgracia?

--Vas a saberlo--continu Rafael--. Ayer he tenido carta de uno de mis
camaradas de embajada: el vizconde de Saint Lger.

--Qutale el Saint y el vizconde, y deja Lger pelado--repuso el
general.

--Bien--dijo Rafael--; mi amigo, que segn el to no es ni vizconde ni
santo, me recomienda a un prncipe italiano.

--Un prncipe!, pues ya!--dijo con sorna el general--. Por qu no han
de llamarse las cosas por sus nombres? Lo que ser es un carbonario, un
propagandista, una verdadera plaga. Y de dnde es ese prncipe?

--No lo s--repuso Rafael--; lo que s es que la carta dice lo
siguiente: Os agradecer que hagis conocer a mi recomendado las
mujeres ms bellas y amables, las reuniones ms escogidas y las
antigedades ms notables de la hermosa Sevilla, ese jardn de las
Hesprides.

--Jardn del Alczar querr decir--observ la marquesa.

--Es probable--prosigui Rafael--. Cuando me vi encargado de esta tarea,
sin saber a qu santo encomendarme, se me ocurri la luminosa idea de
acudir a mi prima y pedirle licencia para traer al prncipe a su
tertulia, porque de este modo podr conocer las mujeres ms bellas y
amables, la sociedad ms escogida y--aadi en voz baja y sealando con
el dedo la mesa del tresillo--las antigedades ms notables de Sevilla.

--Mira que mi madre est ah--murmur la condesa echndose a rer a
pesar suyo--; eres un insolente.--Y aadi en voz alta--: Tendr mucho
gusto en recibirle.

--Bien, muy bien!--exclam el general, barajando violentamente los
naipes--Mimarlos, abrirles las puertas de par en par, ponerles
andadores!; se divertirn a vuestra costa y despus se burlarn de
vosotros.

--Creed, to--contest Rafael--, que tomamos la revancha. Es cierto que
se prestan a ello admirablemente. Algunos vienen con el nico designio
de buscar aventuras, muy persuadidos de que Espaa es la tierra clsica
de estos lances. El ao pasado tuve uno a cuestas, con esta monomana.
Era un irlands, pariente de lord W.

--S, como yo del Gran Turco!--dijo el general aplicando su muletilla.

--El espritu del hroe de la Mancha--continu Rafael--se haba
apoderado de mi irlands, a quien llamar _Verde Ern_[24] por habrseme
olvidado su verdadero nombre. Una tarde nos pasebamos en la plaza del
Duque. El cielo se oscureci y estall de repente una tormenta; yo
trat de buscar abrigo, pero l sigui paseando porque tena gana de
experimentar una tormenta espaola. A las justas observaciones que le
hice, de que iba a calarse hasta los huesos, contest que todo lo que
tena encima era _water-proof_[25] el sombrero, el gabn, los
pantalones, los guantes, las botas, todo. Le abandon a su suerte.

[Nota 24: Nombre potico de Irlanda.]

[Nota 25: _A prueba de agua_.]

--Es eso creble, Rafael?--dijo la condesa.

--Es ms; es probable--dijo el general--; ningn ingls se va nunca a la
cama sin haber hecho una extravagancia.

--Sigue, Rafael, sigue, hijo--suplic la marquesa--, porque ya preveo
que ese temerario va a saber por experiencia propia que no se debe
tentar a Dios.

--Pues mi Ern--sigui Rafael--estaba recibiendo el agua como el arca de
No, cuando cay un rayo en el rbol bajo el cual se haba sentado.

--Vaya, vaya--gritaron todos--, eso es cuento; cosas de Rafael!

--Como soy, que es la verdad--exclam ste colorado--; informaos, si
queris, de ms de cien personas que presenciaron el lance. Aseguro que
una acacia entera y verdadera se desplom sobre mi pobre Ern. Por
fortuna estaba colocado de tal manera, que evit el choque del tronco,
pero qued preso entre las ramas, como un pjaro en la jaula. En vano
gritaba, en vano prodigaba el juramento nacional y las ofertas de
billetes de banco a los que viniesen a socorrerle. Tuvo que aguantarse
en su prisin vegetal casi todo el chubasco. Al fin pas la tormenta y
volvi a salir la gente a la calle. Acudieron en su ayuda; pero la cosa
no era tan fcil: hubo que traer sierras y hachas y cortar las ramas
ms gruesas. A medida que caan las paredes de su calabozo, se iba
descubriendo parte por parte la triste figura del hijo de Irlanda. Todos
los _water-proof_ haban _fato fiasco_. Sus brazos y sus cabellos, y las
alas del sombrero, pendan tiesos y perpendiculares hacia la tierra.
Pareca un navo empavesado en calma chicha. Imaginaos los chistes, las
bromas que descargara sobre el pobre Ern nuestra gente sevillana, tan
chusca de suyo y tan burlona. El buen hombre tuvo que pasar no slo por
el susto y el aguacero, sino por una risa homrica, de la que en su
tierra no haba tenido ni an idea. Confieso con vergenza que habiendo
vuelto con intencin de reunirme a l, no tuve valor y ech a correr.

--Y no tuvo ms consecuencias ese lance?--pregunt la marquesa--. No
le indujo a meditar?

--Ninguna consecuencia tuvo este accidente, ni en el orden fsico ni en
el moral. Los ingleses tienen siete vidas como los gatos. Lo nico que
result fue destruir su fe en los _water-proof_. Pero no fue esa la ms
trgica de las aventuras de mi hroe. Le haba trado a Espaa una
aficin decidida a ladrones: quera verlos a toda costa. El gusto de ser
robado era su idea, su capricho, el objeto de su viaje; habra dado diez
mil sacos de patatas por ver de cerca a Jos Mara en su hermoso traje
andaluz y con su botonadura de doblones de a cuatro. Traa _ex profeso_
para l un pual con mango de oro y un par de pistolas de Mantn.

--Armar a nuestros enemigos!--exclam el general--. Ese es su prurito.
Siempre los mismos!

--Queriendo irse a Madrid--continu Rafael--, y sabiendo que la
diligencia tena el mal gusto de llevar escolta, se decidi a irse en el
carro del correo. Todos mis argumentos para disuadirle fueron intiles.
Parti en efecto, y ms all de Crdoba, sus ardientes deseos se
realizaron. Encontr ladrones; pero no ladrones de buen tono, no
ladrones _fashionables_ como Jos Mara, que pareca una ascua de oro,
montado en su brioso alazn. Eran ladrones de poco ms o menos:
pedestres, comunes y vulgares. Ya sabis lo que es ser _vulgar_ en
Inglaterra. No hay apestado, no hay leproso que inspire a un ingls
tanto horror como lo que es vulgar. Vulgar! A esta palabra, Albin se
cubre de su ms espesa neblina; los _dandys_ caen en el _spleen_ ms
negro; las _ladys_ se llenan de _diablos azules_[26] las _mises_ sienten
bascas, y las modistas se tocan de los nervios. No es extrao, pues, que
Ern se creyese degradado, dejndose robar por ladrones vulgares; y as
es que se defendi como un len. No defenda, sin embargo, su tesoro,
pues me lo haba confiado hasta su vuelta, y lo que de l tena en ms
estima, consista en una rama del sauce que cubra el sepulcro de
Napolen, un zapato de raso de una bolera, tamao como una nuez, y una
coleccin de caricaturas de lord W..., su to.

[Nota 26: _To have the blue devils_, tener los diablos azules; expresin
familiar inglesa que corresponde a _estar de mal humor_.]

--Eso pinta al hombre--dijo el general.

--Pero yo no hago ms que charlar--dijo Rafael--. Adis, prima. Me voy y
me quedo.

--Y qu? Te vas, dejando al pobre Ern en manos de los ladrones? Es
preciso que acabes tu relacin--dijo la condesa.

--Pues bien--continu Rafael--, os dir en dos palabras que los ladrones
exasperados le maltrataron y dejaron sin conocimiento, atado a un rbol,
donde le hall una pobre vieja, quien hizo le llevasen a su choza y all
le cuid como una madre durante una enfermedad que le result del lance.
Yo estuve algn tiempo sin tener noticias suyas; y como se dice
vulgarmente que la esperanza era verde y se la comi un borrico, ya iba
creyendo que la misma desgracia haba acontecido a mi verde Ern,
cuando me escribi contndome lo ocurrido. Me encargaba que diese diez
mil reales a la mujer que le haba salvado y cuidado, sin tener la menor
idea de quin podra ser, porque su traje, cuando lo descubrieron, era
el mismo con que su madre lo pari. La recompensa era, como veis,
decente; porque es menester ser justos; nadie puede negar que los
ingleses son generosos. Pero aqu viene Polo con una elega en los ojos.
El prncipe me aguarda. Me voy corriendo, aunque me caiga.

Con esto desapareci.

--Jess!--dijo la marquesa--. Rafael me marea; parece hecho de rabos de
lagartijas. Se mueve tanto, gesticula tanto, charla tan sin cesar y tan
deprisa, que me quedo en ayunas de la mitad de las cosas que dice.

--Poco pierdes--dijo el general.

--Pues yo--aadi la condesa--querra a Rafael, por lo mucho que me
divierte, si no le quisiera ya tanto por lo mucho que vale.

--Aqu tienes, querida Gracia--dijo Elosa entrando y abrazando a la
condesa--, el _Viaje de Dumas por el sur de Francia_.

La condesa tom los libros. Polo y Elosa hicieron una disertacin sobre
las obras del escritor; disertacin de cuya lectura dispensamos al
lector, que nos dar gracias por ello.

--Pobre Dumas!--dijo la condesa al coronel.

--Pobre!--exclam el coronel--. Pobre llamis al que es rico y
personaje, al que todos festejan, obsequian y aplauden? O ser porque
algunas veces le critican?

--Porque le critican?--respondi la condesa--; no por cierto; yo me
tomo algunas veces la libertad de hacerlo. Todo el que se presenta al
pblico, le da ese derecho. No digo _pobre_ al orle criticar; lo digo
al or algunos elogios que de l hacen.

--Y por qu, condesa?, el elogio siempre es lisonjero.

--No podr explicarme bien--dijo la condesa--sino por medio de una
comparacin, porque no soy elocuente como Elosa. Hace algn tiempo que
vino a vemos una de nuestras parientas de Jerez, mujer muy devota, cuyo
marido es muy aficionado a las artes. Lo primero que trat de ensearles
fue, por supuesto, nuestra hermosa catedral. En el camino se nos peg,
sin que pudisemos deshacernos de l, otro jerezano, hombre muy
ordinario, pero riqusimo, y tuvimos que conformarnos con que fuese de
nuestra comitiva. Al entrar en aquel sin igual edificio, mi prima alz
la cabeza, cruz las manos, atraves con paso acelerado la nave y se
arrodill baada en lgrimas a los pies del altar mayor. Su marido qued
como arrebatado, sin poder dar un paso adelante. Pero el ricacho
exclam: Buena posesin!, y qu buena bodega hara! Habis
comprendido mi idea?

--Sin duda--respondi el coronel rindose--, que un necio elogio es peor
que una crtica; ya lo dice la fbula de Iriarte:

    Si el sabio no aprueba, malo!
    Si el necio aplaude, peor!

Pero el cuentecillo tiene su buena dosis de sal y pimienta.--Lo sentira
mucho--dijo la condesa--. Es un recuerdo que he tenido al or hacer la
apologa de las obras de Dumas. Tantas exclamaciones vacas y ni
siquiera una palabra de elogio para esa historia de la Magdalena y de
Lzaro, de la que no puedo leer un rengln sin derramar lgrimas!

--Condesa--dijo el coronel--, si alguna vez viene Dumas a Espaa, me
obligo a traerle a vuestros pies para que os d gracias por el modo que
tenis de juzgar sus obras.

--No tendrais gusto en conocerle?

--En general no deja de tener inconvenientes el conocer a escritores de
gran mrito.

--Y por qu, condesa?

--Porque lo comn es que desprestigia al autor. Un amigo mo, persona
de mucho talento, deca que los grandes hombres son al revs de las
estatuas, porque estas parecen mayores, y aquellos ms pequeos, a
medida que uno se les acerca.

En cuanto a m, si alguna vez me meto a autora (lo cual podr suceder,
por aquello de que de poeta y loco todos tenemos un poco), a lo menos
tendr la ventaja de que me oirn sin verme, gracias a mi pequeez, a la
escasa brillantez de mi pluma y a la distancia.

--Creis, pues, que el autor ha de ser uno de los hroes de sus
ficciones?

--No; pero temera verle desmentir las ideas y los sentimientos que
expresa, y entonces se disipara el encanto, porque al leer lo que me
habra arrebatado, no podra apartar de m la idea de que el hombre lo
haba escrito con la cabeza y no con el corazn.

--Cmo escriben esos franceses!--deca entre tanto Elosa, resumiendo
el mencionado certamen literario.

--Qu es lo que no hacen bien esos hijos de la libertad?--repuso Polo.

--Pero seorita--dijo el general--, por qu no leis libros espaoles?

--Porque todo lo espaol lleva el sello de una estupidez
chabacana--respondi Elosa--. Estamos en todos los ramos y conceptos en
un atraso deplorable.

--Qu queris que escriba un escritor culto en este detestable
pas--aadi Polo algo picado--, si no estamos a la altura de nada y
slo podemos imitar? Cmo hemos de pintar nuestro pas y nuestras
costumbres, si nada de elegante, de caracterstico ni de bueno hallamos
en l?

--A no ser--dijo Elosa, con remilgada sonrisa--que celebris con los
alemanes el azahar y las naranjas; con los franceses, el bolero, y con
los ingleses, el vino de Jerez.

--Ah! Eloisita--exclam entusiasmado Polo--, ese chiste es tan
_espiritual_, que si no es francs, merece serlo.

En lo que deca, plagiaba Polo, segn su costumbre, un conocido dicho
francs.

Afortunadamente acababan de _dar un codillo_ al general, lo que hizo que
no oyese este precioso dilogo.

En este momento entr Rafael con el prncipe: le present a la condesa,
la cual le recibi con su acostumbrada amabilidad, pero sin levantarse,
segn el uso espaol.

El prncipe era alto, delgado; representaba cuarenta y cinco aos, y,
aunque prncipe, no de muy distinguida persona ni maneras. Con esto se
hallaba ya reunida toda la tertulia y todos aguardaban con impaciencia a
la cantatriz anunciada, no sin grandes dudas acerca de su mrito.

El mayor Fly se contoneaba en su silla, cerca de las jvenes,
distribuyndolas miradas tan homicidas como los botonazos de su florete.
Sir John tena fijo su lente en Rita, la cual no lo notaba. El barn,
sentado cerca de un oidor viejo, le preguntaba si los moros blanqueaban
sus casas con cal.

--Carezco de datos para responderos--contest el magistrado--. Es punto
que no ha merecido llamar la atencin de Ziga, Ponz, don Antonio
Morales ni Rodrigo Caro.

Qu ignorante!, pensaba el barn.

Qu pregunta tan tonta!, pensaba el oidor.

--Tenis una prima lindsima--dijo el prncipe a Rafael.

--S--respondi este--, es una Ondina de agua de rosa, a quien si el
amor no dio un alma, en cambio se la dio un ngel[27].

[Nota 27: Alusin a la novelita fantstica del autor alemn _La Motte
Fouqut_, nombrada _Ondine_. Est traducida al francs.]

--Y ese general que est jugando y que tiene un aspecto tan
distinguido?

--Es el Nstor retirado del Ejrcito. No tenis en Pompeya una
antigedad mejor conservada.

--Y la seora con quien juega?

--Su hermana, la marquesa de Guadalcanal, una especie de Escorial; es un
slido compuesto de sentimientos monrquicos y monacales, con un
corazn, panten de reyes sin trono.

En esto se oy un gran ruido. Era el mayor, que al levantarse para ir a
reunirse con Rafael, haba echado a rodar una maceta.

--El mayor--dijo Rafael--anuncia su llegada. Sin duda viene a suspirar
como un rgano, por el poco caso que de l hacen las damas.

--Sern delicadas de gusto--repuso el prncipe--, pues el mayor tiene
una hermosa figura.

--No digo que no--dijo Rafael--; es el ms bello Sansn del mundo; pero,
en primer lugar, tiene una Dalila que va a ser muy en breve legtima
(gracias a los millones que ha ganado su padre con el t y con el opio).
Ella le aguarda entre las nieblas de su isla, mientras que l se recrea
bajo el hermoso cielo andaluz. Adems, prncipe, los extranjeros que
vienen a Espaa, tienen la preocupacin de contar entre los goces que se
proponen disfrutar, esto es, el buen clima, los toros, las naranjas y
el bolero, _las conquistas amorosas_; y muchas veces se llevan chasco.
Cuntas quejas he odo yo de los que entraron como Csares y salieron
como Daros!

Entre tanto, el barn se haba acercado a las mesas y vea jugar.

--La seora--dijo, hablando con la marquesa--es la madre...

--De mi hija, s, seor--respondi la marquesa.

Rita lanz una de sus carcajadas repentinas.

--Barn--dijo la condesa, cuyo sof estaba cerca de la mesa del juego--,
sois aficionado a la msica?

--S, seora--respondi el barn--. La admiro y la venero; es decir, la
msica profunda, sabia, seria; la msica filosfica, como la han
entendido Haydn, Mozart y Beethoven.

--Qu est diciendo?--pregunt el general a Rafael, que se haba
acercado para saludar a Rita--Msica seria y sabia! La filosofa del
taral! Cmo pueden decirse tamaos desatinos delante de gentes
sensatas? Yo crea que los franceses no gustaban ms que de romances y
de contradanzas.

--Qu queris, to?--respondi Arias--. Los silfos de los jardines de
Lutecia se han convertido en gnomos teutnicos de la Selva Negra.

--No por eso son ms amables--aadi la marquesa.

Rafael, huyendo del mayor, se intercal en los grupos que formaban los
tertulianos. Lleg al de las jvenes, algunas de las cuales eran sus
parientas. Entre ellas tena gran partido, pero viendo que no les haca
caso por atender a sus recomendados, se haban conjurado contra l y
queran vengarse. Apenas se les acerc, cuando todas quedaron de repente
graves y silenciosas.

--Si me habr convertido yo, sin saberlo, en cabeza de Medusa?--dijo
Arias.

--Ah!, eres t?--dijo una de las conspiradoras.

--Me parece que s, Clarita--respondi Rafael.

--Es que hace tanto tiempo que no te veo, que ya te desconoca. Me
parece que ests avejentado. Cmo has podido separarte de tus
extranjeros?

--Mos!--repuso Arias--, renuncio la propiedad, Y en cuanto a haber
envejecido, cuando yo nac, Clarita, era ya el siglo mayor de edad; por
consiguiente, ajusta la cuenta.

--Sern los afanes y fatigas que te dan tus recomendados los que te han
puesto viejo.

--Hay quien dice--aadi otra muchacha--que los extranjeros estn
haciendo una suscripcin para levantarte una estatua.

--Y que la reina te va a crear MARQUS DE ITLICA[28]--dijo otra.

[Nota 28: Santi-Ponce, la Itlica romana, donde se ven muchas antigedades,
que visitan los extranjeros que van  Sevilla.]

--Y que estn gastadas las losas del Alczar con tus botas.

--Y que el San Flix de Murillo te conoce de vista, y te da la bendicin
cuando te ve llegar con un nuevo admirador.

--Seoritas--exclam Rafael--, es esta una declaracin de guerra, una
conspiracin? En qu quedamos?

Entonces siguieron todas interpelndole como un fuego graneado.

--Jess, Arias, olis a carbn de piedra! Rafael, mira que cuando
hablas, tienes dejo. Arias, se os ha pegado el _desgavilo_. Arias, te
vas volviendo rubio. Rafael, cntale al barn:

       Cuando el rey de Francia
    toca el violn,
    dicen los franceses
    U, u, U, U, u.

--Arias--dijo Polo--, parecis un oso en medio de un enjambre de abejas.

--La comparacin--respondi Arias--no es muy potica, para ser de un
discpulo de las nueve solteronas. Apolo recusar ser tocayo vuestro.
Pero quedaos como la rosa entre estas abejas, prodigndoles los raudales
de vuestra miel hiblea, mientras yo voy por un paraguas que me preserve
del aguacero.

En este momento, los tertulianos, que estaban reunidos junto a la puerta
del patio, hicieron calle para dejar entrar a Mara, a quien el duque
conduca por la mano; Stein los segua.




Captulo XXI


Mara, dirigida en su tocador por los consejos de su patrona, se
present malsimamente pergeada. Un vestido de _foulard_ demasiado
corto, y matizado de los ms extravagantes colores; un peinado sin
gracia, adornado con cintas encarnadas muy tiesas; una mantilla de tul
blanco y azulado guarnecida de encaje cataln, que la haca parecer ms
morena: tal era el adorno de su persona, que necesariamente deba
causar, y caus, mal efecto.

La condesa dio algunos pasos para salir a su encuentro. Al pasar junto a
Rafael, este le dijo al odo, aplicando las palabras de la fbula del
cuervo de De la Fontaine:

--Si el gorjeo es como la pluma, es el fnix de estas selvas.

--Cunto tenemos que agradeceros--dijo la condesa a Mara--vuestra
bondad en venir a satisfacer el deseo que tenamos de oros! El duque
os ha celebrado tanto!

Mara, sin responder una palabra, se dej conducir por la condesa a un
silln colocado entre el piano y el sof.

Rita, para estar ms cerca de ella, haba dejado su puesto ordinario y
colocdose junto a Elosa.

--Jess!--dijo al ver a Mara--, si es ms negra que una morcilla
extremea.

--No parece--aadi Elosa--sino que la ha vestido el mismsimo enemigo.
Parece un Judas de Sbado Santo. Qu os parece, Rafael?

--Aquella arruga que tiene en el entrecejo--respondi Arias--le da todo
el aspecto de un unicornio.

Entre tanto, Mara no descubri el menor sntoma de cortedad ni de
encogimiento en presencia de una reunin tan numerosa y tan lucida; ni
se desmintieron un solo instante su inalterable calma y aplomo. Con la
ojeada investigadora y penetrante, con la comprensin viva y con el tino
exacto de las espaolas, diez minutos le bastaron para observar y
juzgarlo todo.

Ya estoy--deca en sus adentros y dndose cuenta de sus
observaciones--. La condesa es buena y desea que me luzca. Las jvenes
elegantes se burlan de m y de mi compostura, que debe ser espantosa.
Para los extranjeros, que me estn echando el lente con desdn, soy una
Doa Simplicia de aldea; para los viejos, soy cero. Los otros se quedan
neutrales, tanto por consideracin al duque que es mi patrn, y lo
entiende, como para lanzarse despus a la alabanza o la censura, segn
la opinin se pronuncie en pro o en contra.

Durante todo este tiempo, la buena y amable condesa, haca cuantos
esfuerzos le eran posibles para ligar conversacin con Mara; pero el
laconismo de sus respuestas frustraba sus buenas intenciones.

--Os gusta mucho Sevilla?--le pregunt la condesa.

--Bastante--respondi Mara.

--Y qu os parece la catedral?

--Demasiado grande.

--Y nuestros hermosos paseos?

--Demasiado chicos.

--Entonces, qu es lo que ms os ha gustado?

--Los toros.

Aqu se par la conversacin.

Al cabo de diez minutos de silencio, la condesa le dijo:

--Me permits que ruegue a vuestro marido que se ponga al piano?

--Cuando gustis--respondi Mara.

Stein se sent al piano. Mara se puso en pie a su lado, habindola
llevado por la mano el duque.

--Tiemblas, Mara?--le pregunt Stein.

--Y por qu he de temblar yo?--contest Mara.

Todos callaron.

Observbanse diversas impresiones en las fisonomas de los concurrentes.
En la mayor parte, la curiosidad y la sorpresa; en la condesa, un
inters bondadoso; en las mesas de juego, o, como deca Rafael, en la
cmara alta, la ms completa indiferencia.

El prncipe se sonrea con desdn.

El mayor abra los ojos, como si pudiera or por ellos.

El barn cerraba los suyos.

El coronel bostezaba.

Sir John se aprovech de aquel intervalo para quitarse el lente y
frotarlo con el pauelo.

Rafael se escap al jardn para echar un cigarro.

Stein toc sin floreos ni afectacin el ritornelo de _Casta Diva_. Pero
apenas se alz la voz de Mara, pura, tranquila, suave y poderosa,
cuando pareci que la vara de un conjurador haba tocado a todos los
concurrentes. En todos los rostros se pint y se fij una expresin de
admiracin y de sorpresa.

El prncipe lanz involuntariamente una exclamacin.

Cuando acab de cantar, una borrasca de aplausos estall unnimemente en
toda la tertulia. La condesa dio el ejemplo, palmoteando con sus
delicadas manos.

--Vlgame Dios!--exclam el general, tapndose los odos--. No parece
sino que estamos en la plaza de toros.

--Djalos, Len--dijo la marquesa--; djalos que se diviertan. Peor
fuera que estuvieran murmurando del prjimo.

Stein haca cortesas hacia todos lados. Mara volvi a su asiento, tan
fra, tan impasible como de l se haba levantado.

Cant despus unas variaciones verdaderamente diablicas, en que la
meloda quedaba oscurecida en medio de una intrincada y difcil
complicacin de floreos, trinos y _volatas_. Las desempe con admirable
facilidad, sin esfuerzo, sin violencia, y causando cada vez ms
admiracin.

--Condesa--dijo el duque--, el prncipe desea or algunas canciones
espaolas, que le han celebrado mucho. Mara sobresale en este gnero.
Queris proporcionarle una guitarra?

--Con mucho gusto--respondi la condesa.

Al punto fue satisfecho su deseo.

Rafael se haba colocado junto a Rita, habiendo instalado al mayor al
lado de Elosa. Esta procuraba persuadir al ingls de que las espaolas
se iban poniendo al nivel de las extranjeras, en cuanto a tierna
afectacin y artificio, porque ya se sabe que los que imitan
servilmente, lo que copian siempre mejor son los defectos.

--Qu ojos tiene!--deca Rafael a su prima--. Qu bien guarnecidos de
grandes y negras pestaas! Tienen el color y el atractivo del imn.

--T s que eres un imn para los extranjeros--respondi Rita--. Por
qu has colocado al mayor cerca de Elosa? Escucha las simplezas que le
est diciendo. Te advierto, primo, que vas adquiriendo la facha y el
garbo de un _Diccionario_.

--Dale y ms dale!--exclam Rafael, descargando un golpe a puo cerrado
en el brazo del silln--. No se trata de eso, Rita; se trata del amor
que te tengo y que durar eternamente. Ningn hombre ama en toda su vida
ms que a una mujer, en _efectivo_. Las otras se aman en _papel_.

--Ya lo s--dijo Rita--. Bastantes veces me lo ha repetido Luis. Pero
sabes lo que digo? Que te vas volviendo un cansadsimo reloj de
repeticin.

--Qu significa esto?--grit Elosa, viendo que traan la guitarra.

--Parece que vamos a tener canciones espaolas--dijo Rita--, y me
alegro infinito. Esas s que animan y divierten.

--Canciones espaolas!--clam Elosa, indignada--. Qu horror! Eso es
bueno para el pueblo; no para una sociedad de buen tono. En qu est
pensando Gracia? Ved por qu los extranjeros dicen con tanta razn que
estamos atrasados: porque no queremos amoldar nuestros modales y
nuestras aficiones a las suyas; porque nos hemos empestillado en comer a
las tres y no queremos persuadirnos, que todo lo espaol es ganso _a
nativitate_.

--Pero--dijo el mayor en mal espaol--, creo que hacen muy bien,
_indeed_, en ser lo que son.

--Si es esto un cumplimiento--respondi enfticamente Elosa--, es tan
exagerado que ms bien parece burla.

--Ese seor italiano--dijo Rita--es el que ha pedido canciones
espaolas. Es aficionado y lo entiende; conque es prueba de que merecen
ser odas.

--Elosa--aadi Rafael--, las barcarolas, las tirolesas, el _ranz des
vaches_, son canciones populares de otros pases. Por qu no han de
tener nuestras boleras y otras tonadas del pas el privilegio de entrar
en la sociedad de la gente decente?

--Porque son ms vulgares--contest Elosa.

Rafael se encogi de hombros; Rita solt una de sus carcajadas; el mayor
se qued en ayunas.

Elosa se levant, pretext una jaqueca y se sali acompaada de su
madre, a quien iba diciendo:

--Spase a lo menos que hay seoritas en Espaa bastante finas y
delicadas para huir de semejantes chocarreras.

--Qu desgraciado ser el Abelardo de esa Elosa!--dijo Rafael al verla
salir.

Mara, adems de su hermosa voz y de su excelente mtodo, tena, como
hija del pueblo, la ciencia infusa de los cantos andaluces, y aquella
gracia que no puede comprender y de que no puede gozar un extranjero,
sino despus de una larga residencia en Espaa y slo identificndose,
por decirlo as, con la ndole nacional. En esta msica, as como en los
bailes, hay una abundancia de inspiracin, un atractivo tan poderoso,
tal serie de sorpresas, quejas, estallidos de gozo, desfallecimientos,
muestras de despego y atraccin; una cierta cosa que se entiende y no se
explica; y todo esto tan determinado, tan arreglado al comps, tan
arrullado, si es lcito decirlo as, por la voz en el canto y por los
movimientos en el baile; la exaltacin y la languidez se suceden tan
rpidamente, que suspenden, embriagan y cautivan al auditorio.

As es que, cuando Mara tom la guitarra y se puso a cantar:

       Si me pierdo, que me busquen
    al lado del Medioda,
    Donde nacen las morenas,
    y donde la sal se cra,

la admiracin se convirti en entusiasmo. La gente joven llevaba el
comps con palmadas, repitiendo _bien, bien,_ como para animar a la
_cantaora_. Los naipes se cayeron de las manos de los formales
jugadores; el mayor quiso imitar el ejemplo general, y se puso tambin a
palmotear sin ton ni son. Sir John afirm que aquello era mejor que el
_God save the Queen_. Pero el gran triunfo de la msica nacional fue que
el entrecejo del general se desarrug.

--Te acuerdas, hermano--le pregunt la marquesa sonrindose--, cuando
cantbamos el zorongo y el trpoli?

--Qu cosas son zorongo y trpoli?--pregunt el barn a Rafael.

--Son--respondi--los progenitores del _sereni_, de la _cachucha_, y
abuelos de la _jaca_ _de terciopelo_, del _vito_ y de otras canciones
del da.

Esas peculiaridades del canto y del baile nacional de que hemos hablado,
podran parecer de mal gusto y lo seran ciertamente en otros pases.
Para entregarse sin reserva a las impresiones que llevan consigo
nuestras tonadas y nuestros bailes, es preciso un carcter como el
nuestro; es preciso que la grosera y la vulgaridad sean, como lo son en
este pas, dos cosas desconocidas; dos cosas que no existen. Un espaol
puede ser insolente; pero rara vez grosero, porque es contra su natural.
Vive siempre a sus anchas, siguiendo su inspiracin, que suele ser
acertada y fina. He aqu lo que da al espaol, aunque su educacin se
haya descuidado, esa naturalidad fina, esa elegante franqueza que hace
tan agradable su trato.

Mara sali de casa de la condesa tan plida e impasible como en ella
haba entrado.

Cuando la condesa qued sola con los suyos, dijo con aire de triunfo a
Rafael:

--Y ahora, qu dices, mi querido primo?

--Digo--contest Rafael--que el gorjeo es mejor que la pluma.

--Qu ojos!--exclam la condesa.

--Parecen--dijo Rafael--dos brillantes negros en un estuche de cuero de
Rusia.

--Es grave--dijo la condesa--; pero no engreda.

--Y tmida--sigui Rafael--, como una manola de Lavapies.

--Pero qu voz!--aadi la condesa--. Qu divina voz!

--Ser preciso--dijo Rafael--grabar en su tumba el epitafio que los
portugueses hicieron para su clebre cantor Madureira.

           Aqui yaz  senhor de Madureira,
        o melhor cantor do mundo:
        que morreu porque Deus quiseira,
        que si non quiseira naon morreira;
        e por que lo necesit nasua capella,
        djole Deus: canta. Cantou cosa bella!
        Dijo Deus  os anjos: id vos  pradeira,
        Que melhor canta  senhor de Madureira.

--Rafael--dijo la condesa--, mofador eterno, quin se escapa de tus
tijeras? Voy a mandar hacer tu retrato en figura de pjaro burln, como
se ha hecho el de Paul de Kock en forma de gallo.

--De esa suerte--repuso Rafael al irse--har una Arpa masculina, lo
cual tendr la ventaja de que se pueda propagar la casta.




Captulo XXII


Haba pasado el verano y era llegado septiembre; los das conservaban
an el calor del verano, pero las noches eran ya largas y frescas.
Seran las nueve y an no haba en la tertulia de la condesa sino las
personas ms allegadas y de mayor confianza, cuando entr Elosa.

--Toma asiento en el sof, a mi lado--le dijo la duea de la casa.

--Te lo agradezco, Gracia; pero vuestros sofs de aqu, son muebles
rellenos de estopas o crin: son de lo ms duro e _inconfortable_ que
darse puede.

--As son ms frescos, hija ma--dijo Rita, a cuyo lado se haba sentado
Elosa en una estudiada postura.

--Sabis lo que se dice?--dijo a esta ltima el poeta Polo, jugando con
su guante amarillo y extendiendo la pierna para lucir un lindo calzado
de charol--. Se dice que nombran a Arias mayor de la plaza; pero lo creo
un solemne _puff_.

--Cosas de lugarn, de poblachn, de villorro como es este--repuso
remilgadamente Elosa--. Rafael merece mejor. Es un hombre muy
_espiritual_, un joven muy _Fashionable_ y un bravo militar.

--Qu estis diciendo, seorita?--pregunt el general, que absorto
escuchaba la conversacin de los dos jvenes de buen tono.

--Digo, seor, que vuestro sobrino es un bravo oficial.

--Y qu queris decir con eso?

--Seor, lo que dice su hoja de servicio y repiten todos los que lo
conocen; que se ha distinguido en la guerra como un hombre de honor.

--Pues... si lo habis querido decir, por qu no lo habis dicho?,
segn la clebre expresin de don Juan Nicasio Gallego, el cual, as
como el duque de Rivas, Quintana, Bretn, Martnez de la Rosa,
Hartzenbusch y otros muchos, han cometido la pifia de ser hombres
eminentes y poetas de primer rango sin dejar de ser espaoles en la
forma ni en la esencia. Habis por ventura querido decir valiente?

--Pues es claro, general, acaso no lo he dicho?

--No, seorita--dijo impaciente el general--, lo que habis dicho es
_bravo_, epteto que slo he odo aplicar a los toros montaraces y a
los indios salvajes para ponderar su brutal fiereza. No usis a fe ma,
tal palabra, por falta de voces adecuadas al caso, pues adems de
_valiente_, tenis puestas en uso otras muchas, como son: bizarro,
valeroso, denodado.

--Jess, seor, esas son voces anticuadas, muy vulgares y muy gansas; es
preciso admitir las que introduce la elegancia y el buen tono, psele al
_Diccionario_ y a sus ramplones compiladores y secuaces.

--Hay paciencia para esto!--exclam el general tirando los naipes.

--Qu es lo que exalta de esta suerte la bilis de nuestro
to?--pregunt Rafael, que haba entrado, a su prima Rita.

--La noticia que corre.

--Qu noticia?

--Que te nombran mayor de plaza y lo ha tomado por una irona.

--Tiene razn; yo no puedo aspirar a ms dictado que al _ms chico_ _de
la plaza._ Pero traigo una noticia que puede aspirar con razn a la
primera categora.

--Una noticia? Una noticia es un patrimonio de todos. As, sultala
pronto.

--Pues han de saber ustedes--dijo Rafael levantando la voz--que la Grisi
de Villamar est ajustada para salir a las tablas a lucir su voz.

--Oh!, qu felicidad!--exclam Elosa--, el que algn evento notable
saque a esta montona Sevilla del carril rutinario en que vegeta desde
que San Fernando la fund.

--La conquist--le dijo por lo bajo su simptico amigo Polo.

Pero Elosa, sin atenderle, prosigui:

--En qu pera har su debut?

--Pues qu, se ha ajustado para salir a las tablas de Bu?--pregunt la
marquesa.

--S, ta--respondi Rafael--, y Stein de _cancn_ es una pieza
compuesta expresamente para ambos.

--Tales cosas!--exclam la buena seora.

--Madre, no echis de ver que Rafael se est chanceando, segn su
loable e inveterada costumbre?--dijo la condesa.

--Desde que se ha dado _La pata de cabra_, ningn ttulo de piezas
teatrales me sorprende--repuso la marquesa; y desde que se han
representado la _Lucrecia, ngela, Antony y Carlos el Hechizado_, no hay
argumento que se me haga increble.

--Como el teatro es la _escuela de las costumbres_--dijo con irona el
general--, lo ponen al nivel de las que quieren introducir.

--Qu bien opinan los franceses, cuando dicen que pasados los Pirineos
empieza el frica!--deca entre tanto a media voz Elosa a Polo.

--Desde que ellos ocupan parte del litoral--repuso este--ya no lo dicen;
sera hacernos demasiado favor.

Elosa sofoc una carcajada en su diminuto pauelo guarnecido de encaje.

--Aquellos estn conspirando--dijo Rita a Rafael--. Polo tiene una
mquina infernal entre sus gafas y sus ojos, y Elosa esconde en el
pauelo que lleva a la boca, una asonada en escabeche de almizcle contra
la pcara estacionaria Espaa.

--Ca!, no son conspiradores--repuso Rafael.

--Pues qu son, mquina infernal de contradiccin?

--Son...; yo te lo dir para que los juzgues en toda su altura.

--Acaba, pesado.

--Son--dijo solemnemente Rafael--_regeneradores incomprendidos_.

Algunas noches despus de esta escena, las vastas galeras de la casa de
la condesa estaban desiertas. No se vean all ms figuras que las del
antiguo testamento, como Arias llamaba a los jugadores de tresillo.

--Cmo tardan!--dijo la marquesa--. Las once y media y todava no
parecen.

--El tiempo--dijo su hermano--no parece largo a los filarmnicos, cuando
estn en la pera pasmndose de gusto como unos _panarras_.

--Quin haba de pensar--continu la marquesa que esa mujer tendra los
estudios y el valor necesarios para salir tan pronto a las tablas?

--En cuanto a los estudios--dijo el general--, una vez que se sabe
cantar no se necesita tantos como t crees.

En cuanto al valor, no quisiera ms que un regimiento de granaderos por
ese estilo, para asaltar a Numancia o Zaragoza.

--Contar a ustedes lo que ha pasado--dijo entonces uno de los
concurrentes--. Cuando lleg, hace tres meses, esta compaa italiana,
nuestra _prima donna_ futura tom por temporada uno de los palcos ms
prximos al tablado. No falt a una sola representacin y aun logr
asistir a los ensayos. El duque consigui de la primera cantatriz que la
diese algunas lecciones, y despus, del empresario, que la ajustase en
su compaa. Pero el ajuste a que se prest el empresario, fue en
calidad de segunda; propuesta que fue arrogantemente desechada por ella.
Por una de aquellas casualidades que favorecen siempre a los osados, la
_prima donna_ cay peligrosamente enferma y la protegida del duque se
ofreci a reemplazarla. Veremos qu tal sale de este empeo.

En este momento, la condesa, animada y brillante como la luz, entr en
la sala acompaada de algunos tertulianos.

--Madre, qu noche hemos tenido!--exclam--. Qu triunfo!, qu cosa
tan bella y tan magnfica!

--Me querrs decir, sobrina, la importancia que tiene, ni el efecto que
puede causar, el que una gaznpira cualquiera, que tiene buena garganta,
cante bien en las tablas, para que pueda inspirarte un entusiasmo y una
exaltacin, como te la podran causar un hecho heroico o una accin
sublime?

--Considerad, to--contest la condesa--, qu triunfo para nosotros,
qu gloria para Sevilla, el ser la cuna de una artista que va a llenar
el mundo con su fama!

--Como el marqus de la Romana?--replic el general--, como Wellington
o como Napolen? No es verdad, sobrina?

--Pues qu, seor!--contest la condesa--No tiene la fama ms que una
trompeta guerrera? Qu divinamente ha cantado esa mujer sin igual!
Con qu desenvoltura de buen gusto se ha presentado en la escena! Es un
prodigio. Y luego, cmo se comunican de uno en otro el entusiasmo y la
exaltacin! Yo, adems, estaba muy contenta, viendo al duque tan
satisfecho, a Stein tan conmovido...

--El duque--dijo el general--debera satisfacerse con cosas de otro
jaez.

--General--dijo el tertuliano, que haba hablado antes--, son flaquezas
humanas. El duque es joven...

--Ah!--exclam la condesa--. No hay cosa ms infame que sospechar o
hacer que se sospeche el mal donde no existe. El mundo lo marchita todo
con su pestfero aliento. No saben todos que el duque, no satisfecho
con practicar las artes, protege a los artistas, a los sabios y todo lo
que puede influir en los adelantos de la inteligencia? Adems no es
ella mujer de un hombre a quien el duque debe tanto?

--Sobrina--repuso el general--, todo eso es muy santo y muy bueno; pero
no alcanza a justificar apariencias sospechosas. En este mundo, no
basta estar exento de censura; es preciso, adems, parecerlo. Por lo
mismo que eres joven y bonita, haras bien en no declararte defensora de
ciertas causas.

--Yo no tengo la ambicin de que se me crea perfecta--dijo la
condesa--erigiendo en mi casa un tribunal de justicia; lo que s quiero
es que se me tenga por leal y slida amiga, cuando hago respetar y
defiendo a los que me dan ese ttulo.

Rafael Arias entr en aquel instante.

--Vamos, Rafael--dijo la condesa--, qu dirs ahora?, te burlars de
esa encantadora mujer?

--Prima, para darte gusto, voy a reventar de entusiasmo por imitar al
pblico, como hizo la rana, queriendo alcanzar el tamao del buey. Acabo
de ser testigo de la ovacin imperial que se ha hecho a esa octava
maravilla.

--Cuntanos eso--dijo la condesa--. Cuntanoslo.

--Cuando baj el teln, hubo un momento en que se me figur que bamos a
tener una segunda edicin de la torre de Babel.

Diez veces fue llamada a las tablas la Diva Donna, y lo hubiese sido
veinte, a no haberse puesto los insolentes reverberos, causados por la
prolongacin de sus servicios, a echar pestes y suprimir luz.

Los amigos del duque se empearon en que los llevase a dar la
enhorabuena a la herona. Todos nos echamos a sus pies con el rostro en
tierra.

--T tambin, Rafael!--dijo el general--; yo te crea ms sensato bajo
esas apariencias de tarambana.

--Si no hubiera ido adonde iban los otros, no tendra ahora la
satisfaccin de referiros el modo con que nos recibi esta reina de las
Molucas, emperatriz del Bemol. En primer lugar, todas sus respuestas se
hicieron en una especie de escala cromtica, de su uso, que consta de
los siguientes semitonos: primeramente la calma, o llmese indiferencia;
despus, la frescura; en seguida, la frialdad, y por ltimo, el desdn.
Yo fui el primero en tributarle homenaje. Le ense mis manos,
desolladas a fuerza de aplaudir, asegurndole que el sacrificio de mi
pellejo era un dbil homenaje a su sobrenatural habilidad, comparable
tan slo con la del seor de Madureira. Su respuesta fue una _gravedosa_
inclinacin de cabeza, digna de la diosa Juno. El barn le suplic por
todos los santos del cielo que fuese a Pars, nico teatro capaz de
aplaudirla dignamente, en vista de que los _bravos_ franceses resuenan
en todos los mbitos del universo, llevados por su bandera tricolor. A
esto respondi con la mayor frescura: Ya veis que no necesito ir a
Pars para que me aplaudan; y aplausos por aplausos, ms quiero los de
mi tierra que los de los franceses.

--Eso dijo?--pregunt el general--, quin habra pensado que esa mujer
dijese una cosa tan racional?

--El mayor moscn--continu Rafael--, con su indefectible desmaa, le
dijo que todas cuantas cantantes haba odo, slo la Grisi lo haca
mejor que ella. A lo cual respondi con frialdad: pues una vez que la
Grisi canta mejor que yo, hacis mal en orme a m en lugar de orla a
ella. En seguida lleg sir John dando la mano y pisando a todo el
mundo. Le dijo que su voz era un _wonder (una maravilla)_, y que si se
la quera vender, estaba muy pronto a pagarle cincuenta mil libras. Ella
respondi con desdn que aquello no se venda. Pero, a todo esto, prima,
qu dices del misterio con que han procedido en este asunto?

--De qu misterio se trata?--pregunt el barn, que haba llegado
durante esta conversacin.

--De esa brillante salida a las tablas--respondi Arias--que ha venido a
reventar de pronto, como una bomba, cuando menos se pensaba. Ahora,
ahora voy cayendo en ciertas cosas...: las entrevistas del duque con el
empresario, la constancia con que esa Norma en ciernes asista a las
representaciones..., ya se van despertando mis _quin vives_.

--Despertar los _quin vives_!--dijo el barn--Qu expresin tan
singular!

--Es una metfora muy comn--repuso Rafael.

--No lo saba--continu el barn--; ni la entiendo. Queris tener la
bondad de explicrmela, seor Arias?

Rafael mir al soslayo a su prima, alz los ojos al cielo, como si fuera
a hacer un sacrificio, y dijo:

--Cuando ocurre un accidente sin percibirlo, es porque la atencin lo ha
dejado pasar sin darle el _quin vive_, es decir, sin averiguar de dnde
viene ni adnde va. Si despus otro accidente, que tiene relacin con el
primero, nos obliga a pensar en el anterior, se dice que despertamos un
_quin vives_; es decir, se despierta la atencin que estaba en el
primer caso, ociosa o adormecida. De este modo tenemos en espaol muchas
palabras sueltas, que explican tanto como una larga frase. Una palabra
basta para encerrar un lato sentido. Es cierto que para ello se necesita
tanto de la inventiva como de la comprensin. En las gentes del campo,
corre una expresin que demuestra esto: suelen decir de un hombre
inteligente y vivo, ese es de los de _ya est ac_. Tiene esta
expresin su origen en que cuando en el campo, a distancia, tiene el
capataz que dar alguna orden, o hacer algn encargo a alguno de los
trabajadores, al darles voces contesta el llamado: _ya est ac_, desde
luego que se ha hecho cargo de lo que se le manda. Pero al dicho que ha
llamado vuestra atencin (en vista de que no todos son de los que
designa el pueblo con el epteto de los de _ya est ac_) se le da la
siguiente etimologa. Un espaol que estaba en San Petersburgo,
pasendose una hermosa maana de primavera con un ruso amigo suyo, qued
atnito, oyendo en el aire un sonido bastante agradable. Este sonido,
que se oa unas veces prximo, otras lejano, cundo a la derecha, cundo
a la izquierda, no era ms que una repeticin en diversos tonos de la
palabra _quin vive_. El espaol crea que eran pjaros; pero levant la
cabeza y no vio nada. Era un canto? Era un eco? No, porque no sala de
un punto determinado, sino que se oa en todas partes. Entonces crey
que su amigo era ventrlocuo y le mir con atencin. El ruso se ech a
rer. Ya veo--le dijo--que no sabis de dnde provienen estas voces
que aqu se dejan or todos los aos por este tiempo. Son los _quin
vives_ que dan los soldados de la guarnicin, durante el invierno. Con
el fro se hielan y con los primeros calores se deshielan y resuenan por
el aire de la primavera que nos vivifica.

--No est mal discurrido--dijo el barn, con distraccin.

--Favor que le hacis--contest Rafael, haciendo una cortesa irnica.

--Ah! Aqu tenemos a la seorita Ritita--dijo el barn, vindola
entrar, despus de haberse quitado la mantilla--. Me parece, seorita,
que he tenido la honra de veros esta maana en la calle de Catalanes.

--Yo no os vi--contest Rita.

--Esa es una desgracia--dijo Rafael a Rita--que no suceder al mayor
moscn, ni a la Giralda, a quien l quiere hacer coronela de su
Regimiento de _Life Guards (Guardias de la Reina)_.

--Os vi--continu el barn--cerca de una cruz grande que est pegada a
la pared. Pregunt...

--Me hago cargo--dijo en voz baja Rafael Arias.

--Y me respondieron que se llama la Cruz del Negro. Podis decirme,
seorita, por qu se le ha dado un nombre tan extrao?

--No lo s--contest Rita--. Quiz ser porque habrn crucificado en
ella a algn negro.

--Sin duda as es--dijo el barn--; sera en tiempo de la
Inquisicin.--Y murmur en voz baja: Qu pas!, qu religin!--.
Pero podris decirme--aadi con aquella insoportable irona, con
aquella insolencia de que hacen uso los incrdulos, con los que creen y
estn de buena fe--, podris decirme por qu est colgado del techo un
cocodrilo, en aquel corredor de la catedral, cerca del patio de los
Naranjos, entrando por la puerta a la derecha de la Giralda? Sirve
tambin la catedral de museo de historia natural?

--Aquel gran lagarto?--dijo Rita--. Est all porque lo cogieron sobre
la bveda del techo de la iglesia.

--Ah!--exclam el barn, rindose--. Todo es gigantesco en esta
catedral; hasta los lagartos!

--Esa es una vulgaridad propagada en el pueblo--dijo la condesa,
mientras que Rita, sin or las palabras del barn, haba ido a ocupar su
acostumbrado asiento--. Ese cocodrilo fue presentado al rey don Alfonso
el Sabio, por la famosa embajada que le envi el soldn de Egipto.
Tambin estn colgados de la misma bveda un colmillo de elefante, un
freno y una vara; y estos objetos, juntamente con el lagarto,
representan las cuatro virtudes cardinales. El lagarto es smbolo de la
prudencia; la vara, de la justicia; el colmillo del elefante, de la
fortaleza; y el freno, de la templanza. As pues, hace seiscientos aos
que estos smbolos estn a la entrada de aquel grande y noble edificio,
como una inscripcin que el pueblo comprende, sin saber leer.

El barn senta mucho no poder adoptar la versin de Rita. La cruel
condesa le haba privado de un precioso artculo satrico, crtico,
humorista, burlesco. Quin sabe si el cocodrilo no habra hecho el
papel de un Espritu Santo, de nueva invencin, en el chistoso relato de
ese francs, que tena la ventaja nacional de haber nacido _malin
(satrico)_? Entre tanto la marquesa dijo a Rita:

--Por qu has ido a decirle esa tontera del negro crucificado? No
habra sido mejor contarle la verdad?

--Pero ta--contest la joven--, yo no s por qu esa cruz se llama del
Negro; adems, ya me tena seca tanta conversacin.

--Entonces--prosigui la ta--deberas haberle dicho que lo ignorabas; y
no inducirle en un error tan craso. Estoy segura de que insertar ese
disparatn cuando escriba su _Viaje a Espaa_.

--Y qu importa?--dijo Rita.

--Importa, sobrina--repuso la marquesa--; porque no me gusta que hablen
mal de mi patria.

--S--dijo el general con acritud--, anda a atajar el ro cuando se
sale de madre! Pero qu extrao es que digan mal del pas los
extranjeros, si nosotros somos los primeros en denigrarnos? Sin tener
presente el refrn de que ruin es, quien por ruin se tiene.

--Has de saber, Rita--prosigui la marquesa--, para que de ahora en
adelante no des lugar a semejantes errores, que el nombre de esa cruz
viene de un negro devoto y piadoso, que en el sptimo siglo, viendo que
se atacaba el misterio de la Pura Concepcin de la Virgen, se vendi a
s mismo en el sitio en que se hallaba esa cruz, para costear con el
dinero de su venta una solemne funcin de desagravio a la Virgen, por
las ofensas que se le hacan. Algo se diferencia este rasgo piadoso y
fervoroso de abnegacin, de la necedad que has hecho creer al barn.

--Bien puedes tambin, hermana--dijo el general--, regaar al loco de
Rafael, por haber respondido a ese _Monsieur le Baron_, a una pregunta
por el mismo estilo, acerca de la Cruz de los Ladrones, junto a la
Cartuja, que se llamaba as porque a ella iban a rezar los ladrones,
para que Dios favoreciese sus empresas.

--Y el barn se lo ha credo?--pregunt la marquesa.

--Tan de fijo, como yo creo que no es barn--repuso el general.

--Es una picarda--continu la marquesa, irritada--dar lugar nosotros
mismos a que se crean y repitan tales desatinos.

La cruz fue erigida en aquel sitio por un milagro que hizo all Nuestro
Seor; porque en aquellos tiempos, como haba fe, haba milagros. Unos
ladrones haban penetrado en la Cartuja y robado los tesoros de la
iglesia. Huyeron espantados, corrieron toda la noche y a la maana
siguiente se encontraron a corta distancia del convento. Entonces viendo
claramente el dedo del Seor, se convirtieron; y en memoria de este
milagro, erigieron esa cruz, a la que el pueblo ha conservado su
nombre. Voy a decirle cuatro palabras bien dichas a ese
_calavera_.--Rafael, Rafael.

Entre tanto su prima Gracia, sentada en el sof, le deca:

--Estoy en mis glorias. Qu buenos ratos vamos a pasar!

--No durarn mucho, condesa--dijo el coronel--. Corren voces de que el
duque quiere llevarse a Madrid a la nueva Malibrn.

--Y a todo esto--dijo la condesa--, qu nombre de guerra ha tomado?
Supongo que no ser el de _Marisalada_; que muy bonito, y con algo de
carioso, no es bastante grave para una artista de primer orden.

--Quiz continuar bajo el apodo de _Gaviota_--dijo Rafael--. Un criado
del duque ha dicho al mio, que as era como la llamaban en su lugar.

--Puede que adopte el nombre de su marido--observ el coronel.

--Qu horror!--exclam la condesa--; necesita un nombre sonoro.

--Pues bien, que tome el de su padre: Santal.

--No, seor--dijo la condesa--. Es preciso que acabe en i para que le d
prestigio; mientras ms _es_, mejor.

--En ese caso--dijo Rafael--, que se nombre Misisip.

--Consultaremos a Polo--dijo la condesa--. Y a propsito, dnde se ha
escabullido nuestro poeta?

--Apuesto cualquier cosa--dijo Rafael--a que a la hora esta se ocupa en
confiar al papel las inspiraciones armnicas que ha hecho brotar en su
alma la divinidad del da. Maana sin falta leeremos en _El Sevillano_
una de esas composiciones que, segn mi to, si no es fcil que le
lleven al Parnaso, le precipitarn indefectiblemente en el Leteo.

En ese instante fue cuando la marquesa llam a Rafael.

--Seguro estoy--dijo este a su prima--de que mi ta me hace la honra de
llamarme para tener la satisfaccin de echarme una peluca. Ya veo
despuntar un sermn entre sus labios apretados, una filpica en su
nebuloso entrecejo y una reprimenda de a folio, a caballo sobre su
amenazante nariz. Pero... qu feliz ocurrencia! Voy a armarme de un
broquel.

Diciendo estas palabras, Rafael se levant, se acerc al barn, a quien
el oidor ofreca a la sazn un polvo de rap, le dio el brazo y en su
compaa se acerc a la mesa del juego. La marquesa se guard la
regaadura para mejor ocasin.

Rita se tapaba la cara con el pauelo para comprimir la risa. El
general golpeaba el suelo con el tacn de las botas, que en l era seal
indefectible de impaciencia.

--Est incomodado el general?--pregunt el barn.

--Padece ese movimiento nervioso--respondi a media voz Rafael.

--Qu desgracia!--exclam el barn--, eso es un _tic douloureux_[29].
Y de qu le ha provenido? Algn tendn daado en la guerra quiz?

[Nota 29: Tic es la enfermedad del tiro, que padecen los caballos.]

--No--contest Rafael. Ha sido efecto de una fuerte impresin moral.

--Debi ser terrible--observ el barn--. Y qu se la caus?

--Una palabra de vuestro rey Luis XIV.

--Qu palabra?--insisti el barn espantado.

--El clebre dicho--contest Rafael--YA NO HAY PIRINEOS.

Con tanto como se hablaba en las tertulias acerca de la nueva cantatriz,
se ignoraba un hecho significativo, que haba ocurrido aquella misma
noche.

Pepe Vera no haba cesado de seguir los pasos de Mara; y como era
favorito del pblico, le haba sido fcil penetrar en lo interior del
templo de las Musas, no obstante la enemistad que estas han jurado a las
corridas de toros.

Mara sala a la escena, al ruido de los aplausos, cuando se dio de
manos a boca en el vestuario con Pepe Vera y algunos otros jvenes.

--Bendita sea!--dijo el clebre torero, tirando al suelo y extendiendo
la capa, para que sirviese de alfombra a Mara--; bendita sea esa
garganta de cristal, capaz de hacer morir de envidia a todos los
ruiseores del mes de mayo!

--Y esos ojos--aadi otro--que hieren a ms cristianos que todos los
puales de Albacete.

Mara pas tan impvida y desdeosa como siempre.

--Ni siquiera nos mira!--dijo Pepe Vera--. Oiga usted, prenda. Un rey
es y mira a un gato. Y cuidado, caballeros, que es buena moza; a pesar
de que...

--A pesar de qu?--dijo uno de sus compaeros.

--A pesar de ser tuerta--dijo Pepe.

Al or estas palabras, Mara no pudo contener un movimiento
involuntario y fij en el grupo sus grandes ojos atnitos. Los jvenes
se echaron a rer y Pepe Vera le envi un beso en la punta de los dedos.

Mara comprendi inmediatamente que aquella expresin no haba sido
dicha sino para hacerle volver la cara. No pudo menos de sonrerse y se
alej dejando caer el pauelo. Pepe lo recogi apresuradamente y se
acerc a ella, como para devolvrselo.

--Os lo entregar esta noche en la reja de vuestra ventana--le dijo en
voz baja y con precipitacin.

Al dar las doce sali Mara de su cama con pasos cautelosos, despus de
asegurarse de que su marido yaca en profundo sueo. Stein dorma, en
efecto, con la sonrisa en los labios, embriagado con el incienso que
haba recibido aquella noche Mara, su esposa, su alumna, la amada de su
corazn. Entre tanto un bulto negro se apoyaba en una de las rejas del
piso bajo de la casa que habitaba Mara y que daba a una de las angostas
callejuelas tan comunes en aquella ciudad. No era posible distinguir las
facciones de aquel individuo, porque una mano oficiosa haba apagado de
antemano los faroles que alumbraban la calle.




Captulo XXIII


Era ya Sevilla teatro demasiado estrecho para las miras ambiciosas y
para la sed de aplausos que devoraban el corazn de Mara. El duque,
adems, obligado a restituirse a la capital, deseaba presentar en ella
aquel portento, cuya fama le haba precedido. Pepe Vera, por otra
parte, ajustado para lidiar en la plaza de Madrid, exigi de Mara que
hiciese el viaje. As sucedi, en efecto.

El triunfo que obtuvo Mara al estrenarse en aquella nueva liza,
sobrepuj al que haba logrado en Sevilla. No pareca sino que se haban
renovado los das de Orfeo y de Anfin y las maravillas de la lira de
los tiempos mitolgicos. Stein estaba confuso. El duque, embriagado.
Pepe Vera dijo un da a la _cantaora_: Caramba, Mara, te palmotean
que ni que hubieses matado un toro de siete aos!

Mara estaba rodeada de una corte numerosa. Formaban parte de ella todos
los extranjeros distinguidos que se hallaban a la sazn en la capital, y
entre ellos haba algunos notables por su mrito, otros por su
categora. Qu motivos los impulsaba? Unos iban por darse tono, segn
la locucin moderna. Y qu es tono? Es una imitacin servil de lo que
otros hacen. Otros eran movidos por la misma especie de curiosidad que
incita al nio a examinar los secretos resortes del juguete que le
divierte.

Mara no tuvo que hacer el menor esfuerzo para sentirse muy a sus
anchas en medio de aquel gran crculo. No haba cambiado en lo ms
pequeo su ndole fra y altanera; pero haba ms elegancia en su
talante y mejor gusto en su modo de vestir; adquisiciones maquinales y
exteriores, que a los ojos de ciertas gentes, pueden suplir la falta de
inteligencia, de tacto y de buenos modales. Por la noche, en las tablas,
cuando el reflejo de las luces blanqueaba su palidez y aumentaba el
realce de sus ojos grandes y negros, pareca realmente hermosa.

El duque estaba de tal modo fascinado por aquella mujer, en cuyos
triunfos le tocaba alguna parte, pues cumplan sus pronsticos, y tal
era el entusiasmo que su canto le inspiraba, que no tuvo inconveniente
en pedirle que diese lecciones de msica a su hija, no obstante que
recordaba el pronstico de su amable amiga de Sevilla y estremeca al
reflexionar sobre el aplazamiento que le haba dirigido la condesa.
Entonces haca propsito de respetar a la mujer inocente que l mismo
haba introducido en la escena resbaladiza y brillante que pisaba.

Digamos ahora algunas palabras de la duquesa:

Era esta seora virtuosa y bella. Aunque haba entrado en los treinta
aos, la frescura de su tez y la expresin de candor de su semblante le
daban un aspecto ms joven. Perteneca a una familia tan ilustre como la
de su marido, con la cual estaba estrechamente emparentada. Leonor y
Carlos se haban querido casi desde su infancia, con aquel afecto
verdaderamente espaol, profundo y constante, que ni se cansa ni se
enfra. Se haban casado muy jvenes. A los dieciocho aos, Leonor dio
una nia a su marido, el cual tena veintids a la sazn.

La familia de la duquesa, como algunas de la grandeza, era sumamente
devota; y en este espritu haba sido educada Leonor. Su reserva y su
austeridad la alejaban de los placeres y ruidos del mundo, a los
cuales, por otra parte, no tena la menor inclinacin. Lea poco y jams
tom en sus manos una novela. Ignoraba enteramente los efectos
dramticos de las grandes pasiones. No haba aprendido ni en los libros
ni en el teatro, el gran inters que se ha dado al adulterio, que por
consiguiente no era a sus ojos sino una abominacin, como lo era el
asesinato.

Jams habra llegado a creer, si se lo hubiesen dicho, que estaba
levantado en el mundo un estandarte, bajo el cual se proclamaba la
emancipacin de la mujer. Ms es; aun creyndolo, jams lo hubiera
comprendido; como no lo comprenden muchos, que ni viven tan retiradas,
ni son tan estrictas como lo era la duquesa. Si se le hubiera dicho que
haba apologistas del divorcio, y hasta detractores de la santa
institucin del matrimonio, habra credo estar soando, o que se
acercaba el fin del mundo. Hija afectuosa y sumisa, amiga generosa y
segura, madre tierna y abnegada, esposa exclusivamente consagrada a su
marido, la duquesa de Almansa era el tipo de la mujer que Dios ama, que
la poesa dibuja en sus cantos, que la sociedad venera y admira, y en
cuyo lugar se quieren hoy ensalzar _esas amenazas_, que han perdido el
bello y suave instinto femenino.

El duque pudo entregarse largo tiempo al atractivo que Mara ejerca en
l, sin que la ms pequea nube empaase la paz sosegada, y, como el
cielo, pura, del corazn de su mujer. Sin embargo, el duque, hasta
entonces tan afectuoso, la descuidaba cada da ms. La duquesa lloraba;
pero callaba.

Despus lleg a sus odos que aquella cantatriz que alborotaba a todo
Madrid, era protegida de su marido; que este pasaba la vida en casa de
aquella mujer. La duquesa llor; pero dudando todava.

Despus el duque llev a Stein a su casa, para dar lecciones a su hijo,
y luego quiso, como hemos dicho, que Mara las diese a su hija, preciosa
criatura de once aos de edad.

Leonor se opuso con vigor a esto ltimo, alegando no poder permitir que
una mujer de teatro tuviese el menor punto de contacto con aquella
inocente. El duque, acostumbrado a las fciles condescendencias de su
mujer, vio en esta oposicin un escrpulo de devota, una falta de mundo
y persisti en su idea. La duquesa cedi, siguiendo el dictamen de su
confesor; pero llor amargamente, impulsada por un doble motivo.

Recibi, pues, a Mara con excesiva circunspeccin; con una reserva
fra, pero urbana.

Leonor, que viva segn sus propensiones tranquilas, muy retirada, no
reciba, sino pocas visitas, la mayor parte de parientes; los dems eran
sacerdotes y algunas otras personas de confianza. As pues, asista con
no desmentida perseverancia a las lecciones de su hija; y tanto empeo
puso en no alejarla de sus miradas maternas, que este sistema no pudo
menos de ofender a Mara. Las personas que iban a ver a la duquesa no
hacan ms que saludar framente a la maestra, sin volver a dirigirle
la palabra. De este modo, llegaba a ser en extremo humillante la
posicin que ocupaba en aquella noble y austera residencia la mujer que
el pblico de Madrid adoraba de rodillas. Mara lo conoca y su orgullo
se indignaba, pero como la exquisita cortesa de la duquesa no se
desminti jams; como en su grave, modesto y hermoso rostro no se haba
manifestado nunca una sonrisa de desdn ni una mirada de altanera,
Mara no poda quejarse. Por otra parte, el duque, que era tan digno y
tan delicado, cmo haba de permitir que nadie se le quejase de su
mujer? Mara tena bastante penetracin para conocer que deba callar y
no perder la amistad del duque, que la lisonjeaba, su proteccin que le
era necesaria y sus regalos que le eran muy gratos. Tuvo, pues, que
tascar el freno, hasta que ocurriese algn suceso que pusiese trmino a
tan tirante situacin.

Un da en que, vestida de seda, y deslumbrando a todos con sus joyas,
cubierta con una magnfica mantilla de encajes, entraba en casa de la
duquesa, se encontr all con el padre de esta, el marqus de Elda, y
con el obispo de...

El marqus era un anciano grave, de los ms chapados a la antigua. Era
por los cuatro costados espaol, catlico y realista neto. Viva
retirado de la corte desde la muerte del rey, a quien haba servido en
la guerra de la Independencia.

Haba un poco de tibieza entre el marqus y su yerno, a quien el primero
acusaba de condescender demasiado con las ideas del siglo. Esta tibieza
subi de punto cuando llegaron a odos del severo y virtuoso anciano los
rumores ya pblicos de la proteccin que el duque daba a una cantatriz
de teatro.

Cuando Mara entr en la sala, la duquesa se levant, con intencin de
darle gracias y despedirla por aquel da, en vista del respeto debido a
las personas presentes. Pero el obispo, que ignoraba todo lo que pasaba,
manifest deseos de or cantar a la nia, que era su ahijada. La duquesa
se volvi a sentar; salud a Mara con su urbanidad acostumbrada y mand
llamar a su hija, quien no tard en presentarse.

Apenas terminaba la nia los ltimos compases de la plegaria de
Desdmona, cuando se oyeron tres golpes suaves en la puerta.

--Adelante, adelante--dijo la duquesa, dando a entender que conoca a la
persona en su modo de llamar, y con una viveza nueva a los ojos de
Mara, se puso en pie y sali obsequiosamente al encuentro de aquella
visita.

Pero Mara se sorprendi todava ms al ver este nuevo personaje. Era
una mujer fea, de unos cincuenta aos de edad y de aspecto comn. Su
traje era tan basto como desairado y extrao.

La duquesa la recibi con grandes muestras de consideracin y una
cordialidad tanto ms notable, cuanto ms contrastaba con la reserva
glacial que con la maestra haba usado; la tom de la mano y la
present al obispo.

Mara no saba qu pensar. Jams haba visto un vestido semejante ni una
persona que le pareciese menos en armona con la posicin que pareca
ocupaba cerca de gentes tan distinguidas y elevadas.

Despus de un cuarto de hora de una conversacin animada, aquella mujer
se levant. Estaba lloviendo. El marqus la ofreci su coche, con
grandes instancias; pero la duquesa le dijo:

--Padre, ya he mandado que pongan el mo.

Dijo estas palabras acompaando a la recin venida, que ya se retiraba y
que se neg tenazmente a hacer uso del carruaje.

--Ven, hija ma--dijo la duquesa a su hija--, ven, con permiso de tu
maestra, a saludar a tu buena amiga.

Mara no saba qu pensar de lo que estaba viendo y oyendo. La nia
abraz a aquella que la duquesa llamaba su buena amiga.

--Quin es esa mujer?--le pregunt Mara, cuando volvi a su puesto.

--Es una hermana de la caridad--respondi la nia.

Mara qued anonadada. Su orgullo, que luchaba con la frente erguida
contra toda superioridad; que desafiaba la dignidad de la nobleza, la
rivalidad de los artistas, el poder de la autoridad y aun la
prerrogativas del genio, se dobl como un junco ante la grandeza y la
elevacin de la virtud.

Poco despus se levant para irse; segua lloviendo.

--Tiene usted un coche a su disposicin--le dijo la duquesa al
despedirla.

Al bajar al patio, Mara observ que estaban quitando los caballos del
de la duquesa. Un lacayo baj con aire respetuoso el estribo de un coche
simn. Mara entr en l henchido el corazn de impotente rabia.

Al da siguiente declar resueltamente al duque que no continuara
dando lecciones a su hija. Tuvo buen cuidado de ocultarle el verdadero
motivo y la astucia de dar a esta reserva todo el aspecto de un acto de
prudencia. El duque, alucinado, tanto por el entusiasmo que Mara le
inspiraba, como por los amaos de que ella supo valerse, supuso que su
mujer habra dado motivo para aquella determinacin, y se mostr an ms
fro con ella.




Captulo XXIV


La llegada a Madrid del clebre cantor Tenorini puso cima a la gloria de
Mara, por la admiracin con que la encomiaba aquel coloso y por el
empeo que manifest en cantar acompaado de una voz digna de unirse a
la suya. Tonino Tenorini, alias el _Magno_, haba salido no se sabe de
dnde; algunos decan que haba venido al mundo, como Castor y Pollux,
dentro de un huevo, no de cisne, sino de ruiseor. Su esplndida y
ruidosa carrera empez en Npoles, donde haba eclipsado enteramente al
Vesubio. Despus pas a Miln y de all sucesivamente a Florencia, San
Petersburgo y Constantinopla. A la sazn llegaba de Nueva York pasando
por La Habana, con nimo de dirigirse a Pars, cuyos habitantes,
furiosos por no haber dado todava su voto decisivo sobre tan gigantesca
reputacin, haban hecho un motn para desahogar su bilis. De all
Tenorini se dignara ir a Londres, cuyos filarmnicos tenan un terrible
_spleen_ de pura envidia, y de donde la _season_[30] corra riesgo de
suicidarse si la gran _notabilidad_ no se compadeca de los males que su
ausencia originaba.

[Nota 30: Estacin, poca de la apertura de los Parlamentos, en la cual se
rene la gente del buen tono en Londres.]

Cosa extraa, y que dej sorprendidos a todos los Polos y a todas las
Elosas! Este sublime artista no llegaba en las alas del genio. Los
delfines malcriados del ocano no le haban cargado en sus filarmnicas
espaldas, como hicieron los del Mediterrneo con Arin en tiempos ms
felices. Tenorini haba llegado en la diligencia... Qu horror!...

Y--lo que es ms--traa un saco de noche!

Hubo proyectos de celebrar su llegada tocando un repique general de
campanas, de iluminar las casas y de erigir un arco de triunfo con todos
los instrumentos de la orquesta del Circo. El alcalde no consinti en
ello y poco falt para que este _cangrejo_ reaccionario fuese obsequiado
con una cencerrada.

Mientras Mara participaba con el _gran cantante_ de la desaforada
ovacin que le ofreca un pblico, que de rodillas los veneraba
humildemente, se representaba una escena de diferente carcter en la
pobre choza de que ella saliera poco ms de un ao antes.

Pedro Santal yaca postrado en su lecho. Desde la separacin de su hija
no haba levantado cabeza. Tena los ojos cerrados y no los abra sino
para fijar sus miradas en el cuartito que haba ocupado Mara y que no
estaba separado del suyo sino por el estrecho pasadizo que suba al
desvn. Todo all permaneca en el mismo estado en que su hija lo haba
dejado; colgaba de la pared su guitarra, con un lazo de cinta que haba
sido color de rosa y que ahora penda sin forma, como una promesa que se
olvida, y descolorido como un recuerdo que se disipa. Sobre la cama
haba un pauelo de seda de la India, y unos zapatos pequeos se vean
an debajo de una silla. La ta Mara estaba sentada a la cabecera del
enfermo.

--Vamos, vamos, to Pedro--le deca la buena anciana--, olvdese de que
es cataln y no sea tan testarudo; djese usted gobernar siquiera una
vez en su vida y vngase con nosotros al convento, que ya ve usted que
all no falta lugar. As podr asistirle mejor y no estar aqu aislado
y solo en un solo cabo como el esprrago.

El pescador no responda.

--To Pedro--continu la ta Mara--, don Modesto ya ha escrito dos
cartas, y se han puesto en el correo, que dicen es la manera de que
lleguen ms presto y con ms seguridad.

--No vendr!--murmur el enfermo.

--Pero vendr su marido, y por ahora eso es lo que importa--repuso la
ta Mara.

--Ella! Ella!--exclam el pobre padre.

Una hora despus de esta conversacin, la ta Mara caminaba de vuelta
al convento, sin haber logrado que el hurao y obstinado cataln
accediese a trasladarse a l. Cabalgaba la buena anciana en la insigne
_Golondrina_, decana apacible del gremio borrical de la comarca. No
hemos averiguado, en vista de lo remoto de la fecha en que fue
bautizada, el porqu mereci el nombre de _Golondrina_, pues nos consta
que jams hizo el menor esfuerzo, no ya para volar, pero ni aun para
correr; ni nunca se le not en otoo la ms mnima inclinacin a
trasladarse a las regiones del frica.

Momo, hecho ya un hombrn, sin haber perdido un pice de su fealdad
nativa, iba arreando la burra.

--Oiga usted, madre abuela--dijo--; y van a durar mucho estos pasetos
de recreo cotidianos para venir a ver a este lobo marino?

--Por descontado--respondi su abuela--, ya que no se quiere venir al
convento. Me temo que se muera si no ve a su hija.

--No me he de morir yo de esa enfermedad--dijo Momo, soltando una
carcajada de grueso calibre.

--Mira, hijo--prosigui la ta Mara--, yo no me fo mucho del correo,
por ms que digan que es seguro. Tampoco don Modesto se fa de l; as
para que don Federico y Marisalada lleguen a saber lo malo que est el
to Pedro, no queda medio seguro sino el que t mismo vayas a Madrid a
decrselo, porque al fin no podemos estar as, cruzados de brazos,
viendo morir a un padre que clama por su hija, sin hacer por trarsela.

--Yo!, yo ir a Madrid, y para buscar a _la Gaviota_!--exclam Momo
horripilado--. Est usted en su juicio, seora?

--Tan en mi juicio y tan en ello, que si t no quieres ir, ir yo. A
Cdiz fui y no me perd ni me sucedi nada; lo mismo ser si voy a
Madrid. Parte el corazn or a ese pobrecito padre clamar por su hija.
Pero t, Momo, tienes malas entraas; con harta pena lo digo. Yo no s
de dnde las has sacado, pues ni son de la casta de tu padre ni de la de
tu madre; pero en cada familia hay un Judas.

Ni al mismsimo demonio que no piensa sino en el modo de condenar a un
cristiano--murmuraba Momo--, se le ocurre otra! Y no es eso lo peor,
sino que si se le mete a su merced semejante chochera en la cabeza, lo
ha de llevar a cabo. Que no me diera un aire, que me dejase baldado de
pies y piernas, siquiera por un mes!

As pensando, desahog Momo su coraje, descargando un cruel varazo sobre
las ancas de la pobre _Golondrina_.

--Brbaro!--exclam la abuela--, a qu la pagas con ese pobre animal?

--Toma!--repuso Momo--; para llevar palos ha nacido.

--De dnde has sacado semejante hereja?, de dnde, alma de Herodes?
Nadie sabe lo que compadezco yo a los pobres animales, que padecen sin
quejarse y sin poder valerse; sin consuelo y sin premio.

--La lstima de usted, madre, es como la capa del cielo, que todo lo
cobija.

--S, hijo, s; ni permita Dios que vea yo un dolor sin compadecerlo, ni
que sea como esos desalmados que oyen un ay como quien oye llover.

--Que diga usted eso, tocante al prjimo, anda con Dios! Pero los
animales, qu demonio?...

--Y acaso no padecen? Y acaso no son criaturas de Dios? Ac, nosotros,
estamos cargados con la maldicin y el castigo que mereci el pecado del
primer hombre; pero qu pecado cometieron el Adn y Eva de los burros,
para que estos pobres animales tengan la vida mortificada? Eso me
pasma!

--Se comeran la peladura de la manzana--dijo Momo con una carcajada
como un redoble de bombo.

Encontraron entonces a Manuel y a Jos, que iban de vuelta al convento.

--Madre, cmo est el to Pedro?--pregunt el primero.

--Mal, hijo, mal. Se me parte el corazn de verle tan malo, tan triste
y tan solo. Le dije que se viniese al convento; pero qu!, ms fcil
era traerse al fuerte de San Cristbal que no a ese cabezudo. Ni un
can de a veinticuatro lo menea. Preciso es que el hermano Gabriel se
mude all con l, y tambin que Momo vaya a Madrid a traerse a su hija y
a don Federico.

--Que vaya--dijo Manuel--; as ver mundo.

--Yo!--exclam Momo--, cmo he de ir yo, seor?

--Con un pie tras otro--respondi su padre--; tienes miedo de perderte,
o de que te coma el cancn?

--Lo que es que no tengo ganas de ir--replic Momo, exasperado.

--Pues yo te las dar con una vara de acebuche, ests, mal
mandado?--dijo su padre.

Momo, renegando del to Pedro y de su casta emprendi su viaje, y
unindose a los arrieros de la sierra de Aracena que venan a Villamar
por pescado, lleg a Valverde, y de all pasando por Aracena, la Oliva y
Barcarrota, a Badajoz, por el cual pasa la antigua carretera de Madrid a
Andaluca. De all, sin detenerse sigui a Madrid. Don Modesto haba
copiado con letras tamaas como nueces, las seas de la casa en que
viva Stein y que este haba enviado cuando llegaron a Madrid con el
duque. Con esta papeleta en la mano, sali Momo para la corte, entonando
unas nuevas letanas de imprecaciones contra _la Gaviota_.

Una tarde sala la ta Mara ms desazonada que nunca, de en casa del
pobre pescador.

--Dolores--dijo a su nuera--, el to Pedro se nos va. Esta maana
enrollaba las sbanas de su cama, y eso es que est liando el hato para
el viaje de que no se vuelve. _Palomo_, que fue conmigo, se puso a
aullar. Y esa gente no viene!, estoy que no se me calienta la camisa en
el cuerpo. Me parece que Momo debera ya estar de vuelta; diez das
lleva de viaje.

--Madre--contest Dolores--, hay mucha tierra que pisar hasta Madrid.
Manuel dice que no puede estar de vuelta sino de aqu a cuatro o cinco
das.

Pero cul no sera el asombro de ambas, cuando de repente vieron ante
s con aire azorado y mal gesto al mismsimo Momo en persona!

--Momo!--exclamaron las dos a un tiempo.

--El mismo en cuerpo y alma--contest este.

--Y _Marisalada_?--pregunt ansiosa la ta Mara.

--Y don Federico?--pregunt Dolores.

--Ya los pueden ustedes aguardar hasta el da del juicio--respondi
Momo--, vaya que ha estado bueno mi viaje!, gracias a madre abuela,
que me he visto metido en un berenjenal, que ya...

--Pero qu es lo que hay?, qu te ha sucedido?--preguntaron su abuela
y su madre.

--Lo que van ustedes a or, para que admiren los juicios de Dios y le
bendigan por verme aqu salvo y libre; gracias a que tengo buenas
piernas.

La abuela y la madre se quedaron sobresaltadas al or aquellas palabras
que anunciaban graves acontecimientos.

--Cuenta, hombre, di, qu ha sucedido?--volvieron ambas a exclamar--;
mira que tenemos el alma en un hilo.

--Cuando llegu a Madrid--dijo Momo--y me vi solo en aquel _cotarro_, se
me abrieron las carnes. Cada calle me pareca un soldado; cada plaza,
una patrulla; con la papeleta que me dio el comandante, que era un papel
que hablaba, fui a dar en una taberna, donde top con un achispado,
amigo de complacer, que me llev a la casa que rezaba el papel. All me
dijeron los criados que sus amos no estaban en casa; y con eso, iban a
darme con la puerta en los hocicos; pero no saban esas almas de cntaro
con quin se las tenan que haber. He!--les dije--; miren ustedes con
quin hablan, que yo no soy criado de nadie ni nada vengo a pedir;
aunque pudiera hacerlo, porque en mi casa fue donde recogimos a don
Federico, cuando se estaba muriendo y no tena ni sobre qu caerse
muerto.

--Eso dijiste, Momo?--exclam su abuela--; quita all!, esas cosas no
se dicen!, qu bochorno!, qu habrn pensado de nosotros?, echar en
cara un favor!, quin ha visto eso?

--Pues qu; no se lo dira?, vaya! Y dije ms; para que ustedes se
enteren, dije que mi abuela haba sido quien se haba trado a su casa a
su ama, cuando se puso mala de puro correr y desgaitarse sobre las
rocas, como una _Gaviota_ que era. Los mostrencos aquellos se miraban
unos a otros rindose y haciendo burla de m, y me dijeron que vena
equivocado, que era hija de un general de las tropas de don Carlos.
Hija de un general, se entera usted? Por _va_ de los moros! Puede
darse ms descarada embustera?, decir que el to Pedro es un general,
el to Pedro, que ni ha servido al rey! Al avo, les dije; que la razn
que traigo, urge, y lo que quiero yo es largarme presto y perder a
ustedes, a sus amos y a Madrid de vista.

--Nicols--dijo entonces una moza que tena trazas de ser tan _Farota_
como su ama--, lleva ese ganso al _treato_: all podr ver a la seora.

--Noten ustedes que cuando hablaba de m, deca la muy deslenguada
_ganso,_ y cuando hablaba de la tuna de _la Gaviota,_ deca _seora_;
podra eso creerse?, cosas de Madrid!, confundo se vea!

--Pues, seor, el criado se puso el sombrero y me llev a una casa muy
grandsima y muy alta, que era a _moo_ de iglesia, slo que en el lugar
de cirios, tena unas lmparas que alumbraban como soles. En rededor
haba como unos asientos, en que estaban sentadas, ms tiesas que husos,
ms de diez mil mujeres, puestas en feria, como redomas en botica.
Abajo haba tanto hombre que pareca un hormiguero. Cristianos!, yo no
s de dnde sali tanta criatura! Pues no es nada, dije para mi chaleco,
las hogazas de pan que se amasarn en la villa de Madrid!... Pero
asmbrense ustedes; toda esa gente haba ido all, a qu?... a or
cantar a _la Gaviota_!

Momo hizo una pausa, teniendo las manos extendidas y abiertas a la
altura de su cara.

La ta Mara baj y levant la cabeza en seal de satisfaccin.

--En todo esto no veo motivo para que te hayas vuelto tan deprisa y tan
azorado--dijo Dolores.

--Ya voy, ya voy, que no soy escopeta--repuso Momo--. Cuento las cosas
como pasaron.

Pues cate usted ah, que de repente, y sin que nadie se lo mandase,
suenan a la par ms de mil instrumentos, trompetas, pitos y unos
violines tamaos como confesonarios, que se tocaban para abajo. Mara
Santsima, y qu atolondro!, yo di una encogida que fue floja en gracia
de Dios.

--Pero de dnde sali tanto msico?--pregunt su madre.

--Qu s yo?, habra leva de ciegos por toda Espaa. Pero no es esto lo
mejor, sino que cate usted ah, que sin saber ni cmo ni por dnde
desaparece un a _moo_ de jardn que haba al frente. No pareca sino que
el demonio haba cargado con l.

--Qu ests diciendo, Momo?--dijo Dolores.

--_Naica_ ms que la pursima verdad. En lugar de la arboleda, haba al
frente un a _moo_ de estrado con redondeles de trapo[31] que sera de un
palacio. All se presenta una mujer ms _ajicarada_, con ms
terciopelos, bordaduras de oro y ms dijes que la Virgen del Rosario.

[Nota 31: Alfombra.]

--Esta es la reina doa Isabel II--dije yo para m--. Pues no, seor, no
era la reina. Saben ustedes quin era? Ni ms ni menos que _la
Gaviota_, la malvada _Gaviota_, que andaba aqu descalza de pies y
piernas! Lo primero que sucedi con el vergel, haba sucedido con ella;
_la Gaviota_ descalza de pies y piernas, se haba llevado el demonio y
en su lugar haba puesto una _principesa_. Yo estaba cuajado. Cuando
menos se pensaba, entra un seor mayor muy engalanado. Estaba que echaba
bombas, qu enojado!, pona unos ojos..., caramba!, dije yo para mi
chaleco, no quisiera yo estar en el pellejo de esa _Gaviota_. A todo
esto, lo que me tena parado era que rean cantando. Vaya!, ser la
_moa_ por all, entre la gente de fuste. Pero con eso no me enteraba yo
bien de lo que platicaban: lo que vine a sacar en limpio fue que aqul
sera el general de don Carlos, porque ella le deca _padre_, pero l no
la quera reconocer por hija, por ms que ella se lo pidi de rodillas.

--Bien hecho!--le grit--, duro a la embustera descarada.

--A qu te metiste en eso?--le dijo su abuela.

--Toma! como que yo la conoca y poda atestiguarlo; no sabe usted que
quien calla otorga? Pero parece que all no se puede decir la verdad,
porque mi vecino que era un celador de polica me dijo: Quiere usted
callar, amigo?

--No me da la gana--le respond--; y he de decir en voz y en grito, que
ese hombre no es su padre.

--Est usted loco o viene de las Batuecas?--me dijo el polizonte.

--Ni uno ni otro, so desvergonzado--le respond--; estoy ms cuerdo que
usted y vengo de Villamar, donde est su padre _legtimo_, to Pedro
Santal.

--Es usted--me dijo el madrileito--un pedazo de alcornoque muy basto;
vaya usted a que lo descorchen.

Me amostac y levant el codo para darle una _guanta_, cuando Nicols
me cogi por un brazo y me sac fuera para ir a echar un trago.

--Ya he cado en la cuenta--le dije--; ese general es el que quiera esa
renegada _Gaviota_ que sea su padre. De muchas iniquidades haba yo odo
hablar; de muertes, robos, hasta de piratas; pero eso de renegar de su
padre, en mi vida he odo otra.

Nicols se desternillaba de risa; por lo visto, esa _indini_ no les
coge all de susto.

Cuando volvimos a entrar, es de presumir el que le habra mandado el
general a _la Gaviota_ que se quitase los arrumacos, porque sali toda
vestida de blanco que pareca amortajada. Se puso a cantar y sac una
guitarra muy grande que puso en el suelo y toc con las dos manos (qu
no es capaz de inventar esa _Gaviota_!), y ahora viene lo gordo, pues de
repente sale un moro.

--Un moro?

--Pero qu moro!, ms negro y ms ferstico que el mismsimo Mahoma;
con un pual en la mano, tamao como un machete. Yo me qued muerto.

--Jess Mara!--exclamaron su madre y su abuela.

--Pregunt a Nicols que quin era aquel Fierabrs, y me respondi que
se llamaba _Telo_. Para acabar presto; el moro le dijo a _la Gaviota_
que la vena a matar.

--Virgen del Carmen--exclam la ta Mara--, era acaso el verdugo?

--No s si era el verdugo ni s si era un matador pagado--respondi
Momo--; lo que s s es que la agarr por los cabellos y la dio de
pualadas; lo vi con estos ojos que ha de comer la tierra, y puedo dar
testimonio.

Momo apoyaba sus dos dedos, debajo de sus ojos, con tal vigor de
expresin, que aparecieron como queriendo salirse de sus rbitas.

Las dos buenas mujeres lanzaron un grito. La ta Mara sollozaba y se
retorca las manos de dolor.

--Pero qu hicieron tantos como presentes estaban?--pregunt Dolores
llorando--, no hubo nadie que prendiese a ese desalmado?

--Eso es lo que yo no s--contest Momo--, pues al ver aquello, cog dos
de luz y cuatro de traspn, no fuese que me llamasen a declarar. Y no
par de correr hasta no poner algunas leguas entre la villa de Madrid y
el hijo de mi padre.

--Preciso es--dijo entre sollozos la ta Mara--ocultarle esta desdicha
al pobre to Pedro. Ay!, qu dolor!, qu dolor!

--Y quin haba de tener valor para decrselo!--repuso Dolores--.
Pobre Mara! Hizo lo del espaol, que estando bien quiso estar mejor; y
cate usted ah las resultas.

--Cada uno lleva su merecido--dijo Momo--; esa embrollona descastada
haba de parar en mal: no poda eso marrar. Si no estuviese cansado, iba
sobre la marcha a contrselo a _Ratn Prez_.




Captulo XXV


No tard en esparcirse por todo el lugar la voz de que la hija del
pescador haba sido asesinada.

As pues, el egosta, torpe y dscolo Momo, que ayudado de su espritu
hostil e instintos egostas crey realidad lo que vio en el teatro, no
slo haba hecho un viaje intil, por no haber cumplido su comisin,
sino que indujo en el terror, en que su torpeza indcil le hizo caer, a
todas aquellas buenas gentes.

La cara de don Modesto se le alarg dos pulgadas.

El cura dijo una misa por el alma de Mara.

Ramn Prez at un lazo negro a su guitarra.

_Rosa Mstica_ dijo a don Modesto:

--Dios la haya perdonado! Bien dije yo que acabara mal. Usted
recordar que por ms que procuraba yo guiarla a la derecha, ella
siempre tiraba a la izquierda.

La ta Mara, calculando que en vista de la catstrofe no le sera
posible a don Federico venir por entonces, se decidi a confiar la cura
del to Pedro a un mdico joven que haba reemplazado a Stein en
Villamar.

--No fo de su ciencia--le deca a don Modesto, que se le recomendaba--;
no sabe recetar ms que aguas cocidas, y no hay cosa que debilite ms el
estmago. Por alimento manda caldo de pollo; ahora me querr usted
decir las fuerzas que podr reponer semejante bebistrajo? Todo est
trastornado, mi comandante; pero deje usted que pase un poco de tiempo
y, desengaados, se volvern a lo que la experiencia de muchos siglos ha
acreditado de bueno; que al cabo de los aos mil, vuelven las aguas por
donde solan ir. Lo que atrevidas manos echaron abajo, el tiempo lo
levantar; pero despus de haber echado algunas almas a su perdicin y
enviado muchos cuerpos al hoyo.

El mdico hall al to Pedro tan grave, que declar ser necesario el
prepararlo.

_Prepararse a la muerte_ es, en el lenguaje catlico, ponerse en estado
de gracia, esto es, zanjar sus cuentas en la tierra, haciendo el bien y
deshaciendo el mal, en cuanto a nuestro alcance est, tanto en el orden
de las cosas eternas, como en el de las temporales, y granjear as, con
la oracin y el arrepentimiento, la clemencia de Dios en favor de
nuestras almas.

Si damos esta definicin de una cosa tan sabida y cotidiana, es no slo
porque es factible que caiga esta relacin en manos de algunos que no
pertenezcan al gremio de nuestra santa religin catlica, sino porque
hemos visto muchos que no consideran esta santa prctica bajo todas sus
grandes y magnficas fases.

La ta Mara se ech a llorar amargamente al or aquel fallo; llam a
Manuel y le encarg que fuese a notificrselo al enfermo, con todas las
precauciones debidas, pues ella no se senta con nimo para hacerlo.

Manuel entr en el cuarto del paciente.

--Hola, to Pedro!--le dijo--, cmo vamos?

--Vamos para abajo, Manuel--contest el enfermo--; quieres algo para el
otro mundo?, dilo pronto, que estoy levando el ancla, hijo.

--Qu!, to Pedro, no est usted en ese caso. Ha de vivir. Usted ms
que yo. Pero... como dice el refrn que hacienda hecha no estorba...,
quiere decir...

--No digas ms, Manuel--repuso el to Pedro sin alterarse. Dile a tu
madre que dispuesto estoy. Ya ha tiempo que veo venir este trance y no
pienso ms que en eso--aadi en voz baja y fatigada--y en ella!

Manuel sali conmovido enjugndose los ojos, a pesar de haber visto
tanta sangre y tantas agonas en su carrera militar; tan cierto es, que
el alma ms estoica se ablanda a vista de la muerte, cuando no se fuerza
al hombre a considerarla como un tomo lanzado en el insondable abismo,
que abren a tantos miles el orgullo y la ambicin de los que sin
autoridad, sin derecho ni razn, han querido imponer al mundo su
personalidad o sus ideas!

Al da siguiente reinaba uno de aquellos violentos, ruidosos y animados
temporales que consigo trae el equinoccio. Oase el viento soplar en
diferentes tonos, como una hidra cuyas siete cabezas estuviesen silbando
a un tiempo.

Estrellbase contra la cabaa, que cruja siniestramente: oase este
invisible elemento, lgubre entre las bvedas sonoras de las altas
ruinas del fuerte; violento entre las agitadas ramas de los pinos;
plaidero entre las atormentadas caas del navazo; y se desvaneca
gimiendo en la dehesa, como se disipa la sombra gradualmente en un
paisaje.

La mar agitaba las olas de su seno, con la ira y violencia con que
sacude una furia las sierpes de su cabellera. Las nubes, cual las
Danaides, se relevaban sin cesar, vertiendo cada cual su contingente,
que caa a raudales sobre las ramas, que se tronchaban, abriendo sus
corrientes hondos surcos en la tierra. Todo se estremeca, temblaba o se
quejaba. El sol haba huido y el triste color del da era uniforme y
sombro como el de una mortaja.

Aunque la cabaa estaba resguardada por la pea, la tempestad haba
arrebatado parte de su techo durante la noche. Para impedir su total
destruccin, Manuel, ayudado por Momo, lo haba sujetado con el peso de
algunos cantos trados de las ruinas. Ya que no quieras albergar ms a
tu dueo--le deca Manuel--, aguarda al menos a que muera, para
hundirte.

Si alguna otra mirada que la de Dios hubiera podido llegar a aquel
desierto, cruzando la tempestad que lo azotaba, habra descubierto una
cuadrilla de hombres que caminaba en direccin paralela al mar,
arrostrando los furores del temporal, envueltos en sus capas, en actitud
recogida y silenciosa, los cuerpos inclinados hacia adelante y las
cabezas bajas. Segualos grave y mesuradamente un anciano, cruzados los
brazos sobre el pecho a la manera de los orientales, precedido por un
muchacho que agitaba de cuando en cuando una campanilla. Se oa por
intervalos, y a pesar de las rfagas del huracn, la voz tranquila y
sonora del anciano, que deca: _Miserere mei Deus, secundum magnam
misericordian tuam._ El coro de hombres responda: _Et secundum
multitudinent miserationum tuarum, de iniquitatem meam._

Penetrbalos la lluvia, azotbalos el viento y ellos seguan impvidos
en su marcha grave y uniforme.

Esta comitiva se compona del cura y de algunos catlicos piadosos,
hermanos de la cofrada del Santsimo Sacramento, que presididos por
Manuel, iban a llevar a un cristiano moribundo, con los ltimos
Sacramentos, los ltimos consuelos del cristiano.

Nada poda, como lo que acabamos de describir, dar realce y vida a esta
verdad moral: que en medio del tumulto y de las borrascas de las malas
pasiones, la voz de la religin se deja or por intervalos, grave y
poderosa, suave y firme, aun a aquellos mismos que la olvidan y la
reniegan.

El cura entr en el cuarto del enfermo.

Los nios que haban acudido, recitaban estos versos, que aprendieron
al mismo tiempo que aprendieron a hablar.

       Jesucristo va a salir,
    yo por Dios quiero morir,
    porque Dios muri por m.

       Los ngeles cantan,
    todo el mundo adora
    al Dios tan piadoso
    que sale a estas horas.

       Jesucristo va a salir, etc.

Aquella pobre morada se haba aseado y dispuesto con esmero y decencia,
gracias a los cuidados de la ta Mara y del hermano Gabriel. Sobre una
mesa se haba colocado un crucifijo con luces y flores, porque las luces
y los perfumes son los homenajes externos que se tributan a Dios. La
cama estaba limpia y primorosa.

Concluida la ceremonia, nadie qued con el enfermo, sino el cura, la
buena ta Mara y fray Gabriel. To Pedro yaca tranquilo. Al cabo de
algn tiempo abri los ojos, y dijo:

--No ha venido?

--To Pedro--respondi la ta Mara, mientras corran por sus arrugadas
mejillas dos lgrimas que no alcanzaba a ver el enfermo--, hay mucho
trecho de aqu a Madrid. Ha escrito que iba a ponerse en camino y pronto
la veremos llegar.

Santal volvi a caer en su letargo. Una hora despus recobr el
sentido, y fijando sus miradas en la ta Mara, le dijo:

--Ta Mara, he pedido a mi divino Salvador, que se ha dignado venir a
m, que me perdone, que la haga feliz y que le pague a usted cuanto por
nosotros ha hecho.

Despus se desmay; volvi en s, abri los ojos que ya cristalizaba la
muerte y pronunci con acento ininteligible estas palabras:

--No ha venido!

En seguida dej caer la cabeza en la almohada y exclam en voz alta y
firme:

--Misericordia, Seor.

--Rezad el credo--dijo el cura tomando entre sus manos las del moribundo
y acercndose a su odo para hacer llegar a su inteligencia algunas
palabras de fe, esperanza y caridad, en medio del entorpecimiento
creciente de sus sentidos.

La ta Mara y el hermano Gabriel se postraron.

Los catlicos conservan a la muerte todo el respeto solemne que Dios le
ha dado, adoptndola l mismo como sacrificio de expiacin.

Reinaban un silencio y una calma llena de majestad, en aquel humilde
recinto donde acababa de penetrar la muerte.

Fuera, segua desencadenada y rugiente la tempestad.

Adentro todo era reposo y paz. Porque Dios despoja a la muerte de sus
horrores y de sus inquietudes cuando el alma se exhala hacia el cielo al
grito de misericordia!, rodeada de corazones fervorosos, que repiten en
la tierra: Misericordia, misericordia!




Captulo XXVI


El mundo es un compuesto de contrastes. No es muy nueva ni muy original
esta observacin; pero cada da se nos presentan a la vista la aurora y
el ocaso, y cada vez nos sorprenden y admiran, a pesar de su repeticin.

As es que mientras el pobre pescador ofreca a sus humildes y piadosos
amigos el grande y augusto espectculo de la santa muerte del cristiano,
su hija daba al pblico de Madrid, frenticamente entusiasmado, el de
una _prima donna_ sin una gota de sangre italiana en las venas, y que
eclipsaba ya en el ejercicio de su arte al mismo gran Tenorini. Haba lo
bastante con esto para restablecer el antiguo y noble orgullo de los
tiempos de Carlos III, para libertarnos por siempre jams amn de la
rabia y comezn de imitar, recobrando nuestra inmaculada y pura
nacionalidad; en fin, haba lo bastante para decir al monumento del Dos
de Mayo, a la estatua de Felipe IV y a la de Cervantes: Humillaos,
sombras ilustres, que aqu viene quien sobrepuja vuestra grandeza y
vuestra gloria. No faltaron entusiastas que pensasen acudir a la reina,
para que se dignase ennoblecer a Mara, dndole un escudo de armas, cuyo
lema, imitando el de los duques de Veragua, en lugar de: A CASTILLA Y A
LEN, NUEVO MUNDO DIO COLN, dijese: A ALTA Y BAJA ANDALUCA, NUEVA
GLORIA DIO MARA. En fin, tal era la impresin hecha por la cantatriz
en el pblico de Madrid, que ya no se escriba en las oficinas ni se
estudiaba en los colegios: hasta los fumadores se olvidaban de acudir al
estanco. La fbrica de tabacos se estremeci con indignacin en sus
cimientos, a pesar de que, como es pblico y notorio, son tan profundos
que llegan hasta Amrica.

Todo el entusiasmo que hemos procurado bosquejar sin haberlo conseguido,
se manifestaba una noche a la puerta del teatro, en un grupo de jvenes
que se esforzaban en comunicrselo a dos extranjeros recin venidos.
Aquellos inteligentes no slo encomiaron, examinaron y analizaron la
calidad del rgano, la flexibilidad de garganta y todo lo que haca tan
sobresaliente el canto de Mara, sino que tambin pasaron revista de
inspeccin a sus prendas personales. Otro joven, embozado hasta los ojos
en su capa, estaba cerca de aquel grupo y se mantena inmvil y callado;
pero cuando se trat de las dotes fsicas, dio colrico con el pie un
golpe en el suelo.

--Apuesto cien guineas, vizconde de Fadise _(fa sostenido)_--deca
nuestro amigo sir John Burnwood (que no habiendo obtenido licencia para
llevarse el Alczar, pensaba en renovar la misma demanda con respecto a
El Escorial)--, apuesto a que esta mujer har ms ruido en Francia que
madame Laffarge; en Inglaterra, que Tom Pouce, y en Italia, que Rossini.

--No lo dudo, sir John--respondi el vizconde.

--Qu ojos tan rabes!--aadi el joven don Celestino Armona--. Qu
cintura tan esbelta! En cuanto a los pies, no se ven, pero se sospechan;
en cuanto al cabello, la Magdalena se lo envidiara.

--Estoy impaciente por ver y or ese portento--exclam con exaltacin el
vizconde, el cual siempre estaba, como lo indicaba su nombre, montado
medio tono ms alto que todos los dems vizcondes--. Preparemos los
anteojos y entremos.

Entre tanto el joven embozado haba desaparecido.

Mara, en traje de Semramis, estaba preparada para salir a escena.
Rodebanla algunas personas.

El embozado, que no era otro que Pepe Vera, entr a la sazn, se
aproxim a ella y sin que nadie lo oyese, le dijo al odo:

--No quiero que cantes--y sigui adelante con impasible aire de
indiferencia.

Mara se puso plida de sorpresa y enrojeci de indignacin en seguida.

--Vamos--dijo a su doncella--; Marina, ajusta bien los pliegues del
vestido. Van a empezar--y aadi en voz alta para que lo oyese Pepe
Vera, que se iba alejando--; con el pblico no se juega.

--Seora--le dijo uno de los empleados--, puedo mandar que alcen el
teln?

--Estoy lista--respondi.

Pero no bien hubo pronunciado estas palabras, cuando lanz un grito
agudo.

Pepe Vera haba pasado por detrs, y cogindole el brazo con fuerza
brutal, haba repetido:

--No quiero que cantes.

Vencida por el dolor, Mara se haba arrojado en una silla llorando.
Pepe Vera haba desaparecido.

--Qu tiene? Qu ha sucedido?--preguntaban todos los presentes.

--Me ha dado un dolor--respondi Mara llorando.

--Qu tenis, seora?--pregunt el director, a quien haban dado aviso
de lo que pasaba.

--No es nada--contest Mara, levantndose y enjugndose las lgrimas--.
Ya pas; estoy pronta. Vamos.

En este momento, Pepe Vera, plido como un cadver, y ardindole los
ojos como dos hornillos, vino a interponerse entre el director y Mara.

--Es una crueldad--dijo con mucha calma--sacar a las tablas a una
criatura que no puede tenerse en pie.

--Pero qu!, seora--exclam el director--, estis enferma? Desde
cundo? Hace un momento que os he visto tan rozagante, tan alegre, tan
animada!

Mara iba a responder, pero baj los ojos y no despeg los labios. Las
miradas terribles de Pepe Vera la fascinaban, como fascinan al ave las
de la serpiente.

--Por qu no ha de decirse la verdad?--continu Pepe Vera sin
alterarse--Por qu no habis de confesar que no os hallis en estado de
cantar? Es pecado por ventura? Sois esclava, para que os arrastren a
hacer lo que no podis?

Entre tanto, el pblico se impacientaba. El director no saba qu hacer.
La autoridad envi a saber la causa de aquel retardo; y mientras el
director explicaba lo ocurrido, Pepe Vera se llevaba a Mara, bajo el
pretexto de necesitar asistencia, agarrndola por el puo con tanta
fuerza que pareca romperle los huesos, y dicindola con voz ahogada,
pero firme:

--Caramba! No basta decir que no quiero?

Cuando estuvieron solos en el cuarto que serva de vestuario a Mara,
estall la clera de esta.

--Eres un insolente, un infame--exclam con voz sofocada por la
ira--Qu derecho tienes para tratarme de esta suerte?

--El quererte--respondi Pepe Vera con flema.

--Maldito sea tu querer--dijo Mara.

Pepe Vera se ech a rer.

--Lo dices eso como si pudieras vivir sin l!--dijo volviendo a rer.

--Vete, vete!--exclam Mara--, y no vuelvas jams a ponrteme delante.

--Hasta que me llames.

--Yo a ti! Antes llamara al demonio.

--Eso puedes hacer, que no tendr celos.

--Vete, marcha al instante, djame!

--Concedido--dijo el torero--; de hilo me voy en casa de Luca del
Salto.--Mara estaba celossima de aquella mujer, que era una bailarina
a quien Pepe Vera cortejaba antes de conocer a Mara.

--Pepe! Pepe!--grit Mara--, villano! La perfidia despus de la
insolencia!

--Aquella--dijo Pepe Vera--no hace ms que lo que yo quiero. T eres
demasiado seorona para m. Conque... si quieres que hagamos buenas
migas, se han de hacer las cosas a mi modo. Para mandar t y no
obedecer, ah tienes a tus duques, a tus embajadores, a tus desaboridas
y achacosas excelencias.

Dijo y ech a andar hacia la puerta.

--Pepe! Pepe!--grit Mara, desgarrando su pauelo entre sus dedos
agarrotados.

--Llama al demonio--le respondi irnicamente Pepe Vera.

--Pepe! Pepe!, ten presente lo que voy a decirte. Si te vas con la
Luca, me dejo enamorar por el duque.

--A que no te atreves?--respondi Pepe, dando algunos pasos atrs.

--A todo me atrevo yo por vengarme!

Pepe se qued plantado delante de Mara, con los brazos cruzados y los
ojos fijos en ella.

Mara sostuvo sin alterarse aquellas miradas penetrantes como dardos.

Aquellos amores parecan ms bien de tigres que de seres humanos. Y
tales son, sin embargo, los que la literatura moderna suele atribuir a
distinguidos caballeros y a damas elegantes!

En aquel corto instante, aquellas dos naturalezas se sondearon
recprocamente y conocieron que eran del mismo temple y fuerza. Era
preciso romper o suspender la lucha. Por mutuo consentimiento, cada cual
renunci al triunfo.

--Vamos, Maruja--dijo Pepe Vera, que era realmente el culpable--. Seamos
amigos y pelillos a la mar. No ir en casa de Luca; pero en cambio, y
para estar seguros uno de otro, me vas a esconder esta noche en tu casa,
de modo que pueda ser testigo de la visita del duque y convencerme por
m mismo de que no me engaas.

--No puede ser--respondi altiva Mara.

--Pues bien--dijo Pepe--, ya sabes dnde voy en saliendo de aqu.

--Infame!--contest Mara apretando los puos con rabia--, me pones
entre la espada y la pared.

Una hora despus de esta escena, Mara estaba medio recostada en un
sof; el duque, sentado cerca de ella; Stein en pie, tena en sus manos
las de su mujer, observando el estado del pulso.

--No es nada, Mara--dijo Stein--. No es nada, seor duque: un ataque de
nervios que ya ha pasado. El pulso est perfectamente tranquilo. Reposo,
Mara, reposo. Te matas a fuerza de trabajo. Hace algn tiempo que tus
nervios se irritan de un modo extraordinario. Tu sistema nervioso se
resiente del impulso que das a los papeles. No tengo la menor inquietud,
y as me voy a velar un enfermo grave. Toma el calmante que voy a
recetar; cuando te acuestes, una horchata, y por la maana, leche de
burra--y dirigindose al duque--: mi obligacin me fuerza, mal que me
pese, a ausentarme, seor duque.

Y volviendo a recomendar a su mujer el sosiego y el reposo, Stein se
retir, haciendo al duque un profundo saludo.

El duque, sentado enfrente de Mara, la mir largo tiempo.

Ella pareca extraordinariamente aburrida.

--Estis cansada, Mara?--dijo aquel con la suavidad que slo el amor
puede dar a la voz humana.

--Estoy descansando--respondi.

--Queris que me vaya?

--Si os acomoda...

--Al contrario, me disgustara mucho.

--Pues entonces, quedaos.

--Mara--dijo el duque despus de algunos instantes de silencio y
sacando un papel del bolsillo--, cuando no puedo hablaros, canto
vuestras alabanzas. He aqu unos versos que he compuesto anoche, porque
de noche, Mara, sueo sin dormir. El sueo ha huido de mis ojos desde
que la paz ha huido de mi corazn. Perdn, perdn, Mara, si estas
palabras que rebosan de mi corazn ofenden la inocencia de vuestros
sentimientos, tan puros como vuestra voz. Tambin he padecido yo cuando
padecais vos.

--Ya veis--repuso ella bostezando--que no ha sido cosa de cuidado.

--Queris, Mara--le pregunt el duque--, que os lea los versos?

--Bien--respondi framente Mara.

El duque ley una linda composicin.

--Son muy hermosos--dijo Mara algo ms animada--; van a salir en _El
Heraldo_?

--Lo deseis?--pregunt el duque suspirando.

--Creo que lo merecen--contest Mara.

El duque call, apoyando su cabeza en sus manos.

Cuando la levant vio en los ojos de Mara, fijos en la puerta de
cristales de su alcoba, un vivo rayo, inmediatamente apagado. Volvi la
cara hacia aquel lado, pero no vio nada.

El duque, en su distraccin, haba hecho un rollo del papel en que
estaban escritos sus versos, que Mara no haba reclamado.

--Vais a hacer un cigarro con el soneto?--pregunt Mara.

--Al menos, as servira para algo--respondi el duque.

--Ddmelos y los guardar--dijo Mara.

El duque puso en el papel enrollado una magnfica sortija de brillantes.

--Qu!--dijo Mara--, la sortija tambin?

Y se la puso en el dedo, dejando caer al suelo el papel. Ah!--pens
entonces el duque--, no tiene corazn para el amor ni alma para la
poesa!, ni aun parece que tiene sangre para la vida! Y sin embargo, el
cielo est en su sonrisa; el infierno, en sus ojos, y todo lo que el
cielo y la tierra contienen, en los acentos de su soberana voz.

El duque se levant.

--Descansad, Mara--le dijo--. Reposad tranquila en la venturosa paz de
vuestra alma, sin que la importune la idea de que otros velan y padecen.




Captulo XXVII


Apenas cerr el duque la puerta, cuando Pepe Vera sali por la de la
alcoba, rindose a carcajadas.

--Quieres callar?--le dijo Mara haciendo reflejar los rayos de la luz
en el solitario que el duque acababa de regalarle.

--No--respondi el torero--, porque me ahogara la risa. Ya no estoy
celoso, Mariquita. Tantos celos tengo como el sultn en su serrallo.
Pobre mujer! Qu sera de ti, con un marido que te enamora con recetas
y un cortejo que te obsequia con coplas, si no tuvieras quien supiera
camelarte con zandunga? Ahora que el uno se ha ido a _soar despierto_ y
el otro a _velar dormido_, vmonos t y yo a cenar con la gente alegre,
que aguardndonos est.

--No, Pepe. No me siento buena. El sofocn que he tomado, el fro que
haca al salir del teatro, me han cortado el cuerpo. Tengo escalofros.

--Tus dengues de princesa--dijo Pepe Vera--. Vente conmigo. Una buena
cena te sentar mejor que no esa zonzona horchata, y un par de vasos de
buen vino te harn ms provecho que la asquerosa leche de burra; vamos,
vamos.

--No voy, que hace un norte de Guadarrama, de esos que no apagan una luz
y matan a un cristiano.

--Pues bien--dijo Pepe--, si esa es tu voluntad y quieres curarte en
salud, buenas noches.

--Cmo!--exclam Mara--. Te vas a cenar y me dejas? Me dejas sola y
mala como lo estoy, por tu causa?

--Pues qu!--replic el torero--, quieres que yo tambin me ponga a
dieta? Eso no, morena. Me aguardan y me largo. Buen rato te pierdes.

Mara se levant con un movimiento de coraje, dej caer una silla, sali
del cuarto cerrando la puerta con estrpito y volvi en breve, vestida
de negro, cubierta de una mantilla cuyo velo le ocultaba el rostro y
envuelta en un paoln, y salieron los dos juntos.

Muy entrada la noche, al volver Stein a su casa el criado le entreg una
carta. Cuando estuvo en su cuarto, la abri. Su contenido y su
ortografa era como sigue:

Seor dotor:

No creha V. que esta es una carta nnima: yo hago las cosas claras;
comienzo por decirle mi nombre, que es Luca del Salto; me parece que es
nombre bastante conocido.

Seor maro de la Santal, es menester ser tan bueno o tan bolo como
usted lo es, para no caher en la qenta de que su muger de usted esta
mal entretena por Pepe Vera, que era mi novio, que yo lo puedo decir,
por que no soy casada y a nadie engao. Si usted quiere que se le caigan
las cataratas, vaya usted esta noche a la calle de *** nmero 13, y alli
ar usted como santo Tomas.

--Puede darse una infamia semejante!--exclam Stein, dejando caer la
carta al suelo--. Mi pobre Mara tiene envidiosos, y sin duda son
mujeres de teatro. Pobre Mara!, enferma y quiz durmiendo ahora
sosegadamente. Pero veamos si su sueo es tranquilo. Anoche no estaba
bien. Tena el pulso agitado y la voz tomada. Hay tantas pulmonas
ahora en Madrid!

Stein tom una luz, sali de su cuarto, pas a la sala, por la cual
comunicaba con la alcoba de su mujer, entr en ella, pisando con las
puntas de los pies, se acerc a la cama, entreabri las cortinas... No
haba nadie!

En un ser tan ntegro, tan confiado como Stein, no era fcil que
penetrase de pronto y sin combate la conviccin de tan infame engao.

--No--dijo despus de algunos instantes de reflexin--. No es posible!
Debe haber alguna causa, algn motivo imprevisto. Sin embargo--continu
despus de otra pausa--; es preciso que no me quede nada sobre el
corazn. Es preciso que yo pueda responder a la calumnia no slo con el
desprecio, sino con un solemne ments y con pruebas positivas.

Con el auxilio de los serenos, Stein pudo hallar fcilmente el lugar
indicado en la carta.

La casa indicada no tena portero: la puerta de la calle estaba abierta.
Stein entr, subi un tramo de la escalera, y al llegar al primer
descanso, no supo dnde dirigirse.

Debilitado el primer mpetu de su resolucin, empez a avergonzarse de
lo que haca. Espiar--deca--es una bajeza. Si Mara supiera lo que
estoy haciendo, se resentira amargamente, y tendra razn. Dios mo!,
sospechar a la persona que amamos, no es crear la primera nube en el
puro cielo del amor?, yo espiar!, a esto me ha rebajado el
despreciable escrito de una mujer ms despreciable an?

Vulvome. Maana le preguntar a Mara cuanto saber deseo, que este
medio es el debido, el natural y el honrado. Alto all, corazn mo;
limpia mi pensamiento de sospechas, como limpia el sol la atmsfera de
negras sombras.

Stein lanz un profundo suspiro, que pareca estarle ahogando, y pas su
pauelo por su hmeda frente. Oh!--exclam--, la sospecha, que crea
la idea de la posibilidad del engao que no exista en nuestra alma!,
oh!, la infame sospecha, hija de malos instintos o de peores
insinuaciones, por un momento este monstruo ha envilecido mi alma y ya
para siempre tendr que sonrojarme ante Mara!

En aquel instante se abri una puerta que daba al descanso en que se
haba parado Stein y dio salida a un rumor de vasos, de cantos y de
risas: una criada que sala de adentro sacando botellas vacas, se hizo
atrs, para dejar pasar a Stein, cuyo aspecto y traje le inspiraron
respeto.

--Pasad adelante--le dijo--; aunque vens tarde, porque ya han cenado--y
sigui su camino.

Stein se hallaba en una pequea antesala. Estaba abierta una puerta que
daba a una sala contigua. Stein se acerc a ella. Apenas haban echado
sus ojos una mirada a lo interior de aquella pieza, cuando qued inmvil
y como petrificado.

Si todos los sentimientos que elevan y ennoblecen el alma cegaban al
duque, todos los impulsos buenos y puros del corazn cegaban a Stein con
respecto a Mara. Cul sera, pues, su asombro al verla sin mantilla,
sentada a la mesa en un taburete, teniendo a sus pies una silla baja, en
que estaba Pepe Vera, que tena una guitarra en la mano y cantaba:

       Una mujer andaluza
    tiene en sus ojos el sol;
    una aurora en su sonrisa,
    y el paraso en su amor.

--Bien, bien, Pepe!--gritaron los otros comensales--. Ahora le toca
cantar a _Marisalada_. Que cante _Marisalada_. Nosotros no somos gente
de levita ni de palets; pero tenemos odos como los tienen ellos; que
en punto a orejas, no hay pobres ni ricos. Ande usted, Mariquita, cante
usted para sus paisanos que lo entienden; que las gentes de bandas y
cruces no saben jalear en francs.

Mara tom la guitarra que Pepe Vera le present de rodillas, y cant:

      Ms quiero un jaleo pobre,
    y unos pimientos asados,
    que no tener un usa
    desaboro a mi lado.

A esta copla respondi un torbellino de aplausos, vivas y requiebros,
que hicieron retemblar las vidrieras.

Stein se puso rojo como la grana, menos de indignacin que de
vergenza.

--Sobre que ese Pepe Vera naci de pie--dijo uno de sus compaeros.

--Tiene ms suerte que quiere!

--Como que hoy por hoy, no la cambio por un imperio--repuso el torero.

--Pero qu dice a eso el marido?--pregunt un picador, que contaba ms
aos que todos los dems de la cuadrilla.

--El marido?--respondi el torero--. No conozco a su merc sino para
servirlo. Pepe Vera no se las aviene sino con toros bravos.

Stein haba desaparecido.




Captulo XXVIII


El da siguiente al de los sucesos referidos en el captulo que precede,
el duque estaba sentado en su librera enfrente de su carpeta. Tena en
la mano la pluma inmvil y derecha, semejante a un soldado de ordenanza
que no aguarda ms que una orden para ponerse en movimiento.

Abrise lentamente la puerta, por la que se vio aparecer la hermosa
cabeza de un nio de seis aos, casi sumergida en una profusin de rizos
negros.

--Pap Carlos--dijo--, estis solo? Puedo entrar?

--Desde cundo, ngel mo--respondi el padre--, necesitas t licencia
para entrar en mi cuarto?

--Desde que no me queris tanto como antes--respondi el nio apoyndose
en las rodillas de su padre--. Y eso que soy bueno: estudio bien con don
Federico, como me lo habis mandado, y en prueba de ello voy a hablar en
alemn.

--De veras?--dijo el duque tomando a su hijo en brazos.

--De veras; escucha, _Gott segne meinen guten Vater_ que quiere decir:
Dios bendiga a mi buen padre.

El duque estrech entre sus brazos a la hermosa criatura, la cual
poniendo sus manecitas en los hombros de su padre y echndose atrs
aadi:

--_Und meine liebe mutter_, que quiere decir: y a mi querida madre.
Ahora, dadme un beso--prosigui el nio echndose al cuello del duque.

--Pero--dijo de repente--se me olvidaba que traigo un recado de don
Federico.

--De don Federico?--pregunt el duque con extraeza.

--Dice que quisiera hablaros.

--Que entre, que entre. Ve a decrselo, hijo mo. Su tiempo es precioso
y no debe perderlo.

El duque guard el papel en que haba trazado algunos renglones y Stein
entr.

--Seor duque--le dijo--, voy a causaros una gran sorpresa, porque vengo
a tomar vuestras rdenes, a daros gracias por tantas bondades y a
anunciaros mi inmediata partida.

--Partir!--exclam el duque, con la expresin de la ms viva sorpresa.

--S, seor, sin demora.

--Sin demora? Y Mara?

--Mara no viene conmigo.

--Vamos, don Federico, os chanceis. No puede ser.

--Lo que no puede ser, seor duque, es que yo permanezca aqu.

--La razn?

--Ah!, no me la preguntis, porque no puedo decirla.

--No puedo concebir una sola--dijo el duque--que sea bastante a
justificar semejante locura.

--Bien imperiosa debe de ser--respondi Stein--la que me pone en el caso
de tomar este partido extremo.

--Pero... amigo Stein, qu razn es esa?

--Debo callarla, seor.

--Qu debis callarla?--exclam el duque, cada vez ms atnito.

--As lo creo--dijo Stein--; y este deber me priva del nico consuelo
que me quedaba, el de poder desahogar mi corazn en el del noble y
generoso mortal que me abri su manos poderosas y se dign llamarme su
amigo.

--Y adnde vais?

--A Amrica.

--Eso es imposible, Stein; lo repito, es imposible!--exclam el duque,
levantndose en un estado de agitacin que creca por momentos--. Nada
puede haber en el mundo que os obligue a abandonar vuestra mujer, a
separaros de vuestros amigos, a desertar de vuestro empleo y a dejar
plantada vuestra clientela, como podra hacerlo un tarambana. Tenis
ambicin? Os han prometido mayores ventajas en Amrica?

Stein sonri amargamente.

--Ventajas, seor duque! No ha sobrepujado la fortuna todas las
esperanzas que pudo haber soado vuestro pobre compaero de viaje?

--Me confunds--dijo el duque--. Es capricho? Es un rapto de locura?

Stein callaba.

--De todos modos--aadi el duque--, es una ingratitud.

Al or esta palabra cruel y tierna al mismo tiempo, Stein se cubri el
rostro con las manos y su dolor largo rato comprimido estall en hondos
sollozos.

El duque se acerc a l, le tom la mano y le dijo:

--No hay indiscrecin en desahogar sus penas en el corazn de un amigo,
ni puede existir deber alguno que prohba a un hombre recibir los
consejos de las personas que se interesan en su bienestar,
particularmente en las circunstancias graves de la vida. Hablad, Stein.
Abridme vuestro corazn. Estis harto agitado para obrar a sangre fra;
vuestra razn est demasiado ofuscada para poder aconsejar cuerdamente.
Sentmonos en este divn. Abandonaos a mis consejos en una circunstancia
que parece de trascendencia, como yo me abandonara a los vuestros, si
me hallara en el mismo caso.

Stein se dio por vencido; sentse cerca del duque y los dos quedaron por
algn tiempo en silencio. Stein pareca ocupado en buscar el modo de
hacer la declaracin que exiga la amistad del duque. Por fin,
levantando pausadamente la cabeza.

--Seor duque--le dijo--, qu harais si la seora duquesa os
prefiriese a otro hombre?..., si os fuera infiel?

El duque se puso en pie de un salto, erguida la frente y mirando
severamente a su interlocutor.

--Seor doctor, esa pregunta...

--Respondedme, respondedme--dijo Stein, cruzando las manos en actitud de
un hombre profundamente angustiado.

--Por Cristo Santo!--dijo el duque--, ambos moriran a mis manos!

Stein baj la cabeza.

--Yo no los matar--dijo--; pero me dejar morir!

El duque empez entonces a columbrar la verdad, y un temblor que no pudo
contener recorri sus miembros.

--Mara!...--exclam al fin.

--Mara--respondi Stein sin levantar la frente, como si la infamia de
su mujer fuese un peso que se la oprimiera.

--Y la habis sorprendido!--dijo el duque, pudiendo apenas pronunciar
estas palabras, con una voz que la indignacin ahogaba.

--En una verdadera orga--respondi Stein--, tan licenciosa como
grosera, en que el vino y el tabaco servan de perfume y en que el
torero Pepe Vera se jactaba de ser su amante. Ah Mara,
Mara!--prosigui, cubrindose el rostro con las manos.

El duque, que como todos los hombres serenos tena un gran imperio sobre
s mismo, dio algunas vueltas por el aposento. Parndose despus delante
de su pobre amigo, le dijo:

--Partid, Stein.

Stein se levant, apret entre sus manos las del duque; quiso hablar, y
no pudo!

El duque le abri sus brazos.

--Valor, Stein--le dijo--; y hasta la vista.

--Adis, y... para siempre!--murmur Stein, arrojndose fuera del
cuarto.

Cuando el duque estuvo solo, se pase largo rato. A medida que se
calmaba la agitacin producida por la terrible sorpresa que se haba
apoderado de su alma al or la revelacin de Stein, se iba asomando a
sus labios la sonrisa del desprecio. El duque no era uno de esos hombres
de torpes inclinaciones, estragados y vulgares, para los cuales los
desrdenes de la mujer, lejos de ser motivo de desvo y repugnancia,
sirven de estimulante a sus toscos apetitos. En su temple elevado,
altivo, recto y noble, no podan albergarse juntos el amor y el
desprecio; los sentimientos ms delicados, al lado de los ms abyectos.

El desprecio iba, pues, sofocando en su corazn todo afecto, como la
nieve apaga la llama del holocausto en el altar en que arde. Ya no
exista para l la mujer a quien haba cantado en sus versos y que en
sus sueos le haba seducido.

Y yo--deca--, yo que la adoraba como se adora a un ser ideal; que la
honraba como se honra a la virtud; que la respetaba como debe respetarse
a la mujer de un amigo!... Y yo, que enteramente absorto en ella, me
alejaba de la noble mujer, que fue mi primero, mi nico amor!... La
casta, la pura madre de mis hijos! Mi Leonor, que todo lo ha
sobrellevado en silencio y sin quejarse!

Por un movimiento repentino, y cediendo al influjo poderoso de sus
ltimas reflexiones, el duque sali de su gabinete y se encamin a las
habitaciones de su mujer. Entr en ellas por una puerta secreta. Al
aproximarse a la pieza en que la duquesa sola a pasar el da, oy
hablar y pronunciar su nombre. Entonces se detuvo.

--Conque se ha hecho invisible el duque?--deca una voz agridulce--.
Hace quince das que he llegado a Madrid y no slo no se ha dignado
venir a verme mi querido sobrino, sino que no le he visto en ninguna
parte.

--Ta--respondi la duquesa--, puede ser que no sepa vuestra llegada.

--No saber que la marquesa de Gutibamba ha llegado a Madrid! No es
posible, sobrina. Sera la nica persona de la corte que lo ignorase.
Adems, me parece que has tenido sobrado tiempo para decrselo.

--Es verdad, ta; soy culpable de ese olvido.

--Pero no hay que extraarlo--continu la voz agridulce--. Cmo ha de
gustar de mi sociedad, ni de las personas de su clase, cuando todo el
mundo dice que no trata ms que con cmicas?

--Es falso--respondi con sequedad la duquesa.

--O eres ciega--dijo la marquesa exasperada--o eres consentidora.

--Lo que no consentir jams--dijo la duquesa--, es que la calumnia
venga a hostilizar a mi marido aqu, en su misma casa y a los odos de
su mujer.

--Mejor haras--continu la voz--perdiendo mucho en lo dulce y ganando
mucho en lo agrio, en impedir que tu marido diese lugar a lo mucho que
se habla en Madrid sobre su conducta, que en defenderlo, alejando de
aqu a todos tus amigos, con esas asperezas y repulsivas sentencias que
sin duda tienes prevenidas por orden de tu confesor.

--Ta--respondi la duquesa--, mejor harais en consultar al vuestro,
sobre el lenguaje que ha de usarse con una mujer casada, sobrina
vuestra.

--Bien est--dijo la Gutibamba--; tu carcter austero, reservado y
metido en ti, te priva ya del corazn de tu marido y acabar por alejar
de ti a todos tus amigos.

Y la marquesa sali muy satisfecha de su peroracin.

Leonor se qued sentada en su sof, inclinada la cabeza y humedecido su
hermoso y plido rostro con las lgrimas que por largo tiempo haba
logrado contener.

De repente se volvi dando un grito. Estaba en los brazos de su marido.
Entonces estallaron sus sollozos; pero sus lgrimas eran dulces. Leonor
conoca que aquel hombre, siempre franco y leal, al volver a ella le
restitua un corazn y un amor sincero que ya nadie le disputaba.

--Leonor ma! Querrs y podrs perdonarme?--dijo, dejndose caer de
rodillas ante su mujer.

Esta sell con sus lindas manos los labios de su marido.

--Vas a echar a perder lo presente con el recuerdo de lo pasado?--le
dijo.

--Quiero--dijo el duque--que sepas mis faltas, juzgadas por el mundo con
demasiada severidad, mi justificacin y mi arrepentimiento.

--Hagamos un pacto--dijo la duquesa interrumpindole--. No me hables
nunca de tus faltas y yo no te hablar nunca de mis penas.

En este momento entr ngel corriendo. El duque y la duquesa se
separaron por un movimiento pronto y simultneo, porque en Espaa, en
donde el lenguaje es libre por dems, delante de los nios y los jvenes
hay una extremada reserva en las acciones.

--Llora mam?, llora mam?--grit el nio, ponindose colorado y
llenndosele los ojos de lgrimas--. La habis reido, pap Carlos?

--No, hijo mo--respondi la duquesa--. Lloro de alegra.

--Y por qu?--pregunt el nio, en cuyo rostro la sonrisa haba
sucedido inmediatamente a las lgrimas.

--Porque maana sin falta--respondi el duque, tomndole en brazos y
acercndose a su mujer--salimos todos para nuestras posesiones de
Andaluca, que tu madre desea ver, y all seremos felices como los
ngeles en el cielo.

El nio lanz un grito de alegra, enlaz con un abrazo el cuello de su
padre y con el otro el de su madre, acercando sus cabezas y cubrindolas
sucesivamente de besos.

En aquel instante se abri la puerta y dio entrada al marqus de Elda.

--Pap marqus--grit su nieto--, maana nos vamos todos.

--De veras?--pregunt el marqus a su hija.

--S, padre--respondi la duquesa--; y una sola cosa falta a mi
contento, y es que queris acompaarnos.

--Padre--dijo el duque--, podis negar algo a vuestra hija, que sera
una santa si no fuera un ngel?

El marqus mir a su hija, en cuyo rostro brillaba un gozo intenso;
despus al duque, que ostentaba la ms pura satisfaccin. Entonces una
tierna sonrisa suaviz la austeridad natural de su semblante, y
acercndose a su yerno:

--Venga ac esa mano--le dijo--; y cuenta conmigo!




Captulo XXIX


Mara, indispuesta desde antes de ir a la cena, haba empeorado y tena
calentura a la maana siguiente.

--Marina--dijo a su criada, despus de un inquieto y breve sueo--,
llama a mi marido, que me siento mala.

--El amo no ha vuelto--respondi Marina.

--Habr estado velando algn enfermo--dijo Mara Tanto mejor! Me
recetara una cfila de cosas y de remedios y yo los aborrezco.

--Estis muy ronca--dijo Marina.

--Mucho--respondi Mara--, y es preciso cuidarme. Me quedar hoy en
cama y tomar un sudorfico. Si viene el duque, le dirs que estoy
dormida. No quiero ver a nadie. Tengo la cabeza loca.

--Y si viene alguien por la puerta falsa?

--Si es Pepe Vera, djale entrar, que tengo que decirle. Echa las
persianas y vete.

Sali la criada y a los pocos pasos volvi atrs, dndose un golpe en la
frente.

--Aqu--dijo--hay una carta que el amo ha dejado a Nicols para
entregrosla.

--Vete a paseo con tu carta--dijo Mara--; aqu no se ve y adems quiero
dormir. Qu me dir? Me indicar el sitio donde le _llama el deber.
_Qu se me da a m de eso? Deja la carta sobre la cmoda y vete de una
vez.

Algunos minutos despus volvi a entrar Marina.

--Otra te pego!--grit su ama.

--Es que el seor Pepe Vera quiere veros.

--Que entre--dijo Mara, volvindose con prontitud.

Entr Pepe Vera, abri las persianas para que entrase la luz, se ech
sobre una silla sin dejar de fumar, y mirando a Mara, cuyas mejillas
encendidas y cuyos ojos hinchados indicaban una seria indisposicin.

--Buena ests!--le dijo--. Qu dir Poncio Pilatos?

--No est en casa--respondi Mara cada vez ms ronca.

--Tanto mejor; y quiera Dios que siga andando, como el judo errante,
hasta el da del juicio. Ahora vengo de ver los toros de la corrida de
esta tarde. Ya nos darn que hacer los tales bichos! Hay uno negro que
se llama _Medianoche_, que ya ha matado un hombre en el encierro.

--Quieres asustarme y ponerme peor de lo que estoy?--dijo Mara--.
Cierra las persianas, que no puedo aguantar el resplandor.

--Tonteras!--replic Pepe Vera--. Puros remilgos! No est aqu el
duque para temer que te ofenda la luz, ni el _matasanos_ de tu marido,
para temer que entre un soplo de aire y te mate. Aqu huele a pachul, a
algalia, a almizcle, a cuantos potingues hay en la botica. Esas
porqueras son las que te hacen dao. Deja que entre el aire y que se
oree el cuarto, que esto te har provecho. Dime, prenda, irs esta
tarde a la corrida?

--Acaso estoy capaz de ir?--respondi Mara--. Cierra esa ventana,
Pepe. No puedo soportar esa luz tan viva ni ese aire tan fro.

Al decir estas palabras, se levant l, y abri de par en par la
ventana.

--Y yo--dijo Pepe--no puedo soportar tus dengues.

Lo que tienes es poco mal y bien quejado. Adis, no parece sino que vas
a echar el alma! Pues _se_ de la media almendra, voy a mandar hacer el
atad y despus a matar a _Medianoche_, brindndoselo a Luca del Salto,
que se pondr poco hueca en gracia de Dios.

--Dale con esa mujer!--exclam Mara, incorporndose con un gesto de
rabia--. No dicen que se iba con un ingls?

--Qu se haba de ir a aquellas tierras, donde no se ve el sol sino
por entre cortinas y donde se duerme la gente en pie?--dijo el torero.

--Pepe, no eres capaz de hacer lo que dices. Sera una infamia!

--La infamia sera--dijo Pepe Vera, plantndose delante de Mara con los
brazos cruzados--que cuando yo voy a exponer mi vida, en lugar de estar
t all para animarme con tu presencia, te quedases en tu casa, para
recibir al duque con toda libertad, bajo el pretexto de estar resfriada.

--Siempre el mismo tema!--dijo Mara--. Note basta haber estado
espiando oculto en mi cuarto, para convencerte por tus mismos ojos de
que entre el duque y yo no hay nada? Sabes que lo que le gusta en m es
la voz, no mi persona. En cuanto a m, bien sabes...

--Lo que yo s--dijo Pepe Vera--es que me tienes miedo!, y haces bien,
por vida ma! Pero Dios sabe lo que puede suceder, quedndote sola y
segura de que no puedo sorprenderte. No me fo de ninguna mujer; ni de
mi madre.

--Miedo yo!--replic Mara--Yo!

Pero sin dejarla hablar, Pepe Vera continu:

--Me crees tan ciego que no vea lo que pasa? No s yo que le ests
haciendo buena cara, porque se te ha puesto en el testuz que ese
desaborido de tu marido tenga los honores de cirujano de la reina, como
acabo de saberlo de buena tinta?

--Mentira!--grit Mara con toda su ronquera.

--Mara! Mara! No es Pepe Vera hombre a quien se da gato por liebre.
Sbete que yo conozco las maas de los toros bravos como las de los
toros marrajos.

Mara se ech a llorar.

--S--dijo Pepe--, suelta el trapo, que ese es el _Refugium peccatorum_
de las mujeres. T te fas del refrn mujer, llora y vencers. No,
morena; hay otro que dice en cojera de perro y lgrimas de mujer, no
hay que creer. Guarda tus lgrimas para el teatro, que aqu no estamos
representando comedias. Mira lo que haces: si juegas falso, peligra la
vida de un hombre. Conque, cuenta con lo que haces. Mi amor no es cosa
de recetas ni de dcimas. Yo no me pago de hipos, sino de hechos. En
una palabra, si no vas esta tarde a los toros, te ha de pesar.

Diciendo esto, Pepe Vera se sali de la habitacin.

Estaba a la sazn combatido por dos sentimientos de una naturaleza tan
poderosa, que se necesitaba un temple de hierro para ocultarlos, como l
lo estaba haciendo, bajo la exterioridad ms tranquila, el rostro ms
sereno y la ms natural indiferencia. Haba examinado los toros que
deban correrse aquella tarde; jams haba visto animales ms feroces.
Haba concebido preocupacin extraordinaria hacia uno de ellos, achaque
que suele ser comn entre los de su profesin, que se creen salvos y
seguros si de aquel libran bien, sin cuidarse de los dems de la
corrida.

Adems, estaba celoso; celoso l, que no saba ms que vencer y recibir
aplausos! Le haban dicho que le estaban burlando, y dentro de pocas
horas iba a verse entre la vida y la muerte, entre el amor y la
traicin. As lo crea al menos.

Cuando sali Pepe Vera de la alcoba de Mara, esta desgarr las
guarniciones bordadas de las sbanas; ri speramente a Marina, llor;
despus se visti, mand recado a una compaera de teatro y se fue con
ella a los toros.

Mara, temblando con la fiebre y con la agitacin, se coloc en el
asiento que Pepe Vera le haba reservado.

El ruido, el calor y la confusin aumentaron la desazn que senta
Mara. Sus mejillas siempre plidas, estaban encendidas; un ardor febril
animaba sus negros ojos. La rabia, la indignacin, los celos, el orgullo
lastimado, la ansiedad, el terror y el dolor fsico se esforzaban en
vano por arrancar una queja, un suspiro, de aquella boca tan cerrada y
apretada como el sepulcro.

Pepe Vera la vio. En su rostro se bosquej una sonrisa, que no hizo en
Mara la menor impresin, como si resbalase en su aspecto glacial,
debajo del cual su vanidad herida juraba venganza.

El traje de Pepe Vera era semejante al que sac en la corrida de que en
otra parte hemos hecho mencin, con la diferencia de ser el raso verde
y las guarniciones de oro.

Ya se haba lidiado un toro, y lo haba despachado otro primer espada.
Haba sido _bueno_, pero no tan bravo como haban credo los
inteligentes.

Son la trompeta; abri el toril su ancha y sombra boca, y sali un
toro negro a la plaza.

--Ese es _Medianoche_!--gritaba el gento--. _Medianoche_ es el toro de
la corrida; como si dijramos, el rey de la funcin.

_Medianoche_, sin embargo, no sali de carrera, cual salen todos, como
si fuesen a buscar su libertad, sus pastos, sus desiertos. l quera,
antes de todo, vengarse; quera acreditar que no sera juguete de
enemigos despreciables; quera castigar. Al or la acostumbrada gritera
que lo circundaba, se qued parado.

No hay la menor duda de que el toro es un animal estpido. Pero con
todo, sea que la rabia sea poderosa a aguzar la ms torpe inteligencia,
o que tenga la pasin la facultad de convertir el ms rudo instinto en
perspicacia, ello es, que hay toros que adivinan y se burlan de las
suertes ms astutas de la tauromaquia.

Los primeros que llamaron la atencin del terrible animal fueron los
picadores. Embisti al primero y le tir al suelo. Hizo lo mismo con el
segundo sin detenerse y sin que la pica bastase a contenerle ni hiciese
ms que herirle ligeramente. El tercer picador tuvo la misma suerte que
los otros.

Entonces el toro, con las astas y la frente teidas en sangre, se plant
en medio de la plaza, alzando la cabeza hacia el tendido, de donde sala
una gritera espantosa, excitada por la admiracin de tanta bravura.

Los chulos sacaron a los picadores a la barrera. Uno tena una pierna
rota y se le llevaron a la enfermera. Los otros dos fueron en busca de
otros caballos. Tambin mont el sobresaliente; y mientras que los
chulos llamaban la atencin del animal con las capas, los tres picadores
ocuparon sus puestos respectivos, con las garrochas en ristre.

Dos minutos despus de haberlos divisado el toro, yacan los tres en la
arena. El uno tena la cabeza ensangrentada y haba perdido el sentido.
El toro se encarniz en el caballo, cuyo destrozado cuerpo serva de
escudo al malparado jinete.

Entonces hubo un momento de lgubre terror.

Los chulillos procuraban en vano, y exponiendo sus personas, distraer la
atencin de la fiera; mas ella pareca tener sed de sangre y querer
saciarla en su vctima. En aquel momento terrible un chulo corri hacia
el animal y le ech la capa a la cabeza para cegarle. Lo consigui por
algn instante; pero el toro sac la cabeza, se desembaraz de aquel
estorbo, vio al agresor huyendo, se precipit en su alcance, y en su
ciego furor, pas delante, habindole arrojado al suelo. Cuando se
volvi, porque no saba abandonar su presa, el gil lidiador se haba
puesto en pie y saltado la barrera, aplaudido por el concurso con
alegres aclamaciones. Todo esto haba pasado con la celeridad del
relmpago.

El heroico desprendimiento con que los toreros se auxilian y defienden
unos a otros, es lo nico verdaderamente bello y noble en estas fiestas
crueles, inhumanas, inmorales, que son un anacronismo en el siglo que se
precia de ilustrado. Sabemos que los aficionados espaoles y los
exticos como el vizconde de Fadise, montados siempre medio tono ms
alto que los primeros, ahogarn nuestra opinin con sus gritos de
anatema. Por esto nos guardamos muy bien de imponerla a otros y nos
limitamos a mantenernos en ella. No la discutimos ni sostenemos, porque
ya lo dijo San Pablo con su inmenso talento: Nunca disputis con
palabras, porque para nada sirve el disputar; y Mr. Joubert afirma
tambin que el trabajo de la disputa excede con mucho a su utilidad.

El toro estaba todava enseorendose solo, como dueo de la plaza. En
la concurrencia dominaba un sentimiento de terror. Pronuncibanse
diversas opiniones: los unos queran que los cabestros entrasen en la
plaza y se llevasen al formidable animal, tanto para evitar nuevas
desgracias, como a fin de que sirviese para propagar su valiente casta.
A veces se toma esta medida; pero lo comn es que los toros indultados
no sobrevivan a la inflamacin de sangre que adquirieron en el combate.
Otros queran que se le desjarretase para poder matarle sin peligro. Por
desgracia, la gran mayora gritaba que era lstima, y que un toro tan
bravo deba morir con todas las reglas del arte.

El presidente no saba qu partido tomar. Dirigir y mandar una corrida
de toros no es tan fcil como parece. Ms fcil a veces es presidir un
cuerpo legislativo. En fin, lo que acontece muchas veces en estos,
sucedi en la ocasin presente. Los que ms gritaban, pudieron ms; y
qued decidido que aquel poderoso y terrible animal muriese en regla y
dejndole todos sus medios de defensa.

Pepe Vera sali entonces armado a la lucha. Despus de haber saludado a
la autoridad, se plant delante de Mara y la brind el toro.

l estaba plido; Mara, encendida, y los ojos saltndosele de las
rbitas. Su aliento sala del pecho agitado, como el ronco resuello del
que agoniza. Echaba el cuerpo adelante, apoyndose en la barandilla y
clavando en ella las uas. Mara amaba a aquel hombre joven y hermoso, a
quien vea tan sereno delante de la muerte. Se complaca en un amor que
la subyugaba, que la haca temblar, que le arrancaba lgrimas, porque
ese amor brutal y tirnico, ese cambio de afectos profundos, apasionados
y exclusivos, era el amor que ella necesitaba; como ciertos hombres de
organizacin especial, en lugar de licores dulces y vinos delicados,
necesitan el poderoso estimulante de las bebidas alcohlicas.

Todo qued en el ms profundo silencio. Como si un horrible
presentimiento se hubiese apoderado de las almas de todos los presentes,
oscureciendo el brillo de la fiesta, como la nube oscurece el del sol.

Mucha gente se levant y se sali de la plaza.

El toro, entre tanto, se mantena en medio de la arena con la
tranquilidad de un hombre valiente que, con los brazos cruzados y la
frente erguida, desafa arrogantemente a sus adversarios.

Pepe Vera escogi el lugar que le convena, con su calma y desgaire
acostumbrados y sealndoselo con el dedo a los chulos:

--Aqu!--les dijo.

Los chulos partieron volando, como los cohetes de un castillo de
plvora. El animal no vacil un instante en perseguirlos. Los chulos
desaparecieron. El toro se encontr frente a frente con el matador.

Esta formidable situacin no dur mucho. El toro parti instantneamente
y con tal rapidez, que Pepe Verano pudo prepararse. Lo ms que pudo
hacer, fue separarse para eludir el primer impulso de su adversario.
Pero aquel animal no segua, como lo hacen comnmente los de su especie,
el empuje que les da su furioso mpetu. Volvise de repente, se lanz
sobre el matador como el rayo y le recogi ensartado en las astas:
sacudi furioso la cabeza y lanz a cuatro pasos el cuerpo de Pepe Vera,
que cay como una masa inerte.

Millares de voces humanas lanzaron entonces un grito, como slo hubiera
podido concebirlo la imaginacin de Dante; un grito que desgarraba las
entraas: hondo, lgubre, prolongado.

Los picadores se echaron con sus caballos y garrochas sobre el toro,
para impedir que recogiese a su vctima.

Los chulos, como bandada de pjaros, le circundaron tambin.

--Las medialunas!, las medialunas!--grit la concurrencia entera. El
alcalde repiti el grito.

Salieron aquellas armas terribles y el toro qued en breve
desajarretado; el dolor y la rabia le arrancaban espantosos bramidos.
Cay por fin muerto, al golpe del pual que le clav en la nuca el
innoble cachetero.

Los chulos levantaron a Pepe Vera.

--Est muerto!--tal fue el grito que exhal unnime el brillante grupo
que rodeaba al desventurado joven, y que de boca en boca subi hasta las
ltimas gradas, cernindose sobre la plaza a manera de fnebre bandera.

* * *

Transcurrieron quince das despus de aquella funesta corrida.

En una alcoba, en que se vean todava algunos muebles decentes, aunque
haban desaparecido los de lujo; en una cama elegante, pero cuyas
guarniciones estaban marchitas y manchadas, yaca una joven plida,
demacrada y abatida. Estaba sola.

Esta mujer pareci despertar de un largo y profundo sueo. Incorporse
en la cama, recorriendo el cuarto con miradas atnitas. Apoy su mano en
la frente, como si quisiese fijar sus ideas, y con voz dbil y ronca
dijo:

--Marina!--entr entonces no Marina, sino otra mujer, trayendo una
bebida que haba estado preparando.

La enferma la mir.

--Yo conozco esa cara!--dijo con sorpresa.

--Puede ser, hermana--respondi la que haba entrado, con mucha
dulzura--. Nosotras vamos a las casas de los pobres como a las de los
ricos.

--Pero dnde est Marina? Dnde est?--dijo la enferma.

--Se ha huido con el criado, robando cuanto han podido haber a las
manos.

--Y mi marido?

--Se ha ausentado sin saberse adnde.

--Jess!--exclam la enferma, aplicndose las manos a la frente.

--Y el duque?--pregunt despus de algunos instantes de silencio--.
Debis conocerle, pues en su casa fue donde creo haberos visto.

--En casa de la duquesa de Almansa? S, en efecto, esa seora me
encargaba de la distribucin de algunas limosnas. Se ha ido a Andaluca
con su marido y toda su familia.

--Conque estoy sola y abandonada!--exclam entonces la enferma, cuyos
recuerdos se agolpaban a su memoria, siendo los primeros los ms
lejanos, como suele suceder al volver en s de un letargo.

--Y qu? No soy yo nadie?--dijo la buena hermana de la caridad,
circundando con sus brazos a Mara--. Si antes me hubieran avisado, no
os hallarais en el estado en que os hallis.

De repente sali un ronco grito del dolorido pecho de la enferma.

--Pepe!..., el toro!... Pepe!..., muerto!..., ah!

Y cay sin sentido en la almohada.




Captulo XXX


Seis meses despus de los sucesos referidos en el ltimo captulo, la
condesa de Algar estaba un da en su sala en compaa de su madre.
Ocupbase en adornar con cintas y en probar a su hijo un sombrero de
paja.

Entr el general Santa Mara.

--Ved, to--dijo--, qu bien le sienta el sombrero de paja a este ngel
de Dios.

--Le ests mimando que es un contento--repuso el general.

--No importa--intervino la marquesa--. Todas mimamos a nuestros hijos,
que no por eso dejan de ser hombres de provecho. No te mim poco nuestra
madre, hermano, lo cual no te ha impedido ser lo que eres.

--Mam, dame un bizcocho--dijo con media lengua el nio.

--Qu significa eso de tutear a su madre, seor renacuajo?--dijo el
general--. No se dice as; se dice: Madre, quiere usted hacerme el
favor de darme un bizcocho?

El nio se ech a llorar, al or la voz spera de su to. La madre le
dio un bizcocho a hurtadillas y sin que el general lo viese.

--Es tan chico--observ la marquesa--que todava no sabe distinguir
entre el t y el usted.

--Si no lo sabe--replic el general--, se le ensea.

--Pero to--dijo la condesa--, yo quiero que mis hijos me tuteen.

--Cmo, sobrina!--exclam el general--. Tambin quieres t entrar en
esa moda que nos ha venido de Francia, como todas las que corrompen las
costumbres?

--Conque el tuteo entre padres e hijos corrompe las costumbres?

--S, sobrina; como todo lo que contribuye a disminuir el respeto, sea
lo que fuere. Por esto me gustaba la antigua costumbre de los grandes de
Espaa, que exigan el tratamiento de excelencia a sus hijos.

--El tuteo, que pone en un pie de igualdad, que no debe existir entre
padres e hijos, no hay duda que disminuye el respeto--dijo la
marquesa--. Dicen que aumenta el cario; no lo creo. Acaso, hija ma,
me habras amado ms si me hubieras tuteado?

--No, madre--dijo la condesa, abrazndola con ternura--, pero tampoco os
hubiera respetado menos.

--Siempre has sido t una hija buena y dcil--dijo el general--, y las
excepciones no prueban nada. Pero vamos a otra cosa. Traigo a ustedes
una noticia que no podr menos de serles grata. La hermosa corbeta
Iberia, procedente de La Habana, acaba de llegar a Cdiz; conque
maana es probable que demos un abrazo a Rafael. Qu afortunado es ese
muchacho! Apenas nos escribe que tena ganas de volver a la Pennsula,
cuando se le presenta la ocasin que deseaba y el capitn general le
enva de vuelta con pliegos importantes.

An estaban la marquesa y la condesa expresando la alegra que esta
noticia les causaba, cuando se abri la puerta y Rafael Arias se
precipit en los brazos de sus parientas, estrechndolas repetidas veces
entre los suyos, y la mano al general.

--Cunto me alegro de verte, mi bueno, mi querido Rafael!--deca la
condesa.

--Jess!--aadi la marquesa--; gracias a Nuestra Seora del Carmen
que ests de vuelta! Pero qu necesidad tenas, con un buen patrimonio,
de ir a pasar la mar, como si fuera un charco? Apuesto a que te has
mareado.

--Eso es lo de menos, porque es mal pasajero--respondi Rafael--; pero
tuve otro mal que empeoraba de da en da, y era el ansia por mi patria
y por las personas de mi cario. No s si es porque Espaa es una
excelente madre o porque nosotros los espaoles somos buenos hijos, lo
cierto es que no podemos vivir sino en su seno.

--Es por lo uno y por lo otro, mi querido sobrino; por lo uno y por lo
otro--repiti con una sonrisa de gran satisfaccin el general.

--Es La Habana pas muy rico!, no es verdad, Rafael?--pregunt la
condesa.

--S, prima--respondi Rafael--; y sabe serlo, como una gran seora que
es. Su riqueza no es como la del que se enriqueci ayer, que a manera de
torrentes, corre, se precipita y pasa, haciendo gran estrpito. All la
opulencia mana blandamente y sin ruido, como un ro profundo y copioso,
que deriva sus aguas de manantiales permanentes. All la riqueza est en
todas partes, y sin necesidad de anunciarse con ostentacin, todo el
mundo la ve y la siente.

--Y las mujeres, te han gustado?--pregunt la condesa.

--Regla general--contest Rafael--: todas las mujeres me gustan en todas
partes. Las jvenes porque lo son; las viejas porque lo han sido; las
nias porque lo sern.

--No generalices tanto la cuestin, Rafael; precsala.

--Pues bien, prima; las habaneras son unos preciosos _lazzaronis_
femeninos, cubiertas de oln y de encajes cuyos zapatos de raso son
adornos intiles de los pequesimos miembros a que estn destinados,
puesto que jams he visto a una habanera en pie. Cantan hablando como
los ruiseores, viven de azcar como las abejas y fuman como las
chimeneas de vapor. Sus ojos negros son poemas dramticos, y su corazn,
un espejo sin azogar. El drama lgubre y horripilante no se hizo para
aquel gran vergel, en donde pasan las mujeres la vida recostadas en sus
hamacas, mecindose entre flores, aireadas por sus esclavas con abanicos
de plumas.

--Sabes--dijo la condesa--que la voz pblica anunci que te ibas a
casar?

--Esa seora doa _Voz pblica_, mi querida Gracia, se arroga hoy el
lugar que ocupaban antes los bufones en las cortes de los reyes. Como
ellos, dice todo lo que se le antoja, sin cuidarse de que sea cierto;
as pues, doa _Voz pblica_ ha mentido, prima.

--Pues deca ms--aadi la condesa rindose--. Le daba a tu futura dos
millones de duros de dote.

Rafael se ech a rer.

--Ya caigo en la cuenta--dijo--; en efecto, el capitn general tuvo la
idea de endosarme esa letra de cambio.

--Y qu tal era mi presunta prima?

--Fea como el pecado mortal. Su espaldilla izquierda se inclinaba
decididamente hacia la oreja del mismo lado, y la derecha, por el
contrario, demostraba el mayor alejamiento por la oreja su vecina.

--Y qu respondiste?

--Que no me gustaban las pldoras ni aun doradas.

--Mal hecho--dijo el general.

--Mal hecho era su torso, seor.

--Y ms sabiendo--dijo la condesa--que...--No acab la frase al notar
que una expresin penosa, como de amargo recuerdo, se haba esparcido
en la abierta y franca fisonoma de su primo.

--Es feliz?--pregunt.

--Cuanto es posible serlo en este mundo--respondi la condesa--. Vive
muy retirada, sobre todo desde que se han presentado sntomas de
hallarse en estado de _buena esperanza_, segn la expresin alemana de
que serva don Federico, expresin harto ms sentida, y menos meliflua
que la inglesa de _estado interesante_, a la cual hemos dados carta de
connaturalizacin...

--Con el ridculo espritu de extranjerismo y de imitacin que vive y
reina--aadi el general--, y el psimo gusto que los inspira y dirige.
Por qu no ha de decirse clara y castizamente embarazo o preez, en
lugar de esas ridculas y afectadas frases traducidas? Lo mismo hacis
que hacan los franceses en el siglo pasado cuando representaban con
polvos y tontillos a las diosas del paganismo.

--Y l?--pregunt Arias.

--Cambiado enteramente, desde que se cas y se reconcili con su cuado.
Este es el que le dirige en todo. Ahora labra por s sus haciendas,
aconsejado por mi marido, con el que pasa semanas enteras en el campo.
En fin, es el nio mimado de la familia, donde ha sido recibido como el
hijo prdigo.

--He aqu por qu--observ el general--nuestro sensato proverbio dice:
Ms vale malo conocido, que bueno por conocer.

--Y Elosa?--torn a preguntar Arias.

--Esa es una historia _lamentable_--dijo la condesa--. Se cas en
secreto con un aventurero francs que se deca primo del prncipe de
Rohan, colaborador de Dumas, enviado por el barn Taylor para comprar
curiosidades artsticas, y que por desgracia se llamaba Abelardo. Ella
encontr en su nombre y en el de su amante la indicacin de su unin
marcada por el destino. En l vio un hombre que era al mismo tiempo
literato, artista y de familia de prncipes, y crey haber encontrado el
ser ideal que haba visto en sus dorados ensueos. A sus padres, que se
oponan a aquella unin, los miraba como tiranos de melodrama, de ideas
atrasadas y sumisos en el oscurantismo...

--Y en el _espaolismo_--aadi el general en tono de irona--. Y la
seorita ilustrada, _nutrida_ de novelas y de poesas lloronas, se uni
con aquel gran bribn, casado ya dos veces, como despus lo supimos.
Pasados algunos meses, y despus de haber gastado todo el dinero que
ella le llev, la abandon en Valencia, adonde fue a buscarla su
desventurado padre, para traerla deshonrada, ni casada, ni viuda, ni
soltera. Ved ah, sobrinos mos, adnde conduce el extranjerismo
exagerado y falso.

--Rafael, t habras podido ahorrarle sus desgracias--dijo la condesa.

--Yo!--exclam su primo.

--S, t--continu Gracia--. T sabes muy bien cunto te estimaba y
cunto precio daba a tu opinin.

--S--dijo el general--, porque merecas la de los extranjeros.

--Hablando de otra cosa, qu es de nuestro punto de admiracin, el
insigne A. Polo de Mrmol de los Cementerios?--pregunt Arias.

--Se ha metido a _hombre poltico_--respondi Gracia.

--Ya lo s--dijo Rafael--; ya s que ha escrito una oda contra el trono
bajo el seudnimo de la Tirana.

--Pobre tirana!--dijo el general--; de rbol cado todos hacen lea:
ya recibi la coz del asno!

--Ya s--prosigui Rafael--que escribi otro poema contra las
preocupaciones, contando entre ellas el presagio fatal que se atribuye
al nmero 13, la infalibilidad del papa, el vuelco de un salero y la
fidelidad conyugal.

--Vaya, Rafael!--exclam la condesa rindose--, que no ha dicho nada de
eso.

--Si no son las mismas palabras--dijo Rafael--, tal es poco ms o menos
el espritu de aquella obra maestra, la cual ser clasificada por la
opinin...

--Entre las polillas que estn carcomiendo esta sociedad--dijo el
general--. Cuando est destruida veremos con qu la reemplazan!

--Adems--prosigui Rafael--, ya s que nuestro A. Polo ha compuesto una
stira (se senta inclinado a este gnero, y hace mucho tiempo que
sinti brotar en su cabeza los cuernos de Marsas), una stira, digo,
contra la hipocresa, en la cual dice que es un rasgo de hipocresa
reclamar el pago de la asignacin del clero, de los exclaustrados y de
las monjas.

--Pues bien, sobrino--dijo el general--, con esas bellas composiciones
hizo bastantes mritos para que le recibiesen de colaborador en un
peridico de oposicin.

--Ya caigo--dijo Rafael--, y adivino lo que sucedi, porque es una farsa
que se representa todos los das. Cort la pluma a guisa de mandbula
asnal y, armado con ella, atac a los filisteos del poder.

--Lo has acertado como un profeta--dijo el general--. No s cmo se ha
ingeniado; lo cierto es que en el da le tienes hecho un personaje: con
dinero, rebosando _buen tono_ y reventando _da forte_.

--Estoy seguro--dijo Rafael--que va a ponerse otro nombre ms, A. POLO
DE MRMOL DE CARRARA; y que, sin dejar de escribir contra la nobleza y
las distinciones, solicita y obtiene algn cargo honorfico de la corte,
como, por ejemplo, CABALLERIZO MAYOR DEL PARNASO. Y al duque, le
encontrar en Madrid?

--No, pero podrs verle al pasar por Crdoba, donde se halla con toda su
familia.

--El duque ha tomado por fin mi consejo--dijo el general--; se ha
separado de la vida pblica. Todas las personas de importancia deben en
estos tiempos retirarse a sus tiendas, como Aquiles.

--Pero to--dijo Rafael--, ese es el modo de que todo se lo lleva la
trampa.

--Dicen--continu la condesa--que el duque se ha dedicado enteramente a
la literatura. Est componiendo algo para el teatro.

--Apuesto a que el ttulo de la pieza ser _La cabra tira al monte
_--dijo Rafael en voz baja a la condesa.

Aluda esto a los amores de Mara con Pepe Vera, que todo el mundo saba
menos aquellos dos hombres, tan parciales de Mara que nunca pudo ni la
nobleza del uno ni la buena fe del otro sospechar algo malo en ella.

--Calla, Rafael--repuso su prima--. Debemos hacer con nuestros amigos lo
que hicieron los buenos hijos de No con su padre.

--Qu dice?--pregunt la marquesa.

--Nada, madre--respondi la condesa--; habla de la pieza sin haberla
ledo.

--Y _Marisalada_?--pregunto Rafael--, ha subido al Capitolio en un
carro de oro puro, tirado por aficionados?

--Ha perdido la voz--respondi la condesa--, de resultas de una
pulmona. Lo ignorabas?

--Tan ajeno estaba de ello--respondi Rafael--, que le traigo magnficas
proposiciones de ajuste para el teatro de La Habana. Pero en qu ha
venido a parar?

--Ya que no puede cantar--dijo el general--, seguir probablemente el
consejo de la hormiga de la fbula, aprender a bailar.

--O lo que es ms probable--dijo la condesa--, estar llorando sus
faltas y la prdida de su voz.

--Pero dnde est?--repiti con instancia Rafael.

--No lo s--respondi la condesa--, y lo siento, porque quisiera
ofrecerle consuelos y socorros si los necesita.

--Gurdalos para quien los merezca--dijo el general.

--Todos los desgraciados los merecen, to--repuso la condesa.

--Bien dicho, hija ma--dijo en tono sentido su madre--. Haz bien y no
mires a quin. Haz mal y guardarte has, como dice el refrn.

--Insisto en preguntar dnde se halla--continu Rafael--, porque le
traigo una carta.

--Una carta! Y de quin?

--De su marido.

--Le has visto?--pregunt con inters la condesa. Pues no decan que
estaba en Alemania?

--No es cierto. Se embarc en el mismo buque que nosotros, para La
Habana. Qu mudado estaba, y cun desgraciado era! Estoy seguro de que
no le habrais conocido; pero siempre tan suave, tan condescendiente,
tan bueno! Poco tiempo despus de nuestra llegada, muri de la fiebre
amarilla.

--Muri?--exclamaron a un tiempo la marquesa y su hija.

--Pobre, pobre Stein!--dijo la condesa.

--Dios le tenga en su gloria!--aadi la madre.

--Sobre la conciencia de la maldita cantatriz va la muerte de ese hombre
de bien--dijo el general.

--Yo, que me creo invulnerable--prosigui Rafael--, aunque no haba
tenido la epidemia, fui a verle cuando supe que estaba enfermo.

--Mi buen Rafael!--dijo la condesa tomando la mano de su primo.

--La enfermedad fue tan violenta, que le encontr casi en las ltimas,
pero le hall tan tranquilo y tan benvolo como siempre. Me dio gracias
por mi visita, y me dijo que era una felicidad para l ver una cara
amiga antes de morir. Me pidi pluma y papel, escribi casi moribundo
algunos renglones, y me pidi que pusiese el sobrescrito a su mujer, y
que se los enviase juntamente con su fe de muerto. En seguida le
sobrevinieron los vmitos, y muri con una mano en la del sacerdote que
le ayudaba a bien morir y la otra en la ma. Yo te entregar este
depsito, prima, para que lo enves con un hombre de confianza a
Villamar, donde probablemente se habr retirado ella al lado de su
padre. He aqu la carta--dijo Rafael--, sacando del bolsillo un papel
cuidadosamente doblado. Yo la leo algunas veces como se lee un himno.

La condesa despleg la carta y ley:

Mara: t a quien tanto he amado, y a quien amo an; si mi perdn puede
ahorrarte algunos remordimientos, si mi bendicin puede contribuir a tu
felicidad, recibe ambos desde mi lecho de muerte.

                         FRITZ STEIN.




Captulo XXXI


Si el lector quiere antes de que nos separemos para siempre echar otra
ojeada a aquel rinconcillo de la tierra llamado Villamar, bien ajeno sin
duda del distinguido husped que va a recibir en su seno, le
conduciremos all, sin que tenga que pensar en fatigas ni gastos de
viaje. Y en efecto, sin pensar en ello, ya hemos llegado. Pues bien,
amable lector, aqu tienes el birrete de Merln: hazme el favor de
cubrirte con l, porque si permaneces tan visible como ests ahora,
turbars con tu presencia aquel lugar sosegado y quieto, as como un
objeto cualquiera arrojado a las aguas dormidas y claras de un estanque
altera su transparencia y reposo.

Despus de cuatro aos, es decir, un da de verano de 1848, encontraras
al dicho pueblo tan tranquilamente sentado al borde del mar, como si
fuera un pescador de caa. Vamos a dar cuenta de algunos graves sucesos
pblicos y privados que haban ocurrido all durante aquel intervalo.

Empecemos por la malaventurada inscripcin que tantos afanes haba
costado al alcalde ilustrado, de oficio herrero, el cual sola decir que
el hierro no era ms duro que las cabezas de sus subordinados;
inscripcin que haba causado adems un tremendo batacazo al maestro de
escuela y tres das de flatos a _Rosa Mstica_; pero que, en
compensacin, haba hecho pasmar de admiracin a don Modesto Guerrero.

Los dems habitantes haban tomado la inscripcin por un bando, uno de
aquellos bandos que empiezan: Cuatro ducados de multa al que arroje
inmundicias de cualquiera especie en este sitio.

Los aguaceros de Andaluca, que parecen ms destinados a azotar la
tierra que a regarla, habiendo cado en las hermosas letras que de mayor
a menor la componan, la haban casi borrado.

Temeroso el alcalde de que produjese esta vista una impresin anloga en
el patriotismo de los habitantes, se propuso despertar en su corazn
este noble sentimiento, por otro medio ms eficaz y poderoso. El nombre
de CALLE REAL ofenda sus orejas representativas. Quiso _patriotizarlo_,
y public un bando para que aquel nombre malsonante se cambiase en el de
CALLE DE LOS HIJOS DE PADILLA.

Con este motivo hubo su poco de motn en Villamar. Qu punto del globo
se escapa sin motines en el siglo en que vivimos?

Era el caso que haba muerto uno de los habitantes de la misma calle,
llamado Cristbal Padilla, y sus hijos heredaron naturalmente la casa
que en la misma localidad posea. Pero en el mismo caso se hallaban los
Lpez, los Prez y los Snchez, los cuales protestaron enrgicamente
contra tan infundada preferencia. En vano quiso explicarles el alcalde
que los llamados Hijos de Padilla compusieron en otro tiempo una
asociacin de hombres libres; a esto respondan ellos que ya saban que
los Padillas eran hombres libres, y que nadie pensaba en disputarles
este ttulo. Pero que tambin lo eran, y lo haban sido desde la
creacin del mundo, los Lpez, los Prez y los Snchez; que ellos no
pasaban por la humillacin de verse pospuestos a los Padillas; y que si
el alcalde insista en su empeo, ellos se quejaran a la autoridad
competente, porque siempre haban existido tribunales superiores a donde
poder acudir contra la arbitrariedad y la injusticia, a menos que con
las novedades del da no se los hubiese llevado la trampa.

El alcalde, aburrido de tanto clamoreo, los envi a todos los demonios.

No sabiendo a qu santo encomendarse para dar a Villamar cierto aire
moderno, que lo elevase a la altura del da, imagin dar al camino que
iba desde el pueblo a la colina en que estaban el cementerio y la
capilla del Seor del Socorro, el nombre patritico de CAMINO DE URDAX,
por ser el de una batalla que precedi al convenio de Vergara.

Pero entonces le sali peor la cuenta. Hubo motn de mujeres: motn en
regla, capitaneado por _Rosa Mstica_ en persona. Sus gritos y sus
lamentaciones habran aturdido a los sordos.

--Qu quiere decir Urdax?--gritaba la una.

--Qu tenemos nosotros que ver con Urdax?--clamaba la otra.

--Quin ha de querer enterrarse en Urdax?--chillaba una vieja.

--Seor alcalde--dijo una pobre viuda--, si tanto empeo tiene usted en
hacer mejoras, disminuya usted las contribuciones, pngalas como estaban
antes, en tiempo del rey, y deje usted a las cosas los nombres que
siempre han tenido.

--Si tanto le place a usted el nombre de Urdax--dijo una joven--,
pngaselo a s propio.

--Seor--dijo gravemente _Rosa Mstica_--, ese camino es el de la _via
crucis_, y usted lo profana con ese nombre moruno.

El alcalde se tap los odos y ech a correr.

Frustradas tantas bellas ideas, declar que los habitantes de Villamar
eran unos animales, unos brutos estlidos, partidarios del abominable
tiempo del absolutismo, sin otro mvil que el bajo inters pecuniario;
enemigos de todo progreso social y de toda mejora; despreciables
rutineros, que no merecan llamarse aldeanos, y mucho menos ciudadanos
libres.

Y despus de este formidable anatema, Villamar y sus habitantes
continuaron pasndolo tan bien como antes.

Poco tiempo despus, se lea en un peridico de los de fuste:

Nuestro corresponsal de Villamar (Andaluca baja) nos escribe: la
tranquilidad pblica ha estado amenazada en esta poblacin. Algunos
malintencionados, excitados sin duda por los infames agentes de la
odiosa faccin, han querido oponerse a las sabias mejoras, a los tiles
progresos, que nuestro digno alcalde don Perfecto Cvico quera
introducir, bajo el ridculo pretexto de que no eran necesarios. Pero la
admirable sangre fra, el valor heroico de que ha dado muestras aquella
excelente autoridad, intimidaron a los audaces, y todo ha entrado en el
orden, sin que hayamos tenido que deplorar ningn grave accidente. Vivan
sin inquietud los buenos patriotas. Sus hermanos de Villamar sabrn
frustrar las maniobras de nuestros enemigos.

Como estamos en julio, la temperatura est bastante elevada. No podemos
decir positivamente hasta cuntos grados, porque la civilizacin no ha
proporcionado todava a Villamar el beneficio de un termmetro.

La cosecha se presenta bien, sobre todo en el ramo de calabazas, cuya
cantidad y dimensiones llenan de satisfaccin y de alegra a sus
honrados cosecheros. Firmado.

                         EL PATRIOTA MODELO.

Es excusado decir que este modelo de patriotismo era el mismo alcalde,
autor del artculo.

Este buen hombre haba sido albitar y, corriendo por el mundo, haba
llegado a una altura prodigiosa en ideas modernas y miras avanzadas.
Hablaba mucho y se escuchaba a s propio, con lo cual nunca le faltaba
auditorio. Tambin era el nico representante de su partido en Villamar;
as como el mdico que haba reemplazado a Stein lo era del _justo
medio_.

La pandilla del cura, de _Rosa Mstica_ y de las buenas mujeres, como la
ta Mara, estaba por las ideas antiguas. La de Ramn Prez y otros
cantarines no tena color poltico. La de Jos y otros pobres de su
clase echaba de menos los bienes pasados, y deploraba los males
presentes, sin definir su origen. Quedaba el escribano, que era un
descarado bribn, como suele haberlos en los pueblos pequeos; acrrimo
defensor del partido triunfante, y lo que es peor, perseguidor
encarnizado del vencido; animal malfico y hostil, que slo se
domesticaba con plata.

Pero volvamos a nuestro asunto.

La torre del fuerte de San Cristbal se haba derrumbado, y con ella las
ltimas esperanzas que abrigaba don Modesto de ver figurar su fuerte en
la misma lnea que Gibraltar, Brest, Cdiz, Dunquerque, Malta y
Sebastopol.

Pero nada haba causado tanta admiracin en nuestros amigos, los
habitantes de Villamar, como la mudanza que se observaba en la tienda
del barbero Ramn Prez.

Ramn Prez, despus de la muerte de su padre, que acaeci algunos meses
despus de la partida de Mara, no haba podido resistir al deseo de ir
tambin a la capital, siguiendo los pasos de la ingrata, que le haba
sacrificado a un _desaborido_ extranjero. Emprendi, pues, su marcha, y
volvi al cabo de quince das, trayendo consigo:

Primero: un caudal inagotable de mentiras y fanfarronadas.

Segundo: una infinidad de canciones a la italiana, a cual ms
detestables.

Tercero: un aire de taco, un gesto de _qu se me da a m?_, una
desenvoltura, un _sans-faon_, capaz de rallar las tripas a todos los
habitantes de Villamar, cuyas desgraciadas orejas y ms desgraciadas
mandbulas conservaron largo tiempo deplorables testimonios de aquellas
nuevas adquisiciones.

Cuarto: las ms funestas aspiraciones a imitar al len de los barberos,
Fgaro, que, por desgracia, vio ejecutar en el teatro de Sevilla. Por
consiguiente, a imitacin de su modelo, haba procurado sacar al alcalde
de la senda del progreso, para introducirlo en la del conde de Almaviva;
pero en primer lugar, como el alcalde era casado, habra sido difcil
encontrar en Villamar una Rosina que hubiera querido pasar por aquel
inconveniente. En segundo lugar, la alcaldesa era una gallega de
admirable fuerza y robustez, y naturalmente era ms temible a sus ojos
que el doctor Bartolo lo haba sido a los de su modelo.

Ramn Prez haba trado de sus viajes otra cosa, que no revel a nadie,
y cuya adquisicin hizo del modo siguiente:

Una noche, que rondaba la calle en que viva _Marisalada_, suspirando
como una ballena, llam la atencin de un joven que guardaba una esquina
embozado en su capa hasta los ojos, y que, acercndose a l, le dijo
esta sola palabra: Largo!

Ramn quiso replicar; pero recibi tan vigoroso puntapi, que el
cardenal que le result contribuy poderosamente a que su viaje de
vuelta fuera sumamente penoso, puesto que haba recado en el lugar que
estaba en contacto con el albardn.

Por una circunstancia que se aclarar ms adelante, el barbero haba
conseguido reunir una buena suma de dinero. Entonces los recuerdos de
Sevilla y de Fgaro se haban despertado con nuevo ardor en su mente.
Haba hermoseado su tienda con lujo asitico: magnficas sillas pintadas
de verde esmeralda; clavos romanos, tamaos como platos soperos, para
colgar las toallas de tela de un dedo de grueso, grabados que
representaban un Telmaco muy largo, un Mentor muy barbudo y una Calipso
muy descarnada; tales eran los adornos que rivalizaban en dar esplendor
al establecimiento. Ramn Prez haba afirmado, con tanta ms certeza,
cuanto que l mismo lo crea as, que aquellas figuras eran San Juan,
San Pedro y la Magdalena. Algunos malcontentadizos haban observado,
meneando la cabeza, que todo se haba renovado en el laboratorio de
Ramn Prez, menos las navajas; pero l responda que eran hombres del
otro jueves, y que no haban perdido la antigua maa de observar el
fondo de las cosas; cuando la regla del da era dar nicamente
importancia a la exterioridad y a la apariencia.

Pero lo que pasm de admiracin a los villamarinos fue una formidable
muestra que cubra gran parte de la fachada de la casa barbera. En
medio figuraba, pintado con arte maravilloso, un pie, que pareca un pie
chinesco, de color amarillento, del cual brotaba un chorro de sangre,
digno de rivalizar con las fuentes de Aranjuez y de Versalles. A los dos
lados estaban dos enormes navajas de afeitar abiertas, que formaban dos
pirmides; en el centro de estas haba dos muelas colosales. En torno
reinaba una guirnalda de rosas, semejantes a ruedas de remolachas, y de
la guirnalda colgaba un monstruoso par de tijeras. Para colmo de
ostentacin y de lujo, Ramn Prez haba recomendado al pintor el uso
del dorado, y el artista haba distribuido el oro del modo siguiente: en
las espinas de las rosas, en las hojas de las navajas y en las uas del
pie. Esta muestra indicaba lo que todos saban; es decir, que su
poseedor ejerca en Villamar las cudruples funciones de barbero,
sangrador, sacamuelas y _pelador_.

Pero la muestra result tener tal magnitud y tal peso, que la pared de
la casa de Ramn, compuesta de tierra y piedras, no pudo sostenerla. Fue
preciso levantar a los dos lados de la puerta dos estribos de ladrillo,
para apoyarla. Esta construccin form a la entrada de la casa una
especie de portal o frontispicio, que Ramn Prez declar, con la ms
grave e imperturbable desfachatez, ser una copia exacta del de la Lonja
de Sevilla, la que, como es sabido, es una de las obras maestras de
nuestro gran arquitecto Herrera.

Enterado ya el lector de las cosas pasadas, volvemos a tomar el hilo de
las actuales.

Era tan profundo el silencio en aquel rincn del mundo, que se oa desde
lejos la voz de un hombre, que se acompaaba con la guitarra, no las
rondeas, ni las mollares, ni el contrabandista, ni la caa, ah!, no,
sino una cancin llorona, la _Atala_! Y lo peor era que la adornaba con
tales gorgoritos, con tan descabelladas florituras, con cadencias tan
detestables, y que los versos eran tan malos, que Chateaubriand hubiera
podido citar, con harto derecho a juicio de conciliacin, al poeta, al
compositor y al cantor, como reos de un abuso de popularidad.

Este canto infernal sala de la tienda cuya descripcin hemos presentado
en el captulo anterior, y quien lo ejecutaba era el poseedor de aquel
establecimiento, el insigne Ramn Prez.

Entonaba las palabras _Triste Chactas_, etc., con una expresin, con un
entusiasmo que le conmovan a l mismo hasta llenarle los ojos de
lgrimas. Enfrente del cantor estaba erguido, como siempre, don Modesto
Guerrero, escuchando en actitud grave y recogida, idntico al Mentor
respetable que adornaba la pared, sin ms diferencia que estar muy bien
afeitado, y con su hopito muy liso, tieso y perpendicular.

De repente, se abri de par en par la puerta que estaba en el fondo de
la tienda, y se vio salir por ella a una mujer con un nio en los
brazos, y otro que la segua llorando agarrndose a sus enaguas. Esta
mujer plida, delgada, de gesto altanero e indigesto, estaba cubierta
con un paoln de espumilla desteido y viejo. Sus largos cabellos mal
trenzados, desaliados y sin peineta, colgaban hasta el suelo. Calzaba
zapatos de seda en chancletas, y llevaba largos pendientes de oro.

--Cllate, cllate, Ramn!--dijo con voz ronca al entrar en la
tienda--. No me desuelles los odos. Ms quisiera or los graznidos de
todos los cuervos del coto, y los maullidos de todos los gatos del
pueblo, que tu modo de destrozar la msica seria. Te he dicho mil veces
que cantes los cantos de la tierra. Eso, tal cual, se puede tolerar. Tu
voz es flexible, y no te falta la gracia que ese gnero requiere. Pero
tu malhadada mana de cantar a lo fino, no hay quien la resista. Te lo
digo, y sabes que lo entiendo. Tus disparatados floreos me afectan de
tal modo los nervios, que si persistes en imponerme este tormento me
marcho para siempre de esta casa. Calla--aadi dando un golpe en la
cabeza al nio que lloraba--, calla, que berreas lo mismo que tu padre.

--Vete con mil santos, y desde ahora--respondi el barbero picado en lo
ms vivo de su amor propio. Vete, echa a correr, y no vuelvas hasta que
yo te llame, que de esta suerte podrs correr sin parar.

--Que no me llamars, dices?--replic la mujer--; sera quiz demasiado
favor, que haras a la que tantas veces ha sido llamada por los grandes,
por los embajadores, por la corte entera! Sabes t, rstico, ganso,
zopenco, el dineral que se daba slo por orme?

--Si esos mismos--dijo el barbero--te vieran ahora con esa cara de
vinagre; y te oyeran esa voz de pollo ronco, estoy para m que pagaran
doble por no verte ni orte.

--Quin me ha metido a m en este villorrio, entre este hato de
villanos?--exclam la mujer, furiosa--. Quin me ha casado con este
rapabarbas, con este mostrenco, que despus de haberse comido la dote
que me envi el duque, se atreve a insultarme? A m, la clebre Mara
Santal, que ha hecho tanto ruido en el mundo!

--Ms te hubiera valido no haber hecho tanto--dijo Ramn, a quien daba
un valor inaudito el entusiasmo que le inspiraba la cancin de Atala, y
su indignacin al verla menospreciada.

Al or estas palabras, la mujer se abalanz a su diminuto marido, el
cual, lleno de espanto, slo tuvo tiempo de poner la guitarra sobre una
silla y echarse a correr.

A la puerta tropez con un personaje, a quien por poco derriba en
tierra, el cual se par en el umbral.

Apenas lo percibi Mara, su clera cedi a un impulso de risa, no menos
violento.

El personaje que lo ocasionaba era Momo, uno de cuyos carrillos estaba
horrorosamente hinchado. Traa un pauelo atado alrededor de su deforme
rostro, y vena a que el barbero le sacase una muela.

--Qu horrenda visin!--exclam Mara, entre sus carcajadas--. Dicen
que el sargento de Utrera revent de feo. Cmo es que no te sucede a ti
otro tanto? Capaz eres de pegar un susto al miedo. Conque tienes
preado el cachete? Pues parirs un meln, y podrs ensearlo por
dinero. Qu espantoso ests! Vienes a que te retraten para que te
pongan en la Ilustracin, que anda a caza de curiosidades?

--Vengo--dijo Momo--a que tu Ramn Prez me saque una muela daada, y no
a que me hartes de desvergenzas; pero _Gaviota_ fuiste, _Gaviota_ eres
y _Gaviota_ sers!

--Si vienes a que te saquen lo que tienes daado--repuso Mara--, bien
pueden empezar por el corazn y las entraas.

--Por va de los gatos!, miren quin habla de corazn y de
entraas!--replic Momo--; la que dej morir a su padre en manos
extraas, sin acordarse del santo de su nombre ni de enviarle siquiera
un mal socorro.

--Y quin tuvo la culpa, malvado ganso?--respondi Mara--. Nada de eso
habra sucedido si no hubieras sido t un salvaje, que te volviste de
Madrid sin haber desempeado tu encargo, y esparciendo la nueva de mi
muerte; de modo que cuando volv al lugar creyendo que mi padre viva,
todos me tomaron por nima del otro mundo. Solamente en tus
entendederas, que son tan romas como tus narices, cabe el haber credo
que una representacin era una realidad.

--Representacin!--repuso Momo--. Siempre dices que aquello era
fingido. Lo cierto es que si aquel Telo hubiera sabido darte la pualada
en regla, y si no te hubiera curado tu marido, a quien todo el mundo
llora, menos t, estaras ahora roda de gusanos, para descanso de
cuantos te conocen. Lo que es a m, no me la cuelas, pedazo de
embustera.

--Pues sbete, Cara y Media--dijo Mara abriendo la mano, y ponindola
delante de su nariz--, que he de vivir cien aos, para que rabies, y
hacer que tu nariz roma se ponga tamaa.

Momo mir a Mara con toda la despreciativa dignidad compatible con su
tuerta cara, y dijo en voz profunda y tono concluyente, alzando y
bajando alternativamente el dedo ndice:

--_Gaviota_ fuiste, _Gaviota_ eres, _Gaviota_ sers!

Y le volvi arrogantemente la espalda.

Cuando don Modesto, aturdido por los gritos de la disputa que hemos
referido, vio que las carcajadas sucedan a la explosin de clera,
gracias a la fea y ridcula figura de Momo, de quien slo el lpiz de
Cruikshank, el clebre dibujante ingls de caricaturas, podra dar cabal
idea, aprovech aquella ocasin para escurrirse, sin ser sentido, de
aquel campo de batalla. Nuestros lectores saben que don Modesto,
esencialmente grave y pacfico, tena una profunda antipata contra toda
especie de disputas, altercados, rias y quimeras. Pero apenas hubo
entrado en su casa, muy satisfecho del xito de su oportuna retirada,
nuevos terrores vinieron a asaltarle, al ver el ojo vlido de Rosita,
severo, iracundo y amenazador como un soldado sobre las armas; y su boca
grave, remilgada e imponente como un juez en su tribunal. Don Modesto se
sent en un rincn, y baj la cabeza, a manera de ave, que, presintiendo
la tempestad, se posa en la rama de un rbol y oculta la cabeza debajo
de un ala.

Ante todo es de saber que las buenas cualidades y los defectos de Rosita
haban ido en aumento con los aos. Su aseo haba llegado a convertirse
en angustiosa pulcritud. Don Modesto tena que mudarse de zapatos cada
vez que entraba a verla. Si Rosita hubiera tenido noticia de las
chinelas, que se ponen en Bruselas los curiosos que van a visitar el
palacio del prncipe de Orange, no hay duda que habra adoptado el mismo
medio para preservar las bastas esteras de esparto que cubran los
rajados ladrillos del pavimento de su sala. Si don Modesto dejaba caer
una aceituna en el mantel, Rosita se estremeca; si una gota de vino
tinto, lloraba. Su abstinencia y su sobriedad llegaban a los lmites de
lo posible, y daban a entender que quera rivalizar con Manuela Torres,
la famosa mujer del pueblo de Gansar, que haba muerto recientemente
despus de haber vivido cuarenta aos sin comer ni beber.

--Rosita--le deca don Modesto--, antes coma usted lo que un pjaro
puede llevar en el pico, pero ahora est usted acreditando que lo que se
cuenta del camalen no es fbula.

--Ya ve usted--responda Rosita--que gozo de perfecta salud, lo cual
prueba que necesitamos muy poco para vivir y que todo lo dems es pura
gula.

En cuanto a su austeridad, haba llegado a ser algo ms que severa; era
custica.

--Bien le sienta a usted!--dijo a don Modesto, mientras este se
encomendaba con todas las veras de su corazn a Nuestra Seora de la
Paz--, bien le sienta a un hombre de su edad y dignidad de usted, a una
de las primeras autoridades del pueblo, a un hombre que se ha visto en
letra de molde en la _Gaceta_, ir a casa de esas gentes, de esos
casquivanos (por no decir otra cosa) y entrometerse en esa San-Francia
de matrimonio, que ha sido el escndalo de la vecindad.

--Pero Rosita--contest don Modesto--, yo no me he entrometido en la
gresca, ella fue la que se entrometi donde yo estaba.

--Si no hubiera usted ido en casa de ese rapabarbas, cantor sempiterno;
si no hubiera usted estado all con la boca abierta, oyendo sus cantos
impdicos, no se habra usted hallado en el caso de ser testigo de ese
escndalo.

--Pero Rosita, usted no reflexiona que es preciso afeitarme de cuando en
cuando, so pena de parecer zapador de un regimiento; que ese buen Ramn
Prez me afeita de balde, como lo haca su padre, y que la poltica y la
gratitud exigen que, si se pone a cantar delante de m, tenga yo
paciencia, y me preste a orle. Adems que no ha cantado nada
malsonante, sino una cancin de las que cantan las gentes finas, en la
que dice que una joven llamada Atala...

--Qu pamplinas va usted a contarme, don Modesto?--dijo Rosita
indignada--. Si no sabr yo lo que dice el Ao Cristiano de Atila, que
fue un rey de los brbaros que invadieron a Roma, y de quien triunf la
elocuencia de San Len el Magno, Papa a la sazn! Si ustedes quieren que
sea una joven enamorada, contra lo que dicen la sana razn y el Ao
Cristiano, buen provecho les haga a usted y a Ramn Prez. El siglo de
las luces, como dice ese caribe de alcalde, que quera convertir la _via
crucis_ en camino de Urdax, trastorna todas las ideas. Con que as,
crean ustedes, si les da la gana que fue una muchacha la que capitane
los feroces ejrcitos de los brbaros. En cuanto a canciones profanas y
malsonantes, sepa usted que no le pegan ni a mi edad ni a mi modo de
pensar. Pero los hombres tienen siempre los odos abiertos a las cosas
amorosas. Usted se derrite al or las canciones de esa gente, cuando yo
le he visto..., s!..., yo he visto a usted en el quinario de San Juan
Nepomuceno (modelo de confesores), cuando al fin se cantan las coplas en
honor del santo, yo he visto a usted dormido como un tronco.

--Yo!, Rosita, Jess! Mire usted que se ha equivocado de medio a
medio. Tendra los ojos cerrados, y usted tomara mi recogimiento por un
sueo irreverente.

--No disputemos, don Modesto, porque capaz sera usted de pecar con
descaro contra el octavo mandamiento. Pero, volviendo a lo que decamos,
digo a usted que es una vergenza que est usted ua y carne con esas
gentes.

--Ah, Rosita!, cmo puede usted hablar en esos trminos del buen
Ramn, que me afeita de balde, y de esa ilustre _Marisalada_ que ha sido
aplaudida por generales y por ministros?

--Nada de eso impide--replic _Rosa Mstica_--que haya sido cmica, de
las que antes estaban excomulgadas, y que deberan estarlo todava. Yo
quisiera saber por qu no lo estn ya.

--Es probable--dijo don Modesto--que el teatro sera entonces una cosa
muy mala, en lugar de que ahora, como dice el folletn del peridico, es
la escuela de las costumbres.

--La escuela de las costumbres... el teatro! No hay remedio; usted se
va pervirtiendo, don Modesto. Eso es peor que dormirse en el quinario.
Qu!, toma usted los peridicos por textos de la Escritura? Dgole a
usted, seor, que el Papa ha hecho muy mal en levantar la excomunin a
esas mujeres provocativas.

--Jess, Mara y Jos!--exclam don Modesto asustado--. Rosita, se
atreve usted a condenar lo que hace el Papa, justamente cuando se estn
cantando himnos en su loor, como dice el peridico?

--Bien, bien--repuso Rosita--; ya lo s mejor que usted. Y me guardar
muy bien de condenar lo que hace el Papa; me limitar a desear que no
tengamos que cantar el _miserere_ despus del himno. Pero volviendo a
esa mujer que tantos personajes han aplaudido, piensa usted que esos
necios aplausos la absuelvan de sus malos procederes y de su perversa
ndole?

--No sea usted tan justiciera, Rosita. En el fondo no es mala: me ha
hecho una cucarda para el sombrero.

--Lo que ha hecho ha sido burlarse de usted dndole, en lugar de una
cucarda, una escarola tamaa plato. Conque no es mala en el fondo, dice
usted, la que dej morir a su padre, que tanto la quera, solo, pobre,
olvidado, mientras que ella se estaba haciendo gorgoritos en las tablas?

--Pero Rosita, si no saba la gravedad...

--Saba que estaba malo, y basta. Cuando un padre padece, la hija no
debe cantar. Una mujer cuya conducta oblig al pobre de su marido a
huir e irse a morir de vergenza all en las Indias!...

--Muri de la epidemia--observ el veterano.

--Buena ser ella--continu la severa maestra de Amiga, enardecindose
cada vez ms--cuando fue la nica en el pueblo que no vel en su ltima
enfermedad a la ta Mara, que tanto la haba querido, y tanto haba
hecho por ella; la nica que falt a su entierro; la nica que por ella
no rez en la iglesia ni llor por ella en el campo santo.

--Estaba de sobreparto, y no habra sido prudente antes de la
cuarentena.

--Qu entiende usted de sobrepartos ni de cuarentenas?--exclam _Rosa
Mstica_, exasperada al ver el empeo con que don Modesto defenda a sus
amigos--. Ha parido usted alguna vez, para entender de esas cosas?
Conque tiene buen fondo la que cuando poco antes de la muerte de su
bienhechora, fray Gabriel la sigui al sepulcro; se ech a rer diciendo
que haba credo que slo en el teatro se mora la gente de amor y de
pena?

--Pobre fray Gabriel!--dijo don Modesto, conmovido por los recuerdos
que acababa de despertar su patrona--. Todos los viernes de su vida vino
al Cristo del Socorro para pedirle una buena muerte. Despus de la de su
bienhechora vena todos los das, porque ya no le quedaba ms que aquel
buen Seor, que le comprendiese y le consolase. Yo fui quien le encontr
un viernes por la maana, de rodillas, delante de la reja de la capilla
del Cristo, inclinada la cabeza sobre las barras. Le llam y no
respondi. Me acerqu..., estaba muerto! Muerto como haba vivido: en
silencio y solo! Pobre fray Gabriel!--aadi el comandante despus de
algunos instantes de silencio--. Te moriste sin haber visto rehabilitado
tu convento. Yo tambin morir sin ver reedificado mi fuerte!

FIN





End of the Project Gutenberg EBook of La gaviota, by Fernn Caballero

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA GAVIOTA ***

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The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


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